-¡Nadie fue y volvió para contarlo!
-¡Nadie fue y volvió para contarlo!
Esa es la exclamación que tantas veces se nos dio para excusar el escepticismo de tantos respecto a la realidad del cielo.
Tomándonos de sorpresa, apenas nos refugiamos en nuestra fe, sin atinar a más nada, olvidando, de momento, lo que bien sabemos.
Indudablemente que el caso más notable es el de Juan, el discípulo amado, a quien el mismo Señor Jesucristo le manda: “Escribe es un libro lo que ves” (Ap 1:11).
Por supuesto que Juan oye muchas cosas y así las cuenta. 27 veces dice que oyó pero 50 veces dice que vio. Así que podemos entender que Juan vio más de lo que oyó.
Luego de escribir las siete cartas a las siete iglesias en Asia tal como le son dictadas, recibe una orden:
“Después de esto miré, y vi que había una puerta abierta en el cielo. La primera voz que oí era como de una trompeta que, hablando conmigo, dijo: "¡Sube acá y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas!" (Ap 4:1).
Maravillado como estaba, no le pasó a Juan por la cabeza pedir por ver a su hermano Jacobo, muerto por Herodes, ni a Esteban ni a ninguno de los demás apóstoles que habían sido martirizados como testigos de Jesucristo.
Él no estaba allí para visitar a familiares y amigos sino para tomar debida nota de lo que le sería mostrado y que debía comunicar a los hermanos e iglesias.
El otro caso es el del apóstol Pablo, quien también se refiere a las visiones y a las revelaciones del Señor (1Co 12:1-4):
“Conozco a un hombre en Cristo que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar”.
Como todo auténtico siervo de Dios, Pablo no anduvo haciendo alarde de su experiencia, recorriendo las iglesias para impresionar a sus oyentes y levantar grandes ofrendas. Por el contrario, él se contuvo y reprimió tal experiencia al grado de dejarla anónima (“Conozco a un hombre en Cristo”), y sin decirnos nada de lo que vio. Parece que lo más impactante para él fue lo que oyó, pero nada nos cuenta, salvo que eran “palabras inefables que no le es dado al hombre expresar”.
Rastreando en sus epístolas, es apenas posible obtener un vislumbre de lo que pudo haber oído, ya que lo que él escribe excede la mera elocuencia humana; baste para ello, por ejemplo, la sola epístola a los Efesios.
Concluyendo, leyendo a Pablo y a Juan, tenemos atisbos de cómo es el cielo.
Podemos colarnos por la puerta abierta en el cielo que viera Juan (Ap 4:1) y quizás el Espíritu de verdad que nos guía a toda verdad, aclare nuestra visión para entender lo que nos fuera revelado en este libro, y hasta escuchar como en un silbo suave y delicado algunas de aquellas inefables palabras que escuchara Pablo.
-¡Nadie fue y volvió para contarlo!
Esa es la exclamación que tantas veces se nos dio para excusar el escepticismo de tantos respecto a la realidad del cielo.
Tomándonos de sorpresa, apenas nos refugiamos en nuestra fe, sin atinar a más nada, olvidando, de momento, lo que bien sabemos.
Indudablemente que el caso más notable es el de Juan, el discípulo amado, a quien el mismo Señor Jesucristo le manda: “Escribe es un libro lo que ves” (Ap 1:11).
Por supuesto que Juan oye muchas cosas y así las cuenta. 27 veces dice que oyó pero 50 veces dice que vio. Así que podemos entender que Juan vio más de lo que oyó.
Luego de escribir las siete cartas a las siete iglesias en Asia tal como le son dictadas, recibe una orden:
“Después de esto miré, y vi que había una puerta abierta en el cielo. La primera voz que oí era como de una trompeta que, hablando conmigo, dijo: "¡Sube acá y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas!" (Ap 4:1).
Maravillado como estaba, no le pasó a Juan por la cabeza pedir por ver a su hermano Jacobo, muerto por Herodes, ni a Esteban ni a ninguno de los demás apóstoles que habían sido martirizados como testigos de Jesucristo.
Él no estaba allí para visitar a familiares y amigos sino para tomar debida nota de lo que le sería mostrado y que debía comunicar a los hermanos e iglesias.
El otro caso es el del apóstol Pablo, quien también se refiere a las visiones y a las revelaciones del Señor (1Co 12:1-4):
“Conozco a un hombre en Cristo que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar”.
Como todo auténtico siervo de Dios, Pablo no anduvo haciendo alarde de su experiencia, recorriendo las iglesias para impresionar a sus oyentes y levantar grandes ofrendas. Por el contrario, él se contuvo y reprimió tal experiencia al grado de dejarla anónima (“Conozco a un hombre en Cristo”), y sin decirnos nada de lo que vio. Parece que lo más impactante para él fue lo que oyó, pero nada nos cuenta, salvo que eran “palabras inefables que no le es dado al hombre expresar”.
Rastreando en sus epístolas, es apenas posible obtener un vislumbre de lo que pudo haber oído, ya que lo que él escribe excede la mera elocuencia humana; baste para ello, por ejemplo, la sola epístola a los Efesios.
Concluyendo, leyendo a Pablo y a Juan, tenemos atisbos de cómo es el cielo.
Podemos colarnos por la puerta abierta en el cielo que viera Juan (Ap 4:1) y quizás el Espíritu de verdad que nos guía a toda verdad, aclare nuestra visión para entender lo que nos fuera revelado en este libro, y hasta escuchar como en un silbo suave y delicado algunas de aquellas inefables palabras que escuchara Pablo.