Mark Twain escribió este ensayo en 1899 para responder públicamente a una carta que recibió de un abogado judío estadounidense, quien, tras leer uno de sus artículos sobre disturbios en el Parlamento austríaco, le preguntó por qué los judíos eran siempre blanco del odio, incluso cuando no hacían nada.
La carta planteaba preguntas profundas: ¿Por qué el judío, aún siendo un ciudadano ejemplar, es perseguido? ¿Es culpa de la ignorancia y el fanatismo? ¿Puede hacer algo para cambiar la situación? ¿La persecución terminará alguna vez?
Twain explica que el judío es, en general, un ciudadano modelo: trabajador, sobrio, pacífico, sin antecedentes de crímenes violentos, profundamente familiar, generoso con los suyos y autosuficiente. En los registros de delitos, el nombre del judío casi nunca aparece. No es un peso para el Estado ni para la caridad pública, porque su propia comunidad lo contiene y lo cuida. Twain asegura que ningún otro grupo humano alcanza el nivel de benevolencia del judío. Y si alguien tiene dudas sobre su honestidad, basta con mirar su éxito en los negocios.
Entonces, ¿por qué el odio? ¿Es solo fanatismo religioso?
Twain cree que no.
Dice que esa explicación puede haber servido en el pasado, pero hoy le parece equivocada.
Revisa la historia y muestra que el rechazo al judío es mucho más antiguo que el cristianismo.
Menciona también que los primeros cristianos fueron perseguidos en Roma porque los confundían con judíos, lo que prueba que el odio al judío ya estaba instalado incluso antes de que se supiera qué era un cristiano.
Para Twain, el origen del odio está en la competencia económica.
Allá donde el judío ha podido competir, ha sobresalido.
Y eso ha despertado celos, resentimientos y leyes en su contra.
Desde Egipto hasta la Rusia zarista, pasando por Inglaterra, España o Austria, la historia muestra un patrón: el judío tiene éxito donde el cristiano fracasa, y en lugar de imitarlo, los gobiernos lo excluyen.
Se lo ha expulsado de profesiones, de tierras, de oficios, de universidades. Se le impidió practicar agricultura, medicina, leyes… salvo para su propia gente.
Solo le quedó una herramienta: su mente. Y la desarrolló como nadie.
Menciona a Theodor Herzl y su propuesta de crear un Estado judío. Twain no opina sobre eso, pero dice que si toda esa inteligencia se concentrara en un solo lugar… el mundo tendría motivos para estar preocupado. “Si los caballos supieran la fuerza que tienen, no los montaríamos más”, dice.
Y observa que si ese pueblo reuniera su inteligencia en un solo lugar, podría ser imparable.
Entonces, ¿terminará alguna vez la persecución? Twain cree que en términos religiosos ya está en declive, pero que el rechazo por competencia económica y por ser “extraños” seguirá existiendo en algunos lugares.
Para cerrar, Twain lanza una reflexión poderosa:
Los judíos son solo el 1% de la humanidad, pero su presencia en la historia es gigantesca. Han contribuido desproporcionadamente en ciencia, arte, literatura, medicina, música, filosofía y comercio. Han sobrevivido imperios, persecuciones, expulsiones. Mientras otras civilizaciones se desvanecieron, el judío sigue de pie, sin señales de decadencia.
Y se pregunta:
“Todos los pueblos son mortales, excepto el judío. Todas las fuerzas pasan, pero él permanece. ¿Cuál es el secreto de su inmortalidad?”