El profeta Malaquías predijo que Elías volvería de nuevo (Mt. 3:23), y según el testimonio de Jesús, Juan Bautista era la segunda llegada de Elías (Mt. 11:14, 17:13). Sin embargo, el mismo Juan Bautista, así como el pueblo judío en general, no conocía el hecho de que Juan era la segunda llegada de Elías (Jn. 1:21). La duda de Juan sobre Jesús (Mt. 11:3), seguida por la creciente incredulidad del pueblo, obligó finalmente a Jesús a tomar el camino de la cruz.
ESTUDIEMOS MAS A FONDO
La ferviente esperanza del pueblo judío, que creía en estas profecías, era naturalmente la llegada del Mesías. Pero, debemos saber que de igual manera esperaban la segunda llegada de Elías. Esto es debido a que Dios les había prometido claramente, a través del profeta Malaquías, que les mandaría al profeta Elías antes de la llegada del Mesías, con el fin de preparar el camino del Señor (Mt. 3 :23). No obstante, el profeta Elías había ascendido al cielo aproximadamente 900 años antes del nacimiento de Jesús (2 R. 2:11), y a nosotros nos es familiar la ocasión cuando él se apareció a los discípulos de Jesús en espíritu (Lc. 9:31). El pueblo judío creía que Elías que estaba en el cielo, volvería con el mismo aspecto con el había ascendido al cielo. Por consiguiente, el pueblo judío de aquel tiempo estaba mirando al cielo, esperando que volviera Elías con la expectativa de que éste volviera sobre las nubes. Eso es exactamente igual a los creyentes cristianos de hoy, que están mirando al cielo creyendo que Jesús volverá sobre las nubes.
Sin embargo, cuando aún no se había oído ningún rumor sobre la llegada de Elías como lo había profetizado Malaquías, Jesús apareció inesperadamente autoproclamándose Mesías, lo que naturalmente causó una gran confusión en Jerusalén. Por eso, Mateo 17:10 dice que donde quiera que iban los discípulos, eran refutados con la pregunta de que si Jesús era el Mesías, ¿dónde estaba Elías? Los discípulos, sin saber cómo replicar, se lo preguntaron a Jesús directamente y él les contestó que precisamente Juan Bautista era el Elías que ellos estaban esperando (Mt. 11: 14, 17: 13). Como los discípulos aceptaban que Jesús era el Mesías, podían creer sin ninguna duda en el testimonio de Jesús de que Juan Bautista era Elías, pero ¿cómo podían aceptar este testimonio los otros judíos, que todavía no sabían quien era Jesús? El mismo Jesús, sabiendo que no creerían fácilmente en su testimonio, dijo: «…si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir» (Mt. 11:14). Los judíos descreyeron aún más el testimonio de Jesús, sobre que Juan era Elías, porque el mismo Juan ya había negado claramente que él lo fuera (Jn 1:21).
EL CAMINO A SEGUIR POR EL PUEBLO JUDIO
Jesús dijo que Juan Bautista era precisamente el Elías por quien el pueblo judío había esperado tanto tiempo (Mt. 11:14); por el contrario como Juan Bautista, el originador de esta controversia, ya había negado el hecho, ¿las palabras de quién tomaría seriamente el pueblo? Obviamente es un problema que se definirá viendo cuál de los dos, Jesús o Juan, era más confiable a los ojos de los judíos.
Examinemos entonces qué opinión tendría el pueblo judío acerca del aspecto de Jesús. Jesús era un joven falto de aprendizaje, nacido y formado en el hogar pobre y humilde de un carpintero. Este joven desconocido, se presentó llamándose a sí mismo el Señor del Sábado, y violó este día que los judíos consideraban tan importante como su propia vida (Mt. 12:1-8). Así, Jesús llegó a ser conocido como alguien que transgredía la Ley, que era el símbolo de la salvación para los judíos (Mt. 5:17). Por consiguiente, Jesús fue acusado por los líderes judíos y tuvo que reunir a sus discípulos de entre pescadores, se hizo amigo de cobradores de impuestos, prostitutas y pecadores, comiendo y bebiendo junto con ellos (Mt. 11:19). Es más, Jesús afirmaba que los cobradores de impuestos y las prostitutas entrarían en el Reino de los Cielos antes que los líderes judíos (Mt.21:31).
En una ocasión, una mujer, llorando, empezó a verter sus lágrimas en los pies de Jesús, secándolos con sus cabellos, besándolos y ungiéndolos con un frasco de perfume precioso (Lc. 7:37-38). Si tal conducta es difícil de aceptar en la sociedad actual, cuánto más inaceptable sería dentro de la estricta ética de la sociedad judía, en la cual apedreaban a una mujer adúltera hasta la muerte, sin que ella pueda defenderse. Sin embargo, Jesús no sólo la aceptó sino que reprendió a sus discípulos que la habían criticado, e incluso la alabó (Lc. 7:44-50, Mt. 26:7-13).
Además, Jesús se puso al mismo nivel que Dios, (Jn. 14:9) y enfatizó que la gente debería amarle más que a sus padres, hermanos, esposo o esposa o hijos, (Mt. 10:37) (Lc 14:36), afirmando que nadie podría entrar al Reino de los Cielos, si no era a través de él (Jn. 14:6).
Por ser esta la imagen de Jesús, los líderes judíos lo ridiculizaron y lo acusaron de ser Beelzebul, el príncipe de los demonios (Mt. 12:24). Al observar todas estas circunstancias en su totalidad, podemos deducir que Jesús no era una persona fiable para los judíos de aquellos días.
A continuación, investiguemos qué opinión tendría el pueblo judío de Juan Bautista. Juan nació como hijo del sacerdote Zacarías, en una distinguida familia (Lc. 1:13). Su padre, quemando incienso en el Santo, vio al ángel del Señor que le anunció que su esposa concebiría un hijo. Por no creer en las palabras del ángel, Zacarías se quedó mudo y no recuperó el habla hasta después del nacimiento del niño. Debido a estos milagros y signos, su nacimiento asombró en gran manera a toda la ciudad (Lc. 1:9-66). Además, Juan llevó una brillante vida de fe y disciplina, viviendo de langostas y miel silvestre en el desierto, y parecía un personaje tan admirable que incluso los jefes de los sacerdotes, así como el pueblo judío en general, le preguntaron si él era el Mesías (Lc. 3:15, Jn. 1:20).
Considerando lo anterior, cuando comparados a Jesús y a Juan Bautista desde el punto de vista del pueblo judío, ¿qué palabras considerarían más dignas de crédito, las de Juan o las de Jesús?. es indudable que las palabras de Juan Bautista. Por consiguiente, tuvieron que dar más crédito a las palabras de Juan, cuando él negó que fuera el Elías, que al testimonio de Jesús de que Juan Bautista era Elías. Entonces al creer los judíos las palabras de Juan, el testimonio de Jesús acabó siendo una especie de falso testimonio, sólo para afirmar que era el Mesías, por eso fue automáticamente acusado de ridículo.
De esta forma, cuando Jesús fue acusado de ridículo su imagen, tal como está detallado anteriormente, se convirtió en objeto de irritación para todos los judíos, lo que incrementó paulatinamente el grado de incredulidad hacia él. Ya que el pueblo judío creía en las palabras de Juan Bautista y desconfiaba de Jesús, ellos no podían sino pensar que Elías todavía no había venido; conforme a esto, no podían ni siquiera imaginarse que el Mesías ya había llegado.
Conforme con lo que hemos visto, si los judíos se colocaban en la posición de creer en la profecía de Malaquías, al no haber venido todavía Elías, no tendrían más alternativa que rechazar a Jesús quien se autoproclamaba Mesías. Pero por otro lado, si ellos optaban por colocarse en la posición de creer en Jesús, tendrían que negar las Escrituras, que profetizaban que la llegada del Mesías ocurriría después de la vuelta de Elías. Así, el pueblo judío, que de ninguna manera podía abandonar las profecías de Dios, se vio obligado a escoger el camino de no creer en Jesús.
LA INCREDULIDAD DE JUAN BAUTISTA
Tal como ya lo hemos discutido, los jefes de los sacerdotes, así como todo el pueblo judío de aquel tiempo, respetaban a Juan Bautista hasta tal grado que ellos pensaban que podría ser el Mesías (Lc. 3:15, Jn. 1:20). Si Juan Bautista hubiera declarado que él era Elías como Jesús testificó, la totalidad del pueblo judío, que esperaba la vuelta de Elías antes de la llegada del Mesías, sin ninguna duda hubiera venido a Jesús, debido a que estaban acostumbrados a creer en el testimonio de Juan Bautista. Pero, la ignorancia de la providencia de Dios por parte de Juan Bautista, quien finalmente afirmó que no era Elías, fue la causa principal que bloqueó el camino del pueblo judío hacia Jesús.
Anteriormente Juan Bautista había testificado:
«Yo os bautizo con agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no merezco llevarle las sandalias. El os bautizará en el Espíritu Santo y en el Fuego». (Mt. 3 :11)
De nuevo, en Juan 1:33-34, él confesó diciendo:
«Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: `Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es Elegido de Dios».
De esta manera, Dios le manifestó directamente a Juan Bautista que Jesús era el Mesías e incluso Juan mismo dio testimonio de él como el Mesías, mientras que en Juan 1:23, dijo que él venía con la misión de enderezar el camino del Mesías. Además, existe el registro evidente (Jn 3:28), de que había sido enviado antes que Cristo. Por lo tanto, Juan Bautista debería haber conocido necesariamente por su propia sabiduría el hecho de que él era Elías. Si bien Juan podría no haberse dado cuenta de este hecho por sí mismo, él ya sabía por testimonio del cielo que Jesús era el Mesías. (Jn. 1:33-34) En base a esto, hubiera sido apropiado que aún tarde, él hubiese proclamado que era Elías, en obediencia a las palabras de Jesús, quien personalmente había dado testimonio que Juan era Elías.
Pero él era ignorante de la voluntad de Dios (Mt.11:19) y además de haber ya negado el testimonio de Jesús (Jn. 1:21) después de ello siguió una dirección diferente de la providencia, ¡cuán triste se habrá sentido Jesús al observar a este Juan o Dios mismo, al ver a Jesús en una situación tan delicada!
En realidad Juan terminó toda su misión como testigo de Jesús cuando lo bautizó y dio testimonio de él. ¿Cuál sería su misión a partir de entonces? Su padre Zacarías, conmovido por el Espíritu Santo, profetizó sobre la misión de Juan, cuando este todavía estaba en el vientre, «…y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo pues irás delante del Señor para preparar sus caminos…» (Lc. 1:74-76), profetizando así claramente acerca de su misión. Juan Bautista debería haber servido a Jesús como un discípulo, después de haber dado testimonio de él. No obstante, siguió bautizando a la gente separado de Jesús, confundiendo así al pueblo judío (Lc. 3:15), e incluso a los sacerdotes (Jn. 1:20). Además los seguidores de Jesús y los discípulos de Juan Bautista hasta llegaron a pelearse sobre la purificación, para ver cual de sus maestros bautizaba más gente (Jn. 3 :25-26). Aún cuando leemos en Juan 3:30 que Juan Bautista dice «Es preciso que él crezca y que yo disminuya», vemos claramente que él no compartió el mismo destino que Jesús. Si Juan se hubiera colocado completamente en la posición de compartir el mismo destino que Jesús, ¿cómo podía disminuir mientras Jesús crecía?. De hecho, el Evangelio de Jesús debería haber sido transmitido antes que nadie por el propio Juan Bautista. Pero, debido a su ignorancia no pudo cumplir su misión y finalmente perdió su vida, que tenía que entregar a Jesús, por algo sin ningún valor.
Cuando el centro de la vida de Juan estaba del lado de Dios, él dio testimonio consciente de que Jesús era el Mesías. Pero, cuando se le cortaron las inspiraciones espirituales y volvió a ser un Juan «humano», su ignorancia incrementó aún más su falta de fe en Jesús. Juan Bautista, que no se había dado cuenta de que él mismo era Elías, terminó tratando a Jesús desde una posición igual a la de los demás judíos, especialmente después de ser encarcelado. Por consiguiente, absolutamente todo lo que Jesús dijo e hizo se veía como algo incomprensible ante los ojos humanos de Juan. Además, como él tampoco pudo creer que Jesús era el Mesías por aparecer antes que venga Elías, envió finalmente sus discípulos a Jesús para quitarse las dudas, preguntando: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Mt. 11:3).
Jesús, al oír la pregunta de este Juan, respondió indignado con una advertencia severa (Mt. 11:3-19). Juan Bautista fue escogido por Dios para servir a Jesús, desde que estaba en el vientre de su madre (Lc. 1:76), y llevó una sufrida vida ascética en el desierto para preparar sus caminos. Y cuando Jesús comenzó su ministerio público, el cielo le enseñó a Juan antes que a nadie quién era Jesús, luego le hizo testificar a ellos. Pero al oír tales preguntas de un Juan que no estaba recibiendo debidamente la gracia de Dios, Jesús no le contestó directamente que él era el Mesías, sino que respondió de una manera indirecta diciendo:
«Id y contad a Juan lo que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva». (Mt. 11:4-5)
Por supuesto que Juan Bautista no ignoraba estos milagros y maravillas hechas por Jesús. No obstante, el hecho de que Jesús le diera esta respuesta tan frívola fue para enseñarle quién era él, por medio de hacerle recordar una vez más a Juan, todo lo qué él hacía.
Debemos saber que en las palabras de Jesús sobre que se anunciaba el Evangelio a los pobres (Mt. 11:5), esta volcada su aflicción por la incredulidad del pueblo judío, y especialmente por la de Juan Bautista. El pueblo elegido de Israel, y especialmente Juan, había sido abundantemente bendecido con amor celestial. Pero, todos ellos traicionaron a Jesús y él se vio obligado a vagar por las costas de Galilea, por la región de Samaria, para buscar entre los pobres a quienes pudieran escuchar el Evangelio. Estos pobres eran ignorantes pescadores, cobradores de impuestos y prostitutas. En realidad, los discípulos que Jesús buscaba no serían esta clase de gente. Jesús, viniendo con la misión de construir el Reino de los Cielos sobre la tierra, necesitaba mucho más a una persona calificada para dirigir a un millar, que a un millar que le siguiera ciegamente. ¿¡Acaso Jesús para encontrar la gente capacitada por el cielo, no entró primero en el templo y transmitió el Evangelio a sacerdotes y escribas!?
Sin embargo, como Jesús lo indicó personalmente, se vio obligado a llamar a los mendigos que vagaban por las calles ya que ninguno de los invitados vino al banquete preparado para ellos.
El corazón triste de Jesús al salir a recibir a los que no eran invitados, acabó expresando palabras de juicio, diciendo: «¡Y dichoso aquel que no se escandalice de mí!» (Mt. 11:6). Juan Bautista era una persona tan maravillosa que los judíos de aquellos días se preguntaban unos si sería el Mesías, otros si sería Elías, otros el profeta (Lc. 3:15) (Jn 1:20-21), pero Jesús advirtió sobre el destino de Juan Bautista al decir, indirectamente, que quien tropiece por causa de él por muy grande que fuera, no sería dichoso.
¿Cual fue el tropiezo de Juan Bautista?, como ya lo hemos mencionado antes, él no cumplió su misión de servir y dedicarse a Jesús toda su vida.
Después de que los discípulos de Juan Bautista se fueron, Jesús dijo:
«En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos, es mayor que él». (Mt. 11:11),
indicando que, desde el punto de vista de su misión, Juan Bautista había venido originalmente como el más grande de todos los profetas, pero estaba fallando en cumplir su misión.
Todos los que estaban en el cielo habían nacido de mujer y habían vivido en la tierra antes de morir. Por consiguiente, lo natural sería que Juan, siendo el más grande de todos los nacidos de mujer, fuera también el más grande en el cielo. Entonces, ¿por qué Juan Bautista era menor que el más pequeño en el Reino de los Cielos? Numerosos profetas en el pasado habían testificado indirectamente del Mesías que vendría en el futuro lejano. Pero Juan Bautista vino con la misión de dar testimonio del Mesías directamente. Ya que la misión de los profetas era dar testimonio del Mesías, Juan Bautista, que dio testimonio del Mesías directamente, era más grande que cualquier otro profeta. Sin embargo, desde el punto de vista del servicio al Mesías, no puede ser sino el más pequeño. Porque aún el menor en el Cielo sabe que Jesús es el Mesías y lo sirve como tal, mientras que Juan Bautista, que había sido llamado para la misión de servirle más cerca que nadie (Lc. 1:76), más bien fue por un camino diferente al de Jesús y con esto, él quedó en la posición de servir a Jesús peor que el más pequeño en el Cielo. Jesús continuó diciendo: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo conquistan». Si Juan Bautista, que fue escogido desde el vientre de su madre para el Mesías y entrenado en una vida ascética tan difícil en el desierto, hubiera servido a Jesús, sin duda habría llegado a ser su discípulo principal. Pero, debido a que Juan falló en cumplir su misión de servir a Jesús, el violento Pedro conquistó esa posición del discípulo principal.
Al ver que en el pasaje, «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, El Reino de los Cielos sufre violencia», Jesús coloca una frontera en el tiempo, sabemos que no se refería al fallo del pueblo en general, sino al de Juan Bautista. Si Juan Bautista hubiera actuado con sabiduría, no habría abandonado a Jesús y sus obras habrían permanecido para la eternidad como justas; pero, desafortunadamente, él bloqueó el camino del pueblo judío para llegar a Jesús, así como el suyo propio por ignorancia.
Con esto hemos llegado a comprender que la causa principal que ocasionó la crucifixión de Jesús, fue Juan Bautista. Pablo se lamentó de la ignorancia del pueblo, incluido Juan Bautista, que acabó crucificando a Jesús, diciendo: «desconocida de todos los príncipes de este mundo; pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria». (1 Co. 2:8)
ESTUDIEMOS MAS A FONDO
La ferviente esperanza del pueblo judío, que creía en estas profecías, era naturalmente la llegada del Mesías. Pero, debemos saber que de igual manera esperaban la segunda llegada de Elías. Esto es debido a que Dios les había prometido claramente, a través del profeta Malaquías, que les mandaría al profeta Elías antes de la llegada del Mesías, con el fin de preparar el camino del Señor (Mt. 3 :23). No obstante, el profeta Elías había ascendido al cielo aproximadamente 900 años antes del nacimiento de Jesús (2 R. 2:11), y a nosotros nos es familiar la ocasión cuando él se apareció a los discípulos de Jesús en espíritu (Lc. 9:31). El pueblo judío creía que Elías que estaba en el cielo, volvería con el mismo aspecto con el había ascendido al cielo. Por consiguiente, el pueblo judío de aquel tiempo estaba mirando al cielo, esperando que volviera Elías con la expectativa de que éste volviera sobre las nubes. Eso es exactamente igual a los creyentes cristianos de hoy, que están mirando al cielo creyendo que Jesús volverá sobre las nubes.
Sin embargo, cuando aún no se había oído ningún rumor sobre la llegada de Elías como lo había profetizado Malaquías, Jesús apareció inesperadamente autoproclamándose Mesías, lo que naturalmente causó una gran confusión en Jerusalén. Por eso, Mateo 17:10 dice que donde quiera que iban los discípulos, eran refutados con la pregunta de que si Jesús era el Mesías, ¿dónde estaba Elías? Los discípulos, sin saber cómo replicar, se lo preguntaron a Jesús directamente y él les contestó que precisamente Juan Bautista era el Elías que ellos estaban esperando (Mt. 11: 14, 17: 13). Como los discípulos aceptaban que Jesús era el Mesías, podían creer sin ninguna duda en el testimonio de Jesús de que Juan Bautista era Elías, pero ¿cómo podían aceptar este testimonio los otros judíos, que todavía no sabían quien era Jesús? El mismo Jesús, sabiendo que no creerían fácilmente en su testimonio, dijo: «…si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir» (Mt. 11:14). Los judíos descreyeron aún más el testimonio de Jesús, sobre que Juan era Elías, porque el mismo Juan ya había negado claramente que él lo fuera (Jn 1:21).
EL CAMINO A SEGUIR POR EL PUEBLO JUDIO
Jesús dijo que Juan Bautista era precisamente el Elías por quien el pueblo judío había esperado tanto tiempo (Mt. 11:14); por el contrario como Juan Bautista, el originador de esta controversia, ya había negado el hecho, ¿las palabras de quién tomaría seriamente el pueblo? Obviamente es un problema que se definirá viendo cuál de los dos, Jesús o Juan, era más confiable a los ojos de los judíos.
Examinemos entonces qué opinión tendría el pueblo judío acerca del aspecto de Jesús. Jesús era un joven falto de aprendizaje, nacido y formado en el hogar pobre y humilde de un carpintero. Este joven desconocido, se presentó llamándose a sí mismo el Señor del Sábado, y violó este día que los judíos consideraban tan importante como su propia vida (Mt. 12:1-8). Así, Jesús llegó a ser conocido como alguien que transgredía la Ley, que era el símbolo de la salvación para los judíos (Mt. 5:17). Por consiguiente, Jesús fue acusado por los líderes judíos y tuvo que reunir a sus discípulos de entre pescadores, se hizo amigo de cobradores de impuestos, prostitutas y pecadores, comiendo y bebiendo junto con ellos (Mt. 11:19). Es más, Jesús afirmaba que los cobradores de impuestos y las prostitutas entrarían en el Reino de los Cielos antes que los líderes judíos (Mt.21:31).
En una ocasión, una mujer, llorando, empezó a verter sus lágrimas en los pies de Jesús, secándolos con sus cabellos, besándolos y ungiéndolos con un frasco de perfume precioso (Lc. 7:37-38). Si tal conducta es difícil de aceptar en la sociedad actual, cuánto más inaceptable sería dentro de la estricta ética de la sociedad judía, en la cual apedreaban a una mujer adúltera hasta la muerte, sin que ella pueda defenderse. Sin embargo, Jesús no sólo la aceptó sino que reprendió a sus discípulos que la habían criticado, e incluso la alabó (Lc. 7:44-50, Mt. 26:7-13).
Además, Jesús se puso al mismo nivel que Dios, (Jn. 14:9) y enfatizó que la gente debería amarle más que a sus padres, hermanos, esposo o esposa o hijos, (Mt. 10:37) (Lc 14:36), afirmando que nadie podría entrar al Reino de los Cielos, si no era a través de él (Jn. 14:6).
Por ser esta la imagen de Jesús, los líderes judíos lo ridiculizaron y lo acusaron de ser Beelzebul, el príncipe de los demonios (Mt. 12:24). Al observar todas estas circunstancias en su totalidad, podemos deducir que Jesús no era una persona fiable para los judíos de aquellos días.
A continuación, investiguemos qué opinión tendría el pueblo judío de Juan Bautista. Juan nació como hijo del sacerdote Zacarías, en una distinguida familia (Lc. 1:13). Su padre, quemando incienso en el Santo, vio al ángel del Señor que le anunció que su esposa concebiría un hijo. Por no creer en las palabras del ángel, Zacarías se quedó mudo y no recuperó el habla hasta después del nacimiento del niño. Debido a estos milagros y signos, su nacimiento asombró en gran manera a toda la ciudad (Lc. 1:9-66). Además, Juan llevó una brillante vida de fe y disciplina, viviendo de langostas y miel silvestre en el desierto, y parecía un personaje tan admirable que incluso los jefes de los sacerdotes, así como el pueblo judío en general, le preguntaron si él era el Mesías (Lc. 3:15, Jn. 1:20).
Considerando lo anterior, cuando comparados a Jesús y a Juan Bautista desde el punto de vista del pueblo judío, ¿qué palabras considerarían más dignas de crédito, las de Juan o las de Jesús?. es indudable que las palabras de Juan Bautista. Por consiguiente, tuvieron que dar más crédito a las palabras de Juan, cuando él negó que fuera el Elías, que al testimonio de Jesús de que Juan Bautista era Elías. Entonces al creer los judíos las palabras de Juan, el testimonio de Jesús acabó siendo una especie de falso testimonio, sólo para afirmar que era el Mesías, por eso fue automáticamente acusado de ridículo.
De esta forma, cuando Jesús fue acusado de ridículo su imagen, tal como está detallado anteriormente, se convirtió en objeto de irritación para todos los judíos, lo que incrementó paulatinamente el grado de incredulidad hacia él. Ya que el pueblo judío creía en las palabras de Juan Bautista y desconfiaba de Jesús, ellos no podían sino pensar que Elías todavía no había venido; conforme a esto, no podían ni siquiera imaginarse que el Mesías ya había llegado.
Conforme con lo que hemos visto, si los judíos se colocaban en la posición de creer en la profecía de Malaquías, al no haber venido todavía Elías, no tendrían más alternativa que rechazar a Jesús quien se autoproclamaba Mesías. Pero por otro lado, si ellos optaban por colocarse en la posición de creer en Jesús, tendrían que negar las Escrituras, que profetizaban que la llegada del Mesías ocurriría después de la vuelta de Elías. Así, el pueblo judío, que de ninguna manera podía abandonar las profecías de Dios, se vio obligado a escoger el camino de no creer en Jesús.
LA INCREDULIDAD DE JUAN BAUTISTA
Tal como ya lo hemos discutido, los jefes de los sacerdotes, así como todo el pueblo judío de aquel tiempo, respetaban a Juan Bautista hasta tal grado que ellos pensaban que podría ser el Mesías (Lc. 3:15, Jn. 1:20). Si Juan Bautista hubiera declarado que él era Elías como Jesús testificó, la totalidad del pueblo judío, que esperaba la vuelta de Elías antes de la llegada del Mesías, sin ninguna duda hubiera venido a Jesús, debido a que estaban acostumbrados a creer en el testimonio de Juan Bautista. Pero, la ignorancia de la providencia de Dios por parte de Juan Bautista, quien finalmente afirmó que no era Elías, fue la causa principal que bloqueó el camino del pueblo judío hacia Jesús.
Anteriormente Juan Bautista había testificado:
«Yo os bautizo con agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no merezco llevarle las sandalias. El os bautizará en el Espíritu Santo y en el Fuego». (Mt. 3 :11)
De nuevo, en Juan 1:33-34, él confesó diciendo:
«Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: `Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es Elegido de Dios».
De esta manera, Dios le manifestó directamente a Juan Bautista que Jesús era el Mesías e incluso Juan mismo dio testimonio de él como el Mesías, mientras que en Juan 1:23, dijo que él venía con la misión de enderezar el camino del Mesías. Además, existe el registro evidente (Jn 3:28), de que había sido enviado antes que Cristo. Por lo tanto, Juan Bautista debería haber conocido necesariamente por su propia sabiduría el hecho de que él era Elías. Si bien Juan podría no haberse dado cuenta de este hecho por sí mismo, él ya sabía por testimonio del cielo que Jesús era el Mesías. (Jn. 1:33-34) En base a esto, hubiera sido apropiado que aún tarde, él hubiese proclamado que era Elías, en obediencia a las palabras de Jesús, quien personalmente había dado testimonio que Juan era Elías.
Pero él era ignorante de la voluntad de Dios (Mt.11:19) y además de haber ya negado el testimonio de Jesús (Jn. 1:21) después de ello siguió una dirección diferente de la providencia, ¡cuán triste se habrá sentido Jesús al observar a este Juan o Dios mismo, al ver a Jesús en una situación tan delicada!
En realidad Juan terminó toda su misión como testigo de Jesús cuando lo bautizó y dio testimonio de él. ¿Cuál sería su misión a partir de entonces? Su padre Zacarías, conmovido por el Espíritu Santo, profetizó sobre la misión de Juan, cuando este todavía estaba en el vientre, «…y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo pues irás delante del Señor para preparar sus caminos…» (Lc. 1:74-76), profetizando así claramente acerca de su misión. Juan Bautista debería haber servido a Jesús como un discípulo, después de haber dado testimonio de él. No obstante, siguió bautizando a la gente separado de Jesús, confundiendo así al pueblo judío (Lc. 3:15), e incluso a los sacerdotes (Jn. 1:20). Además los seguidores de Jesús y los discípulos de Juan Bautista hasta llegaron a pelearse sobre la purificación, para ver cual de sus maestros bautizaba más gente (Jn. 3 :25-26). Aún cuando leemos en Juan 3:30 que Juan Bautista dice «Es preciso que él crezca y que yo disminuya», vemos claramente que él no compartió el mismo destino que Jesús. Si Juan se hubiera colocado completamente en la posición de compartir el mismo destino que Jesús, ¿cómo podía disminuir mientras Jesús crecía?. De hecho, el Evangelio de Jesús debería haber sido transmitido antes que nadie por el propio Juan Bautista. Pero, debido a su ignorancia no pudo cumplir su misión y finalmente perdió su vida, que tenía que entregar a Jesús, por algo sin ningún valor.
Cuando el centro de la vida de Juan estaba del lado de Dios, él dio testimonio consciente de que Jesús era el Mesías. Pero, cuando se le cortaron las inspiraciones espirituales y volvió a ser un Juan «humano», su ignorancia incrementó aún más su falta de fe en Jesús. Juan Bautista, que no se había dado cuenta de que él mismo era Elías, terminó tratando a Jesús desde una posición igual a la de los demás judíos, especialmente después de ser encarcelado. Por consiguiente, absolutamente todo lo que Jesús dijo e hizo se veía como algo incomprensible ante los ojos humanos de Juan. Además, como él tampoco pudo creer que Jesús era el Mesías por aparecer antes que venga Elías, envió finalmente sus discípulos a Jesús para quitarse las dudas, preguntando: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Mt. 11:3).
Jesús, al oír la pregunta de este Juan, respondió indignado con una advertencia severa (Mt. 11:3-19). Juan Bautista fue escogido por Dios para servir a Jesús, desde que estaba en el vientre de su madre (Lc. 1:76), y llevó una sufrida vida ascética en el desierto para preparar sus caminos. Y cuando Jesús comenzó su ministerio público, el cielo le enseñó a Juan antes que a nadie quién era Jesús, luego le hizo testificar a ellos. Pero al oír tales preguntas de un Juan que no estaba recibiendo debidamente la gracia de Dios, Jesús no le contestó directamente que él era el Mesías, sino que respondió de una manera indirecta diciendo:
«Id y contad a Juan lo que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva». (Mt. 11:4-5)
Por supuesto que Juan Bautista no ignoraba estos milagros y maravillas hechas por Jesús. No obstante, el hecho de que Jesús le diera esta respuesta tan frívola fue para enseñarle quién era él, por medio de hacerle recordar una vez más a Juan, todo lo qué él hacía.
Debemos saber que en las palabras de Jesús sobre que se anunciaba el Evangelio a los pobres (Mt. 11:5), esta volcada su aflicción por la incredulidad del pueblo judío, y especialmente por la de Juan Bautista. El pueblo elegido de Israel, y especialmente Juan, había sido abundantemente bendecido con amor celestial. Pero, todos ellos traicionaron a Jesús y él se vio obligado a vagar por las costas de Galilea, por la región de Samaria, para buscar entre los pobres a quienes pudieran escuchar el Evangelio. Estos pobres eran ignorantes pescadores, cobradores de impuestos y prostitutas. En realidad, los discípulos que Jesús buscaba no serían esta clase de gente. Jesús, viniendo con la misión de construir el Reino de los Cielos sobre la tierra, necesitaba mucho más a una persona calificada para dirigir a un millar, que a un millar que le siguiera ciegamente. ¿¡Acaso Jesús para encontrar la gente capacitada por el cielo, no entró primero en el templo y transmitió el Evangelio a sacerdotes y escribas!?
Sin embargo, como Jesús lo indicó personalmente, se vio obligado a llamar a los mendigos que vagaban por las calles ya que ninguno de los invitados vino al banquete preparado para ellos.
El corazón triste de Jesús al salir a recibir a los que no eran invitados, acabó expresando palabras de juicio, diciendo: «¡Y dichoso aquel que no se escandalice de mí!» (Mt. 11:6). Juan Bautista era una persona tan maravillosa que los judíos de aquellos días se preguntaban unos si sería el Mesías, otros si sería Elías, otros el profeta (Lc. 3:15) (Jn 1:20-21), pero Jesús advirtió sobre el destino de Juan Bautista al decir, indirectamente, que quien tropiece por causa de él por muy grande que fuera, no sería dichoso.
¿Cual fue el tropiezo de Juan Bautista?, como ya lo hemos mencionado antes, él no cumplió su misión de servir y dedicarse a Jesús toda su vida.
Después de que los discípulos de Juan Bautista se fueron, Jesús dijo:
«En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos, es mayor que él». (Mt. 11:11),
indicando que, desde el punto de vista de su misión, Juan Bautista había venido originalmente como el más grande de todos los profetas, pero estaba fallando en cumplir su misión.
Todos los que estaban en el cielo habían nacido de mujer y habían vivido en la tierra antes de morir. Por consiguiente, lo natural sería que Juan, siendo el más grande de todos los nacidos de mujer, fuera también el más grande en el cielo. Entonces, ¿por qué Juan Bautista era menor que el más pequeño en el Reino de los Cielos? Numerosos profetas en el pasado habían testificado indirectamente del Mesías que vendría en el futuro lejano. Pero Juan Bautista vino con la misión de dar testimonio del Mesías directamente. Ya que la misión de los profetas era dar testimonio del Mesías, Juan Bautista, que dio testimonio del Mesías directamente, era más grande que cualquier otro profeta. Sin embargo, desde el punto de vista del servicio al Mesías, no puede ser sino el más pequeño. Porque aún el menor en el Cielo sabe que Jesús es el Mesías y lo sirve como tal, mientras que Juan Bautista, que había sido llamado para la misión de servirle más cerca que nadie (Lc. 1:76), más bien fue por un camino diferente al de Jesús y con esto, él quedó en la posición de servir a Jesús peor que el más pequeño en el Cielo. Jesús continuó diciendo: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo conquistan». Si Juan Bautista, que fue escogido desde el vientre de su madre para el Mesías y entrenado en una vida ascética tan difícil en el desierto, hubiera servido a Jesús, sin duda habría llegado a ser su discípulo principal. Pero, debido a que Juan falló en cumplir su misión de servir a Jesús, el violento Pedro conquistó esa posición del discípulo principal.
Al ver que en el pasaje, «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, El Reino de los Cielos sufre violencia», Jesús coloca una frontera en el tiempo, sabemos que no se refería al fallo del pueblo en general, sino al de Juan Bautista. Si Juan Bautista hubiera actuado con sabiduría, no habría abandonado a Jesús y sus obras habrían permanecido para la eternidad como justas; pero, desafortunadamente, él bloqueó el camino del pueblo judío para llegar a Jesús, así como el suyo propio por ignorancia.
Con esto hemos llegado a comprender que la causa principal que ocasionó la crucifixión de Jesús, fue Juan Bautista. Pablo se lamentó de la ignorancia del pueblo, incluido Juan Bautista, que acabó crucificando a Jesús, diciendo: «desconocida de todos los príncipes de este mundo; pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria». (1 Co. 2:8)