Judas vs. 20/21
Judas vs. 20/21
20 “Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, 21 conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna”
¡Qué contraste es este que sigue! Ni siquiera aquellos hermanos que nos suponemos fieles, espirituales y santos, evaluamos debidamente cuánto es lo que hemos recibido de Dios por pura gracia. Aunque pueda haber en el mundo muchas personas que se nos presentan como muy felices y exitosas ¡cuánta es la miseria que padecen! Sin Dios, sin Cristo, sin fe ni esperanza, nos aterra siquiera imaginar tal vida. En cambio, faltándonos todo, con que podamos elevar los ojos al cielo entre un mar de lágrimas, ya parece que penetramos por el palacio de nuestro Padre y Rey y nos deslumbran las espléndidas riquezas que son nuestras en Cristo. Una mirada suya, apenas una palabra y una sonrisa, y ya nos sabemos la criatura más feliz y privilegiada del mundo entero.
Las dos frases que siguen darían tema para dos extensos artículos:
“edificándoos sobre vuestra santísima fe”. No son nuestras obras y méritos propios sobre los que nos vamos edificando, pues si así fuera en cualquier momento todo se vendría abajo llevándonos tremendo porrazo. Esa fe es nuestra, pero no porque la hayamos elaborado en nuestro propio corazón a base de grandes esfuerzos por creer. ¡Nada de eso! Es nuestra porque hemos sido hechos receptores de la misma, habiéndonos sido dada como un don de Su gracia, por la Palabra de Dios. Él habló y nosotros creímos. ¡Así de sencillo! Y esta fe nuestra es santísima, pues nos aparta del mundo y separa para Dios. Ya no nos atrae la vanidad, placeres y concupiscencias de este mundo, pues podemos disfrutar del cielo ya aquí en la tierra.
“orando en el Espíritu Santo”. He aquí otro lingote de oro puro escondido en este versículo. Si el corazón no nos reprende, si tenemos buena conciencia, si la sangre de Jesucristo nos ha limpiado todo pecado confesado, entonces la oración no es un ejercicio solitario, sino que se genera en el mismo Espíritu de Dios y Él es el vehículo que asciende al mismo corazón del Padre pues lleva consigo el nombre de Jesucristo.