Hacia la Fe sólida: viejo y nuevo hombre.

15 Agosto 2018
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Al principio de su ministerio Jesús quiso fortalecer la Fe de los apóstoles, pues esta era aún muy débil. Este hecho se refleja muy bien en el pasaje en el que Simón Pedro titubeaba al andar sobre las aguas.

El viejo hombre se caracteriza por una Fe débil y titubeante, no cimentada sobre sólidos pilares. Confía en sus propias fuerzas más que en Dios. Por eso quiere tener el control de su vida, porque aún no tiene conciencia plena de la existencia de Dios ni le conoce, sino que le teme y desconfía.

Sin embargo, al final de su ministerio, la Fe de los apóstoles era firme y sólida como una roca.

Renovados en la mente por la gracia del Espíritu Santo, y fortalecidos en la Fe por lo que vieron, comenzaron a obrar con verdadera Fe, sin dar cabida a la dudas.

El nuevo hombre se caracteriza por una Fe sólida como una roca, una Fe que pone su vida y esperanza en Dios, se deja llevar por él como un niño.
Ha experimentado un renacer espiritual, un despertar. Se ha dado cuenta de que Dios existe y le quiere. Tiene conciencia plena su existencia, y le conoce lo suficiente como para saber que es amado y puede confiarle sus fuerzas.

En el camino del viejo al nuevo hombre, experimentaremos grandes tribulaciones o crisis de Fe a través de las cuales nuestra Fe se irá forjando cual espada a fuego lento. De esta manera se irá fortaleciendo e irá pasando de la fluctuación a la estabilidad, se irá solidificando.

Habrá un punto de inflexión en nuestras vidas, en donde nos demos cuenta de que ya no podemos más por nosotros mismos, y le pediremos a Dios que tome el control de nuestra vida, que tome el timón del barco.

A partir de ese momento, el Espíritu Santo empezará a batallar en nosotros para someter a la carne y hacernos libres.

Se hará la voluntad de Dios, y seremos su caballo de batalla.