Nadie tiene que recordamos que la culpabilidad o la rebeldía excesivas conducen a la pobreza espiritual. Pero tardamos mucho en darnos cuenta de que el orgullo espiritual nos podría empobrecer aun más.
Lo alarmante de la ceguera del orgullo es la facilidad con la que se puede justificar. Pero no tenemos que buscar muy lejos para encontrar evidencia de que esta engañosa especie de autojustificación es lo que universalmente destruye la armonía y el amor. Es lo que enemista a una persona con su semejante, una nación contra la otra. Valiéndonos de la autojustificación, podemos hacer que todo tipo de locura y violencia parezca buena e incluso respetable. Huelga decir que no nos corresponde a nosotros condenar. Lo único que tenemos que hacer es investigarnos a nosotros mismos.
Entonces, ¿qué podemos hacer para reducir cada vez más nuestra culpabilidad, nuestra rebeldía y nuestra soberbia?.
La historia es una alegoría:
Por un lado de mi Camino, veo una gran ciénaga. Al borde del camino hay un pantano poco profundo que va descendiendo hacia una fangosa marisma de culpabilidad y rebeldía donde a menudo me he encontrado andando torpemente. Allí la autodestrucción tiende su emboscada, y lo sé. Pero al otro lado del camino, el paisaje me parece tener un aspecto bello. Veo un bosque con claros encantadores y, más allá, altas montañas. Las numerosas sendas que conducen a este país atractivo parecen seguras. Creo que será fácil volver a encontrar mi camino.
Junto con diversos amigos, decido dar un corto rodeo. Escogemos nuestra senda y, alegremente, nos lanzamos en nuestra excursión. Al poco tiempo, alguien dice con gran entusiasmo, "Tal vez en la cima de aquella montaña encontremos una mina de oro." Luego, para nuestro asombro, encontramos el oro - no en forma de pepitas de oro en los riachuelos, sino auténticas monedas de oro. En una cara de cada moneda dice:
"Oro puro de 24 quilates." Nos decimos, aquí tenemos sin duda la recompensa por nuestro laborioso y paciente viaje por la nitidez perenne del Camino.
Sin embargo, al poco tiempo, al leer las palabras grabadas en la otra cara, empezamos a tener presentimientos extraños. Algunas llevan inscripciones muy atractivas. Dicen: "Soy el Poder," "Soy la Fama," Soy la Riqueza," "Soy la Rectitud." Pero otras nos parecen bastante curiosas. Por ejemplo: "Soy la Raza Dominante," "Soy el Benefactor," "Soy la Buena Causa," "Soy Dios." Todo esto nos parece enigmático. No obstante, nos las metemos en los bolsillos. Y luego, al leer otras más, nos viene el choque. Dicen: "Soy la Soberbia," "Soy la Venganza," "Soy la Desunión," "Soy el Caos." Y entonces, en una de estas monedas - en una sola - vemos grabado: "Soy el Diablo mismo." Algunos de nosotros, horrorizados, decimos a gritos, "¡Este oro y este paraíso no son sino pérfidas ilusiones - vámonos de aquí!"
Pero muchos no quisieron regresar con nosotros. Nos dijeron, "Quedémonos aquí. Podemos pasar estas malditas monedas por la criba. Seleccionaremos únicamente aquellas que lleven las inscripciones propicias. Por ejemplo, las que dicen, 'Poder,' y 'Gloria' y 'Rectitud.' Ustedes van a arrepentirse de haberse ido." No es de extrañar que esta sección de nuestra compañía tardara muchos años en volver al Camino.
Nos contaron la historia de aquellos que habían jurado no regresar jamás, los que habían dicho "estas monedas son de oro genuino, y no traten de convencemos de que no lo son. Vamos a acumular tanto como podamos. Claro que no nos gustan esas tontas inscripciones. Pero aquí hay mucha leña seca. Podemos montar una fundición y convertir las monedas en barras de oro." Y luego, nuestros compañeros, los últimos en volver, añadieron: "Así el oro de la Soberbia se apoderó de nuestros hermanos. Ya cuando nos fuimos, estaban peleando por sus lingotes. Algunos estaban heridos y unos cuantos muriendo. Habían empezado a destruirse unos a otros."
Este cuento alegórico me enseña claramente que puedo lograr la "humildad para hoy" únicamente en la medida en que evite la marisma de la culpabilidad y la rebeldía, y esa hermosa pero engañosa tierra donde se hallan desparramadas las monedas de la Soberbia. De esta manera, puedo encontrar y seguir andando por el Camino de la Humildad que se extiende entre launa y la otra. Por lo tanto, siempre es apropiado hacer un inventario que me puede indicar si me he desviado del camino.
Naturalmente, es muy probable que nuestras primeros intentos de hacer un inventario de esta manera resulten poco realistas. Yo era el campeón del autoanálisis poco realista. Solo quería considerar esos aspectos de mi vida que me parecían buenos, y luego, exageraba las virtudes que creía haber logrado y me felicitaba por el magnifico trabajo que estaba haciendo. Así, este espontáneo autoengaño siempre servía para convertir mis raros logros en graves impedimentos. Ese fascinante proceso siempre era muy agradable, y generaba en mí una tremenda avidez de mayores logros y más aplausos. Tenía las mismas metas de antaño - el poder, la fama, y los aplausos. Además, podía valerme de la mejor excusa que se conoce - la excusa espiritual. Ya que tenía un verdadero objetivo espiritual, estas puras tonterías siempre me parecían apropiadas. No podía distinguir una moneda genuina de una falsa; y así iba dándome gato por liebre en plan espiritual, acumulando lingotes de oro ficticio.
Como la soberbia me había hecho magnificar mis humildes logros, así también la culpabilidad me hacía exagerar mis defectos.
Al pasar por estos arranques de culpabilidad, yo nunca sentía la menor lástima legítima por los daños que había causado, ni tenía ninguna intención auténtica de hacer las enmiendas que pudiera. Nunca se me ocurrió la idea de pedirle a Dios que me perdonara, y aun menos, de perdonarme a mí mismo. Huelga decir que mi principal defecto - la soberbia y arrogancia espirituales - no se sometió a ningún análisis. Yo ya había ocultado la luz que me hubiera permitido verlo.
Hoy, creo que puedo percibir una clara conexión entre mi culpabilidad y mi soberbia. Ambas me servían para atraer la atención de la gente. En mi soberbia podía decir: "¡Mira lo magnífico que soy!" Sumido en la culpabilidad, lloraba, "Soy un hombre horrible." Por lo tanto, la culpabilidad es la otra cara de la moneda de la soberbia. La culpabilidad nos encamina a la autodestrucción, y la soberbia está encaminada a la destrucción de otra gente.
Esta es la razón por la que considero la humildad para hoy como una postura intermedia entre estos violentos extremos emocionales. Es un lugar tranquilo, donde puedo mantener suficiente equilibrio y una perspectiva suficientemente amplia como para dar el próximo corto paso en el camino claramente señalizado que nos lleva a los valores eternos.