Refutación de la Depravación Total:
Dios reemplaza al primer hombre con el segundo Adán
El calvinismo enseña en su primer punto (TULIP) la Depravación Total.
La idea de que, tras la caída, el ser humano está corrompido por completo y es incapaz de responder a Dios sin una intervención previa de gracia.
Los calvinistas concluyen que Dios debe regenerar al pecador (darle vida espiritual) antes de que éste pueda creer – lo que llaman gracia irresistible.
Sin embargo, en lugar de debatir sobre la capacidad del hombre caído para responder, examinemos qué hizo Dios para resolver la corrupción introducida por el primer hombre (Adán).
Veremos que la solución divina no fue reparar ni mejorar al primer Adán, sino sustituirlo por un segundo Hombre perfectamente obediente: Jesucristo.
En otras palabras, la depravación no se resuelve regenerando al hombre viejo, sino destruyéndolo por medio de la muerte e introduciendo una nueva creación no corrompida con Cristo.
Esta respuesta bíblica respeta tanto la justicia (no pasa por alto la sentencia de muerte al pecado) como la gracia de Dios (ofrece vida nueva como un regalo inmerecido).
A continuación exponemos este argumento de forma lógica y bíblica, apoyándonos en pasajes clave como Génesis 3, Génesis 6, Romanos 5 y 1 Corintios 15:45-49, entre otros.
La corrupción total del primer Adán y la pérdida del acceso a la vida
La Biblia describe vívidamente la ruina espiritual que trajo el pecado de Adán sobre la humanidad.
Cuando el primer hombre desobedeció en Edén, Dios inmediatamente le cortó el acceso a la vida eterna.
Adán y Eva fueron expulsados del huerto para que no pudieran seguir comiendo del árbol de la vida en su estado caído.
Esto significa que Dios no permitió que el hombre pecador viviera para siempre en su condición corrupta.
En Génesis se relata: “Echó, pues, fuera al hombre, y puso... una espada encendida... para guardar el camino del árbol de la vida”.
La sentencia divina “ciertamente morirás” (Gn 2:17) empezó a cumplirse al ser separado el hombre de la fuente de vida.
El hombre quedó mortal y espiritualmente muerto.
Las consecuencias de la caída de Adán afectan a todos sus descendientes.
La corrupción y la muerte pasaron a toda la raza humana: “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5).
En términos teológicos, Adán era la cabeza representante de la humanidad; cuando él cayó, todos caímos en él.
Por eso Pablo afirma que “por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores” (Romanos 5).
Esta es la condición de depravación total: en Adán, todos nacemos separados de la vida de Dios, inclinados únicamente al mal y bajo condenación de muerte.
Nada en las Escrituras minimiza la gravedad de esta corrupción: “toda la inclinación de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente al mal”.
El viejo hombre (nuestra vida heredada de Adán) está arruinado sin remedio en sí mismo.
Resumen de la condición del primer Adán tras la caída:
- Separación de la vida de Dios: expulsión del Edén y pérdida del acceso al árbol de la vida.
- Entrada de la muerte: el pecado de uno trajo condena y muerte a todos sus descendientes (Romanos 5).
- Naturaleza corrompida: el corazón humano quedó inclinado continuamente al mal (depravación total).
- Incapacidad espiritual: en Adán, la humanidad queda incapacitada para volver a Dios por sus propias fuerzas (Ef 2:1 describe al hombre “muerto en delitos y pecados”).
Esta cruda realidad plantea un problema absoluto:
¿Cómo puede Dios resolver la depravación humana sin contradecir Su justicia?
La posición calvinista responde: mediante una regeneración interna previa que capacite al hombre a creer.
Pero, como mostraremos, la Biblia revela otra solución divina más radical:
Dios no pretende arreglar al viejo hombre, sino declararlo irrecuperable y ejecutar la sentencia de muerte, para luego introducir un Hombre nuevo en quien haya vida.
Dios no “repara” al hombre caído: la respuesta divina es juicio y sustitución
A lo largo de las Escrituras, Dios demuestra que no negocia con la desobediencia ni hace “parches” al mal, sino que lo juzga con la muerte.
Desde el principio, Dios decidió que la carne pecadora debía ser eliminada, no corregida.
Veamos dos ejemplos tempranos en Génesis que ilustran este principio:
- Expulsión del Edén (Génesis 3): Como ya vimos, tras el primer pecado Dios separa al hombre de la fuente de vida. No ofreció a Adán una cura inmediata para su corrupción; al contrario, selló el camino al árbol de la vida con una espada de juicio. Esto indica que Dios no permitió al Adán caído prolongar su vida indefinidamente. La solución no fue rehabilitar a Adán dentro del Edén, sino excluirlo y dejar que su vida terrenal terminara, conforme a la sentencia “polvo eres y al polvo volverás” (Gn 3:19). El acceso a la vida quedaría vetado al hombre mientras fuera corrupto.
- El Diluvio (Génesis 6): Pasados los siglos, la maldad humana se había multiplicado a tal grado que Dios decidió un juicio total sobre la carne. “Vio Jehová que la maldad del hombre era mucha en la tierra” y le pesó en su corazón haberlos hecho. ¿Qué hizo Dios ante aquella depravación universal? No envió un avivamiento para regenerar a la sociedad corrupta, sino que anunció: “Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado”. El Diluvio exterminó a la humanidad impía, salvando solo a Noé y su familia como un nuevo comienzo. Esto demuestra que Dios prefirió borrar al hombre viejo antes que reformarlo. El comentario divino “no contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne” (Gn 6:3) refleja que Dios no prolongaría indefinidamente a un ser humano corrompido; Su Espíritu no re-educaría a la carne, sino que dejaría que pereciera bajo juicio después de mucha paciencia.
En ambos casos, Dios sentencia la desobediencia con la muerte sin contemplaciones.
No hay indicio de que intente sanar la naturaleza caída desde adentro sin antes aplicar justicia.
Al contrario, declara el fin del viejo orden para luego traer algo nuevo.
Este patrón divino prepara el escenario para la solución definitiva que se revelará en Cristo: la crucifixión (muerte) del “viejo hombre” y el surgimiento de una nueva creación humana en Él.
En resumen, Dios no “negoció” con la carne caída.
Cada vez que la maldad del hombre alcanzó el límite, la respuesta fue la eliminación del malvado, no su mejora.
La gracia de Dios siempre opera después de que la justicia ha caído sobre el pecado.
Así ocurrió en el Diluvio – seguido por el pacto con Noé – y así ocurrirá en la cruz de Cristo – seguida de la vida nueva para el creyente. Veamos ahora cómo se cumple plenamente este principio en la persona de Jesús, el segundo Adán.
El primer hombre Adán vs. el segundo hombre Cristo: la sustitución perfecta
La Escritura presenta a Jesucristo como el reemplazo del primer Adán y la cabeza de una nueva humanidad.
Pablo lo explica mediante una comparación representativa en Romanos 5 y 1 Corintios 15.
Adán, el primero, nos legó pecado y muerte; Cristo, el último Adán, nos trae justicia y vida (Romanos 5).
Fijémonos en las expresiones deliberadas de “un hombre” frente a “otro hombre”:
- “Por la transgresión de uno solo vino la condenación a todos... así también por la justicia de uno solo vino la justificación de vida” (Romanos 5). Un solo hombre (Adán) nos arrastró a la ruina, y un solo hombre (Jesús) nos restaura a la gracia. Dios responde a la tragedia del primer hombre introduciendo a otro Hombre en la historia, uno obediente que pueda anular los efectos de la caída. No se trata de ayudar a muchos individuos a mejorar, sino de establecer una nueva fuente de santidad y vida para la humanidad en otro representante.
- “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5). Aquí vemos claramente el principio de sustitución: Dios no enmienda la desobediencia de Adán en cada pecador individual regenerándolo por fuerza; Dios aporta la obediencia perfecta de otro Hombre (Cristo) en lugar de la nuestra. La justicia que salva no proviene de rehabilitar al viejo Adán, sino de reemplazar a Adán con Cristo como nuevo “padre” de la familia humana redimida.
La primera creación, encabezada por el hombre de tierra (Adán), fue corrompida; la solución de Dios es una nueva creación encabezada por un hombre del cielo.
“El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo” (1 Corintios 15:45–49 NBLA - Así también está… | Biblia).
Jesús es llamado “el segundo hombre” justamente para señalar que Él inaugura otra humanidad, de orden superior.
Del primer hombre heredamos una naturaleza caída; del segundo hombre recibimos una naturaleza nueva, guiada por el Espíritu.
1 Corintios 15:45 lo resume así: “El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida” (1 Corintios 15:45–49 NBLA - Así también está… | Biblia).
Adán nos transmitió vida natural (psíquica) bajo pecado; Cristo en su venida en carne nos trae vida espiritual incorruptible.
Es importante notar la calidad única de Cristo como nuevo inicio: Él es “último Adán” porque no habrá otro hombre después de Él que reemplace lo que Él instauró.
Jesús viene en carne (naciendo de mujer por obra de Dios, Gá. 4:4; Lc 1:35) pero sin la corrupción de Adán, pues no fue engendrado por simiente humana caída, sino por el Espíritu Santo.
Al venir en carne como verdadero hombre, pero sin pecado, Cristo se presenta como un Adán nuevo y sin mancha – literalmente una nueva creación de humanidad.
Así cumplió la promesa de Génesis 3:15 de una simiente de la mujer que no compartiría la rebelión de Adán.
Dios sustituyó al cabeza antiguo con un cabeza nuevo: donde el primero desobedeció y trajo muerte, el segundo obedeció perfectamente, hasta la muerte, para traer vida (Fil 2:8-10).
En síntesis, la estrategia divina frente a la depravación fue introducir a Cristo como segundo Adán.
En lugar de remendar al viejo tronco podrido, Dios planta un árbol nuevo.
En lugar de concederle inmortalidad al hombre caído, Dios envía desde el cielo un Hombre sin caída.
Toda la salvación bíblica gira en torno a este intercambio de jefaturas: de estar “en Adán” a estar “en Cristo” (1 Co 15:22).
Esto deja obsoleto el supuesto calvinista de que se requiera regenerar la naturaleza adámica para que pueda creer — más bien, la naturaleza adámica debe morir, y una nueva vida debe recibirse en unión con el Nuevo Hombre.
Veamos cómo se aplica esto en la experiencia de salvación.
Depravación resuelta por muerte y nueva creación, no por regeneración del viejo hombre
Si Dios ha provisto un Segundo Adán perfecto, entonces la salvación del ser humano no ocurre reparando al primero, sino sacándonos de Adán y uniéndonos a Cristo.
En la práctica, esto significa que nuestra vieja naturaleza (lo que somos en Adán) debe pasar por la muerte, y una nueva naturaleza (lo que somos en Cristo) debe tomar su lugar.
La visión calvinista tradicional afirma que Dios regenera soberanamente al pecador antes de la fe, para habilitarlo a creer.
Pero bíblicamente, esa regeneración no es más que el nuevo nacimiento en Cristo, el resultado de estar unido a Él por la fe – no una “mejora” al hombre viejo que ocurre sin Cristo.
La diferencia es sutil pero crucial:
- Enfoque calvinista clásico: Dios infunde vida espiritual al hombre viejo (muerto) para que este pueda ejercer fe. La regeneración precede e incluso produce la fe (la llamada gracia irresistible que vence la depravación). Es decir, de algún modo la vida nueva llega al hombre aún en Adán, para trasladarlo luego a Cristo. Esto equivale a imaginar una resurrección del viejo Adán para que coopere.
- Enfoque bíblico de la sustitución: Dios ejecuta la sentencia de muerte sobre el viejo hombre en la cruz de Cristo, no le da vida aparte de Cristo. Luego, la vida nueva está exclusivamente en Cristo resucitado. Uno recibe esa vida al unirse a Cristo por fe, participando en Su muerte y resurrección (Ro 6:3-5). Así, la regeneración (nuevo nacimiento) ocurre en Cristo y por la fe, no antes. La gracia de Dios no se manifiesta en vivificar al pecador rebelde para que crea a la fuerza, sino en ofrecerle gratuitamente incorporarse a una nueva humanidad donde Cristo ya pagó su culpa.
La enseñanza apostólica confirma que nuestro viejo hombre fue crucificado, no renovado. “Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con [Cristo], para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6-7 Sabemos que nuestra vieja naturaleza fue crucificada con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado; porque el que muere queda li Una cosa es clara: antes éramos pecadores, pero cuando Cristo murió en la cruz, nosotros morimos con él. Así que el pecado ya no nos gobierna. Al morir, el pecado perdió su poder sobre nosotros. Sabemos que nuestro antiguo yo fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.Porque el que ha muerto, ha sido liberado del pec Sabemos que lo que antes éramos fue crucificado con Cristo, para que el poder de nuestra naturaleza pecadora quedara destruido y ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado. Porque, cuando uno muere, sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justifi sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con Él, para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado; porque el que ha muerto, ha sido liber Sabemos que nuestro antiguo ser pecaminoso fue crucificado con Cristo para que el pecado perdiera su poder en nuestra vida. Ya no somos esclavos del pecado. Pues, cuando morimos con Cristo, fuimos lib).
Obsérvese: Dios no rehabilita al “viejo hombre” sino que lo destruye en la cruz junto con Jesús.
Cada creyente, al creer, se hace partícipe de esa muerte sustitutiva: “todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte” (Ro 6:3).
El resultado es que, habiendo muerto el antiguo yo, podemos nacer de nuevo como nueva creación en Cristo. “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17 RVR1960 - De modo que si alguno está en Cristo, - Bible Gateway).
Note la secuencia: “en Cristo” (por la fe en Él) uno es hecho nueva criatura, y solo entonces las cosas viejas quedan atrás.
No dice que las cosas viejas se regeneran para luego estar en Cristo, sino que estar en Cristo es lo que produce la novedad de vida.
En la salvación, por tanto, Dios no viola Su justicia otorgando vida al pecador al margen de la cruz.
Al contrario, Dios satisface su justicia plenamente: el viejo hombre muere ejecutado en la muerte de Jesús (Ro 6:6-7), pagando así la pena del pecado. Simultáneamente, Dios exalta Su gracia ofreciendo al pecador esa muerte vicaria y la resurrección de Cristo como un regalo: una nueva vida que no proviene de la carne del pecador, sino de la victoria de Jesús. Esto armoniza perfectamente justicia y gracia: el pecado es condenado en la carne (la carne de Cristo en la cruz, cf. Ro 8:3) y la nueva vida es totalmente gratuita para nosotros en Cristo.
No queda espacio para que la carne humana tenga de qué gloriarse; no hubo cooperación de nuestra naturaleza, ni siquiera en forma de una predisposición regenerada previa, sino sustitución completa.
De esta manera, se desmonta la idea de que la regeneración previa e irresistible sea indispensable para que el hombre responda.
En realidad, lo indispensable es la cruz y la resurrección de Cristo.
Dios no necesita revivir a Adán dentro del pecador para que tenga fe; más bien, Dios llama al pecador a arrepentirse y morir con Cristo por la fe, para entonces sí, en Cristo, hacerlo vivir de nuevo.
La gracia actúa atrayéndonos a Cristo, no regenerándonos aparte de Él.
Jesús dijo: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Jn 12:32).
La atracción de la gracia nos dirige a mirar a Cristo crucificado; al mirarle con fe, somos injertados en Él y recibimos Su vida.
No hay coerción ni violación de la voluntad; hay una presentación poderosa de la sustitución (Cristo en lugar nuestro) que el Espíritu Santo convence al corazón.
Quien cree, es unido espiritualmente a Cristo y en ese mismo instante nace de nuevo como hijo de Dios (Jn 1:12-13, 1 Pe 1:23).
La regeneración coincide con la fe salvadora, no la antecede temporalmente.
Solo en el nuevo Hombre hay vida: injertados por fe en una nueva creación
La conclusión lógica y bíblica es que la única salida para el hombre depravado es ser injertado, por medio de la fe, en este nuevo Hombre que Dios ha provisto. Dios no hace concesiones a nuestra carne caída ni la reforma en lo más mínimo; en cambio, la sentencia sin apelación sobre la carne es la muerte (Ro 8:6-8).
Pero luego de ejecutar la sentencia en la cruz de Cristo, Dios ofrece una nueva vida que no proviene de Adán, sino de Cristo resucitado.
Así, “lo que es nacido de la carne, carne es; mas lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn 3:6).
La vida “de la carne” (viejo Adán) quedó sentenciada; la vida “del Espíritu” (nuevo Adán, Cristo) es la que se nos da al nacer de nuevo.
Este nuevo nacimiento ocurre cuando, mediante la fe, el Espíritu Santo nos bautiza en el cuerpo de Cristo (1 Co 12:13), haciéndonos parte de Él.
En lenguaje figurado, somos injertados en la Vid verdadera que es Cristo (Jn 15:1-5) — es decir, unidos al nuevo Hombre, fuera del cual no hay vida eterna.
Vale la pena enfatizar que Dios no está restaurando la vieja creación, sino creando algo enteramente nuevo.
La salvación no consiste en que nuestro “Adán interior” mejore, sino en que nos despojamos de él: “despojáos del viejo hombre... y vestíos del nuevo hombre creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4:22-24). Este nuevo hombre no es nuestro yo reformado, sino Cristo mismo viviendo en nosotros (Gá 2:20). Dios Padre solo reconoce a este Hombre obediente. Por eso la fe es imprescindible: únicamente por la fe somos contados en Cristo y así aprobados. No hay mezcla de linajes ni negociación entre ambos hombres: o permanecemos en Adán (y perecemos) o somos hallados en Cristo (y vivimos). No existe un punto intermedio donde Dios regenere parcialmente a Adán para ayudarlo a cooperar. La gloria entera recae en Cristo, el único hombre en quien el Padre se complace plenamente.
Finalmente, esta perspectiva honra tanto la justicia como la gracia de Dios sin conflicto.
La justicia de Dios es satisfecha, porque no deja el pecado sin castigo: nuestro viejo hombre ya ha sido crucificado en Cristo (Romanos 6:6-7 Sabemos que nuestra vieja naturaleza fue crucificada con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado; porque el que muere queda li Una cosa es clara: antes éramos pecadores, pero cuando Cristo murió en la cruz, nosotros morimos con él. Así que el pecado ya no nos gobierna. Al morir, el pecado perdió su poder sobre nosotros. Sabemos que nuestro antiguo yo fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.Porque el que ha muerto, ha sido liberado del pec Sabemos que lo que antes éramos fue crucificado con Cristo, para que el poder de nuestra naturaleza pecadora quedara destruido y ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado. Porque, cuando uno muere, sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justifi sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con Él, para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado; porque el que ha muerto, ha sido liber Sabemos que nuestro antiguo ser pecaminoso fue crucificado con Cristo para que el pecado perdiera su poder en nuestra vida. Ya no somos esclavos del pecado. Pues, cuando morimos con Cristo, fuimos lib), y cada creyente confirma ese veredicto al arrepentirse (reconocer que merecía morir) y bautizarse simbólicamente en la muerte de Jesús. Dios “no escatimó ni a su propio Hijo” (Ro 8:32) – ahí está la justicia inflexible contra el pecado, descargada sobre el sustituto. A la vez, la gracia de Dios es exaltada, porque la vida nueva se da gratis y completamente en Cristo, sin depender de méritos humanos ni de esfuerzos de la carne. “Así también la gracia reina... para vida eterna por medio de Jesucristo” (Ro 5:21). No es que Dios mire algo bueno en el hombre caído; más bien, Dios sólo mira a Su Hijo y nos invita a refugiarnos en Él por la fe.
En conclusión, la doctrina bíblica contrarresta la noción calvinista de la Depravación Total no negando la depravación (que es real y profunda), sino mostrando que Dios la aborda de manera diferente a lo que el calvinismo supone. En vez de regenerar al hombre viejo primero (lo cual implicaría darle vida al culpable sin todavía unirse a Cristo, algo problemático a la luz de la justicia), Dios condenó al hombre viejo en la cruz y levantó a un Hombre nuevo en la resurrección. Ahora, toda persona que, por la fe, se une a Cristo queda justificada y participa de esa nueva creación donde el pecado ha sido vencido justamente. No se negocia con la carne caída ni se intenta rehabilitarla; se la da por muerta. Y solo contando con la muerte del viejo Adán podemos recibir la vida del nuevo Adán. Esta refutación del planteamiento calvinista inicial afirma que no necesitamos una regeneración irresistible previa para creer, sino un Salvador sustituto en quien creer. Dios no viola nuestra voluntad, ni viola Su santidad: ofrece a Cristo. Al creer en Él, somos injertados en el único Hombre que agrada a Dios, y así entramos en una relación viva con nuestro Creador. Solamente por la fe – desconectándonos de Adán y abrazando a Cristo – pasamos de la depravación a la justicia, de la muerte a la vida, todo ello sin conceder nada a la carne pecadora, sino gloriándonos únicamente en la cruz y en la nueva creación de Dios. (Romanos 5) (2 Corintios 5:17 RVR1960 - De modo que si alguno está en Cristo, - Bible Gateway)