Preexistencia de las almas
y Apocatástasis
Aunque Orígenes manifiesta una y otra vez mantenerse dentro de los límites de la enseñanza o tradición de la Iglesia, extraña que en este punto no cayera en la cuenta de la herejía de sus proposiciones. Desde luego era consciente de que sobrepasaba los límites de la revelación cristiana, “sabe bien que en todas las especulaciones hay sin duda algo de irreal, de imaginario de poético. Pero él tiene fe en su visión; espera que ella lo llevará más cerca de la verdad contenida en la Biblia que si solamente se hubiera detenido en los antropomorfismos del texto literal y ‘revelado’, con el que la masa de los creyentes no filósofos se contenta de ordinario” (H. von Campenhausen,
op. cit., p. 61).
Orígenes parte de un axioma no sostenido por ningún teólogo cristiano, dictado por las necesidades apologéticas antignósticas. Se trata de la preexistencia de las almas. Esta doctrina se explica en virtud de su búsqueda racional de una explicación de las desigualdades e injusticias de las criaturas en este mundo. Inquietud presente en todas las culturas y religiones, que dio a los indios la doctrina del
karma; y a la que, a su manera, arriba Orígenes.
Para él, un número definido de seres espirituales incorpóreos, o naturalezas racionales libres, fue creado al principio, todos iguales y sin distinción entre ellos, ya que en Dios, bondad simplicísima, no podía haber causa de diversidad, que implica imperfección. La diversidad en la creación surgió como consecuencia de las opciones de las naturalezas racionales originariamente iguales. Fueron hechas para que libremente pudieran conocer y adherirse a Dios, su único bien. Poseían libre albedrío, que es inseparable de su existencia. Pero sus decisiones morales no fueron uniformes, en virtud de las cuales merecieron recibir unos cuerpos u otros. Sólo el uso de su libertad por cada uno ha introducido desigualdades entre ellos. Esta afirmación, dirigida contra los gnósticos, es absolutamente fundamental. La diferencia entre los ángeles y los hombres no es de origen, sino consecuencia y fruto del pecado.
Para este propósito hizo Dios el mundo material, que tuvo un comienzo en el tiempo. Este mundo, donde cada cual nace según los méritos o deméritos de su existencia espiritual, es, por tanto, “un juicio antes del juicio final” y “la historia del mundo es el juicio del mundo” (R. Seeberg,
Manual de historia de las doctrinas, I, p. 158. CPB, El Paso 1967, 2ª ed.). El país, lugar y circunstancias de nacimientos de una persona son señalados a cada uno de acuerdo con su condición en el estado preexistente, dada por el ejercicio de su libre voluntad (
Principios II, 9). Así se explica la infinita variedad que se ve en el mundo, sin que se pueda culpar al destino ni a Dios, pues es resultado del ejercicio del libre albedrío de las criaturas espirituales.
Aquí no se encuentra ningún rastro de creencia en la
reencarnación, como muchos teósofos y ocultistas sostienen. Los méritos y deméritos de las criaturas se produjeron en su existencia espiritual
en el cielo, no en previas existencias terrenales. Las almas no entran en los cuerpos por transmigración. Orígenes mismo se opuso a la creencia en la reencarnación, mantenida por muchos de sus contemporáneos. “No decimos en absoluto –escribe– que se dé la transmigración del alma, ni que ésta caiga en animales irracionales” (
Contra Celso, VIII, 30,
Principios I, 8,4).
A la vez, la creación de este mundo material es una prueba de la misericordia divina y un acto de condescendencia con las criaturas racionales, a fin de que tuvieran un lugar en el que pudieran volver sobre sí y convertirse a su Creador.
Las almas conversas, salvas por el sacrificio de Cristo y purificadas por la fe y santidad del Espíritu, entran al “paraíso” después de la muerte, que es una especie de escuela de almas, pues la instrucción y la purificación moral nunca terminan. Las almas impías, sin embargo, entran en el infierno, que es el fuego del juicio, una llama de nuestro propio fuego, que se alimenta de la propia pecaminosidad del individuo, torturado por su conciencia. “Encontramos en el profeta Isaías, que el fuego con el cual cada uno es castigado es descrito como suyo, ya que dice: ‘Andad a la luz de vuestro fuego, y a las centellas que encendisteis’ (Is. 1:11). Por estas palabras parece indicarnos que cada pecador enciende por sí mismo la llama de su propio fuego, y no es arrojado en algún fuego que haya sido encendido por otro, o que existía antes de él mismo. El combustible y el alimento de este fuego son nuestros pecados, que son llamados por el apóstol Pablo, ‘madera, heno y hojarasca»’ (1ª Co. 3:12)” (
Principios II, 10,4).
Pero no se trata de un castigo permanente, sino un proceso de purificación. “Le agrada al Dios bueno destruir la maldad por el fuego de los castigos” (
Contra Celso, VI, 72). Mientras los malos son así purificados, los buenos se elevan de esfera en esfera para encontrarse con Cristo (
Prin. III, 6,6). Por ello, tanto unos como otros llegarán a la meta de la unión con Dios, aunque sea después de infinitas edades. Luego, con la segunda venida de Cristo, llegará el fin y ocurrirá la resurrección de los cuerpos de los hombres, cuerpos espirituales y gloriosos. Dios será entonces todo en todos y todas las cosas creadas vivirán en la plena visión de la divinidad. Su total oposición a cualquier tipo de dualismo le lleva a negar entidad verdaderamente independiente al mal, que es incompatible con el dominio absoluto del Bien.
“Soy de la opinión de que la expresión, por la que se dice de Dios que será ‘todas las cosas en todos’ (1ª Co. 15:28), significa que Él es ‘todo’ en cada persona individual.
Ahora, Él será ‘todo’ en cada individuo de este modo:
Cuando todo entendimiento racional, limpiado de las heces de todo tipo de vicio y barrido completamente de toda clase de nube de maldad, pueda sentir o entender o pensar, será totalmente Dios, y cuando no pueda mantener o retener nada más que Dios, y Dios sea la medida y modelo de todos sus movimientos, entonces Dios será ‘todo’, porque entonces no habrá distinción entre el bien y el mal, viendo que el mal ya no existirá en ninguna parte, porque Dios es todas las cosas en todos, y no hay mal cerca de Él. Tampoco habrá ya más deseo de comer del árbol del fruto del conocimiento del bien y del mal de parte de quien siempre está en posesión del bien y para quien Dios es todo. Así, entonces, cuando el fin haya restaurado el principio, y la terminación de las cosas sea comparable a su comienzo, la condición en la que la naturaleza racional fue colocada será restablecida, cuando no haya necesidad de comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal; y así, cuando todo sentimiento de malicia sea quitado, y el individuo purificado y limpiado, aquel que sólo es el buen Dios será ‘todo’ para él, y esto no en el caso de unos pocos individuos, sino de un número considerable” (
Prin. III, 6,3).
Para Henri Crouzel la posibilidad de conversión de los demonios no aparece en Orígenes con tanta claridad como se dice habitualmente. De hecho, Orígenes se queja de que se le haya atribuido la opinión de que el Diablo se salvaría, esto ni siquiera un loco podría decirlo. Los demonios no son malos por naturaleza, afirmar lo contrario sería culpar a Dios de haberlos hecho así, sino que se han hecho malos por opción de su libre albedrío. Debido a su malicia inveterada, el hábito de la maldad puede bloquear el libre albedrío y hacer imposible su conversión a Dios. Una certeza acerca de una apocatástasis universal está en contradicción con la autenticidad del libre albedrío con que Dios ha dotado al hombre. Los interesados pueden dirigirse a la obra de este autor para profundizar en este tema (H. Crouzel,
Orígenes, cap. XIII).
(Tomado de: “Lo mejor de Orígenes” compilado por Alfonso Ropero. Editorial Clie)