La tolerancia de un cristiano sólo puede entenderse desde el amor. Es fácil amar a los que piensan como nosotros (tal vez) pero desde luego parece más difícil amar a quienes piensan lo contrario de lo que nosotros pensamos. Algunas veces puede ser discusiones donde no es posible esclarecer la verdad, otras veces puede de tratarse de discusiones que impliquen nuestras creencias más profundas y nuestra fe. La defensa de la verdad ante cualquier persona debe realizarse bajo un estricto imperativo de utilidad. Si nuestra defensa provocará un rechazo exagerado que haga más mal que bien, en ese caso debemos ser astutos y tratar de defender lo que creemos de otro modo o incluso en ocasiones callar.
De nada vale pensar que el amor nos lleva al punto de hacer daño a otro porque lo que nos importa es su salvación, luego porque en realidad le amamos; si lo que conseguimos es una persona herida y aún más alejada de Dios. Como embajadores de la verdad, debemos comunicarla a todos los hombres y mujeres, pero también debemos protejerla, es decir, recordar que somos depositarios de la verdad, nosotros somos vehículos e instrumentos de Dios ¿De que sirve un instrumento inútil o roto?
Por otro lado, el auténtico amor debe llevarnos a comprender y profundizar en el pensamiento de los demás, en sus razones, sus opiniones, sus aspiraciones, miedos, etc... creer que todo esto no importa en absoluto es un desprecio y el comienzo de la intolerancia.
La intolerancia necesita siempre de dos ingredientes: a) La creencia en la superioridad de mi cultura, pensamiento, creencias, personalidad, méritos. Y b) el desprecio de las cualidades, creencias, cultura... de la otra persona, el odio o el miedo a estas.
Si sólo existe el primer ingrediente, entonces intetaremos mejorar o ayudar a mejorar a la otra persona.
Si sólo existe el segundo ingrediente, entonces estaremos ante quienes envidian a los demás y los odian porque no pueden ser como ellos.
Si faltan ambos ingredientes, o más bien, existen pero al revés. Entonces estaremos ante una persona que admira a los otros y siente una gran inferioridad o tal vez ante un relativista que nada le importa.
Creo que la posición más saludable es un poco del primer ingrediente (no en exceso para no vanagloriarse) y nada del segundo.