Respuestas a Mis Amigos Católicos

14 Marzo 2007
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Respuestas a Mis Amigos Católicos
Autor: Thomas F. Heinze

¡Guíe a católicos a la salvación verdadera!

Siendo misionero evangélico en Italia, el autor sabe que los católicos tienen interés en conocer las creencias de los evangélicos. Este libro, con espíritu de amor, muestra a los católicos por qué la salvación es sólo por medio de la fe en Cristo, y no por medio de santos, sacramentos o sacerdotes. Incluye una invitación a confiar sólo en Cristo.

¿Celebran Ustedes la Misa
Como la Iglesia Católica?
Esta pregunta es muy importante, puesto que la misa es el corazón de la mayoría de las reuniones catolicorromanas. Los evangélicos celebran la Santa Cena, llamada también comunión, que aunque se asemeja a la misa, no es lo mismo. La forma externa de la misa ha sido modificada de modo que sea más similar a nuestro servicio de Santa Cena que cuando la decían en latín, pero aún permanecen las diferencias en su significado básico.

La doctrina católica romana de la misa fue establecida en el Concilio de Trento, que afirmó, entre otras cosas, que es "un sacrificio de expiación... de los pecados y el castigo por los pecados... no sólo por los que viven, sino también por las pobres almas que están en el Purgatorio" (Ludwig Ott, Fundamentals of Catholic Dogma [Fundamentos del Dogma Católico], pp. 412-413). De este modo la iglesia romana enseña que el sacrificio de Cristo se renueva en la misa, y que cada vez que se dice la misa, esta renovación de Su sacrificio añade algo de mérito que puede valer para la salvación de las personas. Cuando se celebra misa por los muertos, supuestamente se reduce el tiempo que deberán sufrir en el purgatorio por sus pecados, pero se desconoce cuánto se reduce.

En la práctica, a muchas personas -probablemente a la mayoría en gran parte de los países católicos romanos- se les ha enseñado que después que muere un miembro de la familia, deben dar a los sacerdotes, poco más o menos, ofrendas sin fin por misas para acortar el tiempo que pasará el ser querido en el purgatorio. Esto es particularmente trágico para las viudas, porque con frecuencia son pobres y muy religiosas. Aunque muchos sacerdotes no están de acuerdo con esta doctrina, e inclusive no aceptan ofrendas para celebrar la misa en estas condiciones, otros nos hacen pensar en la advertencia de Cristo en las Escrituras: Cuídense de los maestros de la ley que gustan pasear con amplias vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y en los banquetes. Incluso se tragan los bienes de las viudas mientras se amparan con largas oraciones. ¡Con qué severidad serán juzgados! (Marcos 12:38-40). En Italia, el corazón del catolicismo romano, hay un dicho que se usa frecuentemente cuando alguien quiere decir: "Sólo recibes aquello por lo que has pagado". Traducido palabra por palabra es: "Sin dinero, no cantan la misa".


¿Se Transforman el Pan y el Vino en el
Cuerpo y la Sangre de Cristo?

Como fundamento para la enseñanza de que el sacrificio de Cristo puede y debe renovarse en la misa, la doctrina católica romana sostiene que el pan y el vino usados en la comunión se transforman por un milagro. Este milagro no es evidente, es decir, las sustancias todavía tienen la apariencia de pan y vino. Sin embargo, la doctrina católica insiste en que realmente se convierten en la carne y la sangre de Jesús, y que ya no son pan y vino. Este supuesto milagro es llamado transubstanciación. Se basa en una tradición que comenzó a introducirse en la iglesia más o menos en el año 300 d.C., pero no llegó a ser dogma sino hasta el año 1215 d.C. Fue después de esto, alrededor de 1226 d.C., cuando los católicos comenzaron a reverenciar el pan. Una vez que la iglesia aceptó esta tradición, intentó dar a la práctica la apariencia de base bíblica con una extraña interpretación de las palabras de Jesucristo: Y después de dar gracias lo partió, diciendo: "Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía." De la misma manera, tomando la copa después de haber cenado, dijo: "Esta es la Nueva Alianza en mi sangre. Siempre que beban de ella, háganlo en memoria mía" (1 Corintios 11:24-25). La interpretación católica es que el pan y el vino que Cristo sostuvo en Su mano, por un milagro se transformaron en Su cuerpo.

Algunos tratan de reducir esta enseñanza sencillamente a un asunto de interpretación literal o figurativa del pasaje. Sin embargo, es más. Por favor, note que cuando Jesucristo dijo estas palabras, El estaba frente a sus discípulos, con su cuerpo, sosteniendo el pan y el vino. Por tanto, está claro que las palabras esto es mi cuerpo debían entenderse simbólicamente. No puede haber duda al respecto, porque después de decir, esto es mi cuerpo, lo llamó pan tres veces, lo cual no habría hecho si en ese momento ya no hubiera sido pan, sino que se hubiera convertido literalmente en Su cuerpo (cada vez que comen de este pan, 1 Corintios 11:26-28). Puesto que Cristo llamó a la sustancia pan y cuerpo, debió estar hablando simbólicamente ya sea cuando lo llamó pan o cuando lo llamó cuerpo. La pregunta no es, "¿debemos interpretar el pasaje literal o simbólicamente?" La pregunta es, "¿cual porción del pasaje debemos interpretar literalmente, y cuál debemos interpretar simbólicamente?" ¿Habló literalmente Cristo cuando llamó cuerpo a la sustancia que tenía en Su mano, o cuando lo llamó pan? Uno u otro tuvo que haber sido simbólico. La única otra posibilidad es que el pan se haya transformado en cuerpo, y luego nuevamente en pan.

Encontramos una afirmación similar en Marcos 14:25, cuando Jesús llamó al vino, jugo de la uva, después de que, de acuerdo a la doctrina católica, ya no debería haber sido jugo de la uva, sino que debería haberse transformado por completo en la sangre de Cristo. Si se hubiera transformado literalmente en sangre, ¿no lo habría llamado Jesús sangre en lugar de jugo de la uva? El también dijo: Yo soy la puerta. ¿No quiso decir que por medio de El tenemos entrada en el cielo, en lugar de que la sustancia de su cuerpo se había transformado en madera?

Más importante aún es el hecho de que en la misa, en el momento en que debería ocurrir el milagro, ¡nada sucede! En comparación, Cristo cambió el agua en vino. En este caso fue evidente para todos que ya no era agua, sino que realmente se había transformado en vino: El mayordomo probó el agua cambiada en vino, sin saber de dónde lo habían sacado; los sirvientes sí que lo sabían, pues habían sacado el agua. Llamó al esposo y le dijo: "Todo el mundo pone al principio el vino mejor, y cuando todos han bebido bastante, se sirve un vino inferior; pero tú has dejado el mejor vino para el final" (Juan 2:9-10). Piense en los otros milagros de Cristo. Cuando sanó al paralítico y al cojo, ¿continuaron mintiendo ellos como si nada hubiese sucedido?

No perdamos de vista el verdadero propósito del servicio de comunión. Cristo ni una sola vez dijo a sus discípulos que nuevamente ofrecieran en sacrificio el cuerpo de El; más bien les dijo dos veces que participaran de esa cena en memoria de El (1 Corintios 11:24-25). Honramos a Cristo haciendo lo que El nos ha ordenado.


¿Puede Renovarse el Sacrificio de Cristo?

Con estos pasajes bíblicos como trasfondo, estamos listos para examinar la poderosa evidencia de Hebreos 10:10-18. Le animo a estudiar también los capítulos anteriores, no sólo para que compruebe que no estoy tomando versículos fuera de su contexto para cambiar el significado, sino porque los capítulos siete y nueve también tratan este tema.

Hebreos 10:10 nos dice de modo terminante que no puede renovarse el sacrificio de Cristo. Los sacerdotes permanecen a diario de pie, para cumplir su oficio, y ofrecen repetidas veces los mismos sacrificios que nunca tienen el poder de quitar los pecados. Cristo, por el contrario, ofreció por los pecados un único sacrificio y se sentó para siempre a la derecha de Dios (vea también Romanos 6:9-10). En base a este versículo, está claro que no hay necesidad ni posibilidad de otro sacrificio, porque dice que el cuerpo de Cristo fue sacrificado una vez. Sin embargo, el pasaje no se detiene aquí, sino que declara aun con más detalle y claridad: Los sacerdotes permanecen a diario de pie, para cumplir su oficio, y ofrecen repetidas veces los mismos sacrificios que nunca tienen el poder de quitar los pecados. Cristo, por el contrario, ofreció por los pecados un único sacrificio y se sentó para siempre a la derecha de Dios (Hebreos 10:11-12). Aquí se presenta a Jesús en contraste con los sacerdotes hebreos que ofrecían sacrificios repetidos. ¿Cuál es la diferencia entre ellos y Jesús? Jesús no está ofreciendo repetidas veces los mismos sacrificios, sino que ofreció un sacrificio que fue suficiente. Al morir en la cruz, El dijo: "Todo está cumplido". Según estos versículos, ¿qué lugar tiene la diaria renovación del sacrificio de Jesús en la misa? ¡Ninguno! Los contradice. Es exactamente lo opuesto.

La última parte de este pasaje da una razón por la que el sacrificio de Cristo no puede repetirse. Se sentó para siempre a la derecha de Dios. Esta afirmación concuerda completamente con la explicación de la Biblia, de que mientras sus discípulos veían, Jesús fue levantado y una nube lo ocultó a sus miradas (Hechos 1:9). ¿Dónde está Cristo ahora? Fue al cielo, y allí, como dice el pasaje, se sentó para siempre a la derecha de Dios. Para siempre significa que El aún está allí (vea Hechos 3:21).

Muchos creen que el cuerpo de Cristo está en la hostia consagrada que está en el tabernáculo o altar de toda iglesia católica, y se arrodillan ante ella cada vez que pasan por ese lugar. Si esto fuera verdad, tal vez su sacrificio podría renovarse, pero la Biblia dice claramente que El ofreció un solo sacrificio, el cual fue suficiente para nuestra completa salvación, y que ahora su cuerpo está en los cielos. Nosotros debemos comer el pan y beber el vino en memoria de El (1 Corintios 11:24-25).

Una de las cosas que recordamos es Su sacrificio único y suficiente. Arrodillarse delante del pan es idolatría, porque es pan, no Jesucristo. Además, si nos confundimos y pensamos que la hostia es Cristo, podemos perder el significado de la comunión y no lo haremos en memoria de El.

La doctrina católica de la repetida renovación del sacrificio de Cristo impide que muchos vayan al cielo, porque infiere que el sacrificio de Cristo en la cruz por nuestros pecados fue insuficiente. De lo contrario, ¿por qué necesitaría repetirse muchas veces?

La idea de que el sacrificio de Cristo no fue suficiente se usa entonces para llevarnos a creer que la persona que muere debe sufrir en el purgatorio. Allí deberá pagar por sus pecados hasta que Cristo haya sido ofrecido las veces suficientes para alcanzar los méritos necesarios para pagar por completo. Sin embargo, nuestro pasaje de Hebreos 10 no deja duda alguna al respecto. En el versículo 14 dice: Con su única ofrenda llevó a la perfección para siempre a los que hizo santos. Pongamos nuestra confianza en Cristo y en su capacidad para hacernos perfectos con su única ofrenda, en lugar de negar Su salvación al considerar que Su sacrificio fue insuficiente.

Unas líneas más abajo, en Hebreos 10:17-18, se añade otra promesa importante: No me acordaré más de sus errores ni de sus pecados. Pues bien, cuando los pecados son perdonados, ya no se presentan ofrendas por el pecado. El sacrificio de Cristo se hizo cargo de nuestros pecados en forma tan completa que Dios puede perdonarlos y olvidarlos. Entonces, ¿dónde está el purgatorio? ¡Por cierto la Biblia no lo enseña! Enseña más bien que cuando confiamos nuestra salvación a Jesucristo, quien pagó por nuestros pecados con un solo sacrificio, Dios los perdona y los olvida. Quienes tratan de llegar al cielo por algún otro medio van al infierno. La Biblia no da lugar a ningún punto intermedio.

¡Esta verdad maravillosa nos llama a tomar acción! ¿Por qué no se detiene un momento? Dé gracias a Dios porque el sacrificio único de Cristo fue suficiente. Confíe en El para alcanzar salvación, y crea en Su promesa de que Dios realmente perdonará y olvidará todos sus pecados. Cuando los pecados son perdonados, ya no se presentan ofrendas por el pecado.

¿Cómo se Originaron las Diferencias
Entre Católicos y Evangélicos?
Muchas personas me dicen: "¡Ustedes los evangélicos interpretan la Biblia de una forma, y la Iglesia Católica de otra!" Sin embargo, las diferencias generalmente no son de interpretación, sino de autoridad. Para los protestantes bíblicos la autoridad es la Palabra de Dios. Un sacerdote lo resumió muy bien cuando con disgusto me dijo: "¡Ustedes los protestantes creen todo lo que dice ese libro!"

El énfasis bíblico, que es la herencia de las iglesias evangélicas, puede verse inclusive en la arquitectura de sus edificios. En la Iglesia Católica el centro es el altar. Se cree que allí se renueva el sacrificio de Cristo en la misa. En las iglesias evangélicas el centro de atención es el púlpito. Esencialmente es un lugar para colocar la Biblia en una posición que facilite al predicador leerla, porque la lectura y explicación de la Palabra de Dios es central.

La Iglesia Católica acepta oficialmente la Biblia como la Palabra inspirada de Dios, pero no como la autoridad final. La tradición, juntamente con las declaraciones de los papas y de los concilios, es considerada igualmente autoritaria. Sin embargo, hay muchos puntos en los que la tradición de la Iglesia Católica no está de acuerdo con la Biblia. Es en relación a ellos que cada uno de nosotros debe decidir a cuál seguirá.


Una Iglesia Cambiante

Para decidir si debemos someternos a la autoridad de la Biblia o de la iglesia, debemos tomar en cuenta que lo que la Iglesia Católica cree que es correcto o incorrecto, cambia con el paso del tiempo. Oficiar la comunión en el idioma del pueblo era, en un tiempo, una herejía protestante. La misa debía decirse en latín. Luego el Papa Juan XXIII inició un período de reforma en el que la misa debía decirse en los idiomas del pueblo. Sin embargo, la Biblia no cambia; por tanto, no siempre está de acuerdo con una iglesia cambiante.

Una anciana católica me dijo una vez: "Si el Papa desea comer carne los viernes e ir al infierno, él puede hacerlo, ¡pero yo no lo haré!" Puesto que la Biblia concuerda con la actual doctrina católica de que no es pecado comer carne los viernes, antes no podía estar de acuerdo con la enseñanza de que comer carne los viernes era pecado.

A través de los siglos se han introducido muchos cambios en la enseñanza de la iglesia que están en serio desacuerdo con la Biblia. Podemos mencionar, por ejemplo, la aceptación de la veneración de imágenes en la iglesia (vea capítulo cuatro). Las diferencias entre la doctrina católica y la de aquellos para quienes la Biblia es la autoridad final no se deben a que los evangélicos deseen ofender, sino a que donde hay conflicto entre las enseñanzas de la Biblia y las de la Iglesia Católica, es imposible aceptar ambas. En estos puntos cada persona debe elegir a cuál autoridad obedecerá.

La mayoría de las tradiciones que están en contradicción con la Biblia comenzaron a formarse después del año 300 d.C., en la época del emperador Constantino, y gradualmente se desarrollaron hasta llegar a ser dogmas de la iglesia. Sin embargo, algunas doctrinas antibíblicas son recientes.


La Influencia Protestante en la Iglesia Católica

Un desarrollo más reciente, y más difícil de evaluar, es el movimiento ecuménico, el cual en sus inicios no fue parte de la Iglesia Católica. Comenzó en el ala liberal (llamada también modernista) de las iglesias evangélicas; es decir, en las iglesias protestantes que ya no creían en la Biblia. Como resultado, dejaron de sostener algunas de las enseñanzas bíblicas más fundamentales; por ejemplo, que la salvación es un regalo de Dios que se recibe por medio de la fe en Jesucristo. Debido a este alejamiento de la fe, ya no tenían un mensaje claro que ofrecer. El resultado fue que comenzó a disminuir la asistencia a las iglesias liberales.

Donde antes una congregación grande había podido mantener fácilmente su templo, ahora un grupo pequeño tenía problemas para hacerlo. A menudo esta también era la situación de otra denominación liberal a la vuelta de la esquina. Entonces, ¿por qué no unirse, poner ambas congregaciones en uno de los templos, vender el otro, y de esa forma resolver los problemas económicos de las iglesias menguantes? Por tanto, la práctica motivación financiera y la conveniencia de la unión se combinaron para comenzar el movimiento ecuménico entre las iglesias protestantes.

El catolicismo romano se sintió atraído por la idea ecuménica de unidad, pero también tuvo una motivación práctica -ofrecer la Iglesia Católica Romana como el redil al cual debían ir todas las denominaciones. Para preparar un catolicismo en el cual los protestantes pudieran sentirse más libres para entrar, se comenzó a fomentar la lectura de la Biblia entre los católicos, y se efectuaron cambios en la liturgia católica romana para hacerla más similar a la liturgia a la cual estaban acostumbrados los protestantes.

Pero, desafortunadamente, por su deseo de ser como los evangélicos, muchos seminarios católicos comenzaron a enseñar las filosofías de los teólogos liberales que habían alejado a muchas iglesias evangélicas de la Biblia. Los resultados fueron los mismos. La asistencia a la Iglesia Católica Romana también comenzó a disminuir, lo que le dio la misma motivación financiera poderosa y práctica que tuvieron los grupos evangélicos liberales para combinar iglesias.

Aunque la influencia de la Biblia ha ido en aumento entre algunos católicos, porque ahora la leen más de lo que la iglesia les permite, otros católicos están siendo zarandeados por los ataques liberales respecto a la veracidad de la Biblia.

Otro desarrollo nuevo en la Iglesia Católica, que también provino de los evangélicos, es el movimiento carismático que comenzó en una iglesia evangélica de California en 1901. Este dio inicio primero a las iglesias pentecostales, y luego, cruzando fronteras denominacionales, al movimiento carismático católico.


¿Por qué debemos seguir la Biblia?

A través de los siglos la Biblia ha sido odiada y destruida como ningún otro libro. Probablemente se han quemado más copias de la Biblia que de todos los demás libros juntos. Sin embargo, más gente la lee, más gente la posee, es traducida a más idiomas y se imprimen más copias que de cualquier otro libro.

No sólo hay millones de personas que leen este libro hoy, sino que millones de personas en el pasado dieron sus vidas para que su mensaje fuera conocido. ¿Por qué?

Porque la Biblia ha transformado vidas pecaminosas en buenas y dignas. Por medio de su influencia conocieron a Dios y fueron una ayuda para aquellos a su alrededor.
Porque la Biblia es inspirada por Dios. Todos los textos de la Escritura son inspirados por Dios (2 Timoteo 3:16). Además de declararlo, da evidencia convincente de que realmente la Escritura es inspirada por Dios; por ejemplo, muchas de sus profecías ya se cumplieron. La doctrina católica también afirma que este libro es inspirado por Dios.
Porque la Biblia contiene todo lo que es necesario para llevar al cristiano a la perfección. El versículo antes citado continúa diciendo: Todos los textos de la Escritura son inspirados por Dios y son útiles para enseñar, para rebatir, para corregir, para guiar en el bien. La Escritura hace perfecto al hombre de Dios y lo deja preparado para cualquier buen trabajo (2 Timoteo 3:16-17). No necesitamos añadir nada de la tradición para que el creyente alcance este estado -perfecto y enteramente preparado.
Porque como el apóstol Pedro nos dice en su segunda carta, la Biblia es más confiable que lo que él había visto con sus ojos y escuchado con sus oídos, porque fue escrita por hombres inspirados por el Espíritu Santo (2 Pedro 1:16-21). Parece obvio que si la Biblia es más confiable que lo que Pedro mismo había visto y oído, es también más confiable que cualquier tradición que la contradice.

Algunos interpretan mal una parte de este pasaje y dicen que sólo la Iglesia Católica Romana puede interpretar la Biblia. Sin embargo, el pasaje habla de la dirección de Dios para quienes escribieron la Biblia, y no dice que sólo algunos pueden interpretarla. El apóstol Pablo elogió a los creyentes de Berea, porque escudriñaron las Escrituras para ver si lo que él les estaba enseñando era realmente bíblico: Estos eran mejores que los de Tesalónica y recibieron la Palabra de Dios con mucho interés. Diariamente examinaban las Escrituras para comprobar lo dicho por Pablo (Hechos 17:11). Si ellos hicieron bien en examinar las enseñanzas del apóstol Pablo comparándolas con las Escrituras que tenían, ¿cuánto más debemos aplicar el mismo examen a las tradiciones de la iglesia hoy?

El Nuevo Testamento habla mucho de la tradición, y la condena cuando es contraria a la Palabra de Dios. Jesús dijo: Ustedes incluso dispensan del mandamiento de Dios para mantener la tradición de los hombres... anulan la Palabra de Dios con la tradición que se han ido transmitiendo (Marcos 7:8, 13; vea también Mateo 15:2-6; Colosenses 2:8; 1 Tesalonicenses 2:13; Gálatas 1:14).

Algunos, tratando de justificar la autoridad de la Iglesia Católica sobre la de las Escrituras, nos hacen recordar que la Biblia no contiene todo lo que enseñaron Jesús y los apóstoles. Esto es verdad y la Biblia misma lo dice. Sin embargo, este hecho no nos autoriza a aceptar las muchas doctrinas católicas que están en explícita contradicción con las enseñanzas de las Escrituras (Apocalipsis 22:18-19; Marcos 7:3-13). La Biblia contiene todo lo necesario para llevarnos a la fe en Cristo y para ayudarnos a crecer en esa fe (Juan 20:30-31; 2 Timoteo 3:16-17).

La mayoría de las diferencias entre los protestantes que creen en la Biblia y la Iglesia Católica Romana no provienen de diferentes interpretaciones de la Biblia o de Biblias diferentes, sino de una diferencia respecto a cuál es la "autoridad final". La Biblia debe interpretarse a la luz de la Biblia misma, y no ser tergiversada o puesta a un lado para honrar la declaración de los papas, de los concilios o de la tradición (2 Tesalonicenses 2:15; 3:6).

¿Cuál es la Principal Diferencia Entre
Evangélicos y Católicos?
Si alguien se acercara a usted hoy y le preguntara: "¿Cómo puedo ser salvo? ¡Quiero ir al cielo, no al infierno! ¿Qué debo hacer?", ¿qué le diría?

He hecho esta pregunta a miles de católicos romanos, y se la hago a usted. Casi todos dan en esencia la misma respuesta. Es la misma respuesta que yo, siendo evangélico, daba antes de recibir la salvación, cuando aún no conocía la respuesta que Dios da en la Biblia. Esta respuesta puede resumirse así: "Sea bueno. No peque. Viva de acuerdo a la ley de Dios".


La Gran Sorpresa: No Podemos Merecer la Salvación

¡La Biblia nos enseña exactamente lo opuesto a lo que muchos de nosotros hemos creído! Nos dice que somos pecadores que no merecemos la salvación. Pues todos pecaron... No hay ninguno que haga el bien, ni uno siquiera (Romanos 3:23, 12). ¡Todos estamos incluidos! La Biblia nos dice que no somos lo suficientemente buenos para salvar nuestras almas. Maldito sea el que no cumple siempre todo lo que está escrito en la Ley (Gálatas 3:10). Dios nos pide que cumplamos todo; no sólo que seamos mejores que otros, sino ¡que cumplamos todo! Algunos cumplen más que otros, pero nadie es perfecto. Aunque ninguno de nosotros cumpla todo lo que está escrito en la Ley, Dios aún nos ama, y por Su amor, El nos da las buenas noticias del evangelio. Es decir, a pesar de lo que merecíamos, El tuvo misericordia de nosotros y envió a Su Hijo para pagar por nuestros pecados.

A veces un criminal culpable y condenado a la pena de muerte, recibe perdón pleno de parte del gobernador o del presidente. Dios hizo lo mismo por nosotros: Porque el estipendio y paga del pecado es la muerte. Empero la vida eterna es una gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor (Romanos 6:23, TA). Sí, tanto amó Dios al mundo que entregó su Hijo Unico, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna (Juan 3:16).

Dios dice que no podemos salvarnos a nosotros mismos, sino que la salvación es Su regalo para nosotros los pecadores: Pues por gracia de Dios han sido salvados, por medio de la fe. Ustedes no tienen mérito en este asunto: es un don de Dios; y no tienen por qué sentirse orgullosos, porque no lo consiguieron con sus obras (Efesios 2:8-9).

Note cómo la Biblia contradice completamente la creencia de muchas personas, de que si se esforzaran lo suficiente podrían salvarse a sí mismos guardando la ley de Dios: Sabiendo que no se justifica el hombre por las obras solas de la ley, sino por la fe de Jesucristo, por eso creemos en Cristo Jesús, a fin de ser justificados por la fe de Cristo, y no por las obras de la ley: por cuanto ningún mortal será justificado por las obras de la ley (Gálatas 2:16, TA). Y otra vez, el justo vivirá por la fe (Gálatas 3:10-11). (Vea también Gálatas 3:12-13; 5:4; Romanos 3:20).

El criminal a quien se le concede el perdón, no lo recibe porque sea mejor que otros criminales. El es culpable y condenado. El sale de la cárcel como hombre libre porque tuvo suficiente fe para aceptar y probar que ese documento podía liberarlo. En Jesucristo, Dios ofrece Su perdón a pecadores que no lo merecen. ¿Qué hará usted con ese perdón?


La Muerte de Cristo no fue una Equivocación Absurda

La Biblia dice que si pudiéramos merecer la salvación al guardar la ley de Dios, no habría existido razón alguna para que Cristo muriera por nosotros. Dedicarme al cumplimiento de la Ley sería despreciar el don de Dios; sería como decir que Cristo murió inútilmente (Gálatas 2:21).

La Biblia explica por qué no podemos merecer nuestra salvación, y qué hizo Cristo al respecto. El murió en nuestro lugar y llevó sobre él nuestro castigo. Porque todos pecaron, y tienen necesidad de la gloria o gracia de Dios, siendo justificados gratuitamente por la gracia del mismo, en virtud de la redención que todos tienen en Jesucristo, a quien Dios propuso para ser la víctima de propiciación en virtud de su sangre por medio de la fe... por donde se vea cómo él es justo en sí mismo, y que justifica al que tiene la fe de Jesucristo... Así que, concluimos ser justificado el hombre por la fe viva sin las obras de la ley (Romanos 3:23-28, TA). Este pasaje también explica quiénes serán justificados: los que tengan la fe de Jesucristo, o como dice la Biblia Latinoamérica, todo el que cree en Cristo Jesús.

Dios dice que todos pecaron. Créalo. No trate de convencerlo de que usted es la excepción. Arrepiéntase de sus pecados, porque Cristo murió en la cruz para pagar el castigo por ellos, no sólo por el pecado original de Adán, sino por todos los pecados. El apóstol Juan escribió: La sangre de Jesús, Hijo de Dios, nos purifica de todo pecado (1 Juan 1:7). ¡Acepte el perdón que El le ofrece!


El Otro Método No Resultará

En Italia, cuando muere un papa, colocan grandes carteles en las paredes de las ciudades. En ellos piden que el pueblo rece por el alma del papa, porque la iglesia cree que él está sufriendo en el purgatorio. Francamente, el catolicismo romano no puede salvar ni a sus propios papas. Si usted está confiando en ese sistema para su salvación, debe esperar fervientemente una de estas dos posibilidades:

Que la Biblia esté equivocada respecto a la forma en que una persona es salvada.
Que usted sea mejor católico que los papas.

Enfrentemos la verdad: La Biblia no está equivocada, y probablemente usted no es mejor católico que los papas. La maravillosa y buena noticia es que Dios ofrece salvación en su Hijo para los pecadores que no la han alcanzado.


Por Favor, Reciba el Regalo de Dios

La salvación, como leímos antes, es el regalo de Dios para nosotros. Todo lo que debemos hacer para recibir un regalo es aceptarlo (Efesios 2:8-9). Aceptar el regalo de salvación de Dios significa aceptar a su Hijo, porque esa es la declaración de Dios, que nos ha dado la vida eterna, la cual está en su Hijo. El que tiene al Hijo tiene la Vida, el que no tiene al Hijo no tiene la Vida (1 Juan 5:11-12).

Aceptar a Cristo significa que usted dejará de creer que puede salvarse a usted mismo por medio del bautismo, siendo suficientemente bueno o por medio de su sufrimiento en el purgatorio. Ponga su fe en un fundamento más sólido. ¡Confíe en Cristo para su salvación! Pídale que entre en su vida y que la limpie como El desee. Si lo hace, Dios ya no lo verá con sus pecados, sino con la bondad de Cristo. Juan, el apóstol amado de Jesús, escribió: Pero a todos los que lo recibieron, les concedió ser hijos de Dios (Juan 1:12). El apóstol Pablo lo experimentó en su propia vida y escribió: Justificados, pues, por la fe, mantengamos la paz con Dios mediante nuestro Señor Jesucristo, por el cual asimismo, en virtud de la fe, tenemos cabida en esta gracia, en la cual permanecemos firmes, y nos gloriamos esperando la gloria de los hijos de Dios (Romanos 5:1-2, TA).

En mi experiencia, cuando me di cuenta de que Dios me pedía que confiara en Cristo para mi salvación, tuve una verdadera lucha. El me estaba pidiendo que dejara aquello en lo que siempre había dependido para mi salvación: mi propia bondad y mérito. Un artista captó este pensamiento con la fotografía de un niño que dejó caer un juguete para recibir un hermoso pajarito que volaba hacia su mano.

Yo no era lo que consideraba un pecador muy malo cuando comprendí por primera vez que Dios me estaba ofreciendo salvación en Cristo. Al examinar mi vida, el único problema notorio que me molestaba era que yo usaba un vocabulario soez, y sabía que a Dios no le agradaba. Creía que si tan sólo lograba limpiar mi manera de hablar, sería digno de mi salvación.

También tenía otra motivación para limpiar este pecado. En ese tiempo era estudiante universitario y quería dar buena impresión a las muchachas, pero constantemente pasaba vergüenza porque mi sucio vocabulario surgía en los momentos más inapropiados.

Cierta vez aun pedí la ayuda de un amigo. Cada vez que él me escuchaba pronunciar una palabra soez, le pagaba una multa. En muy poco tiempo, él acumuló una buena suma de dinero y la gastamos pasando una noche en la ciudad. Pero, ¡nada daba resultado! No podía controlar el único pecado que, considero yo, no ofrece nada al pecador. Si hubiera sido ladrón, habría tenido más dinero. El pecado sexual me habría dado un momento ocasional de placer. Pero, a pesar de que mi vocabulario soez no me daba nada a cambio, no podía librarme del hábito. Al ver mi situación, abandoné toda esperanza de ser lo suficientemente bueno para salvarme a mí mismo, y creí en Dios. Fue un momento humillante y una decisión difícil. Tuve que reconocer que por 18 años había estado equivocado, y pedí a Cristo que entrara en mi corazón y me limpiara de mi pecado.

Al final de esta batalla interna, las lágrimas de alivio aún corrían por mis mejillas cuando salí como un nuevo hombre, salvado por gracia, no por obras, y con rumbo al cielo. Al vivir Cristo en mí, El pronto limpió mi vocabulario, y desde entonces ha estado limpiando mi vida.

He visto esta misma experiencia en todo tipo de pecadores, desde los pecadores más justos, hasta los ladrones drogados que robaban el último dólar que tenía su madre para comprar alimentos. Después que Cristo ha salvado nuestra alma, no siempre es fácil permitirle que limpie nuestra vida. Toma tiempo leer su Palabra para dejar que El nos persuada. Sin embargo, Dios envía el Espíritu de Cristo para que viva en nosotros cuando recibimos a su Hijo, y somos limpiados por Su poder, no por el nuestro. Ese es el secreto.

Usted también puede ser salvo hoy por medio de un sincero acto de fe. Jesús dijo: Todo lo que el Padre me ha dado vendrá a mí, y yo no rechazaré al que venga a mí (Juan 6:37). ¿Desea detenerse por un momento y venir a Jesucristo ahora mismo para ser salvo? ¡No será rechazado! Lea nuevamente si hay algo que desea comprender mejor, pero no posponga su decisión. Ninguna otra cosa que haga con su vida tendrá importancia si usted va al infierno. ¿Por qué, pues, no confiesa ahora mismo sus pecados a Dios? Al hacerlo, crea que Cristo pagó por cada uno de esos pecados.

Luego, le sugiero que dé gracias a Dios. Muéstrele que es sincero. Para ello, cada día lea su Palabra, la Biblia, para tener comunión con El, y descubra qué desea realmente El de su vida. Cristo es su Señor y su Salvador. El desea guiarlo en lo que haga con su vida.

Pídale a Dios y lo ayudará a encontrar compañerismo con otros cristianos en un grupo que realmente crea y siga Su Palabra. El también le ayudará a llevar a sus amigos a Cristo.

¿Por qué los Evangélicos no Veneran las Imágenes?
Para quienes viven al margen del catolicismo romano, el problema de las imágenes no parece tener la importancia que realmente tiene. En Italia, el centro del catolicismo, la actitud hacia las imágenes aún es el criterio que usan muchos católicos para distinguir entre católicos y evangélicos. Ellos dicen: "¡Ah! ¡Usted es evangélico! Ustedes son los que no creen en los santos, ¿no es cierto?"

El dogma católico dice: "Está permitido y es beneficioso venerar las imágenes de los santos". Estas imágenes, y los santos que representan, son sumamente importantes en la vida religiosa de la gente de Italia y de otros países católicos romanos. Esto no sólo sucede en la iglesia, sino también en la religión popular que es menos oficial. Multitud de personas que casi nunca van a una iglesia se consideran fieles católicos simplemente porque son devotos a una o más imágenes católicas.

Quizá el hecho más importante que distingue a los protestantes que creen en la Biblia, de sus vecinos católicos, es que aquellos insisten en que cada individuo necesita conocer a Dios personalmente. De hecho, la razón por la que Cristo vino a la tierra, murió por nuestros pecados y resucitó, fue para quitar los pecados que nos separan de Dios, de manera que podamos conocerlo en forma personal. La Biblia enseña que cada individuo debe tener una relación continua y directa con Dios; no una relación de larga distancia por medio de una imagen o del santo que ella representa. Uno de los temas principales de la Biblia, comenzando desde Génesis hasta el último libro, Apocalipsis, es que Dios aborrece las imágenes. La razón es que ellas alejan a la persona del contacto directo con El, porque proveen alguien más a quien orar y en quien confiar.


El Misterio del Mandamiento Perdido

La mayoría de los católicos se sorprenden al saber que uno de los Diez Mandamientos prohibe el uso de las imágenes. Cito el segundo mandamiento, no de una Biblia publicada por evangélicos, sino de la Biblia católica romana: No te hagas estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni les des culto, porque Yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso. Yo castigo a hijos, nietos y biznietos por la maldad de los padres cuando se rebelan contra mí. Pero me muestro favorable hasta mil generaciones con aquellos que me aman y observan mis mandamientos (Exodo 20:4-6).

Aunque la Iglesia Católica enseña los Diez Mandamientos en sus catecismos, consistentemente elimina el mandamiento citado arriba. Sin embargo, se encuentra siempre en cualquier Biblia, ya sea publicada por una casa editora evangélica o católica. Si usted tiene una Biblia, ¿por qué no lo busca ahora?

Si tiene un catecismo católico romano, ¿por qué no lo abre también? No notará de inmediato que el mandamiento contra las imágenes y postrarse ante ellas ha sido eliminado, porque allí todavía habrán diez mandamientos. Pero si lee los primeros tres mandamientos tanto en la Biblia como en el catecismo, verá que el segundo mandamiento, el más largo de todos, fue eliminado de la versión que se encuentra en el catecismo. La omisión se ha ocultado dividiendo el décimo mandamiento en dos. Es así como se lee el décimo mandamiento en la Biblia católica: No codicies la casa de tu prójimo. No codicies su mujer, ni sus servidores, su buey o su burro. No codicies nada de lo que le pertenece (Exodo 20:17). En el catecismo, la parte que habla de no codiciar la mujer de tu prójimo se convierte en el noveno mandamiento, y el resto que habla de los servidores, etc., se une para formar el décimo. Estos mandamientos se repiten en Deuteronomio 5. En este segundo pasaje no es tan notorio que el último mandamiento se ha dividido en dos para camuflar el robo del segundo. Quizá sea esta la razón por la que la Iglesia Católica usa generalmente la reseña de los Diez Mandamientos en Deuteronomio, en lugar de la presentación original de los mandamientos en Exodo.

El hecho de que el segundo mandamiento sea eliminado por completo y que se oculte la omisión muestra que la Iglesia Católica no lo interpreta en forma diferente a como lo interpretan otros. Si no comprendieran que condena sus imágenes, ¿por qué quitarían este mandamiento del catecismo y de otras enseñanzas católicas populares?


Fotografías

Algunos, tratando de justificar la oración a las imágenes, dicen que si tuviéramos que cumplir literalmente el segundo mandamiento, ni siquiera podríamos tener fotografías de nuestros amigos y seres queridos. La Biblia aclara este punto en un pasaje que especifica cuáles imágenes condena. Las imágenes prohibidas son las que el pueblo venera o adora: No se hagan ídolos, ni levanten estatuas o monumentos, ni coloquen en su tierra piedras grabadas para postrarse ante ellas, porque yo soy Yavé, el Dios de ustedes (Levítico 26:1). Note que aquí, como en Exodo, habla de un propósito para usar la imagen, para adoración, o como se traduce con frecuencia la misma palabra hebrea, postrarse. Este propósito excluiría fotografías comunes de sus amigos y de su familia. Una excepción obvia es la práctica de la oración a las fotografías de los familiares muertos.


Imágenes Paganas

Otros tratan de evitar la enseñanza clara de Dios afirmando en forma autoritaria que El se refiere sólo a imágenes paganas, no a sus imágenes "cristianas". Sin embargo, notamos que:

Moisés, al dirigirse a los hebreos, el pueblo escogido de Dios y no a los paganos, les dijo que el Señor no se reveló a ellos cuando les dio los Diez Mandamientos, por una precisa razón: Para que el pueblo de Dios no hiciera imágenes de Dios mismo -Ustedes no vieron figura alguna el día en que Yavé les habló en el monte Horeb en medio del fuego. Por tanto no vayan a corromperse: no se hagan un ídolo, o sea, un dios esculpido con forma de hombre o de mujer (Deuteronomio 4:15-16; lea también los versículos 17-19). Lo que se prohibió aquí no fue una imagen pagana, sino cualquier imagen que el pueblo escogido de Dios pudiera haber hecho de Dios, de hombres o de mujeres.
Dios elogió a un rey de los judíos porque destruyó una serpiente de bronce que había sido hecha por orden expresa de Dios, y a la cual Su pueblo había comenzado a adorar después de cierto tiempo. La Biblia dice de este rey: Hizo lo que es recto a los ojos de Yavé, imitando a David, su antepasado. Suprimió los santuarios de las lomas, quebró los cipos y cortó los troncos sagrados. También destruyó la serpiente de bronce que Moisés había fabricado en el desierto, pues hasta ese tiempo los israelitas le ofrecían sacrificios y la llamaban Nejustán (2 Reyes 18:3-4).


En el Nuevo Testamento se Prohiben las Imágenes

Otros, tratando de eludir la clara enseñanza de la Palabra de Dios, dicen que las imágenes se prohibieron en el Antiguo Testamento, pero que ahora están permitidas porque no estamos en tiempos del Antiguo Testamento, sino en el Nuevo. El punto débil y fatal de este argumento es que ¡simplemente no es verdad! El Nuevo Testamento habla mucho de las imágenes, y siempre contra ellas, tal como lo hace el Antiguo Testamento.

Uno de los primeros pasajes que se escribieron en el Nuevo Testamento es 1 Corintios 10:14: Por eso, hermanos muy queridos, huyan del culto a los ídolos. Este tema continúa a través del Nuevo Testamento. Lo encontramos inclusive en 1 Juan 5:21, uno de los últimos libros que se escribieron en el Nuevo Testamento. Allí leemos: Hijitos, guárdense de los ídolos.

Entre estos versículos que he citado hay otros; son muchos para mencionarlos aquí, pero le animo a leerlos. Verá que las imágenes se prohiben prácticamente a través de todo el Nuevo Testamento: 1 Corintios 6:9; 10:7; 12:2; Hechos 7:39-42; 17:16, 29; Romanos 1:23; 1 Pedro 4:3; Apocalipsis 2:14; 9:20; 21:8; 22:15.


Historia de la Idolatría en la Iglesia

Las iglesias de los primeros siglos no usaron imágenes (con la excepción del símbolo del pescado, usado como emblema y no como ídolo). Las imágenes se introdujeron en la iglesia primeramente para uso ornamental, a fines del siglo III. Por el año 400 d.C. las usaron también para la enseñanza, y sólo en los siglos siguientes las imágenes fueron consideradas sagradas. Luego, en los Concilios de Nicea en 787 d.C. y en el de Trento en 1562 d.C., la iglesia romana aceptó que las imágenes fueran veneradas.

De acuerdo a la tradición católica, cuando una persona ora a la imagen de un santo o la adora, está venerando al santo. Esta explicación, sin embargo, aunque parezca convincente, nunca puede justificar la oración a una imagen, porque Dios nos ordena que no lo hagamos. Algunas de las personas más importantes de la Iglesia Católica han comprendido esta enseñanza; se demostró claramente cuando el papa Juan XXIII sacó muchas de las imágenes de las iglesias. El papa Juan XXIII, y otros papas que lo siguieron, también trataron de eliminar otras prácticas idólatras de la iglesia, como el llevar imágenes en procesiones.


¿De Quiénes Son las Imágenes?

En la mayoría de los casos, las imágenes veneradas no son realmente imágenes de los santos, puesto que en el tiempo en que vivieron muchos de ellos no había cámaras fotográficas, y no muchos de ellos posaron para que pintaran sus retratos. La consecuencia obvia es que con frecuencia las imágenes son en realidad de modelos contratados más tarde por los artistas. Muchos artistas crearon obras de arte religiosas y no religiosas, y usaron los mismos modelos para ambas. A veces los modelos del artista eran personas muy religiosas, pero a menudo no lo eran. En otras ocasiones, la imagen mental que se formaba el artista determinaba qué apariencia tendría el santo. Esto es obvio cuando recordamos la tez pálida común en muchas "vírgenes", y luego recordamos las famosas "vírgenes" negras.

Cuando una señora caminaba con su perro y pasó por la puerta del estudio de un artista, comprendió que las imágenes a las que ora la gente generalmente no son de los santos. El artista salió y le preguntó a la señora si le permitiría cortar un poco de pelo de la cola del perro; lo necesitaba para las cejas de un santo que estaba haciendo. Ella con gusto le dio el pelo que deseaba. Después, al seguir caminando, se dio cuenta: "¡Esto significa que estaré inclinándome ante el pelo de la cola de mi perro!" En ese mismo momento ella decidió abandonar su idolatría.


Las Imágenes Son Uno de los Temas Principales de la Biblia

El hecho de que tantos pasajes de la Biblia traten de las imágenes muestra claramente que para Dios, este es un asunto de suma importancia. He mencionado ya muchos de los pasajes en el Nuevo Testamento. Aunque el tema es muy amplio en el Antiguo Testamento para citar todos los pasajes, los siguientes son algunos de los más importantes. Al leerlos comprenderá el punto de vista que Dios tiene de las imágenes. Además, la gran cantidad de citas no puede dejar de impresionarnos en cuanto a la importancia que este tema tiene para Dios: Exodo 23:24; 34:13; Levítico 19:4; 26:30; Números 33:52; Deuteronomio 5:8-9; 9:12-17; 16:21; 27:15; 1 Reyes 14:9, 22-23; Salmos 78:58; 97:7; 106:19-20; 115:4-9; 135:15-18; Isaías 10:10-11; 30:22; 31:6-7; 42:8-17; 44:8-20; 45:20; 46:6-7; Jeremías 10:3-16; Ezequiel 16:17-21; 30:13; Daniel 3:1-18; Oseas 11:2; 13:2-4; Miqueas 1:7; 5:12-13; Habacuc 2:18-20.


¿Debemos Orar a los Santos Mismos?

En este punto, alguien podría sugerir que aunque es incorrecto orar a las imágenes, tal vez sería correcto orar a los santos mismos, sirviendo ellos como mediadores entre nosotros y Dios. Sin embargo, Jesucristo dijo que nadie podía ir al Padre sino por El (Juan 14:6), y 1 Timoteo es aún más específico: Unico es Dios, único también es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, verdadero hombre. El entregó su vida para rescatar a todos (2:5). Cristo es nuestro mediador, porque es El quien nos lleva a tener relación con Dios. El pagó todo lo que Dios pedía por nuestros pecados, para que nosotros los pecadores pudiéramos orar directamente, "Padre nuestro...".

Otra traducción dice: Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos. ¿Por qué diría Dios que Cristo Jesús es el único mediador si fuera mentira, y realmente hubieran muchos mediadores?

Durante un programa de televisión en el que recibíamos llamadas telefónicas, un sacerdote llamó para discutir conmigo este versículo. Tratando de señalar una excusa en este versículo que permitiera a los católicos orar a los santos, él afirmó: "No es que los santos puedan responder directamente las oraciones, sino que ellos oran a Jesús, quien a su vez ora a Dios el Padre, quien responde la oración". Puesto que conozco la doctrina católica, le pregunté: "¿Son los santos omniscientes y omni-presentes, de tal manera que puedan entender miles de oraciones de todo el mundo, en muchos idiomas diferentes, todos al mismo tiempo?" Por supuesto, él tuvo que responder: "No, sólo Dios es omnisciente y omnipresente; los santos no pueden oír ni responder todas las oraciones". Al darse cuenta de la implicación de lo que había dicho, trató de reparar el daño diciendo: "Dios el Padre escucha las oraciones y ¡¡¡les dice a los santos qué pidieron las personas!!!"

Recuerde, sólo Dios puede estar en todos los lugares a la vez para escuchar las miles de oraciones que llegan de todo el mundo al mismo tiempo. ¿Hay alguna buena razón para que no oremos directamente a El?

Dios nos ama. El desea ser nuestro amigo y nuestro Padre. Dios nos pide que oremos directamente a El, que tengamos comunión con El, que lo honremos y lo adoremos. El se siente abandonado cuando veneramos a alguien más o algo. La Biblia nos dice que El es Dios celoso de nuestro amor, y para que comprendamos esto, nos da la ilustración del esposo que no quiere que su esposa se vaya con otros hombres. ¿Qué le estamos diciendo a Dios cuando le damos la espalda y oramos a un santo? Es una gran ofensa llegar a la conclusión de que El no es tan bondadoso, tan considerado y tan compasivo como los santos.

Examinemos un ejemplo que literalmente cientos de italianos han usado para mostrarme por qué debería orar a los santos. Ellos dicen: "Si usted quisiera un empleo en cierta fábrica, y su tío fuera amigo del dueño, usted no iría a hablar directamente con el dueño de la fábrica. Le pediría a su tío que fuera y hablara por usted". En esta ilustración, el tío representa al santo y el dueño de la fábrica representa a Dios. La ilustración sugiere que el santo, representado por el tío, lo conoce a usted, lo ama y desea ayudarlo; mientras que Dios, representado por el dueño de la fábrica, no lo conoce, no lo ama ni desea ayudarlo. La verdad es que Dios nos conoce y nos ama, y nos pide que vayamos directamente a El en el nombre de Jesucristo, el único mediador.

La Biblia nunca infiere que santo alguno, vivo o muerto, nos ame más que Dios, y ni siquiera una vez menciona la posibilidad de que alguien ore a los santos o por medio de ellos. Sin embargo, de Jesucristo dice: Nuestro sumo sacerdote no se queda indiferente ante nuestras debilidades, por haber sido sometido a las mismas pruebas que nosotros, pero que a él no lo llevaron al pecado. Por lo tanto, acerquémonos con plena confianza al Dios de bondad; él tendrá piedad de nosotros y nos recibirá en el momento oportuno (Hebreos 4:15-16; lea también Efesios 3:12). ¡El nos conoce y cuida de nosotros!

Cristo mismo nos dice a quién debemos orar. Mateo 7:7-11 comienza con estas palabras: Pidan y se les dará... y termina diciendo: Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, con mayor razón el Padre celestial, Padre de ustedes, dará cosas buenas a los que se las pidan. Juan 15:16 agrega que debemos pedir al Padre en el nombre de Jesús: Ustedes no me escogieron a mí. Soy yo quien los escogí a ustedes y los he puesto para que vayan y produzcan fruto, y ese fruto permanezca. Y quiero que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se los dé. Un estudio de las oraciones en la Biblia le mostrará que todas fueron dirigidas a Dios el Padre, y ninguna a los santos que habían muerto.


¿Creen los Evangélicos en los Santos?

Lo que recién afirmé será motivo para que alguien diga: "¡Los evangélicos no creen en los santos!" En realidad, ¡creemos en los santos! Sin embargo, creemos lo que la Biblia dice acerca de ellos, lo cual es muy diferente de la tradición católica. Creemos tanto en ellos que deseamos obedecer los mandamientos que Dios les inspiró a escribir en la Biblia. Entre otras cosas, nos dijeron que debemos orar a Dios y no a los santos o imágenes. Además de tratar de obedecer lo que los santos escribieron en la Biblia, aquellos que realmente fueron santos son un ejemplo para nosotros. La Biblia llama "santos" a todos los que son santificados por medio de la fe en el Señor Jesucristo. La palabra "santos" se usa en el Nuevo Testamento para referirse a los creyentes como grupo, no para distinguir a una persona considerándola más santa que otra porque hizo milagros o porque vivió una vida más pura.

En la Biblia la palabra "santos" se usa para describir a personas que aún vivían. Los escritos de Pablo en la Biblia usan mucho esta palabra. Examinemos cómo la usa: A los santos que están en Efeso (Efesios 1:1). Vea también Efesios 1:18; 5:3; Romanos 1:7; Hechos 9:13, 32. En La Sagrada Biblia, traducida por Félix Torres Amat, también se encuentra la palabra "santos" en Efesios 1:15; 2:19; 3:8, 18; 4:12; 6:18; Hechos 26:10. No podemos dejar de sorprendernos por el hecho de que la palabra "santo" fue usada consistentemente en plural para referirse a grupos de cristianos comunes.

Los creyentes de la iglesia de Corinto eran santos o santificados (1 Corintios 1:2 y 6:11, TA; 14:34). No obstante, aún tenían algunos defectos y pecados sumamente graves, y Pablo no podía hablarles como a cristianos espirituales, sino como a carnales (1 Corintios 1:11; 3:1; 6:5-8; 11:22).


¿Por qué los Evangélicos no Oran a los Santos?

Además de la clara afirmación, único es Dios, único también es el mediador entre Dios y los hombres, hay otras razones por las que no oramos a los santos:

Dios no nos da en la Biblia ni un solo ejemplo de alguien que alguna vez orara o venerara a los santos, ni nos da indicación alguna de que El desee que lo hagamos.
Las Escrituras dicen: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo servirás (Lucas 4:8).
En la Biblia encontramos ejemplos tanto de hombres como de ángeles que no permitieron que la gente se postrara ante ellos, y enseñaron que eso no se debe hacer. Cuando Pedro entró, Cornelio le salió al encuentro y cayó a sus pies con mucho respeto. Pero Pedro lo levantó y le dijo: Levántate, que también yo soy hombre (Hechos 10:25-26; vea también Hechos 14:13-15 y Apocalipsis 22:8-9).
El apóstol Pablo, uno de los "santos", explicó a los filipenses que él sólo podría serles de ayuda estando con vida (Filipenses 1:23-26).

Para responder al argumento de que los santos responden a las oraciones con milagros, es necesario recordar que las manifestaciones espirituales (incluyendo los milagros) pueden provenir de dos fuentes diferentes: de Dios, o del diablo y sus demonios. El mandamiento de Dios es que no debemos hacer imágenes. Cuando los milagros parecen haber sido hechos por los santos, y convencen a más personas para que participen en la práctica idólatra de orar a otro que no sea Dios, estos milagros no pueden venir de Dios.

Además, hay muchos santos que fueron depuestos por la Iglesia Católica, porque los estudios históricos mostraron que nunca existieron. Por ejemplo, Santa Filomena supuestamente había sanado en forma milagrosa al papa Pío X. Pero en una época más reciente esta santa fue desacreditada por otro papa y su comisión de investigación al probar que era sólo fábula. A pesar de que la posición oficial actual de la iglesia es que esa persona nunca existió, los que son fieles a su imagen afirman que ésta continúa haciendo milagros.

Usted también puede ser santo si va por medio de la fe a Jesucristo, quien dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6). No es una declaración oficial de la iglesia lo que hace santa a una persona, ni se obtiene ese nombre por llevar una vida sin pecado o por hacer milagros. Dios hace santos al transformar a los pecadores: Somos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo hecha una vez sola (Hebreos 10:10, TA; lea también Hechos 26:18).

Confíe en el Señor Jesucristo quien puede quitar sus pecados, y usted también llegará a ser uno de los santos.

¿Por Qué los Pastores Evangélicos Pueden Casarse?
La Biblia indica claramente, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, que el matrimonio no está prohibido para quienes quieren agradar a Dios, ni siquiera para quienes quieren servir a Dios a tiempo completo. El Nuevo Testamento lo dice con claridad cuando establece los requisitos para los oficiales de la iglesia. Es necesario, pues, que no se le pueda reprochar nada al obispo. Marido de una sola mujer... Un hombre que sepa dirigir su propia casa y cuyos hijos le obedecen y respetan (1 Timoteo 3:2-4). Esta es la misma regla que se da a los diáconos: Los diáconos deben ser hombres casados una vez solamente, hombres que sepan dirigir a sus hijos y su propia casa (3:12). Los sacerdotes del Antiguo Testamento también tenían libertad para casarse, y por lo general se casaban, al igual que los líderes de la iglesia del Nuevo Testamento.

Además, aunque Dios condena severamente toda relación sexual entre personas que no están casadas entre sí, El explica que el contacto sexual entre personas casadas no es pecado. Más bien, El ordena a cada persona en la unión matrimonial que se dé a sí mismo, o a sí misma, al cónyuge. ¡Cuidado con las relaciones fuera del matrimonio! Que cada uno, pues, tenga su esposa y cada mujer su marido. El marido cumpla con sus deberes de esposo y también la esposa. La esposa no dispone de su propio cuerpo, el marido dispone de él. Del mismo modo, el marido no dispone de su propio cuerpo, la esposa dispone de él. No se nieguen el derecho del uno al otro, sino cuando lo decidan de común acuerdo, por cierto tiempo, con el fin de dedicarse más a la oración, pero después vuelvan a juntarse (1 Corintios 7:1-5). Este pasaje explica claramente que la falta de deseo en algún momento, o aun la idea de que el sexo es pecado, no es razón suficiente para que una persona casada prive a su esposo o a su esposa. Dios quiere que los casados encuentren satisfacción en el hogar, para que sean fortalecidos contra toda tentación externa.

En Efesios 5:22-23, Dios escogió la relación entre esposo y esposa como ejemplo de Su relación con los creyentes. El dijo: Que las esposas se sometan a sus maridos como al Señor. En efecto, el marido es cabeza de su esposa, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo Salvador. El pasaje también ordena a los esposos que amen a sus esposas y que las traten con ternura, con la misma bondad con que ellos se tratan a sí mismos. Debemos someternos a Cristo, así como la esposa debe someterse a su esposo, y El nos cuida de la manera en que El quiere que un esposo cuide a su esposa. El uso de esta comparación muestra que Dios aprueba el matrimonio.

Es cierto que la persona soltera tiene mayor libertad para hacer la obra de Dios, y la Biblia lo dice claramente, pero pone esta afirmación en equilibrio con la enseñanza de 1 Corintios 7:9: Pero, si no pueden dominarse, que se casen; porque más vale casarse que estar ardiendo. Así pues, aunque permanecer solteros es la mejor forma en que algunos sirven a Dios, no es la mejor forma para todos. Por esa razón, Dios permite que cada persona se case o no, según sea lo mejor en su caso.

La Iglesia Católica sostiene que Pedro fue el primer obispo de Roma y el primer papa; sin embargo, en Mateo 8:14 y en 1 Corintios 9:5 vemos claramente que él era casado. Puesto que la Biblia no ordena el celibato para los líderes de la iglesia, y la Iglesia Primitiva no lo practicaba, obviamente no es un mandamiento de Dios para todos los que quieran servirle a tiempo completo. Esta orden fue impuesta a los sacerdotes católicos romanos por algunos sínodos (Elvira, Orange, Arles, Agde, Toledo) y por el Concilio Lateranense de 1139, básicamente para eliminar el nepotismo en la iglesia romana, la que controla gran cantidad de propiedades que algunos de los sacerdotes preferían legar a sus hijos.

Esta condición no existe en la mayoría de las iglesias protestantes, de modo que ha sido mínima la necesidad de esta clase de regulación. Además, muchas iglesias protestantes tienen una organización demasiado democrática para poder imponer una regla que no tiene base bíblica. La Iglesia Católica, como empleadora, tiene el derecho de exigir el celibato como requisito a algunos de sus empleados; sin embargo, muchos sacerdotes no pueden seguir toda su vida sin tener relaciones sexuales. Dios considera que estas relaciones son sumamente pecaminosas cuando son practicadas por quienes no están casados (1 Corintios 6:9-10, 18; Hechos 15:28-29; Apocalipsis 21:8). Los sacerdotes que no pueden resistir, no sólo serán condenados con más severidad por Dios, sino que también escandalizarán a muchos en su iglesia, y arrastrarán a otras personas al pecado con ellos.

¿Creen Ustedes en María?
¡Sí! Creemos todo lo que la Palabra de Dios nos dice de María. Las creencias que rechazamos son las que algunas personas formularon posteriormente sin ninguna base bíblica. Creemos que María fue una mujer virtuosa, escogida por Dios para ser la madre de Jesucristo. Además, creemos que era virgen en el momento del nacimiento de Jesús. Por otro lado, no oramos a María ni hacemos imagenes de ella, porque la Biblia enseña: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo servirás (Lucas 4:8). La Biblia consistentemente enseña que la oración debe dirigirse a Dios el Padre. Cuando los discípulos le pidieron a Jesús: "Enséñanos a orar", lo primero que El dijo fue: "Cuando recen, digan: Padre...", y enseñó el Padrenuestro. En cierta ocasión, Jesús preguntó a otro grupo de personas: "¿Por qué me llaman Señor, Señor, y no hacen lo que yo digo?" Puesto que Jesús nos pide que oremos al Padre, ¡hagámoslo!

A veces los que quieren que oremos a María dicen que, como ella era la madre de Jesús, El siempre le concedía lo que le pedía. Después que lea el siguiente pasaje de la Biblia, puede juzgar por usted mismo si esto es cierto o no: Entonces llegaron su madre y sus hermanos; se quedaron afuera y lo mandaron a llamar. Como era mucha la gente sentada en torno a Jesús, le transmitieron este recado: "Oye, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están afuera y preguntan por ti." El les contestó: "¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?" Y mirando a los que estaban sentados en torno a él, dijo: "Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Marcos 3:31-35).

En la Biblia no hay un solo ejemplo de alguien que tratara de ir a Jesús o a Dios el Padre por medio de María. Por el contrario, leemos: Unico es Dios, único también es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, verdadero hombre. El entregó su vida para rescatar a todos (1 Timoteo 2:5-6). Jesús dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6). Cristo es el único mediador. El nos pone directamente en conexión con Dios al quitar los pecados que nos separaban, de manera que podemos acudir a El en forma directa.

La historia nos informa que las oraciones a María comenzaron a fines del siglo IV d.C. Por cierto, si ella aún hubiera estado viva, ¡no habría permitido esa práctica! Puesto que era una mujer piadosa, nunca habría aceptado las oraciones porque deben dirigirse sólo a Dios.

En Italia, el centro mismo del catolicismo romano, la gente tiende a rezar a las diferentes imágenes de María. Es más, generalmente creen que cada imagen tiene capacidades particulares. Creen que algunas poseen el poder de sanar en una manera excepcional. Otras protegen de la lava del Vesubio. Piensan que otras protegen a grupos particulares de personas, como los pescadores. Los templos que tienen estatuas que son reverenciadas en forma especial fomentan esta creencia. Como resultado, muchas personas viajan grandes distancias, aunque pasen cerca de cientos de imágenes de María, porque su deseo es llegar a la que consideran que les ayudará más. Obviamente esto es idolatría y no es lo que quiero discutir aquí, porque no tiene relación alguna con María, que es una sola. Sus poderes no cambian de estatua a estatua.

Más bien, veamos a María, la madre de Jesús, una mujer real como muchas de las que están leyendo este libro. Creemos que ella era una mujer admirable, porque Dios la escogió para una tarea muy especial que la pondría en un lugar prominente y por la cual la considerarían un ejemplo. Sin embargo, no hay razón para creer que ella fue concebida sin pecado, porque después del nacimiento de Cristo la encontramos en el templo, ofreciendo sacrificio para su purificación (Lucas 2:22-24). Este es el mismo acto que todas las mujeres hebreas realizaban después del nacimiento de un hijo (Levítico 12). Además, en su oración de agradecimiento por haber sido escogida para ser la madre de Cristo, María llama a Dios el Dios que me salva (Lucas 1:46). Si ella hubiera nacido sin pecado, no habría necesitado una ofrenda de purificación ni un salvador.

La iglesia de Roma enseña que María debe ser llamada la madre de Dios, una expresión que nunca se usa en la Biblia. El razonamiento es que ella es la Madre de Jesucristo, y El es Dios. Aunque a primera vista el razonamiento parece aceptable, si ella fuera la madre de Dios, tendríamos que inferir que la criatura era la madre del Creador: es decir, que María, quien nació en un momento particular de la historia, era la madre de todo lo relacionado con Dios, quien ha existido desde la eternidad (Génesis 1:1; Juan 1:1-3, 14). La Biblia no enseña esto. Más bien enseña que Dios, quien siempre ha existido, tomó una naturaleza humana por medio del nacimiento virginal. Por tanto, María fue la madre de la naturaleza humana de Cristo, pero no de su naturaleza divina, la cual ha existido desde la eternidad (Juan 8:57-58). Para no crear confusión en este punto, preferimos no usar el término madre de Dios.

Aunque la Biblia enseña que María era virgen en el momento del nacimiento de Cristo, no nos da razón para creer que ella permaneció virgen toda su vida. De hecho, María fue obediente a Dios quien, al hablar de las personas casadas, dijo que el hombre debe dejar a su padre y a su madre y unirse con su esposa, y que los dos deben ser un solo ser (Efesios 5:31; Mateo 19:6). Al hablar específicamente de María y José, la Biblia explica: Y sin que tuvieran relaciones dio a luz un hijo al que José puso el nombre de Jesús (Mateo 1:25). Este pasaje obviamente establece el hecho de que José no tuvo relaciones con María antes del nacimiento de Jesús, y otros pasajes declaran que ella era virgen en el nacimiento de Jesús. Sin embargo, al decir que sin que tuvieran relaciones dio a luz un hijo, expresamente excluye del período en que no tuvieron relaciones, el tiempo después que ella tuvo un hijo. Además, ninguno de los otros pasajes que hablan de la virginidad de María infieren que ella debía mantenerse virgen después del nacimiento de Cristo. Más bien, se da a entender que después que nació Cristo, María y José tuvieron relaciones normales como esposo y esposa. Afirmar que María permaneció virgen toda su vida infiere que ella no obedeció la voluntad de Dios para las mujeres casadas, y esta idea realmente no la honra.


¿Quiénes Fueron los Hermanos de Jesús?

Además de inferir que María no permaneció virgen para siempre, la Biblia también habla varias veces de los hermanos de Jesús. En el evangelio de Mateo leemos: ¿No se llama María su madre? ¿No son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas viviendo entre nosotros? (Mateo 13:55-56). Después del nacimiento de Jesús, casi todas las veces que la Biblia habla de María, ella está con los hermanos de Jesús. Hasta donde sabemos, todos vivían juntos como una familia normal (vea Mateo 12:46; 13:55-56; Marcos 3:31; 6:3; Lucas 8:19; Juan 2:12). Algunos católicos sostienen que los hermanos de Jesús eran en realidad primos. Muchas traducciones antiguas de la Biblia católica traducían "hermanos" como "primos" sin ninguna base textual, y sólo en el caso de los hermanos de Jesucristo. Los hermanos de todos los demás eran traducidos como hermanos. La falta de honestidad en esta clase de traducción era tan evidente que casi todas las traducciones católicas recientes usan la palabra "hermanos".

Algunos católicos dicen: "Sí, eran hermanos, pero sólo en el sentido espiritual, no en el físico". Esta interpretación también es errónea, porque hasta después de la resurrección, los hermanos de Cristo no creían en El. Juan 7:5 lo dice claramente: Sus hermanos hablaban así porque no creían en él. Si sus hermanos no creían en El, no eran "hermanos" en el sentido espiritual. Los traductores de la New American Bible (Nueva Biblia Americana, versión en inglés) evidentemente reconocieron el problema que esto presenta para la enseñanza romana de que María permaneció virgen aun después del nacimiento de Cristo. Ellos han quitado algo de fuerza a la declaración traduciéndola de esta manera: En realidad, ni siquiera Sus hermanos tenían mucha confianza en El (Juan 7:5). Varios pasajes de la Biblia realmente distinguen entre los hermanos espirituales y los hermanos físicos de Jesús. Vemos un ejemplo en Juan 2:12: Después de esto, Jesús bajó a Cafarnaún y con él su madre, sus hermanos y sus discípulos (Vea también Mateo 12:46-50; Marcos 3:31-35; 6:1-3; Lucas 8:19-22). Pasajes como éste señalan con claridad que la Biblia distingue entre los hermanos de Jesús y Sus discípulos.

En base al fundamento erróneo de la virginidad perpetua de María, a través de los siglos los filósofos han levantado una torre de fábulas; ideas que no tienen raíz en la Biblia ni en ninguna literatura del período en que vivió María. Jesucristo no fomentó la excesiva glorificación de María que es tan común ahora. En la Biblia leemos: Mientras Jesús estaba hablando, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: "¡Feliz la que te dio a luz y te amamantó!" Pero él declaró: "¡Felices, pues, los que escuchan la palabra de Dios y la observan!" (Lucas 11:27-28; vea también Mateo 12:46-50; Marcos 3:31-35).

Dar a María la gloria que debemos dar a Dios no es la forma correcta de honrarla. Si yo tratara de honrarlo a usted llamándolo "su majestad, la reina de Inglaterra", o diciéndole que considero admirable el valor con que usted enfrentó los peligros del océano para descubrir América, ¿se sentiría honrado? Probablemente pensaría que soy terriblemente ignorante, o que me burlo de usted. Usted preferiría que dijera algo agradable acerca de lo que realmente es o ha hecho.

Otra manera en que podemos honrar a María es haciendo lo que le hubiera agradado. La Biblia registra sólo un mandato que dio María. Fue dado en las bodas de Caná, en Galilea: Hagan todo lo que él les mande (Juan 2:5). Ella le estaba diciendo a los sirvientes en la fiesta de bodas que obedecieran todo lo que les dijera Cristo. Puesto que su mandato fue dado en una situación particular a un grupo de personas específico, no tenemos que cumplirlo si no queremos. No obstante, en nuestro corazón sabemos que a María le agradaría más que obedeciéramos a Cristo, en vez de desobedecerlo y luego decir que la estamos honrando a ella. Por tanto, honremos a María en una forma que no contradiga la enseñanza bíblica, una forma que ella y Dios aprobarían. Sigamos su mandato de hacer lo que dice Cristo.

¿Existe el Purgatorio?
La Biblia nunca habla de un lugar adonde uno puede ir para ser purificado de su pecado. Más bien habla de una Persona a quien podemos acudir para ser purificados: Jesucristo. Dios nos dice que quienes rehusan confiar en Cristo para ser limpiados de sus pecados, son condenados: El que cree en él no se pierde; pero el que no cree ya se ha condenado, por no creerle al Hijo Unico de Dios (Juan 3:18). Hay sólo dos posibilidades de elección: El que cree al Hijo vive de vida eterna; pero el que se niega a creer no conocerá la vida, siendo merecedor de la cólera de Dios (Juan 3:36; vea también Apocalipsis 20:15; Lucas 16:19-31, especialmente el versículo 26). Cualquiera que acepte a Cristo es salvado completamente: Ahora, pues, se acabó esta condenación para aquellos que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1). Al decir que no hay condenación, ciertamente elimina las llamas del purgatorio.

Otro pasaje que claramente excluye la idea del purgatorio es: No me acordaré más de sus errores ni de sus pecados (Hebreos 10:17). Si, como dice la Biblia, Dios no se acuerda de los pecados de quienes están en Cristo, entonces El no los castiga por esos pecados. De lo contrario, significaría que Cristo no pagó completamente por ellos, y que Dios el Padre todavía los recuerda (vea también Romanos 5:8-11; Hebreos 10:14-18; Salmos 103:12).

El que no cree que Cristo le ha salvado por completo, no ha confiado totalmente en Cristo para que lo salve. Es decir, no cree que el sacrificio de Cristo haya pagado por todos sus pecados, y piensa que él mismo debe pagar por algunos de ellos. Sin embargo, somos salvos cuando dejamos de confiar en lo que podemos hacer, y confiamos en Cristo para que nos salve.

La idea de que el sacrificio de Cristo no es suficiente para limpiarnos de todos nuestros pecados condenaría a un gran pecador -como el ladrón que fue crucificado al lado de Cristo- a sufrir por largo tiempo en el purgatorio, ¡o quizá por toda la eternidad en el infierno! Pero, no hay nada que no haya sido cubierto por la muerte de Cristo en la cruz. Cuando el ladrón puso su confianza en Cristo, éste le dijo: En verdad, te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso (Lucas 23:43).

Si existiera el purgatorio y la misa ayudara a la gente a salir de él, los ricos tendrían gran ventaja al poder pagar misas para acortar su sufrimiento. Los pobres, en cambio, dependerían de la misericordia de algún sacerdote que dijera ocasionalmente una misa gratis por ellos. Un ex-sacerdote escribió: "Si realmente creyéramos que la misa salvaría a la gente de las llamas del purgatorio, ¿haríamos que pagaran por ello? Yo salvaría aun a un perro si viera uno en un incendio, y ¡ni siquiera se me ocurriría pedir que me pagaran!"

Evidentemente el purgatorio fue una idea pagana. Virgilio, poeta latino pagano que vivió de 70-19 a.C., en sus escritos separó las almas de los muertos en tres diferentes lugares: Uno para los buenos, otro para los condenados, y un tercero donde los que no eran tan malos podían pagar por sus pecados. Puesto que la idea del purgatorio existió fuera de la iglesia antes de que se introdujera en la iglesia, es probable que fuera incluida por medio del contacto con paganos como Virgilio. En la iglesia hubo una gran intromisión de ideas no bíblicas alrededor del año 300 d.C., cuando el emperador romano Constantino aceptó muchos paganos como miembros de la iglesia.

En todo caso, la Biblia no menciona el purgatorio. Sin embargo, algunos tratan de hacer que la idea suene bíblica refiriéndose a 2 Macabeos 12:41-45, uno de los libros apócrifos escritos entre los períodos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Estos libros nunca fueron aceptados como parte del Antiguo Testamento hebreo, ni son citados en el Nuevo Testamento, pero están incluidos en la Biblia católica, aunque generalmente con una explicación de que pertenecen a una categoría de menor inspiración. Aparte de este pasaje en 2 Macabeos, la Iglesia Católica usa muy poco los apócrifos para apoyar una posición doctrinal.

Es importante notar que este pasaje en ningún momento habla del purgatorio, sino que en realidad condena la idolatría, particularmente la práctica de usar pequeñas imágenes en una cadena o collar. Después de una batalla se descubrió que algunos soldados hebreos llevaban estos objetos; cuando sus compañeros los vieron, se dieron cuenta de que habían muerto en el pecado de la idolatría. Ellos entonces aconsejaron que se orara por sus almas. La posición católica romana es que la oración por ellos habría sido innecesaria si hubieran estado en el cielo, e inútil si hubieran estado en el infierno; por tanto, debe haber otro lugar. La lógica parece buena, pero el resultado contradice la clara enseñanza de la Escritura inspirada. Ciertamente, es un argumento muy débil contradecir la Escritura inspirada con una respuesta filosófica, basada en una inferencia aparente de los libros apócrifos. La misma palabra "apócrifos", que proviene de la palabra griega que significa oculto, ha llegado a tener el significado de "falso" o "de dudosa paternidad literaria".

Sobre Quién Está Fundada la Iglesia?
El apóstol Pedro mismo explicó en la Biblia sobre quién se fundó la iglesia. Dijo que Jesús era la piedra fundamental: Jesús es la piedra que ustedes los constructores despreciaron y que se convirtió en piedra fundamental, y para los hombres de toda la tierra no hay otro Nombre por el que podamos ser salvados (Hechos 4:11-12).

Con el fin de tener base bíblica para el papado, la Iglesia Católica Romana deja de lado numerosos pasajes como el mencionado arriba -que enseña claramente que Cristo es la cabeza y fundamento de la iglesia- y cita una parte pequeña de un pasaje del Evangelio de Mateo. No quieren darse cuenta de que, aunque la iglesia se hubiera fundado en Pedro, nada en este pasaje infiere que su posición fuera transmitida a los papas. Cito aquí ese pasaje, juntamente con algunos versículos que lo preceden y que nos ayudarán a entenderlo mejor.

Ellos dijeron: "Unos dicen que eres Juan Bautista; otros dicen que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas."

Jesús les preguntó: "¿Y ustedes, quién dicen que soy yo?" Simón contestó: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo." Jesús le respondió: "Feliz eres, Simón Bar-jona, porque no te lo enseñó la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos.

Y ahora, yo te digo: Tú eres Pedro, o sea Piedra, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las fuerzas del infierno no la podrán vencer" (Mateo 16:14-18). En griego, el lenguaje original del Nuevo Testamento, Cristo llama "Piedra" (género masculino) a Pedro. Después dice, "sobre esta piedra" (género femenino) edificaré mi iglesia. ¿Cuál es la roca sobre la cual la iglesia es edificada? La interpretación católica común es que esa roca es Pedro, pero la diferencia de género hace que tal respuesta sea cuestionable. Luego, cinco versículos más adelante, Jesús reprocha a Pedro con tal severidad que lo llama Satanás. En el contexto mismo, entonces, es igualmente posible que la "piedra" sobre la cual está fundada la iglesia se encuentre en la declaración que hizo Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo.

Si permitimos que otros pasajes de la Biblia, que se refieren al mismo tema, nos ayuden a decidir sobre quién está fundada la iglesia, encontramos que es Cristo. Pues la base nadie la puede cambiar; ya está puesta y es Cristo Jesús (1 Corintios 3:11).

Sin duda Pedro debió haber comprendido si la iglesia estaba fundada en él o en Cristo, y escribió que era en Cristo: El dice en la Escritura: "Coloco en Sión una piedra de base, escogida y preciosa: quien cree en él no quedará defraudado." Así ustedes recibirán honor por haber creído. En cambio, para los incrédulos está escrito: "La piedra que rechazaron los constructores ha pasado a ser piedra de base"; y también: "Contra esta piedra tropezarán y contra esta roca caerán." Tropiezan en ella: esto se refiere a que no creen en la palabra; y en esto se cumple un designio de Dios (1 Pedro 2:6-8). Pedro comprendió que Cristo es la piedra angular, el fundamento de la iglesia, y en este pasaje obviamente se refiere a El.

Cristo mismo dijo: ¿No han leído el pasaje de la escritura que dice: La piedra que los constructores desecharon llegó a ser la piedra principal del edificio? (Marcos 12:10). Los judíos entendieron que al decir esto, Jesús estaba declarando que era el Mesías de ellos, y puesto que no deseaban que El fuera su líder, inmediatamente trataron de matarlo y tropezaron en la piedra, tal como habían predicho las Escrituras. Más tarde lograron su objetivo, pero El resucitó de los muertos y llegó a ser la piedra sobre la cual fue fundada la iglesia. ¿Aceptará usted a Cristo como el fundamento y guía de su vida?

Retornando a Mateo 16:14-18, con este trasfondo bíblico parece claro que la piedra a la que Jesús se refirió no fue Pedro, sino su confesión: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo.

Aunque esto no fuera verdad, y Pedro fuera la piedra sobre la cual se fundó la iglesia, todavía no hay razón bíblica para pensar que la autoridad de Pedro fue transmitida a otros, y que los papas son sus sucesores. Tampoco hay razón para creer que esta idea fue aceptada por la iglesia de los primeros siglos. En realidad, la idea de un "papa" se desarrolló gradualmente, y fue recién en 1870 cuando la infalibilidad del papa llegó a ser dogma. Aun entonces, dentro de la Iglesia Católica hubo una fuerte oposición a esa idea. Simplemente no hay fundamento sólido para la idea de que un hombre, aparte de Jesucristo, tenga sobre nosotros la autoridad que el papa dice tener, aunque haya buenas razones por las que él desee que lo creamos.

Asimismo resulta confuso que el papa relacione su supuesto derecho de autoridad, de infalibilidad y de hacer que otros se postren ante él, con el hecho de ser sucesor de Pedro. Este nunca declaró tales derechos. ¡Todo lo contrario! Cuando una persona intentó postrarse ante él, le dijo: Levántate, que también yo soy hombre (Hechos 10:26).

Además, Pablo consideró necesario reprender severamente a Pedro, no porque éste fuera infalible, sino porque había actuado mal. Pablo escribió: Cuando más tarde vino Cefas (Pedro) a Antioquía le hice frente en circunstancias en que su conducta fue reprensible (Gálatas 2:11). Y este no fue el primer error grave que cometió Pedro. Todos recordamos cómo negó tres veces a Cristo en el momento preciso del juicio y condenación de nuestro Señor. No quiero quitar nada de lo bueno de este gran apóstol, pero no es lógico afirmar que la infalibilidad del papa le fue transferida de un hombre que cometió errores, y que su autoridad sobre la iglesia provino de un hombre que rehusó que la gente se postrara ante él.

Puesto que la verdadera iglesia está fundada en Jesucristo, debemos encontrar una iglesia que no predique otra salvación, basada en obras y sacramentos, sino que tenga como fundamento la Santa Biblia y a Jesucristo, porque para los hombres de toda la tierra no hay otro Nombre por el que podamos ser salvados (Hechos 4:12). Puesto que casi todo lo que se puede saber de Cristo se encuentra en la Biblia, no vaya a una iglesia que tiene otra clase de autoridad, sea el papa, el Libro de Mormón, el Atalaya, o aun las supuestas comunicaciones del pastor de esa iglesia con Dios. Si puede sentirse cómodo en una iglesia a la que no necesita llevar la Biblia, probablemente hay algo malo.

¿A Quién Debemos Confesarnos?
Usted recordará que cuando los discípulos le pidieron a Jesucristo que les enseñara a orar, El principió así su explicación: Ved, pues, cómo habéis de orar: Padre nuestro que estás en los cielos (Mateo 6:9-14, TA). Jesús les enseñó, y por medio de ellos nos enseñó que debemos dirigir nuestras oraciones a Dios el Padre. Más adelante en esta oración a nuestro Padre, Jesús dijo: Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores (Mateo 6:12, TA). En esta oración, la más famosa de todas, el Señor Jesucristo mismo nos enseñó a orar a Dios el Padre y a pedirle perdón. Lucas lo dice de esta forma: Y perdónanos nuestros pecados, puesto que también nosotros perdonamos a nuestros deudores (Lucas 11:4, TA). Nosotros confesamos nuestros pecados directamente a Dios el Padre, no porque como evangélicos deseemos ser diferentes, sino porque es la forma en que Jesucristo enseñó a sus discípulos a orar.

Esta era la forma común en que los cristianos confesaban sus pecados en los primeros siglos de la iglesia. La confesión al sacerdote llegó a ser doctrina católica oficial en 1225 d.C. Los sacerdotes habían comenzado a oír confesiones desde algún tiempo antes, pero oraban a Dios por la persona, en lugar de declarar que ellos podían remitir los pecados, como lo afirman ahora.

Para defender la práctica de la confesión hecha a los sacerdotes, algunos de ellos mencionan el pasaje de Juan que dice: "Así como el Padre me envió a mí, así los envío a ustedes." Dicho esto, sopló sobre ellos: "Reciban el Espíritu Santo: a quienes ustedes perdonen queden perdonados, y a quienes no libren de sus pecados, queden atados" (Juan 20:21-23). Lo primero que debemos notar es que estas palabras no fueron dichas sólo a los apóstoles ni a ninguna clase especial de personas, sino a todos los seguidores de Cristo que estaban reunidos en ese momento. Por tanto, remitir los pecados no es privilegio del clero, sino que se extiende a todos los creyentes.

Además, debemos preguntar, ¿cómo interpretaron las palabras de Jesucristo aquellos que estaban presentes y las escucharon? ¿Qué hicieron para obedecerlas? Evidentemente ellos comprendieron que los pecados son perdonados cuando la persona confía en Jesucristo como Salvador, porque salieron y predicaron las buenas nuevas de que por la fe en Cristo Jesús tenemos perdón de pecados (Hechos 2:37-38; 10:43). Ellos no salieron para escuchar confesiones, ni dijeron a nadie que estaban remitiendo pecados. El libro de los Hechos es la historia de lo que hicieron los primeros cristianos, y de cómo Dios obró por medio de ellos para esparcir el evangelio en aquel tiempo. Si usted todavía tiene dudas, un cuidadoso estudio de este libro lo convencerá.

El episodio en Juan 20, del cual examinamos los versículos 21-23, también se encuentra en Lucas 24:36-48, con la adición de un detalle muy importante: Les dijo: "Esto estaba escrito: los sufrimientos de Cristo, su resurrección de entre los muertos al tercer día y la predicación que ha de hacerse en su Nombre a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, invitándoles a que se conviertan y sean perdonadas de sus pecados. Y ustedes son testigos de todo esto" (Juan 20:46-48). Cristo estaba hablando de predicar el arrepentimiento y el perdón de pecados, no de confesar nuestros pecados a un hombre. Al preguntar, "¿qué hicieron los que lo escucharon?", y al estudiar la respuesta en la Biblia, fácilmente vemos qué quiso decir nuestro Señor: Cristo quería que testificaran de El y proclamaran su salvación; ellos lo comprendieron y obedecieron. Los confesionarios aparecieron cientos de años más tarde.

Tal vez usted pregunte: "¿Necesitamos confesar nuestros pecados o no?" ¡Sí! Cada cristiano debe confesar sus pecados, pero no debemos hacer nuestra confesión al hombre, porque sólo Dios tiene el poder para perdonar. El apóstol Juan escribió: Si confesamos nuestros pecados, El, por ser fiel y justo, nos perdonará nuestros pecados, y nos limpiará de toda maldad (1 Juan 1:9). Esta exhortación bíblica para que confesemos nuestros pecados a Dios es muy clara. Asimismo, si lee los versículos anteriores, verá que las palabras "El, por ser fiel y justo", se refieren claramente a Dios.

Debemos confesar nuestros pecados a Dios, confiando que El nos perdonará por la sangre que Jesucristo derramó por nuestros pecados. Al confiar en Dios veremos que, como dice su palabra: El, por ser fiel y justo, nos perdonará nuestros pecados, y nos limpiará de toda maldad.

Si hemos pecado contra alguien, la Biblia nos enseña que también debemos pedir perdón a esa persona. Por tanto, si pecara contra un sacerdote, tendría que confesarle ese pecado a él y también a Dios. También hay ocasiones cuando necesitamos hablar con alguien respecto a lo que hicimos. Sin embargo, la idea de confesar a un sacerdote en lugar de confesar a Dios, no se encuentra en las Escrituras.

Ore directamente a su Padre que está en los cielos, confiésele todos los pecados que recuerda haber cometido, y confíe que Cristo pagó por cada uno de ellos. Y, en el futuro, si cayera en algún pecado, también deberá confesar de inmediato ese pecado a Dios.

Conclusión
Estimado amigo, hemos explicado la enseñanza clara de la Biblia. Dios le invita para que acepte su salvación ahora. Sería insensato continuar en un sistema que ha abandonado la Palabra de Dios y la ha substituido con la del hombre. No hay salvación real en la Iglesia Católica Romana.

Un día cuando caminaba como turista por la famosa iglesia de San Pedro, en Roma, permanecí cerca de un grupo de niños de escuela para escuchar al sacerdote que los guiaba y les explicaba las interesantes características del edificio. En el sótano, algo interesante sucedió cuando llegamos frente a la tumba del papa Juan XXIII, que para entonces era el último papa que había muerto. El sacerdote pidió a los niños que se arrodillaran y rezaran para que el alma de este gran papa pronto pudiera ser liberada del purgatorio.

En realidad, lo mejor que puede ofrecerle el sistema romano de salvación por obras es que usted se queme en el purgatorio hasta que haya pagado lo suficiente por sus pecados. ¿Por qué darle la espalda a la segura y única salvación que Dios le ofrece por medio de Jesucristo, con el fin de permanecer en un sistema en el que ni el más grande de los papas puede estar seguro de encontrar salvación? Jesús dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6).

Dios le ama, y en Jesucristo ha provisto completamente para que usted entre al cielo. El lo invita a poner su fe en Cristo, y a creer en El como su Salvador. ¿Por qué no inclina la cabeza para orar? Haga la decisión, ahora mismo, de confiar en Cristo para tener salvación y seguirlo como su Señor? Es la única forma de tener paz con Dios y la salvación de su alma: Justificados, pues, por la fe, mantengamos la paz con Dios mediante nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1, TA).
 
Re: Respuestas a Mis Amigos Católicos

Si fueras un poco mas respetuoso con los Catolicos te iria mejor, ahora que si tu le nombras Galleta, pues alla tu, tarde o temprano estaras frente al Jesus y seras responsable de tus actos.

La misa como sacrificio? Por Steve Rey (Ex- bautista converso al Catolicismo)

Antes que profundicemos sobre el sacrificio de la Misa, debemos preguntarnos con qué autoridad, es decir, a partir de cuáles fuentes autoritativas sabemos nosotros qué cosa es la Eucaristía, qué cosa representa, y como la debemos celebrar. Como un buen protestante que era, yo consideré siempre la Cena del Señor o Comunión como un rito que celebrábamos una vez al mes para recordar mentalmente qué cosa el Señor hizo por nosotros. Así de simple. Sin embargo, la Iglesia Católica hoy, y la Iglesia de los primero siglos, entendieron la Eucaristía como mucho más que eso. Entonces, ¿es la Eucaristía algo más que un simple recuerdo? ¿Cómo lo podemos saber? Y antes que nada, el Nuevo Testamento ¿enseña todo lo que la Eucaristía es y significa? De hecho, tenemos en las Escrituras pocos detalles de esa celebración[1]. Los detalles fueron dados a los creyentes por Pablo y los Apóstoles en persona, mientras vivían y establecían sus tradiciones en las Iglesias (2Tes 2,15; 3,6; 1Cor 11,2). Los escritos del Nuevo Testamento no tenían la intención de ser manuales sobre “Cómo celebrar la Cena del Señor”. Más bien, esa información había sido ya entregada a las iglesias y confiadas a los “superintendentes” (obispos). Las cartas consiguientes fueron instrumentos correctivos, para enderezar abusos en lo que ya había sido enseñado con anterioridad.

El sentido de estas líneas, antes de pasar a explicar qué cosa sea la Eucaristía, es demostrarte que uno no puede ir a la Biblia presuponiendo que todos los detalles y explicaciones sobre todas las cosas estarán allí claramente expresadas, como si fuese un “divino manual” de cómo celebrar la Cena del Señor, a modo de “guía para la celebración”. Las cosas no son así[2]. El hecho que los Reformadores, reunidos en Marburg (Alemania) en 1529 no llegaron ni remotamente a un acuerdo sobre el tema de la Cena del Señor, creo que es algo muy significativo. Cuando visité Marburg en 1983, buscando mis raíces protestantes, vi con interés el mural que los representa, sentados, debatiendo hasta los menores detalles, pero sin poder llegar a una conclusión unánime sobre el significado de las Escrituras con respecto al tema. Si la evidencia bíblica es tan clara, como algunos dicen, no entiendo porqué incluso aquellos grandes “reformadores” de la Iglesia, y todos sus 28.000 grupos protestantes herederos de ese pensar, tengan tantas diferencias al respecto, llegando algunos a negar que la Eucaristía (y también el Bautismo) tenga ningún valor en el plan actual de salvación (con “plan actual de salvación” traducimos aquí lo que los anglófonos llaman “dispensation”, “dispensación”; en la teología católica eso se llama “economía de la salvación”). ¿Te das cuenta que hubo una sola doctrina sobre la Eucaristía por mil quinientos años, desde el primer siglo de la historia de la Iglesia? Cuando los “reformadores” abrieron las compuertas de las confusión, causada por la libre interpretación y el juicio privado, la misma tomó forma de distintas escuelas dogmáticas. No habían pasado aún cincuenta años desde las “95 tesis” de Lutero, se publicó un libro en alemán que llevaba por título: “Doscientas definiciones de las palabras ‘Esto es mi Cuerpo’ ”

Desde la perspectiva de Lutero, desanimado por las facciones que ya comenzaban a formarse, escribió: “Hay casi tantas sectas y creencias como cabezas; este no admite el Bautismo; aquel rechaza el Sacramento del altar; un tercero dice que hay un mundo intermedio entre el presente y el día del juicio; no falta quién enseña que Jesucristo no es Dios. No hay nadie, sin embargo, por más bufón que sea, que no afirme que él está inspirado por el Espíritu Santo, y que no considere como profecías sus sueños y desvaríos” (citado en Leslie Rumble, Bible Quizzes to a Street Preacher [Rockford, IL: TAN Books, 1976], 22).

Desde la perspectiva de la Iglesia primitiva, la celebración de la Eucaristía fue entregada en herencia a la Iglesia por los mismos Apóstoles, y no por medio de “manuales”, y ni siquiera por cartas apostólicas, que vendrían luego. La Iglesia era la depositaria de esta información y de esta práctica, la depositaria de la enseñanza apostólica. Fue ella la que entregó a las futuras generaciones la enseñanza y la práctica que había recibido. Es en este sentido que la Iglesia habla de la “Sagrada Tradición” que en ella se preserva. Por eso considero que los Padres Apostólicos y los demás Padres de la Iglesia son muy importantes, pues ellos son testigos auténticos de la Tradición Apostólica “depositada en la Iglesia, al modo como un hombre rico deposita su dinero en un banco” (San Ireneo). Esta era, de hecho, la primera y primordial fuente de instrucción durante los primeros siglos. El principio de la Sola Scriptura simplemente no existía; es más, los Padres rebatían a aquellos que proponían doctrinas supuestamente bíblicas que no contaban con el apoyo de la enseñanza y Tradición Apostólica constantes. Era la Iglesia la que trasmitía la verdad. Ella era “la columna y fundamento de la verdad” (1Tim 3,15). Martín Lutero escribe: “Esto sí debemos concederles (a los católicos) como verdadero, a saber, que el Papado tiene la Palabra de Dios y el oficio de los Apóstoles, y que nosotros hemos recibido las Sagradas Escrituras, el Bautismo, el Sacramento y el púlpito de ellos. ¿Qué sabríamos de estas cosas si no fuera por ellos? (Sermons on the Gospel of John, Chap. 14-16, 1537, en el volumen 24 de Luther’s Works, St. Louis, Missouri: Concordia Publi. House, 1961, 304).

De modo que no contestaré a tu pregunta recurriendo solamente a la Biblia, aunque por cierto haré eso también; consultaré también a los Padres de la Iglesia, porque respeto el modo cómo ellos interpretaron los textos y las enseñanzas. Ireneo que Clemente, “vio a los santos Apóstoles y conversó con ellos, sonándole aún en sus oídos sus predicaciones, y teniendo las autenticas tradiciones ante sus propios ojos. Y él (Clemente) no era el único; vivían aún muchos que habían sido instruidos por los Apóstoles... En el mismo orden y con la misma sucesión la auténtica tradición recibida de parte de los Apóstoles y entregada por la Iglesia, y la predicación de la verdad, han sido confiadas a nosotros”. (Adversus Haereses, 3.3.2s). Yo respeto sus enseñanzas - debo admitirlo - más de lo que lo hacen los evangélicos de hoy en día, que han tirado por la borda y contradicho quince siglos de presencia y guía del Espíritu Santo en su Iglesia. Encuentro particularmente curioso cuánto aprecian, muchos evangélicos, a sus profesores y maestros actuales, y a la vez cuánta ignorancia tienen de aquellos primeros maestros, maestros ciertamente extraordinarios.



¿Qué es la Misa?

Con este breve trasfondo, vayamos un poco más adelante. Preguntas qué significa la palabra “Misa”. En sí misma la palabra es insignificante. Viene de la conclusión latina de la celebración, cuando el sacerdote despide la asamblea con las palabras: Ite, Missa est, que literalmente significa: “Id, es ya el final”. El uso prolongado de este saludo final hizo que la palabra “Misa” significase toda la celebración.

La Misa es una liturgia o servicio muy amplio y profundo, que contiene misterio y tipología. Incorpora la belleza y el poder de la Pasión de Cristo, recreándola frente a nuestros ojos. Es simbólica y es real, de lenguaje simple y a la vez tipológico. Es paradojal y a la vez simple. Contiene toda la dignidad, profundidad, simbolismo, hondura y realidad espiritual que se esperaría del acto de culto central de la Iglesia fundada por Jesucristo y los Apóstoles. Incorpora toda la tipología del Antiguo Testamento, que era su sombra. La Misa fue profetizada por Malaquías (Mal 1,11), como lo entendió la Iglesia primitiva (lo veremos más adelante). “Misa” es simplemente otro título del servicio divino, de la liturgia, del compartir el Cuerpo de Cristo en la Cena del Señor.



La Misa como sacrificio: el Altar

¿Significa la Misa un verdadero sacrificio? Si, de varios modos. Describo el más sencillo en primer lugar. En el Antiguo Testamento, un sacrificio comenzaba con una ofrenda, algo que era llevado solemnemente ante la presencia de Dios, y allí ofrecido a Él. Este es el primer sentido de “oferta” o “sacrificio” en la Misa. El pueblo de Dios se reúne alrededor de la mesa del Señor (es decir, del altar, el lugar del sacrificio; Mal 1; 1 Cor 10,21). A los Israelitas Dios les manda que traigan las primicias de la tierra para ser puestas en el altar y ofrecer así su adoración. “ ‘Y ahora, he aquí he traído las primicias del fruto de la tierra que me diste, Señor’. Y lo dejarás delante del Señor tu Dios, y adorarás delante de Señor, tu Dios” (Dt 26,10).

La Iglesia siempre ha considerado esto, en la Misa, como profundamente significativo. Cuando nos reunimos, cada uno desde su propio lugar, para adorar a Dios, traemos nuestros dones para ofrecerle. En un cierto sentido, estos son depositados sobre el altar como una ofrenda. ¿Qué ofrecemos a Dios? Muchas cosas: a nosotros mismos (Rm 12,12), nuestras alabanzas (Heb 13,15) y nuestros dones (1Cor 16,2), etc. El ofertorio, durante la celebración, es la manera de ofrecer estas cosas a Dios de modo real y a la vez simbólico. Dicho sea de paso, “símbolo” no es una mala palabra... Tengo un amigo que dice que el Evangelio ya no encierra más simbolismos. Tiene razón, ahora se revela mediante símbolos. Lo más extraño, es que este amigo mío celebra “la Cena del Señor” y dice que es solamente ... ¡un símbolo! A mi modo de ver, esto es una contradicción con sus principios. Los símbolos, de hecho, son necesarios, y corresponden perfectamente con el modo humano que nuestra mente tiene de entender. Usamos símbolo para todas las cosas. También para protestantes, el Bautismo y la Comunión son “símbolos”, al igual que las cruces en las iglesias, los altares de madera, las banderas cristianas, los anillos de boda, inclinar nuestras cabezas o hacer gestos con las manos, arrodillarnos, cerrar los ojos para rezar, tener “la Palabra de Dios en alto” cuando predicamos desde el púlpito, imponer manos, etc. Todas estas cosas son símbolos. (Para más sobre este tema, ver el excelente libro de Thomas Howard Evangelical Is Not Enough, publicado por Ignatius Press.)

Durante el ofertorio, traemos dos cosas para depositar en el altar. Pero antes que nada, ¿es el “altar” un concepto del Nuevo Testamento, o es resabia perimida del Antiguo? La Iglesia Católica tiene un altar (Heb 13,10; 1 Cor 10,21; etc). Ignacio de Antioquia (35-107 d.C.) y los primeros creyentes cristianos coinciden: “Asegúrense, por lo tanto, de que todos celebren una común Eucaristía; porque hay uno sólo Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, y una sola copa de unión con su Sangre, y un solo altar del sacrificio, del mismo modo como hay también un solo obispo, con su clero y mis compañeros servidores, los diáconos. Esto asegurará que todo lo que hagáis estará de acuerdo con la voluntad de Dios” (Carta a los de Filadelfia 4, escrito alrededor del 106 d.C.). Nota las cuatro palabras claves que constantemente aparecen: cuerpo, sangre, altar y sacrificio. El estudioso protestante J. N. D. Delly comenta sobre esta última cita: “La referencia de Ignacio a ‘un solo altar, del mismo modo como hay también un solo obispo’ nos revela que él también pensaba [en la Eucaristía] con términos de sacrificio”.

También hay un altar en el Cielo, de oro (Is 6,6; Ap 6,9; 8,3.5; 9,13; 11,1; 14,18; 16,7). Da la impresión que no podemos escapar de los altares..., comenzando con las ofertas sacrificiales de los hijos de Adán, pasando por Abraham, y llegando a la Cruz y la Mesa del Señor, el altar al que se refería el autor de la carta a los Hebreos; e incluso al final mismo del texto inspirado vemos que Dios no nos dispensó de los altares en esta nueva “era espiritual” en los cielos, sino que vemos que tiene un altar “de oro” frente a su trono, y el Cordero del sacrificio eternamente ante sus ojos. Impresionante. Los católicos tienen altares que representa tanto la Cruz del Señor como su Última Cena (en realidad una misma cosa); los protestantes tienen una mesa delante en sus templos que no es para nada un altar. De todos modos, aún conservan los así llamados “altar calls”, es decir, los llamados al altar, cuando invitan a la gente a venir adelante y recibir a Cristo. Es muy irónico ver cómo usan todos los símbolos de los católicos pero vacíos de su auténtico y original contenido. Retomaremos este tema más adelante.

En la Iglesia, después de la Liturgia de la Palabra y de la Oración de los Fieles, tenemos lo que llamamos “Ofertorio”. Aquí entregamos nuestros dones al Señor. También damos algo de nuestro dinero a Dios y a la Iglesia, para lo que haga falta. Esto correspondería a las ofrendas y diezmos del Antiguo Testamento. Se trata de una ofrenda en el sentido bíblico, es decir, algo entregado libremente, ofrecido al Señor.

Estos dones, reales y simbólicos, son traídos ante la presencia del trono de Dios; ellos representan a los creyentes, nosotros, que ofrecemos sobre el altar no solamente dones, sino también - y principalmente - a nosotros mismos, nuestras familias, todo lo que somos y tenemos. Cuando veo una familia, en la celebración dominical, llevando al altar los dones de pan y vino, me veo a mí mismo y a todo lo que poseo siendo recibido por el sacerdote y depositado sobre el altar. Me entrego a la Cruz, renuevo mi entrega a Dios, entrego mi vida como Él entregó la suya, me entrego a la voluntad de Dios, soy nuevamente ofrecido a Dios como sacrificio viviente y santo. Él toma lo poco que le puedo ofrecer, y lo convierte en el mismo Cristo. Todo lo que soy es consumido por el Padre, no ya en llamas de inmolación como sucedía en el Antiguo Testamento, sino en como una ofrenda y una bendición de acción de gracias y de aceptación. Me da la impresión que los católicos, frecuentemente, no se dan cuenta de la belleza de la Misa, como probablemente tú cuando eras un joven católico; esto sucede porque no leemos lo suficiente, no estudiamos, no rezamos, no practicamos suficientemente estos misterios tremendos. Es una verdadera lástima cuando estos riquísimos misterios están delante de nuestros ojos y nosotros no los advertimos. Jesús regañaba a sus seguidores, como lo hace aún hoy, diciéndoles ”Tienen ojos y no ven...” (Mc 8,18).

Llevamos al altar el vino y el pan, frutos de la tierra, dones de Dios, elaborados por las manos del hombre. Tomamos algo que Él nos dio, lo convertimos en pan y en vino, y le devolvemos parte de sus dones. Damos gracias a Dios por sus dones, por la vida, por los frutos de la tierra. “¡Bendigo seas por siempre, Señor!”.



¿Presencia Real o simbólica?

Ahora bien, el pan y el vino están sobre el altar. ¿Qué sucede luego? Sabemos que Jesús no dijo que el pan y el vino “representaban” su Cuerpo y su Sangre (aunque si en arameo existen las palabras para “representar”, que bien hubiese Él podido usar, si hubiese tenido esa intención), sino que dijo que el pan y el vino son su Cuerpo y su Sangre. De hecho algunos estudioso piensa que la palabra “cuerpo” en griego estaría traduciendo la palabra “carne” en arameo (la lengua que usó Jesús), ya que no hay una palabra más exacta para significar “cuerpo” en arameo que la palabra “carne”. De modo que Jesús estaría diciendo “Esta es mi carne”. ¿Suena bastante católico, verdad?

La Presencia Real de Jesús en la Eucaristía no fue jamás negada en la Iglesia primitiva, excepto por los gnósticos. ¿Porqué negarían los gnósticos la Presencia Real? Porque ellos consideran a Jesús como sólo un hombre, y Cristo sería un espíritu que vino sobre Jesús, es decir, serían Jesús y Cristo dos entidades distintas. Cristo no tuvo, según esta doctrina, un cuerpo real, y por lo tanto no puede existir tal cosa como Presencia Real del Cuerpo y Sangre de Cristo en la Eucaristía. Los Padres de la Iglesia, curiosamente, argumentaban en el sentido opuesto: dado que se da una Presencia Real en la Eucaristía, luego Jesús tiene que haber tenido un cuerpo real cuando vivió en la tierra. Un argumento más que interesante, ¿verdad? ¿No te resulta llamativo que los Protestantes sigan ahora el razonar del gnosticismo, en vez de acordar con las enseñanzas y prácticas de los primeros cristianos? No hubo otro modo de pensar en la Iglesia de los primeros siglos hasta bien llegado el siglo IX; y recién en el siglo XIV surgieron enseñanzas que negaban la Presencia Real del Señor en la Eucaristía, interpretando las palabras del Señor de un modo simbólico, en vez de literal. (¡Y pensar que son los Protestantes los que deben interpretar todo más literalmente!)

Imagínate por un momento a Jesús siendo interrumpido por Santiago o por Juan, mientras dice “Esto es mi Cuerpo”... Juan se apresura a corregirlo: “No, no es tu cuerpo, sólo simboliza tu cuerpo”. Y Jesús que lo mira con atención y le dice: “¿Qué has dicho?”. Como veremos, fue eso lo que le hizo perder la fe a Judas; fue precisamente en aquel momento de fe en la Eucaristía, que Satanás entró en él.

Dejaremos de un lado, por el momento, la cuestión de la Presencia Real, aunque en mi libro escribiré sobre el tema con lujo de detalles, y se estudiando el Antiguo como el Nuevo Testamento, la Iglesia primitiva, la Reforma y los tiempos modernos. También incluí en mi libro Crossing the Tiber una “Breve Historia de la Resistencia”; de esta resistencia - como sabes - tú eres (y yo era) descendiente.

Volviendo a la cuestión del Sacrificio: las palabras de Jesús en la institución de la Cena del Señor están cargadas de sentido sacrificial. De hecho toma lo que era un sacrificio (la Pascua) y lo transforma con nueva simbología y con nueva realidad. Aquello que los judíos comían cada año - y ellos tenían que comer el cordero del sacrificio, de lo contrario no tendría ningún efecto - simbolizaba al Cordero que habría de venir. Pero ahora que el verdadero Cordero se había ofrecido, debían también comer el Cordero, no de modo simbólico, sino real. Corderos temporales - Cordero Eterno. Los primeros eran símbolos, el segundo - Realidad. Los judíos previamente comían el símbolo, mientras que el nuevo Pueblo de Dios come la Realidad. ”Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”.¡Palabras por cierto extrañas! Cuando vemos estos pasajes en el original griego, y a la luz de la cultura judía - cosa que haremos enseguida - descubrimos que hay un uso extenso de terminología sacrificial.



Leyendo la Biblia en su contexto vital

Pero antes de entrar a ver la naturaleza sacrificial de la Eucaristía, recordemos algunos pasajes importantes de la Escritura: “Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos... Entonces Jesús dijo: -Haced recostar a la gente. Había mucha hierba en aquel lugar. Se recostaron, pues, como cinco mil hombres. Entonces Jesús tomó los panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los que estaban recostados... Cuando fueron saciados, dijo a sus discípulos: -Recoged los pedazos que han quedado... Entonces, cuando los hombres vieron la señal que Jesús había hecho, decían: --¡Verdaderamente, éste es el profeta que ha de venir al mundo!” (Jn 6,4.10-14).

La palabra griega para “gracias” es “eucaristeo”, de donde proviene nuestro uso de la palabra “Eucaristía”. Juan, intencionalmente, repite esta palabra en el versículo 23, donde debe ser vista como una alusión a la intención eucarística del pasaje. Esta conclusión se justifica aún más si consideramos que el evangelio fue escrito al final del primer siglo, cuando la Cena del Señor era llamada, técnicamente, Eucaristía, como queda claro de las cartas de San Ignacio de Antioquia, discípulo de Juan (ver por ejemplo su carta a los Efesios 13, a los de Filadelfia 4, a los de Esmirna 7), y tantos otros. El estudioso protestante Oscar Cullman escribe: “El largo discurso de Jesús en el evangelio de Juan... ha sido considerado desde tiempos antiguos por la mayoría de los exegetas un discurso sobre la Eucaristía... Aquí el autor hace que el mismo Jesús establezca la separación entre el milagro de la multiplicación material del pan material y el milagro del Sacramento” (Early Christian Worship, traducido por A. Stewart Todd and James B. Torrance, Philadelphia, Westminster Press, 1953, p. 93).

Este es el único milagro obrado por Jesús en su ministerio terreno que ha sido registrado por los cuatro evangelistas, demostrando así la importancia del evento. Jesús establece el escenario para el discurso del “Pan de Vida”, que “ha bajado del cielo”. Con la multiplicación de los panes Jesús demuestra su poder para proveer de pan a todos, preparando una mesa en el “desierto”, que es un modo velado de hablar del mundo. Pronto veremos que Jesús explica que el pan que él ofrece, en la Eucaristía, es su carne, que “es ciertamente comida” que será suministrada a través de su Iglesia a todos los hombres, en todos los lugares, de todos los tiempos.

El tono sacrificial usado por los evangelistas en los evangelios sinópticos sugiere que los primitivos cristianos asociaban ya desde antiguo el milagro de los panes con la Eucaristía, teniendo en cuenta que los evangelios fueron escritos en la segunda mitad del primer siglo. El histórico protestante y anti-católico Philip Schaff escribe: “Aquí el más profundo misterio del cristianismo toma cuerpo una y otra vez, y la historia de la Cruz se reproduce ante nuestros ojos. Aquí la alimentación milagrosa de los cinco mil se perpetua espiritualmente... Aquí Cristo... da su propio cuerpo y sangre, sacrificados por nosotros... como comida espiritual, como el verdadero pan que baja del cielo” (History of the Church, Grand Rapids, MI, Eerdmans, 1980, 1:473).

En esta narrativa, Juan nos da una hermosa descripción de la Iglesia: “toda la gente” que hacían cinco mil personas (sin contar mujeres y niños) representan la Iglesia universal, reunida en “pequeños grupos” de cincuenta y de cien, que representan a las iglesias locales, todas alimentadas por Cristo, el gran Sumo Sacerdote, que distribuye “el pan” a todos, a través de las manos de sus sacerdotes, los Apóstoles. Más adelante, en el mismo capítulo, Jesús explica que el pan es su carne, que debe ser comida, así como debía comerse la carne del Cordero Pascual. Esta poniendo de este modo el fundamento para la futura enseñanza apostólica y para los sacramentos de la Iglesia.

Después de la multiplicación de los panes, Jesús dice: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré por la vida del mundo es mi carne. Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: -¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Y Jesús les dijo: --De cierto, de cierto os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida... Desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. Entonces Jesús dijo a los doce: -¿Queréis acaso iros vosotros también? Le respondió Simón Pedro: -Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 51-55, 66-68).

¿Cómo aceptarían los primeros destinatarios del evangelio de Juan? No olvidemos que este evangelio fue escrito entre el 90 y el 100 d.C. Según George Beasley-Murray, tal vez el exegeta bautista más importante en estos tiempos, “no es necesario interpretar el texto exclusivamente en el sentido del cuerpo y sangre de la última cena del Señor; sin embargo, es evidente que ni el evangelista ni sus lectores cristianos pudieron haber escrito o leído estos dichos de Jesús sin una referencia conciente a la Eucaristía; por lo menos hay que decir que ellos reconocieron el evento de la cena del Señor como el cumplimiento más perfecto (de lo dicho en el discurso del Pan de Vida)”. Ver George Beasley-Murray, John, vol. 36 del Word Biblical Commentary, Waco, TX, Word Books, 1987, p. 95).

En este discurso parecería como si Jesús se decide hablar de un modo particularmente difícil, deseando asustar a sus discípulos innecesariamente... Les habló palabras duras de entender, invitándolos, aparentemente, a ser caníbales; como resultado, muchos se escandalizaron y se alejaron definitivamente de él. La palabra griega que Juan usa para “comer”, no es la que se usa habitualmente para describir una delicada cena: es la expresión griega que significa “morder”, “comer ruidosamente”, y se podría traducir como “masticar” su carne (ver Raymond Brown, The Gospel according to John I-XII [New York, NY: Doubleday, 1966], 283). “Este escándalo – dice Cullman – pertenece ahora al Sacramento, del mismo modo que el escándalo contra el cuerpo humano pertenece al divino Logos” (Oscar Cullman, Early Christian Worship, 100). Y los Protestantes de tradición Anabaptista y Zwingliana sí se escandalizan por la Eucaristía. Este es el único caso (en el evangelio), al menos que haya sido registrado, de discípulos que se alejan de Jesús por una cuestión doctrinal. Como Protestante, yo también me había escandalizado y alejado del significado real de estas palabras. ¿Porqué Jesús no detuvo la desbandada de los discípulos? El hubiese podido, con facilidad, decirles: “Esperen, ¿no ven que estoy hablando de un modo simbólico? Retornad, pues les estaba hablando de modo figurativo”. Como no lo hizo, muchos de sus discípulos se alejaron de él. Pero los Doce permanecieron con él: se dieron cuenta que sus palabras eran palabras de vida eterna.

Este pasaje fue entendido, desde los primeros días de la Iglesia, como una explicación que anticipa la Eucaristía. San Basilio Magno (330-379 d.C.) escribió en su epístola Al patricio Coesaria, sobre la Comunión: “Es bueno y saludable comulgar todos los días, y participar así del santo cuerpo y sangre de Cristo. Porque él lo dice con gran claridad: el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (The Nicene and Post-Nicene Fathers, 2d. series, 8:179). Según Raymond Brown, “hay dos grandes indicaciones que nos llevan a pensar que aquí (en Juan 6) se está hablando de la Eucaristía. La primera indicación es la insistencia de Jesús sobre la necesidad de comer y alimentarse de su cuerpo y su sangre: no podemos tomar estas palabras como una simple metáfora que nos hablaría de “aceptar su revelación”... De modo que si queremos atribuir a las palabras de Jesús en Juan 6,53 un sentido positivo, debemos referirlas a la Eucaristía: ‘Tomad, comed: esto es mi cuerpo; ... bebed ... esta es mi sangre’. La segunda indicación que se refiere a la Eucaristía es la fórmula que encontramos en Juan 6,51, donde Juan nos habla de ‘carne’, mientras los evangelios sinópticos, contando la Última Cena del Señor, nos hablan de su ‘cuerpo’. Sin embargo, hay que saber que no hay una palabra hebrea o aramea para ‘cuerpo’, como entendemos nosotros esta palabra; por este motivo, muchos estudiosos mantienen que en la Última Cena lo que Jesús verdaderamente dijo fue el equivalente arameo de ‘Esto es mi carne’.” (The Gospel According to John I-XII, 284-285). Debemos recordar una vez más que Juan escribió su evangelio entre el 90 y el 100 d.C.; de este período se conservan documentos que demuestran que la Eucaristía era claramente celebrada por la Iglesia Católica, en todo el Imperio Romano, como la participación en el cuerpo y la sangre de Cristo literalmente. Si la Eucaristía debía tomarse en sentido simbólico, y cualquier otra práctica se hubiese visto como idolatría, Juan hubiese podido aclarar fácilmente la doctrina, como de hecho le gustaba aclarar en su evangelio (ver Jn 1,42; 21,19). Hubiese podido aclarar a sus lectores que se trataba de un modo simbólico de hablar, y no significaba lo que los primeros cristianos pensaban que significaba. Pero Juan escribió un evangelio sacramental, y sabía exactamente lo que estaba escribiendo, y porqué.



El marco del discurso: la Pascua y el traidor

Luego leemos las palabras de Jesús a Judas en el mismo contexto de Juan 6: “Jesús les respondió: ¿No os escogí yo a vosotros, los doce, y sin embargo uno de vosotros es un diablo? Y Él se refería a Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste, uno de los doce, le iba a entregar” (Jn 6,70-71).

El contexto del pasaje es siempre importante para su interpretación. Mientras se lee la Biblia, hay que preguntarse siempre cosas como ¿porqué pone el autor este evento en este lugar, y no en aquel otro? O bien ¿qué conclusión espera de nosotros el autor al poner estas palabras en este contexto? En nuestro pasaje, nos parece contextualmente significativo que Juan mencione la traición de Judas en este lugar de su narración. ¿Dónde encontramos nuevamente, en los evangelios, el evento de la traición de Judas? En cada uno de los evangelios la mención de Satanás que entra en Judas se menciona en el contexto de la Última Cena. Cada evangelio comienza el relato con el aviso que era la Pascua, y termina con la aserción de que Satanás entró en Judas – exactamente como en Juan 6. Y esto se explica porque Juan enmarca su discurso eucarístico en el capítulo 6 de tal modo que el lector vea el claro paralelo con los relatos sinópticos de la Cena del Señor. El primer versículo de Juan 6 dice que Jesús dio su discurso sobre la necesidad de “comer su carne” durante la Pascua. La mención que luego hace de Judas parecería totalmente fuera de lugar aquí, excepto si se entiende dentro del marco “eucarístico” de todo el capítulo. ¡Qué maravillosa es la Biblia!



La institución de la Eucaristía

Pasemos ahora a ver la institución de la Eucaristía, según la trae el evangelio de Marcos (escrito en la última parte del primer siglo). Marcos escribió: “Y mientras comían, tomó pan, y habiéndolo bendecido lo partió, se lo dio a ellos, y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando una copa, después de dar gracias, se la dio a ellos, y todos bebieron de ella. Y les dijo: Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos.” (Mc 14,22-24). Parece que Jesús, intencionalmente, usa terminología de Exodo 24,8: “He aquí la sangre del pacto que el Señor hizo con vosotros, según todas estas palabras”. Es aquí, como notarán, que Jesús cumplió lo prometido en Juan 6: “Esto es mi cuerpo... esta es mi sangre”. ¿Qué palabras podrían ser más claras que estas? En ese momento Jesús y los Apóstoles estaban comiendo la cena de la Pascua, el cordero del sacrificio, que era la prefiguración del cuerpo del Señor, y ahora, sentados en esa misma mesa, Jesús levanta un pedazo de pan y dice: “Esto es mi cuerpo”.

Es interesante notar que en el texto griego, el sustantivo “cuerpo” lleva un artículo definido que, según la gramática griega, hace que la expresión aparezca con particular fuerza, cosa que se pierde en la traducción al español. Literalmente podríamos traducirlo como “este aquí es mi cuerpo”; se está declarando que esto (el pan) es mi cuerpo. Jesús dijo estas palabras en arameo, la lengua que hablaban él y sus Apóstoles. Algunos estudiosos piensan que las palabras de Jesús aquí fueron “Esto es mi carne”, ya que no hay una palabra aramea para designar “cuerpo”, sino “carne”. Lo cual se entendería muy bien con aquello de Juan 6, cuando Jesús dice: “vosotros debéis comer mi carne y beber mi sangre”.

Ahora vemos lo que nos dice Lucas en su evangelio: “Cuando llegó la hora, se sentó a la mesa, y con Él los apóstoles, y les dijo: Intensamente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que nunca más volveré a comerla hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado una copa, después de haber dado gracias, dijo: Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que de ahora en adelante no beberé del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios. Y habiendo tomado pan, después de haber dado gracias, lo partió, y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De la misma manera tomó la copa después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por vosotros.” (Lc 22,14ss).

Pablo y Lucas agregan los elementos de “memoria”, “recuerdo” (griego “anamnesis”), que no incluye Marcos o los demás evangelios. Hay indicaciones de desarrollo litúrgico aún en el Nuevo Testamento mismo (ver The Study of Liturgy, ed. por Cheslyn Jones, Geoffrey Wainwright, Edward Yarnold, and Paul Bradshaw [New York, NY: Oxford Univ. Press; 1978, 1992], 204). La palabra “memoria” es un término sacrificial, y se usa en la versión griega de los Setenta (se llama la versión de “los Setenta” a la versión griega del Antiguo Testamento, que era ampliamente usada en los tiempos de Jesús). “En Lev. 24,7 la palabra anamnesis traduce el hebreo “azkarah”, que era una sacrificio memorial ... Este sacrificio particular (azkarah) era entendido como un recuerdo perpetuo de la alianza” (Dictionary of New Testament Theology, ed. por Colin Brown [Grand Rapids, MI: Zondervan Publ., 1979], 3:239). Anamnesis se usa en Números 10,10, donde nuevamente hace mención al sacrificio, por lo cual la expresión de Jesús en la Última Cena sin duda tenía para sus oyentes un carácter sacrificial. No podemos pensar que pasó inadvertido a Jesús, en aquel momento crucial de la Última Cena, el hecho que la palabra anamnesis (o su equivalente en arameo) tenía esa significación sacrificial... Más bien debemos pensar que lo que Jesús está haciendo es, precisamente, dar un contexto sacrificial a esa Eucaristía que instituye durante la celebración judía de la Pascua; Pablo, en 1 Corintios, parece que captó muy bien este aspecto.



Lo reconocieron…

Finalmente con respecto a Lucas, me gustaría comentar uno de los momentos más interesantes del Nuevo Testamento. Parece evidente que se está haciendo referencia en este pasaje a la Eucaristía, ya sea por el uso de la misma terminología, por el escenario de la historia, y por la fecha en que fue escrito el evangelio. Leemos en Lucas: “Y he aquí que aquel mismo día dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, que estaba como a once kilómetros de Jerusalén. Y conversaban entre sí acerca de todas estas cosas que habían acontecido. Y sucedió que mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos. Pero sus ojos estaban velados para que no le reconocieran. Y Él les dijo: ¿Qué discusiones son estas que tenéis entre vosotros mientras vais andando? ... Entonces Jesús les dijo: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en su gloria? Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras. Se acercaron a la aldea adonde iban, y Él hizo como que iba más lejos. Y ellos le instaron, diciendo: Quédate con nosotros, porque está atardeciendo, y el día ya ha declinado. Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que al sentarse a la mesa con ellos, tomó pan, y lo bendijo; y partiéndolo, les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos y le reconocieron; pero Él desapareció de la presencia de ellos. Y se dijeron el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino, cuando nos abría las Escrituras? Y levantándose en esa misma hora, regresaron a Jerusalén, y hallaron reunidos a los once y a los que estaban con ellos ... Y ellos contaban sus experiencias en el camino, y cómo le habían reconocido en el partir del pan.” (Lc 24,13-17.25-33.35).

¡Qué modo en verdad extraño que tienen estos viajeros de contar cómo y cuándo reconocieron que era Jesús! ¡Y qué modo extraño de concluir con la narración evangélica! Después de su resurrección, Jesús les estaba explicando las Escrituras, mientras caminaban juntos. “Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras”. Este tiene que haber sido uno de los sermones explicativos más hermosos de todos los tiempos, ¡predicado por el mismo Jesús! Sin embargo, aún siendo el mismo Jesús el que les explica las Escrituras, ellos no entendieron quién era Él. Pero, cuando Jesús tomó el pan, lo partió, lo bendijo y se los dio “les fueron abiertos los ojos y le reconocieron”. Este es un paso muy interesante: los discípulos no presentan el “descubrir a Jesús” como consecuencia de una “predicación bíblica”, sino que más bien declaran que “le habían reconocido en el partir del pan” (Lc 24,35). Es de notar que Lucas emplea aquí las mismas palabras que Jesús usó unos capítulos antes, cuando instituyó la Eucaristía (tomó, bendijo, partió y dio). Las únicas veces que el Nuevo Testamento emplea estas palabras de esta manera son cuando el evangelista habla de la Eucaristía y... aquí en Lc 24. ¿Estaba Lucas tratando de decir algo, al cerrar su evangelio con este relato histórico? Raymond Brown escribe: “La insistencia que demuestra Lucas de explicar que los discípulos reconocieron a Jesús en el partir el pan, ha sido tomada comúnmente como una enseñanza eucarística, de modo de poder convencer a la comunidad de que también ellos podían encontrar a Jesús resucitado en el partir el pan eucarístico” (The Gospel according to John I-XII, 1100).



La Eucaristía en la enseñanza de Pablo

De cualquier modo que sea, vayamos ahora a las palabras de Pablo en 1 Corintios, sin perder de vista Malaquías 1,11. Pablo escribe: “Porque yo recibí del Señor lo mismo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que es para vosotros; haced esto en memoria de mí. De la misma manera tomó también la copa después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto cuantas veces la bebáis en memoria de mí. Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor proclamáis hasta que Él venga. De manera que el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor” (1Co 11,23-27).

Pablo confirma aquí las palabras de Jesús y la tradición oral de la Iglesia, ya que estas cosas no se habían escrito aún en los evangelios. De hecho, si damos un vistazo a la cronología, 1 Corintios es probablemente la primera evidencia escrita de las palabras de Jesús en la Última Cena. Digamos un par de cosas sobre este pasaje, antes de seguir adelante.

Las palabras “recibir” y “transmitir” son palabras técnicas usadas para la trasmisión de la tradición apostólica (ver también 1 Cor 15,3). Los corintios no aprendieron sobre la Cena del Señor leyendo el Nuevo Testamento. Lo aprendieron por la tradición entregada o transmitida por Pablo mediante enseñanza oral y ejemplos (2 Cor 11,2; 2 Tes 2,15; 3,6), tradición que Pablo, a su vez, recibió directamente del Señor, o tal vez directamente de los Doce Apóstoles (Gal 1,18, etc). Las cartas del Nuevo Testamento no tuvieron nunca la intención de reemplazar la tradición enseñada por los Apóstoles, Palabra Viva de Dios entregada personalmente (1 Tes 2,13). Las cartas de Pablo no se enviaban ni eran vistas como “manuales de iglesia” con instrucciones completas sobre la Cena del Señor, ya que los de Corinto ya habían sido instruidos convenientemente por el mismo Pablo, en persona. Sus cartas tenían como finalidad corregir abusos y prácticas defectuosas que se habían introducido en la práctica religiosa de los fieles de Corinto. La fe había sido entregada oralmente, por la instrucción hecha por parte de los apóstoles a los santos (Judas 3), es decir, a la Iglesia. Las cartas fueron enviadas mucho más tarde para alentar y exhortar las iglesias en lo que ellas ya sabían por tradición (1 Cor 4,17; 2 Pe 3,1-2).

Con respecto a la palabra “memoria”, debo hacer algunos comentarios. Según Thomas Howard, en su libro Evangelical Is Not Enough (San Francisco, Ignatius Press, 1984), la palabra “memoria” no expresa el contenido último de la palabra griega “anamnesis”, que es usada en el momento de la institución de la Eucaristía. “La palabra sugiere una memoria que, a la vez, significa un ‘hacer presente’ (106). El Theological Dictionary of the New Testament usa la palabra re-presentación y “el hacer presente por parte de la comunidad, al Señor que instituyó la Cena” (1:348). “Este re-llamar o re-presentar significa que algo ‘pasado’ se hace ‘presente’, algo que, aquí y ahora, nos afecta vital y profundamente. En otras palabras, la Eucaristía es el hacer presente al verdadero Cordero Pascual, que es Cristo… De este modo, desde los primeros días, la Iglesia entendió la Eucaristía como el ‘re-presentar’ del sacrificio de Cristo, con su poder salvador actual. Todas las antiguas liturgias dejan claro que en el culto eucarístico la Iglesia experimenta el poder del Salvador presente” (Olive Wyon, The Altar Fire, Londres, SCM Presss, 1956, 35-36). El autor protestante Max Thurian escribió: “Este memorial no es un simple acto de recogimiento subjetivo, es una acción litúrgica… que hace presente al Señor… que llama ante el Padre celestial, como un memorial, el único sacrificio del Hijo, y esto lo hace presente al Hijo en su memorial” (The Eucharistic Memorial, II, The New Testament, Ecumenical Studies in Worship, según se cita en el Dictionary of the New Testament, editado por Colin Brown, Gran Rapids, MI, Zondervan Publ. 1979, 3:244).

Jesús dice que el Cáliz es la Sangre de la Nueva Alianza, haciendo clara referencia a las palabras de Moisés. Este modo de hablar y usar los términos, está sacado ciertamente del lenguaje sacrificial del Antiguo Testamento, y Ex 24,8 en particular: “Entonces Moisés tomó la sangre y la roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros, según todas estas palabras.” Jesús nos está hablando de verdadera sangre, no de un vino simbólico que representa sangre. Haciendo referencia a las palabras de la alianza de sangre de Moisés, Jesús dice: “Esta es mi sangre de la alianza”, mientras entrega el cáliz a sus discípulos, ordenándoles que beban su sangre, de la cual Él les había hablado y explicado extensamente en su discurso de Juan 6.

Finalmente, una palabra con respecto a profanar el Cuerpo del Señor: ser culpable “del cuerpo y la sangre” de alguien tenía en aquel tiempo el significado de “ser culpable de homicidio”. ¿Cómo podía ser alguien culpable de homicidio si el cuerpo (pan) es sólo un símbolo? La presencia real del Cuerpo de Cristo es necesaria para que se pueda cometer una ofensa contra el mismo. ¿Cómo puede alguien ser culpable “del cuerpo y sangre de Cristo” por comer un trozo de pan o beber un sorbo de vino? “Nadie es culpable de homicidio si comete violencia contra la imagen o la estatua de una persona sin tocar a esa persona físicamente. Las palabras de Pablo no tienen sentido sin el dogma de la Presencia Real” (Leslie Rumble and Charles M. Carty, Eucharist Quizzes to a Street Preacher [Rockford, IL.: TAN Books, 1976], 7-8).

Me gustaría comentar un último pasaje de Pablo antes de considerar con más detalle el centro de la cuestión, es decir, el Sacrificio Eucarístico, y el hecho de que hay un solo sacrificio ocurrido en el tiempo, y que el sacrificio diario de la Misa es una re-presentación de aquél único y singular sacrificio, y no una re-crucifixión de Jesús. Tenme un poco de paciencia...

Pablo continúa: “Os hablo como a sabios; juzgad vosotros lo que digo. La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo? Puesto que el pan es uno, nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan. Considerad al pueblo de Israel: los que comen los sacrificios, ¿no participan del altar?... digo que lo que los gentiles sacrifican, lo sacrifican a los demonios y no a Dios; no quiero que seáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios.” (1 Cor 10,15-18.20-21).

¿Qué significa, en este pasaje, la palabra “participación” (griego koinonía)? ¿Se trata de lenguaje simbólico? No, significa una participación real. San Agustín, queriendo describir lo que sucede en la Eucaristía, pone en boca de Jesús las siguientes palabras: “Tu no me vas a convertir en ti, como sucede con la comida corporal, sino más bien tu te convertirás en mí” (Confesiones, 7,10,16). Aún el Theological Dictionary of the New Testament de Gerhard Kittel enseña que “koinonia denota participación, comunión, con el sentido de cercanía profunda. Expresa una relación que es mutua. Significa participación, comunicación, comunión”.

San Juan Crisóstomo dice: “Porque, ¿qué cosa es el pan? El Cuerpo de Cristo. ¿Y en qué cosa se convierten los que participan de él? En el Cuerpo de Cristo: no muchos cuerpos, sino en un solo cuerpo” (Homilía sobre 1 Corintios). No sólo participamos con un gesto simbólico, sino que, como lo dice claramente Pablo, participamos en verdad del cuerpo y sangre de Cristo. ¿Cómo podría ser eso así, si la participación es meramente simbólica? Los evangélicos fundamentalistas se atribuyen la cualidad de ser los que toman la Biblia en su sentido más literal: la Biblia dice lo que quiere decir, y quiere decir lo que dice. Sin embargo, como buen fundamentalista que era, no dudaba en dejar de lado el sentido literal de estos pasajes, como así también la interpretación de la Iglesia primitiva, para poder quedarme con la Biblia según la tradición fundamentalista en la que había sido instruido y la que había aceptado.

La Eucaristía representa, también, la unidad del Cuerpo de Cristo, que los Protestantes han quebrado. No hay ejemplo más fuerte de la unidad del Cuerpo de Cristo que el ejemplo del pan y del vino. El pan está hecho de muchos granos separados, que son recogidos y triturados para obtener la harina, de la cual se amasa y hornea un solo pan. La uvas, originalmente separadas, son cosechadas y trituradas para obtener el fruto de la vid, el vino. Así como los muchos granos forman un solo pan, también nosotros, cuando comemos ese único pan, el Cuerpo de Cristo, nos transformamos en un solo cuerpo. Nos convertimos en su cuerpo de un modo muy real, al participar y comer su Carne y beber su Sangre. Recuerda que Pablo enseña que comemos de un solo pan, lo cual indica el cuerpo real de Cristo, ya que si nos atenemos al símbolo exterior, comemos panes separados, distintos. Los católicos comen de un solo pan, Cristo resucitado, el Pan de Vida.

La Eucaristía es la cumbre y la fuente de la unidad, como lo enseña claramente el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía es nuestro pan de cada día. El poder que encierra este manjar divino lo convierte en vínculo de unidad. Su efecto es la unidad, de tal modo que, transformados en su Cuerpo y hechos sus miembros, podamos convertirnos en aquello que recibimos” (2837, citando a San Agustín, Sermón 57,7)

Pero nos podemos preguntar: ¿Pablo piensa en término sacrificiales? Demos un vistazo a las palabras que usa, y a los ejemplos que da. Recordemos que 1 Corintios no es un “manual” o “catecismo” de las doctrinas cristianas. Esa doctrina había sido ya trasmitida a los de Corinto mediante tradición oral (1 Cor 11,2), por Pablo personalmente. La carta tenía por intención ser una misiva de carácter correctivo, para hacerles recordar y profundizar el conocimiento y la práctica eucarística que ya poseían y practicaban. “El sentido sacramental del pan y el vino no solamente se presuponen en esta carta, sino que son la base de toda la presente argumentación... La bebida y la comida espiritual aparecen ahora, con mayor claridad, como el Cuerpo y la Sangre de Cristo; y aunque la base última de esta definición será dada sólo más tarde (1 Cor 11, 23-26), Pablo la supone ya aquí como algo comúnmente compartido con sus lectores, que tiene la fuerza suficiente como para fundamentar la argumentación que sigue... Lo que los escritos del Nuevo Testamento presuponen ... es aún más importante de lo que de hecho dicen” (The Study of Liturgy, 191).

Notemos algo interesante: Pablo compara tres diversos sacrificios. Para sus lectores, el sentido era claro. Cada sacrificio se ofrece sobre un altar (mesa del sacrificio): en primer lugar el sacrificio de los judíos (v. 18), luego el de los paganos (v. 19-21, ofrecido a los ídolos), y finalmente el de los cristianos, la Eucaristía. Mediante estas comparaciones, Pablo confirma el carácter sacrificial de la Eucaristía cristiana. La “mesa del Señor” es un término técnico común en el Antiguo Testamento que se refiere al altar del sacrificio (Lev 24,6.7; Ez 41,22; 44,15; Mal 1,7.12), de modo que los lectores de la carta habrían captado inmediatamente la correlación que Pablo estaba sugiriendo. En este sentido estoy sorprendido de que en mis primeros días como católico no había notado este importante detalle: la “mesa del Señor” en la Iglesia, a la cual se refiere Pablo, y que enraíza con la terminología y la práctica del Antiguo Testamento, es ahora el altar del nuevo sacrificio, del cual habla Malaquías (1,11). Observemos que la “mesa del Señor” se menciona dos veces en el primer capítulo de Malaquías, antes y después de la promesa de Dios de un sacrificio nuevo y universal ofrecido por los gentiles. La “mesa del Señor”, o sea el altar del sacrificio, será el lugar de esta ofrenda, que corresponde con la Eucaristía, ofrecida en la “mesa del Señor” de 1 Corintios 10,21.
¿sabías estas cosas cuando atacas la Iglesia Católica? ¿Acaso el paralelismo no es impactante e inequívoco? Malaquías enmarca dos veces el “sacrificio sin mancha” de los gentiles con los términos sacrificiales de “mesa del Señor”.
 
Re: Respuestas a Mis Amigos Católicos

Yo le diría que tenga mucho cuidado cuando se diriga al cuerpo y la sangre de Cristo en la Santa Eucaristía.

San Pablo lo entendió así, en su Primera carta a los Corintios dice muy claramente:

"Quien come y bebe el Cuerpo y la Sangre de Cristo sin discernir lo que está haciendo, come y bebe su propia condenación".

Una "galletita" no lo va a condenar. Un juguito de uvas, marca "Del Tropic", tampoco lo va a condenar.

Solamente lo condena algo que es 3 veces santo.

Usted acaba de decirle "galletita" al Cuerpo de Cristo. Dios tenga piedad de su alma.