El Apocalipsis no fue precisamente el libro favorito en los primeros siglos. A más de uno le parecía demasiado raro y demasiado “local”, como si Juan solo estuviera comentando los líos de su época con Roma y no anunciando grandes misterios del futuro. Dionisio de Alejandría incluso dijo: “eso no lo escribió el apóstol, seguro fue otro Juan”. Y en Siria directamente lo sacaron de su Biblia, como quien borra un chat incómodo. Encima, algunos grupos lo usaban para armar teorías milenaristas que a la Iglesia le sonaban peligrosas. Al final, tras siglos de discusión, en Occidente dijeron “bueno, lo dejamos, pero lo interpretamos alegóricamente”, y así terminó en el canon más por insistencia institucional que por entusiasmo general.