Imagínate por un momento que recibes una carta desde el futuro. No es una carta de un extraño, sino de alguien cuya vida fue transformada para siempre porque tú decidiste ser fiel a tu llamado de enseñar y predicar la Palabra de Dios. Esta persona, que hoy es un seguidor maduro de Jesucristo, escribe para agradecerte que, a pesar de los momentos de cansancio, duda o aparente falta de fruto, no te rendiste.
La verdadera enseñanza y predicación no se trata simplemente de cubrir material o dar información, sino de ministrar a las vidas y causar que las personas aprendan y cambien. Como bien se ha dicho, la predicación es la "verdad derramada a través de la personalidad", y tú permitiste que Dios te usara como Su herramienta.
La carta de este hijo espiritual diría algo como esto:
Esta gratitud futura tiene una base profundamente bíblica. El apóstol Pablo, al final de su vida, entendía que su legado no dependía de su propia elocuencia, sino de la fidelidad a la Palabra y de la inversión en personas específicas.
Él le encargó a Timoteo: "Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros" 2 Timoteo 2:2.
La Biblia nos enseña que el poder para transformar corazones no reside en el predicador, sino en la eficacia de la verdad de Dios aplicada por el Espíritu Santo. Sin embargo, Dios ha elegido usar "vasijas de barro" como tú para que se vea que el poder viene de Él.
Cuando tú preparas un estudio bíblico magistral, estás construyendo una "bomba de tiempo" espiritual destinada a explotar en el corazón de alguien en el futuro.
Ser un modelo vivo: El alumno no solo escucha tu mensaje, te escucha a ti. Tu carácter y tu conducta dan credibilidad a la Palabra que predicas.
Enseñar para cambiar vidas: Tu meta no es que tus alumnos sepan más, sino que sean diferentes. El aprendizaje real es, esencialmente, un cambio en el pensamiento, el sentimiento y la conducta.
Perseverar en la preparación: Un ministerio efectivo requiere un arduo trabajo intelectual y espiritual preliminar. Dios está más interesado en desarrollar mensajeros que mensajes.
Recuerda que cada vez que enseñas con pasión y fidelidad, das inicio a un proceso de multiplicación que, idealmente, nunca terminará, generación tras generación. No te dejes desanimar por el activismo de la época; no es justo dejar la Palabra de Dios para "servir a las mesas".
Tu cita sagrada cada semana es una oportunidad para que el cielo y el infierno esperen un resultado eterno.
Pregunta:
¿Cómo cambiaría tu manera de vivir hoy si pudieras ver, uno por uno, los rostros de aquellos que conocerán a Cristo a través de tu fidelidad diaria y no de tus excusas?
La verdadera enseñanza y predicación no se trata simplemente de cubrir material o dar información, sino de ministrar a las vidas y causar que las personas aprendan y cambien. Como bien se ha dicho, la predicación es la "verdad derramada a través de la personalidad", y tú permitiste que Dios te usara como Su herramienta.
El legado de una vida entregada
La carta de este hijo espiritual diría algo como esto:
"Querido maestro, querido pastor: Te escribo para decirte que hoy soy un hijo de Dios gracias a que tú no te rendiste conmigo. Recuerdo aquellos días cuando yo estaba aturdido por voces seductoras y abrigaba heridas que la vida me había propinado. Tú no te limitaste a dictarme conferencias de historia bíblica, sino que me confrontaste conmigo mismo basado en la Biblia. Recuerdo que tu enseñanza no era solo de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón.
No fuiste perfecto, pero fuiste genuino. Vi cómo permitiste que Dios te ministrara a ti primero para luego ministrarnos a nosotros. Me enseñaste que si dejabas de crecer hoy, dejarías de enseñar mañana, y tu crecimiento constante fue lo que me inspiró a nunca dejar de aprender de mi Salvador. Gracias por entender que tu misión era depositar la verdad en mi vida para que yo ahora pueda depositarla en otros. Hoy, mis hijos y mis discípulos también caminan en la verdad por esa cadena que tú no permitiste que se rompiera."
La Biblia y el poder del discipulado
Esta gratitud futura tiene una base profundamente bíblica. El apóstol Pablo, al final de su vida, entendía que su legado no dependía de su propia elocuencia, sino de la fidelidad a la Palabra y de la inversión en personas específicas.
Él le encargó a Timoteo: "Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros" 2 Timoteo 2:2.
La Biblia nos enseña que el poder para transformar corazones no reside en el predicador, sino en la eficacia de la verdad de Dios aplicada por el Espíritu Santo. Sin embargo, Dios ha elegido usar "vasijas de barro" como tú para que se vea que el poder viene de Él.
Cuando tú preparas un estudio bíblico magistral, estás construyendo una "bomba de tiempo" espiritual destinada a explotar en el corazón de alguien en el futuro.
El fruto de no rendirse
Ser un modelo vivo: El alumno no solo escucha tu mensaje, te escucha a ti. Tu carácter y tu conducta dan credibilidad a la Palabra que predicas.
Enseñar para cambiar vidas: Tu meta no es que tus alumnos sepan más, sino que sean diferentes. El aprendizaje real es, esencialmente, un cambio en el pensamiento, el sentimiento y la conducta.
Perseverar en la preparación: Un ministerio efectivo requiere un arduo trabajo intelectual y espiritual preliminar. Dios está más interesado en desarrollar mensajeros que mensajes.
Recuerda que cada vez que enseñas con pasión y fidelidad, das inicio a un proceso de multiplicación que, idealmente, nunca terminará, generación tras generación. No te dejes desanimar por el activismo de la época; no es justo dejar la Palabra de Dios para "servir a las mesas".
Tu cita sagrada cada semana es una oportunidad para que el cielo y el infierno esperen un resultado eterno.
Pregunta:
¿Cómo cambiaría tu manera de vivir hoy si pudieras ver, uno por uno, los rostros de aquellos que conocerán a Cristo a través de tu fidelidad diaria y no de tus excusas?