Estimado
@Miniyo has citado Mateo 10:28, Lucas 20:38 y Apocalipsis 6:9-11 para defender la idea de la
inmortalidad del alma.
Voy a responderte usando solamente los 66 libros del canon protestante de manera muy cuidadosa como acostumbro hacerlo y en este foro todos son testigos.
Estos pasajes que usas, si son correctamente entendidos,
no enseñan que el alma humana sea inmortal por sí misma, sino que confirman la verdad bíblica de que el ser humano caído es mortal y que después de la caída
la vida eterna es un don de Dios que se recibirá en la resurrección.
Estoy ensayando el responder con respeto, rigor textual y con un tono cordial pero afirmado en la verdad bíblica
sin ofender
El ser humano es carne viviente y no un espíritu encarnado!!!
Desde las primeras páginas de la Biblia, Dios nos revela
qué es el ser humano.
Génesis 2:7 declara Dios
Formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un alma viviente.
Por favor nota que
el hombre fue un alma viviente, y no que
tiene un alma metida dentro.
Es decir, el ser humano completo (cuerpo formado del polvo + aliento de vida de Dios)
es una “alma” (persona) viviente.
El alma, en términos bíblicos,
no es un ente separado del cuerpo, sino
la persona en su totalidad, con vida dada por el soplo divino.
La Escritura
no presenta al hombre como “un espíritu encarnado” (un espíritu inmortal metido en un cuerpo), sino como una unidad viviente de un cuerpo animado por el aliento de Dios.
De hecho, la Biblia enfatiza que hoy
somos mortales debido a que la muerte entró por la caída.
Dios le advirtió a Adán que la consecuencia del pecado sería su muerte (
“ciertamente morirás” – Génesis 2:17), y tras la caída declaró el siguiente juicio:
Polvo eres, y al polvo volverás (Génesis 3:19).
El ser humano, por causa del pecado, vuelve a la tierra de donde fue tomado.
No se dice que alguna parte de él siga viviendo consciente.
Fijate también que en Génesis 6:3 dice:
“Dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años.”
Aquí Dios define que la naturaleza humana después de la caída es mortal y con un límite de días.
La realidad es que, tras el pecado,
el vivir para siempre nos fue negado.
Dios expulsó a Adán y a Eva del Edén para que no comieran del árbol de la vida y
“vivan para siempre” en su estado caído (Génesis 3:22-24).
Es decir que
el ser humano perdió la posibilidad potencial de vivir para siempre con la que había sido creado por su desobedeincia y así quedó sujeto a la muerte.
No hay en nosotros ninguna parte inmortal innata y
el hombre es carne, no un espíritu encarnado.
La muerte es real y total según la Biblia!!!
Al morir,
el ser humano muere por completo.
La Biblia describe la muerte como la cesación de la vida de la persona entera, no como una separación donde una parte sigue consciente.
Reiteradamente se usa la metáfora del
“sueño” para referirse a la muerte.
Por ejemplo,
“Durmió Joab con sus padres” (1 Reyes 2:10),
“Lázaro, nuestro amigo, duerme; mas voy para despertarle... Jesús decía esto de la muerte de Lázaro” (Juan 11:11-14).
En 1 Tesalonicenses 4:13-15, Pablo enseña que
los cristianos que han muerto “duermen” en Jesús hasta la resurrección.
Esta metáfora muestra que, en la muerte, la persona está inactiva, inconsciente, en reposo, a la espera de volver a ser despertada en la resurrección.
No pinta un alma disfrutando de vida activa antes de la resurrección.
Las declaraciones explícitas de la Biblia confirman esa inconsciencia de los muertos.
“Porque los vivos saben que han de morir; mas los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido” (Eclesiastés 9:5).
También dice
“su amor y su odio y su envidia fenecieron ya” (Ecl. 9:6), indicando que
no quedan emociones ni actividad consciente tras la muerte.
El salmista afirma:
“Sale su espíritu (aliento), y vuelve al polvo; en ese mismo día perecen sus pensamientos (Salmo 146:4).
Al exhalar el último suspiro, los
pensamientos de la persona mueren con ella.
No continúa pensando ni adorando a Dios en algún lugar, pues
“no alaban los muertos a Jah” (Salmo 115:17).
En el sepulcro
no hay recuerdo ni alabanza (Salmo 6:5).
Todas estas escrituras dibujan una misma realidad:
la muerte es un estado de ausencia de vida y conciencia.
No queda una “alma” sintiente activa; el ser humano, al morir, realmente muere en su totalidad.
Cabe aclarar que
cuando la Biblia habla del “espíritu” (heb. ruaj, gr. pneuma) que vuelve a Dios, no se refiere a una persona consciente, sino al
aliento de vida que Dios dio.
Eclesiastés 12:7 dice:
“el polvo vuelva a la tierra… y el espíritu vuelva a Dios que lo dio”.
Esto simplemente indica que la fuerza vital regresa a Dios, el dador de la vida.
No contradice lo anterior, ya que ese “espíritu” no piensa ni siente por sí mismo (recordemos:
“perecen sus pensamientos” el mismo día de la muerte).
Es como Job 34:14-15 que dice:
“Si Dios retirara su espíritu y su aliento, toda carne perecería juntamente, y el hombre volvería al polvo”.
Sin el aliento de Dios, dejamos de existir como seres vivos.
En resumen, según la Biblia la muerte es una extinción temporal de la vida – temporal porque gracias a Dios hay esperanza más allá de la muerte, pero no porque el hombre sea inmortal, sino porque Dios es poderoso para devolver la vida por medio de la resurrección.
La vida eterna es un don de Dios conferido en y por la resurrección!!!
Aunque el panorama natural del hombre caído es la mortalidad, Dios, en su amor, proveyó la
salvación.
¿En qué consiste esa salvación? En
recibir vida eterna.
“Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva (regalo) de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).
Notá el contraste:
...por culpa nuestra, el pecado nos paga con muerte (eso es lo “natural”) pero Dios nos
ofrece vida eterna como
regalo y no como algo que ya tengamos.
Si el alma ya fuera inmortal, la vida eterna no sería un regalo futuro sino una posesión presente, y la muerte no sería realmente “muerte” sino trasladarse de lugar.
Pero la Biblia insiste en que
necesitamos que Dios nos dé la vida eterna y no que la tenemos sin Él.
Este
don de la inmortalidad Dios lo otorga
en la resurrección de los muertos, por medio de Jesucristo.
Cristo vino precisamente para vencer a la muerte.
Él dijo:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).
La esperanza cristiana central es que,
aunque muramos, Cristo nos
resucitará para vida eterna.
Jesús enseñó claramente que la vida después de la muerte vendrá en el día final:
“Viene la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida…” (Juan 5:28-29).
Fijate que habla de
personas en los sepulcros (no de almas en el cielo) que aún
esperan oír la voz de Cristo y
salir de la muerte en la resurrección final.
El apóstol Pablo explica que en aquel día, cuando Cristo regrese,
los muertos en Cristo resucitarán (1 Tesalonicenses 4:16).
Es entonces cuando los salvos son
revestidos de inmortalidad:
“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos, pero todos seremos transformados… y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Corintios 15:51-53).
Mientras tanto, somos mortales (
“esto mortal” dice Pablo de nuestro estado actual).
Cuando suene la trompeta final, los que murieron en Cristo volverán a vivir incorruptibles, y
los vivos serán transformados.
“entonces se cumplirá… sorbida es la muerte en victoria” (1 Cor 15:54).
Hasta ese momento, la muerte sigue siendo una realidad – por eso Pablo habla de
dormir (morir) y necesitar ser transformados.
Incluso
los justos del Antiguo Testamento entendían que recibirían la vida después de morir
sólo mediante la resurrección.
Job decía:
“Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir? Todos los días de mi edad esperaré, hasta que venga mi liberación.
Entonces llamarás, y yo te responderé” (Job 14:14-15, RVA).
Job comparaba la muerte a esperar hasta que Dios lo llame de nuevo a la vida.
Daniel profetizó:
“muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna…” (Daniel 12:2).
La fe bíblica es que Dios despertará a los que duermen en el polvo.
Por todo esto, el Nuevo Testamento afirma que
sólo Dios es inmortal en sí mismo:
“el Rey de reyes… que solo tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible” (1 Timoteo 6:15-16).
Ningún ser humano tiene inmortalidad por naturaleza; debemos
“buscar inmortalidad” (Romanos 2:7) y
“asirnos de la vida eterna” (1 Timoteo 6:12) por medio de Cristo.
La inmortalidad es un regalo escatológico, otorgado en la
“nueva creación” en Cristo, cuando seamos resucitados incorruptibles.
En esa
nueva creación, Dios reemplazará esta existencia mortal por una
humanidad nueva y glorificada en unión con Jesús, el segundo Adán (esto es parte de la revisión que llamé “teología de la sustitución real y nueva creación” y que ya he mencionado con anterioridad: nuestra vida vieja, “carne” de Adán, es sustituida por una vida nueva real en Cristo resucitado).
Teniendo claros estos fundamentos bíblicos – que el ser humano pecador es mortal, que la muerte es como un sueño sin conciencia, y que la
única esperanza de vida eterna está en la resurrección por gracia de Dios – podemos ahora abordar los pasajes en cuestión para entenderlos en contexto.
Mateo 10:28 “No temáis a los que matan el cuerpo…”
¿Sugiere Mateo 10:28 que el alma es inmortal?
Leamos el pasaje:
“Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28, RVR).
Estas son palabras de Jesús a sus discípulos, preparándolos para la persecución.
A primera vista, algunos leen que
“el alma no se puede matar” y suponen que
“alma” se refiere a una parte inmortal que sigue con vida después de la muerte del cuerpo.
Pero analicemos con cuidado:
- El contexto: Jesús contrasta el poder limitado de los hombres con el poder supremo de Dios. Los hombres pueden perseguirnos e incluso matarnos físicamente, “matar el cuerpo”. Pero hasta ahí llegan: “después nada más pueden hacer” (así lo expresa el pasaje paralelo en Lucas 12:4). Dios, en cambio, tiene autoridad sobre nuestro destino eterno: Él puede resucitar para vida eterna o puede resucitarnos para condenación eterna. Jesús nos dice que temamos (reverenciemos) a Dios por encima de cualquier hombre.
- El significado de “alma” (gr. psyché): En la Biblia, “alma” a menudo significa la vida misma o la persona entera. Aquí “el alma no pueden matar” equivale a “después de haberos quitado la vida, nada más pueden hacer” (Lucas 12:4-5). Es decir, los hombres pueden quitar la vida presente pero no pueden aniquilar por completo a la persona, porque Dios puede devolverle la vida. Los discípulos podrían ser muertos por causa de Cristo, pero aún así su vida estaba segura en manos de Dios, quien los resucitaría. Los enemigos “no pueden matar el alma” en el sentido de que no pueden impedir que vivamos de nuevo eternamente. No significa que el alma sea inmortal ni imposible de matar en absoluto, porque inmediatamente Jesús aclara que Dios sí podría destruirla.
En resumen sobre Mateo 10:28:
Los hombres matan, pero Dios puede resucitar. Los enemigos de los discípulos podían matarlos físicamente, pero
no podían arrebatarles la vida eterna que Dios les daría.
Así que
Mateo 10:28 no enseña dos componentes (cuerpo perecedero vs alma imperecedera) en el hombre de manera ontológica, sino que enfatiza que
sólo Dios decide sobre la vida eterna de una persona. Para los fieles, esta es una palabra de consuelo (nadie puede arrebatarles su vida eterna guardada en Dios); para los infieles, es palabra de advertencia (Dios puede quitarles todo).
Nota: Es interesante que Mateo use “alma” y Lucas al relatar la misma enseñanza no la menciona.
Lucas 12:4-5 dice:
“No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer. Pero os enseñaré a quién debéis temer: temed a Aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno…”.
Lucas 20:37-38 “Dios... no es Dios de muertos, sino de vivos”
Pasemos ahora a Lucas 20:38, otra cita usada para sugerir que los muertos
están vivos de alguna forma.
Leamos el contexto:
“Entonces, acercándose unos de los saduceos, los cuales negaban haber resurrección, le preguntaron… ” (Lucas 20:27). Los
saduceos eran una secta judía que
no creía en la resurrección ni en ángeles ni en espíritu (Hechos 23:8).
Para ellos, cuando uno moría, dejaba de existir totalmente (no albergaban la idea de un alma inmortal; de hecho, negaban cualquier vida posterior).
En Lucas 20:27-40, estos saduceos tratan de ridiculizar la doctrina de la resurrección con una pregunta capciosa sobre una mujer que enviudó siete veces: “¿de cuál de los siete será esposa en la resurrección?”.
Jesús les responde corrigiendo su suposición y afirmando que la vida de resurrección no es una continuación exacta de esta vida (no habrá matrimonio, Lucas 20:34-35) y aprovecha para
probar la verdad de la resurrección usando las Escrituras que ellos aceptaban (el Pentateuco de Moisés).
Jesús cita Éxodo 3:6, donde Dios se reveló a Moisés en la zarza y le dijo:
“Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (Lucas 20:37).
Luego Jesús concluye en Lucas 20:38:
“Pues Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven.”
Algunos interpretan esta frase final como que
“todos están vivos para Dios”, implicando que incluso después de morir físicamente, uno sigue vivo de alguna manera en la presencia de Dios.
Pero analicemos esto con atención:
- Jesús está refutando la negación de la resurrección, no enseñando sobre el estado intermedio. Los saduceos negaban la resurrección futura. Jesús, para rebatirlos, demuestra la resurrección a partir de que Dios aún se declara Dios de personas que murieron hace siglos. Él dice en el verso 37: “Que los muertos han de resucitar, aun Moisés lo enseñó” (Lucas 20:37, RVR). O sea, Jesús introduce la cita afirmando que prueba la resurrección de los muertos. No dijo “Moisés enseñó que Abraham ya está vivo ahora mismo”, sino que dado que Dios es aún Dios de Abraham, Isaac y Jacob, se infiere que ellos han de vivir de nuevo (resucitar), porque Dios es Dios de vivos. El enfoque es la resurrección.
- “Para Él todos viven” = en el plan y poder de Dios, su futura vida está asegurada. ¿En qué sentido Abraham, Isaac y Jacob “viven” para Dios? No en el sentido de estar ahora mismo con vida consciente (la Biblia registra que “durmió Abraham…” – Génesis 25:8 – es decir murió; lo mismo Isaac y Jacob, Hebreos 11:13). Más bien, “viven para Él” porque están presentes ante Dios en Su memoria y propósito, listos para ser resucitados. Dios trasciende el tiempo; para Él, que es omnisciente y todopoderoso, la certeza de la resurrección hace que estos santos estén “vivos” desde Su perspectiva, puesto que Él ya ha decretado darles vida de nuevo. Romanos 4:17 dice que Dios “da vida a los muertos y llama las cosas que no son, como si fuesen”. Así que Dios pudo decir a Moisés, siglos después de que Abraham muriera, “Yo soy el Dios de Abraham…”, porque la muerte no había derrotado Su propósito para Abraham. Abraham aún tenía por delante una vida en pie de las promesas de Dios (ver Hebreos 11:13-16,39-40 donde se explica que los patriarcas murieron sin haber recibido aún lo prometido, esperando algo mejor en el futuro junto con nosotros).
- Lucas 20:36 ilumina el sentido: Justo antes, Jesús dijo: “Ya no pueden más morir, pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección” (Lucas 20:36). Es un punto crucial. Jesús enseña que al participar de la resurrección, los justos ya no mueren más (es ahí cuando reciben la inmortalidad, similares a los ángeles). Pero mientras esa resurrección no ocurra, siguen sujetos a la muerte. Abraham murió (Juan 8:52-53), David murió y “no subió a los cielos” (Hechos 2:29,34). Si los saduceos estuvieran en lo correcto (que no hay resurrección), entonces Abraham, Isaac y Jacob permanecerían muertos para siempre, y Dios en Éxodo 3:6 se estaría llamando “Dios de muertos” (lo cual sería absurdo, porque implicaría que la comunión de Dios con ellos terminó para siempre). Pero como sí habrá resurrección, Dios sigue siendo su Dios, sabiendo que volverán a vivir.
En síntesis,
Lucas 20:38 no enseña que las almas de los difuntos estén viviendo ahora mismo.
En cambio, enseña que la promesa de la resurrección es tan segura que, desde la perspectiva de Dios, esos fieles “viven”, ya que vivirán de nuevo. Jesús usa este verso precisamente para afirmar la
resurrección futura, no para redefinir la muerte como otra forma de vida. Interpretar
“para Él todos viven” como
“todos los muertos están actualmente vivos en forma de alma” sería sacarlo de contexto y, de hecho, socavaría el propio argumento de Jesús a favor de la resurrección.
La intención es consolarnos en que la comunión con Dios no termina en la tumba: Él nos levantará.
Así que, comprendido en su contexto,
Lucas 20:37-38 armoniza perfectamente con el resto de la Biblia: la vida después de la muerte viene por la resurrección, en el tiempo de Dios, no por poseer un alma inmortal. Los patriarcas
murieron, pero
para Dios (en Su plan redentor)
“todos ellos viven” porque Dios
les dará vida de nuevo. No hay aquí apoyo a la doctrina de que el alma es intrínsecamente inmortal.
Apocalipsis 6:9-11 – Las almas bajo el altar clamando!!!
Por último, analicemos Apocalipsis 6:9-11, la visión del quinto sello, que menciona
“almas” de mártires clamando justicia. El pasaje dice así:
“Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la Palabra de Dios y por el testimonio que tenían. Y clamaban a gran voz, diciendo: ‘¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?’ Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos…” (Apocalipsis 6:9-11, RVA).
A primera vista, uno podría imaginar una escena literal: personas muertas (sus almas) hablando con Dios en el cielo. Algunos toman esto como evidencia de que los muertos
están conscientes en alma en la presencia de Dios. Sin embargo, recordemos que
Apocalipsis es un libro lleno de símbolos y lenguaje figurado, especialmente en las visiones de los sellos, trompetas y copas. No interpretamos literalmente, por ejemplo, que habrá
un Cordero con siete cuernos y siete ojos (Apoc. 5:6) o una
bestia con siete cabezas y diez cuernos saliendo del mar (Apoc. 13:1). Esas imágenes
representan realidades (Cristo, los reinos, etc.),
no son la realidad literal en sí. Del mismo modo, la visión de “almas bajo el altar” debe entenderse simbólicamente a la luz de toda la Escritura.
Consideremos los elementos de la escena:
- “Vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos…” – Juan ve un altar celestial y debajo de él las “almas” de mártires. En el lenguaje del Santuario (que Apocalipsis usa mucho), el altar alude al altar de sacrificios. En el antiguo templo, la sangre de los sacrificios se derramaba al pie del altar (Levítico 4:7). La sangre representaba la vida (Levítico 17:11). Así que, imaginar “almas bajo el altar” es como decir metafóricamente que la vida (sangre) de los mártires fue derramada como ofrenda a Dios, y esa sangre derramada clama pidiendo justicia. ¿En qué me baso para esta interpretación? En un pasaje claro: Génesis 4:10. Dios le dice a Caín: “La voz de la sangre de tu hermano [Abel] clama a mí desde la tierra.” Obviamente la sangre derramada de Abel no hablaba literalmente, sino que es una forma poética de decir que su muerte injusta demandaba justicia delante de Dios. Abel estaba muerto (inconsciente), pero Dios “oía” simbólicamente la voz de su sangre. Lo mismo ocurre en Apocalipsis 6:9-10: las “almas” (vidas) derramadas de los mártires claman simbólicamente pidiendo que Dios vindique su sacrificio. No significa que esos mártires estén literalmente despiertos conversando con Dios antes de la resurrección, sino que su martirio “grita” por vindicación en la narrativa de la visión.
- “clamaban a gran voz: ¿Hasta cuándo, Señor… no juzgas y vengas nuestra sangre?” – Este clamor de los mártires recuerda el clamor de los salmos de lamentación o de los profetas que preguntaban “¿Hasta cuándo, oh Dios, permitirás la injusticia?” (cf. Salmo 94:3-4, Habacuc 1:2). Es el clamor por justicia de parte de todos los siervos de Dios perseguidos. En Apocalipsis, Dios les da una respuesta simbólica: “se les dan vestiduras blancas” (señal de victoria y pureza) y se les dice que descansen un poco más hasta que llegue el momento señalado.
- “Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen…” – Si alguien tomara esta escena como literal, tendría que explicar cómo “almas” incorpóreas pueden usar vestiduras. Claramente, estamos en el terreno de la simbolización. Dios les provee túnicas blancas, lo cual simboliza que son considerados justos y victoriosos a Sus ojos (en Apoc. 7:14 las vestiduras blancas representan la justicia lavada en la sangre del Cordero). Y les dice que “descansen” un poco más. Interesante: si ya estuvieran vivas y conscientes en el cielo pasando penas, ¿por qué decirles que descansen? Ese idioma encaja más bien con la idea de que deben esperar en el reposo de la muerte un tiempo hasta que Dios actúe. “Descansar” es precisamente el término usado a menudo para la muerte de los justos (“Descansen de sus trabajos” – Apoc. 14:13). Aquí en Apoc. 6, Dios metafóricamente les asegura: “Yo haré justicia, pero todavía no. Sigan reposando (en la muerte) un poco más, hasta que se complete el número de sus consiervos que también han de morir”. Esto implica que aún hay más mártires por venir, y cuando la historia llegue al clímax, Dios responderá a ese clamor.
Cuando interpretamos Apocalipsis 6:9-11 de acuerdo al género literario y al contexto bíblico general,
no encontramos una prueba de inmortalidad del alma, sino un mensaje de aliento para los creyentes perseguidos: Dios
ve sus muertes injustas, sus vidas entregadas están
“bajo Su altar” (es decir, delante de Él como sacrificio santo, ver Romanos 12:1), y aunque por ahora parezca que la justicia se retrasa,
Él les hará justicia en su debido momento. Ese momento llegará con la
segunda venida de Cristo, la resurrección y el juicio.
De hecho, más adelante en Apocalipsis vemos el cumplimiento: en Apocalipsis 20:4-5 Juan ve de nuevo a los mártires, esta vez en la resurrección gloriosa. Dice:
“Vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús… y vivieron y reinaron con Cristo mil años… Esta es la primera resurrección.” Nótese: aquellos que habían muerto por Cristo
“volvieron a vivir” y reinaron con Él. Esa es la respuesta definitiva de Dios:
resucitarlos para reinar, dándoles vida eterna. Antes de ese punto, durante el período de espera, se decía que “descansen”. Así que Apoc. 6:9-11 y Apoc. 20:4-5
juntos pintan el cuadro completo: los mártires
mueren (sus almas derramadas claman simbólicamente), Dios les dice que descansen un poco más, y luego
los resucita a la vida inmortal (viven y reinan). No hay contradicción en ello, sino la maravillosa enseñanza de que
ni siquiera la muerte separará a los creyentes del amor y la justicia de Dios, porque
Él los resucitará en victoria.
Conclusión sobre Apocalipsis 6:9-11: Este pasaje, entendido correctamente,
no enseña que las almas de los mártires estén con vida consciente antes de la resurrección, sino que utiliza lenguaje figurado para asegurar que
Dios recuerda el sacrificio de Sus hijos y les hará justicia. Es parte del estilo apocalíptico de Juan,
no un tratado doctrinal sobre antropología. En armonía con el resto de la Biblia, afirma que aunque los creyentes mueran (y realmente mueren, puesto que se les dice que “descansen”), su esperanza está segura hasta el día en que Dios los vindique levantándolos de la muerte.