La idea fija
Por MessaInLatino.it. 27 de agosto de 2018.
La historia papa Francisco-Viganò, a la cual estamos asistiendo en estas horas, es alucinante.
El papa ha sido hecho objeto de acusaciones muy graves relacionadas con uno de los pilares de su pontificado: “la reforma de la Iglesia” y la lucha a los “encubrimientos”.
El acusador es un hombre que, más allá de las valoraciones personales, tiene título pleno para afirmar tener el conocimiento directo de los hechos que denuncia.
El punto central de la acusación es el siguiente: el papa tenía conocimiento de la conducta gravemente desordenada del Cardenal McCarrick desde junio de 2013 e ignoró la cuestión.
Todo hombre medianamente inteligente debería razonar más o menos así: porque o bien la cosa es verdadera o la cosa es falsa, se necesita restablecer la verdad mediante una investigación.
...
La historia está tomando un giro surrealista que demuestra todavía una vez más cómo nuestro tiempo, antes que ser la época de la gran apostasía de la fe, es la época de la gran apostasía de la razón. La conocida expresión “¿quién soy yo para juzgar?”, sintetiza perfectamente la abdicación de lo racional: el juicio, de hecho, es la célula fundamental del razonamiento o silogismo, a tal punto que, se nos niega formular juicios, en un último análisis, se nos niega formular razonamientos. Así el hombre retrocede al instinto, al sentimiento, o peor, a la voluntad ciega, madre fecunda de todo despotismo.
La reacción del Papa es perturbadora. La falta de un desmentido seco y perentorio es evidentemente sospechoso. Pero dejando de lado las sospechas, no es posible que, después de haber martillado insistentemente acerca el “fracaso de las autoridades eclesiásticas – obispos, superiores religiosos, sacerdotes y otros – en afrontar adecuadamente estos crímenes repugnantes”, ¿se niegue a dar una respuesta adecuada a una acusación semejante?
Aún más perturbadora y programática es la reacción de los medios; porque en la gran mayoría apoyan al hombre que ha intentado adecuar la agenda de la Iglesia católica a la agenda del mundo, nadie quiere entrar en el mérito de las acusaciones.
Se busca desacreditar al acusador, sin hacer referencia a los hechos denunciados.
La idea fija en la que no puedo dejar de pensar en cambio es la siguiente: dado que Benedicto XVI está vivo, ¿por qué no se apresura a desmentir el haber dispuesto secretamente provisiones disciplinarias a McCarrik? Sería algo muy simple. ¿Tal vez Benedicto no puede desmentir nada, precisamente porque, en efecto, no hay nada qué desmentir?
[Traducción de Dominus Est. Artículo original]
*permitida su reproducción mencionando a dominusestblog.wordpress.com
Copiado de fuente católica
Saludos cordiales
Por MessaInLatino.it. 27 de agosto de 2018.
La historia papa Francisco-Viganò, a la cual estamos asistiendo en estas horas, es alucinante.
El papa ha sido hecho objeto de acusaciones muy graves relacionadas con uno de los pilares de su pontificado: “la reforma de la Iglesia” y la lucha a los “encubrimientos”.
El acusador es un hombre que, más allá de las valoraciones personales, tiene título pleno para afirmar tener el conocimiento directo de los hechos que denuncia.
El punto central de la acusación es el siguiente: el papa tenía conocimiento de la conducta gravemente desordenada del Cardenal McCarrick desde junio de 2013 e ignoró la cuestión.
Todo hombre medianamente inteligente debería razonar más o menos así: porque o bien la cosa es verdadera o la cosa es falsa, se necesita restablecer la verdad mediante una investigación.
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La historia está tomando un giro surrealista que demuestra todavía una vez más cómo nuestro tiempo, antes que ser la época de la gran apostasía de la fe, es la época de la gran apostasía de la razón. La conocida expresión “¿quién soy yo para juzgar?”, sintetiza perfectamente la abdicación de lo racional: el juicio, de hecho, es la célula fundamental del razonamiento o silogismo, a tal punto que, se nos niega formular juicios, en un último análisis, se nos niega formular razonamientos. Así el hombre retrocede al instinto, al sentimiento, o peor, a la voluntad ciega, madre fecunda de todo despotismo.
La reacción del Papa es perturbadora. La falta de un desmentido seco y perentorio es evidentemente sospechoso. Pero dejando de lado las sospechas, no es posible que, después de haber martillado insistentemente acerca el “fracaso de las autoridades eclesiásticas – obispos, superiores religiosos, sacerdotes y otros – en afrontar adecuadamente estos crímenes repugnantes”, ¿se niegue a dar una respuesta adecuada a una acusación semejante?
Aún más perturbadora y programática es la reacción de los medios; porque en la gran mayoría apoyan al hombre que ha intentado adecuar la agenda de la Iglesia católica a la agenda del mundo, nadie quiere entrar en el mérito de las acusaciones.
Se busca desacreditar al acusador, sin hacer referencia a los hechos denunciados.
La idea fija en la que no puedo dejar de pensar en cambio es la siguiente: dado que Benedicto XVI está vivo, ¿por qué no se apresura a desmentir el haber dispuesto secretamente provisiones disciplinarias a McCarrik? Sería algo muy simple. ¿Tal vez Benedicto no puede desmentir nada, precisamente porque, en efecto, no hay nada qué desmentir?
[Traducción de Dominus Est. Artículo original]
*permitida su reproducción mencionando a dominusestblog.wordpress.com
Copiado de fuente católica
Saludos cordiales