Mi apreciado hermano Tobi:
Mi apreciado hermano Tobi:
Te felicito y agradezco que hayas abierto este epígrafe introduciéndolo con el excelente artículo de Benjamín Sosa Miranda. Muy buenos también los aportes de Greivin y Leal.
Todos ellos se ocupan de una realidad en nuestro entorno secular en esta civilización occidental y “cristiana”. En el barrio en que vivo, y siendo una zona residencial de clase media, no tengo un solo vecino con el que pueda mantener una conversación inteligente.
Apenas pueden hablar del trabajo, fútbol, política, el clima y mujeres ¡y basta!
Sin embargo, mi sobresalto mayor hace ya unos cuantos meses, fue cuando comprobé que a nivel de las iglesias cristianas evangélicas, no digo ya los miembros, sino los propios pastores afectaban humildad refugiándose en su ignorancia de las Escrituras y los grandes temas teológicos y doctrinales. Quienes pretendíamos enchufarlos en los temas como los que debatimos en el Foro, éramos mirados como engreídos que pretendíamos sabernos la Biblia de memoria y conocer más que un Director de Seminario. Así que para ellos, la verdadera humildad y la ignorancia iban de la mano.
Fue entonces cuando me propuse estudiar este versículo de 1Co 14:38 en 58 versiones bíblicas, el griego inclusive, ya que algunos despistados veían en él una recomendación de Pablo para mantenerse en su ignorancia. Ellos imaginan que lo que no consiguen con el estudio, de todas maneras ¡el Espíritu se los va a revelar!
Así pensé que adaptando el artículo que resultó de mi propio estudio a este epígrafe, podría ser un aporte provechoso para otros hermanos. Aquí va la primera entrega.
Mas el que ignora, ignore
1 Corintios 14:38
Introducción
Ya sea que la expresión se traduzca en el modo activo o pasivo, las muchas versiones suelen coincidir, desde las que le dan menos importancia al asunto a las que le dan la mayor gravedad. Reduciendo la gama de matices a sólo tres grados, estos serían: lo menos grave; lo grave; lo gravísimo.
Téngase en cuenta que todas las distintas versiones para nada son contradictorias entre sí sino siempre coincidentes en cuanto a la falta cometida con la deliberada ignorancia. Según la impresión que los textos griegos producen en el ánimo y leal entender del traductor, difiere únicamente el nivel de gravedad con que cada cual interpreta la falta cometida, según infiere del tema, texto y contexto.
Este breve versículo para nada es oscuro ni confuso, y a cada cual nos cabe juzgar del rango de importancia que sinceramente percibimos.
Sea cual sea la magnitud que el dicho del apóstol Pablo nos merezca, es obvio que la ignorancia voluntaria suspende la comunión espiritual entre los hijos de Dios. Aun en el caso que no corresponda ninguna medida disciplinaria, quien así se cierra se auto excluye de sus hermanos, pues ni él espera recibir ya nada de estos, ni ellos de él.
En 21 versiones de 58 consultadas, aparece en la forma menos grave del modo pasivo, o sea, que el que quiera ser ignorante quede sin ser estorbado en tal condición.
Por supuesto que esto no descarta ulteriores consecuencias que lleve la irresponsabilidad del individuo al segundo o tercer grado, o ambos inclusive. Pero puede haber un matiz irónico en la frase de Pablo, que avanza un poco más allá de una mera concesión a que la persona haga como quiera, pues tal libertad desentonaría con lo anteriormente dicho de que sus instrucciones escritas son mandamientos del Señor, así como de la autoridad apostólica que en sus epístolas reclama para quienes la ponen en duda. Aquí subyace aquella sentencia del Señor para quien en su contumacia desoye hasta a la misma iglesia: “tenlo por gentil y publicano” (Mt 18:17), lo que hoy diríamos: -Trátalo como a inconverso. Aunque no lo fuera, al no portarse como cristiano fuerza a los demás a que no le brinden el trato fraternal. Si se avergüenza, podrá ser recuperado.
Por otro lado, concederle a una persona su derecho a ser ignorante, no es un privilegio que le dispensa sino un calabozo al que lo confina: -Tiene razón ¡pero marche preso!
Ningún cristiano cuerdo estaría conforme con que los miembros de la iglesia le concedieran el trato indulgente que podrían dar a un pobre hermano falto de seso o aquejado de algún trastorno mental.
Conforme se advierte en los diversos textos, esta premisa simplemente apunta al hecho natural de que moralmente no corresponde insistir con el obcecado forzándole a entender lo que no quiere, pues es tan inútil como pedirle peras al olmo.
Así como “para muestra basta un botón”, es mal síntoma refugiarse en la ignorancia para no enmendarse; ya sea cambiando de opinión, como de creencia y conducta.
Para algunos, esto no es más que un artilugio: quien simplemente es renuente a admitir su error, mientras pueda mantener su “no sé”, o “no me interesa saber nada distinto a lo que ya sé”, no se verá comprometido a corregir nada. Tal persona es incorregible y se perderá tiempo insistiendo con ella.
Para otros, es un hábito contraído por imitación al escuchar esta manera de esquivar el bulto. Como no urdieron esta técnica expresamente, es posible convencerlos de su error.
Algunas de las formas más típicas de incurrir en esta falta, son las siguientes:
a) -¿Perderé acaso la salvación si en este punto opino, pienso o creo diferente?
A esto solemos contestar que no; pero no por la aparente insignificancia del punto en sí, sino por la permanencia eterna de la salvación recibida de Dios por su gracia.
Agregamos, sin embargo, que sí es posible perder el gozo de la salvación, si deliberadamente le restamos importancia a una doctrina o práctica cristiana; a un principio espiritual, o cualquier otro mandamiento del Señor que competa a los hijos de Dios en la presente dispensación.
b) -¿Dónde dice la Biblia que no se pueda hacer tal cosa o de tal manera?
Este tipo de “cristianos” no andan a la luz de la Palabra de Dios sino que reptan a la sombra de la Biblia. No se guían por lo que ella dice sino por lo que no dice. No acatan lo que ella habla, sino que especulan con lo que ella calla. No obedecen a su voz, sino que improvisan en sus silencios. Es muy cierto que ocasionalmente puede resultar sugerente que la Escritura no registre lo que para nuestra mente debería de expresamente constar. Pero tal contingencia hermenéutica no puede estirarse para todos lados, de modo que un manto de oscuridad alcance a cubrir cuanto convenga a nuestro propósito. Hay en las Escrituras silencios significativos; pero no es lícito inventar significados antojadizos de todos los silencios. Así es fácil concebir cualquier herética doctrina; pero tal inspiración no proviene precisamente del Espíritu Santo.
c) -¿Acaso no es esa una opinión personal de Pablo, en aquella época e iglesia en particular?
Tal forma de argüir es propia del crédulo no creyente, que ha recibido la Palabra como palabras de hombres. La palabra de Dios actúa en los creyentes (1Ts 2:13). Está demasiado claro que las instrucciones de Pablo provienen del Espíritu y mente del Señor; tienen carácter permanente mientras dure la presente dispensación de la iglesia, y alcance general y universal. Cuando no es así, él lo asienta expresamente (1Co. 7:12) pero haciendo constar que es digno de confianza (v.25) y que su juicio procede del Espíritu de Dios (v.40). En cuanto a que su enseñanza es la misma para todas las iglesias puede comprobarse por 1Co 1:2; 4:17; 7:17; 11:16; 14:33.
d) -¡No estoy de acuerdo!
Es muy positivo y provechoso cuando quien así dice pasa seguidamente a exponer las razones de su desacuerdo. En tal caso no hay problema alguno y es de esperar que algo se aprenda. Sin embargo, lo más frecuente es que quien así dice se esté refugiando no ya en su ignorancia –que no admitirá-, sino en otra convicción, creencia, idea, opinión o pensamiento que tampoco se gastará en explicar. Lo más común es que instintivamente defienda lo hasta entonces conocido, y no quiera aceptar siquiera la posibilidad de estar equivocado, aunque “de buena fe”. Es una cuestión de orgullo; a veces, motivada nada más que por la pereza a ponerse a revisar un punto que siempre lo había dado por correcto y bien sabido; otras, porque el rectificar fastidia bastante. En otros casos el desacuerdo está, no con lo escuchado sino con la persona que lo dijo. Se da a veces el caso insólito en asambleas de iglesia, que citando alguien una idea de otro, aquel se precipite a condenarla, al atribuirla a quien lo dice ¡sin advertir su propia autoría propuesta un rato antes! Esto revela un antagonismo, pero no una discrepancia. También es común, que cuando algún obstinado se ve impotente para refutar la idea, embista contra quien la formula: siempre es más vulnerable una persona que la verdad que invoca; pero aunque se haga trizas al vocero, la verdad permanece para siempre.
e) -¡Eso no es bíblico!
Así muchas veces reacciona el legalista tradicional que no tiene computada en su cerebro cierta información que le falta. Rechaza de plano lo que acaba de oír, pues tal cosa no le fue enseñada en el Seminario, ni jamás leyó ni escuchó de nadie. Asumiendo que la novedad tiene que estar errada, tras un juicio sumario en el tiempo de un parpadeo, la condena como herética. Tan sordo como los inquisidores del Santo Oficio que no daban a los pobres reos ocasión de explicarse, se rehúsa a entrar en discusión y escuchar cualquier alegato que presente en su defensa. El que así se resigna a la ignorancia, cree sin embargo estar perseverando en la sana doctrina, y que el ignorante es el otro que se descuelga con cosas antes jamás oídas.
f) -¡Nosotros siempre lo hicimos así!
Esta es la versión protestante del divulgado diálogo con el católico que se mantiene en un círculo vicioso respondiendo siempre a la pregunta en cuanto a lo que él cree, diciendo que cree lo que la Iglesia cree; y al preguntársele qué cree la Iglesia contesta que lo que él cree, y así ad infinítum.
Lo que nos parece natural en un católico nos resulta insólito en cualquier evangélico adherido a la cláusula reformada de “La Biblia, toda la Biblia, nada más que la Biblia”.
Que el aprieto del momento obligue a dejar la Biblia de lado para legitimar una práctica, uso o costumbre, alegando que allí siempre se ha venido haciendo así -muy a pesar que las evidencias neotestamentarias son otras-, es algo que desconcierta, incluso entre evangélicos fundamentalistas.
Desvalorizar lo que la Biblia pueda decir por el mero imperio de hábitos contraídos no se sabe cuando ni de quien, es una táctica análoga a la de recluirse en ignorancia.
Un error, por viejo que sea, su larga data jamás lo convierte en verdad: es un error envejecido.
Otro error, por más generalizado que esté, tampoco se vuelve verdad: es un error popularizado.
Que esté mucho más transitado el camino ancho que el angosto no asegura que aquel lleve a buen fin, sino precisamente lo contrario.
Para quien tenga la mente de Cristo, el que “todos hacen así” es de desconfiar, a menos que estemos hablando de la unanimidad de hermanos o iglesias sujetos al Señor y a su Santo Espíritu.
Ricardo