Del: Breve relato del Anticristo
Vladimir Soloviev • Publicado en agosto 2010
Vivía en aquel tiempo, entre los pocos que aún creían en el espiritualismo, un hombre de dotes excepcionales —muchos lo llamaban un superhombre— que estaba lejos de ser niño tanto en la mente como en el corazón. Era todavía joven pero, gracias a su extraordinaria genialidad, a los treinta y tres años alcanzó fama de pensador excepcional, de escritor y reformador social. Consciente de su gran poder espiritual, fue siempre un convencido espiritualista y su clara inteligencia le señaló siempre la verdad de aquello en lo que se debía creer: el bien, Dios, el Mesías. Él creía en esto, pero sólo se amaba a sí mismo. Creía en Dios, pero en lo profundo de su alma, inconsciente e involuntariamente, se prefería a sí mismo.Creía en el Bien, pero el ojo de la Eternidad que lo ve todo, sabía que este hombre se arrodillaría frente a la potencia del mal apenas ésta lo conquistase; no con el engaño de los sentimientos o de las pasiones bajas, ni tampoco con la seducción de un alto poder, sino tan sólo estimulando su desmesurado amor propio. Por lo demás, este amor propio, no era un instinto inconsciente ni una ambición irracional. Parecía estar lo suficientemente justificado por la extraordinaria genialidad, perfección y nobleza de este gran espiritualista, asceta y filántropo, así como por su elevado desinterés y simpatía hacia aquellos en necesidad.Estaba de tal modo dotado de dones divinos, que veía en ellos un signo de la benevolencia de lo alto y se consideraba el segundo después de Dios, el hijo único de Dios. En una palabra, él mismo creyó ser lo que Cristo fue en realidad. Pero la consciencia de su alta dignidad no se mostraba en la práctica como una obligación moral hacia Dios y el mundo, sino más bien como un derecho y un privilegio sobre los otros y especialmente sobre Cristo. Inicialmente no experimentaba hostilidad hacia Jesús. Admitía su divinidad mesiánica y su valor, pero realmente sólo veía en Él a su más grande precursor. El valor moral de Cristo y su absoluta unicidad no estaban al alcance de una mente tan oscurecida por la ambición como la suya. Razonaba así: "Cristo vino antes que yo; yo he venido segundo, pero en el orden del tiempo aquello que viene después es sustancialmente primero. Yo vine último, al final de la historia, por lo cual soy perfecto. Soy el salvador final del mundo y Cristo es mi precursor. Su vocación fue la de anticipar y preparar mi venida".Con esta idea, el gran hombre del siglo XXI aplicará a sí mismo todo lo dicho en el Evangelio sobre la segunda venida, comprendiendo que ello se refería no al regreso del mismo Cristo, sino al reemplazo del Cristo precursor con el definitivo, esto es, consigo mismo.En este estadio "el hombre venidero" se presenta aún con no muchas características originales. Concebía su relación con Cristo del mismo modo como fue, por ejemplo, la de Mahoma: un hombre justo a quien nadie podía reprochar mal alguno. Justificaba la preferencia egoísta por sí mismo y no por Cristo con el siguiente razonamiento: "Cristo, predicando y practicando en su vida el bien moral fue el reformador de la humanidad, yo en cambio estoy destinado a ser el benefactor de esta misma humanidad, en parte reformada y en parte incorregible. Daré a todos todo cuanto ellos necesiten. Cristo, como moralista, dividió a la humanidad en buenos y malos, pero yo en cambio uniré a todos con los bienes necesarios; tanto para los buenos como para los malos. Seré el verdadero representante de aquel Dios que hace brillar el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos. Cristo trajo la espada y yo traeré la paz. Él amenazó a la tierra con el terrible juicio final pero el último juez seré yo, y mi juicio será no sólo de justicia sino de misericordia. En mi juicio habrá también justicia, pero no será una justicia retributiva sino distributiva. Juzgaré a todos y daré a cada uno según sus necesidades".Con esta magnífica disposición, esperaba una clara invitación de Dios a iniciar la obra de la nueva salvación de la humanidad. Aguardaba un signo prodigioso o algún testimonio de ser el hijo mayor, el primogénito predilecto de Dios. Esperaba, cultivando su amor propio, sostenido por la consciencia de sus virtudes y dones sobrehumanos; pues, como se ha mencionado, era un hombre de una moral irreprensible y de una genialidad nada común.La soberbia de este hombre aguardaba una señal de lo alto para iniciar la salvación de la humanidad, pero no vio signos de ésta. Había cumplido ya los treinta años, y pasaron tres años más. Y he aquí que un pensamiento sobrevino a su mente y un escalofrío le penetró hasta la médula de los huesos: "¿Y si? … Si yo no, sino aquel… galileo. ¿Si él no fuese mi predecesor, sino el verdadero, el primero y el último? En ese caso, Él debería estar vivo… ¿Dónde está? … ¿Qué pasaría si de improviso viene a buscarme… aquí, ahora? … ¿Qué le diré? ¿Me sentiré quizás obligado a inclinarme frente a Él como el más estúpido de los cristianos o como un campesino ruso que masculla sin comprender: 'Señor Jesucristo, ten piedad de mí pecador?'; o ¿me veré obligado como una anciana polaca a postrarme por tierra ante la Cruz? ¿Yo, el genio brillante, el superhombre? ¡No, nunca!".Y así, en vez de sus antiguos razonamientos y su fría reverencia ante Dios y Cristo, una especie de terror nació y creció en su corazón, seguido de una sofocante envidia que consumía todo su ser, y un odio furioso que le cortaba la respiración. "¡Yo, yo, y no Él! Él no está entre los vivos. Él ya no está y no estará. ¡No ha resucitado, no ha resucitado, no ha resucitado de entre los muertos! Se descompone en la tumba, se descompone tanto como el último de los mortales…".Con espuma en la boca corre convulsivamente fuera de la casa a través del jardín, internándose por un sendero rocoso en la oscura y silenciosa noche. La furia se calmó y se trocó en desesperación, dura y pesada como las rocas, oscura como aquella noche. Se detuvo frente a un precipicio profundo, desde cuyo borde podía escuchar a lo lejos el vago rumor del riachuelo corriendo entre las piedras. Una angustia insoportable pesaba sobre su corazón. Entonces un pensamiento cruzó por su mente: "¿Debo llamarlo? ¿Preguntarle qué debo hacer?". Una imagen benigna y triste aparece ante él, de entre las tinieblas. "¡Se compadece de mí… no, nunca! No ha resucitado, no ha resucitado, no ha resucitado".Y se lanzó hacia el precipicio. Pero algo firme —¿una columna de agua?— lo sostuvo en el aire. Sintió algo parecido a una descarga eléctrica, y una fuerza desconocida lo empujó hacia atrás. Perdió por un momento la conciencia y cuando volvió en sí, se encontró arrodillado a unos pocos pasos del borde del abismo. Entrevió el contorno de una figura espléndida de luz fulgurante cuyos ojos penetraban su alma con intolerable e intenso resplandor.Vio estos ojos penetrantes y percibió —no sabiendo realmente si provenía de sí mismo o de fuera— una extraña voz, insensible y sombría, metálica y absolutamente sin alma, como si viniese de un fonógrafo. La voz le decía: "Tú eres mi hijo predilecto en quien me complazco. ¿Por qué no me reconoces? ¿Por qué adoras al otro, al malo y a su padre? Yo soy tu dios y tu padre. El otro, el mendigo, el crucificado, es un extraño para mí y para ti. No tengo otro hijo más que tú. Tú eres el único, el unigénito, mi igual. Te amo y no pido nada de ti. Eres perfecto, poderoso y grande. Cumple tu obra en tu nombre y no en el mío. No te tengo envidia, te amo. No quiero nada de ti. Aquél que tú considerabas Dios, demandaba a su Hijo obediencia sin límites, absoluta obediencia —incluso hasta la muerte en cruz— y aún ahí no vino en su ayuda. Yo no pido nada de ti, al contrario te ayudaré. Te ayudaré por ti mismo, por amor a tu dignidad y excelencia, por el puro y desinteresado amor que te tengo. Recibe mi espíritu. Como antes mi espíritu te hizo nacer en perfección, así ahora te hago nacer en poder".Ante las palabras de este desconocido, los labios del superhombre se entreabrieron involuntariamente; los dos ojos penetrantes se acercaron a su rostro y sintió una extraña y helada corriente que penetraba la totalidad de su ser. Se percibió con una fuerza inaudita, con un coraje, agilidad y entusiasmo nunca antes vividos. Repentinamente, la luminosa imagen y los dos ojos desaparecieron, y algo elevó al superhombre regresándolo inmediatamente a su propio jardín, a la puerta de entrada de su casa.
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