En este mensaje Jesús explica las razones por las que no van a poder entrar al Reino de Dios aquellos que en su alma no reciban Su Sustancia Divina (el Amor Divino), es decir, quienes desatiendan la posibilidad que realmente tienen y no emprendan el camino que desemboca en el Nuevo Nacimiento del que Jesús habló a Nicodemo, que es el único vestigio que en la actual Biblia ha quedado de la más importante y vital de las enseñanzas del Maestro.
Quiero escribir sobre el tema de por qué es necesario que el hombre posea el Amor de Dios –quiero decir el Amor Divino– a fin de que pueda llegar a aunarse con el Padre y ser un habitante del Reino Celestial.
Ya os he escrito sobre lo que es este Amor Divino en contraste con el amor natural, de cómo es necesario rescatar a los hombres de sus pecados para que puedan llegar a ser habitantes del Reino Celestial; que nada más, excepto este Amor, hará al hombre aunado con el Padre, y que ninguna mera ceremonia o creencia en mí como el salvador de los hombres logrará ese fin. Y ahora intentaré mostraros por qué es necesario este Amor Divino, o como dirían vuestros eruditos, mostraros la filosofía de la transformación del mero hombre en el Ángel Divino, en lo cual se acaba convirtiendo todo hombre que recibe este Amor en su alma.
En primer lugar reiteraré que el hombre es una creación especial de Dios, que no es más grande que las partes componentes que entran en su creación tal como son en sus cualidades individuales y agregadas, y que estas partes son meramente lo que Dios en Su acto de creación diseñó que fueran.
No se debe suponer que estas partes componentes del hombre, o cualquiera de ellas, son parte de Dios o de Su Esencia o cualidades, porque no lo son, y están tan separadas y son tan distintas de Él y de Sus cualidades como lo son y están las creaciones inferiores de Su voluntad, como los animales, los vegetales y las sustancias minerales. La única diferencia es que el hombre pertenece a un orden de creación mucho más elevado y, en un particular, está hecho a imagen de Dios, y ninguna otra de Sus criaturas contiene, en su creación, esta imagen. Pero así y todo el hombre no es parte de Dios, sino simplemente una creación distinta, y en su óptimo y más puro estado, sólo un hombre, teniendo simplemente aquellas cualidades que fueron creadas en él en el momento de su entrar en existencia.
Hay ciertas cualidades que posee el hombre, como el amor, la sabiduría y las facultades de razonamiento, que se puede decir que se parecen a los atributos divinos, y así es; pero incluso así no son parte de la Esencia o cualidades de Dios, y cuando los hombres afirman que el hombre es divino o que tiene en él la Naturaleza Divina, o incluso una porción de la Esencia Divina [la así llamada ‘chispa divina’], se equivocan, porque las cualidades en ellos que parecen tener esta semejanza divina son simplemente aquellas que fueron creadas con el propósito de hacer del ser humano un 'hombre perfecto'.
Y debido a esta concepción del hombre en cuanto a sus cualidades inherentes [por creer que ya tiene algo de lo divino], él ha perdido, pierde y perderá la oportunidad de llegar a estar poseído de la Naturaleza o Esencia del Padre, la cual puede obtener si sigue el apropiado y único método que Dios le ha proporcionado a fin de estar aunado con Él.
El universo del hombre puede existir y seguirá existiendo incluso a pesar de que el hombre pueda no llegar nunca a ser partícipe de esta Naturaleza Divina del Padre, y el hombre vivirá y disfrutará de la felicidad que le fue otorgada en el momento de su creación, y no perderá la perfecta condición de esa creación una vez que haya sido separado del pecado y del error –sus propias criaturas–. Pero él no será nada más que el hombre perfecto, y en el tiempo por venir tampoco será nada menos, y sin embargo siempre, mientras exista, permanecerá distinto de la Naturaleza y Esencia del Padre, tal como era en el momento de su creación... a menos que obtenga esta Naturaleza Divina y Esencia del Padre de la manera que mencioné.
La dotación más elevada del hombre, ya sea en alma, corazón o intelecto, es simplemente la que le pertenece como parte de su creación, y ésta no es ni la más ínfima parte de la Divina Naturaleza y cualidades del Padre. Ninguna parte o porción de la divinidad entra en la creación del hombre, no importa cuán divinamente constituido pueda parecer el hombre o cuán divino pueda verse bajo la grandeza de su intelecto o en el alcance o extensión de su naturaleza amorosa.
Como veis, el hombre es tan distinto de Dios y de Su divinidad como lo es el animal –el bruto– respecto del hombre, y así habrá de permanecer para siempre a menos que siga la única senda que el Padre ha prescrito para que obtenga una porción de esa divinidad.
Ahora bien; todo esto demuestra que el hombre, por mucho que desarrolle su intelecto o hasta qué punto pueda desarrollar su naturaleza moral y amorosa, no puede llegar a ser más que el mero hombre que era al principio, perfecto en todo detalle, pues él era en el principio perfecto en todo particular, y como dije en otra ocasión, Dios nunca se equivoca en cuanto a la perfección de Sus criaturas, incluso aunque en el caso del hombre pueda parecer que se equivocó al darle el gran poder del libre albedrío, el cual en su ejercicio indebido ha hecho que el pecado y el mal aparezcan en el mundo de la consciencia del hombre.
El hombre fue hecho finito, y su capacidad para ejercer todas y cada una de sus cualidades está limitada; límite más allá del cual no le es posible ir. Su intelecto está sujeto a límites tan determinados como la ley de Dios que lo controla, y asimismo su capacidad de amar y de disfrutar de su felicidad; y aunque pueda vivir por toda la eternidad, ya sea como hombre o como espíritu, no le resulta posible extender ni traspasar las líneas fronterizas de su creación. No puede entrar en el Reino de lo Divino, donde no existen limitaciones, ni a la capacidad para recibir conocimiento, sabiduría y amor, ni para un progreso que esté proporcionado con la vera fuente de Dios Mismo.
Entonces, siendo tal la naturaleza, la limitación y la capacidad del hombre, resulta evidente que él, en virtud de su creación y de las cualidades que posee, nunca podrá convertirse en partícipe de la Naturaleza y Esencia de Dios a menos que reciba algo como añadidura a esas cualidades que ya tiene, y evidente es igualmente que ese algo tiene que recibirlo desde fuera. De nada servirá decir que hay dentro de él, como parte inherente a él, aquello que, cuando se desarrolle, le hará de una naturaleza divina y parte de la Esencia del Padre, porque esto no es cierto. No hay en el hombre nada de esta Naturaleza, y es imposible producir una Esencia Divina salvo que haya algo a partir de lo cual pueda producirse, algo que en cierto grado tenga la naturaleza de esa Esencia. Eso sería el equivalente a producir algo a partir de nada, lo cual ni siquiera Dios intenta hacer.
Así pues, dado que el hombre es limitado, todo lo que fluye de las cualidades y atributos que posee es necesariamente limitado. El disfrute de su intelecto, los placeres de su amor, la satisfacción de sus facultades de razonamiento y, en suma total, su capacidad para la felicidad, tienen sus fronteras y, además, la consciencia de la inmortalidad nunca puede ser suya, ni como espíritu ni como mortal, incluso aunque pueda esforzarse por que lo sea.
Pero cuando el hombre asume la Naturaleza Divina y deviene absorbido en la Esencia del Padre, entonces se vuelve semejante al Padre, y cualquiera que haya sido su imagen respecto al Padre cuando era un simple hombre, ahora él se convierte en la Sustancia real, y las limitaciones de las posibilidades se eliminan, el amor no ve un tope, ni el desarrollo intelectual ve frontera alguna, la felicidad no tiene limitaciones, ninguna; la Inmortalidad pasa a ser algo cognoscible, y el alma una nueva criatura, teniendo la Esencia Divina del Padre; y el hombre no puede entrar en el Reino de los Cielos hasta que esta nueva creación haya tenido lugar y la transformación llegue a ser una realidad, y el alma se haga aunada con el Padre. Entonces ya no más es un hombre; ahora es un Ángel.
Sin embargo, como os he escrito antes, todo esto sólo puede lograrse mediante la operación del Nuevo Nacimiento, es decir, la afluencia al seno del alma del hombre del Amor Divino del Padre. Este Amor contiene la Esencia de la divinidad de Dios, y cuando el hombre la obtiene, entonces es de la misma Esencia que el Padre, y por primera vez se vuelve parte de lo Divino y apto para habitar los Mundos Celestiales. De ninguna otra manera puede el hombre participar de esta Naturaleza, y no se requiere mucho razonamiento para mostrar la verdad lógica de esta afirmación, porque el hombre, en sus asuntos terrenales y en sus experimentos materiales para producir compuestos a partir de elementos, aplica el mismo principio que yo afirmo en mi declaración: «La masa no se puede leudar a menos que se agregue levadura al lote».1
Así veis que, sin que este Amor Divino entre en el alma, será imposible que el hombre natural llegue a ser el Ángel Divino. Las creencias, credos, doctrinas y sacrificios no pueden lograr esta transformación, y aunque las creencias sean indudables, los credos y las doctrinas satisfactorias y los sacrificios sin fin, todos serán inútiles para transformar el alma del simple hombre en el alma del Ángel Divino, y todo esto es, en parte, la razón por la que el hombre debería buscar obtener el Amor Divino y convertirse en un habitante de las Esferas Celestiales.
Con todo mi amor y bendiciones, soy vuestro hermano y amigo, Jesús
1 Esta precisa frase no se encuentra en la Biblia, y la concordancia más cercana parece ser Mateo 13:33, que dice así (Reina Valera 1960): Otra parábola les dijo: «El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y la escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado». Cabe preguntarse por qué tres medidas [39 litros], pero más intrigante aún, por qué ‘la escondió’. ¿Estará bien traducido este verbo, o podría sustituirse por otro, como ‘la hundió en’?, porque ciertamente otras versiones de la Biblia usan verbos como ‘mezcló’, ‘puso’ o ‘metió’. Sea como fuere, en su mensaje Jesús simplemente habla de ‘agregar’ levadura al lote.
Quiero escribir sobre el tema de por qué es necesario que el hombre posea el Amor de Dios –quiero decir el Amor Divino– a fin de que pueda llegar a aunarse con el Padre y ser un habitante del Reino Celestial.
Ya os he escrito sobre lo que es este Amor Divino en contraste con el amor natural, de cómo es necesario rescatar a los hombres de sus pecados para que puedan llegar a ser habitantes del Reino Celestial; que nada más, excepto este Amor, hará al hombre aunado con el Padre, y que ninguna mera ceremonia o creencia en mí como el salvador de los hombres logrará ese fin. Y ahora intentaré mostraros por qué es necesario este Amor Divino, o como dirían vuestros eruditos, mostraros la filosofía de la transformación del mero hombre en el Ángel Divino, en lo cual se acaba convirtiendo todo hombre que recibe este Amor en su alma.
En primer lugar reiteraré que el hombre es una creación especial de Dios, que no es más grande que las partes componentes que entran en su creación tal como son en sus cualidades individuales y agregadas, y que estas partes son meramente lo que Dios en Su acto de creación diseñó que fueran.
No se debe suponer que estas partes componentes del hombre, o cualquiera de ellas, son parte de Dios o de Su Esencia o cualidades, porque no lo son, y están tan separadas y son tan distintas de Él y de Sus cualidades como lo son y están las creaciones inferiores de Su voluntad, como los animales, los vegetales y las sustancias minerales. La única diferencia es que el hombre pertenece a un orden de creación mucho más elevado y, en un particular, está hecho a imagen de Dios, y ninguna otra de Sus criaturas contiene, en su creación, esta imagen. Pero así y todo el hombre no es parte de Dios, sino simplemente una creación distinta, y en su óptimo y más puro estado, sólo un hombre, teniendo simplemente aquellas cualidades que fueron creadas en él en el momento de su entrar en existencia.
Hay ciertas cualidades que posee el hombre, como el amor, la sabiduría y las facultades de razonamiento, que se puede decir que se parecen a los atributos divinos, y así es; pero incluso así no son parte de la Esencia o cualidades de Dios, y cuando los hombres afirman que el hombre es divino o que tiene en él la Naturaleza Divina, o incluso una porción de la Esencia Divina [la así llamada ‘chispa divina’], se equivocan, porque las cualidades en ellos que parecen tener esta semejanza divina son simplemente aquellas que fueron creadas con el propósito de hacer del ser humano un 'hombre perfecto'.
Y debido a esta concepción del hombre en cuanto a sus cualidades inherentes [por creer que ya tiene algo de lo divino], él ha perdido, pierde y perderá la oportunidad de llegar a estar poseído de la Naturaleza o Esencia del Padre, la cual puede obtener si sigue el apropiado y único método que Dios le ha proporcionado a fin de estar aunado con Él.
El universo del hombre puede existir y seguirá existiendo incluso a pesar de que el hombre pueda no llegar nunca a ser partícipe de esta Naturaleza Divina del Padre, y el hombre vivirá y disfrutará de la felicidad que le fue otorgada en el momento de su creación, y no perderá la perfecta condición de esa creación una vez que haya sido separado del pecado y del error –sus propias criaturas–. Pero él no será nada más que el hombre perfecto, y en el tiempo por venir tampoco será nada menos, y sin embargo siempre, mientras exista, permanecerá distinto de la Naturaleza y Esencia del Padre, tal como era en el momento de su creación... a menos que obtenga esta Naturaleza Divina y Esencia del Padre de la manera que mencioné.
La dotación más elevada del hombre, ya sea en alma, corazón o intelecto, es simplemente la que le pertenece como parte de su creación, y ésta no es ni la más ínfima parte de la Divina Naturaleza y cualidades del Padre. Ninguna parte o porción de la divinidad entra en la creación del hombre, no importa cuán divinamente constituido pueda parecer el hombre o cuán divino pueda verse bajo la grandeza de su intelecto o en el alcance o extensión de su naturaleza amorosa.
Como veis, el hombre es tan distinto de Dios y de Su divinidad como lo es el animal –el bruto– respecto del hombre, y así habrá de permanecer para siempre a menos que siga la única senda que el Padre ha prescrito para que obtenga una porción de esa divinidad.
Ahora bien; todo esto demuestra que el hombre, por mucho que desarrolle su intelecto o hasta qué punto pueda desarrollar su naturaleza moral y amorosa, no puede llegar a ser más que el mero hombre que era al principio, perfecto en todo detalle, pues él era en el principio perfecto en todo particular, y como dije en otra ocasión, Dios nunca se equivoca en cuanto a la perfección de Sus criaturas, incluso aunque en el caso del hombre pueda parecer que se equivocó al darle el gran poder del libre albedrío, el cual en su ejercicio indebido ha hecho que el pecado y el mal aparezcan en el mundo de la consciencia del hombre.
El hombre fue hecho finito, y su capacidad para ejercer todas y cada una de sus cualidades está limitada; límite más allá del cual no le es posible ir. Su intelecto está sujeto a límites tan determinados como la ley de Dios que lo controla, y asimismo su capacidad de amar y de disfrutar de su felicidad; y aunque pueda vivir por toda la eternidad, ya sea como hombre o como espíritu, no le resulta posible extender ni traspasar las líneas fronterizas de su creación. No puede entrar en el Reino de lo Divino, donde no existen limitaciones, ni a la capacidad para recibir conocimiento, sabiduría y amor, ni para un progreso que esté proporcionado con la vera fuente de Dios Mismo.
Entonces, siendo tal la naturaleza, la limitación y la capacidad del hombre, resulta evidente que él, en virtud de su creación y de las cualidades que posee, nunca podrá convertirse en partícipe de la Naturaleza y Esencia de Dios a menos que reciba algo como añadidura a esas cualidades que ya tiene, y evidente es igualmente que ese algo tiene que recibirlo desde fuera. De nada servirá decir que hay dentro de él, como parte inherente a él, aquello que, cuando se desarrolle, le hará de una naturaleza divina y parte de la Esencia del Padre, porque esto no es cierto. No hay en el hombre nada de esta Naturaleza, y es imposible producir una Esencia Divina salvo que haya algo a partir de lo cual pueda producirse, algo que en cierto grado tenga la naturaleza de esa Esencia. Eso sería el equivalente a producir algo a partir de nada, lo cual ni siquiera Dios intenta hacer.
Así pues, dado que el hombre es limitado, todo lo que fluye de las cualidades y atributos que posee es necesariamente limitado. El disfrute de su intelecto, los placeres de su amor, la satisfacción de sus facultades de razonamiento y, en suma total, su capacidad para la felicidad, tienen sus fronteras y, además, la consciencia de la inmortalidad nunca puede ser suya, ni como espíritu ni como mortal, incluso aunque pueda esforzarse por que lo sea.
Pero cuando el hombre asume la Naturaleza Divina y deviene absorbido en la Esencia del Padre, entonces se vuelve semejante al Padre, y cualquiera que haya sido su imagen respecto al Padre cuando era un simple hombre, ahora él se convierte en la Sustancia real, y las limitaciones de las posibilidades se eliminan, el amor no ve un tope, ni el desarrollo intelectual ve frontera alguna, la felicidad no tiene limitaciones, ninguna; la Inmortalidad pasa a ser algo cognoscible, y el alma una nueva criatura, teniendo la Esencia Divina del Padre; y el hombre no puede entrar en el Reino de los Cielos hasta que esta nueva creación haya tenido lugar y la transformación llegue a ser una realidad, y el alma se haga aunada con el Padre. Entonces ya no más es un hombre; ahora es un Ángel.
Sin embargo, como os he escrito antes, todo esto sólo puede lograrse mediante la operación del Nuevo Nacimiento, es decir, la afluencia al seno del alma del hombre del Amor Divino del Padre. Este Amor contiene la Esencia de la divinidad de Dios, y cuando el hombre la obtiene, entonces es de la misma Esencia que el Padre, y por primera vez se vuelve parte de lo Divino y apto para habitar los Mundos Celestiales. De ninguna otra manera puede el hombre participar de esta Naturaleza, y no se requiere mucho razonamiento para mostrar la verdad lógica de esta afirmación, porque el hombre, en sus asuntos terrenales y en sus experimentos materiales para producir compuestos a partir de elementos, aplica el mismo principio que yo afirmo en mi declaración: «La masa no se puede leudar a menos que se agregue levadura al lote».1
Así veis que, sin que este Amor Divino entre en el alma, será imposible que el hombre natural llegue a ser el Ángel Divino. Las creencias, credos, doctrinas y sacrificios no pueden lograr esta transformación, y aunque las creencias sean indudables, los credos y las doctrinas satisfactorias y los sacrificios sin fin, todos serán inútiles para transformar el alma del simple hombre en el alma del Ángel Divino, y todo esto es, en parte, la razón por la que el hombre debería buscar obtener el Amor Divino y convertirse en un habitante de las Esferas Celestiales.
Con todo mi amor y bendiciones, soy vuestro hermano y amigo, Jesús
1 Esta precisa frase no se encuentra en la Biblia, y la concordancia más cercana parece ser Mateo 13:33, que dice así (Reina Valera 1960): Otra parábola les dijo: «El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y la escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado». Cabe preguntarse por qué tres medidas [39 litros], pero más intrigante aún, por qué ‘la escondió’. ¿Estará bien traducido este verbo, o podría sustituirse por otro, como ‘la hundió en’?, porque ciertamente otras versiones de la Biblia usan verbos como ‘mezcló’, ‘puso’ o ‘metió’. Sea como fuere, en su mensaje Jesús simplemente habla de ‘agregar’ levadura al lote.