¿Y si Jesús no fuera Dios?
En tiempos en los que el debate religioso suele reducirse a cuestiones éticas o culturales, hay una pregunta que rara vez se toma en serio y, sin embargo, define por completo lo que el cristianismo cree que es la salvación: ¿qué pasaría si Jesús no fuera Dios?
A primera vista, la duda parece inocente. Para algunos, Jesús podría ser un profeta admirable, un maestro moral de talla mundial, un ejemplo de humanidad elevada. Y sin duda lo fue. Pero la fe cristiana no se sostiene sobre la figura de un gran hombre, sino sobre la convicción de que Dios mismo entró en la historia para sanar la ruptura entre Él y nosotros.
Y aquí está el punto que casi nadie explica: si Jesús no es Dios, el cristianismo se desarma desde dentro, como una catedral a la que se le retira la piedra angular.
Para entenderlo, conviene recordar que el problema humano no es solo moral, sino relacional. La Biblia describe el pecado como una distancia real entre Dios y la humanidad. Si lo que está roto es una relación con el Creador, la reparación debe venir, inevitablemente, desde Dios mismo, no desde una criatura. La ofensa es infinita no por dramatismo religioso, sino porque el ofendido es infinito. Y una ruptura de ese calibre no se repara con buenas intenciones o sacrificios humanos por muy nobles que sean.