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<CENTER>LA ADRENALINA Y LOS JUDÍOS
Gustavo D. Perednik</CENTER>
Hace un par de meses, en un encuentro con una brillante periodista y escritora catalana, ésta relató una ilustrativa anécdota acerca de su ingreso a la panadería, en momentos en que la vendedora despotricaba contra Israel. Pilar Rahola admitía haberse sorprendido ante las quejas panaderas, porque la mentada proveedora no tiene opiniones sobre los chechenios ni sobre la globalización, ni siquiera sobre los vascos o el problema ecológico en la península ibérica y, agreguemos honestamente, sobre nada de nada. Pero con respecto a Israel, de eso sí la doña se ha formado una opinión sólida y categórica. Israel está mal, y punto.
Con este ejemplo cotidiano y colorido, Pilar dio en el blanco. La judeofobia puede percibirse también en el hecho de que los judíos estimulen tanta adrenalina.
El embajador francés en Londres, Daniel Bernard, se refirió a Israel como “un paisito de porquería”. ¿Hay otro país del planeta, sobre el cual un funcionario de alto rango de una democracia pueda expresarse tan emocionalmente sin ser amonestado? (Hace poco una ministra canadiense debió renunciar por haber tildado de tonto al presidente Bush. Imaginemos a algún funcionario extranjero que deba meramente disculparse por las referencias a Ariel Sharon).
En 1995 me tocó ser testigo de cómo una diplomática española, Aranzazu Baסףn Dבvalos, imponía a los reticentes oídos de José María Aznar, su científica conclusión de que los judíos somos zafios. Me preguntó, entre otras cosas, si de otros pueblos del mundo se cae en groseras generalizaciones sin despertar la reprobación general.
Empero, cuando se trata de Israel, ni aun los judíos quedan exentos de este extraño fenómeno. Hace algo más de un año, el argentino Juan Gelman, como lo atendieron mal en el aeropuerto Ben Gurion escribió una diatriba acerca del “estado del Estado de Israel”. Jacobo Timerman y Elías Neuman, cada uno a su modo y en su momento, explicaron sus dificultades de adaptación en Israel por medio de descalificar al Estado judío. Sólo con Israel, la gente tiende a concluir que “como no me gusta, pues no vale”. En rigor, precisamente ese “no me gusta” debería ser el objeto de un concienzudo análisis que sólo los autocríticos se atreverían a admitir.
Un ilustre amigo de Israel en Cataluña, Vicent Villatoro, comenta acerca del portal del principal diario allí que, de sus muchos foros, solamente el que se refiere a Israel advierte a los opinantes que se abstengan de lenguaje ofensivo. ¿Por qué será ese lenguaje tan habitual en las referencias a Israel? Hace un mes, León Rozichner calificaba al Estado hebreo de genocida, y a su Primer Ministro, de ser “la forma más degradada de lo humano”. ¿Por qué será que estas formas, las más degradadas del periodismo, que difunden maniqueísmo, odio barato, generalizaciones absurdas, soberbia calumnia, son privativas de quienes “critican” a Israel?
No hay otro Estado para el que los medios desenvainen con tanta facilidad el paralelismo con los nazis. Sólo a Israel le está reservado esta lacerante puñalada. Para el reconocido poeta judeofóbico británico Tom Paulin, sólo los solados israelíes son “SS.” Para José Saramago, sólo las víctimas de Israel podrían compararse con Auschwitz.
Ni al Irán fascista, retrógrado y misógino se le reservan los epítetos que absorbe Israel. Durante mi última visita a España tuve el dudoso honor de coincidir con la del jefe de gobierno iraní. La prensa fue respetuosa para con este genocida, responsable de la tortura y muerte de cientos de miles de iraníes, del terrorismo internacional, de un régimen troglodita y judeofóbico. La única palabra crítica de los medios fue que la pudicia islámica de Jatami no le había permitido estrecharle la mano a la reina de España. Uno leía los diarios españoles y no podía sino sentir vergüenza ajena por tamaña estulticia cómplice del terror. ¿Os imagináis una visita de Sharon a España? ¿Podéis sospechar el festival de sangre de los diarios españoles? Los grandes voceros de esa prensa judeofóbica, como Maruja Torres, congratulan incluso al Hezbolá libanés, una banda delirante que la encerraría en una caverna por ser mujer.
A principios de diciembre, Corriere della Sera de Roma publicó un artículo en el que la valiente Oriana Fallaci describía su oprobio ante la actitud de la Iglesia. Esta había permitido a un obispo vaticano (en cuyo automóvil en Jerusalem se habían hallado armas y explosivos) participar de una procesión de individuos vestidos de suicidas con bombas, quienes portaban fotos de israelíes con svásticas. Desde el micrófono, el obispo agradecía en nombre de Dios, a los "mártires que van a su muerte como si fueran a una fiesta". ¿Habrá otra víctima en el mundo a la que la Iglesia llegue a despreciar de tal modo, además del judío asesinado?
También las universidades son inundadas por esta curiosa judeoadrenalina. Ámbitos en donde uno espera la meditación calmosa y el intercambio respetuoso de ideas, cuando se trata de Israel, son sacudidos por climas de histérica hostilidad. Dan escalofríos los brillantes artículos de Daniel Pipes acerca de cómo muchas universidades norteamericanas se someten al terrorismo judeofóbico.
Recuerdo como un grupo de gritones intentó impedirme dar una conferencia en la Universidad de Panamá. Me llamaban la atención sus gestos de odio, su ansiedad para que no hubiera con un israelí diálogo de ninguna índole. Era rechazo terminalmente indeclinable, que provenía de jóvenes para quienes nuestro conflicto es supuestamente remoto. Como la panadera de Pilar, en ningún otro tema desplegarían tantas emociones juntas.
Menos sorprendente, y aun más inflexible, fue la agresiva recepción que me propinó este año en una universidad tarraconense, su decano Enric Olivé Serret, quien exhibió delante de los estudiantes, un odio que un invitado de ningún otro país habría recibido. Sólo al israelí pueden esperarle tantas sorpresas hostiles.
Cuando el año pasado leí en The Guardian de Londres un articulo intitulado “Israel no tiene derecho a existir”, me pregunto si, entre los doscientos países que hay, puede encontrarse otro al que pudiera dedicársele en algún diario un titular tan atolondrado y franco. Sólo a Israel se le exige autojustificarse. Sólo a Israel el jefe de El País español, Bastenier, le cuestiona que estudie su historia. Sólo a Israel le niega el derecho de defenderse. Sólo en Israel, el Clarín argentino encuentra exclusivamente miserias.
La adrenalina antiisraelí aparece con llamativa frecuencia. Como el resto de las hormonas, la información que transmite mantiene sus efectos por períodos extensos. Hace subir la presión sanguínea, libera el azúcar depositado en el hígado, azuza los latidos del corazón, y estimula la muerte súbita de judíos.
<CENTER>LA ADRENALINA Y LOS JUDÍOS
Gustavo D. Perednik</CENTER>
Hace un par de meses, en un encuentro con una brillante periodista y escritora catalana, ésta relató una ilustrativa anécdota acerca de su ingreso a la panadería, en momentos en que la vendedora despotricaba contra Israel. Pilar Rahola admitía haberse sorprendido ante las quejas panaderas, porque la mentada proveedora no tiene opiniones sobre los chechenios ni sobre la globalización, ni siquiera sobre los vascos o el problema ecológico en la península ibérica y, agreguemos honestamente, sobre nada de nada. Pero con respecto a Israel, de eso sí la doña se ha formado una opinión sólida y categórica. Israel está mal, y punto.
Con este ejemplo cotidiano y colorido, Pilar dio en el blanco. La judeofobia puede percibirse también en el hecho de que los judíos estimulen tanta adrenalina.
El embajador francés en Londres, Daniel Bernard, se refirió a Israel como “un paisito de porquería”. ¿Hay otro país del planeta, sobre el cual un funcionario de alto rango de una democracia pueda expresarse tan emocionalmente sin ser amonestado? (Hace poco una ministra canadiense debió renunciar por haber tildado de tonto al presidente Bush. Imaginemos a algún funcionario extranjero que deba meramente disculparse por las referencias a Ariel Sharon).
En 1995 me tocó ser testigo de cómo una diplomática española, Aranzazu Baסףn Dבvalos, imponía a los reticentes oídos de José María Aznar, su científica conclusión de que los judíos somos zafios. Me preguntó, entre otras cosas, si de otros pueblos del mundo se cae en groseras generalizaciones sin despertar la reprobación general.
Empero, cuando se trata de Israel, ni aun los judíos quedan exentos de este extraño fenómeno. Hace algo más de un año, el argentino Juan Gelman, como lo atendieron mal en el aeropuerto Ben Gurion escribió una diatriba acerca del “estado del Estado de Israel”. Jacobo Timerman y Elías Neuman, cada uno a su modo y en su momento, explicaron sus dificultades de adaptación en Israel por medio de descalificar al Estado judío. Sólo con Israel, la gente tiende a concluir que “como no me gusta, pues no vale”. En rigor, precisamente ese “no me gusta” debería ser el objeto de un concienzudo análisis que sólo los autocríticos se atreverían a admitir.
Un ilustre amigo de Israel en Cataluña, Vicent Villatoro, comenta acerca del portal del principal diario allí que, de sus muchos foros, solamente el que se refiere a Israel advierte a los opinantes que se abstengan de lenguaje ofensivo. ¿Por qué será ese lenguaje tan habitual en las referencias a Israel? Hace un mes, León Rozichner calificaba al Estado hebreo de genocida, y a su Primer Ministro, de ser “la forma más degradada de lo humano”. ¿Por qué será que estas formas, las más degradadas del periodismo, que difunden maniqueísmo, odio barato, generalizaciones absurdas, soberbia calumnia, son privativas de quienes “critican” a Israel?
No hay otro Estado para el que los medios desenvainen con tanta facilidad el paralelismo con los nazis. Sólo a Israel le está reservado esta lacerante puñalada. Para el reconocido poeta judeofóbico británico Tom Paulin, sólo los solados israelíes son “SS.” Para José Saramago, sólo las víctimas de Israel podrían compararse con Auschwitz.
Ni al Irán fascista, retrógrado y misógino se le reservan los epítetos que absorbe Israel. Durante mi última visita a España tuve el dudoso honor de coincidir con la del jefe de gobierno iraní. La prensa fue respetuosa para con este genocida, responsable de la tortura y muerte de cientos de miles de iraníes, del terrorismo internacional, de un régimen troglodita y judeofóbico. La única palabra crítica de los medios fue que la pudicia islámica de Jatami no le había permitido estrecharle la mano a la reina de España. Uno leía los diarios españoles y no podía sino sentir vergüenza ajena por tamaña estulticia cómplice del terror. ¿Os imagináis una visita de Sharon a España? ¿Podéis sospechar el festival de sangre de los diarios españoles? Los grandes voceros de esa prensa judeofóbica, como Maruja Torres, congratulan incluso al Hezbolá libanés, una banda delirante que la encerraría en una caverna por ser mujer.
A principios de diciembre, Corriere della Sera de Roma publicó un artículo en el que la valiente Oriana Fallaci describía su oprobio ante la actitud de la Iglesia. Esta había permitido a un obispo vaticano (en cuyo automóvil en Jerusalem se habían hallado armas y explosivos) participar de una procesión de individuos vestidos de suicidas con bombas, quienes portaban fotos de israelíes con svásticas. Desde el micrófono, el obispo agradecía en nombre de Dios, a los "mártires que van a su muerte como si fueran a una fiesta". ¿Habrá otra víctima en el mundo a la que la Iglesia llegue a despreciar de tal modo, además del judío asesinado?
También las universidades son inundadas por esta curiosa judeoadrenalina. Ámbitos en donde uno espera la meditación calmosa y el intercambio respetuoso de ideas, cuando se trata de Israel, son sacudidos por climas de histérica hostilidad. Dan escalofríos los brillantes artículos de Daniel Pipes acerca de cómo muchas universidades norteamericanas se someten al terrorismo judeofóbico.
Recuerdo como un grupo de gritones intentó impedirme dar una conferencia en la Universidad de Panamá. Me llamaban la atención sus gestos de odio, su ansiedad para que no hubiera con un israelí diálogo de ninguna índole. Era rechazo terminalmente indeclinable, que provenía de jóvenes para quienes nuestro conflicto es supuestamente remoto. Como la panadera de Pilar, en ningún otro tema desplegarían tantas emociones juntas.
Menos sorprendente, y aun más inflexible, fue la agresiva recepción que me propinó este año en una universidad tarraconense, su decano Enric Olivé Serret, quien exhibió delante de los estudiantes, un odio que un invitado de ningún otro país habría recibido. Sólo al israelí pueden esperarle tantas sorpresas hostiles.
Cuando el año pasado leí en The Guardian de Londres un articulo intitulado “Israel no tiene derecho a existir”, me pregunto si, entre los doscientos países que hay, puede encontrarse otro al que pudiera dedicársele en algún diario un titular tan atolondrado y franco. Sólo a Israel se le exige autojustificarse. Sólo a Israel el jefe de El País español, Bastenier, le cuestiona que estudie su historia. Sólo a Israel le niega el derecho de defenderse. Sólo en Israel, el Clarín argentino encuentra exclusivamente miserias.
La adrenalina antiisraelí aparece con llamativa frecuencia. Como el resto de las hormonas, la información que transmite mantiene sus efectos por períodos extensos. Hace subir la presión sanguínea, libera el azúcar depositado en el hígado, azuza los latidos del corazón, y estimula la muerte súbita de judíos.