He leído sus aportaciones y me parece muy interesante. Creo que estamos hablando de un tema que está envuelto en el misterio de Dios. Ya lo dijo uno de ustedes al referirse a lo inescrutables de los designios de Dios.
Con el pasar de los años y los siglos, la reflexión bíblica, la reflexión teológica a la luz de la revelación, va haciendo pequeños pasos para ahondar algo más en estos temas que siguen siendo Divinamente misteriosos.
Ciertamente la cuestión no es del todo fácil porque conociendo en nuestra propia vida la inmensa Misericordia que Dios tuvo y tiene con nosotros, es natural preguntarse: ¿cómo Dios no la tendrá y más abundante con un bebé...? y en ello hay razón, en el sentido que sabemos que Dios no podría abandonar a estos pequeños de su suerte.
Pero no deja de ser cierto el tema de la naturaleza pecadora de la humanidad que está afecta, no por un acto posterior y singular a cada uno, sino por ser todos ramas y brotes del mismo tronco común.
Dice David cuando llora con amargura su pecado:
Del maestro de coro. Salmo. De David.
Cuando el profeta Natán le visitó después que aquél se había unido a Betsabé. Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame. Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí. Por que aparezca tu justicia cuando hablas y tu victoria cuando juzgas.
Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre. Sal 51,1-7
Este precioso Salmo de quebranto y profundo arrepentimiento nos alcanza dos datos: el primero es el reconocimiento que como seres humanos nacemos con culpa, obviamente no por acto propio del engendrado sino por naturaleza herida, y también la segunda afirmación que es reconocer que somos pecadores, nuevamente, no por acto propio sino por naturaleza.
Pero como segundo, además este salmo es el lamento que acompaño el llanto, el ayuno y el dolor de David por su triple pecado: haber deseado la mujer de su prójimo y cometer adulterio, haber asesinado a un inocente y haber creído que Dios no se lo tomaría en cuenta.
La consecuencia de esto, sabemos que es la muerte del bebé que se formaba en las entrañas de Betsabé.
La pregunta ya la tienen ustedes: ¿por qué muere el bebé? ¿hizo algo malo ese bebé...? ciertamente que no. ¿Quién debía morir? Betsabé? David?
Pero es el bebé sin culpa que muere.
A partir de aquí, muchas cosas podremos decir seguramente... lo cierto es que la Justicia de Dios opera y su Misericordia no queda de lado. Justicia y Misericordia son como los dos brazos del Padre, para proteger y para corregir, para limitar y para impulsar, para amar y para amando reprender.
Con respecto a los bebés que mueren sin bautismo, Dios en Cristo Jesús, Salvador y Señor de todo hijo de hombre, tendrá un camino que nosotros no conocemos, por el cual ha de ser perfectamente justo e infinitamente misericordioso con estas almas.