La cristología del Nuevo Testamento presenta a Cristo como plenamente divino sin identificarlo ontológicamente con el Padre como la Fuente absoluta del ser. En Juan 1:1, la traducción cristiana tradicional dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” Ahora bien, el texto griego afirma καὶ θεὸς ἦν ὁ λόγος (kai theòs ēn ho lógos), donde θεός aparece sin artículo, indicando no identidad personal con ὁ θεός (el Dios), sino cualidad o naturaleza divina; así, el Logos no es “el Dios”, sino aquel que participa plenamente de lo divino, expresión eterna del Padre y mediador de la creación (cf. Juan 1:3). Esta distinción se ve reforzada por Filipenses 2:6–8, donde Pablo describe a Cristo como ἐν μορφῇ θεοῦ ὑπάρχων (“existiendo en forma de Dios”), evitando deliberadamente identificarlo como ὁ θεός (el Dios), y subrayando en cambio su autovaciamiento (κένωσις), mediante el cual renuncia a la igualdad funcional para asumir la condición humana. El uso de μορφή (morphē) apunta a una condición real y manifestada, pero no a una identidad absoluta de esencia, lo cual armoniza con la afirmación de Jesús sobre el Padre como “el único Dios verdadero” (Juan 17:3). Desde una perspectiva filosófico-teológica, esta dinámica puede entenderse como una auto-expresión divina análoga al concepto judío del tzimtzum צִמצוּם, donde Dios se autolimita para hacer espacio a la creación, sin dejar de ser Dios. En este marco, Cristo es verdaderamente Dios como Logos eterno, Palabra creadora e imagen visible del Dios invisible (cf. Colosenses 1:15), pero no es el Padre mismo; es Dios comunicado, Dios en relación, Dios que se da, mientras el Padre permanece como la Fuente una, trascendente e indivisible del ser divino.
Históricamente, amplios sectores de la iglesia cristiana han afirmado con razón la divinidad de Cristo, aunque con frecuencia sin explorar adecuadamente las implicaciones de una teología trinitaria que reconoce distinción de personas, funciones y relaciones dentro de la vida divina. En el testimonio del Nuevo Testamento, Cristo es confesado como el Hijo eterno, no como el Padre mismo; por tanto, no puede identificarse sin matices con Hashem Adonai Eloheinu הַשֵּׁם אֲדֹנָי אֱלֹהֵינוּ, el Dios uno y absoluto de la fe bíblica. Jesús es la auto-expresión eterna del Padre, su Palabra creadora y Sabiduría encarnada, aquel por medio de quien todas las cosas fueron hechas, pero no la totalidad exhaustiva de la Deidad. El Padre permanece como la Fuente única, indivisible y trascendente, mientras el Hijo existe en relación de procedencia, envío y obediencia. Esta distinción no es una inferencia tardía, sino una afirmación explícita del propio Jesús, quien declaró que “el Padre es mayor que yo” (Juan 14:28) y, tras la resurrección, confesó al Padre como “mi Dios y vuestro Dios” (Juan 20:17). Tales declaraciones no pueden ser reducidas a meros aspectos funcionales sin vaciar su contenido teológico. En consecuencia, el mismo Jesús identifica al Padre como “el único Dios verdadero”, distinguiéndose a sí mismo como aquel que ha sido enviado para revelarlo y dar a conocer el camino de la vida eterna (**Juan 17:3). Desde esta perspectiva, Cristo es verdaderamente Dios en cuanto Logos eterno y revelación perfecta del Padre, pero no el Padre mismo; es Dios comunicado, Dios que se da y se hace visible, mientras el Padre permanece como el Uno, sin rival ni equivalente.
Históricamente, amplios sectores de la iglesia cristiana han afirmado con razón la divinidad de Cristo, aunque con frecuencia sin explorar adecuadamente las implicaciones de una teología trinitaria que reconoce distinción de personas, funciones y relaciones dentro de la vida divina. En el testimonio del Nuevo Testamento, Cristo es confesado como el Hijo eterno, no como el Padre mismo; por tanto, no puede identificarse sin matices con Hashem Adonai Eloheinu הַשֵּׁם אֲדֹנָי אֱלֹהֵינוּ, el Dios uno y absoluto de la fe bíblica. Jesús es la auto-expresión eterna del Padre, su Palabra creadora y Sabiduría encarnada, aquel por medio de quien todas las cosas fueron hechas, pero no la totalidad exhaustiva de la Deidad. El Padre permanece como la Fuente única, indivisible y trascendente, mientras el Hijo existe en relación de procedencia, envío y obediencia. Esta distinción no es una inferencia tardía, sino una afirmación explícita del propio Jesús, quien declaró que “el Padre es mayor que yo” (Juan 14:28) y, tras la resurrección, confesó al Padre como “mi Dios y vuestro Dios” (Juan 20:17). Tales declaraciones no pueden ser reducidas a meros aspectos funcionales sin vaciar su contenido teológico. En consecuencia, el mismo Jesús identifica al Padre como “el único Dios verdadero”, distinguiéndose a sí mismo como aquel que ha sido enviado para revelarlo y dar a conocer el camino de la vida eterna (**Juan 17:3). Desde esta perspectiva, Cristo es verdaderamente Dios en cuanto Logos eterno y revelación perfecta del Padre, pero no el Padre mismo; es Dios comunicado, Dios que se da y se hace visible, mientras el Padre permanece como el Uno, sin rival ni equivalente.