¿Y si el Mesías no vino a tomar el poder… sino a revelar lo que hay en nuestro corazón? (cf. Juan 18:36)

laralonso1985

Miembro senior
20 Julio 2025
192
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Entrevistando a un fariseo en tiempos de Jesús




Entrevistador:


Como intérprete de la Ley, ¿por qué las palabras de Jesús de Nazaret resultan tan perturbadoras para ustedes?
(cf. Juan 18:36; Mateo 21:45)


Fariseo:
Porque cuando afirma que su reino no es de este mundo, no está matizando nuestra esperanza, la está desafiando frontalmente. Nosotros aguardamos un Mesías conforme a las promesas proféticas: dominio visible, autoridad histórica, restauración nacional. Jesús redefine el concepto mismo de reino.




Entrevistador:


¿En qué sentido esas palabras chocan con las Escrituras que ustedes estudian?
(cf. Daniel 7:13–14; Juan 6:15)


Fariseo:
Daniel habla de un reino eterno que no será destruido. Nosotros lo entendemos como un reinado real, tangible, con implicaciones políticas. Jesús no niega la eternidad del reino, pero rechaza su manifestación inmediata en poder terrenal. Eso crea una tensión que no podemos ignorar.




Entrevistador:


Entonces, ¿el problema es que no cumple las expectativas mesiánicas?
(cf. Lucas 24:21; Isaías 53:2–3)


Fariseo:
Exactamente. Un Mesías que nace en un pesebre, sin linaje visible de poder ni respaldo militar, contradice nuestra comprensión de la gloria prometida. La humildad no encaja con la idea de liberación que hemos transmitido por generaciones.




Entrevistador:


Jesús habla con frecuencia de lo celestial. ¿Por qué eso les resulta problemático?
(cf. Mateo 6:19–21; Juan 3:12)


Fariseo:
Porque desplaza el centro de la bendición. Para nosotros, la fidelidad a Dios debía reflejarse en prosperidad, orden social y obediencia externa. Él insiste en tesoros en el cielo, en una justicia invisible, en una lealtad que no puede medirse públicamente.




Entrevistador:


¿Cómo interpretan su enseñanza sobre la ansiedad y las necesidades materiales?
(cf. Mateo 6:25–30)


Fariseo:
Con incomodidad. Llamar “poca fe” a la preocupación por el sustento parece ignorar la realidad del pueblo. Siempre entendimos que la provisión visible era señal del favor de Dios. Jesús sugiere que esa lógica revela un corazón dividido.




Entrevistador:


¿Qué les provoca que se presente como Rey, pero actúe como siervo?

(cf. Juan 13:3–5; Marcos 10:42–45)


Fariseo:
Desconfianza. Un rey que lava pies, que se rebaja voluntariamente y que bendice a los pobres subvierte todo orden esperado. En nuestra teología, el reino de Dios debía imponerse desde arriba, no manifestarse desde abajo.




Entrevistador:


¿Y su cercanía con pecadores y marginados?

(cf. Lucas 5:29–32; Mateo 9:11–13)


Fariseo:
Eso toca el núcleo de nuestra identidad. La Ley nos enseñó a separarnos de lo impuro para preservar la santidad. Jesús hace lo contrario: se acerca, comparte mesa, restaura. Al hacerlo, redefine la pureza y debilita nuestras fronteras religiosas.




Entrevistador:


Él afirma no abolir la Ley, sino cumplirla. ¿Por qué eso no los tranquiliza?
(cf. Mateo 5:17–20)


Fariseo:
Porque su cumplimiento no se basa en observancia externa, sino en una obediencia perfecta del corazón. Eso deja en evidencia que nuestros esfuerzos, por más rigurosos que sean, no alcanzan el estándar que Él proclama.




Entrevistador:


¿Dirías que su mensaje desplaza la seguridad religiosa tradicional?

(cf. Filipenses 3:4–9; Jeremías 17:5)


Fariseo:
Sin duda. Traslada la confianza desde los rituales y méritos humanos hacia una transformación interna que atribuye al Espíritu de Dios. Eso nos deja sin el control que creíamos tener sobre la justicia.




Entrevistador:


Finalmente, ¿qué significa para ustedes que su “reino” culmine en una cruz?
(cf. Deuteronomio 21:23; 1 Corintios 1:23)


Fariseo:
Es el mayor escándalo. Un Mesías crucificado parece una derrota absoluta. Sin embargo, Él insiste en que allí se manifiesta su victoria. Si eso es cierto, entonces el reino de Dios no se establece por conquista, sino por entrega.




Agradecemos al fariseo por conceder esta entrevista y por exponer con franqueza una visión que refleja el choque profundo entre las expectativas religiosas de su tiempo y las afirmaciones radicales de Jesús de Nazaret.


Jesús habla de un reino que no se impone por la fuerza, sino que gobierna desde la obediencia. Sus seguidores viven como embajadores: presentes en esta tierra, pero leales a otro trono. No buscan dominar este mundo, sino representar a un Rey cuya autoridad no nace aquí
(cf. 2 Corintios 5:20; Hebreos 11:13–16).




Pregunta:


Si ese reino realmente no es de este mundo…
¿y si el verdadero problema no es que Jesús no cumpla nuestras expectativas, sino que su reino esté revelando lo que realmente amamos?
(cf. Juan 18:36; Mateo 6:21)
 
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