En estos días el cristianismo llora porque en dos baluartes del catolicismo (Irlanda y Argentina), ha prevalecido la tendencia a la despenalización del aborto, con las ventajas sanitarias y perjuicios morales y sociales consiguientes.
En Argentina, por ejemplo, se ha discutido ardorosamente en el Parlamento desde ambas opuestas posiciones.
Lo que llama la atención, es que se ataque/defienda al aborto, cuando el problema no radica realmente allí.
Fuera de los casos previstos desde hace tiempo por Ley, cuando se legitima la interrupción del embarazo, todo el mundo sabe que los abortos son resultado de embarazos no deseados o accidentales, ya que no se buscó, sino que las pasiones desordenadas y las orgías con alcohol o drogas ocasionaron que un momentáneo disfrute provocara un grave problema a la mujer, ya que el hombre se desentiende rápidamente del mismo.
La raíz del problema, entonces, está en ese embarazo no deseado, con el que el hombre nada tiene para perder, pero que lleva a la mujer a un grave problema con secuelas que la persiguen por toda la vida.
Lo que falta, entonces, es educación, y educación cristiana que claramente enseñe que el sexo fuera del matrimonio es pecado y pecado grave.
Debiera enseñarse que la virginidad es el estado natural que debe mantenerse hasta el matrimonio, tanto en hombres como en mujeres.
Precoces fornicarios, adúlteros, incestuosos y promiscuos, pederastas, sodomitas y lesbianas, con todos los pervertidos, no solamente atraen sobre sí mismos la ira de Dios, sino que infectan la sociedad al grado que el hedor de la corrupción lo impregna todo.
Los cristianos no tendríamos por qué avergonzarnos de gritar esta verdad cuando los que tienen que avergonzarse son los que mal hacen.
Los derechos humanos que hoy día tanto se preconizan, debieran enfatizar el derecho a la felicidad de todos, la que cada día es más difícil, en razón de los hijos no deseados y rechazados desde el vientre de su madre, que, de sobrevivir, serán luego como delincuentes, vagos y criminales, el peor flagelo de la humanidad.
La solución no está en prevenirse matándolos antes que nazcan, sino simplemente, no concibiéndolos.
Saludos cordiales
En Argentina, por ejemplo, se ha discutido ardorosamente en el Parlamento desde ambas opuestas posiciones.
Lo que llama la atención, es que se ataque/defienda al aborto, cuando el problema no radica realmente allí.
Fuera de los casos previstos desde hace tiempo por Ley, cuando se legitima la interrupción del embarazo, todo el mundo sabe que los abortos son resultado de embarazos no deseados o accidentales, ya que no se buscó, sino que las pasiones desordenadas y las orgías con alcohol o drogas ocasionaron que un momentáneo disfrute provocara un grave problema a la mujer, ya que el hombre se desentiende rápidamente del mismo.
La raíz del problema, entonces, está en ese embarazo no deseado, con el que el hombre nada tiene para perder, pero que lleva a la mujer a un grave problema con secuelas que la persiguen por toda la vida.
Lo que falta, entonces, es educación, y educación cristiana que claramente enseñe que el sexo fuera del matrimonio es pecado y pecado grave.
Debiera enseñarse que la virginidad es el estado natural que debe mantenerse hasta el matrimonio, tanto en hombres como en mujeres.
Precoces fornicarios, adúlteros, incestuosos y promiscuos, pederastas, sodomitas y lesbianas, con todos los pervertidos, no solamente atraen sobre sí mismos la ira de Dios, sino que infectan la sociedad al grado que el hedor de la corrupción lo impregna todo.
Los cristianos no tendríamos por qué avergonzarnos de gritar esta verdad cuando los que tienen que avergonzarse son los que mal hacen.
Los derechos humanos que hoy día tanto se preconizan, debieran enfatizar el derecho a la felicidad de todos, la que cada día es más difícil, en razón de los hijos no deseados y rechazados desde el vientre de su madre, que, de sobrevivir, serán luego como delincuentes, vagos y criminales, el peor flagelo de la humanidad.
La solución no está en prevenirse matándolos antes que nazcan, sino simplemente, no concibiéndolos.
Saludos cordiales