Una representación gráfica se inspira en todo lo que hay detrás de la persona que elige ello. Todos tenemos un "avatar" con el que identificamos lo que somos o queremos ser, según el pasado personal.
Hay quienes eligen ser su propio avatar porque se conducen con total transparencia frente a los demás. No necesitan ponerse una máscara o un disfraz para identificarse.
Otros, en cambio, se esconden tras una apariencia, una actitud, un comportamiento, etc. que se convierte en el cameo de una perfección artificial. Sostienen su debilidad detrás de algo fabricado que se sostiene con los alfileres de la apariencia... Ya sea de piedad, de violencia, de intelecto, y así por el estilo.
Al leer y examinar lo bíblico, sin embargo, la primera impresión de la imagen de Dios podría prestarse a incomprensión y dudas... "¿Cómo es posible que algo sublime pueda haberse convertido en un montón de estiércol?"
El caso particular del Señor está muy por encima de una "imagen" o representación de la realidad eterna. Todo lo que Cristo hizo, lo hizo porque pudo, porque quiso y porque estaba dispuesto a cumplir la encomienda de buscar y salvar lo que se había perdido, que -por cierto- no fuimos nosotros el mero objeto de este plan de rescate.
En el medio existencial que nos tocó vivir, las representaciones nuestras no se ajustan exactamente a lo que en verdad debimos ser, aún teniendo algo del Señor en nosotros. Es aquí donde se aprecia el cambio verdadero que empieza desde adentro y se proyecta hacia todo lo que otros perciben de nuestro ser.
Se gestan cambios tremendos en este mundo; las posiciones se polarizan cada vez más. Unos abrazarán una forma de vivir que se opone abiertamente al principio que debió definir el motivo de nuestra existencia. Poco a poco se convierten en avatares de un enemigo que hará cualquier cosa con tal de destruir lo que Dios rescató en el Cordero.
Ser discípulo de Cristo está por encima de un avatar forjado por el mundo, de tal modo que decir "ser cristiano" me obliga a abandonar la vida somática que nunca llegará a ser lo que Dios espera que sea al final.
Hay quienes eligen ser su propio avatar porque se conducen con total transparencia frente a los demás. No necesitan ponerse una máscara o un disfraz para identificarse.
Otros, en cambio, se esconden tras una apariencia, una actitud, un comportamiento, etc. que se convierte en el cameo de una perfección artificial. Sostienen su debilidad detrás de algo fabricado que se sostiene con los alfileres de la apariencia... Ya sea de piedad, de violencia, de intelecto, y así por el estilo.
Al leer y examinar lo bíblico, sin embargo, la primera impresión de la imagen de Dios podría prestarse a incomprensión y dudas... "¿Cómo es posible que algo sublime pueda haberse convertido en un montón de estiércol?"
El caso particular del Señor está muy por encima de una "imagen" o representación de la realidad eterna. Todo lo que Cristo hizo, lo hizo porque pudo, porque quiso y porque estaba dispuesto a cumplir la encomienda de buscar y salvar lo que se había perdido, que -por cierto- no fuimos nosotros el mero objeto de este plan de rescate.
En el medio existencial que nos tocó vivir, las representaciones nuestras no se ajustan exactamente a lo que en verdad debimos ser, aún teniendo algo del Señor en nosotros. Es aquí donde se aprecia el cambio verdadero que empieza desde adentro y se proyecta hacia todo lo que otros perciben de nuestro ser.
Se gestan cambios tremendos en este mundo; las posiciones se polarizan cada vez más. Unos abrazarán una forma de vivir que se opone abiertamente al principio que debió definir el motivo de nuestra existencia. Poco a poco se convierten en avatares de un enemigo que hará cualquier cosa con tal de destruir lo que Dios rescató en el Cordero.
Ser discípulo de Cristo está por encima de un avatar forjado por el mundo, de tal modo que decir "ser cristiano" me obliga a abandonar la vida somática que nunca llegará a ser lo que Dios espera que sea al final.