1 Corintios 10:16 LA COPA DE BENDICIÓN que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?
Leemos de la copa que nosotros bendecimos y el pan que nosotros partimos.
Los hermanos que lo hacen son portavoces de la congregación entera.
El que rompe el pan, o circula la copa, lo hace como servidor del grupo reunido.
Hay una santa sencillez en todo el procedimiento, y ningún estilo rígido está definido en la Biblia.
Cualquier hermano de buen testimonio en la asamblea puede dar gracias por uno u otro de los emblemas, con tal que actúe en el temor de Dios y crea que el Espíritu le está guiando en hacerlo.
No es necesario ni deseable que la misma persona dé gracias por tanto la copa como el pan cuando hay otros que podrían participar en la responsabilidad.
Es más: es poco probable que esto se le ocurra a uno que está en buen estado espiritual.
El que parte el pan o circula la copa está realizando una labor de diácono, tal como harán otros que contarán la ofrenda voluntaria (ningún diezmo) al final del culto, por ejemplo. He oído de asambleas donde se asignan hermanos para estas responsabilidades específicas.
En el caso donde un joven haya dado gracias por uno de los memoriales, haría bien en dejar a los hermanos mayores la tarea de pasarlos a la congregación.
La misma sugerencia podría ser aplicable al viejo que ha perdido algo de su coordinación física.
En la ley ceremonial en relación con el tabernáculo, por ejemplo, le era permitido al levita ejercer un servicio pleno solamente desde la edad de treinta años hasta los cincuenta años; Números 4.47, 8.24,25.
Debe haber dignidad pero jamás ostentación en la atención prestada al pan y la copa.
Dijo Eliú en la antigüedad: “Yo soy joven y vosotros ancianos; por tanto, he tenido miedo, y he temido declararos mi opinión. Yo decía: Los días hablarán, y la muchedumbre de años declarará sabiduría”, Job 32.6,7.
Me contó un hermano que ya está con el Señor como de joven tenía el privilegio de acompañar a don Juan Ritchie en la caminata del local evangélico a la casa después de la cena del Señor. Cierto día observó que el gran hombre estaba perturbado a causa de algo que había sucedido. Por fin el anciano siervo rompió el silencio: “Juan”, dijo, “si alguna vez te sientes guiado a dar gracias por el pan o la copa, debes hacer precisamente eso. No conviene conducir al pueblo de Dios en una gira turística de la Isla de Patmos, ni dar otro discurso por el estilo. Un hermano debe dar gracias por los memoriales de tal manera que al entrar otro en el salón en ese momento, esa persona sabría de una vez de qué se trata”.
Excelente consejo. Estoy seguro que fueron pocas las palabras de nuestro Señor en el aposento alto cuando dio gracias por el pan y la copa.