Puntos para Pensar
Puntos para Pensar
Por: Jorge Ordóñez-burgos
La concepción actual de la “tolerancia religiosa” trae consigo ciertas dificultades, recordemos que “tolerar” consiste en aceptar la existencia de ideas ajenas distintas a las propias.
Cada quien que tiene una religión piensa que su credo es la Verdad revelada
¿Cómo aceptar entonces que haya otro tipo de doctrinas igualmente verdaderas?
¿Cuántas clases de Verdades existen?
Una respuesta rápida sería la siguiente: todos los credos llevan hacia donde mismo.
Aceptando lo anterior concluiríamos que da exactamente lo mismo ser judío, musulmán, zoroastrista o budista; la pertenencia a algún tipo de comunidad religiosa obedece sólo a factores culturales.
¿Qué caso tiene entonces pertenecer a alguna religión específica?
Otra posible respuesta es: cada quien supone que su religión es la verdadera y las demás son falsas. Esta segunda salida es más cercana a la realidad. No hay problema si hay en el mundo individuos que tienen principios teológicos diferentes a los míos, pero ¿qué sucede cuando tales fundamentos violentan mi moral, mi forma de ver la vida o aquello que considero sagrado?
¿Es legítimo ser paciente?
Si se tiene una religión bien arraigada es imposible.
Curiosamente, las sociedades contemporáneas aplauden y aceptan de buena manera la blasfemia, pero no la rigidez y apego a una religión determinada. Casi cualquier tipo de ortodoxia es vista con desprecio y considerada retrógrada.
En teoría, la tolerancia religiosa da campo libre a la expresión de ideas de lo más diverso posible; pero, en la práctica, dicha tolerancia produce un vacío creencial, la antesala del ateísmo. Es significativo que los artífices de la tolerancia de la última mitad del siglo XX provengan de regímenes totalitarios y completamente intolerantes a cualquier tipo de religiosidad. Para ellos, la LIBERTAD consiste en no darle libertad al ciudadano para que crea en quien se le antoje, es ridículo a lo que la opinión pública denomina “libertad de creencia”.
A raíz de las “revoluciones” de los años sesentas se han venido estableciendo dinámicas sociales en las que la pieza sobre la que gira todo el discurso tanto de religiones, como de teorías pedagógicas, de estéticas, sistemas políticos y económicos es el sagrado principio de la ADAPTACIÓN. Tenemos que amoldar las actividades humanas a las condiciones cotidianas, no importa traicionar nuestras creencias más profundas; el mundo cambia todos los días y las tradiciones resultan obsoletas.
La tolerancia religiosa, en tanto que bandera de las demagogias occidentales de hoy en día, tiene dentro de sí una paradoja muy extraña. “Tolerar” y escuchar las ideas ajenas significa enriquecer el criterio, tomar lo valioso de los demás.
No obstante, si lo ajeno no es considerado valioso y además afecta las creencias propias, entonces, “tolerar” significa, de alguna manera, solapar un conjunto de ideas, creencias y formas de vida que pueden aniquilar al propio
Puntos para Pensar.