En aras de pertenecer a un grupo donde hallar seguridad, identidad y poder, los seres humanos se han refugiado siempre en agrupaciones que den identificación a personas semejantes entre sí.
El sentido de pertenencia no es malo; Dios nos hizo así porque veía con buenos ojos que los seres humanos pudiésemos asociarnos para tener un beneficio colectivo, algo que nos garantice ventajas, pues la unión hace la fuerza.
Desde chamacos, todos nos identificamos -antes que en cualquier otro lugar- con los hermanos de sangre... Si bien me acuerdo que era un pata-chueca p'al fútbol, por eso me ponían siempre atrás en la defensa, o mi hermano mayor me entraba a kiwas por no jugar :-(
A punta de regaños y coscorrones de mi hermano más grande, me hice bueno en mi posición. En algún momento, recuerdo haber cancheado con alguien que sí jugaba soccer de manera semiprofesional, y me crecí contendiendo con ese. Esto me llevó a pensar que quizá el deporte sería mi vida, pero así como comencé a jugar de a canchero, también dejé eso.
Otra forma de asociación juvenil, la podemos encontrar en la escuela secundaria... Ahí la cosa ya se ponía más ruda porque los cambios de la niñez y la adolescencia eran más marcadas: recién entraban los escuincles de la primaria, tenían que codearse con otros más grandes que ya hasta licor habían probado. Y no faltaban las asociaciones y grupos que encontraban semejanzas: unos cerebritos se juntaban porque les gustaba más el las las edades eranlas edades eranedades eranestudio y el trabajo duro. Había los escandalosos, los cancheros, las damas cuchiceadoras, las consentidas del profesor, y uno que otro aislado que no encajaba en ninguna parte. Entre ellos, ahí estaba el tipo raro y desaliñado, aquel que estaba mejor solo...
Con el tiempo, conforme crecimos, eventualmente tuvimos que relacionarnos con algo más serio: el trabajo. Yo no sé ustedes, pero los pocos empleos que tuve me fueron algo duros porque no siempre se llegaba a tener una asociación tan solidaria como ocurre en la infancia, el asunto va más en lo egoísta, había que aprender un oficio porque de eso había que vivir en el futuro. Y, entre más secretos de oficio aprendías, más fácilmente te podrías abrir camino.
Bueno, también debo agradecer a Dios porque ahora mismo tengo un trabajo en el que la relación human a va más allá de lo meramente laboral. Tengo seis compañeros y tres patrones con los que compartimos muchas cosas... Se dice también a veces que el trabajo es como un segundo hogar, así como la escuela lo es para los infantes... aunque no siempre es así. En especial, en centros laborales donde el personal es mucho mayor.
El sentido de pertenencia no es malo; Dios nos hizo así porque veía con buenos ojos que los seres humanos pudiésemos asociarnos para tener un beneficio colectivo, algo que nos garantice ventajas, pues la unión hace la fuerza.
Desde chamacos, todos nos identificamos -antes que en cualquier otro lugar- con los hermanos de sangre... Si bien me acuerdo que era un pata-chueca p'al fútbol, por eso me ponían siempre atrás en la defensa, o mi hermano mayor me entraba a kiwas por no jugar :-(
A punta de regaños y coscorrones de mi hermano más grande, me hice bueno en mi posición. En algún momento, recuerdo haber cancheado con alguien que sí jugaba soccer de manera semiprofesional, y me crecí contendiendo con ese. Esto me llevó a pensar que quizá el deporte sería mi vida, pero así como comencé a jugar de a canchero, también dejé eso.
Otra forma de asociación juvenil, la podemos encontrar en la escuela secundaria... Ahí la cosa ya se ponía más ruda porque los cambios de la niñez y la adolescencia eran más marcadas: recién entraban los escuincles de la primaria, tenían que codearse con otros más grandes que ya hasta licor habían probado. Y no faltaban las asociaciones y grupos que encontraban semejanzas: unos cerebritos se juntaban porque les gustaba más el las las edades eranlas edades eranedades eranestudio y el trabajo duro. Había los escandalosos, los cancheros, las damas cuchiceadoras, las consentidas del profesor, y uno que otro aislado que no encajaba en ninguna parte. Entre ellos, ahí estaba el tipo raro y desaliñado, aquel que estaba mejor solo...
Con el tiempo, conforme crecimos, eventualmente tuvimos que relacionarnos con algo más serio: el trabajo. Yo no sé ustedes, pero los pocos empleos que tuve me fueron algo duros porque no siempre se llegaba a tener una asociación tan solidaria como ocurre en la infancia, el asunto va más en lo egoísta, había que aprender un oficio porque de eso había que vivir en el futuro. Y, entre más secretos de oficio aprendías, más fácilmente te podrías abrir camino.
Bueno, también debo agradecer a Dios porque ahora mismo tengo un trabajo en el que la relación human a va más allá de lo meramente laboral. Tengo seis compañeros y tres patrones con los que compartimos muchas cosas... Se dice también a veces que el trabajo es como un segundo hogar, así como la escuela lo es para los infantes... aunque no siempre es así. En especial, en centros laborales donde el personal es mucho mayor.