¿Y si el “ruido” que intentas silenciar en la iglesia fuera justamente la única voz que el corazón misericordioso de Jesús estaba esperando?

laralonso1985

Miembro senior
20 Julio 2025
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Un domingo cualquiera, tu iglesia está “en orden”: luces adecuadas, sonido balanceado, liturgia clara, predicación bien preparada. Todo fluye según el programa… hasta que, de pronto, una voz rompe el equilibrio. No es el micrófono con retroalimentación, ni un niño llorando, ni un celular sonando: es el grito crudo de alguien que ya no sabe orar “bonito”, pero sí sabe clamar desesperado por un milagro.

Los diáconos se miran entre sí, el equipo de alabanza bajo el volumen, algunos hermanos fruncen el ceño. En sus ojos hay una súplica silenciosa:Que alguien haga llamar a esa persona, está arruinando el ambiente”. Pero mientras la congregación llama “ruido” a ese clamor incómodo, el cielo lo reconoce como la misma melodía que un día salió de los labios de una mujer cananea en Tiro y Sidón, una madre que se atrevió a gritarle a Jesús aun cuando todos querían que se fuera.

Esa escena antigua y esa escena moderna se cruzan sobre tu vida como un espejo peligroso:
¿y si, sin darte cuenta, te has parecido más al discípulo que pide “Despídela, que viene gritando tras nosotros” que a la mujer cuya fe arrancó un milagro del silencio de Dios? ¿Y si el “ruido” que hoy te incomoda en la iglesia es, en realidad, la única fe auténtica que Jesús está queriendo escuchar… y vos estás intentando apagarla para no alterar tu comodidad espiritual?

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La escena:​

Periodista: Estamos en los límites de Tiro y Sidón. No es un templo, no hay liturgia, no hay protocolo, solo polvo, cansancio y una mujer que grita fuera de lugar. Hoy, muchos de ustedes se molestarían igual que los discípulos: “Está interrumpiendo el servicio, está rompiendo el orden, está contaminando la atmósfera espiritual”. Pero digámoslo de frente: ¿te molestan sus gritos porque estorban la presencia de Dios o porque desacomodan tu comodidad religiosa?

Discípulo: (Se cruza de brazos)
No era, al menos en nuestra cabeza, falta de amor. Teníamos argumentos bíblicos, teológicos y ministeriales. “Fuimos enviados a las ovejas perdidas de Israel”, teníamos una misión clara, un pueblo específico, una agenda que cumplir (cf. Mateo 15:24). Ella no cabía en nuestro esquema, no encajaba en nuestro formato de “culto perfecto”. Su dolor era real, sí, pero su manera de expresarlo era demasiado escandalosa, demasiado emocional, demasiado incómoda. Queríamos un ambiente controlado, una atmósfera “santa” sin interrupciones, no una madre desesperada creando ruido en el medio del camino.

Periodista:
Jesús, Tú guardaste silencio. Un silencio que para muchos hoy sería prueba de rechazo, de abandono, de falta de respuesta. Pero mientras los discípulos solo escuchaban ruido, Tú estabas escuchando algo más profundo en su desgarrado “¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí!” (Mateo 15:22). ¿Qué estabas haciendo en ese silencio?

Jesús:
El silencio, a veces, es el micrófono que amplifica lo que realmente hay en el corazón. Mis discípulos quisieron usar mi silencio como excusa para despedirla, para justificar su impaciencia. Ella, en cambio, lo usó como oportunidad para acercarse más, postrarse y clamar de nuevo: “¡Señor, socórreme!” (Mateo 15:25). El cielo puede llamar una temporada, no para aplastarte, sino para purificar tu búsqueda: dejar de perseguir solo un milagro y empezar a buscar al Dios del milagro.

Mujer Cananea: (Con voz firme pero quebrada) Yo no necesitaba que Él defendiera mi honor, necesitaba que tocara la vida de mi hija. Cuando me comparó con un perrillo, no me sorprendí; Yo ya sabía que, humanamente, no tenía derecho a sentarme como hija en la mesa del pacto. Yo no venía con méritos, venía con necesidad desnuda. Ellos se sintieron herederos del pan; Yo solo necesitaba una migaja de misericordia. Así que tomé sus palabras y me aferré a la única grieta de esperanza: “Sí, Señor; pero aún los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos” (Mateo 15:27). Para ellos, una migaja parecía poca cosa; para mí, una migaja de Su gracia era suficiente para cambiarlo todo.

Discípulo:
(Baja la mirada) Nos desarmó su respuesta. Nos expuso. Nos mostró que habíamos convertido el privilegio espiritual en una especie de salario: “hemos dejado todo y te hemos seguido” (cf. Mateo 19:27), como si el pan de la gracia fuera un pago por servicios prestados. Nos dimos cuenta de que jugábamos con lo sagrado: acostumbrados a la Palabra, a los milagros, a la comunión, pero con corazones llenos de derecho, no de gratitud. Esa mujer valoró una migaja más que nosotros el banquete. Su fe dejó en evidencia que nuestro problema no era falta de información bíblica, sino exceso de orgullo religioso.

Jesús: (Con ternura y firmeza) Ella no tenía plan B, y eso es lo que llamé “gran fe” (Mateo 15:28). Una fe que ya no negocia, que no pone condiciones, que no amenaza con irse si no recibe lo que quiere. Mientras mis discípulos seguían peleando por posiciones, prestigio y reconocimiento en el reino, ella solo quería que su hija viviera. Para el sistema religioso, ella era “ruido”; para mi corazón, era la melodía de una fe que había entendido que mi misericordia es más grande que cualquier frontera, cualquier etiqueta, cualquier agenda ministerial.

Golpe al presente: vos y tu ruido​

Periodista: Hoy, en muchas iglesias, se repite la escena. Personas con vidas “ordenadas”, doctrinas correctas y servicios impecables… que se sienten molestos cuando entra alguien con olor a pecado, con pasado sucio, con lágrimas desbordadas, con clamores incómodos. Se ora para que “haya orden” en el culto, pero en realidad lo que se busca es que nada rompe la estética espiritual del domingo.

Porque tal vez la razón por la que no experimentás el poder de Dios no es que te falte teología, sino que llevas tanto tiempo sentado como “hijo en la mesa” que ya no recordás cómo se siente mendigar una migaja de Su gracia.

Para pensar:​

Jesús: Vos, que te sabés todos los cantos y versículos, que servís, que predicás, que organizás, quiero hacerte una pregunta:
Cuando dejo que el dolor de otros interrumpa tu agenda, ¿te unís a mi misericordia o te escondés detrás de tu orden? ¿De verdad te preocupa la reverencia a Dios o te molesta que alguien exponga, con su clamor, la tibieza de tu propia fe?

Porque el día que tu seguridad, tu reputación o tu “buena liturgia” valgan más que una sola alma desesperada a tus pies, ese día, aunque sigás sentado en la mesa, tu corazón se habrá vuelto más lejano que el de aquella mujer extranjera que solo pidió una migaja… y se llevó el milagro entero.