Este título es de apariencia arrogante, y sin embargo, se expresa con él la realidad de que Dios nos ha hablado (Heb 1: 1,2), y esa Palabra suya no puede disminuirse, aumentarse ni distorsionarse (Ap 22: 18,19; 2Pe 3: 16).
“Todo lo demás” refiere precisamente a todo lo demás: es decir, lo que los hombres han escrito según su propia inspiración, ya sean cosas buenas o malas, ciertas o falsas.
De entre todo lo escrito, sin importar su origen o género literario, podemos aprovecharnos inmensamente para apropiarnos de todo conocimiento útil y motivador a la excelencia.
Sin embargo, aquí siempre debemos ser cautos, cuidando que entre tantas verdades comunicadas no haya errores cuya inadvertencia a la larga nos perjudicaría.
Igualmente, en la literatura de apariencia religiosa, espiritual y santa, pueden deslizarse ideas peligrosas, que no percatándose del riesgo, desprevenidos lectores acaben sumiéndose en un pantano de maldad.
Incluso, dentro de la literatura cristiana, y hasta comentando la propia Biblia, es posible descubrir el extravío de los hombres cuya mente a ratos lúcida y a ratos obtusa, confunde lo que pretende explicar o aclarar.
El cuidado, diligencia y atención que debemos poner en nuestras lecturas, está lejos de cualquier intento de censura, porque ¿quién podría elaborar un “Índice” de lecturas prohibidas?
Dios nos ha dotado con facultades óptimas para que podamos discernir lo que mejor nos aprovecha y agrada, de todo cuanto pudiera resultarnos pernicioso y desagradable.
¿Qué pretendo con este tema? Simplemente, discutir sobre la prevalencia de la Sagrada Escritura por sobre todo otro escrito que por fama, antigüedad o humana autoridad pretenda regir la conciencia.
Cordiales saludos