A lo largo de la historia han habido personas (e Iglesias) que han creído tener la interpretación correcta de la Biblia y han considerado heréticas las doctrinas de otras personas o Iglesias. En algunos casos los supuestos o aparentes herejes han sido combatidos con una enorme dureza y brutalidad.
¿Como distinguir y combatir correctamente la herejía? ¿Como podemos estar seguros de tener la interpretación correcta de las Sagradas Escrituras?
¿Se puede realmente? Jesús dijo que no juzguemos a los demás. ¿Como podemos lograr no juzgar y al mismo tiempo combatir las malas interpretaciones de las Sagradas Escrituras?
pongo un fragmento de un libro que me gusta:
EL PELIGRO DE ENJUICIAR AL PRÓJIMO
MATEO 7:1–2
No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados; y con la medida con que midáis, se os medirá.
Burt, D. F. (2001). Estrecha es la Puerta, Mateo 7:1–27 (1a Edición, Vol. 5, p. 9). Barcelona: Publicaciones Andamio.
NUESTRA NECESIDAD DE DISCERNIMIENTO
La nueva sección del Sermón del Monte (7:1–27) que ahora empezamos a estudiar es, sin duda, la que ha causado más perplejidad en cuanto al análisis de su contenido y estructura. En una primera lectura, da la impresión de que sus diferentes partes no tienen ninguna cohesión entre sí, sino que forman un cajón de sastre de ideas dispersas.
Sin embargo, pronto observamos que, en la segunda mitad del capítulo, el Señor pide que ejerzamos nuestra discriminación en cuanto a una serie de alternativas que se nos presentan en el camino de la vida: hay dos puertas y dos sendas, y necesitamos elegir bien la puerta correcta y la senda que conduce a la salvación (vs. 13–14); hay dos clases de profetas y dos clases de personas que profesan ser creyentes, y necesitamos discernir a los que son falsos (vs. 15–23); y hay dos clases de cimientos sobre los cuales podemos edificar nuestra vida, y necesitamos asegurarnos de que estamos construyendo sobre el fundamento de las enseñanzas de Cristo (vs. 24–27). Aquí, pues, tenemos un hilo conductor claro: el Señor pone ante nosotros una serie de alternativas pidiéndonos en cada caso que utilicemos bien nuestras facultades críticas a fin de elegir la mejor opción.
Pero luego descubrimos que esta apelación al discernimiento también caracteriza la primera parte del capítulo: hemos de saber reconocer «a los perros y a los cerdos» para no entregarles los bienes del evangelio (v. 6); hemos de aprender a elegir bien la clase de comportamiento que beneficia a los demás (v. 12); y, puesto que las relaciones humanas son complejas, tendremos que pedirle a Dios que nos conceda sabiduría para llevarlas bien (vs. 7–11). En base a estas consideraciones, podemos dividir el capítulo en dos secciones: los versículos 1 a 12 versan sobre el discernimiento en las relaciones humanas; y los versículos 13 a 27 versan sobre el discernimiento en el camino de la salvación.
Por lo tanto, el hilo conductor del capítulo parece ser la sabiduría moral y espiritual que Jesús espera de los discípulos. Entendido esto, resulta perfectamente comprensible que el capítulo empiece con una rotunda prohibición del espíritu enjuiciador: No juzguéis para que no seáis juzgados. Pues hay un sentido en que el enjuiciamiento es prohibido a los discípulos, y hay otro sentido en que les es exigido. Deben negarse a enjuiciar en el sentido de ejercer un espíritu crítico, calumniador y condenatorio con respecto a sus hermanos; pero deben enjuiciar en el sentido de adquirir sabiduría espiritual y discernimiento moral; porque, si no, caerán como víctimas de los enredos de la vida y no llegarán a buen destino. En otras palabras, Jesús empieza diciéndonos que no debemos juzgar, ¡y luego dedica el resto del capítulo a exponer la urgente necesidad de que juzguemos!
Evidentemente, resulta difícil dilucidar esta ambivalencia, no solamente al plantearla teóricamente —como tendremos ocasión de hacer en este libro—, sino también —y aún más, si cabe— en la vida práctica. Saber trazar la frontera entre el juicio legítimo, justo y necesario y el enjuiciamiento pecaminoso es un asunto muy complicado. ¿Quién de nosotros tiene las facultades morales tan afinadas como para acertar siempre? Sin embargo, esto es justo lo que el Señor nos pide: que aprendamos a ser sabios, pero sin caer en descalificaciones y desprecios.
En este capítulo, por lo tanto, dejamos atrás el carácter (5:3–16), la justicia (5:17–48) y la piedad del discípulo (6:1–18), así como su relación con los bienes materiales (6:19–34), y consideramos su sabiduría espiritual, su discernimiento y su búsqueda de los correctos valores morales y espirituales.
Quizás nos sorprenda que Jesús introduzca el tema de la sabiduría en medio de un sermón dedicado a la justicia. Pero debemos recordar que, en las Escrituras, la sabiduría no es tanto una cuestión de inteligencia mental como de sensibilidad espiritual, sensatez moral y vivencia conforme a la voluntad de Dios. El que no es sabio, es necio; y la necedad es moralmente reprensible, porque arranca de un desprecio a Dios y a los valores espirituales. En la Biblia, la sabiduría está asociada a la virtud y al temor de Dios, mientras la necedad está relacionada con el desenfreno, el egocentrismo y el orgullo:
Yo, la sabiduría, habito con la prudencia, y he hallado conocimiento y discreción. El temor del Señor es aborrecer el mal. El orgullo, la arrogancia, el mal camino y la boca perversa, yo aborrezco… Yo ando por el camino de la justicia, por en medio de las sendas del derecho (Proverbios 8:12–13, 20).
La experiencia cristiana viene a confirmar estas asociaciones. Cuanto más profundizamos en el conocimiento de Dios y en el compromiso con su voluntad, tanto más descubrimos no solamente que nuestra vida moral va siendo transformada a la imagen de Cristo, sino que vamos progresando en nuestro entendimiento de nosotros mismos, de la sociedad que nos rodea y de los caminos de Dios. Nuestro crecimiento en santidad y nuestro crecimiento en sabiduría van cogidos de la mano.
A la luz de esto, el Sermón del Monte se habría quedado corto como exposición de la justicia cristiana si no hubiera incluido un capítulo dedicado a la sabiduría y el discernimiento.
JUZGAR O NO JUZGAR
¿Por qué introduce Cristo en este momento de su predicación el tema del enjuiciamiento? Seguramente porque sabe que cualquier discípulo que se esfuerza por vivir de acuerdo con las enseñanzas de los capítulos 5 y 6 podría sufrir la tentación de mirar con desprecio a aquellos hermanos suyos en la fe que, en su opinión, no se esfuerzan debidamente4. El solo hecho de comprometernos con el discipulado cristiano nos pone delante de la tentación de creernos superiores a los que no se han comprometido o cuyo compromiso nos parece defectuoso. La persona moral y religiosa se esfuerza por eludir la práctica de ciertos pecados, y en consecuencia cae fácilmente en otros sin darse cuenta: la arrogancia de confiar en su propia justicia o la descalificación de otras personas.
¡Qué poderosa y peligrosa puede resultar la tentación de juzgar! Me he tomado en serio el desafío a ser santo, y he adquirido con enorme esfuerzo un cierto nivel de disciplina, servicio y obediencia formal. Ahora, me digo, puedo permitirme mirar por encima del hombro a mis amigos y colegas menos disciplinados… Como resultado, miro de reojo a aquellos cuya visión, desde mi punto de vista, no es tan amplia como la mía; cuya fe no es tan estable; cuya comprensión de las profundas verdades de Dios no es tan buena; cuya lista de servicios no es tan impresionante… Esta actitud crítica puede llegar a ser tan venenosa que hombres cuya estatura espiritual, integridad personal y provechoso servicio son muy superiores a los míos, de algún modo acaban siendo pigmeos espirituales y mendigos intelectuales cuando he acabado mi autoevaluación… Para que los desafíos y patrones impecables del Sermón del Monte no induzcan a este feo pecado, Jesús advierte: «No juzguéis, para que no seáis juzgados».
Ahora bien, el espíritu crítico y enjuiciador se desarrolla con especial virulencia en torno a las cuestiones económicas. Nos apresuramos a expresar nuestra «preocupación» por el supuesto materialismo de cierto hermano que tiene mejor salario o mejores bienes que nosotros, cuando en realidad lo que tendría que preocuparnos no son sus riquezas, sino nuestra envidia. En el capítulo 6, Jesús acaba de denunciar dos formas de materialismo: la que se manifiesta en la acumulación de riquezas y la que conduce a un afán ansioso. Resulta fácil que alguien escuche su enseñanza (6:19–34) y, en vez de aplicarla a sí mismo, la aplique inmediatamente a otros. Existe, pues, una clara lógica detrás del paso del tema del afán materialista al tema del enjuiciamiento. Jesús tiene que advertirnos acerca del peligro de convertir nuestra práctica del discipulado en excusa para criticar y marginar a los demás.
En todo caso, este capítulo nos enseña que debemos discriminar, pero no enjuiciar. Juzgar o no juzgar, ésta es la cuestión. Y la cuestión no es fácil de dilucidar, ni siquiera en teoría, y mucho menos en la práctica. El Señor nos pide que sigamos una senda estrecha trazada entre dos peligros: el de no discriminar y, como consecuencia, caer en las redes del error; y el de volvernos justicieros e intolerantes en nuestras relaciones fraternales. En algunos casos fracasaremos si no ejercemos nuestras facultades críticas; en otros, si las ejercemos.
A la luz de estas consideraciones, es obvio que el principio general —no juzguéis— no puede ser entendido en un sentido absoluto y universal. Jesús no está diciendo que los padres no deben evaluar las acciones de sus hijos y, cuando sea necesario, corregirlos. No está diciendo que los pastores deben dejar de supervisar el ejercicio de la disciplina en la iglesia y no han de ejercer sus facultades críticas a fin de discernir entre las ovejas genuinas y los lobos que pueden hacer daño al rebaño. No está diciendo que la iglesia nunca deba criticar la inmoralidad de la sociedad en medio de la cual vive y actúa, ni censurar aquello que sabe que está mal. Tampoco está cuestionando la necesidad de tribunales humanos de justicia10, ni está diciendo que sus discípulos no deban ejercer nunca como jueces o abogados. Hay muchas situaciones de la vida en que es necesario que nos formemos una opinión acerca de otras personas, incluso en que es necesario expresar ante terceros una opinión negativa acerca de ellas. La seguridad ciudadana depende del discernimiento y la veracidad de testigos dispuestos a presentar evidencias y formular opiniones ante los tribunales. El buen gobierno de una nación, de una iglesia o de una familia, exige que los jueces, pastores y padres evalúen constantemente la acción de otros y, cuando procede, adopten las necesarias medidas disciplinarias. Si lleváramos el principio de «no juzgar» a extremos no bíblicos, acabaríamos justificando el pecado y callando la necesaria voz profética de denuncia de la injusticia e impiedad del mundo en el que vivimos.
Pensemos en el caso del propio Jesús. Él nunca tuvo remilgos en el momento de advertir a los discípulos acerca del peligro de la hipocresía de los escribas y fariseos, lo cual implica un análisis previo, una evaluación y, en cierto sentido, un enjuiciamiento y una condena de su comportamiento. Además, como acabamos de ver, la clara implicación del resto de este capítulo es que hay muchas situaciones en las que Cristo mismo nos manda que «juzguemos». ¿Cómo reconocer si no a los cerdos y a los perros (v. 6)? A esto podríamos añadir otras citas de Cristo que hablan de cómo debemos proceder cuando nos percatamos de algún defecto de nuestros hermanos, lo cual presupone el uso previo de nuestras facultades críticas. Si no sabemos examinar las palabras y las acciones de la gente, discernir sus intenciones y motivaciones y formar opiniones acertadas acerca de su carácter y su ética, daremos lugar al diablo en muchas situaciones del hogar y de la iglesia.
Entonces, ¿qué quiso decir Jesús al prohibir «juzgar»? Parece obvio que su intención era condenar el espíritu de censura, el juicio áspero, el justificarse a uno mismo juzgando a los demás, el juicio sin misericordia y sin amor; aquella disposición de mirar desfavorablemente el carácter y las acciones de otras personas, lo que nos lleva invariablemente a pronunciar contra ellas juicios temerarios, injustos y desagradables14. No se trata de toda clase de juicio, sino de aquella que se nutre de una intención maliciosa o condenatoria, falta de todo rastro de compasión y perdón. El Señor reprueba aquel espíritu crítico o aquella actitud descalificadora que sirve para lesionar la relación fraternal y para crear conflictos entre los discípulos. Se trata de aquel enjuiciamiento que es primo hermano del desprecio y de la contención. La relación entre hermanos ha de ser siempre restauradora, no destructiva. El texto paralelo de Lucas 6:37 nos ayuda a comprender la intención de Jesús, porque reprueba explícitamente la actitud condenatoria y pone en su lugar la necesidad de perdonar:
No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.
Así pues, hay ciertas circunstancias específicas en las que el juicio es necesario. Pero muchas de nuestras palabras enjuiciadoras, muchos de nuestros comentarios negativos y muchas de nuestras críticas no se pueden justificar por esas circunstancias, sino que son superfluos, desleales y a veces injustos, originados por el morbo de difamar a los demás. Con tales calumnias intentamos aprovechar la rentabilidad del escándalo, degradar al otro, crecer nosotros mismos en importancia, potenciar nuestra propia reputación y colocarnos medallas de virtud, pues la gente es suficientemente necia como para pensar que quien juzga las flaquezas de los demás está exento de ellas él mismo. En contraste con tales aberraciones, el Señor nos exige un espíritu conciliador de compasión y perdón.
Las Escrituras dejan muy claro que, si tuviéramos que optar entre el extremo de la difamación gratuita y el del encubrimiento de los pecados ajenos, sería preferible el segundo: deberíamos callarnos. A José se le llama hombre justo (1:19) cuando decide no hacer pública la noticia del embarazo de María. El típico bocazas que pretende ir siempre «con la verdad por delante» habría sacado a relucir los supuestos «trapos sucios» de María; pero, según las Escrituras, la justicia consiste en proteger la reputación ajena. Ir por la vida desvelando pecados ajenos no corresponde a los santos. Proverbios 11:13 es contundente al respecto:
El que anda en chismes revela secretos, pero el de espíritu leal oculta las cosas.
Ante la duda, cuando no es obvio que nuestro silencio causará daños y perjuicios, el amor dicta que nos callemos y protejamos la reputación de nuestro prójimo.
El odio suscita rencillas, pero el amor cubre todas las transgresiones (Proverbios 10:12).
Burt, D. F. (2001). Estrecha es la Puerta, Mateo 7:1–27 (1a Edición, Vol. 5, pp. 12–18). Barcelona: Publicaciones Andamio.