"Tener,en común todas las cosas" no era desconocido en la vida cotidiana de ese tiempo. Quienes llegaban a Jerusalén para celebrar las fiestas anuales recibían lo que necesitaban de sus amigos en esa ciudad; sin embargo, es claro que la afirmación de Lucas sugiere más que esto. Los cristianos tenían que depender de sí mismos, y eso dio lugar a una nueva forma de vida cristiana; sin embargo, esto no significa que se hubiera instituido lo que se llama "socialismo cristiano". Era quizá la continuación y la ampliación de la "bolsa" común de Juan 12: 6; 13: 29.
Los nuevos conversos estaban más dispuestos a compartir sus posesiones materiales por causa del nuevo amor que habían hallado en Cristo y en sus hermanos, y su ferviente expectación del pronto retorno del Señor (Hech. 1: 11). No estaban obligados a compartir nada (cap. 5: 4). Era el cumplimiento literal de las palabras de nuestro Señor (Luc. 12: 33), y una actitud muy natural en una sociedad fundada, no sobre la ley del interés propio y de la competencia, sino sobre la ley de la simpatía y de la abnegación. El Espíritu de Dios estaba manifestando su poder no sólo en dones específicos, sino en forma de amor.
No hay evidencia alguna de que esta forma de vida hubiera continuado en la iglesia por mucho tiempo, salvo en la generosa caridad que la iglesia sin duda mostró en toda oportunidad posible. Sin embargo, al mismo tiempo la iglesia aprendió a discriminar en su manera de proceder (2 Tes. 3: 10; 1 Tim. 5: 8, 16). La iglesia de Jerusalén repetidas veces tuvo que depender de la generosidad de las iglesias gentiles, según se ve en Hech. 11: 29; sin embargo, no debiera pensarse que la iglesia de Jerusalén quedó reducida a la pobreza por haber practicado excesivamente la caridad en sus primeros años, sino debido a las duras persecuciones y hambres a que fue sometida.