¿Y si Jesús no fuera Dios?
En tiempos en los que el debate religioso suele reducirse a cuestiones éticas o culturales, hay una pregunta que rara vez se toma en serio y, sin embargo, define por completo lo que el cristianismo cree que es la salvación: ¿qué pasaría si Jesús no fuera Dios?
A primera vista, la duda parece inocente. Para algunos, Jesús podría ser un profeta admirable, un maestro moral de talla mundial, un ejemplo de humanidad elevada. Y sin duda lo fue. Pero la fe cristiana no se sostiene sobre la figura de un gran hombre, sino sobre la convicción de que Dios mismo entró en la historia para sanar la ruptura entre Él y nosotros.
Y aquí está el punto que casi nadie explica: si Jesús no es Dios, el cristianismo se desarma desde dentro, como una catedral a la que se le retira la piedra angular.
Para entenderlo, conviene recordar que el problema humano no es solo moral, sino relacional. La Biblia describe el pecado como una distancia real entre Dios y la humanidad. Si lo que está roto es una relación con el Creador, la reparación debe venir, inevitablemente, desde Dios mismo, no desde una criatura. La ofensa es infinita no por dramatismo religioso, sino porque el ofendido es infinito. Y una ruptura de ese calibre no se repara con buenas intenciones o sacrificios humanos por muy nobles que sean.
Aquí es donde entra Cristo. Si Jesús fuera únicamente un hombre excepcional, su entrega en la cruz tendría un valor limitado: conmovedor, ejemplar, inspirador… pero
insuficiente para sanar una ruptura que excede la capacidad de cualquier criatura. Sería como pedirle a una vela que ilumine el sol: no puede dar más luz de la que tiene.
Pero lo verdaderamente decisivo ocurre en otro plano. El Nuevo Testamento afirma algo audaz: que ahora cualquier persona, en cualquier lugar, puede acercarse directamente a Dios. No mediante un templo, ni un ritual, ni un sacerdote:
directamente.
Ese acceso, que para millones de creyentes define la esencia de la fe, solo es posible si Jesús es algo más que un maestro. Porque el acceso a Dios no se abre con un discurso, sino con un puente. Y ese puente solo existe si Cristo participa plenamente de los dos extremos: es
hombre, sí, pero también
Dios. No uno u otro: ambos.
Si Jesús no fuera Dios, ese acceso inmediato se derrumbaría. Él mismo estaría en el lado de las criaturas, incapaz de llevarnos hasta el Padre. Su intercesión sería limitada, su mediación sería simbólica y su sacrificio no tendría más poder que el de cualquier mártir heroico. A fin de cuentas, nadie puede dar vida divina si no la posee. Desde esa perspectiva, un Cristo no divino reduce el cristianismo a una ética admirable, pero no a una buena noticia que transforma la existencia.
Por eso la pregunta inicial es tan crucial.
Si Jesús no es Dios, todo queda en manos humanas.
Si Jesús es Dios, entonces es Dios mismo quien viene, quien carga, quien salva, quien abre el camino.
Muchos debates teológicos giran interminablemente en torno a ritos, ética o doctrinas periféricas. Pero la cuestión que realmente divide las aguas es esta:
¿fue Jesús un mensajero que vino a indicarnos cómo llegar a Dios, o fue Dios mismo viniendo a buscarnos?
El cristianismo apuesta por lo segundo.
Y si esa apuesta es verdadera, entonces la historia no comienza con un hombre que asciende hacia Dios, sino con un Dios que desciende hacia nosotros.
Ese —y no otro— es el corazón del mensaje cristiano.