El dogma de la Trinidad
“La Trinidad” es el término empleado para designar la doctrina central de la religión cristiana: la verdad de que en la unidad de la Divinidad, hay Tres Personas, el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, que son verdaderamente distintas una de la otra.
Todos los santos adorando a la Santísima Trinidad. Grabado de F.T. Moncorner, Misal Domiicano, 1768.
De este modo, en palabras del Credo de Atanasio: "El Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios, y, sin embargo, no hay tres Dioses sino uno solo". En esta Trinidad de Personas, el Hijo es engendrado del Padre por una generación eterna, y el Espíritu Santo procede por una procesión eterna del Padre y el Hijo. Sin embargo, y a pesar de esta diferencia en cuanto al origen, las Personas son co-eternas y co-iguales: todos semejantes no creados y omnipotentes. Esto, enseña la Iglesia, es la revelación respecto a la naturaleza de Dios que Jesucristo, el Hijo de Dios, vino a la tierra a entregarle al mundo, y la que la Iglesia propone al hombre como el fundamento de todo su sistema dogmático.
Icono ruso
En la Escritura, aún no hay ningún término por el cual las Tres Personas Divinas sean designadas juntas. La palabra trias (de la cual su traducción latina es trinitas) fue primeramente encontrada en Teófilo de Antioquía (c. 180 d.C.). El habla de "la Trinidad de Dios (el Padre), el Verbo y su Sabiduría ("Ad. Autol.", II, 15, P.G. VI, 78). El término, por supuesto, pudo haber sido usado antes de su tiempo. Más tarde aparece en su forma en latín de trinitas en Tertuliano ("De pud". C. XXI). En el siglo siguiente la palabra fue de uso general. Se encuentra en muchos pasajes de Orígenes ("In Ps. XVII", 15). El primer credo en el cual aparece es en el del discípulo de Orígenes, San Gregorio Taumaturgo. En su Ekthesis tes pisteos compuesta entre los años 260 and 270, escribe:
“Por lo tanto, no hay nada creado, nada sujeto a otro en la Trinidad; ni tampoco hay nada que haya sido añadido como si alguna vez no hubiese existido, sino que ingresó luego. Por lo tanto, el Padre nunca ha estado sin el Hijo, ni el Hijo sin el Espíritu, y esta misma Trinidad es inmutable e inalterable por siempre.” (P.G., X, 986).
Es evidente que un dogma tan misterioso presupone una revelación Divina. Cuando el hecho de la revelación, entendido en su sentido pleno como el discurso de Dios al hombre, ya no es aceptado, el rechazo a la doctrina le sigue como consecuencia necesaria. Por esta razón no tiene lugar en el protestantismo liberal de hoy día. Los escritores de esta escuela sostienen que la doctrina de la Trinidad, según profesada por la Iglesia, no aparece en el Nuevo Testamento, sino que fue formulada por primera vez en el siglo II, y que recibió su aprobación final en el siglo IV, como resultado de las controversias arrianas y macedonias. En vista de esta afirmación es necesario considerar con algún detalle la evidencia ofrecida por las Sagradas Escrituras. Recientemente se han hecho algunos intentos por aplicar las teorías más extremas de la religión comparada a la doctrina de la Trinidad, y por explicarla mediante una ley imaginaria de la naturaleza que urge a los hombres a agrupar los objetos de su culto en grupos de tres. Parece innecesario dar más de una referencia a estas opiniones extravagantes, que los pensadores serios de cada escuela rechazan como carentes de fundamento.
Pruebas de la doctrina a partir de las Escrituras
Nuevo Testamento
La evidencia en los Evangelios culmina en la comisión bautismal de Mt. 28,19. Es evidente a partir de la narración de los evangelistas que Cristo sólo dio a conocer la verdad a los Doce paso a paso. Primero, les enseñó a reconocer en sí mismo al eterno Hijo de Dios. Al final de su ministerio, prometió que el Padre enviaría en su lugar a otra Persona Divina, el Espíritu Santo. Finalmente después de su Resurrección, reveló la doctrina en términos explícitos, mandándolos a "ir y enseñar a todas las naciones, bautizando en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo" (Mateo 28,19). La fuerza de este pasaje es decisiva. Que "el Padre" y "el Hijo" son personas distintas se deduce de los términos mismos, los cuales son mutuamente excluyentes. La mención del Espíritu Santo en la misma serie, y la conexión de los nombres entre sí por la conjunción "y...y" es evidencia de que tenemos aquí una Tercera Persona co-ordenada con el Padre y el Hijo, y excluyen del todo la suposición que los Apóstoles entendieron al Espíritu Santo no como una Persona distinta, sino como Dios visualizado en su acción sobre las criaturas.
La frase "en el nombre" (eis to onoma) afirma asimismo la Divinidad de las Personas y su unidad de naturaleza. Entre los judíos y en la Iglesia Apostólica el nombre divino era representativo de Dios. Aquel que tenía el derecho a usarlo estaba investido con vasta autoridad; pues él ejercía los poderes sobrenaturales de aquel cuyo nombre empleó. Es increíble que la frase "en el nombre" hubiese sido aquí empleada si no todas las Personas mencionadas hubiesen sido igualmente divinas. Más aún, el uso del singular, "nombre", y no el plural, muestra que estas Tres Personas son aquel Dios único e omnipotente en quien creían los Apóstoles. Ciertamente, la unidad de Dios es un principio tan fundamental tanto de la religión hebrea como de la cristiana, y es afirmada en tantos incontables pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, que cualquier explicación inconsistente con esta doctrina podría ser del todo inadmisible.
La aparición sobrenatural en el bautismo de Cristo es citado a menudo como una revelación explícita de la doctrina Trinitaria, dada en el mismo comienzo de su ministerio. Esto nos parece un error. Es cierto que los evangelistas lo ven como una manifestación de las Tres Personas Divinas. Sin embargo, aparte de la subsiguiente enseñanza de Cristo, el significado dogmático de la escena difícilmente podría haber sido comprendido. Más aún, las narraciones del Evangelio parecen significar que nadie sino Cristo y el Bautista fueron privilegiados de ver la Paloma Mística, y escuchar las palabras que atestiguaron la filiación divina del Mesías.
Aparte de estos pasajes, hay muchos otros en los Evangelios que se refieren a una u otra de las Tres Personas en particular y claramente expresan la personalidad separada y la divinidad de cada una. Respecto a la Primera Persona no será necesario dar citas especiales: aquellos que declaran que Jesucristo es Dios Hijo, afirman por ese medio también una personalidad separada del Padre. La divinidad de Cristo es ampliamente atestiguada no sólo por San Juan sino también por los Sinópticos. Puesto que este punto se trata en otro artículo (vea Jesucristo), aquí será suficiente enumerar algunos de los más importantes mensajes de los Sinópticos, en los que Cristo da testimonio de su Naturaleza Divina.
El declara que vendrá a ser el juez de todos los hombres (Mt. 25,31). En la teología judía el juicio del mundo era una prerrogativa claramente divina y no mesiánica.
En la parábola de los labradores malvados, Él se describe a sí mismo como el hijo del dueño de casa, mientras que todos y cada uno de los profetas son representados como los sirvientes (Mt. 21,33 s).
Él es el Señor de los ángeles, quienes ejecutan sus órdenes (Mt. 24,31).
Él aprueba la confesión de San Pedro cuando éste lo reconoce, no como el Mesías ---un paso tomado desde hacía tiempo por todos los Apóstoles--- sino explícitamente como el Hijo de Dios, y Él declara que ese conocimiento es debido a una especial revelación del Padre (Mt. 16,16-17).
Finalmente, ante Caifás, no sólo declara ser el Mesías, sino como respuesta a una segunda y clara pregunta afirma su reclamo de ser el Hijo de Dios. Instantáneamente el sumo sacerdote lo declara culpable de blasfemia, una ofensa que no se le habría adjudicado a la pretensión de ser simplemente el Mesías (Lc. 22,66-71).
El testimonio de San Juan es aún más explícito que el de los Sinópticos. Afirma expresamente que el propósito mismo de su Evangelio es establecer la Divinidad de Jesucristo ( Juan 20,31). En el prólogo lo identifica con el Verbo, el unigénito del Padre, el que existe con Dios desde toda la eternidad, quien es Dios (Jn. 1,1-18). La inmanencia del Hijo en el Padre y del Padre en el Hijo es declarada en las palabras de Cristo a San Felipe: "No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en Mi? (Jn. 14,10) y, en otros pasajes no menos explícitos (14,7; 16,15;17,21). Se afirma la unicidad de su poder y su acción: "el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace El, también lo hace igualmente el Hijo" (5,19, cf. 10,38). Y al Hijo no menos que al Padre le pertenece el atributo divino de dar la vida a quien desee (5,21). En 10,29-30 Cristo enseña expresamente su unidad de esencia con el Padre: "El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y... Yo y el Padre somos uno.” Tomando en cuenta el contexto, las palabras "aquello que el Padre me ha dado" pueden no tener otro significado que la naturaleza divina, poseída en su plenitud por el Hijo así como por el Padre.
Los críticos racionalistas le dan gran énfasis al texto: "El Padre es más grande que yo". (14:28). Ellos argumentan que esto es suficiente para establecer que el autor del Evangelio tenía puntos de vista subordinacionistas, y exponen en este sentido, ciertos textos en los cuales el Hijo declara su dependencia del Padre (5,19; 8,28). De hecho, la doctrina de la Encarnación envuelve que, respecto a su naturaleza humana, el Hijo debe ser menos que el Padre. Por lo tanto, de este texto no se puede extraer ningún argumento contra la doctrina católica. Así también, los pasajes que se refieren a la dependencia del Hijo sobre el Padre sí expresan lo que es esencial al dogma Trinitario, a saber, que el Padre es la suprema fuente desde donde la naturaleza y perfecciones divinas fluyen hacia el Hijo. (Sobre la diferencia esencial entre la doctrina de San Juan en relación a la Persona de Cristo y la doctrina del Logos del alejandrino Filo Judeo, al cual muchos racionalistas han intentado rastrearla, vea el Logos.)
Respecto a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, hay pocos pasajes que puedan ser citados de los Sinópticos que atestigüen su personalidad distinta. Las palabras de Gabriel (Lc. 1,35) que tengan en cuenta el uso del término "el Espíritu" en el Antiguo Testamento, para significar a Dios como operativo en sus creaturas, apenas puede decirse que contengan una revelación definida de la doctrina. Por la misma razón, es dudoso si la advertencia de Cristo a los fariseos en relación a la blasfemia contra el Espíritu Santo (Mt. 12,31) puede ser usada como prueba. Pero en Lc. 12,12, "porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que tengan que decir." (Mt. 10,20 y Lc. 24,49) se implica claramente su personalidad. Estos pasajes, tomados en conexión con Mt. 28,19, postulan la existencia de tal enseñanza como la encontramos en los discursos en el Cenáculo, reportada por San Juan (caps. 14-16).
En esos capítulos tenemos la preparación necesaria para la comisión bautismal. En ellos se instruye a los Apóstoles no solo en cuanto a la personalidad del Espíritu, sino en relación a su función hacia la Iglesia. Su trabajo es enseñar lo que oiga (16,13) y les recordará todas las enseñanzas de Cristo (14,26) para convencer al mundo en lo referente al pecado (16,8). Es evidente que, si el Espíritu no fuese una Persona, Cristo no podía haber hablado de su presencia con los Apóstoles como comparable a su propia presencia con ellos (14,16). Nuevamente, si Él no fuese una Persona Divina, no hubiese sido conveniente para los Apóstoles que Cristo los dejase y el Paráclito tomase su lugar (16,7). Más aún, a pesar de la forma neutral de la palabra (pneuma), el pronombre usado en relación a Él es el masculino ekeinos. La distinción del Espíritu Santo del Padre y del Hijo está contenida en las declaraciones expresas de que Él procede del Padre y es enviado por el Hijo (15,26; cf. 14,16.26). Sin embargo, Él es uno con Ellos: Su presencia con los discípulos es al mismo tiempo la presencia del Hijo (14,17-18), mientras que la presencia del Hijo es la presencia del Padre (14,23).
En los escritos restantes del Nuevo Testamento hay numerosos pasajes que atestiguan cuan clara y definida era la creencia de la Iglesia Apostólica en las tres Divinas Personas. En ciertos textos, la coordinación del Padre, Hijo y Espíritu no deja duda posible en cuanto a lo que quiso decir el escritor. Así en 2 Cor. 13,13, San Pablo escribe: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunicación del Espíritu Santo estén con todos vosotros". Aquí la construcción muestra que el Apóstol está hablando de tres personas distintas. Más aún, puesto que los nombres Dios y Espíritu Santo son nombres Divinos semejantes, se deduce que Jesucristo es también considerado como una Persona Divina. Así también en 1 Cor. 12,4-11: "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversos ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios quien obra todo en todos." (Cf. Ef. 4,4-6; 1 Ped. 1,2-3).
Pero, aparte de pasajes como éstos, donde hay una mención expresa de las Tres Personas, la enseñanza del Nuevo Testamento en relación a Cristo y el Espíritu Santo está libre de toda ambigüedad. Respecto a Cristo, los Apóstoles emplearon modos de discurso que, para los hombres criados en la fe hebrea, necesariamente significaba la creencia en su Divinidad. Tal, por ejemplo, es el uso de la doxología en referencia a Él. La Doxología, "Para Él sea la gloria por los siglos de los siglos" (cf. 1 Crón. 16,36; 29,11; Sal. 104(103),31; 29(28),2) es una expresión de alabanza ofrecida a Dios sólo. En el Nuevo Testamento la encontramos dirigida no sólo a Dios el Padre, sino a Jesucristo (2 Tim. 4,18; 2 Ped. 3,18; Apoc. 1,6; Heb. 13,20-21) y a Dios el Padre y Cristo en conjunción (Apoc. 5,13; 7,10).
No menos convincente es el uso del título Señor (Kyrios). Este término representa el hebreo Adonai, así como Dios (Theos) representa Elohim. Los dos son nombres igualmente divinos (cf. 1 Cor. 8,4). Casi se puede decir que en los escritos apostólicos Theos es tratado como el nombre propio de Dios Padre, y Kyrios del Hijo (ver, por ejemplo, 1 Cor. 12,5-6); sólo en unos pocos pasajes encontramos Kyrios usado para el Padre (1 Cor. 3,5; 7,17) o Theos para Cristo. De vez en cuando los Apóstoles le aplican a Cristo pasajes del Antiguo Testamento donde se usa Kyrios, por ejemplo, 1 Cor. 10,9 (Núm. 21,7), Heb. 1,10-12 (Sal. 102(101),26-28); y usan tales expresiones como "el temor del Señor" (Hch. 9,31; 2 Cor. 5,11; Ef. 5,21), "invocan el nombre del Señor" indistintamente para Dios Padre y para Cristo (Hch. 2,21; 9,14; Rom. 10,13). La profesión de que "Jesús es el Señor" (Kyrion Iesoun, Rom. 10,9; Kyrios Iesous, 1 Cor. 12,3) es reconocimiento de Jesús como Yahveh. Los textos en los cuales San Pablo afirma que en Cristo habita la plenitud del Altísimo (Col. 2,9), que antes de la Encarnación poseía la naturaleza esencial de Dios (Flp. 2,6), que El "... quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre!..." (Rom. 9,5) no nos dice nada que no esté implícito en muchos otros pasajes de sus Epístolas.
La doctrina en relación al Espíritu Santo es igualmente clara. Muchos pasajes demuestran que su personalidad distinta era claramente reconocida. Así Él revela sus mandamientos a los ministros de la Iglesia: "Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: «Separadme ya a Bernabé y a Saulo...»" (Hch. 13,2). Él dirige los viajes misioneros de los Apóstoles: "... intentaron dirigirse a Bitinia, pero no se lo consintió el Espíritu de Jesús.” (Hch. 16,7; cf. Hch. 5,3; 15,28; Rom. 15,30). A Él se le adscriben los atributos divinos:
El posee omnisciencia y revela a la Iglesia misterios que sólo Dios conoce (1 Cor. 2,10);
Es Él quien distribuye los carismas (1 Cor. 12,11);
Él es el dador de la vida sobrenatural (2 Cor. 3,8)
El habita en la Iglesia y en las almas de los hombres individuales, como en su templo (Rom. 8,9-11; 1 Cor. 3,16; 6,19);
A Él se le atribuye la obra de justificación y santificación (1 Cor. 6,11; Rom. 15,16), así como en otros pasajes se le atribuyen a Cristo las mismas operaciones (1 Cor. 1,2; Gál. 2,17).
Para resumir: los variados elementos de la doctrina Trinitaria están todos expresamente enseñados en el Nuevo Testamento. La Divinidad de las Tres Personas se afirma o implica en incontables pasajes. La unidad de esencia no es meramente postulada por el monoteísmo estricto del hombre nutrido en la religión de Israel, para los cuales, "las deidades subordinadas" habían sido impensables; pero está, como hemos visto, contenida en la comisión bautismal en Mt. 28,19, y, respecto al Padre y al Hijo, expresamente afirmada en Jn. 10,38. Que las Personas son co-eternas y co-iguales es un mero corolario de lo anterior. En relación a las procesiones divinas, la doctrina de la primera procesión está contenida en los mismos términos Padre e Hijo: la procesión del Espíritu Santo del Padre e Hijo es enseñada en el discurso del Señor reportado por San Juan (14-17) (vea Espíritu Santo).
Antiguo Testamento
Los primeros Padres estaban convencidos de que en el Antiguo Testamento debían existir indicaciones de la doctrina de la Trinidad y encontraron tales indicaciones en no pocos pasajes. Muchos de ellos no solamente creían que los profetas lo atestiguaron, sino que sostenían que debieron haber sido conocidos incluso para los patriarcas. Veían como cierto que el mensajero divino del Génesis 16,7.18, 21,17, 31,11; Éxodo 3,2, era Dios el Hijo; por razones que se mencionarán más adelante (III.B.) consideraban evidente que Dios Padre no podía haberse manifestado a sí mismo (cf. San Justino, "Dial.", 60; San Ireneo, "Adv. haer.", IV.20, 7-11; Tertuliano, "Adv. Prax.", 15-16; Teófilo, "Ad Autol.", II,22; Novat., "De Trin.", 18, 25, etc.). Sostenían que, cuando los escritores inspirados hablaron del "Espíritu del Señor" la referencia era a la Tercera Persona de la Trinidad: y uno o dos (Ireneo, "Adv. haer.", II.30.9; Teófilo, "Ad. Aut.", II.15; San Hipólito, "Con. Noet.", 10) interpretaron la sabiduría hipostática de los libros sapienciales, no, con San Pablo, del Hijo, (Heb. 1,3; cf. Sab. 7,25-26) sino del Espíritu Santo. Aunque en otros Padres se encuentra lo que parece ser la opinión más sólida, que bajo la Antigua Alianza no se dio una insinuación clara de la doctrina. (Cf. San Gregorio Nacianceno, "Or. Theol.",V,26; San Epifanio, "Ancor" 73 "Haer.", 74; Basilio, "Adv. Eunom.", II, 22; Cirilo de Alej., "En Juan.", XII, 20.)
Sin embargo, algunos de éstos admiten que a los profetas y santos de la Antigua Alianza se les dio un conocimiento del misterio (Epif., "Haer.", VIII,5; Cirilo Alej., "Con. Julian.," I). Se puede reconocer como cierto que el camino está preparado para la revelación en algunas profecías. Los nombres Emmanuel (Is. 7,14) y Dios el Poderoso (Is. 9,6) afirmados del Mesías hacen mención de la naturaleza divina del libertador prometido. Sin embargo, parece que la revelación del Evangelio fue necesaria para otorgarle el sentido y claridad total a los pasajes. Incluso estos exaltados títulos no condujeron a los judíos a reconocer que el Salvador por venir no era otro que Dios mismo. Los traductores de los Setenta ni siquiera se aventuraron a traducir literalmente las palabras Dios el Poderoso, sino que dan en su lugar, "el ángel de gran consejo".
Una etapa de preparación aún más alta se encuentra en la doctrina de los Libros Sapienciales respecto a la Sabiduría Divina. En Proverbios 8, la sabiduría aparece personificada, y de una manera que sugiere que el autor sagrado no estaba utilizando una mera metáfora, sino que tenía ante su mente a una persona real (cf. V. 22, 23). Una enseñanza similar aparece en Eclesiástico 24, en un discurso donde se declara que la Sabiduría se manifiesta en "la asamblea del Altísimo", es decir, en la presencia de los ángeles. Esta frase, ciertamente supone que se concibe a la Sabiduría como una persona. La naturaleza de la personalidad se deja obscura; pero se nos dice que toda la tierra es el Reino de la Sabiduría, que ella encuentra su deleite en todas las obras de Dios, pero que Israel es en una manera especial su porción y su herencia (Eclo. 24,8-13).
En el libro de la Sabiduría de Salomón encontramos un adelanto aún mayor. Aquí se hace una clara distinción entre la Sabiduría y Yahveh: "Es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente… Es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad.” (Sab. 7,25-26. Cf. Heb. 1,3). Más aún, ella es descrita como "el artífice de todo" (panton technitis, 7,21), una expresión que indica que la creación es, de algún modo, atribuible a ella. Sin embargo, en el judaísmo posterior esta doctrina exaltada sufrió un eclipse y parece haber pasado al olvido. Tampoco se puede decir que el pasaje, aunque manifiesta algún conocimiento de una segunda personalidad del Altísimo, constituye una revelación de la Trinidad. Por lo que en ningún lugar del Antiguo Testamento encontramos ninguna indicación clara de una Tercera Persona. A menudo se menciona el Espíritu del Señor, pero no hay nada que muestre que el Espíritu era visto como distinto a Yahveh mismo. El término siempre es empleado para designar a Dios considerado en su obra, ya sea en el universo o en el alma del hombre. El tema parece haber sido correctamente resumido por San Epifanio donde dice: "El Dios Único es declarado sobre todo por Moisés y la doble personalidades (de Padre e Hijo) es afirmada enérgicamente por los profetas. La Trinidad es dada a conocer por el Evangelio" ("Haer.", LXXIV).