-Como ya se dijo, no sabemos que Pedro hubiese vendido su barca; tampoco las mujeres que seguían a Jesús que le servían de sus bienes (propiedades o pesesiones; Lc 8:3); tampoco José de Arimatea vendió su sepulcro nuevo (Mt 27: 57, 60).
-Es cierto que al principio "todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido" (Hch 4:34), en una actitud espontánea y libre, sin coacción alguna. Cuando Pedro reprende a Ananías por aparentar darlo todo cuando sustrajo del precio, le dice:
"Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder?" (Hch 5:4), con lo que es obvio que no había exigencia de que así se hiciese, sino por propia y auténtica generosidad.
-Luego, hubieron murmuraciones con la distribución (Hch 6), y finalmente no faltaron los infiltrados para aprovecharse de vivir sin trabajar (2Tes 3:10-12).
-Así, no es de extrañar que Pablo se ocupase luego de conseguir ofrendas para los hermanos en Jerusalem (1Co 16:1-3).