Quiero compartir con ustedes esta reflexión de William Law, místico ingles del siglo XVIII, que personalmente me ha escudriñado en lo profundo.
Aquí los dejo con el:
La herejía de las herejías es el espíritu mundano. En él está toda la naturaleza y miseria de nuestra caída; perpetúa la muerte de nuestras almas, y, en tanto perdure, nos será imposible el nacer de nuevo desde lo alto. Es la mayor ceguera y oscuridad de nuestra naturaleza, y nos mantiene en la mayor ignorancia tanto del Cielo como del Infierno. Pues aunque ambos están dentro de nosotros, no sentiremos ni el uno el otro, en tanto el espíritu de este mundo reine sobre nosotros.
La Luz y la Verdad, así como el Evangelio, en cuanto que se refieren a la Eternidad, son sonidos vacíos para el espíritu mundano.
Su propio bien y su propio mal gobiernan todas sus esperanzas y temores; y por lo tanto no puede tener religión, ni preocuparse o interesarse por ella, sino en la medida en que pueda ponerse al servicio de la vida de este mundo. Publicanos y rameras han nacido todos de este espíritu mundano; pero su más alto linaje son los escribas, fariseos e hipócritas, que convierten la piedad en negocio y sirven a Dios por Mammón, y teniendo a este último como meta y motivo. Todos ellos viven, se mueven y tienen su ser en y desde el espíritu de este mundo.
Detesta, pues, entre todas las cosas, mi querido amigo, el espíritu de este mundo, o, de lo contrario, nada ni nadie podrá socorrerte: tendrás que vivir como un completo extraño para todo lo que es divino y celestial. Dejarás el mundo con la misma pobreza y muerte a la Vida divina con la que entraste en él. Pues un espíritu mundano y terreno no puede conocer nada de Dios; no puede saber nada, sentir nada, saborear nada, disfrutar de nada, sino con sentidos terrenales y siguiendo modos terrenales. [ p. 115, 2 ]
“El hombre natural –dice el Apóstol— no recibe las cosas de Dios, que son locura para él. No puede conocerlas, porque son discernidas y percibidas espiritualmente”; es decir, se las discierne y percibe por medio de aquel Espíritu que dicho hombre natural no tiene.
El verdadero fundamento y razón de esto, la absoluta imposibilidad para el hombre natural de recibir y conocer las cosas divinas, por muy educado, culto, cortés y perspicaz que sea, es el siguiente: todo conocimiento real es vida, o una sensibilidad viviente de aquello que es conocido. No hay otra luz en la mente, sino aquella que es luz de la vida: comprendemos, sentimos y conocemos en la medida en que alcanza nuestra vida, llegando hasta donde ella llegue, y no podrá nuestra comprensión ir más allá. Todo lo que venga después no será sino juego de nuestra imaginación, que se recrea con imágenes muertas de sus propias ideas.
Pues bien, esto es todo lo más que puede hacer con las cosas de Dios el hombre natural, que no posee la Vida divina dentro de sí. Únicamente las puede contemplar como cosas extrañas para él mismo, como otras tantas ideas muertas que recoge de libros o de lo que ha oído decir. Y así puede pelear y discutir sobre ellas, riéndose de los entusiastas que poseen una sensibilidad viviente de tales cosas divinas.
Lo malo que tiene este vivir o entender de oídas es que no puede versar más que sobre ideas muertas de verdades divinas, las cuales se convierten en un mal alimento de todos sus humores naturales. Esta orgulloso de discutir sobre ellas, y pierde toda humildad, todo amor de Dios y de los hombres, a través de una vana y altanera disputa en torno a tales ideas muertas. Su celo religioso no es más que envidia y cólera; su ortodoxia, soberbia y obstinación; su amor a la verdad, odio y mala voluntad hacia aquellos que se atreven a disentir de él. Este es el constante efecto de la religión del hombre natural, que está bajo el dominio del espíritu de este mundo.
Un hombre semejante no puede conocer más de la religión, ni hacer un mejor un uso de su conocimiento, que lo que resulta de tales actitudes; y ello por la sencilla razón de que se encuentra tan alejado de una sensibilidad viva de la verdad, como lo está de una sensibilidad viva de la luz el hombre que ha nacido ciego. La luz tiene que ser el primer parto de su propia vida, para que pueda llegar a tener un conocimiento real de ella.
Sin embargo, el hombre natural es tan ignorante, con toda su docta agudeza, que ni siquiera llega a percibir que hay, y tiene forzosamente que haber, una gran diferencia entre el verdadero conocimiento y las ideas muertas de las cosas; y que un hombre no puede conocer cosa alguna sino en la medida en que su propia vida abra el conocimiento de ella en él mismo. [ p. 115, f –116 ]