¿Existe una actitud individual recomendable, una actitud modélica, con respecto a las relaciones interpersonales, que emerja del conjunto de las enseñanzas de Jesús en ese campo? Claramente se puede apreciar que sí existe. Sí emerge una actitud cristiana, verdaderamente cristiana. Emerge con trazos nítidos en tres categorías de actitudes: incluyentes, excluyentes y formales.
Entre las incluyentes podríamos mencionar: disposición anímica a construir amor como respuesta al mandato de amor, mandato que es el meollo de su mensaje respecto a esas relaciones; disposición a ser bondadosos y solidarios con todos, consecuencia de la actitud anterior; pacifismo con todos en la búsqueda de soluciones a los problemas; eclecticismo que busque siempre la verdad y la justicia; disposición a captar el real sentido de las cosas, sin dejarnos obnubilar por superficialidades y apariencias; actitud que priorice la justicia por sobre lo legal, lo organizacional y lo ideológico; actitud que también priorice el deber ser, esto es, los principios deontológicos que Jesús nos inculcó; reconocimiento de que en el yo profundo se libra una permanente contienda entre el bien el mal, y que, como consecuencia de ello hay que estar conscientes de que no estamos libres de tomar decisiones equivocadas, por lo que debemos estar siempre dispuestos a rectificar, y a disciplinar nuestros pensamientos y sentimientos.
Entre las excluyentes está el rechazo a la violencia y a la injusticia, a las riquezas mal habidas, a la hipocresía y a ser como sepulcros blanqueados; y, en general, tener una disposición de ánimo siempre dispuesta a no incurrir en aquellas prohibiciones contenidas en el sermón del monte.
Entre las formales están aquellos otros aspectos de la actitud individual que parecerían ser de poca monta, sin serlo en modo alguno, como: el ser sobrios y responsables en el uso del lenguaje; el de ser coherentes en lo que decimos y hacemos, salvo cuando ello atente contra la verdad y la justicia; el de ser francos y abiertos; el de ser sencillos y humildes (“pobres de espíritu”) en nuestras relaciones con los demás; el de ser lentos en cuanto a reaccionar con iracundia frente al mal y a otros errores del prójimo; el de no anhelar ocupar siempre los primeros lugares, etc.
De modo que sí; sí hay una actitud canónica que emerge claramente del magisterio de Jesús relativo a las relaciones entre las personas, y lo más importante es que sin una vasta pluralización de esa clase de actitud, jamás podremos tener un mundo de relaciones interpersonales que, en su conjunto, sea realmente mejor y más justo.
Saludos,
[url]http://www.carlospalaciosmaldonado.com/[/URL]
Entre las incluyentes podríamos mencionar: disposición anímica a construir amor como respuesta al mandato de amor, mandato que es el meollo de su mensaje respecto a esas relaciones; disposición a ser bondadosos y solidarios con todos, consecuencia de la actitud anterior; pacifismo con todos en la búsqueda de soluciones a los problemas; eclecticismo que busque siempre la verdad y la justicia; disposición a captar el real sentido de las cosas, sin dejarnos obnubilar por superficialidades y apariencias; actitud que priorice la justicia por sobre lo legal, lo organizacional y lo ideológico; actitud que también priorice el deber ser, esto es, los principios deontológicos que Jesús nos inculcó; reconocimiento de que en el yo profundo se libra una permanente contienda entre el bien el mal, y que, como consecuencia de ello hay que estar conscientes de que no estamos libres de tomar decisiones equivocadas, por lo que debemos estar siempre dispuestos a rectificar, y a disciplinar nuestros pensamientos y sentimientos.
Entre las excluyentes está el rechazo a la violencia y a la injusticia, a las riquezas mal habidas, a la hipocresía y a ser como sepulcros blanqueados; y, en general, tener una disposición de ánimo siempre dispuesta a no incurrir en aquellas prohibiciones contenidas en el sermón del monte.
Entre las formales están aquellos otros aspectos de la actitud individual que parecerían ser de poca monta, sin serlo en modo alguno, como: el ser sobrios y responsables en el uso del lenguaje; el de ser coherentes en lo que decimos y hacemos, salvo cuando ello atente contra la verdad y la justicia; el de ser francos y abiertos; el de ser sencillos y humildes (“pobres de espíritu”) en nuestras relaciones con los demás; el de ser lentos en cuanto a reaccionar con iracundia frente al mal y a otros errores del prójimo; el de no anhelar ocupar siempre los primeros lugares, etc.
De modo que sí; sí hay una actitud canónica que emerge claramente del magisterio de Jesús relativo a las relaciones entre las personas, y lo más importante es que sin una vasta pluralización de esa clase de actitud, jamás podremos tener un mundo de relaciones interpersonales que, en su conjunto, sea realmente mejor y más justo.
Saludos,
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