¿Fe que envejece… o fe que madura?

laralonso1985

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20 Julio 2025
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Fe que envejece… o fe que madura

Dios le prometió descendencia cuando no tenía hijos
(Gn 12:2; 15:5).

El tiempo pasó.
El cuerpo envejeció.
Sara se volvió estéril.

Abraham tenía 75 años cuando recibió la promesa (Gn 12:4) y cerca de 100 cuando aún no veía su cumplimiento (Gn 17:17).
Humanamente, la promesa era absurda.

La clave bíblica no está en negar la realidad, sino en decidir qué realidad tiene mayor peso.

Pablo lo explica con precisión quirúrgica:

> “Él creyó en esperanza contra esperanza…
no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo ya muerto…
plenamente convencido de que Dios era poderoso para hacer todo lo que había prometido”
Romanos 4:18–21

Abraham sí miró su cuerpo.
Sí reconoció lo imposible.

La fe bíblica no es autoengaño ni positivismo espiritual.
La diferencia es que no absolutizó lo visible.

Aquí está el punto decisivo:

La fe que se apoya en lo que ve, caduca con el tiempo.

La fe que se apoya en quién promete, madura con el tiempo.

Hebreos lo expresa sin suavizarlo:

> “Todos estos murieron en fe, sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos”
Hebreos 11:13

Esto revela algo profundamente incómodo:
la fe auténtica no garantiza ver todo cumplido en vida,
pero sí garantiza que Dios sigue siendo fiel, aunque el cumplimiento se retrase o adopte una forma distinta.

La pregunta, entonces, no es solo si la fe se mantiene, sino qué tipo de fe tenemos:

¿Una fe transaccional —“creo mientras vea avances”?

¿O una fe relacional —“creo porque conozco al que promete”?

Pablo lo resume así:

> “Porque por fe andamos, no por vista”
2 Corintios 5:7

La fe que sobrevive a los años,
a los silencios,
y al desgaste del cuerpo,
no es la que ignora la realidad,
sino la que confía más en la fidelidad de Dios que en la lógica del presente.

La pregunta final queda abierta —y es inevitablemente incómoda—:

¿Crees en la promesa…
o en el Dios que promete?