Mi participación en otro epígrafe opuesto: “¿Te atreverías a decir que ya hay almas humanas en el infierno?” me ha forzado a un tratamiento del tema que me ha dejado un gusto más amargo que el ajenjo. Los contradictores abundaron con toda suerte de preguntas para ridiculizar hasta el absurdo la fe cristiana histórica común a católicos, ortodoxos y protestantes, en cuanto a un infierno actual y el apocalíptico lago que arde con fuego y azufre tras el juicio final.
Es mi propósito ahora dedicarme al tema del cielo, lugar donde Jesús está y desde donde también lo esperamos para que nos transforme y lleve junto con El a las moradas eternas.
Tan convencido estoy que el cielo ya alberga a muchos millones de redimidos, como que diariamente cuando son cerrados los ojos de muchos aquí, ya los han abierto en la misma presencia del Señor y Salvador nuestro Jesucristo.
Al fin y al cabo, la realidad del infierno, el juicio final y la condenación eterna, no nos atañe personalmente, y sólo nos interesa para tener las ideas claras y así avisar a los que viven en constante riesgo de pasar de este mundo sin Cristo y su salvación.
Nuestra esperanza es tan cierta que nuestra mayor sorpresa será entonces que ese ámbito celestial nos será todavía más auténticamente real que nuestra experiencia de vida aquí en la tierra.
Hay muchos pensamientos que bullen en la mente tocante al cielo: en cuanto a nosotros mismos: lo que nos aguarda. En cuanto a otros: nuestro reencuentro con tantos. ¿Cómo será? ¿Qué haremos? ¿Nos conoceremos? Sabemos que cuando planeamos un largo viaje, ya comenzamos a disfrutar con los preparativos del mismo, anticipando lo que conoceremos.
Es realmente paradójico que se discuta tanto sobre el infierno mientras se deja de lado el cielo de gloria que nos aguarda.
Siento que esta situación necesita revertirse.
Un mejor entendimiento del cielo nos ayudará a vivir con los pies mejor afirmados en esta tierra que pisamos.
¡Síganme los buenos!