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Rey de reyes y Señor de señores
Lección 13 de la Escuela Sábatica Adventista
Para el 24 de Septiembre del 2005
Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco,
y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero,
y con justicia juzga y pelea.
Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre:
REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES”
(Apocalipsis 19:11,16)
El estudio de esta semana se concentra en la promesa de la segunda venida de Cristo (Juan 14:3). Esa promesa ha alentado la vida de los cristianos desde que el Señor ascendió a los cielos. El Credo Apostólico nos recuerda desde los primeros siglos de la cristiandad que Jesús volverá para juzgar a los vivos y a los muertos –se trata del “juicio ejecutivo”.
A mediados del siglo XIX el predicador bautista William (Guillermo) Miller, siguiendo un método racionalista de estudio bíblico, predijo en EE.UU. la segunda venida de Cristo para el año 1844. Este “movimiento millerita” dio origen a varias iglesias “adventistas” –entre ellas nuestra Iglesia Adventista del Séptimo Día. De ese movimiento surgió también la secta de los Testigos de Jehová.
El chasco producido por el incumplimiento de la predicción de Miller causó diversos efectos. Muchos abandonaron la esperanza del regreso de Cristo, y algunos incluso la fe cristiana. Otros pusieron nuevas fechas –los Testigos de Jehová afirman que desde 1914 Cristo ya está “presente” espiritualmente en el mundo. Hasta el día de hoy, algunos adventistas siguen calculando los tiempos.
Los pioneros adventistas señalaron que en 1844 en realidad había tenido lugar “la venida de Cristo ante la presencia del Padre” en el lugar santísimo del Santuario Celestial. Esta creencia ha sido modificada en las últimas décadas, aunque muchos adventistas aún la sostienen. La mayoría, sin embargo, notó que la Biblia dice que Cristo vino ante la presencia del Padre apenas ascendió a los cielos (véase por ej. Mar. 16:19). Además, advirtieron que la Biblia dice explícitamente que nadie puede calcular el momento del regreso de Cristo porque Jesús había dicho que "el día ni la hora nadie sabe" (Mateo 24:36; Marcos 13:32). Otros adventistas han reparado en que el libro de Hebreos enseña que cuando Cristo ascendió, “entró dentro del velo” (Hebreos 6:19-20) yendo a la presencia del Padre (Hebreos 9:24) para ser nuestro Sumo Sacerdote en el Lugar Santísimo del Santuario Celestial. Por eso ahora se enseña en los Seminarios adventistas que en 1884 Cristo no entró por primera vez al Lugar Santísimo, sino que en esa fecha comenzó la última etapa de su ministerio a favor de los hombres: la del borrar de los pecados o “juicio investigador”.
Se podrá notar, a partir de la breve reseña histórica del párrafo anterior, que los errores de interpretación se deben a que en su momento no se tomaron en cuenta ciertas declaraciones bíblicas muy claras y explícitas. Nuestra preocupación, al estudiar la Biblia, debería ser la de respetar todo el texto bíblico, y no sacar los textos de sus respectivos contextos. Además, deberíamos preocuparon de que nuestros prejuicios y presuposiciones no afecten nuestra comprensión del texto bíblico. Los epistemólogos contemporáneos nos hacen ver que, tanto en la investigación científica como en toda otra área de conocimiento, nuestros esquemas mentales formados previamente influyen en nuestra manera de conocer y entender la realidad.
La segunda venida de Cristo en gloria es una promesa suficientemente clara y explícita, reiterada muchas veces en el Nuevo Testamento. Los adventistas hacemos bien en recordar al mundo que Cristo volverá. Lo que no está bien es proponer fechas para su regreso, o tratar de descubrir el secreto de Dios mediante cálculos e interpretaciones rebuscadas en la Biblia. En el fondo, lo que no está bien es creer que nuestra vida espiritual se reavivaría si supiéramos que Cristo está a las puertas. Posiblemente, si lo supiéramos con certeza, habría un reavivamiento. Pero creo que éste estaría más motivado por el temor que por el amor, y no sería un reavivamiento genuino.
Hace algunos años, la iglesia publicaba stickers y calcomanías que decían “CRISTO VIENE, PREPÁRATE”. La sugerencia era que había que estar cerca de Dios porque Cristo estaba a las puertas. Pero ¿no deberíamos estar cerca de Dios aunque la venida de Cristo no estuviera tan cercana? No estoy insinuando que aún falta mucho; no sé cuánto faltará. Lo que quiero decir es que nuestra vida debería estar cercana a la de Dios sin importarnos cuándo será el regreso de Cristo en la historia del mundo. Después de todo, como hemos oído muchas veces, para los efectos prácticos de nuestro destino eterno, el regreso de Cristo en la historia de nuestra vida tendrá lugar en el momento de nuestra muerte.
Hay algunos creyentes que anhelan un pronto regreso de Cristo porque así terminarán sus sufrimientos. A los tales les recuerdo que Cristo prometió estar “todos los días” con nosotros, hasta el día de su regreso (Mat. 28:20). El sufrimiento es parte de la pedagogía de Dios para ayudarnos a entender el significado de la vida. El sufrimiento se sobrelleva con su presencia en nuestra existencia.
Otros creyentes desean que Cristo no venga tan pronto, porque hay cosas buenas que quisieran hacer en esta vida. A los tales les animo a pensar que Cristo no viene para “interrumpir” nuestros sueños. Su venida no significa el fin de todo, sino el comienzo de la vida plena, eterna y dichosa, con muchos planes para cumplir y crecer en todo los aspectos de la vida.
¿Qué significa que Cristo volverá, y que vendrá en Gloria como Rey de reyes?
En primer lugar, significa que Cristo vive; no es simplemente un personaje importante de la historia de la humanidad.
En segundo lugar, significa que “juzga con justicia y pelea” por la verdad (Apoc. 19:11) desde siempre, ahora mismo, y no sólo en el momento de su regreso.
En tercer lugar, significa que la historia del mundo y de nuestras vidas personales tienen un sentido; no estamos aquí por azar ni nos movemos con rumbo incierto o indeterminado.
En cuarto lugar, significa que la justicia, la verdad, la paz y otros valores, tienen su fundamento en el Rey que gobierna el universo y que vendrá para establecer su reino en forma plena y definitiva en nuestro mundo.
En quinto lugar, significa que los valores con que vivimos ahora como cristianos, son los mismos que perdurarán por siempre.
Es apropiado vivir esta vida mirando con el ojo de la fe hacia el futuro, cuando Cristo establezca su reino sobre la tierra, pero deberíamos hacerlo mirando atentamente el presente, que tiene sentido y significado, no sólo por causa de las “señales de los tiempos” sino porque hay personas en nuestro derredor que son el objeto del amor y la preocupación de Dios, y debemos vivir para servirles. Nuestra tarea es mejorar este mundo, aunque algunos piensen que no vale la pena porque Cristo vendrá a destruir todo. No es esa la actitud que Cristo tuvo cuando vivió entre nosotros.
Ser testigos de Cristo (Hechos 1:8) no significa sólo anunciar su pronta venida, significa vivir cada día como discípulos de él, haciendo por este mundo todo lo que él hizo cuando estuvo en la tierra, y tratando a los “pecadores” de la manera como él los trató. Aquí creo que la iglesia tiene una tarea pendiente, la de mirar atentamente en los Evangelios la vida de Cristo para tratar de imitarla, para lo cual se requieren reformas incluso en los procedimientos que hemos hecho en comisiones humanas.
A uno de los padres de la iglesia cristiana de siglos pasados le preguntaron, mientras cultivaba con esmero una huerta, qué haría si supiera que Cristo regresaba esa misma noche. El santo respondió: “Seguiría trabajando con el esmero que ahora tengo, porque trabajo para el Señor”.
Hacer nuestras tareas diarias como una ofrenda para el Señor, es reconocerlo ahora como Rey de reyes y Señor de señores.
Dr. Carlos Enrique Espinosa Cifuentes, Ph.D.(Pastor Adventista)