Programa en vivo: “Última Hora” – Entrevista desde la Cruz
Presentador: Buenas noches. Hoy interrumpimos toda programación. Estamos en el Gólgota. A mi derecha, un hombre condenado a muerte, crucificado junto a Jesús de Nazaret. Los evangelios no registran su nombre. La tradición lo recuerda simplemente como el ladrón que creyó. Gracias por hablar con nosotros en este momento extremo.
Ladrón: No tengo nada que perder. Ya lo perdí todo antes.
Presentador: Hablemos de tu pasado. ¿Quién eras antes de esta cruz?
Ladrón: Un hombre violento. Ladrón, insurrecto, enemigo del orden. No fui víctima de un error judicial. Lo digo sin rodeos: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos” Lucas 23:41. Mi vida fue una cadena de decisiones mal tomadas.
Presentador: Una vida de fracaso, entonces.
Ladrón: Sin excusas. Mucha rabia, poca verdad. Creí ser libre, pero era esclavo.
Presentador: Estás viviendo tu última hora. ¿Qué cambia ahí arriba, colgado de una cruz?
Ladrón: Todo se vuelve claro. El tiempo se reduce a segundos. No hay máscaras. A mi lado está un Hombre que sufre igual que yo… pero sin culpa. Lo entendí cuando oí a la multitud burlarse y a Él responder con silencio y perdón. Entonces dije lo que nunca había dicho en mi vida: “Este ningún mal hizo” Lucas 23:41.
Presentador: Y luego pronunciaste una oración brevísima. No fue un discurso. No fue un ritual.
Ladrón: Fue un ruego desnudo. Sin méritos. Sin promesas. “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” Lucas 23:42. Eso fue todo. Un minuto. Tal vez menos.
Presentador: Un minuto de fe genuina… después de una vida entera desperdiciada.
Ladrón: Exacto. No tuve tiempo para restitución, ni obras, ni reputación religiosa. Solo fe. Y ni siquiera una fe perfecta, solo desesperada y verdadera.
Presentador: Y entonces llega la respuesta. Una promesa que ha atravesado siglos.
Ladrón: Nunca olvidaré sus palabras, aun entre el dolor:
“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” Lucas 23:43.
No “algún día”. No “si te portas bien”. Hoy. Conmigo.
Presentador: Muchos dirían que eso es injusto. ¿Dónde queda la moral? ¿Dónde las obras?
Ladrón: Si hubiera dependido de mis obras, estaría perdido. Pero la salvación no se negocia; se recibe. Como está escrito después:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” Efesios 2:8–9.
Yo soy la prueba incómoda de esa verdad.
Presentador: Entonces, ¿no fue tu pasado el problema?
Ladrón: El problema habría sido morir sin mirar a Cristo. “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” Romanos 3:24. Gratuitamente. Yo no pagué nada. Él pagó todo.
Presentador: Una vida de fracaso… un minuto de fe… una eternidad asegurada.
Ladrón: Así es la gracia. Humilla al orgulloso y levanta al que ya no puede fingir.
Presentador: Última pregunta. Si pudieras hablar ahora al que nos escucha —no desde una cruz, sino desde la comodidad—, ¿qué le dirías?
Ladrón: Le diría que yo me rendí cuando ya no tenía mañana.
Él todavía lo tiene.
Y ahora la pregunta no es teológica, es personal:
Si Cristo recibió a un culpable moribundo en su último minuto… ¿qué estás esperando tú para rendirte de verdad a Él?
Presentador: Buenas noches. Hoy interrumpimos toda programación. Estamos en el Gólgota. A mi derecha, un hombre condenado a muerte, crucificado junto a Jesús de Nazaret. Los evangelios no registran su nombre. La tradición lo recuerda simplemente como el ladrón que creyó. Gracias por hablar con nosotros en este momento extremo.
Ladrón: No tengo nada que perder. Ya lo perdí todo antes.
Presentador: Hablemos de tu pasado. ¿Quién eras antes de esta cruz?
Ladrón: Un hombre violento. Ladrón, insurrecto, enemigo del orden. No fui víctima de un error judicial. Lo digo sin rodeos: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos” Lucas 23:41. Mi vida fue una cadena de decisiones mal tomadas.
Presentador: Una vida de fracaso, entonces.
Ladrón: Sin excusas. Mucha rabia, poca verdad. Creí ser libre, pero era esclavo.
Presentador: Estás viviendo tu última hora. ¿Qué cambia ahí arriba, colgado de una cruz?
Ladrón: Todo se vuelve claro. El tiempo se reduce a segundos. No hay máscaras. A mi lado está un Hombre que sufre igual que yo… pero sin culpa. Lo entendí cuando oí a la multitud burlarse y a Él responder con silencio y perdón. Entonces dije lo que nunca había dicho en mi vida: “Este ningún mal hizo” Lucas 23:41.
Presentador: Y luego pronunciaste una oración brevísima. No fue un discurso. No fue un ritual.
Ladrón: Fue un ruego desnudo. Sin méritos. Sin promesas. “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” Lucas 23:42. Eso fue todo. Un minuto. Tal vez menos.
Presentador: Un minuto de fe genuina… después de una vida entera desperdiciada.
Ladrón: Exacto. No tuve tiempo para restitución, ni obras, ni reputación religiosa. Solo fe. Y ni siquiera una fe perfecta, solo desesperada y verdadera.
Presentador: Y entonces llega la respuesta. Una promesa que ha atravesado siglos.
Ladrón: Nunca olvidaré sus palabras, aun entre el dolor:
“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” Lucas 23:43.
No “algún día”. No “si te portas bien”. Hoy. Conmigo.
Presentador: Muchos dirían que eso es injusto. ¿Dónde queda la moral? ¿Dónde las obras?
Ladrón: Si hubiera dependido de mis obras, estaría perdido. Pero la salvación no se negocia; se recibe. Como está escrito después:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” Efesios 2:8–9.
Yo soy la prueba incómoda de esa verdad.
Presentador: Entonces, ¿no fue tu pasado el problema?
Ladrón: El problema habría sido morir sin mirar a Cristo. “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” Romanos 3:24. Gratuitamente. Yo no pagué nada. Él pagó todo.
Presentador: Una vida de fracaso… un minuto de fe… una eternidad asegurada.
Ladrón: Así es la gracia. Humilla al orgulloso y levanta al que ya no puede fingir.
Presentador: Última pregunta. Si pudieras hablar ahora al que nos escucha —no desde una cruz, sino desde la comodidad—, ¿qué le dirías?
Ladrón: Le diría que yo me rendí cuando ya no tenía mañana.
Él todavía lo tiene.
Y ahora la pregunta no es teológica, es personal:
Si Cristo recibió a un culpable moribundo en su último minuto… ¿qué estás esperando tú para rendirte de verdad a Él?