Hace casi dos milenios que en un día como el de hoy ocurrió un portento que superó a cuando el Sol se paró en medio del cielo (Josué 10:13).
“Y cuando era como la hora de sexta, fueron hechas tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora de nona. Y el sol se obscureció…” (Lucas 23:45).
La versión La Biblia de las Américas traduce allí: “…al eclipsarse el sol”. Esta idea está muy extendida pero es equivocada. Para que se produzca un eclipse de Sol la Luna debe estar en fase de Nueva (que es cuando no la vemos), pero para la Pascua de los judíos, debía estar en fase de Llena, como sigue ocurriendo en el día de hoy.
Además, un eclipse total dura apenas unos pocos minutos, y la corona solar alcanza a dar todavía algo de luz. Al estar crucificado nuestro Señor, las tinieblas duraron tres horas, lo que jamás ocurre en eclipse alguno. Aquella oscuridad alcanzó a “toda la tierra”, habiendo antiguos testimonios de la misma desde las regiones allende el Mediterráneo hasta la misma China. Sabemos bien que un eclipse solar proyecta su cono de sombra en una franja angosta de la Tierra, y en las regiones contiguas apenas es parcial. Este no fue el caso que nos relata Lucas.
Lamentablemente, la cuarentena me agarró lejos, en una ciudad que me mantiene en cautiverio a trescientos kilómetros de mis libros, por lo que estoy escribiendo de memoria sin poder citar mis fuentes.
Es caso es, que habiendo estudiado este punto más en profundidad años ha, encontré algún texto griego que en vez de referirse al Sol como que se oscureció o entenebreció, presentaba la variante como que su luz se retrajo, como si el Sol estuviese desfalleciendo durante aquellas tres horas de agonía de nuestro Señor en la cruz.
Esto sin duda que se presta para meditar mejor, recordando en Jesús al Sol de Justicia, y como los cielos jamás exhibieron milagro todavía mayor al de las huestes angelicales aparecidas a los pastores al nacer el Salvador (Lc 2:13).
Cordiales saludos