Una Certeza Absoluta (mi testimonio)

flmd

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4 Enero 2026
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Una noche terminé el libro que estaba leyendo y tenía que decidir cuál sería mi siguiente lectura. Llevaba ya un tiempo con un pensamiento rondando por mi cabeza, pero me daba algo de vergüenza aceptarlo: «¿Por qué no leer la Biblia? Es el libro más importante de la cultura en la que he crecido. Aunque solo sea para entender mejor nuestras raíces».

Después de informarme un poco sobre los distintos tipos de traducciones, escogí una y comencé a leerla cada noche, ya en la cama. Muchas veces me dormía antes de terminar de leer dos páginas. Otras veces releía el mismo párrafo cinco veces hasta que lograba entender de verdad lo que ponía. Poco a poco la Biblia se convirtió en mi lectura habitual, durante meses.



En ese punto de mi vida yo me habría definido como agnóstico. Tanto las religiones como el ateísmo me parecían posturas que requerían la misma cantidad de fe, en direcciones opuestas. Ninguna me convencía.
También me habría definido como escéptico: no me creía nada sin pruebas, pero tampoco desechaba ninguna teoría por inverosímil que me pareciese. La historia esta llena de ideas extravagantes que terminaron siendo ciertas.
Y me inclinaba hacia el determinismo: causas, efectos y leyes, aunque no las conozcamos. Para mí, el azar y el libre albedrío se explicaban como falta de conocimiento e información.

Cuento todo esto simplemente para que se entienda cuál era la lente tras la cual yo observaba el mundo. Cuando leía el Antiguo Testamento, si lo que allí se cuenta era real, yo lo explicaba como fenómenos que las personas de la época no comprendían, no como Dios. En general, no negaba lo sobrenatural, simplemente lo veía como física que todavía no entendemos, como intentar explicar un imán sin conocer el campo electromagnético.



Un día mi hermano me contó que había soñado con Jesús. Dijo que lo vio, que sintió una sensación diferente a cualquier cosa que antes hubiera experimentado, cargada de amor. Al despertar sintió la necesidad de comprarse una Biblia. Cuando me lo contó, sinceramente pensé: «mi hermano se ha montado una película». Se lo comenté a mi mujer como curiosidad, y a los pocos días lo olvidé.

Ni mi hermano ni yo éramos personas religiosas, ni yo le había mencionado que estaba leyendo la Biblia. Venimos de la típica familia española: nos bautizaron, hicimos la comunión y ya. Nunca hemos practicado más allá de eso, ni nos hemos interesado por el tema. Vivimos en países distintos, hablamos poco y nos llevamos casi diez años.



Pasó como un mes. Un día me desperté, y me sentí diferente: una gran expansión en mi pecho y en la boca del estómago. Me hacía sentir amor y gozo, con una calma profunda.
Esta sensación vino acompañada de una certeza absoluta que me iluminaba: «Dios existe».
Nunca había sentido nada parecido, pero me inundaba por dentro, una calidez familiar que se derramaba sobre mi corazón y mi alma. Podía identificar que ese conocimiento no provenía de mí, no era algo que yo "sabía". Una presencia de naturaleza divina me lo estaba comunicando, podía sentirlo.

Me quedé ensimismado, pero continué con mi vida. Por la tarde, estando yo solo, sentado en una cafetería, ya no pude contenerlo más... Comenzaron a brotar lágrimas de mis ojos, leves pero profundas, cargadas de verdad. Cuando llegó mi mujer tuve que compartirlo con ella. Ella siempre ha sido cristiana, por convicción y tradición. Me escuchó y me creyó. Llevamos muchos años juntos y sabe quién soy y cómo pienso.

Esa sensación me duró unos cinco días. Durante los cuales también sentí la necesidad de llevar una cadena con un crucifijo. Como cuando te quitas un anillo y notas el vacío que deja, yo sentía la ausencia de un crucifijo en mi cuello, aunque nunca he llevado collar.

Cada día que pasaba, esa sensación fue haciéndose algo menos intensa, hasta que terminó desapareciendo. Y entonces llegaron las preguntas: «¿Me lo he inventado? ¿Lo he exagerado? ¿Estaba sugestionado?». Intenté negarlo, encontrar una explicación racional.
Pero ya nada era igual, ahora podía volver a conectar con ese sentimiento. Si me concentraba y abría mi corazón, volvía a lo que estuve sintiendo esos días, y lo mejor de todo: sentía dentro de mí una brújula que me guiaba y me decía si lo que hacía y decía era lo correcto.
Por ejemplo, puede parecer una tontería, pero mientras escribo este texto funciona como una intuición profunda que guía mis palabras. O en el trabajo, ante ciertas situaciones que antes me habrían enfadado, ahora podía verlas con una nueva perspectiva, y me decía cómo actuar para conectar con mis compañeros de forma sincera.
Es algo muy distinto al juicio interno, o a los remordimientos que pudiera haber sentido antes, porque una vez más, no lo sentía como "mi voz", sino que era externo.

Durante esos días estaba hecho un lío, me sentía sobrepasado, y entendí que tenía que tomar una decisión: ¿Iba a integrar esa experiencia en mi vida o iba a ignorarla?

Decidí tratarlo como una hipótesis: si era real, debía dejar huella. Observé dos cosas: que podía volver a conectarme con esa sensación, y que al seguir esa brújula mi vida tendía a volverse más serena y más armoniosa con los demás. Eso no me servía para demostrar nada, pero sí dejaba un impacto real. [1]

Al final, acepté lo vivido.

Decidí que había sido real.



Con una nueva verdad, pasó el tiempo, y durante esos días ya había llegado a los Evangelios del Nuevo Testamento, los leía con emoción y pasión. Jesús me desarmó, yo no lo esperaba así, tanto en sus acciones como sus palabras. Desde mi punto de vista, se alejaba de la idea que yo tenía del cristianismo: él era transgresor y cercano. No había solemnidad vacía. Había justicia y dignidad.

A día de hoy, con la ayuda de esta brújula que ahora llevo conmigo, sigo buscando la verdad y pidiéndole a Dios que guíe mis pasos, para vivir la vida que tenga pensada para mí.

[1]: Los pioneros del método científico razonaban bajo la siguiente premisa: Si el universo fuera fruto del azar o de dioses caprichosos, no habría leyes ni constantes que buscar. Dado que creían que Dios era un ser racional (Logos), asumieron que su creación debía seguir unas reglas, que al ser nosotros creados a su "imagen y semejanza", con suerte, seríamos capaces de comprender. Yo decidí aplicar el mismo razonamiento: observé mi experiencia, me pregunté si eso era Dios o mi locura (creedme, quería creer que solo era mi locura), vi que esa experiencia había dejado unas evidencias observables. Más adelante llegué a confirmar que no era el único: otras personas me contaron que habían vivido experiencias muy parecidas a la mía, algunos sin yo contarles nada, otros después de yo haberlo compartido con ellos.
 
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