Me gustó este cuento y lo quiero compartir con todos los foristas.
Les cuento que por un tiempo no seguiré participando de discusiones doctrinarias del tipo "católicos versus evangélicos", dado que considero que se ha llegado a un nivel de agresión verbal en muchos temas de este foro que más que darle gloria a Dios y edificar el Cuerpo de Cristo, estamos haciéndole el juego al Adversario.
Bendiciones
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El ladrón que robó el cielo
En la tarde de ese día, en la tierra sepultaban los restos de un hombre, que había dedicado su vida al robo. Todo un profesional en el arte de vivir de lo ajeno.
Entradas y salidas se alternaban en su relación con la cárcel. Hasta que, pasados también para él los años, envejecido, una corta enfermedad lo llevó hasta la muerte, que lo sorprendió dentro de la cárcel.
En cuanto abrió sus ojos en los umbrales de «la otra Vida», disfrutó de la sorpresa de encontrarse vivo. Pero no dispuso de más tiempo para sus posibles cavilaciones. Una mano lo tomó de un brazo y lo condujo velozmente hasta delante de un enorme pórtico.
Fijó sus ojos en él y con desagrado leyó: INFIERNO.
El acompañante lo invitó a ingresar. La primera impresión le resultó chocante y desagradable. Pero temió que fuera fruto de la mala publicidad que a este lugar le hacían en la tierra. De modo que se dispuso para observar con detenimiento.
Pero no necesitó mucho tiempo para confirmar que la mala publicidad se correspondía muy bien con la cruda realidad de aquel lugar de tormentos. Sobre todos los sufrimientos que se les imponían a todos lo huéspedes, el que más rechazo y desagrado le causó fue la relación de odio y de indiferencia, que se dejaba ver en las miradas que se dirigían los unos a los otros. Eran miradas que parecían llamas de fuego destructor...
Y nuestro hombre sintió pánico.
Pero, pensó, si en la tierra se las había ingeniado para vivir de lo robado, ¿por qué no seguir probando fortuna?
Pese a la vigilancia estricta que reinaba en el lugar, su vieja habilidad le permitió burlar los controles y robar la llave de entrada. Sin perder tiempo, traspuestas las puertas del infierno, se dirigió al cielo.
Allí estuvo merodeando a la espera de la oportunidad. Hasta que se le dio el momento oportuno. En un descuido del Angel portero del cielo, estando las puertas abiertas, el hombre corrió hacia adentro.
Una multitud de personas felices cantaban mientras se expresaban el amor de mil maneras. Al verlo pasar a nuestro hombre lo saludaban y le transmitían mensajes de amor y de bienvenida...
Al mismo tiempo aquella multitud feliz dirigía su mirada hacia un punto, desde donde parecía proceder la fuente de tanta felicidad ¡Contemplaban a Dios!
Nuestro pobre hombre se sintió enloquecer. No comprendía palabra de lo que oía, miraba hacia donde todos veían a Dios y su mirada moría en el vacío, sin encontrarlo.
Desesperado, no soportó más aquello. Y se dirigió rápidamente a la puerta para evitar verse obligado a permanecer en aquel tormento.
El Señor Jesús se sorprendió al verlo, porque por sus características reconoció que no era uno de los felices moradores del paraíso.
Confundido, nuestro ladrón se dirigió a Jesús para confesarle:
- Perdón, Señor. Yo me metí aquí porque quise robar el cielo. Como robé durante toda mi vida, pensé que podría seguir haciéndolo. Pero me equivoqué. Esto es el infierno. No lo soporto. No entiendo nada.
El Señor lo miró con pena, y mientras le dejaba el paso libre para que abandonara el cielo, le dijo:
- Qué pena. Lo siento. Pero esto es así. Yo no condeno a nadie al infierno, ni puedo imponer a nadie el cielo. Esto es el resultado de la elección de cada uno...
El ladrón huyó corriendo del infierno del paraíso. Y desde aquel día el Angel deja las puertas del cielo abiertas, porque sabe que los que no aman no comprenden y no soportan el lenguaje del amor ni la felicidad de amar y ser amados.
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Les cuento que por un tiempo no seguiré participando de discusiones doctrinarias del tipo "católicos versus evangélicos", dado que considero que se ha llegado a un nivel de agresión verbal en muchos temas de este foro que más que darle gloria a Dios y edificar el Cuerpo de Cristo, estamos haciéndole el juego al Adversario.
Bendiciones
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El ladrón que robó el cielo
En la tarde de ese día, en la tierra sepultaban los restos de un hombre, que había dedicado su vida al robo. Todo un profesional en el arte de vivir de lo ajeno.
Entradas y salidas se alternaban en su relación con la cárcel. Hasta que, pasados también para él los años, envejecido, una corta enfermedad lo llevó hasta la muerte, que lo sorprendió dentro de la cárcel.
En cuanto abrió sus ojos en los umbrales de «la otra Vida», disfrutó de la sorpresa de encontrarse vivo. Pero no dispuso de más tiempo para sus posibles cavilaciones. Una mano lo tomó de un brazo y lo condujo velozmente hasta delante de un enorme pórtico.
Fijó sus ojos en él y con desagrado leyó: INFIERNO.
El acompañante lo invitó a ingresar. La primera impresión le resultó chocante y desagradable. Pero temió que fuera fruto de la mala publicidad que a este lugar le hacían en la tierra. De modo que se dispuso para observar con detenimiento.
Pero no necesitó mucho tiempo para confirmar que la mala publicidad se correspondía muy bien con la cruda realidad de aquel lugar de tormentos. Sobre todos los sufrimientos que se les imponían a todos lo huéspedes, el que más rechazo y desagrado le causó fue la relación de odio y de indiferencia, que se dejaba ver en las miradas que se dirigían los unos a los otros. Eran miradas que parecían llamas de fuego destructor...
Y nuestro hombre sintió pánico.
Pero, pensó, si en la tierra se las había ingeniado para vivir de lo robado, ¿por qué no seguir probando fortuna?
Pese a la vigilancia estricta que reinaba en el lugar, su vieja habilidad le permitió burlar los controles y robar la llave de entrada. Sin perder tiempo, traspuestas las puertas del infierno, se dirigió al cielo.
Allí estuvo merodeando a la espera de la oportunidad. Hasta que se le dio el momento oportuno. En un descuido del Angel portero del cielo, estando las puertas abiertas, el hombre corrió hacia adentro.
Una multitud de personas felices cantaban mientras se expresaban el amor de mil maneras. Al verlo pasar a nuestro hombre lo saludaban y le transmitían mensajes de amor y de bienvenida...
Al mismo tiempo aquella multitud feliz dirigía su mirada hacia un punto, desde donde parecía proceder la fuente de tanta felicidad ¡Contemplaban a Dios!
Nuestro pobre hombre se sintió enloquecer. No comprendía palabra de lo que oía, miraba hacia donde todos veían a Dios y su mirada moría en el vacío, sin encontrarlo.
Desesperado, no soportó más aquello. Y se dirigió rápidamente a la puerta para evitar verse obligado a permanecer en aquel tormento.
El Señor Jesús se sorprendió al verlo, porque por sus características reconoció que no era uno de los felices moradores del paraíso.
Confundido, nuestro ladrón se dirigió a Jesús para confesarle:
- Perdón, Señor. Yo me metí aquí porque quise robar el cielo. Como robé durante toda mi vida, pensé que podría seguir haciéndolo. Pero me equivoqué. Esto es el infierno. No lo soporto. No entiendo nada.
El Señor lo miró con pena, y mientras le dejaba el paso libre para que abandonara el cielo, le dijo:
- Qué pena. Lo siento. Pero esto es así. Yo no condeno a nadie al infierno, ni puedo imponer a nadie el cielo. Esto es el resultado de la elección de cada uno...
El ladrón huyó corriendo del infierno del paraíso. Y desde aquel día el Angel deja las puertas del cielo abiertas, porque sabe que los que no aman no comprenden y no soportan el lenguaje del amor ni la felicidad de amar y ser amados.
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