EL TOQUE QUE NADIE VIO (pero todos sintieron)

laralonso1985

Miembro senior
20 Julio 2025
228
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¿Alguna vez te has preguntado a qué huele una multitud de pescadores galileos bajo el sol de Medio Oriente?

Ella sí lo sabía. Llevaba doce años navegando entre las masas como un submarino averiado, esquivando el contacto humano mientras moría por necesitarlo (cf. Marcos 5:25).

Imagina esto:
eres radiactivo. Todo lo que tocas queda contaminado según la Ley (Levítico 15:25–27). Tu cama, tu ropa, tus platos. Tu sola presencia en una sala la convierte en zona roja. Y esa hemorragia que no se detiene significa que tu cuenta bancaria también sangra: “había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor” (Marcos 5:26).

Doce años de exámenes, tratamientos, oraciones mecánicas y noches con la misma conclusión: sigues rota.

Ahora está allí, encajada entre codos sudorosos y sandalias mugrientas. La multitud se mueve como un organismo epiléptico: todos quieren ver al Rabino famoso, escuchar otra enseñanza, presenciar otro milagro (Marcos 5:24). Ella no quiere un show. Ella necesita tocarlo.

“Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva” (Marcos 5:28).

¿Sabes lo que se siente gatear entre piernas ajenas?
Arrodillarte en el polvo, recibiendo empujones porque eres impura, ilegal, fuera de lugar. Cada contacto era una violación del sistema religioso. Según la Ley, ella contaminaba a todos (Levítico 15:19–25). Según la gracia, ella estaba a segundos de ser limpiada.

Sus dedos rozan la tela.

“Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote” (Marcos 5:29).

Cortocircuito. Reinicio. Vida restaurada.

Y Jesús se detiene.

“Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos?” (Marcos 5:30).

Pedro responde con lógica estadística:


“Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado?” (Marcos 5:31).

Muchos lo empujan. Uno solo lo toca con fe.

“Porque había conocido que había salido poder de él” (Lucas 8:46).

Ella tiembla. Sale a la luz. Confiesa toda la verdad delante de todos (Marcos 5:33). Doce años de vergüenza expuestos en treinta segundos de gracia.

Y Jesús pronuncia la palabra que ninguna ley, médico ni sacerdote pudo darle:

“Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz, y queda sana de tu azote (Marcos 5:34).

No “impura”.
No “contaminante”.
No “caso crónico”.

Hija.

Ahora mírate a ti.

Tal vez no sangras físicamente, pero sabes lo que es perder vida por dentro:

“El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir” (Juan 10:10).
“Cada uno es tentado… y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” (Santiago 1:14–15).
“Mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 51:3).

Sabes lo que es estar en medio del culto y sentirte ceremonialmente sucio por dentro (Isaías 6:5). Mucha liturgia, poco contacto real. Mucha cercanía física, poca fe desesperada.

Porque hay una diferencia entre:

Apretar a Jesús en la multitud.
Y tocarlo con hambre de vida.

“Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Limpiaos las manos, pecadores” (Santiago 4:8).

La pregunta final no es si Él puede.

Él ya demostró que puede sanar lo que doce años de sistemas fallidos no pudieron (Lucas 8:43–48).

La pregunta es:

¿Seguirás siendo parte de la multitud que lo roza…
o serás la persona que, rompiendo protocolos, reputaciones y miedos, se aferra a Él diciendo: “Señor, si no te toco, me muero así”?


Porque aún hoy, en medio del ruido religioso, Él sigue preguntando:

“¿Quién me tocó?”