21 Enero 2012
Mitología biomédica, ética y ciencia
GAZIR SUED
Las experimentaciones con primates no humanos en cautiverio levantan serias reservas éticas, sospechas y cuestionamientos, principalmente sobre las condiciones de maltrato físico y emocional a las que se someten estas especies (confinadas, hostigadas y torturadas) en laboratorios “científicos”. La industria biomédica, sus promotores y beneficiarios, encubren sistemáticamente esta práctica y restringen, de manera casi absoluta, el acceso a información. Enajenada y desinformada la ciudadanía por la propaganda corporativa y la indolencia mediática, el drama de violencia y crueldad contra animales en cautiverio se da sin provocar revuelos.
Los favorecedores de esta práctica alegan que, por encima de consideraciones éticas sobre el bienestar de los animales, deben valorarse los “avances” para la industria biomédica y la ciencia en general, ya sobre los desafíos que representan enfermedades y condiciones como el sida, la hepatitis o el cáncer, o con respecto a las amenazas del fantasma del bioterrorismo (Ébola, ántrax, etc.). Esta premisa carece de base científica, es especulativa y falaz.
Desde inicios del siglo XX la industria biomédica experimenta con primates no humanos, como si se tratase de modelos equivalentes a nuestra especie, suplentes o reemplazos (por razones morales, cálculos económicos o presiones políticas y legales).
La ilusión que anima esta creencia mítica e idealiza ingenuamente su utilidad para la ciencia, se origina en las semejanzas anatómicas y fisiológicas. Esta creencia alucinante se intensificó a partir del descubrimiento de similitudes genéticas, ratificando el alegato a favor de la experimentación y renovando la falsa creencia de que son imprescindibles para el progreso de las ciencias de la salud, la prevención, el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades humanas.
Estudios realizados por el genetista Jarrod Bailey, sobre la pertinencia y utilidad experimental de chimpancés en laboratorios biomédicos, revelan el carácter ilusorio de esta creencia y desvelan la relativa insignificancia de sus prácticas dentro del marco de las propias expectativas biomédicas. Aunque la similitud genética entre el chimpancé y el humano se estima superior al 96%, no hay evidencia significativa de su valor experimental ni de contribuciones reales al desarrollo de tratamientos de enfermedades humanas.
Este análisis adquiere mayor relevancia en el caso de la especie Rhesus en Puerto Rico, cuya similitud genética con el humano (un 93%) es inferior a la del chimpancé. Esta marcada diferencia entre especies -que determina la secuela de fracasos experimentales y clínicos- es ignorada y omitida sistemáticamente por los promotores de sus usos experimentales en la Isla, encabezados por el Caribbean Primate Research Center (CPRC), adscrito y apadrinado sin condiciones por el Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico.
Sea con referencia a la relativa similitud genética o a las marcadas semejanzas fisiológicas, las corporaciones biomédicas -e individuos favorecidos por ellas- perpetúan la ilusión de aplicabilidad mecánica sobre el ser humano y sus enfermedades.
Esta ficción legitima intereses comerciales, como los de Bioculture o el CPRC, pero como propaganda corporativa, no como ciencia.
Además de que existen tecnologías experimentales alternativas, más seguras y efectivas, la experimentación invasiva con estos primates no es una necesidad científica, ni responde al interés nacional, ni contribuye al bienestar de la Humanidad.
Desmentida la mitología biomédica, queda impugnado el negocio fraudulento de experimentar con estas especies a nombre de la Humanidad y la ciencia. No existe fundamento científico para perpetuar la experimentación invasiva con primates cautivos, pero existen profundas razones éticas para oponerse.
Mezquinos intereses corporativos prevalecen sobre las causas de la Humanidad, y han convertido el trato cruel con animales en un prestigioso y lucrativo negocio. Y así será mientras lo consintamos.
Mitología biomédica, ética y ciencia
GAZIR SUED
Las experimentaciones con primates no humanos en cautiverio levantan serias reservas éticas, sospechas y cuestionamientos, principalmente sobre las condiciones de maltrato físico y emocional a las que se someten estas especies (confinadas, hostigadas y torturadas) en laboratorios “científicos”. La industria biomédica, sus promotores y beneficiarios, encubren sistemáticamente esta práctica y restringen, de manera casi absoluta, el acceso a información. Enajenada y desinformada la ciudadanía por la propaganda corporativa y la indolencia mediática, el drama de violencia y crueldad contra animales en cautiverio se da sin provocar revuelos.
Los favorecedores de esta práctica alegan que, por encima de consideraciones éticas sobre el bienestar de los animales, deben valorarse los “avances” para la industria biomédica y la ciencia en general, ya sobre los desafíos que representan enfermedades y condiciones como el sida, la hepatitis o el cáncer, o con respecto a las amenazas del fantasma del bioterrorismo (Ébola, ántrax, etc.). Esta premisa carece de base científica, es especulativa y falaz.
Desde inicios del siglo XX la industria biomédica experimenta con primates no humanos, como si se tratase de modelos equivalentes a nuestra especie, suplentes o reemplazos (por razones morales, cálculos económicos o presiones políticas y legales).
La ilusión que anima esta creencia mítica e idealiza ingenuamente su utilidad para la ciencia, se origina en las semejanzas anatómicas y fisiológicas. Esta creencia alucinante se intensificó a partir del descubrimiento de similitudes genéticas, ratificando el alegato a favor de la experimentación y renovando la falsa creencia de que son imprescindibles para el progreso de las ciencias de la salud, la prevención, el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades humanas.
Estudios realizados por el genetista Jarrod Bailey, sobre la pertinencia y utilidad experimental de chimpancés en laboratorios biomédicos, revelan el carácter ilusorio de esta creencia y desvelan la relativa insignificancia de sus prácticas dentro del marco de las propias expectativas biomédicas. Aunque la similitud genética entre el chimpancé y el humano se estima superior al 96%, no hay evidencia significativa de su valor experimental ni de contribuciones reales al desarrollo de tratamientos de enfermedades humanas.
Este análisis adquiere mayor relevancia en el caso de la especie Rhesus en Puerto Rico, cuya similitud genética con el humano (un 93%) es inferior a la del chimpancé. Esta marcada diferencia entre especies -que determina la secuela de fracasos experimentales y clínicos- es ignorada y omitida sistemáticamente por los promotores de sus usos experimentales en la Isla, encabezados por el Caribbean Primate Research Center (CPRC), adscrito y apadrinado sin condiciones por el Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico.
Sea con referencia a la relativa similitud genética o a las marcadas semejanzas fisiológicas, las corporaciones biomédicas -e individuos favorecidos por ellas- perpetúan la ilusión de aplicabilidad mecánica sobre el ser humano y sus enfermedades.
Esta ficción legitima intereses comerciales, como los de Bioculture o el CPRC, pero como propaganda corporativa, no como ciencia.
Además de que existen tecnologías experimentales alternativas, más seguras y efectivas, la experimentación invasiva con estos primates no es una necesidad científica, ni responde al interés nacional, ni contribuye al bienestar de la Humanidad.
Desmentida la mitología biomédica, queda impugnado el negocio fraudulento de experimentar con estas especies a nombre de la Humanidad y la ciencia. No existe fundamento científico para perpetuar la experimentación invasiva con primates cautivos, pero existen profundas razones éticas para oponerse.
Mezquinos intereses corporativos prevalecen sobre las causas de la Humanidad, y han convertido el trato cruel con animales en un prestigioso y lucrativo negocio. Y así será mientras lo consintamos.