¿Y si la verdad no fuera una idea que defiendes, sino una Persona que te mira en silencio?
Poncio Pilatos no fue solo un funcionario romano atrapado en una coyuntura religiosa incómoda. Fue el prototipo del hombre pragmático que entiende el poder, administra crisis y prioriza la estabilidad por encima de la verdad. Su dilema no fue teológico en primer lugar, sino político: preservar el orden, proteger su posición, evitar un conflicto que pudiera costarle la carrera. Frente a él no estaba un simple acusado, sino la Verdad encarnada, y aun así optó por la solución “razonable”, la que garantizaba paz inmediata aunque violara su propia conciencia.
Esa escena no pertenece únicamente al pasado. Hoy se repite en oficinas, universidades, tribunales, medios y gobiernos, cada vez que un profesional exitoso descubre que decir la verdad tiene un costo real: prestigio, ascenso, aceptación, seguridad. Como Pilatos, muchos no niegan que Jesús sea justo; simplemente lo declaran “inconveniente”. Y, como él, aprenden a lavarse las manos con argumentos técnicos, excusas institucionales y silencios estratégicos, mientras sacrifican la integridad en el altar de la conveniencia.
LA ENTREVISTA:
Periodista: Prefecto Pilatos, usted era el hombre más poderoso de Judea, el representante directo del César. Tenía el derecho de vida y muerte sobre cualquier hombre (cf. Juan 19:10). Sin embargo, en los registros históricos y sagrados, se le recuerda como el hombre que, teniendo la Verdad frente a sí, prefirió lavarse las manos. ¿Fue cobardía o simplemente “buena política”?
Pilatos: (Se frota las manos como si aún sintiera el agua fría) No es tan sencillo como lo pintan sus libros. Mi trabajo era mantener la paz en una provincia siempre a punto de estallar. No buscaba ser un villano; buscaba el orden. Cuando ese hombre, Jesús, llegó a mi pretorio, no vi a un criminal, vi un problema administrativo. Yo no quería matarlo; tres veces declaré que no hallaba delito en él (cf. Juan 18:38; 19:4; 19:6). Pero el orden tiene un precio, y a veces la justicia es la moneda que se sacrifica para pagarlo.
Periodista: Usted formuló la pregunta que ha atravesado dos milenios: “¿Qué es la verdad?” (cf. Juan 18:38). Pero dígame sin rodeos: cuando lo miró en silencio, ¿no fue su propia conciencia la que quedó en el banquillo? En otras palabras, Él pasó el examen… y usted no. Su interior lo condenó antes de que usted dictara sentencia.
Pilatos: (Baja la mirada; el silencio pesa) En Roma, la verdad es lo que decreta el César. La verdad son las legiones, los decretos, el miedo. Pero cuando lo miré… no pedía clemencia. Parecía que el juzgado era yo. Su reino no era de este mundo (cf. Juan 18:36), y en ese instante mi sistema entero de “verdades útiles” empezó a resquebrajarse. Para mí, la verdad era una herramienta de gobierno; para Él, era su propia identidad.
Periodista: Usted intentó liberarlo mediante el indulto de Barrabás, y luego ordenó que lo azotaran para apaciguar a la multitud (cf. Juan 19:1). ¿Por qué negociar con la injusticia si sabía perfectamente quién era el inocente?
Pilatos: (Respira hondo, como conteniéndose) Porque temía perderlo todo. Temía a la turba, temía a Roma, temía a mi carrera. Cuando gritaron: “Si sueltas a este, no eres amigo del César” (cf. Juan 19:12), comprendí que mi lealtad no era a la justicia, sino a mi estatus.
(Pausa. Su voz casi se quiebra.) Por un momento quise detener el proceso, romper el guion, decir: “Basta”. Pero retrocedí. Elegí conservar mi mundo entregando a la Vida misma.
De aquí en adelante, Pilatos pasa de justificación a confesión.
Periodista: Él le dijo: “Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba” (cf. Juan 19:11). ¿Cómo se vive sabiendo que su poder absoluto era apenas un préstamo del Hombre al que estaba condenando?
Pilatos: (Ríe sin alegría) Como un actor que descubre que no escribe la obra. Yo creía sostener el mazo; Él sostenía el peso del mundo con las manos atadas. Mi autoridad era de hierro y pergamino; la suya, de una soberanía que no pude confiscar ni cuando lo despojaron y lo coronaron de espinas.
Periodista: Usted mandó escribir sobre la cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos” (cf. Juan 19:19) y se negó a corregirlo: “Lo que he escrito, he escrito” (cf. Juan 19:22). ¿Reconocimiento tardío o simple desafío político?
Pilatos: Fue mi forma cobarde de decir la verdad sin pagar el precio de vivirla. No pude ponerla en mi corazón, así que la clavé en un madero.
Periodista: Usted se lavó las manos diciendo: “Inocente soy yo de la sangre de este justo” (cf. Mateo 27:24). ¿De verdad creyó que el agua podía absolver una conciencia?
Pilatos: (Mira sus manos fijamente, como si el agua aún no hubiera secado) El agua limpia la piel, no la memoria. Pensé que podía ser neutral. Pero frente a Él, no decidir era ya una decisión. No escoger la luz es, por defecto, entregar el mundo a las tinieblas.
Periodista: Si pudiera volver a ese pretorio, con todo lo que sabe ahora, ¿haría algo distinto?
Pilatos: (La voz tiembla) Me gustaría decir que soltaría las cadenas, que enfrentaría al César, que moriría con Él. Pero la verdad es más amarga: aún hoy, dos mil años después, revivo ese instante deseando haber elegido distinto. Mi arrepentimiento es eterno… y también mi impotencia. El miedo a perder la seguridad sigue siendo una prisión más fuerte que cualquier calabozo romano.
Periodista: Muchos hoy viven como usted: reconocen que Jesús es justo, incluso admirable, pero lo entregan a la presión del éxito, de la opinión pública, de la comodidad. ¿Qué les diría?
Pilatos: Que no se engañen con palanganas de agua. Cada vez que sacrifican lo que saben que es verdad para conservar su “reino” personal —una promoción que exige flexibilidad moral, la aceptación de un grupo que desprecia la fe, el silencio cómodo ante una injusticia que no les afecta— están levantando su propia cruz. Yo quise salvar mi mundo y lo perdí. Él perdió su vida y ganó al mundo.
Periodista: Una última pregunta. Cuando supo que la tumba estaba vacía, ¿qué sintió?
Pilatos: (Pausa larga, con voz quebrada) Comprendí que no fui yo quien lo sentenció. Él me permitió participar en su entrega. Pero entendí algo aún más difícil: que una parte de mí habría preferido que la piedra no se moviera. Mientras Él estuviera muerto, podía fingir que todo terminó en el Gólgota. Pero un Cristo resucitado… no deja descansar a la conciencia, ni siquiera dos mil años después. La Verdad no muere. Espera.
Pregunta:
¿Y si tu mayor traición a Dios no fuera un pecado escandaloso, sino esa cadena diaria de decisiones donde sacrificas lo que sabes que es verdad a cambio de una carrera segura, de la aprobación social o de un silencio cómodo frente a la injusticia, lavándote las manos mientras la Verdad sigue mirándote en silencio?
Poncio Pilatos no fue solo un funcionario romano atrapado en una coyuntura religiosa incómoda. Fue el prototipo del hombre pragmático que entiende el poder, administra crisis y prioriza la estabilidad por encima de la verdad. Su dilema no fue teológico en primer lugar, sino político: preservar el orden, proteger su posición, evitar un conflicto que pudiera costarle la carrera. Frente a él no estaba un simple acusado, sino la Verdad encarnada, y aun así optó por la solución “razonable”, la que garantizaba paz inmediata aunque violara su propia conciencia.
Esa escena no pertenece únicamente al pasado. Hoy se repite en oficinas, universidades, tribunales, medios y gobiernos, cada vez que un profesional exitoso descubre que decir la verdad tiene un costo real: prestigio, ascenso, aceptación, seguridad. Como Pilatos, muchos no niegan que Jesús sea justo; simplemente lo declaran “inconveniente”. Y, como él, aprenden a lavarse las manos con argumentos técnicos, excusas institucionales y silencios estratégicos, mientras sacrifican la integridad en el altar de la conveniencia.
LA ENTREVISTA:
Periodista: Prefecto Pilatos, usted era el hombre más poderoso de Judea, el representante directo del César. Tenía el derecho de vida y muerte sobre cualquier hombre (cf. Juan 19:10). Sin embargo, en los registros históricos y sagrados, se le recuerda como el hombre que, teniendo la Verdad frente a sí, prefirió lavarse las manos. ¿Fue cobardía o simplemente “buena política”?
Pilatos: (Se frota las manos como si aún sintiera el agua fría) No es tan sencillo como lo pintan sus libros. Mi trabajo era mantener la paz en una provincia siempre a punto de estallar. No buscaba ser un villano; buscaba el orden. Cuando ese hombre, Jesús, llegó a mi pretorio, no vi a un criminal, vi un problema administrativo. Yo no quería matarlo; tres veces declaré que no hallaba delito en él (cf. Juan 18:38; 19:4; 19:6). Pero el orden tiene un precio, y a veces la justicia es la moneda que se sacrifica para pagarlo.
Periodista: Usted formuló la pregunta que ha atravesado dos milenios: “¿Qué es la verdad?” (cf. Juan 18:38). Pero dígame sin rodeos: cuando lo miró en silencio, ¿no fue su propia conciencia la que quedó en el banquillo? En otras palabras, Él pasó el examen… y usted no. Su interior lo condenó antes de que usted dictara sentencia.
Pilatos: (Baja la mirada; el silencio pesa) En Roma, la verdad es lo que decreta el César. La verdad son las legiones, los decretos, el miedo. Pero cuando lo miré… no pedía clemencia. Parecía que el juzgado era yo. Su reino no era de este mundo (cf. Juan 18:36), y en ese instante mi sistema entero de “verdades útiles” empezó a resquebrajarse. Para mí, la verdad era una herramienta de gobierno; para Él, era su propia identidad.
Periodista: Usted intentó liberarlo mediante el indulto de Barrabás, y luego ordenó que lo azotaran para apaciguar a la multitud (cf. Juan 19:1). ¿Por qué negociar con la injusticia si sabía perfectamente quién era el inocente?
Pilatos: (Respira hondo, como conteniéndose) Porque temía perderlo todo. Temía a la turba, temía a Roma, temía a mi carrera. Cuando gritaron: “Si sueltas a este, no eres amigo del César” (cf. Juan 19:12), comprendí que mi lealtad no era a la justicia, sino a mi estatus.
(Pausa. Su voz casi se quiebra.) Por un momento quise detener el proceso, romper el guion, decir: “Basta”. Pero retrocedí. Elegí conservar mi mundo entregando a la Vida misma.
De aquí en adelante, Pilatos pasa de justificación a confesión.
Periodista: Él le dijo: “Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba” (cf. Juan 19:11). ¿Cómo se vive sabiendo que su poder absoluto era apenas un préstamo del Hombre al que estaba condenando?
Pilatos: (Ríe sin alegría) Como un actor que descubre que no escribe la obra. Yo creía sostener el mazo; Él sostenía el peso del mundo con las manos atadas. Mi autoridad era de hierro y pergamino; la suya, de una soberanía que no pude confiscar ni cuando lo despojaron y lo coronaron de espinas.
Periodista: Usted mandó escribir sobre la cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos” (cf. Juan 19:19) y se negó a corregirlo: “Lo que he escrito, he escrito” (cf. Juan 19:22). ¿Reconocimiento tardío o simple desafío político?
Pilatos: Fue mi forma cobarde de decir la verdad sin pagar el precio de vivirla. No pude ponerla en mi corazón, así que la clavé en un madero.
Periodista: Usted se lavó las manos diciendo: “Inocente soy yo de la sangre de este justo” (cf. Mateo 27:24). ¿De verdad creyó que el agua podía absolver una conciencia?
Pilatos: (Mira sus manos fijamente, como si el agua aún no hubiera secado) El agua limpia la piel, no la memoria. Pensé que podía ser neutral. Pero frente a Él, no decidir era ya una decisión. No escoger la luz es, por defecto, entregar el mundo a las tinieblas.
Periodista: Si pudiera volver a ese pretorio, con todo lo que sabe ahora, ¿haría algo distinto?
Pilatos: (La voz tiembla) Me gustaría decir que soltaría las cadenas, que enfrentaría al César, que moriría con Él. Pero la verdad es más amarga: aún hoy, dos mil años después, revivo ese instante deseando haber elegido distinto. Mi arrepentimiento es eterno… y también mi impotencia. El miedo a perder la seguridad sigue siendo una prisión más fuerte que cualquier calabozo romano.
Periodista: Muchos hoy viven como usted: reconocen que Jesús es justo, incluso admirable, pero lo entregan a la presión del éxito, de la opinión pública, de la comodidad. ¿Qué les diría?
Pilatos: Que no se engañen con palanganas de agua. Cada vez que sacrifican lo que saben que es verdad para conservar su “reino” personal —una promoción que exige flexibilidad moral, la aceptación de un grupo que desprecia la fe, el silencio cómodo ante una injusticia que no les afecta— están levantando su propia cruz. Yo quise salvar mi mundo y lo perdí. Él perdió su vida y ganó al mundo.
Periodista: Una última pregunta. Cuando supo que la tumba estaba vacía, ¿qué sintió?
Pilatos: (Pausa larga, con voz quebrada) Comprendí que no fui yo quien lo sentenció. Él me permitió participar en su entrega. Pero entendí algo aún más difícil: que una parte de mí habría preferido que la piedra no se moviera. Mientras Él estuviera muerto, podía fingir que todo terminó en el Gólgota. Pero un Cristo resucitado… no deja descansar a la conciencia, ni siquiera dos mil años después. La Verdad no muere. Espera.
Pregunta:
¿Y si tu mayor traición a Dios no fuera un pecado escandaloso, sino esa cadena diaria de decisiones donde sacrificas lo que sabes que es verdad a cambio de una carrera segura, de la aprobación social o de un silencio cómodo frente a la injusticia, lavándote las manos mientras la Verdad sigue mirándote en silencio?