Cristo murió por todos: Redención universal y su significado
Algunos hermanos argumentan que la palabra
“todos” en la Biblia debe entenderse siempre de forma limitada según el contexto.
Por ejemplo, Marcos 1:5 dice que
“toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén” salían a escuchar a Juan el Bautista, expresión que claramente no implica cada individuo sin excepción, sino una manera general de hablar.
Sin embargo, cuando pasamos de descripciones narrativas a declaraciones doctrinales sobre la redención en Cristo, el alcance de “todos” no puede minimizarse de la misma manera.
La muerte de Jesucristo en la cruz es un evento
histórico único, completo e indivisible, con implicaciones que trascienden a
toda la humanidad.
A continuación, presentaré bíblicamente por qué “Cristo murió por
todos los hombres” en un sentido literal y universal, y por qué esto no contradice el hecho de que no todos finalmente se salven.
Un sacrificio único con alcance universal
La obra redentora de Cristo es singular en la historia:
“una vez para siempre” Jesús ofreció el sacrificio perfecto por el pecado (Hebreos 9:26-28).
No se trata de un evento repetitivo o local, sino de un acto consumado por Dios que atañe a todos los seres humanos.
Por eso, las Escrituras usan términos abarcadores al describir su alcance.
Consideremos algunos pasajes clave:
- 2 Corintios 5:14-15 – “Si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.” Aquí Pablo enseña claramente que la muerte sustitutiva de Cristo incluye a todos. La frase insiste en la totalidad: Cristo murió por todos, de modo que en Él todos murieron (es decir, Él representó a todos en la muerte).
- 1 Timoteo 2:6 – “Cristo Jesús… se dio a sí mismo en rescate por todos.” El apóstol afirma que la entrega de Jesús como rescate fue por todas las personas, sin restricción. Este versículo aparece en el contexto de exhortar a orar “por todos los hombres” (1 Tim. 2:1) porque Dios “quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Tim. 2:4). La razón de orar por todos es precisamente que Cristo murió por todos. No hay indicio aquí de que “todos” signifique sólo “algunos” o “ciertos grupos”; al contrario, la intención es universal.
- Hebreos 2:9 – “...Jesús, coronado de gloria y de honra, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos.” El autor sagrado dice que Cristo experimentó la muerte por cada ser humano. El término “por todos” (gr. hyper pantos, literalmente “por cada uno”) señala que ningún miembro de la humanidad quedó fuera de ese sabor de la muerte que Jesús probó en lugar de nosotros.
- Romanos 5:18 – “Así que, como por la transgresión de uno (Adán) vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno (Cristo) vino a todos los hombres la justificación de vida.” En el gran paralelo que Pablo traza entre Adán y Cristo, se recalca que el acto de justicia de Cristo tiene un alcance tan universal como tuvo el pecado de Adán. Todos incurrieron en condena por el pecado original, y del mismo modo todos reciben una oferta de justificación gracias a Cristo.
Estas Escrituras nos muestran que cuando se trata de la expiación realizada por Jesús,
“todos” significa todos.
No es una hipérbole literaria ni una generalización cultural.
Al contrario, apunta a la
totalidad objetiva de la humanidad.
La diferencia con pasajes como Marcos 1:5 es evidente: en Marcos, “todos” es una manera de decir “multitudes” en un evento descriptivo; pero en los textos doctrinales citados, “todos” se presenta como una afirmación teológica sobre la
obra consumada de Cristo en favor de la humanidad entera.
Negar el sentido natural de “todos” en estos versículos implicaría vaciar de significado la enseñanza apostólica acerca de la cruz.
Redención universal ≠ salvación automática
Ahora bien, afirmar la
redención universal en Cristo no significa promover un
universalismo donde automáticamente todos alcanzan la vida eterna.
Aquí es crucial distinguir entre
redención y
salvación eterna:
- Redención se refiere al acto objetivo de Cristo pagando el precio del pecado y liberando a la humanidad de la condena de Adán. Este acto fue completado en la cruz y la resurrección, y su alcance es universal: Jesús obtuvo la reconciliación del mundo con Dios (“Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” – 2 Corintios 5:19). En este sentido, “el Cordero de Dios… quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), removiendo el obstáculo que pesaba sobre la humanidad caída. La redención es la puerta abierta para la salvación de todos.
- Salvación eterna (vida eterna con Dios) se refiere a la aplicación personal de esa redención en cada individuo, algo que ocurre en el plano de la gracia y bajo el señorío de Cristo. Aunque Cristo murió por todos, no todos entrarán en la vida eterna, porque Dios nos llama a responder a Su gracia mediante la fe y el arrepentimiento. La salvación es un don ofrecido a todos, pero condicionado a “que en Él (Jesús) cree” (Juan 3:16). Dios “quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Tim. 2:4), pero respeta la decisión humana ante el ofrecimiento de Su gracia. Quienes rechazan voluntariamente a Cristo permanecen bajo condenación, no por falta de provisión redentora, sino por no acogerse a ella: “el que no cree, ya ha sido condenado por no haber creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:18).
En otras palabras,
Cristo pagó legalmente por el pecado de todos y ganó el derecho de Señorío sobre todos (Romanos 14:9 dice que Cristo murió y resucitó
“para ser Señor de los muertos y de los que viven”).
Gracias a esa redención, ahora
“no hay acepción de personas” delante de Dios (Romanos 2:11):
todos están invitados a la salvación en Cristo en igualdad de condiciones. Pero esa salvación debe recibirse libremente bajo el señorío de Jesús. La redención es así
condición necesaria para que alguien sea salvo, aunque por sí sola no garantice la salvación
sin la respuesta de la fe. Si Cristo no hubiese muerto por todos, ninguno podría siquiera aspirar a ser salvo; mas habiendo Él muerto por todos, el que no se salva es porque
rechaza la gracia, no porque Cristo le excluyó de Su obra.
Este entendimiento armoniza la redención universal con la realidad de la incredulidad de muchos. La muerte de Jesús fue
suficiente por sí misma para salvar a cualquiera y a todos; pero la eficacia salvadora en cada persona requiere la aceptación de ese sacrificio. Así,
la culpa de la perdición recae en el hombre, no en una limitación de la cruz. La
muerte y resurrección de Cristo no fueron actos simbólicos ni condicionales; Él no “murió potencialmente” a la espera de ver quién creería. ¡No! Jesús en verdad
“consumó” (Juan 19:30) la redención de la humanidad entera.
Su sangre
“derramada por muchos” (Mateo 26:28) es la misma que
“en rescate” fue entregada
“por todos” (1 Tim. 2:6).
En la cruz, el Señor efectuó
una vez y para siempre el sacrificio válido para todos los tiempos y personas. Lo que resta ahora es cómo cada uno se relaciona con ese sacrificio completo: aceptándolo para vida eterna, o rechazándolo para su propia perdición.
“Todos” significa todos: la humanidad caída representada en Cristo
Cuando la Escritura dice que Cristo murió por todos, se refiere a
la totalidad de la humanidad que estaba perdida en Adán.
Pablo escribe:
“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). Cada ser humano quedó bajo la muerte por el pecado original, y Cristo vino precisamente a rescatar a
esa misma humanidad completa.
No hay ningún ser humano fuera del alcance de la obra de Jesús. Romanos 5:18 (citado arriba) lo afirma: la acción redentora de Cristo
alcanza a todos los hombres, objetivamente deshaciendo las consecuencias de la caída de Adán en cuanto a provisión de justicia. Esto no quiere decir que todos reciben vida eterna automáticamente, pero sí que
nadie queda excluido de la gracia comprada en el Calvario.
Es importante notar que cuando el Nuevo Testamento habla de grupos específicos (“la Iglesia”, “los creyentes”) en relación a la muerte de Cristo, no está negando su alcance universal sino aplicando sus beneficios a un contexto concreto.
Por ejemplo, Efesios 5:25 dice que
“Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”. ¡Amén, es verdad! Pero eso no significa que
sólo amó a la Iglesia y no a los demás. De hecho, el mismo Pablo aclara que Cristo murió por nosotros
cuando éramos impíos y enemigos (Romanos 5:6-10).
Jesús no murió únicamente por los ya creyentes (que ni siquiera existían como tal cuando Él se entregó), sino por la humanidad necesitada de redención. Así que
no hay contradicción entre afirmar que Cristo murió por Su Iglesia
y afirmar que murió por
todos los hombres. Al dirigirse a los cristianos, los apóstoles destacan la eficacia de la cruz para los que creen; pero al predicar el evangelio, proclamaban que
“Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 2:2). Esa
propiciación es suficiente para todo el mundo, aun cuando sólo se apropie de ella quien cree.
Conclusión: La cruz, fundamento de la gracia para todos
En resumen, la Biblia enseña que
Jesucristo murió por todos los hombres. Este hecho asegura que la obra redentora de la cruz tiene un
alcance universal: constituye la
base legal sobre la cual Dios ofrece salvación a
todos y juzga a
cada uno con justicia y misericordia,
sin acepción de personas. La redención obtenida por Cristo es tan amplia que nadie queda fuera de la posibilidad de ser salvo; y a la vez es tan personal que cada uno debe responder a ella. Quien se pierde, se pierde
a pesar de que Cristo murió por él, no porque Cristo no haya provisto por él. Dios, siendo justo, no condena a nadie por un pecado sin remedio: el remedio de la cruz es real y está a disposición de todos. Así, en el día del juicio, la oferta del evangelio habrá sido válida para cada ser humano, y Dios juzgará con perfecta justicia respecto a qué hizo cada uno con la gracia de Su Hijo.
Negar que el “todos” en la redención signifique
toda la humanidad desvirtúa el valor de la cruz de Cristo. Si redujéramos esa palabra a “unos cuantos” o la viéramos como mera exageración, estaríamos insinuando que el sacrificio de Jesús
no fue plenamente eficaz ni suficiente para la humanidad entera. ¡Pero alabado sea Dios, porque la Escritura testifica lo contrario! Cristo, el segundo Adán, realizó una obra infinitamente valiosa y abarcadora.
“Él es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Timoteo 4:10). Esto quiere decir que ningún ser humano queda excluido del amor redentor de Dios, aunque solo los que creen experimenten en plenitud la salvación. Mantener esta verdad engrandece la gracia y la justicia de Dios, y nos impulsa a predicar con confianza el evangelio
a toda criatura, sabiendo que
“de tal manera amó Dios al mundo”. En una postura verdaderamente bíblica, entonces,
“todos” significa todos cuando hablamos de la obra de Cristo. De esta redención universal brota la invitación a la salvación para cualquiera que quiera creer.
Que la cruz de Cristo sea exaltada en todo su alcance: Jesús es el Redentor de
toda la humanidad caída, y su sacrificio es la garantía de que
“todo aquel que en Él cree” puede tener vida eterna. ¡A Dios sea la gloria por tan perfecta y amplia redención en Cristo Jesús!