CIerto, y de hecho, lo somos y lo seremos...
Dios se encargara de eso.
“Fueron… llenos del Espíritu Santo.”
1. El Espíritu Santo es un Ser celestial muy consagrado y puro, rasgos que implica el adjetivo “Santo”, al servicio del Padre y de Jesucristo. No es mera “fuerza” que emanara de Dios sino un personaje con identidad propia. Tiene nombre, y en su nombre todo creyente obediente a las condiciones de la Gran Comisión ha de bautizarse, como también en el nombre del Padre y del Hijo (
Mateo 28:18-20). Intercede por los cristianos (
Romanos 8:26-27) y se contrista cuando estos andan desordenadamente (
Efesios 4:30). Es superior a los ángeles, pues el creyente arrepentido se bautiza en el nombre del Espíritu Santo pero no en el de Gabriel o cualquier otro ángel. Tal cual Dios el Padre y Cristo el Hijo, el Espíritu Santo es un Ser espiritual íntegro con existencia independiente.
1 Corintios 12.13: «Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo». Es decir, el Espíritu Santo toma a todos los creyentes y los bautiza, sumerge, y coloca en el cuerpo de Cristo, la Iglesia universal.
EL FUEGO DEL ESPÎRITU SANTO
Todo el mundo entiende el sìmbolo del fuego. EL fuego es poder. Su poder se ve cuando transforma un depòsito de gasolina en un infierno llameante, cuando àrboles majestuosos se convierten en esqueletos ennegrecidos, cuando edificios enormes se derrumban o cuando una cuadra entera de una ciudad queda arrasada. Se ve en las màquinas enormes que se mueven por el vapor que ha sido producido por el fuego. EN lenguaje metafòrico, hablamos de incendiar el mundo con una ideologìa. Todos se mueven impulsados por cierto objetivo o meta: estan llenos de fuego. Asì pues el fuego es poder.
Parece que se emplea el fuego como sìmbolo del Espìritu en este sentido.
En Pentecostés, cuando el Espìritu descendiò, no solo hallamos un sìmbolo en el “estruendo como de un viento recio que soplaba”, sino que encontramos otro sìmbolo en la presencia de lenguas “como de fuego” que se asentaron sobre la cabeza de cada uno de los presentes. Esto simbolizò el nuevo poder que vino a la Iglesia mediante el Espìritu, como JEsùs lo habìa profetizado, “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre ustedes el Espìritu Santo”. Debido a ese poder del Espìritu, se conviertieron en “testigos (de Cristo) en Jerusalèn, en toda Judea, en Samaria y hasta lo ùltimo de la tierra”(Hch. 1.8)
El fuego es tambien una fuerza purificadora. La Biblia emplea a menudo la ilustración de los metales que se acrisolan con el fuego. El mineral se colocaba en el fuego de la refinerìa, y por medio del calor intensìsimo se consumen sus impurezas, de manera que quede sòlo el metal de calidad màs pura y refinada. De modo semejante actùa el Espìritu Santo como fuego, purificando el pecado en la vida del creyente. Lo convence de pecado e inquieta la conciencia, de manera que los pecados viejos se consumen y poco a poco va surgiendo una especie màs pura de santidad.
Muy bien podrìa ser que èste fuera el significado de las lenguas de fuego que simbolizaron al Espìritu Santo en Pentecostés, y de la afirmación de JEsùs, “Fuego vine a hechar en la Tierra” (Lucas 12:49); y de la observación de Juan el Bautista, quien probablemente se refirió a Pentecostès cuando dijo que èl habìa bautizado sòlo con agua, “pero el que viene tras de mì, …os bautizarà en Espìritu y fuego” (Mateo 3:11)
1. Cuando una persona cree realmente en el evangelio, el Espíritu Santo entra en su vida, cae sobre él o ella, se derrama, se sumerge. El creyente experimenta la venida del Espíritu en su vida.
2. Cuando alguien realmente cree en el evangelio, el Espíritu Santo lo o la toma, bautiza, sumerge y coloca en el cuerpo de Cristo, el cual es la iglesia de Dios. El creyente no siente o experimenta este evento. Es un acto de Dios que tiene lugar en el cielo. El creyente se toma como un hijo de Dios, un miembro del cuerpo, de la iglesia. Esta posición, y no experiencia, es la que el creyente siente. Todo ocurre en un solo momento. Irrevocablemente, se adopta al creyente como un hijo de Dios. Esto es una posición eterna. El creyente se transforma en un miembro de la iglesia de Dios. 1 Corintios 12.13
3. Después de que una persona es salva, el o ella tiene que «continuar siendo lleno del Espíritu» (Ef 5.18) día tras día. Los primeros creyentes fueron continuamente llenos. Hechos 4.8, 31