hermoso testimonio

jomaccio

Miembro senior
5 Octubre 2019
152
28
“Ese mes de septiembre de 1980 estaba de vacaciones en la casa de mi abuela. Una tarde me invitó a escuchar una predicación del Evangelio; durante dos semanas la acompañé todos los días. Yo había ido a la escuela bíblica cuando era niño, así que para mí esto no era extraño. Cada tarde, mientras caminábamos, mi abuela me recordaba la necesidad de ser salvo; yo la escuchaba con mucho respeto y cariño. Algo estaba sucediendo en mi interior desde hacía tiempo, la Palabra de Dios me había alcanzado lo suficiente para convencerme de mi triste condición de pecador perdido delante de Dios.
Cuando volví a la casa de mis padres animé a mi papá a ir también a las reuniones; solo asistimos tres noches antes de que sucediera un cambio. Yo había dicho a mi mamá que estaba pensando en la salvación, ella lo dijo a su vecina y hermana en la fe, y ambas oraron por mi salvación. El tercer día, estando con mi papá en la reunión, el predicador habló sobre el juicio del trono blanco (Apocalipsis 20:11-15); para terminar, cantaron el himno: “Cuando allá se pase lista yo estaré”. Él predicador dijo que solo los creyentes en Jesucristo podían cantar ese himno.
Miré a mi papá, y él también me miró; nos dimos cuenta de que esas palabras nos tocaban a ambos. Al finalizar la reunión, la vecina me saludó y me preguntó: Gilberto, ¿cuándo vas a ser salvo? Como no le respondí, ella me habló de la importancia de la salvación, y al ver lágrimas en mis ojos me animó a hablar con el predicador.”

¿Qué le pasa?, me preguntó el predicador. Estoy conmovido… le respondí. Entonces me dijo: Leamos la Biblia, busquemos 1 Juan 1: 7. Leí, pero no entendí la primera parte del versículo; sin embargo, cuando llegué a la parte que dice: “Y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”, me detuve. El predicador me pidió que lo leyera otra vez, y subrayó las palabras: “Y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Luego me preguntó: ¿Quién es Jesucristo? Yo le respondí: ¡Mi salvador!
Me mostró Romanos 8: 1: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”.
El predicador salió y yo seguí repitiendo: ¡Mi Salvador, mi Salvador! “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. ¡Él murió por mí!
Luego, un pequeño grupo cantó el himno “Cuán glorioso es el cambio operado en mi ser”. Allí estaban los rostros alegres de mi abuela, mi mamá, la vecina, mi tía, y mi papá.
Mi papá también aceptó al Señor Jesús como su Salvador. Esa noche, mientras yo hablaba con el predicador, él, arrepentido de sus muchos pecados, clamó al Señor por la salvación de su alma.
Doy gracias a Dios por todos los que fueron usados para llevarme al conocimiento de la verdad…
Para usted, ¿quién es Jesucristo?

Gilberto
 
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