LA VERDAD DE LA VIDA DEL MUNDO
La vida de acá no es sino juego y distracción. Sí,
la Morada Postrera es mejor para quienes temen a Dios.
¿Es que no razonáis…?
(Corán, 6:32)
Introduccion
La mujer que vemos arriba tiene unos setenta años. ¿Se ha preguntado alguna vez cómo evaluaría su vida alguien de esa edad? Si recuerda algo, seguramente dirá: “pasó volando”.
Advertirá que la vida no ha sido “tan larga”, como soñaba en la adolescencia. Posiblemente en su juventud no se le habrá cruzado por la mente que envejecería. No obstante, llegado el momento se verá agobiada por los setenta años o más transcurridos. Quizás en su tierna edad nunca imaginó que la juventud y los deseos se marchitarían tan rápidamente.
Si se le pidiese que contara su historia, posiblemente la relataría en cinco o seis horas: es todo lo que le quedaría de lo que denomina “una larga vida de setenta años”.
La mente de una persona, desgastada con la edad, por lo general está ocupada con muchos cuestionamientos, realmente importantes. Considerarlos y responderlos sinceramente es esencial para comprender todos los aspectos de la vida: ¿Cuál es el propósito de esta vida que transcurre tan rápidamente? ¿Por qué se debería tener una actitud positiva frente a todos los problemas relacionados con la edad? ¿Qué deparará el futuro?
Las posibles respuestas a estas preguntas se ubican en dos categorías principales: las que dan las personas que confían en Dios y las que dan los incrédulos que no confían en El.
Por ejemplo, una mujer que no cree en Dios dirá: “Me pasé la vida persiguiendo aspiraciones vanas. Ya se me fueron setenta años pero en verdad aún no he sido capaz de entender para qué he vivido. Cuando era niña mis padres eran el centro de mi vida. Mi felicidad y goce estaban ligados a su amor. Luego, como joven adulta, me dediqué a mi marido y a mis hijos y me propuse una serie de objetivos. Pero cada vez que lograba concretar uno de los mismos, se me antojaba que era un capricho o un antojo pasajero. Conseguida una meta me dirigía a otra y ocupada en ello no me paraba a meditar sobre el real sentido de la vida. Ahora, con setenta años encima, en la tranquilidad de la madurez, intento descubrir a qué apuntaban mis días transcurridos. ¿Viví para gente de la que actualmente sólo tengo un recuerdo borroso? ¿Para mis padres? ¿Para mi cónyuge, a quien perdí hace años? ¿Para mis hijos, a los que últimamente veo poco porque ya tienen sus propias familias? Me encuentro confundida. Lo único cierto es que me aproximo a la muerte. Desapareceré de este mundo dentro de no mucho tiempo y la gente me recordará poco o nada. ¿Qué sucederá después? En verdad, lo desconozco totalmente. ¡El sólo pensar en ello me espanta!”.
Seguramente hay alguna razón para caer en semejante desazón: la incomprensión de que el universo y todo lo que en él hay tienen determinados fines que se van cumpliendo. Esos fines existen debido a que todo ha sido creado. La persona inteligente advierte que en cada detalle de este mundo infinitamente variado existe un diseño y una sabiduría que lo hace posible. Esto lleva al reconocimiento del Creador y a concluir que por no ser ningún ser viviente la consecuencia de un proceso azaroso, todos sirven a un fin importante. En el Corán, la última guía auténtica revelada a la humanidad para seguir el sendero recto, Dios nos recuerda una y otra vez el propósito de nuestras vidas, aunque es algo que tenemos la tendencia a olvidarlo:
El es Quien ha creado los cielos y la tierra en seis días, teniendo Su Trono en el agua, para probaros, para ver quién de vosotros es el que mejor se comporta… (Corán, 11:7).
Este versículo provee a los creyentes de una comprensión completa del proyecto de la vida, pues saben que este mundo es un lugar en donde van a ser evaluados por su Creador. En consecuencia, esperan ser bien calificados, obtener el contento de Dios y, por ende, el Paraíso.
De todos modos, en consideración de la claridad, debemos tener en cuenta un punto importante: quienes creen en la “existencia” de Dios no necesariamente tienen una fe cierta. Hoy día son muchos los que aceptan que el universo es la creación de Dios pero no son tantos los que entienden lo que ello conlleva. Por lo general la gente piensa que el Señor creó el universo y luego lo dejó librado a su propio andar.
Dios se refiere en el Corán a esa interpretación errónea:
Si les preguntas: “¿Quién ha creado los cielos y la tierra?”, seguro que dicen: “¡Dios!”. Di: “¡Alabado sea Dios!”. No, la mayoría no saben. (Corán, 31:25).
Si les preguntas (a los infieles): “¿Quién os ha creado?”, seguro que dicen: “¡Dios!”. ¿Cómo pueden, pues, ser tan desviados (de la verdad)?
(Corán, 43:87)
Debido a esa comprensión equivocada, la gente no vincula las cosas como corresponde. Esta es la razón básica por la que cada individuo desarrolla sus valores y principios personales dentro de una estructura ―cultura, comunidad y familia― en particular. Dichos valores y principios le sirven de “guía para la vida” hasta que le llega la muerte y piensan algunos que cualquier acción errónea será castigada sólo temporalmente en el Infierno, para pasar luego a una vida eterna en el Paraíso. Esa forma de pensar les evita tener en cuenta los castigos dolorosos que podrían presentarse al final de sus vidas. A otros ni siquiera se les ocurre pensar en todo esto y, simplemente, no le dan ninguna importancia al otro mundo y buscan “vivir como más les place”.
Sin embargo, la verdad está en el polo opuesto de lo que piensan. Quienes rechazan la existencia de Dios caerán en una profunda desesperación. El Corán caracteriza a gente así:
Conocen lo externo de la vida de acá, pero no se preocupan por la otra vida. (Corán, 30:7).
Seguramente son pocos los que comprenden el sentido y propósito de este mundo. La mayoría nunca piensa o tiene suficientemente en cuenta que la vida de acá no es perpetua.
Algunas expresiones evidencian la idea que distintas personas tienen sobre la duración de esta vida: “Aproveche todo lo que pueda de esta vida mientras dure”; “la vida es corta”; “no se vive eternamente”. Esta forma de pensar casi desconoce la otra vida y refleja la posición general ante la vida y la muerte. Si se cree que sólo se vive aquí, las conversaciones sobre la muerte siempre son interrumpidas con bromas o planteando otros temas que desvíen la atención de lo serio del asunto. El objetivo siempre es reducir los temas importantes a algo de poca trascendencia.
Seguramente la muerte es una cuestión que merece un examen serio. Puede ser que distintas personas se hayan mantenido inconscientes hasta ahora del significado de la misma. Pero si esa situación se invierte, deben reconsiderar sus vidas y sus expectativas. Nunca es demasiado tarde para arrepentirse frente a Dios y reorientar todas las formas de proceder para ser sumiso a Su voluntad. La vida es corta pero el alma humana es eterna. Durante el breve período de existencia en este mundo no debemos permitir que las pasiones pasajeras nos manejen. Deberíamos resistirnos a ello y mantenernos alejados de todo lo que fortalece la ligazón con lo mundanal. No cabe ninguna duda de que es insensato negar el otro mundo por consideración a los goces temporarios en este.
A pesar de eso, los incrédulos no captan dicha realidad y pasan su vida ignorando a Dios. Pero también saben que es imposible obtener determinadas cosas que desean. Gente así, siempre está disconforme con lo que tiene y siempre quiere más. Sus aspiraciones materiales no tienen límites y lo que logren nunca les satisfará.
Nada es perpetuo en este mundo. El paso del tiempo afecta lo que uno considera “bueno” y “nuevo” materialmente. Apenas se presenta un automóvil nuevo ya está siendo diseñado, fabricado y vendido otro más moderno. Quienes anhelan casas y mansiones opulentas y majestuosas con una enorme cantidad de habitaciones y accesorios de oro y plata, no valoran la morada que tienen y no pueden evitar verse invadidos por la envidia.
Gente así entra en una desesperada carrera por lo materialmente nuevo y mejor, no da ningún valor a lo logrado hasta ese momento y sólo ansía lo más moderno: este es el círculo vicioso que la gente ha experimentado a lo largo de la historia. Pero una persona inteligente debería detenerse y pensar porqué persigue ambiciones temporarias si con ello nunca obtiene beneficios duraderos. En consecuencia, debería sacar la conclusión de que “hay un problema radical con esa forma de pensar”. Desgraciadamente, muchísima gente no razona y continúa persiguiendo sueños prácticamente imposibles de concretar.
Además, nadie sabe, aunque más no sea, lo que le va a pasar en las próximas horas. Se puede sufrir un accidente, una herida seria o una discapacidad permanente. Por otra parte, el tiempo pasa presuroso hacia el fin de la vida. Cada día que transcurre nos acercamos más a ese momento predestinado. Seguramente la muerte erradica todas las ambiciones, codicias y deseos de lo mundanal. Bajo tierra ya no prevalece ninguna posición social o posesión material. Todo lo que tenemos y deseamos de este mundo, desaparece cuando vamos a la sepultura. Independientemente de que se sea pobre o rico, lindo o feo, un día sólo nos cubrirá un ropaje funerario.
Entendemos que este libro ofrece una explicación de la real naturaleza de la vida humana, la cual es corta y engañosa y en la cual las cosas mundanales se presentan fascinantes y prometedoras, aunque lo verdaderamente prometedor está en otro lado. Este escrito, si usted lo acepta, le capacitará para percibir la vida en su auténtica dimensión y le ayudará a reconsiderar los objetivos que se plantea.
Dios convoca a los creyentes a advertir a otros sobre estas realidades y les llama a vivir sólo para cumplir con Su voluntad:
…¡Lo que Dios promete es verdad! ¡Que la vida de acá no os engañe… (Corán, 31:33).
La vida en este mundo
Nuestro universo está perfectamente ordenado. Incontable cantidad de estrellas y galaxias se mueven en órbitas separadas y total armonía. Galaxias, que cuentan con unas 300 mil millones de estrellas cada una, fluyen y se cruzan asombrosamente sin que ocurra colisión alguna en medio de esos gigantescos traslados. Ese orden existente no puede ser atribuido a la casualidad. Más aún, las velocidades de los objetos en el universo están más allá de los límites de nuestra imaginación. Las dimensiones físicas del espacio exterior son enormes comparadas con las que observamos en la Tierra. Estrellas y planetas, con masas de miles de millones y billones de toneladas, así como galaxias que sólo pueden ser dimensionadas con la ayuda de fórmulas matemáticas, se desplazan por sus respectivos senderos a velocidades increíbles.
Por ejemplo, la Tierra rota sobre su eje de modo que los puntos sobre su superficie se mueven a una velocidad media de 1.670 kilómetros por hora. La velocidad media de desplazamiento de la Tierra en su órbita alrededor del Sol es de 108.000 kilómetros por hora. Resulta casi inconcebible este movimiento continuo. La Tierra, junto con el sistema solar, se traslada año a año 500 millones de kilómetros.
La asombrosa conformidad que existe dentro de todos estos movimientos, revela que la vida en la Tierra se basa en un equilibrio muy delicado. Las variaciones más leves, incluso milimétricas, en las órbitas de los cuerpos celestes, tendría como resultado graves consecuencias. Algunas serían tan nocivas, que la existencia en nuestro planeta se volvería imposible. En estos sistemas con estabilidades tan extremas y velocidades tremendas, los accidentes podrían suceder en cualquier momento. Sin embargo, el hecho de que nuestras vidas transcurran regularmente, nos hace olvidar los peligros que hay en el universo. Su actual orden, con un número insignificante de colisiones conocidas, nos hace pensar, sencillamente, que el medio en el que estamos insertos es seguro, estable y perfecto.
La gente no reflexiona mucho sobre estas cosas porque nunca percibe la extraordinaria red de condiciones interconectadas que hacen posible la existencia sobre la Tierra, ni comprende lo importante que es entender el real objetivo de sus vidas. Mientras están sobre el planeta ni siquiera se preguntan cómo se constituyó en algún momento este dilatado y no obstante delicado equilibrio.
De todos modos, el ser humano está dotado con la capacidad de pensar. Sin contemplar conciente y juiciosamente lo que nos rodea, nunca se podrá captar la realidad o tener la más leve idea de porqué el mundo es creado y quién es el que hace que este orden inmenso posea ritmos tan perfectos.
Quien sopesa estas cuestiones y capta su importancia, se encuentra frente a un hecho ineludible: el universo en el que vivimos fue originado por un Creador, cuya entidad y atributos se revelan en todo lo existente. La Tierra, un diminuto punto en el universo, es creada para servir a un propósito significativo. Nada ocurre porque sí en el fluir de nuestras vidas. El Creador, Quien pone de manifiesto Sus atributos, poder y sabiduría en todo el universo, no deja al ser humano librado a su suerte sino que le confiere un propósito emblemático. Dios nos informa en el Corán la razón de la existencia del ser humano:
Es Quien ha creado la muerte y la vida para probaros, para ver quién de vosotros es el que mejor se porta. Es el Poderoso, el Indulgente. (Corán, 67:2).
Hemos creado al hombre de una gota (de esperma), de ingredientes (que componen a la anterior), para ponerle a prueba. Le hemos dado el oído, la vista. (Corán, 76:2).
Y además El nos aclara que nada carece de intención:
No creamos el cielo, la tierra y lo que entre ellos hay para pasar el rato. Si hubiéramos querido distraernos, lo habríamos conseguido por Nosotros mismos, de habérnoslo propuesto. (Corán, 21:16-17).
El Secreto del Mundo
Dios indica para qué está el ser humano aquí:
Hemos adornado la tierra con lo que en ella hay para probarles y ver quién de ellos es el que mejor se porta. (Corán, 18:7).
En consecuencia, Dios espera que seamos Sus siervos devotos a lo largo de nuestras vidas. En otras palabras, el mundo es el lugar en donde se diferencia a los que reverencian a Dios de los que son ingratos con El. Lo bueno y lo malo, lo perfecto y lo defectuoso, es puesto lado a lado en este “ámbito”: el ser humano es probado de muchas maneras. Finalmente, los creyentes serán separados de los incrédulos y obtendrán el Paraíso. Dice el Corán:
¿Piensan los hombres que se les dejará decir: “¡Creemos!”, sin ser probados? Ya probamos a sus predecesores. Dios, sí, conoce perfectamente a los sinceros y conoce perfectamente a los que mienten. (Corán, 29:2-3).
Con el objeto de percatarnos de la esencia de esta prueba, debemos tener una comprensión profunda del Creador, cuya existencia y atributos son revelados en cada cosa del universo. El es el Creador, el poseedor del poder, conocimiento y sabiduría infinitos.
Es Dios, el Creador, el Hacedor, el Formador. Posee los nombres más bellos. Lo que está en los cielos y en la tierra Le glorifica. Es el Poderoso, el Sabio. (Corán, 59:24).
Dios creó al ser humano de la arcilla o barro, le dotó con muchas características y le concedió numerosos favores. Nadie adquiere por sí mismo la visión, la audición, la locomoción o la respiración. Además, esos sistemas complejos ya están presentes en el vientre de la madre, antes de nacer, cuando aún es incapaz de percibir nada del mundo exterior.
Cabe esperar entonces que el ser humano, en función de ello, sea un servidor de Dios. Sin embargo, como El lo aclara perfectamente en el Corán, la mayoría de las personas son “malhechoras” y “desagradecidas” con su Creador al rechazar aceptarlo como tal y cumplir con Sus órdenes. Además, el engreído piensa que la vida es larga y que posee la capacidad para sobrevivir por sí solo.
Es por eso que muchos se entregan a “aprovecharla materialmente de manera desaforada” y desconocen o ignoran lo que viene después de la muerte. Se esfuerzan sólo por alcanzar los mejores niveles de vida terrenales. De eso nos habla Dios:
Estos aman la vida fugaz y descuidan un día grave (es decir, el día del Juicio). (Corán, 76:27).
Los incrédulos persiguen por todos los medios los placeres materiales. Pero como dice el versículo, la vida pasa muy rápido. Este es el punto crucial que la gente olvida.
Veamos un ejemplo para mayor claridad.
¿Unos Pocos Segundos o Unas Pocas Horas?
Pensemos en un descanso típico. Después de meses de duro trabajo llegan las vacaciones de dos semanas de duración y nos dirigimos al lugar favorito para el reposo tras un viaje de ocho horas. La sala de recepción del sitio de veraneo está llena de gente que ha llegado con el mismo objetivo. Incluso reconocemos y saludamos a algunas personas. El clima es cálido y no queremos perdernos ni un momento para aprovechar al máximo el sol y el mar calmo. Nos dirigimos presurosos a nuestras respectivas habitaciones, nos cambiamos de ropa y corremos a la playa. Ya disfrutando las aguas cristalinas, somos sobresaltados por una voz que nos dice: “¡Levántate pues llegarás tarde al trabajo!”.
Nos parece un absurdo y por un momento no entendemos qué está sucediendo, pues existe una incomprensible discrepancia entre lo que se oye y lo que se ve. Al despertarnos y vernos en la cama, advertimos muy sorprendidos que todo eso fue un sueño y pensamos: “supuestamente viajé ocho horas para llegar a la playa. A pesar del frío helado de hoy día, en el sueño sentí el calor del sol y que el agua me salpicaba el rostro”.
El viaje de ocho horas hasta el complejo turístico, el tiempo pasado en el lugar de recepción, en resumen, todo lo referido a esas “vacaciones”, en realidad fue un sueño de unos pocos segundos. Aunque no se distinguía de la vida real, lo que se experimentó como algo efectivo no era más que un sueño.
Esto sugiere que, tranquilamente, en algún momento, podemos despertarnos de nuestra vida terrenal, del mismo modo que nos despertamos de nuestro sueño en la cama. En ese momento, seguramente, los incrédulos expresarán exactamente el mismo tipo de asombro que quien suponía estar de vacaciones pero sólo estaba soñando. Puede ser que siempre crean que sus vidas son sumamente prolongadas en el tiempo. No obstante, cuando sean recreados (luego de muertos), percibirán que el período de tiempo que les pareció de 60 – 70 años se presenta como de unos pocos segundos. Dice Dios:
Dirá (Dios): “¿Cuántos años habéis permanecido en la tierra?”. Dirán (los incrédulos y los de poca fe): “Hemos permanecido un día o parte de un día. ¡Interroga a los encargados de contar (es decir, a los ángeles)!”. Dirá (Dios): “No habéis permanecido sino poco tiempo. Si hubierais sabido… (Corán, 23:112-114)
Ya sea que el ser humano tenga 10 ó 100 años, eventualmente, es decir, luego de la muerte y resurrección, comprobará lo corto que es el período de vida, como se relata en los versículos citados. Es el caso de la persona que se despierta y se amarga porque comprueba la desaparición de todas las imágenes agradables de unas largas vacaciones, soñadas en unos pocos segundos. De la misma manera, la brevedad de la vida golpeará al ser humano cuando se dé cuenta de que estuvo “durmiendo” un corto tiempo (aunque cuando “dormía” le parecía lo opuesto). Dios nos lleva a considerar cuidadosamente esta realidad:
El día que llegue la Hora (del Juicio), jurarán los pecadores que no han permanecido (en la sepultura) sino una hora (es decir, en el sentido de un lapso muy breve de tiempo). Así estaban de desviados (ya en la tierra)… (Corán, 30:55).
Tanto los que vivan unas pocas horas como los que lo hagan por setenta años o más, tienen una existencia limitada en este mundo… y lo limitado está condenado a finalizar en algún momento. Se perdure 80 ó 100 años, cada día que pasa nos acerca al momento predestinado. Y esto lo experimenta el ser humano a lo largo de su estadía sobre el planeta. Independientemente de los planes mundanales a largo plazo que proyecte, todo lo que vaya consiguiendo le resultará algo “pasajero”.
Consideremos, por ejemplo, un joven que recién entra a la escuela secundaria. Aunque le parece lejano el momento de graduarse y lo anhela mucho, casi sin darse cuenta ya se está anotando en el colegio superior o universidad. Para entonces, prácticamente casi no se acuerda de un montón de situaciones en la escuela secundaria, preocupado por las cosas de la nueva etapa. Se propone sacar todo el provecho posible de esos preciosos años juveniles para liberarse de los temores por el futuro en lo mundanal y se plantea objetivos en tal sentido. Poco después ya está preparado para casarse, cosa que deseaba con fuerza. El tiempo le transcurre más rápido de lo que esperaba, se transforma en padre de familia, luego en abuelo y más tarde ve como declina su salud. Se va olvidando de los momentos que le produjeron alegría en su juventud y le invade de a poco el decaimiento y la debilidad para recordar. Pierde el interés por las cosas que le obsesionaban en su juventud. Ante sus ojos se despliegan unas pocas imágenes. Se aproxima el momento señalado. Sólo pasarán unos cuantos años, meses o días. Así llega a su fin con un servicio funerario y rodeado por los miembros de su familia y amigos cercanos. Esta es la clásica historia del ser humano, sin excepción. La verdad es que nadie dejará de pasar por dicho proceso.
Desde el comienzo de la historia Dios ha instruido al ser humano acerca de la naturaleza temporal de este mundo y describió la otra vida como la residencia eterna y verdadera de todos. En Su revelación Dios describe muchos detalles del Paraíso y del Infierno. No obstante, el hombre tiende a olvidar esas verdades esenciales y hace todo tipo de esfuerzos sólo por esta vida, aunque sea corta. Unicamente quienes asumen un enfoque racional respecto a lo dicho pueden percibir claramente y ser conscientes del escaso valor de esta existencia, comparada con la eterna. Es decir, el único objetivo nuestro en esta vida es obtener el Paraíso ―un lugar eterno junto a la generosidad de Dios― al que El dota abundantemente de todo lo bueno. El camino exclusivo a seguir es el de la búsqueda de Su contento mediante una fe auténtica. Por otra parte, quienes no meditan sobre el inevitable fin de este mundo y en consecuencia viven equivocadamente, son merecedores de la perdición eterna.
En el Corán se habla del horrendo fin que encuentran estos últimos:
Y el día que les congregue (Dios), será como si no hubieran permanecido más de una hora del día. Se reconocerán. Perderán quienes hayan desmentido el encuentro de Dios. No fueron bien dirigidos. (Corán, 10:45).
La Ambición Desenfrenada
Decíamos al principio que el ser humano permanece en este mundo lo que dura un parpadeo. Independientemente de lo que se posea aquí, no se alcanza el deleite verdadero a menos que se tenga fe en Dios y se lo recuerde permanentemente.
Desde el momento en que la persona se hace adulta, anhela riqueza, poder y una posición sobresaliente, aunque, sorprendentemente, sus recursos para ello son limitados. Quienes quieren todo lo que se les ocurre nunca lo conseguirán y siempre les parecerá poco cuanta riqueza, éxito o prosperidad logren. Además, independientemente de lo que se viva, la muerte convierte en sin sentido todos los goces y placeres mundanales.
Los propensos a deseos desenfrenados siempre se sentirán “insatisfechos” y con distintos gustos en cada etapa de sus vidas. Gente así se permite cualquier cosa para cumplimentar sus caprichos, como ser, perder el cariño de sus seres queridos o convertirse en canallas. No obstante, cuando alcanzan algunos de sus objetivos sienten que desaparece la “magia” pues se les pasa de inmediato el interés en lo logrado o empiezan a buscar otro deleite y se esfuerzan al máximo por conseguirlo. Pero apenas lo obtiene la secuencia se repite.
La ambición desenfrenada es la característica típica del incrédulo, rasgo con el que permanece hasta que fallece. La insatisfacción permanente hace que se imponga la codicia y no el contento de Dios. Todo lo que se posee y lo que se invierte para lograr cada vez más, es una razón para la vanagloria y para no prestar atención a los límites señalados por Dios, Quien, a su vez, no permite que gente así logre tranquilidad de conciencia. Dice Dios:
Quienes crean, aquéllos cuyos corazones se tranquilicen con el recuerdo de Dios ―¿cómo no van a tranquilizarse los corazones con el recuerdo de Dios?―, (Corán, 13:28)
Un Mundo Engañoso
El ser humano está rodeado de incontables ejemplos de la perfección de la creación: magníficos paisajes, millones de vegetales distintos, el cielo azul, las nubes cargadas de agua o el cuerpo humano, un organismo extraordinario lleno de sistemas complejos. Los mencionados son ejemplos espectaculares de la creación. El reflexionar sobre ello nos brinda un discernimiento profundo.
Contemplar a una mariposa desplegando sus alas ―dechados de arte y maravillosas expresiones de su identidad― es una experiencia para no olvidar nunca. Asimismo, percibir las plumas tan firmes y lustrosas en la cabeza del pájaro, las que se ven como un terciopelo suntuoso, o los colores atractivos y el perfume de una flor, son cosas admirables para el alma humana.
Casi todas las personas aprecian un rostro bello y anhelan con gran ahínco las mansiones opulentas, los automóviles lujosos y los enseres de oro y plata. Pero sea lo que sea que se ambicione y la belleza que se ostente, están destinados a desparecer en su momento.
Un fruto se oscurece gradualmente y finalmente se deteriora. Las flores poseen su aroma sólo por un tiempo determinado, luego palidecen y más tarde dejan de existir. El rostro más bonito se arruga luego de unas pocas décadas: el efecto del paso de los años sobre la piel y el cabello hace que en la vejez todos nos igualemos por la pérdida de lozanía. Con el transcurrir del tiempo no queda ningún rastro del estado saludable o de las mejillas encarnadas de la adolescencia. Asimismo, los edificios necesitan ser renovados y los automóviles envejecen e incluso se herrumbran. En resumen, todo lo que nos rodea está sujeto a los estragos que produce el paso del tiempo y algunos entienden que se trata de un “proceso natural”. De todos modos, comunica un claro mensaje: “Nada es inmune a los efectos del correr de las horas”.
Cada cuerpo celeste, cada animal, cada vegetal o cada ser humano son mortales. Su número no disminuye con el transcurrir de los siglos debido a los nacimientos, pero ello no debería hacernos ignorar el hecho de la muerte.
Al igual que la pasión desbocada, el embelezo por las posesiones y la riqueza tiene una gran influencia sobre nuestra conducta. Pero es necesario comprender algo: Dios es el único propietario de todo. Lo viviente también es propiedad de El y mantendrá la condición de existente mientras ése sea Su deseo, pero perecerá cuando decrete su muerte. Dios nos llama a reflexionar sobre esto:
La vida de acá es como agua que hacemos bajar del cielo. Las plantas de la tierra se empapan de ella y alimentan a los hombres y a los rebaños, hasta que, cuando la tierra se ha adornado y engalanado, y creen los hombres que ya la dominan, llega a ella Nuestra orden, de noche o de día, y la dejamos cual rastrojo, como si, la víspera, no hubiera estado floreciente. Así explicamos los signos a gente que reflexiona. (Corán, 10:24)
En este versículo se muestra que todo lo que en la tierra parece bonito y bello, perderá su encanto un día y desparecerá como tal. Esto es algo muy importante de sopesar, pues Dios nos informa que El brinda los ejemplos para “gente que reflexiona”. Lo que se espera de la gente capacitada con el razonamiento, es que medite, que saque lecciones de los sucesos y que eso le sirva para fijarse objetivos lógicos en su vida. La “comprensión” y la “reflexión” son rasgos propios del ser humano. Sin los mismos carece de lo que le distingue de los animales y se ubica por debajo de ellos. Estos cumplen muchas funciones que también realizamos nosotros: respiran, procrean y un día mueren. Nunca piensan porqué y cómo nacieron o en que un día morirán. Resulta muy natural que no se ocupen en comprender el real sentido de la vida y que no piensen acerca del propósito de su creación o acerca del Creador.
Sin embargo, el ser humano es responsable de desarrollar su conciencia respecto a su Creador a través de tener en cuenta y sopesar Sus órdenes.
Por otra parte, se espera que comprenda que este mundo existe sólo por un período limitado. Quienes lo logren, buscarán la luz y la guía de Dios para dedicarse al bien obrar.
De lo contrario, el ser humano sufrirá en este mundo y en el Más Allá. Logrará riqueza pero nunca felicidad. La belleza y la fama, por lo general, acarrean desgracias más que una vida gozosa. Por ejemplo, una persona célebre y que es adulada por sus seguidores, pierde a éstos rápidamente o en breve espacio de tiempo y en muchos casos termina su vida en una habitación sin nadie que la cuide.
Ejemplos en el Corán del Engaño del Mundo
Dios enfatiza repetidamente en el Corán que éste es “un mundo con placeres que están condenados a desparecer”. Nos relata historias de sociedades y personas del pasado que gozaron de riqueza, fama o elevada posición social y no obstante tuvieron un final desastroso. Eso es exactamente lo que les sucedió a los dos hombres mencionados en el capítulo al-Khaf:
Propónles la parábola de dos hombres, a uno de los cuales dimos dos viñedos, que cercamos de palmeras y separamos con sembrados. Ambos viñedos dieron su cosecha, no fallaron en nada, e hicimos brotar entre ellos un arroyo. Uno (de los hombres) tuvo frutos y dijo a su compañero, con quien dialogaba: “Soy más que tú en hacienda y más fuerte en gente”. Y entró en su viñedo, injusto consigo mismo. Dijo: “No creo que éste (es decir, su viñedo) perezca nunca. Ni creo que ocurra la Hora (del Juicio). Pero, aún si soy llevado ante mi Señor, he de encontrar, a cambio, algo mejor que él (es decir, algo mejor que su viñedo)”. El compañero con quien dialogaba le dijo: “¿No crees en Quien te creó de tierra, luego, de una gota (de esperma) y, luego, te dio forma de hombre? En cuanto a mí, El es Dios, mi Señor, y no asocio nadie a mi Señor. Si, al entrar en tu viñedo, hubieras dicho: ‘¡Que sea lo que Dios quiera! ¡La fuerza reside sólo en Dios!’. Si ves que yo tengo menos que tú en hacienda e hijos, quizá me dé Dios algo mejor que tu viñedo, lance contra él (el viñedo del compañero) rayos del cielo y se convierta en campo pelado, o se filtre su agua por la tierra y no puedas volver a encontrarla”. Su cosecha fue destruida y, a la mañana siguiente, se retorcía las manos pensando en lo mucho que había gastado en él: sus cepas estaban arruinadas. Y decía: “¡Ojalá no hubiera asociado nadie a mi Señor!”. No hubo grupo que, fuera de Dios, pudiera auxiliarle, ni pudo defenderse a sí mismo. En casos así sólo el Dios verdadero ofrece amistad. El es el mejor en recompensar y el Mejor como fin. Propónles la parábola de la vida de acá. Es como agua que hacemos bajar del cielo y se empapa de ella la vegetación de la tierra, pero se convierte (la vegetación) en hierba seca, que los vientos dispersan. Dios es potísimo en todo. La hacienda y los hijos varones son el ornato de la vida de acá. Pero las obras perdurables, las buenas obras, recibirán una mejor recompensa ante tu Señor, constituyen una esperanza mejor fundada. (Corán, 18:32-46).
La vanagloria de lo que se posee lleva al ridículo. Esta es una ley fija de Dios. La riqueza y el poder El los da como un don y en cualquier momento puede arrebatarlos. La historia de “la gente del Paraíso” que se relata en el Corán, es ejemplo de ello:
Les hemos probado como probamos a los dueños del jardín (a los hombres del relato anterior). Cuando juraron que tomarían sus frutos por la mañana, sin hacer salvedad (es decir, sin añadir piadosamente “si Dios quiere”). Mientras dormían cayó sobre él (es decir, el jardín) un azote enviado por tu Señor y amaneció (el jardín) como si hubiera sido arrasado. Por la mañana (cuando aún no sospechaban nada), se llamaron unos a otros: “¡Vamos temprano a nuestro campo, si queremos recoger los frutos!”. Y se pusieron en camino, cuchicheando: “¡Ciertamente, hoy no admitiremos a ningún pobre!”. Marcharon, pues, temprano, convencidos de que serían capaces de llevar a cabo su propósito. Cuando lo vieron (al jardín), dijeron: “¡Seguro que nos hemos extraviado! ¡No, se nos ha despojado!”. El más moderado de ellos dijo: “¿No os lo había dicho? ¿Por qué no glorificáis?”. Dijeron: “¡Gloria a nuestro Señor! ¡Hemos obrado impíamente!”. Y pusieron a recriminarse. Dijeron: “¡Hay de nosotros, que hemos sido rebeldes (a Dios)! Quizá nos dé nuestro Señor, a cambio, algo mejor que éste (es decir, algo mejor que su jardín). Deseamos ardientemente a nuestro Señor”. Tal fue el castigo. Pero el castigo de la otra vida es mayor aún. Si supieran… (Corán, 68:17-33).
El ojo atento reconoce de inmediato que Dios, en estos versículos, no nos da ejemplos de ateos. Aquí trata el caso de quienes creen en El pero cuyos corazones se han vuelto insensibles, por lo que no Le son agradecidos ni Le recuerdan. Se enorgullecen de tener lo que Dios les da como favores y olvidan totalmente que esas posesiones son sólo recursos para ser usados en Su camino. De un modo característico, afirman la existencia y poder de Dios, pero sus corazones desbordan de soberbia, ambición y egoísmo.
¡Sabed que la vida de acá es juego, distracción y ornato, rivalidad en jactancia, afán de más hacienda, de más hijos! Es (esta vida) como un chaparrón: la vegetación resultante alegra a los sembradores, pero luego se marchita y ves que amarillea; luego, se convierte en paja seca. En la otra vida habrá castigo severo o perdón y satisfacción de Dios, mientras que la vida de acá no es más que falaz disfrute.
(Corán, 57:20)
La historia de Coré se narra en el Corán como un arquetipo de la persona materialmente rica. Tanto Coré como los que anhelan su riqueza y posición social, son llamados creyentes que dejaron de lado su religión en función de obtener cosas de este mundo. Eso les llevó a perder las bendiciones del otro mundo, lo cual es una privación eterna:
Coré formaba parte del pueblo de Moisés y se insolentó con ellos. Le habíamos dado tantos tesoros que un grupo de hombres forzudos apenas podía cargar con las llaves. Cuando su pueblo le dijo: “¡No te regocijes, que Dios no ama a los que se regocijan (por los bienes materiales)! ¡Busca en lo que Dios te ha dado la Morada Postrera, pero no olvides la parte que de la vida de acá te toca! ¡Sé bueno (con los otros), como Dios lo es contigo! ¡No busques corromper en la tierra, que Dios no ama a los corruptores!”. Dijo (Coré): “Lo que se me ha dado lo debo sólo a una ciencia que tengo”. Pero ¿es que no sabía que Dios había hecho perecer antes de él a otras generaciones más poderosas y opulentas que él? Pero a los pecadores no se les interrogará acerca de sus pecados (porque Dios los conoce bien). Apareció (Coré) ante su pueblo, rodeado de pompa. Los que deseaban la vida de acá dijeron: “¡Ojalá se nos hubiera dado otro tanto de lo que se ha dado a Coré! Tiene una suerte extraordinaria”. Pero los que habían recibido la Ciencia, dijeron: “¡Ay de vosotros! La recompensa de Dios es mejor para el que crea y obre bien. Y no lo conseguirán sino los que tengan paciencia”. Hicimos que la tierra se tragara a él (a Coré) y su vivienda. No hubo ningún grupo que, fuera de Dios, le auxiliara, ni pudo defenderse a sí mismo. A la mañana siguiente, los que la víspera habían envidiado su posición dijeron: “¡Ah! Dios dispensa el sustento a quien El quiere de sus Siervos: a unos con largueza a otros con mesura. Si Dios no nos hubiera agraciado, habría hecho que nos tragara (la tierra). ¡Ah! ¡Los infieles no prosperarán!”. Asignamos esa Morada Postrera a quienes no quieren conducirse con altivez en la tierra ni corromper. El fin (es decir, el buen fin) es para los que temen a Dios. (Corán, 28:76-83).
La principal mala acción de Coré fue considerarse alguien independiente de Dios. Como sugiere el versículo, él no negaba Su existencia sino que, simplemente, asumía que, debido a sus características superiores, merecía el poder y la riqueza que el Señor le había concedido.
Pero todos en el mundo son siervos de Dios y lo que poseen no lo tienen por algún mérito especial sino que cada cosa concedida es parte de Su favor y misericordia con la humanidad en general. Si fuésemos conscientes de esto, nadie actuaría de manera ingrata y perversa frente a su Creador, desconociendo que la riqueza poseída fue concedida por El. Lo único que debemos hacer es sentirnos agradecidos y demostrarlo por medio de un proceder correcto frente a nuestro Señor. Por cierto, esta es la forma más honrosa de exhibir el agradecimiento a Dios. Por otra parte, Coré y los que aspiraban a ser como él, se dieron cuenta de las malas acciones en las que estaban comprometidos cuando el desastre cayó sobre ellos. Si después de recibir una advertencia así, la gente persiste en su rebelión contra Dios, está totalmente perdida. ¡Inevitablemente terminarán en el Infierno, donde permanecerán para siempre!
Las debilidades del ser humano
Dios creó al ser humano en la mejor condición y lo equipó con características eminentes. Su superioridad sobre las demás criaturas ―manifestada en su capacidad intelectual y de comprensión y en su disposición para aprender y desarrollar culturas― es incuestionable.
¿Ha pensado alguna vez por qué a pesar de esa superioridad posee un cuerpo frágil, siempre vulnerable a amenazas internas y externas? ¿Por qué está expuesto a los ataques de microbios y bacterias, los cuales son tan diminutos que no se los puede ver a simple vista? ¿Por qué tiene que invertir parte del día en su aseo? ¿Por qué necesita cuidar su organismo? ¿Por qué envejece con el transcurso del tiempo?
La gente asume que todo eso se trata de fenómenos naturales. No obstante, la necesidad de cuidarse sirve a un propósito especial. Cada cosa que el ser humano requiere es especialmente creada. El versículo en el que se dice el hombre es débil por naturaleza (Corán, 4:28) es la expresión manifiesta de ello.
Las infinitas necesidades del ser humano son creadas con un propósito: hacerle comprender que es siervo de Dios y que este mundo es una residencia temporaria.
Nadie decide en lo más mínimo el momento y lugar donde nacerá y donde morirá. Además, son vanos todos los esfuerzos que haga para evitar los efectos negativos que le aquejan.
El ser humano tiene, en realidad, una naturaleza frágil que requiere de mucha atención. Prácticamente está desprotegido frente a incidentes abruptos imprevistos. Del mismo modo, está expuesto a enfermedades impredecibles, ya sea que viva en medio de una sociedad muy desarrollada o en una remota aldea de la montaña. En cualquier momento puede desarrollar una enfermedad incurable y fatal o sufrir un daño que le afecte la fortaleza corporal y el encanto personal de modo irreparable. Esto vale para todos, sin que influya en ello el nivel social, la jerarquía, la raza, etc. Tanto la persona famosa aclamada por millones de individuos como el simple ovejero, pueden ver su vida completamente alterada debido a un incidente inesperado.
El cuerpo humano es un organismo débil, de huesos y carne, que pesa unos 70 – 80 kilos. Lo protege una delicada piel que, sin duda, puede dañarse fácilmente. Si se la expone demasiado al sol o al viento se seca, cuartea o enferma. Para evitar perjuicios siempre debemos protegernos de ciertos efectos ambientales del lugar en que vivimos.
Aunque estamos equipados con maravillosos sistemas orgánicos, sus constituyentes ―carne, músculos, huesos, nervios, grasa― son proclives al deterioro. Si dichos elementos fuesen distintos, de modo tal que no les afectaran los cuerpos extraños como los microbios o las bacterias, no nos enfermaríamos. Pero la carne es la “sustancia” más frágil: se descompone e incluso se llena de gusanos cuando queda a la temperatura ambiente durante cierto tiempo.
Como una constante señal de Dios, a menudo percibimos las necesidades fundamentales del cuerpo. Expuestos al tiempo frío, por ejemplo, ponemos en riesgo la salud y el sistema inmune “colapsa” gradualmente. Si el organismo no mantiene una temperatura constante de 37°C, la salud decae.1 Son rythme cardiaque ralentit, les vaisseaux sanguins se contractent, et la pression artérielle augmente. Le corps commence à frissonner afin de tenter de se réchauffer. Lorsque la température descend à 35°C, le pouls s'effondre et les vaisseaux sanguins se contractent dans les bras, les jambes et les doigts, ce qui est un signe très préoccupant; 2 La persona con 35°C sufre de una seria desorientación y adormecimiento constante, a la vez que disminuye la función mental. Una leve disminución de la temperatura corporal puede acarrear esas consecuencias. Pero la temperatura por debajo de los 33°C provoca la pérdida de la conciencia. Si desciende a 24°C ya falla la función respiratoria. El cerebro queda dañado por debajo de los 20°C y finalmente el corazón se detiene a los 19°C, lo que provoca la muerte.
Este es sólo uno de los ejemplos que trataremos en las páginas que vienen. El propósito de los mismos es subrayar que el ser humano siempre fracasa en su búsqueda de una vida satisfactoria debido a los factores que ponen en peligro su existencia. Se quiere recordar al lector que debería evitarse una ligazón absoluta con la vida y correr todo el tiempo detrás de fantasías inalcanzables. Por el contrario, habría que recordar siempre a Dios, la vida real y el otro mundo.
El ser humano tiene la promesa de un Paraíso eterno. Como los lectores tendrán la oportunidad de ver en este escrito, el Paraíso es un lugar de perfección. Allí el ser humano se verá totalmente libre de las debilidades e imperfecciones que existen en la Tierra. Todas las bendiciones de Dios las tendrá absolutamente a su alcance. Por otra parte, en ese lugar tan bello no existe la fatiga, la sed, el hambre, la debilidad y el perjuicio.
El propósito de este libro es ayudar a los lectores a reflexionar sobre su verdadera naturaleza y en consecuencia a percibir mejor la superioridad infinita del Creador. También quiere cooperar en la comprensión de que el ser humano necesita la guía de Dios, algo muy importante para todos nosotros. Dios nos habla de eso:
¡Hombres! Sois vosotros, los necesitados de Dios, mientras que Dios es Quien Se basta a Sí mismo, el Digno de Alabanza. (Corán, 35:15).
Necesidades Corporales
El ser humano está expuesto a muchos riesgos físicos. Mantener limpio el medio en el que nos movemos y cuidarnos a conciencia, son cosas de las que debemos ocuparnos toda la vida con el objeto de minimizar los problemas de salud. Y es notable la cantidad de tiempo que se invierte en eso. Existen bastantes mediciones sobre las horas que empleamos en afeitarnos, bañarnos, arreglarnos el cabello, la piel, las manos, etc. Los resultados son sorprendentes porque revelan que es una cantidad grande de horas que se dedica a esas tareas.
En el curso de nuestras vidas nos encontramos con muchas personas. En el hogar, en la oficina, en la calle, en los paseos de compras, las vemos vestidas elegantemente y de la mejor manera: arregladas, limpias, con buena apariencia. Pero ese acicalamiento requiere tiempo y esfuerzo.
Desde el momento en que nos despertamos a la mañana hasta que nos vamos a dormir a la noche, estamos envueltos en una rutina permanente para mantenernos aseados y sanos. Al primer lugar que nos dirigimos al levantarnos es al toilette, porque la proliferación de bacterias en la boca nos produce un aliento desagradable y entonces debemos cepillarnos los dientes. Sin embargo, empezar el nuevo día no se limita esencialmente a eso ni a lavarse la cara y las manos. En el transcurso del día el cabello se engrasa y el cuerpo se ensucia. A la noche, en medio de un sueño, podríamos sudar sin parar. Entonces la única manera de asearnos es bañándonos. Sería desagradable ir a trabajar con el cuerpo transpirado excesivamente.
La sorprendente variedad de productos que existen para la limpieza personal indican el cuidado permanente al que hay que atender. Además del agua y el jabón, necesitamos shampoo, crema de enjuague, crema dental, cepillo de dientes, hilo dental, hisopos, talco, cremas faciales, lociones, etc. Son cientos más los productos preparados por los laboratorios a ese efecto.
De la misma manera, también se invierte una considerable cantidad de tiempo para limpiar la ropa, la casa y el entorno hogareño. Por supuesto, es imposible estar limpio en un sitio sucio.
En resumen, cierta parte de la vida se va solamente en la necesaria atención al cuerpo. Además, para ello requerimos una amplia gama de productos químicos. Entonces, por lo que vemos, Dios creó al ser humano con muchas debilidades pero le proveyó de los medios para vivir en condiciones adecuadas. Por otra parte, estamos dotados con la suficiente inteligencia como para encontrar la mejor manera de cubrir nuestras “debilidades”. Si rechazamos los recursos que disponemos para mantenernos limpios y agradables, en poco tiempo empezaremos a ser repulsivos.
Pero no podemos permanecer higienizados mucho tiempo. A las pocas horas de habernos aseados ya vamos perdiendo esa condición. Necesitamos bañarnos por lo menos una vez por día y cepillarnos los dientes regularmente. Una mujer que se pasa horas arreglándose frente al espejo, se levanta al otro día sin ningún rastro del embellecimiento al que se dedicó. Además, si no se limpia el rostro de los distintos productos usados, puede verlo incluso peor debido a los cosméticos empleados. El hombre que se afeita debe hacerlo cada mañana.
Es importante comprender que todas estas necesidades son creadas con un propósito específico. Un ejemplo lo explicitará. Cuando se eleva la temperatura corporal, la transpiración que se produce hace aparecer un olor molesto. Se trata de un proceso inevitable para cualquiera que viva en este mundo. ¡Sin embargo esto no es siempre así con lo viviente! Las plantas nunca sudan. Una rosa nunca huele mal. Aunque crezca en un suelo sucio y se la abone con estiércol, posee una fragancia delicada. ¡Ni hace falta decir que para ello no necesita aseo alguno! Pero el ser humano, independientemente de los cosméticos que use, es difícil que logre esa fragancia de tanta duración.
Al igual que la higiene, la nutrición también es esencial para nuestra salud. Nuestro organismo funciona con un delicado equilibrio entre proteínas, carbohidratos, azúcares, vitaminas y minerales esenciales. De romperse el mismo, se presentarían serios inconvenientes en el funcionamiento de los sistemas corporales: el sistema inmune pierde su capacidad protectora en tanto que el organismo se debilita y queda expuesto a las enfermedades. En consecuencia, a la nutrición hay que prestarle la misma atención que a la higiene.
Otro requisito esencialísimo es, por supuesto, el agua. Se puede sobrevivir por un cierto tiempo, pero la falta de agua por pocos días tendrá consecuencias fatales. Todas las funciones químicas del organismo se cumplen con la ayuda del agua: sin ésta no hay vida.
Hemos mencionado algunas de las cosas que afectan a nuestros cuerpos. Pero queda un interrogante: ¿somos concientes de que las afecciones que sufrimos se deben a deficiencias o falencias de nuestros cuerpos? Además, ¿pensamos que son “naturales” porque las poseemos todos los seres humanos? Debemos tener en cuenta que Dios pudo habernos creado sin esas deficiencias, como a una rosa. Es decir, podríamos mantenernos limpios y con una buena fragancia igual que esa flor. Todo esto nos conduce, eventualmente, al discernimiento para aclarar las ideas y tener plena conciencia de lo que somos. Si reconocemos ante Dios nuestra debilidad, deberíamos comprender porqué somos creados y llevar una vida honorable como siervos de El.
Quince Años Sin “Conciencia”
Todos pasamos alguna parte del día durmiendo. Independientemente del esfuerzo que hagamos, siempre dormimos varias horas. El ser humano sólo se mantiene despierto unas 18 horas por día. El resto de cada jornada lo transcurre en un estado de inconciencia completa. Teniendo en cuenta esto, nos encontramos con una situación sorprendente: de 70 años de vida, una cuarta parte (es decir, 15 años) transcurrimos en total inconciencia.
¿Podríamos dejar de dormir? ¿Qué sucedería si nos propusiésemos “no dormir”?
Antes que nada, los ojos se pondrían rojos y la piel pálida. Si el período en vigilia se prolongara, perderíamos la conciencia.
La fase inicial del no dormir es la incapacidad para concentrar la atención y el cerrar los ojos aunque no querramos. Es un proceso inevitable que lo sufre cualquiera, lindo o feo, rico o pobre.
De la misma manera que cuando se muere, el cuerpo va dejando de ser sensible al mundo exterior y no responde a ningún estímulo antes de caer dormido. Los sentidos que hasta hacía poco estaban excepcionalmente atentos, empiezan a perder esa cualidad. Las percepciones se alteran. El cuerpo reduce todas las funciones al mínimo, lo que conduce a la desorientación respecto al tiempo y lugar y se lentifican los movimientos corporales. De alguna manera se trata de una forma distinta de muerte, a la que se la define como el estado en que el alma abandona el cuerpo. En verdad, mientras dormimos y yacemos en la cama “vivimos” experiencias espirituales en lugares totalmente distintos al del cuerpo. En el sueño nos podemos observar en una playa en un día caluroso, totalmente inconscientes de que estamos durmiendo en una cama. Cuando morimos ocurre algo semejante: el alma se separa del cuerpo, al que usa sólo en este mundo, y se marcha a otro mundo con un “cuerpo” nuevo. Por esta razón Dios nos recuerda en el Corán ―la única revelación auténtica que guía al ser humano al sendero recto― una y otra vez la similitud entre el sueño y la muerte:
El es quien os llama de noche (es decir, Dios llama al alma durante el sueño) y sabe lo que habéis hecho durante el día. Luego, os despierta en él. Esto es así para que se cumpla un plazo fijo (es decir, el plazo de vida). Luego (al morir), volveréis a El y os informará de lo que hacíais (en la tierra). (Corán, 6:60).
Dios llama a las almas cuando mueren y cuando, sin haber muerto duermen. Retiene aquéllas cuya muerte ha decretado y remite las otras a un plazo fijo. Ciertamente, hay en ello signos para gente que reflexiona. (Corán, 39:42)
Nos pasamos un tercio de la vida durmiendo, totalmente privados de los sentidos, es decir, “en una muerte pasajera”. No obstante, nunca nos damos cuenta que dejamos atrás todo lo que parecía importante: grandes sumas de dinero perdidas por diversos motivos o serios problemas personales. Es decir, todo lo que parece ser de importancia crucial durante el día, desaparece al dormirnos. Esto significa, simplemente, que se corta toda relación con el mundo.
Los ejemplos presentados hasta ahora brindan una clara idea de lo reducido del tiempo de vida consciente y la gran cantidad que se invierte en las tareas rutinarias “obligatorias”. Cuando el que se emplea en éstas se resta del total, percibimos lo escasos que son los momentos que quedan para los denominados “goces de la vida”. En retrospectiva, nos sentimos asombrados de la gran cantidad de horas dedicadas a la nutrición, al cuidado del cuerpo, al dormir o al trabajo para lograr mejores condiciones de subsistencia.
Indudablemente, vale la pena tener en cuenta cuánto tiempo gastamos en las tareas rutinarias necesarias para la supervivencia. Como dijimos al principio, para dormir se invierte por lo menos de 15 a 20 años de unos 70 vividos. Si a ello agregamos que el período de la infancia es un estado de casi inconciencia que abarca los primeros 5 ó 10 años, la persona de unos 70 años habrá pasado casi la mitad de la vida inconsciente. Respecto a la otra parte, disponemos de muchas estadísticas para saber cómo la empleamos. Allí se anotan las horas que invertimos en preparar las comidas, en comer, en asearnos, en demoras debido a problemas en el tránsito, etc. En conclusión, lo que queda de vida “real” es sólo de 3 a 5 años. ¿Qué importancia tiene una vida tan corta frente a la vida eterna?
Corresponde señalar aquí el inmenso abismo que separa a las personas de fe de las incrédulas. Estas creen que la única vida es la de esta Tierra y luchan al máximo por los beneficios mundanales. Pero se trata de un esfuerzo inútil: este mundo es de corta duración y están acosadas por distintas “debilidades”. Por otra parte, puesto que el incrédulo no cree en Dios, lleva una vida incómoda, cargada de preocupaciones y temores.
En cambio, quienes tienen fe, emplean cada instante en cualquier circunstancia (es decir, frente a problemas de todo tipo, al comer, al beber, al pararse, al sentarse, al buscar los medios de subsistencia) en el recuerdo de Dios. Se dedican sólo a obtener el agrado de Dios y transcurren las horas en paz, alejados completamente de las tristezas y temores mundanales. En definitiva obtienen el Paraíso, un lugar de felicidad eterna. En un versículo se habla sobre el propósito último de la vida:
A los que temieron a Dios se les dirá: “¿Qué ha revelado vuestro Señor?”. Dirán: “Un bien”. Quienes obren bien tendrán en la vida de acá una bella recompensa, pero la Morada de la otra vida será mejor aún. ¡Qué agradable será la Morada de los que hayan venerado a Dios! Entrarán en los jardines del edén, por cuyos bajos fluyen arroyos. Tendrán en ellos lo que deseen. Así retribuye Dios a quienes Le veneran, (Corán, 16:30-31).
Les maladies et les accidents
Las enfermedades también recuerdan al ser humano lo propenso que es a las deficiencias. El cuerpo, muy protegido contra todo tipo de amenazas externas, se ve seriamente afectado por simples agentes invisibles a simple vista llamados virus, los cuales producen enfermedades. Esto parece absurdo porque Dios nos equipó con mecanismos de defensa muy completos, especialmente el sistema inmune, que podría ser descrito como “el ejército victorioso” sobre sus enemigos. Sin embargo, a pesar de ello, nos enfermamos bastante de seguido. Casi no meditamos en el hecho de que si estamos equipados con sistemas de defensa excelentes, Dios no debería permitir nunca que los agentes patológicos provoquen enfermedades. Los virus, microbios o bacterias nunca tendrían que afectarnos el cuerpo o, simplemente, no tendrían que haber existido. Pero vemos que esto no es así. Por ejemplo, un virus cualquiera entra al organismo por una leve herida en la piel y en poco tiempo se desparrama por todas partes, afectando órganos vitales. A pesar de los avances tecnológicos, el común virus de la gripe se convierte en una amenaza mortal para gran cantidad de personas. La historia nos relata casos en que el mismo incluso ha llegado a modificar la estructura demográfica de distintos países. Por ejemplo, en 1918 murieron 25 millones de individuos debido a la gripe. En Alemania, una epidemia se llevó 30 mil vidas en 1995, y se transformó en el peor desastre de ese tipo.
Hoy en día persiste el peligro: un virus puede introducirse en cualquiera y transformarse en una amenaza de muerte, o una rara enfermedad puede reaparecer después de haber estado dormida durante unos 20 años. Aceptar todos estos incidentes como acontecimientos naturales y no reflexionar sobre ellos, sería un error muy serio. Es Dios quien, con un propósito especial, hace que la gente se enferme. Los arrogantes pueden tener la oportunidad de darse cuenta de cuán limitada es su soberbia. Además, es una manera de comprender la verdadera naturaleza de esta vida.
Los accidentes también representan serias amenazas para el ser humano. Todos los días los titulares de la prensa y grandes espacios en los noticieros radiales y televisivos nos hacen conocer accidentes de tráfico. No obstante y aunque ocurren casi permanentemente, casi nunca pensamos que nos puede tocar a nosotros ser víctimas de los mismos. Son miles los factores que pueden llevar nuestras vidas por un sendero distinto al que nosotros esperamos. Podemos perder el equilibrio y caer en medio de la calle. Una hemorragia en el cerebro o una pierna rota pueden ser la causa de esa caída. También se puede estar comiendo, ahogarse con una espina de pescado y morir. Aunque las causas pueden considerarse simples, todos los días miles de personas alrededor del mundo sufren accidentes como estos.
Esos hechos deberían hacernos comprender lo inútil que es la devoción a este mundo y llevarnos a sacar como conclusión que todo lo que se nos ha dado no es más que un favor pasajero para probarnos en esta vida. Resulta un enigma que el ser humano, incapaz de combatir un virus invisible, se atreva a mostrarse soberbio con su Creador Todopoderoso.
No cabe la menor duda de que es Dios Quien creó al ser humano y que es El Quien le protege frente a todos los peligros. En este sentido, los accidentes y las enfermedades nos muestran lo que somos. Independientemente de toda la fortaleza que supongamos tener, no podemos evitar que se produzcan desastres si Dios no dispone otra cosa. Es El Quien crea las enfermedades y otras situaciones de peligro para que recordemos que somos débiles.
Este mundo es un lugar de examen para el ser humano. Cada uno es responsable de intentar obtener Su agrado. Al final de la evaluación, quienes comprendan claramente que Dios es Uno, no Le adscriban socios y obedezcan Sus órdenes, residirán en el Paraíso para siempre. Pero quienes se mantengan arrogantes y prefieran este mundo y sus deseos, perderán la vida eterna de bendiciones y tranquilidad, pasarán a sufrir eternamente y nunca se verán libres de problemas, debilidades y congojas, tanto en este mundo como en el otro.
Las Consecuencias de las Enfermedades y de los Accidentes
Como dijimos antes, las enfermedades y los accidentes son los acontecimientos por medio de los cuales Dios prueba al ser humano. El creyente, cuando sufre alguno de ellos, enseguida se vuelve a su Señor, le ruega y busca refugio en El. Es conciente de que nadie, excepto el Todopoderoso, puede salvarle de los padecimientos. También sabe que se está poniendo a prueba su paciencia, devoción y confianza en Dios. En el Corán se alaba al profeta Abraham (P) por su actitud ejemplar. Su ruego sincero sirve de modelo y es repetido por todos los creyentes:
“… me da de comer y de beber, me cura cuando enfermo, me hará morir y, luego, me volverá a la vida,…” (Corán, 26:79-81).
El profeta Job (P), por otra parte, establece un buen ejemplo para todos los creyentes por medio de buscar la paciencia sólo en Dios cuando enfrentó una aguda enfermedad:
¡Y recuerda a nuestro siervo Job! Cuando invocó a su Señor: “El Demonio me ha infligido una pena y un castigo”. (Corán, 38:41).
Las distintas angustias hacen madurar a los creyentes y fortalecen la lealtad a su Creador. A eso se debe que cada sufrimiento sea una “suerte”. Por otra parte, los incrédulos entienden que todo tipo de accidentes y problemas de salud son una “desgracia”. Al no entender que todo ha sido creado con un propósito específico y que la paciencia exhibida durante los inconvenientes será premiada en el otro mundo, se sumen en la congoja. Las enfermedades y otras aflicciones perturban o desesperan a quienes rechazan la existencia de Dios y adoptan un punto de vista materialista, a la vez que hacen perder las “amistades” porque éstas entienden que ocuparse de ellos lleva a “meterse en problemas”. Se desvanece el “afecto” por quien ha brindado mucho amor y atención y ahora sufre contratiempos. Otra razón que lleva a la gente a cambiar su actitud con el amigo afectado en su salud, es que éste ha perdido su buen semblante o ciertas habilidades. Lo dicho es moneda corriente en las sociedades materialistas pues a cada uno se valora según sus capacidades físicas o lo que tiene para dar. En consecuencia, cuando el individuo es golpeado por algún defecto orgánico, se esfuma o disminuye el aprecio al mismo. Por ejemplo, el cónyuge o pariente cercano de una persona discapacitada, empieza a quejarse de inmediato de las dificultades que acarrean los cuidados de ésta, y lamenta a menudo la desgracia. Por lo general se argumenta que se es muy joven para hacerse cargo de una situación como ésa. Por supuesto, esto no es más que una excusa para evitar el debido cuidado al pariente con sus capacidades disminuidas. Otros le atienden por temor al “qué dirán” si no lo hacen: la sola posibilidad de rumores que criticarían sus conductas les impide desentenderse del familiar. Cuando se presentan situaciones como éstas, los días de felicidad y promesa de mutua lealtad son rápidamente reemplazados por sentimientos egoístas.
Cosas como las mencionadas no deberían sorprendernos en una sociedad donde los comportamientos elevados ―como la lealtad― sólo se exhiben cuando de ello se obtiene algún beneficio. No cabe ninguna duda de que es imposible esperar que en las sociedades con criterios materialistas bien establecidos, una persona sea fiel a otra sin recibir algún premio por ello. Más aún si son irreverentes con Dios. Nadie será sincero y honesto con otros a menos que sea recompensado por ello o que tema recibir un castigo si no lo hace. Ser honesto sin esperar nada a cambio, se considera algo propio del “idiota” en la sociedad materialista, puesto que no tendría sentido ser leal a alguien que, cuando se muera, dejará de existir para siempre. Para las mentalidades que creen que se vive poco tiempo y luego se desaparece resulta razonable ese criterio. Por eso les parece natural y lógico dedicarse a obtener el mejor confort y la mejor vida mundanal, dejando de lado otras cosas.
Pero la verdad es otra. Quienes confían en Dios, reconocen ante El sus debilidades y Le tienen un temor reverencial, consideran a otras personas de la manera que su Señor quiere. El rasgo más precioso de una persona es el comportamiento noble que surge de la cumplimentación de esas cualidades. Quienes consideran a Dios como se merece y exhiben la correspondiente perfección moral en este mundo, obtendrán la perfección en el otro, donde los defectos físicos pierden todo significado. Esta es la promesa de Dios a los creyentes y la razón básica que los lleva a ser afectuosos, respetuosos y considerados con los discapacitados, brindando un cariño permanente.
Es muy importante la gran diferencia entre creyentes e incrédulos en sus respectivas formas de pensar y conductas. Mientras los primeros eliminan de sus corazones la envidia y la cólera reemplazándolas por la tranquilidad de espíritu, los segundos se sienten desengañados, insatisfechos e infelices, y en consecuencia les embarga la angustia. Lo que a los incrédulos les parece un “castigo” ―según la sociedad materialista―, en realidad es una desgracia que Dios les hace gustar. Quienes opinan que no se tendrá en cuenta sus malas acciones ―crueldad, incredulidad y deslealtad―, el Día del Juicio se verán desconcertados al ver el dictamen que se libra respecto de ellos:
Que no piensen los infieles que el que les concedamos una prórroga supone un bien para ellos. El concedérsela es para que aumente su pecado. Tendrán un castigo humillante. (Corán, 3:178).
Los Ultimos Años de Vida
En nuestros cuerpos ―considerado lo más preciado para muchos― se observan los efectos destructivos del paso del tiempo, pues con el transcurso de los años sufren un proceso de desgaste irreversible. En el Corán se habla de esto:
Dios es Quien os creó débiles; luego, después de ser débiles, os fortaleció; luego, después de fortaleceros, os debilitó y os encaneció. Crea lo que El quiere. Es el Omnisciente, el Omnipotente. (Corán, 30:54)
Lo que más desdeñamos en nuestros planes para el futuro es nuestros últimos años de vida, excepto cuando se trata de obtener una buena pensión o jubilación. De todos modos, cuando sentimos muy cerca la muerte, vacilamos. Si alguien quiere hablar de la vejez, otros prefieren no tocar este tema “desagradable” y pasar la atención a otra cosa lo antes posible. La rutina de la vida diaria también es una buena manera de escapar a la reflexión sobre esa edad potencialmente lastimosa. Es así como se va posponiendo su tratamiento hasta que un día nos encontramos inevitablemente con la muerte. La principal razón para esa dilación permanente es creer siempre que “ya llegará el momento de tratar dicho tema”. En el Corán se describe este concepto erróneo que es muy común:
Les hemos permitido gozar de efímeros placeres, a ellos y a sus padres, hasta alcanzar una edad avanzada… (Corán, 21:44).
Dicha actitud de “esperar” conduce a menudo a una gran congoja porque, simplemente, independientemente de la edad que se tenga, lo único que realmente retenemos es recuerdos borrosos. Apenas nos acordamos de la juventud e incluso cuesta mucho rememorar con exactitud lo sucedido el decenio pasado. Una vez que experimentamos o logramos las cosas ―como las ambiciones juveniles, las decisiones consideradas trascendentes y los objetivos muy serios para nosotros― rápidamente les restamos importancia u olvidamos el impacto de lo logrado. Por eso es difícil relatar una “larga” historia de vida.
Seamos adolescentes o adultos, tendemos a tomar decisiones que consideramos de gran valor. Por ejemplo, si tenemos cuarenta años y esperamos vivir hasta los sesenta y cinco, lo cual nadie puede garantizar, los veinticinco años que restan van a transcurrir tan rápidamente como los ya vividos. Lo mismo vale para cualquier otra ecuación: siempre lo que quede de existencia pasará tan rápido o más que el período transcurrido. Seguramente este es un recordatorio perpetuo de la verdadera naturaleza de este mundo. Llegado el momento, todas las almas partirán de aquí y nunca volverán.
En consecuencia, el ser humano debería dejar de lado sus prejuicios y ser más realista respecto de la vida. El tiempo pasa muy rápidamente y cada día que transcurre nos acerca a la debilidad física o la aumenta y nos empeora otras situaciones en vez de proveernos de una juventud remozada o de más dinamismo. En resumen, nuestro envejecimiento es una manifestación de que somos incapaces de controlar el cuerpo, la vida y el destino. En la vejez se vuelven visibles en nuestros organismos los efectos adversos del paso del tiempo. Dios nos informa de ello:
Dios os ha creado y luego os llamará (a la hora de la muerte). A algunos de vosotros se les deja que alcancen una edad decrépita, para que, después de haber sabido, terminen no sabiendo nada. Dios es omnisciente, poderoso. (Corán, 16:70).
A la edad avanzada también se la llama, en medicina, la segunda infancia. De aquí que la gente mayor necesite el mismo tipo de atención que los niños, debido a que sus funciones mentales y corporales sufren ciertas alteraciones. Al envejecer reaparecen las características físicas y espirituales propias de los niños. Ya no se pueden realizar muchas tareas que requieren fortaleza muscular. Dificultades motoras, razonamiento disminuido, impedimentos de todo tipo, debilidad de la memoria y cambio en los comportamientos, son algunos de los síntomas de las enfermedades que se ven comúnmente en la vejez.
En resumen, después de cierto período se regresa al estado de dependencia infantil, tanto física como mentalmente.
La vida comienza y termina en un estado parecido y evidentemente no se trata de un proceso azaroso. Podríamos permanecer en un estado juvenil hasta morirnos. Pero Dios nos recuerda la naturaleza temporaria de este mundo por medio de hacer que se deteriore nuestra calidad de vida a través de diversas etapas. Ello nos indica claramente que la vida se nos escabulle. Dios lo explica en un versículo:
¡Hombres! Si dudáis de la resurrección, Nosotros os hemos creado de tierra; luego, de una gota (de esperma); luego, de un coágulo de sangre; luego, de un embrión formado o informe. Para aclararos. Depositamos en las matrices lo que queremos por un tiempo determinado; luego, os hacemos salir como criaturas para alcanzar, más tarde, la madurez. Algunos de vosotros mueren prematuramente; otros viven hasta alcanzar una edad decrépita, para que, después de haber sabido, terminen no sabiendo nada. Ves (dirigido a Muhammad) la tierra reseca, pero, cuando hacemos que el agua baje sobre ella, se agita, se hincha y hace brotar toda especie primorosa. (Corán, 22:5).
Problemas Físicos Relacionados con la Edad
Independientemente del dinero que poseamos o la salud de la que gocemos, en cualquier momento podemos enfrentarnos con incapacidades y otras complicaciones relacionadas con la edad. Describiremos algunas de ellas.
La piel, por cierto, es un factor importante que nos da una señal del estado de salud. También es un componente esencial de la belleza. Cuando nos sacan algo de piel, inevitablemente nos imaginamos con aprensión un cuadro perturbador. Ello se debe a que la epidermis, además de ser una capa protectora del cuerpo frente a los ataques desde el exterior, también provee suavidad y una buena estética. No cabe duda de que la piel, un tejido que envuelve el cuerpo y pesa 4,5 libras (alrededor de 2 kilos), cumple esas funciones importantes y es la que en gran medida brinda la belleza. Pero también es el órgano que más se ve alterado con el avance de la vejez.
Con el progreso de la edad, la piel pierde elasticidad y la estructura proteica que constituye sus capas más profundas se debilita y sensibiliza. Entonces aparecen en el rostro arrugas y líneas que angustian a muchas personas. El funcionamiento de las glándulas sebáceas decae y provoca una sequedad pronunciada de la piel. Al aumentar la permeabilidad de ésta el cuerpo queda más expuesto a las influencias externas. Como resultado de ese proceso la gente anciana sufre serios desórdenes en el sueño, heridas superficiales y una picazón llamada “comezón de la vejez”. También ocurren daños en las capas más profundas de la piel. La renovación del tejido epitelial ya no se realiza normalmente y el mecanismo que permite el intercambio de sustancias funciona en gran medida irregularmente, con lo que se condiciona la situación para la aparición de tumores.
Brigitte Bardot
Alain Deleon
Marlon Brando
Elizabeth Taylor
Katherine Hepburn
Charlie Chapline
También es de gran importancia para el cuerpo humano el vigor de los huesos. Por lo general a los ancianos les cuesta mucho mantener la postura erecta, contrariamente a lo que sucede con los jóvenes. Al caminar con una postura inclinada o encorvada se pierde altura y majestuosidad y se está comunicando que ya no se tiene la capacidad para controlar, aunque más no sea, el propio cuerpo. Asimismo se pierde “el talante y la buena presencia”, por así decirlo.
Los síntomas del envejecimiento no se limitan a los enunciados. Los gerontes son más proclives a perder la sensibilidad, al dejar de renovarse las células nerviosas después de cierto tiempo. Sufren de desorientación espacial al debilitarse los ojos en respuesta a la intensidad de la luz. Esto es muy importante puesto que significa una limitación de la visión: se pierde la nitidez de los colores, de la posición de los objetos y de sus dimensiones. Son todas situaciones de bastante dificultad.
El ser humano podría no haber experimentado nunca el desmoronamiento físico debido a la edad y, simplemente, ser más fuerte a medida que transcurren los años. Aunque ese no es un modelo de existencia vigente, el vivir más tiempo (en otras condiciones) nos habría ofrecido oportunidades no calculadas para una mejor adecuación personal y social. El paso del tiempo habría mejorado nuestra calidad de vida y la habría hecho cada vez más agradable. Pero el sistema establecido como bueno para la humanidad se basa en la declinación de la calidad de vida por envejecimiento. Esta es otra evidencia de la naturaleza temporaria de este mundo. Dios nos lo recuerda en el Corán una y otra vez y ordena a los creyentes meditar sobre ello:
La vida de acá es como agua que hacemos bajar del cielo. Las plantas de la tierra se empapan de ella y alimentan a los hombres y a los rebaños, hasta que, cuando la tierra se ha adornado y engalanado, y creen los hombres que ya la dominan, llega a ella Nuestra orden, de noche o de día, y la dejamos cual rastrojo, como si, la víspera, no hubiera estado floreciente. Así explicamos los signos a gente que reflexiona. (Corán, 10:24).
Después de un cierto período de vida durante el cual el individuo se considera fuerte física y mentalmente y cree que el mundo sólo es como a él se le ocurre, pasa de repente por un período en el que pierde muchas cosas de las que gozaba hasta ese momento. Este proceso es inevitable e irreversible. Sucede porque Dios creó nuestro mundo como un lugar en donde vivir sólo por determinado período y lo hizo imperfecto para que sirva como recordatorio del Más Allá. La vie présente est comparable à une eau que Nous faisons descendre du ciel et qui se mélange à la végétation de la terre dont se nourrissent les hommes et les bêtes. Puis lorsque la terre prend sa parure et s'embellit, et que ses habitants pensent qu'elle est à leur entière disposition, Notre ordre lui vient, de nuit ou de jour: c'est alors que Nous la rendrons toute moissonnée, comme si elle n'avait pas été florissante la veille. Ainsi exposons-Nous les Signes pour des gens qui réfléchissent. (Surat Yunus: 24)
Lecciones a Ser Extraídas de las Celebridades de Edad Avanzada
Es inevitable convertirse en viejo. Nadie, sin excepción, puede escapar a ello, a menos que se muera antes. Pero el ver envejecer a estrellas del ambiente artístico impresiona más, pues se trata de gente a las que se las observa bastante de seguido. Ser testigo del envejecimiento de gente conocida por su fama, riqueza y belleza, seguramente sirve de recordatorio de lo breve y superficial de esta vida.
Todos los días podemos ver cientos de ejemplos de ello. Una persona saludable, inteligente y famosa, símbolo en algún momento del éxito y de la belleza, aparece un día en los periódicos, revistas y TV con una discapacidad mental o física. Este es el fin casi inevitable de todos. Pero las celebridades que ocupan un lugar especial en el recuerdo y que al avanzar en su edad pierden su encanto, excitan las emociones más profundamente. En las páginas que siguen vemos fotografías de algunos artistas muy conocidos. Cada uno de ellos es la más clara evidencia de que más allá de lo bello y exitoso que se pueda ser, el fin inevitable del hombre es la vejez.
La Muerte del Ser Humano
La vida se va segundo a segundo. ¿Somos concientes de que cada día que transcurre nos acercamos más a la muerte o que ésta se acerca más a nosotros? Todo lo que se presenta en la tierra está destinado a morir: Cada uno gustará la muerte. Luego, seréis devueltos a Nosotros. (Corán, 29:57). Sin excepción, una a una mueren todas las cosas que nacen. Hoy día nos resulta difícil recordar los rasgos de quienes murieron. Quienes ahora estamos en el mundo y quienes vendrán, moriremos sin excepción, pero la gente tiende a ver la muerte como un incidente improbable (por lo menos en lo inmediato).
Pensemos en un bebé que recién ha abierto los ojos al mundo y en una persona que está a punto de fallecer. Ni uno ni otro tiene influencia sobre su nacimiento o muerte. Sólo Dios posee el poder para dar el soplo de vida o arrebatar la existencia.
Todos viviremos cierta cantidad de días y luego moriremos. Dios nos relata en el Corán la actitud comúnmente exhibida hacia la muerte:
Di: “La muerte, de la que huís, os saldrá al encuentro. Luego, se os devolverá al Conocedor de lo oculto y de lo patente y ya os informará El de lo que hacíais (en la tierra)”. (Corán, 62:8).
Por lo general la gente evita pensar en la muerte. En el transcurrir de todos los días nos ocupamos más que nada de en qué colegio o facultad nos anotaremos, en dónde vamos a trabajar, qué color de ropa nos ponemos a la mañana, qué cocinar para el almuerzo, etc. Consideramos a la vida un proceso rutinario de esas cuestiones, en cierta medida menores. Los intentos de hablar de la muerte siempre son interrumpidos por quienes se molestan con dicho tema. Asumir que la muerte llegará más temprano o más tarde es algo que resulta desagradable de tratar para la gran mayoría. No obstante se debería tener presente que nunca está garantizado vivir incluso una hora más. Todos los días somos testigos del fallecimiento de gente en nuestro entorno, pero pensamos poco o nada en el día en que otros serán testigos de nuestra muerte. ¡Suponemos que eso a nosotros no nos va a pasar!
No obstante, cuando nos llega la muerte, todas las “realidades” de la vida se esfuman. Nadie que recuerde “los bellos días pasados” permanece en este mundo para siempre. Pensemos en todo lo que somos capaces de hacer: cerrar los ojos, movernos, hablar, reír, etc., son todas funciones corporales. Ahora pensemos en el estado y la forma que asumirá nuestro cuerpo después de morir.
Desde el momento de su última exhalación no será más que un “montón de carne”. El cuerpo, silencioso e inmóvil, irá a la morgue, donde se lo acondicionará por última vez, de allí se lo llevará en un ataúd a la tumba y luego será cubierto por la tierra. Ahí termina la historia y sólo queda nuestro nombre tallado en una lápida.
Durante los primeros meses nuestras tumbas serán visitadas con frecuencia y con el paso del tiempo disminuirán las visitas. Decenios después, no nos recordará prácticamente nadie.
Por otra parte, nuestros familiares cercanos experimentarán otra faceta de la muerte. La habitación y cama que usamos estarán vacías. Luego del funeral, se darán a quienes necesiten, más o menos enseguida, las ropas y otras cosas que nos pertenecían. Nuestros nombres serán dados de baja o borrados en los registros públicos. Durante los primeros meses algunos nos llorarán, pero el paso del tiempo “normalizará” todo. Cuatro o cinco decenios después puede ser que sean muy pocas las personas que nos recuerden. Llegarán las nuevas generaciones, ya no existirá nadie de la nuestra y el recuerdo que pueda quedar de nosotros no nos valdrá de nada.
Mientras sucede todo lo indicado, quienes fueron enterrados sufren un rápido proceso de descomposición. Enseguida proliferan microbios e insectos. Los gases que liberan esos pequeños organismos hincharán el cadáver a partir del abdomen, alterando su forma y apariencia. En la boca y en la nariz aparece espuma sanguinolenta debido a la presión de los gases sobre el diafragma. Al avanzar la descomposición se desprenden los cabellos, las uñas, las plantas de los pies y las palmas de las manos. Esa alteración de la parte externa del cadáver va acompañada del mismo proceso en los órganos internos como pulmones, corazón e hígado. Mientras tanto, la escena más horrible sucede en el abdomen: la piel ya no puede soportar la presión de los gases, estalla repentinamente y se produce una emanación con un olor repugnante e insoportable. El proceso de desprendimiento de los músculos comienza en el cráneo. La piel y los tejidos blandos se desgarran completamente. El cerebro se descompone y se lo empieza a ver como arcilla. Dicho proceso avanza hasta que el cadáver queda reducido a un esqueleto.
No existe ninguna posibilidad de volver a la vida que se tuvo. Nunca más será posible reunirse alrededor de la mesa con los miembros de la familia, concurrir a reuniones o disponer de un buen trabajo.
En resumen, el “montón de carne y huesos” al que identificamos con un nombre, enfrenta un final absolutamente desagradable. Por otra parte, la persona ―o mejor dicho, su alma― dejará el cuerpo apenas fallezca y lo que sirve de recordatorio de la parte física ―el cadáver― se volverá parte del suelo.
Pero, ¿cuál es la razón para que suceda todo esto?
Si Dios hubiese querido, el cuerpo nunca se hubiese descompuesto así. Ello lleva, en realidad, un mensaje muy importante.
El tremendo fin que le espera a nuestra parte física debería hacernos reconocer que la misma no es nuestra persona en sí, sino que ésta es el alma “metida” allí. En otras palabras, el ser humano tiene que reconocer que posee una existencia exterior a su cuerpo. Además, debería comprender que lo que muere es su físico, aunque se adhiera a ello como si fuese a permanecer siempre en este mundo, que de todos modos es temporal. Esa parte a la que se le da tanta importancia se descompondrá y será comida por los gusanos hasta quedar reducida a un esqueleto. Y el día en que se inicie ese proceso puede estar muy cerca.
A pesar de todas estas realidades, nuestro juicio nos lleva a no considerar o a desechar lo que no nos gusta o agrada. Incluso podemos llegar a negar la existencia de cosas a las que no queremos enfrentarnos. Y parece que esto se agudiza cuando de la muerte se trata. Sólo el funeral o el fallecimiento repentino de un familiar cercano nos hace ver la realidad. ¡Casi todos consideramos que la muerte aún está lejos y asumimos que otros, que mueren en un accidente o mientras duermen, son personas distintas a nosotros por lo que nunca atravesaremos dicha situación!
La gran mayoría de la gente piensa que es demasiado pronto para morir y que le quedan muchos años de vida.
Lo más probable es que quien muere camino al colegio o corriendo para ir a atender un negocio, comparta el mismo pensamiento. Probablemente nunca llegó a pensar que los periódicos del día siguiente publicarían la noticia de su fallecimiento. Incluso es posible que la mayoría de los que leen estas líneas no esperen fallecer apenas lo terminen de hacer o que nunca tengan en cuenta la posibilidad de que eso suceda. Quizás piensan que son muy jóvenes para irse de este mundo o que eso no sucederá porque aún tienen muchas cosas por hacer. Pero esos son subterfugios usados para no pensar en la muerte, aunque se traten de recursos vanos para escapar de la misma:
Di (tú, Muhammad): “No sacaréis nada con huir si es que pretendéis con ello no morir o que no os maten. De todas maneras, se os va a dejar gozar sólo por poco tiempo”. (Corán, 33:16)
El ser humano es creado solo, es decir, uno a uno, y debería ser consciente de que al morir también estará solo.
No obstante, mientras vive resulta casi un adicto a las posesiones, intentando tener cada vez más. Pero nadie se puede llevar a la tumba los bienes materiales y sacarles provecho. Quien sea, vino a este mundo como algo singular y parte de la misma manera, generalmente enterrado en un simple ropaje. Lo único que nos podemos llevar de aquí al morir es la creencia en Dios o la incredulidad.
La tentacion de los bienes mundanales
A lo largo de la vida nos proponemos una serie de objetivos: riqueza, posesiones, elevada consideración social, esposa e hijos. Lo mencionado es parte de las metas que la mayoría persigue y los planes y los esfuerzos se dirigen a cumplimentarlos. A pesar del hecho incontrastable de que todo tiende a avejentarse y a la extinción, casi nadie puede dejar de ligarse intensamente a distintas cosas. Pero el automóvil que un día es moderno, luego se convierte en antiguo. Debido a causas naturales, la rica tierra de una granja se vuelve árida. La persona bella pierde esa condición. Cada ser humano, cuando muere, deja todos los bienes que había acumulado. No obstante, aunque lo dicho se trata de verdades irrefutables, el hombre tiene una devoción incomprensible por las cosas de valor material.
Los que proceden así obcecadamente, comprobarán que consumieron sus vidas persiguiendo ilusiones y, después de la muerte, la situación ridícula en la que se hallarán. Recién en ese momento les quedará en claro que el propósito último de la vida es ser un sincero siervo de Dios.
En el Corán se habla de esta “profunda ligazón” a lo mundanal:
El amor de lo apetecible aparece a los hombres engalanado: las mujeres, los hijos varones, el oro y la plata por quintales colmados, los caballos de raza, los rebaños, los campos de cultivo… Eso es breve disfrute de la vida de acá. Pero Dios tiene junto a Sí un bello lugar de retorno. (Corán, 3:14).
Por lo general ocupamos nuestro tiempo en cosas de este mundo. Pero quienes reconocen la grandeza y el poder de Dios, son conscientes de que todo lo que se les concede es, simplemente, herramientas para obtener Su contento. En ese caso también comprenden que ser siervos de El es el objetivo principal. Pero las ambiciones nublan la visión, lo que lleva a perder la fe auténtica, la confianza en Dios y a esperar sólo grandes cosas en este mundo engañoso.
Resulta sorprendente que el ser humano olvide todo acerca del otro mundo, infinitamente superior como residencia, y que quede satisfecho con el que vive ahora. Aunque no se tenga una fe acabada, la más leve “probabilidad” del Más Allá debería hacer que, al menos, se asumiera una actitud más cuidadosa.
Los creyentes, por otra parte, son totalmente conscientes de que la otra vida de ninguna manera es una “probabilidad” sino una realidad, motivo por el cual todos sus esfuerzos apuntan a lograr el Paraíso. Comprenden perfectamente lo amargo que será el desengaño en el otro mundo después de haber consumido el tiempo acá en deseos vanos. Son concientes de que la riqueza acumulada bajo la forma de grandes cuentas bancarias, automóviles, mansiones lujosas, etc., no serán aceptadas para el rescate del castigo eterno. Por otra parte, ni los familiares ni los amigos más entrañables estarán presentes para salvarles de la congoja eterna. Sino que, cada alma intentará salvarse por sí misma. No obstante, la mayoría de la gente asume que esta vida no continúa en el Más Allá y abraza con gran codicia este mundo. Dice Dios:
El afán de lucro (o de superioridad) os distrae hasta la hora de la muerte. (Corán, 102:1-2)
La atracción por las posesiones mundanales es, sin duda, la clave de la prueba. Todo lo maravilloso de que disponemos es creado por Dios y dura relativamente muy poco. Lo hace así, para que pensemos y comparemos lo que se nos otorga en este mundo con lo prometido para el otro. Esta es “la clave” de la que hablamos. La vida terrenal es realmente magnífica. Totalmente colorida y atractiva, revela la gloria de la creación de Dios. Sin duda, llevar una buena vida y disfrutarla es algo deseable y se ruega al Todopoderoso por ello. No obstante, lo dicho no puede ser nunca el propósito último pues resulta mucho más importante obtener el contento de Dios y el Paraíso. Por lo tanto no deberíamos olvidarlo en tanto gozamos de los favores que recibimos aquí. Dios nos advierte acerca de esta cuestión:
Lo que habéis recibido no es más que breve disfrute de la vida de acá y ornato suyo. En cambio, lo que Dios tiene es mejor y más duradero. ¿Es que no razonáis? (Corán, 28:60).
El gran afecto por las cosas mundanales es una de las razones que nos lleva a olvidar la otra vida. Además, es importante recordar que nunca encontramos la felicidad auténtica, la paz interior y la satisfacción plena en las cosas materiales que abrazamos ávidamente o por las que trabajamos intensamente. A eso se debe que siempre haya deseos imposibles de satisfacer, pues las apetencias del ego nunca cesan y la búsqueda de “más y mejor” es permanente.
¿Existe en Este Mundo la Riqueza Auténtica?
La mayoría de la gente asume que puede convertir su existencia en perfecta si se lo propone. Y también cree que la sola posesión de bastante dinero permite una calidad de vida elevada, una familia feliz y una posición social admirable. Al pensar así están admitiendo claramente un error: olvidan o no les importa todo lo que tiene que ver con el Más Allá, pues sólo luchan por obtener las cosas de este mundo. Aunque teóricamente su principal propósito sea servir a Dios y agradecerle lo que les da, de lo único que se ocupan es de sus deseos vanos. Dios nos informa lo frívolo y engañoso que resulta ello:
¡Sabed que la vida de acá es juego, distracción y ornato, rivalidad en jactancia, afán de más hacienda, de más hijos! Es como un chaparrón: la vegetación resultante alegra a los sembradores, pero luego se marchita y ves que amarillea; luego, se convierte en paja seca. En la otra vida habrá castigo severo o perdón y satisfacción de Dios, mientras que la vida de acá no es más que falaz disfrute. (Corán, 57:20).
El principal error de la gente que entiende que nunca perderá su riqueza es no creer en el Más Allá o considerarlo una posibilidad remota. El orgullo hace evadir la sumisión a Dios y desconocer Sus promesas. Se nos relata cuál es el fin de personas así:
Quienes no cuentan con encontrarnos y prefieren la vida de acá, hallando en ella quietud, así como quienes se despreocupan de Nuestros signos, tendrán el Fuego como morada por lo que han cometido. (Corán, 10:7-8).
La historia da testimonio de bastante gente con esa mentalidad. Reyes, emperadores y faraones creyeron que podían asegurarse la inmortalidad por medio de la inmensa riqueza de la que disponían. Parece que nunca se les ocurrió que hay algo más valioso que el poder y la opulencia material. Esa forma de pensar equivocada hizo caer en el error a sus súbditos, impresionados por esos factores de supuesta superioridad. De cualquier manera, los incrédulos enfrentaron y enfrentan un fin terrible:
¿Creen que, al proveerles de hacienda y de hijos varones, estamos anticipándoles las cosas buenas (los bienes de la otra vida)? No, no se dan cuenta. (Corán, 23:55-56).
¡No te maravilles de su hacienda ni de sus hijos! Dios sólo quiere con ello castigarles en la vida de acá y que exhalen su último suspiro siendo infieles. (Corán, 9:55).
Sucede que esa gente no tiene en cuenta un punto crucial: toda la riqueza y eso a lo que se considera muy importante, pertenece a Dios, el real Propietario. Y El decide a quién y por cuánto tiempo otorga algunas de sus posesiones infinitas. En consecuencia resulta lógico que agradezcamos a Dios lo que nos brinda y que seamos Sus servidores leales. Debe recordarse, asimismo, que nadie puede poner límites a lo que Dios concede. Del mismo modo, una vez que alguien es privado de bienes, nadie más que Dios puede proveerlo. Es así como El pone a prueba a Su pueblo. Y quienes olvidan a Su creador y el Día del Juicio, no prestan ninguna atención a esto:
Dios dispensa el sustento a quien El quiere: a unos con largueza a otros con mesura. Se han regocijado en la vida de acá y la vida de acá no es, comparada con la otra, sino breve disfrute… (Corán, 13:26).
¿Son Importantes en el Mundo la Riqueza y la Posición Social?
La mayoría de la gente piensa que en este mundo se puede alcanzar perfectamente una vida esplendorosa, lo que sugiere que, por medio de alguna herramienta, se podría encontrar la felicidad auténtica, que duraría para siempre. Pero la verdad es otra: no podemos lograr la vida que soñamos si olvidamos a nuestro Creador y el Día del Juicio. Lo que generalmente hacemos es buscar algo y una vez conseguido repetir el proceso hasta que nos invade la incapacidad. Por ejemplo, alguien no contento con la inmensa ganancia generada en un negocio, se embarca en otro emprendimiento y así sucesivamente para aumentar la fortuna. Esa persona no disfruta la vivienda nueva que tiene porque la del vecino está decorada más artísticamente o porque la suya tiene un diseño que ya no está de moda. De la misma manera, debido a que los gustos y las modas cambian muy de seguido, no se disfruta del guardarropa que se tiene y se sueña con otro más sofisticado. Dios explica claramente la psicología del incrédulo:
¡Déjame solo con Mi criatura, a quien he dado una gran hacienda, e hijos varones que están presentes! Todo se lo he facilitado pero aún anhela que le dé más. (Corán, 74:11-15).
Una persona en sus cabales y que comprende las cosas con claridad, debería reconocer que quienes adquieren mansiones con más habitaciones que las personas que las ocupan, automóviles lujosos o vestidores fabulosos, son sólo capaces de usar una parte limitada de esas posesiones. Aunque se tuviese la mansión más grande del mundo, ¿sería posible disfrutar todas sus partes a la vez? Si se dispone de un vestidor con ropa de alta costura, ¿cuánta de ella podría usarse plenamente? El propietario de esas cosas es una entidad limitada en términos de tiempo y espacio y sólo puede gozar una de ellas a la vez. Si a alguien se le ofrece todos los platos deliciosos de un restaurant famoso, su estómago no podrá recibir más que algunos. Y si intenta comer más, sufrirá debido a la ingesta abusiva y no gozará de lo comido.
Se puede agregar más ejemplos como los dados pero lo que hay que destacar es que tenemos un período absolutamente limitado de vida como para poder gozar todas las delicias que nos puede proveer la riqueza. Aunque marchamos rápidamente hacia la muerte, difícilmente lo reconocemos durante la vida y creemos que los bienes que poseemos nos proporcionarán una existencia eterna:
(¡Ay de todo aquél… que amase hacienda y la cuente una y otra vez,) creyendo que su hacienda le hará inmortal! (Corán, 104:3).
Dicha gente queda tan fascinada por todo lo que le permite la riqueza material, que cuando deba enfrentar el tremendo momento del Día del juicio, intentará escapar del castigo renunciando a todo lo acumulado:
Les será dado verles. El pecador querrá librarse del castigo de ese día ofreciendo como rescate a sus hijos varones, a su compañera, a su hermano, al clan que le cobijó, a todos los de la tierra. Eso le salvaría. ¡No! Será una hoguera, (Corán, 70:11-15).
Pero también es cierto que algunas personas son conscientes de que la riqueza, la prosperidad y la gran fortuna están bajo el control de Dios. Por eso comprenden que la buena posición social o jerarquía mundanal son ridículas, pues no son ninguna garantía de la salvación en el otro mundo. Por lo tanto prefieren apartarse de las actitudes ególatras, arrogantes y ostentosas, mostrándose humildes. Quienes confían en su Señor tienen como principal objetivo servirle y son concientes de que sólo pueden beneficiarse de los bienes mundanales por un limitado período de tiempo, ya que pierden todo valor frente a la abundancia eterna prometida. Y puesto que nunca olvidan la presencia de Dios Todopoderoso y Le agradecen lo que les da, El les reserva una vida confortable y honorable. A gente que procede con este entendimiento, la riqueza nunca las esclaviza, las ciega o las ata a este mundo. Por el contrario, aumenta su agradecimiento y cercanía a El. Tratan todo y a todos como corresponde, buscando siempre el deleite de Dios. Debido a que son concientes de lo que significa la buena posición frente a Dios, buscan hacer suyos los valores coránicos antes que el placer mundanal. Las características del profeta Salomón (P) sirven de ejemplo de lo que debe perseguir un creyente auténtico. Aunque Salomón (P) era dueño de una gran fortuna y una persona con mucho peso social, expresó claramente a qué llevaba el uso inadecuado de su considerable patrimonio:
Y dijo (Salomón): “Por amor a los bienes he descuidado el recuerdo de mi Señor hasta que se ha escondido (el sol) tras el velo (de la noche). (Corán, 38:32).
El no poder reconocer para qué son creados los bienes de este mundo, lleva a muchos a olvidar que los podrán usar menos de cien años, para luego tener que dejarlos, igual que a sus familiares. No piensan o no se acuerdan que serán enterrados solos y en consecuencia codician lo que no podrán gozar para siempre.
Quienes consideran que la hacienda es la salvadora y rechazan la existencia de su Creador, padecen problemas en este mundo y sufren una gran amargura en el otro:
A quienes no crean, ni su hacienda ni sus hijos les servirán de nada frente a Dios. Esos (es decir, los incrédulos) servirán de combustible para el Fuego. (Corán, 3:10).
El Corán anuncia cuál es el fin de quienes demuestran una avidez insaciable por la posesión de bienes materiales:
(¡Ay de todo aquél) que amase hacienda y la cuente una y otra vez, creyendo que su hacienda le hará inmortal! ¡No! ¡Será precipitado, ciertamente, en la hutama! Y ¿cómo sabrás qué es la hutama? Es el fuego de Dios, encendido, que llega hasta las entrañas. Se cerrará sobre ellos en extensas columnas. (Corán, 104:2-9).
La verdadera opulencia la obtienen los creyentes que nunca demuestran un interés enloquecido por las cosas mundanales, convencidos de que es Dios quien otorga todo al ser humano y que la existencia dura setenta años o un poco más. Esos son los que buscan con sinceridad el Paraíso para la vida eterna. Prefieren lo valioso permanente en vez de los tesoros temporarios. Dios nos informa de esto:
Dios ha comprado a los creyentes sus personas y su hacienda, ofreciéndoles, a cambio, el Jardín. Combaten por Dios: matan o les matan. Es una promesa que Le obliga, verdad, contenida en la Torá, en el Evangelio, y en el Corán. Y ¿quién respeta mejor su alianza que Dios? ¡Regocijaos por el trato que habéis cerrado con El! ¡Ese es el éxito grandioso! (Corán, 9:111).
Los que hacen caso omiso de estas realidades y se “prenden” al mundo, comprenderán rápidamente quiénes son los que en la práctica están en el sendero recto.
El Matrimonio
El matrimonio se considera un punto de inflexión importante en la vida. Cada joven busca reunirse con la persona que le gusta. Un buen consorte es un gran objetivo y la juventud inteligente está bastante “adoctrinada” sobre la importancia de encontrarlo. Pero en las sociedades ignorantes las premisas son otras y las relaciones entre hombres y mujeres se basan en fundamentos defectuosos. Es decir, no se acepta la forma de vida ordenada por Dios: las “amistades” son relaciones románticas en la que ambos sexos buscan la satisfacción emocional. Los matrimonios se basan, por lo común, en el mutuo beneficio material. Muchas mujeres buscan al hombre “próspero” para lograr un excelente pasar. En función de ello, una joven puede aceptar ser durante bastante tiempo la esposa de alguien por quien no siente ningún afecto. El hombre, por su parte, busca muy a menudo a la “buena moza”, a la “bella”.
El razonamiento en la sociedad de la ignorancia rechaza un hecho crucial: todos los valores o bienes materiales están condenados a desaparecer en su momento y Dios puede retirar la fortuna de quien quiera cuando quiera. De la misma manera, en unos pocos segundos puede hacer perder el buen aspecto de quien sea, puede desbaratar mediante un accidente la rutina diaria de cualquiera y dejarle deformada alguna parte del cuerpo. Por otra parte, el tiempo se ocupa de hacer decaer la salud, la fortaleza y la belleza. Frente a tales situaciones, ¿de qué vale un sistema basado en réditos puramente materialistas? Por ejemplo, pensemos en un hombre que se casa con una mujer llevado únicamente por su buen aspecto. ¿Cuál será su actitud si en un accidente ella queda muy afeada? ¿La abandonará cuando las arrugas empiecen a invadirle el rostro? Las respuestas revelan el fundamento irracional del pensamiento materialista.
Un matrimonio es valioso cuando se lo realiza para obtener el contento de Dios. De otro modo se convierte en un peso en éste y en el otro mundo. Quien no comprende en esta vida lo que es correcto para el alma humana, lo comprenderá en la próxima, pero entonces ya será demasiado tarde para arrepentirse, tomar conciencia. El Día del Juicio la persona equivocada querrá dar a su cónyuge ―con quien se sentía tan ligado― como rescate para su propia salvación. El terror de ese día transformará todas las relaciones de este mundo en algo sin sentido. Dios da detalle del trato entre los miembros cercanos de la familia el Día del Juicio:
(A los infieles) les será dado verles. El pecador querrá librarse del castigo de ese día ofreciendo como rescate a sus hijos varones, a su compañera (es decir, a su esposa), a su hermano, al clan que le cobijó, (Corán, 70:11-13).
Teniendo en cuenta el versículo, resulta evidente que el individuo ya no dará ninguna importancia al cónyuge, a los hermanos, amigos u otras personas el Día del Juicio.
Desesperado por salvarse, deseará entregar como rescate a sus familiares o parientes cercanos. Gente así se maldecirá mutuamente porque ninguna advirtió a las demás de ese día terrible. En el Corán se relata el caso de Abu Lahab ―quien mereció el castigo eterno en el fuego― y su esposa:
¡Perezcan las manos de Abu Lahab! ¡Perezca él (todo)! Ni su hacienda ni sus adquisiciones le servirán de nada. Arderá en un fuego llameante, así como su mujer, la acarreadora de leña, a su cuello una cuerda de fibras (de palma). (Corán, 111:1-5).
En el tipo de matrimonio aceptable para Dios existen criterios muy distintos a los que sustentan los ávidos de grandes fortunas. Para obtener el agrado de su Señor no recurren al dinero, a la fama o a la belleza. Su único criterio válido es la taqwa, es decir, “el respeto reverencial a Dios, eludir todo lo que El prohibió y cumplir todo lo que El ordenó”. En consecuencia, un creyente sólo puede casarse con quien exhiba una lealtad cabal a su Señor. Un matrimonio así vive en paz y feliz. Dice un versículo al respecto:
Y entre Sus signos está el haberos creado esposas nacidas entre vosotros, para que os sirvan de quietud, y el haber suscitado entre vosotros (es decir, las parejas) el afecto y la bondad. Ciertamente hay en ello signos para gente que reflexiona. (Corán, 30:21).
A quienes consideran la taqwa su único criterio de vida, seguramente les resultará muy agradable el otro mundo. Los creyentes que se recomiendan y guían mutuamente para actuar con rectitud y alcanzar el Paraíso, también serán amigos eternamente. El Corán describe esta relación:
Pero los creyentes y las creyentes son amigos unos de otros. Ordenan lo que está bien y prohíben lo que está mal. Hacen la oración, dan la limosna y obedecen a Dios y a Su Enviado. De ésos se apiadará Dios. Dios es poderoso, sabio. (Corán, 9:71).
Los Hijos
Una de las mayores ambiciones de la humanidad es dejar hijos que porten el apellido de la familia. Sin embargo, si no se lo hace buscando el deleite de Dios, ese afán bien puede ser un factor que saque al individuo de Su sendero. En definitiva, todos somos probados con nuestros hijos y lo correcto es tratarlos de tal manera que Dios acepte nuestra conducta:
Vuestra hacienda y vuestros hijos no son más que tentación, mientras que Dios tiene junto a Sí una magnífica recompensa. (Corán, 64:15).
En el versículo es muy importante el término traducido como “tentación”. Para muchos una de las cosas principales es tener descendencia. Pero en el sentido coránico el creyente sólo la quiere con el objeto de obtener la complacencia de Dios. De no ser así, es decir, si la buscamos sólo para satisfacer nuestros deseos, significa adscribir socios a Dios. El Corán nos habla de ello:
El es Quien os ha creado de una sola persona (Adán), de la que ha sacado a su cónyuge (Eva) para que encuentre quietud en ella. Cuando yació con ella, ésta llevó una carga ligera (el comienzo del embarazo), con la que iba de acá para allá; pero cuando se sintió pesada, invocaron ambos a Dios, su Señor: “Si nos das un hijo bueno, seremos, ciertamente, de los agradecidos”. Pero, cuando les dio uno bueno, pusieron a Dios asociados en lo que El les había dado. ¡Y Dios está por encima de lo que le asocian! ¿Le asocian dioses que no crean nada ―antes bien, ellos mismos han sido creados―…? (Corán, 7:189-191).
Los profetas citados en el Corán sólo buscaban complacer a Dios cuando le pedían hijos. Un ejemplo de ello lo da la mujer de Imran:
Cuando la mujer de Imran (la abuela materna de Jesús) dijo: “¡Señor! Te ofrezco en voto, a Tu exclusivo servicio, lo que hay en mi seno. ¡Acéptamelo! Tú eres Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe”. (Corán, 3:35).
El ruego del profeta Abraham (P) también establece un ejemplo para todos los creyentes:
¡Y haz, Señor, que nos sometamos a Ti, haz de nuestra descendencia una comunidad sumisa a Ti, muéstranos nuestros ritos y vuélvete a nosotros! ¡Tú eres, ciertamente, el Indulgente el Misericordioso! (Corán, 2:128).
En el versículo, el pedido sobre las características de la descendencia es una forma de pedir el favor de Dios, una forma de adorar a Dios. Pero si la intención es otra, se puede sufrir graves consecuencias en este y en el otro mundo. Los creyentes reconocen a los hijos como individuos que Dios les ha confiado. En consecuencia, no cabe el engreimiento por el éxito o la inteligencia de los mismos pues es Dios quien les concedió esas aptitudes. La jactancia por los dones que exhiben, es simplemente un acto de extravío.
La arrogancia tiene consecuencias muy serias en el Más Allá. El infatuado querrá pagar su salvación el Día del Juicio entregando a los hijos, a la esposa o a los familiares cercanos. El deseo de evitar el castigo horroroso lleva a abandonar enseguida a los seres queridos. No obstante, ante el tribunal de Dios el reo no podrá escapar del terrible final que le espera.
En la sociedad de la ignorancia los hijos se convierten en fuente de muchos problemas no sólo en el Más Allá sino también aquí. Desde que nacen entrañan pesadas responsabilidades y es una experiencia especialmente difícil para las madres. Al saberse embarazadas deben cambiar su estilo de vida y reordenar sus prioridades para poner la atención principal en lo que llevan en el vientre. Deben modificar los hábitos de comer, el modo de dormir, es decir, todo lo que tiene que ver con el comportamiento diario. Ante la cercanía del parto les resultan difíciles hasta los movimientos más comunes. Pero las mayores dificultades comienzan luego del nacimiento de la criatura. Esta insume casi todo su tiempo y esperan que el bebé crezca para que les deje más horas libres con el objeto de invertirlas en otras cosas. Pero en verdad, los años pasan más rápido de lo que parece.
Si lo hecho en ese tiempo por la madre es para alegría de Dios, se lo puede considerar como una forma de adoración a El. De lo contrario, como sucede con frecuencia en las sociedades alejadas de las normas religiosas, se sufre distintos tipos de desengaños pues la descendencia desarrolla una personalidad egoísta, propia del medio en el que vive. Los chicos sólo muestran interés por sus padres si ello les aporta algún beneficio, en tanto que éstos se dan cuenta de eso demasiado tarde, es decir, cuando aparecen los problemas que acarrea el envejecimiento. De manera opuesta a lo que esperaban, es decir, que cuando sus hijos sean grandes les ayuden en todos sus requerimientos propios de la edad avanzada, se encuentran con que se desentienden de ellos o los meten en un geriátrico.
Dios presenta en el Corán a los creyentes como personas responsables y misericordiosas con sus padres, especialmente si son ancianos:
Tu Señor ha decretado que no debéis servir sino a El y que debéis ser buenos con vuestros padres. Si uno de ellos o ambos envejecen en tu casa, no les digas: “¡Uf!” y trates con antipatía, sino que sé cariñoso con ellos. Por piedad, muéstrate deferente con ellos y di: “¡Señor, ten misericordia de ellos como ellos la tuvieron cuando me educaron siendo niño!”. (Corán, 17:23-24).
Como podemos comprender de estos versículos, es honorable criar a los hijos a la luz de los valores coránicos. Pero si los padres incrédulos crían a los suyos con los preceptos de la sociedad de la ignorancia, el esfuerzo que hagan no tendrá sentido ni en este mundo ni en el otro. Y si los hijos rechazan las enseñanzas coránicas, los padres se ganan, de todos modos, el contento de Dios. Y no hay ningún protector o auxiliador fuera de El.
Por otra parte, los que buscan que los hijos les faciliten los beneficios mundanales, no serán auxiliados ni aquí ni en el Más Allá:
Ese día (es decir, el día del Juicio), cada cual tendrá bastante consigo mismo. (Corán, 80:37).
Como dijimos antes, el ser humano es creado solamente para servir a su Creador. Todo lo que le rodea y su vida, existen con el único objetivo de ponerlo a prueba. Nada más que sus obras serán juzgadas después de morir y de acuerdo al resultado será premiado con el Paraíso o condenado al Infierno. En resumen, a la persona no se la valora por su riqueza, belleza o cantidad de hijos, sino por su taqwa, es decir, su respeto reverencial a Dios:
Ni vuestra hacienda ni vuestros hijos podrán acercaros bien a Nosotros. Sólo quienes crean y obren bien recibirán una retribución doble por sus obras y morarán seguros en las cámaras altas (del Paraíso). (Corán, 34:37).
A quienes no crean, ni su hacienda ni sus hijos les servirán de nada frente a Dios. Esos tales morarán en el Fuego eternamente. (Corán, 3:116).
Ni su hacienda ni sus hijos les servirían de nada frente a Dios. Esos tales morarán en el Fuego eternamente. (Corán, 58:17).
Los peligros y los desastres naturales
Al mundo se lo puede calificar distintamente pero no como apacible. Y nosotros somos vulnerables a sus cataclismos naturales y a las perturbaciones del espacio exterior, como la lluvia de meteoritos y asteroides. Si bien la atmósfera que rodea a la Tierra es una protección frente a estos últimos elementos, ninguna parte del planeta es inmune a los efectos de otros meteoros, como los rayos, las tormentas o los huracanes. Del mismo modo, el centro de la Tierra, invisible a nuestros ojos, está constituido de elementos fundidos que podrían dañarnos o destruirnos y no sería exagerado llamarlo “un núcleo llameante”.
Los peligros naturales pueden golpear en cualquier momento y provocar considerables pérdidas de vidas y bienes. Las tormentas, las descargas eléctricas, los incendios forestales, la lluvia ácida y los maremotos, cuyos efectos por lo general denominamos “desastres naturales”, tienen distintas intensidades y alcance. El denominador común de los mismos es que en un momento determinado pueden dejar en ruinas una ciudad con todos sus habitantes. Pero más importante aún, es que el ser humano resulta incapaz de evitar o combatir esa consecuencia.
Todas las catástrofes provocan grandes destrucciones en el planeta. Pero sólo afectan una región en particular gracias al equilibrio que existe en la naturaleza, creación de Dios. La Tierra dispone de sistemas protectores significativos para todo lo viviente. De todos modos, siempre acecha la posibilidad de un desastre natural devastador. Dios crea esos cataclismos para mostrarnos que nuestro habitat no es siempre un lugar seguro. Esos arrebatos de la naturaleza son recordatorios para toda la humanidad de nuestra incapacidad para controlar todo lo que le acaece al planeta, así como de nuestra debilidad inherente. Seguramente son advertencias para quienes meditan sobre ello y sacan conclusiones de lo que experimentan otros.
¿Qué otras lecciones deberíamos aprender de los desastres naturales?
El mundo fue creado especialmente para el ser humano y la razón de la creación de éste se evidencia en un versículo:
El es Quien ha creado los cielos y la tierra en seis días, teniendo Su Trono en el agua, para probaros, para ver quien de vosotros es el que mejor se comporta… (Corán, 11:7).
La “escena” para dicha “prueba” es algo completamente elaborado y cada suceso es un componente del sofisticado medio circundante. Por otra parte, ningún fenómeno natural ocurre azarosamente sino que todos tienen una explicación científica. Por ejemplo, la fuerza de gravedad dilucida porqué no somos arrastrados al espacio; la lluvia se produce cuando el vapor de agua aumenta su densidad hasta cierto punto. El mismo tipo de causalidad es válido para la muerte, los accidentes o los desastres. Se pueden enumerar muchas causas que hacen a la muerte, a las enfermedades o a los accidentes que sufre una persona. Pero lo que realmente importa es la “precisión” del sistema que motiva cada uno de esos sucesos, la entidad que posee y un aspecto particular del mismo. Dicha particularidad es que cada incidente tiene lugar de una manera que la mente humana lo puede comprender plenamente, más tarde o más temprano.
Por medio de los desastres naturales Dios advierte a los seres humanos. Por ejemplo, un terremoto mata a miles de individuos y deja muchos más heridos. Quienes no prestan atención a las advertencias de Dios son proclives a explicar los acontecimientos de ese tipo como fenómenos “naturales” y comprenden poco o nada que Dios los creó con propósitos específicos. ¿Qué sucedería si al producirse un terremoto sólo murieran los que Dios considera grandes pecadores? En ese caso no se establecería el fundamento apropiado para “probar” a la humanidad. Es por eso que Dios crea cada fenómeno en un escenario “natural”. Sólo los conscientes de la existencia de Dios y con una profunda comprensión de Su creación entienden la racionalidad divina detrás de eso que se presenta como “natural”.
En el versículo que dice, Cada uno gustará la muerte. Os probamos tentándoos con el mal y con el bien. Y a Nosotros seréis devueltos. (Corán, 21:35), Dios comunica que nos examina a través de los sucesos benignos y malignos. El enigma de esta prueba es saber cuántos serán afectados por un desastre. No deberíamos olvidar nunca que Dios es el Juez Omnisciente y que …Se decidirá entre ellos según justicia… (Corán, 39:75).
Todo lo que le sucede a una persona en este mundo es parte de la prueba. Los verdaderos creyentes comprenden la esencia de dicho enigma. Frente a cualquier desgracia que les acontece, se vuelven a Dios y se arrepienten. Son Sus siervos, conscientes de Su promesa:
Vamos a probaros con algo de miedo, de hambre, de pérdida de vuestra hacienda, de vuestra vida, de vuestros frutos. ¡Pero anuncia buenas nuevas a los que tienen paciencia, que cuando les acaece una desgracia, dicen: “Somos de Dios y a El volvemos”! Ellos reciben las bendiciones y la misericordia de su Señor. Ellos son los que están en la buena dirección. (Corán, 2:155-157).
Como se dice en el versículo, todos ―creyentes e incrédulos― son probados de muchas maneras: por medio de desastres naturales, por acontecimientos en la rutina diaria, con una enfermedad o un accidente. Desgracias de este tipo golpean individual y socialmente y provocan pérdidas materiales y sufrimientos espirituales. La persona rica puede perder todo lo que tiene, una chica buena moza puede quedar deformada en un accidente, una ciudad quedar reducida a ruinas por un terremoto. Se trata de claras demostraciones de cómo, en cualquier momento, distintas circunstancias pueden alterar nuestras existencias.
La gente debería sacar lecciones de esto que decimos. No cabe la menor duda de que Dios no crea nada sin algún objetivo y cada catástrofe persigue el propósito de salvarnos de la petulancia. Además, Dios dice en el Corán que sin Su permiso nada puede ocurrir:
No sucede ninguna desgracia si Dios no lo permite. El dirige el corazón de quien cree en Dios. Dios es omnisciente. (Corán, 64:11).
Nadie puede morir sino con permiso de Dios y según el plazo fijado. A quien quiera la recompensa de la vida de acá, le daremos de ella. Y a quien quiera la recompensa de la otra vida, le daremos de ella. Y retribuiremos a los agradecidos. (Corán, 3:145).
Otra lección que debemos extraer es que aunque nos creamos poderosos, somos débiles y realmente no tenemos la fuerza para enfrentarnos con las catástrofes, que suceden cuando Dios desea. Sin el permiso de El somos incapaces de ayudar a otros y protegernos nosotros, pues es Dios, Omnipotente, Quien permite todo:
Si Dios te aflige con una desgracia, nadie más que El podrá retirarla. Si te favorece con un bien… El es omnipotente. (Corán, 6:17).
En este capítulo haremos un relato abarcador de desastres que afectan nuestro planeta. El propósito es recordar a la gente que no se debe atar ciegamente a este mundo. Las innumerables situaciones de desasosiego e impotencia que vivimos nos indican la necesidad de la ayuda y guía de Dios. Como se dice en un versículo, …No tenéis, fuera de Dios, amigo ni auxiliar. (Corán, 29:22).
Los Terremotos
Se trata de una de las fuerzas naturales más devastadoras del planeta y que causa mayor cantidad de pérdidas humanas. Las investigaciones revelan que alguna parte de la tierra se resquebraja o cruje cada dos minutos. Según las estadísticas, tiembla millares de veces por año. Término medio se producen unas 300 mil trepidaciones de baja intensidad, casi imperceptibles, que no provocan ningún daño. Otras 20 son convulsiones de gran magnitud y debido a que golpean en zonas poco pobladas, producen pocos decesos y pérdidas económicas. Sólo 5 de esos estremecimientos reducen los edificios a montones de escombros.
Esta información deja en claro que los sismos que afectan a las personas son infrecuentes. Sin duda, se trata de una protección especial de Dios.
Actualmente los terremotos afectan sólo alguna ciudad o provincia. Pero en cualquier momento se puede producir uno que dañe todo el mundo y termine con la vida en el planeta, pues éste es totalmente vulnerable a los movimientos repentinos o ruptura de grandes masas de roca dentro de la corteza de la tierra o sobre el manto. Ello causaría catástrofes ineludibles.
El terremoto no tiene ninguna relación con el tipo de suelo, pero éste incide en la amplificación de las ondas sísmicas que viajan por él. Un terremoto puede ocurrir incluso cuando no existan condiciones naturales para ello. Si Dios desea, ese estremecimiento puede suceder en cualquier momento y El crea la inestabilidad y la inseguridad en algunas partes de la Tierra. Esto es así, para que recordemos que cuando menos lo esperamos un episodio de esos puede poner en peligro nuestras vidas. Dios advierte en el Corán sobre una posible calamidad:
Quienes han tramado males ¿están, pues, a salvo de que Dios haga que la tierra los trague, o de que el castigo les alcance por donde no lo presientan, o de que les sorprenda en plena actividad sin que puedan escapar, o de que les sorprenda atemorizados?... (Corán, 16:45-47).
Los terremotos que sacuden la Tierra durante unos segundos, pueden durar horas e incluso días. Mientras nos recuperamos de un golpe de esos podemos sufrir otro. Seguramente ello es fácil para Dios. Sin embargo, por Su misericordia, nos protege a la vez que nos recuerda, cada tanto, que prácticamente no tenemos ningún control sobre nuestras vidas.
Sería beneficioso acordarnos de un gran terremoto que tuvo lugar en el siglo XX.
Kobe: La Tecnología Derrotada
El avanzado nivel de la ciencia y de la tecnología en la actualidad, hace sentir a muchos que el ser humano controla la naturaleza. Pero los que piensan así pueden sufrir un gran desengaño. La tecnología es una herramienta que Dios pone a nuestro servicio y que está totalmente bajo Su control. Distintos sucesos muestran que hasta la más avanzada es impotente para gobernar la naturaleza.
Por ejemplo, aunque los científicos japoneses desarrollaron una “tecnología a prueba de terremotos”, Kobe fue víctima del desplome de una inmensa parte de la ciudad debido a una sacudida intensa durante veinte segundos en 1995. Las estructuras edilicias más resistentes del mundo a los temblores colapsaron frente a uno de magnitud 6,9. Los japoneses habían invertido durante tres décadas 40 mil billones de dólares en investigaciones académicas para desarrollar un sistema de advertencia temprana, de modo que se pueda reducir el efecto destructor de los sismos. Kobe es un ejemplo reciente, entre muchos otros, de lo inesperados y arrasadores que resultan en una sociedad moderna industrializada.
A la gente se le aseguró que la tecnología moderna para predecir grandes terremotos le salvaría de la destrucción completa. Pero después del desastre que hizo de Kobe un cúmulo de desechos, quedó en claro que no se disponía de los mecanismos que alertasen convenientemente del peligro. También quedó en claro que las llamadas “estructuras resistentes a los terremotos” no cumplieron su papel, para nada, frente al cataclismo, cuyo epicentro se ubicó a 15 millas (24 kilómetros) al sudoeste del centro de la ciudad.
La región afectada incluyó a las populosas ciudades de Kobe y Osaka. A eso se debe el aterrador daño ocurrido, es decir, 5.200 muertos y 300 mil heridos. El perjuicio económico total se valuó en 200 mil millones de dólares.3
Es factible extraer lecciones de un desastre como el relatado. Los habitantes de las ciudades mencionadas, acostumbrados a una forma de vida confortable, fueron confrontados repentinamente con bastas penalidades después de la hecatombe. En un estado de conmoción, no atinaban a trazarse planes para el futuro.
Tifones, Huracanes, Tornados…
Les typhons, les ouragans et les tornades sont des désastres naturels éprouvant fréquemment les êtres humains. Ils raflent plusieurs milliers de vies chaque année. Il s'agit de vents très violents, pouvant causer de gros dommages aux habitations, tuant ou blessant leurs habitants, précipitant au sol des milliers d'arbres, de cabanes, de poteaux téléphoniques, retournant des voitures et même charriant des immeubles sur des kilomètres.
Les grands typhons engendrent des vagues gigantesques prenant naissance profondément dans la mer, et certaines d'entre elles peuvent déferler vers les côtes à des vitesses de plusieurs centaines de kilomètres-heure. Des régions côtières vont être ainsi frappées, et cette eau ajoutée à celle provenant de pluies abondantes va provoquer des inondations, notamment dans les deltas.
Los tifones, los huracanes y los tornados son desastres naturales que la gente experimenta con frecuencia. A consecuencia de los mismos se pierden miles de vidas cada año. Los fuertes vientos también arrancan miles de árboles, cabañas y postes telefónicos, o arrasan con automóviles y edificios, a lo largo de varios kilómetros.
Los grandes tifones, en particular, pueden provocar olas gigantes que se elevan repentinamente desde el lecho marino. La poderosa tormenta las envía contra la costa a cientos de millas (o kilómetros) por hora a lo largo de la masa de agua. En ese caso se anega tierra firme y las intensas lluvias que acompañan ese proceso provocan serias inundaciones en las desembocaduras de los ríos y en las zonas bajas.
La transformación de las brisas suaves en tormentas poderosas capaces de hacer volar construcciones completas o parte de las mismas, nos obliga, sin duda, a interrogarnos acerca de la fuerza descomunal que hace posible eso. La misma exposición razonada hecha para lo que tiene que ver con los terremotos, es válida para los huracanes, tifones y tornados. Si Dios lo desease, los desastres naturales mencionados caerían sobre nosotros uno tras otro, muy de seguido, sin darnos tiempo a recuperarnos. Dios nos revela en el Corán que los vientos están bajo Su control:
¿Estáis a salvo de que Quien está en el cielo haga que la tierra os trague? He aquí que tiembla (la tierra). ¿O estáis a salvo de que Quien está en el cielo envíe contra vosotros una tempestad de arena? Entonces veréis cómo era Mi advertencia… (Corán, 67:16-17).
Pero Dios nos protege de esas acechanzas. Sólo ocasionalmente deja que alguna de ellas nos golpee. Seguramente ello nos debe servir de advertencia. La intención es recordarnos que el propósito último de nuestra existencia es ser siervos de Dios, que somos impotentes frente a Su poder y que se nos evaluará el Día del Juicio.
Los Volcanes
Las erupciones volcánicas son otra forma espectacular de desastre natural. En el mundo hay mil quinientos volcanes activos. 550 de ellos4 se encuentran en la superficie de la tierra y el resto en los lechos marítimos. Pueden estallar en cualquier momento de modo extremadamente destructor, imposible de anticipar, y barrer con habitantes y cosechas para luego cubrir con cenizas grandes áreas.
Algunas de estas catástrofes que tuvieron lugar en el siglo XX, dejaron marcas imborrables al hacer desaparecer del mapa ciudades enteras, produciendo un sinnúmero de víctimas mortales.
De las erupciones volcánicas ocurridas se deben extraer ciertas lecciones. Por ejemplo, el Monte Vesubio de Italia enterró a la ciudad de Pompeya bajo un vendaval de lava ardiente. Sus residentes llevaban una vida totalmente pervertida. Es llamativo que 20 mil personas de esa próspera localidad fuesen asfixiadas por el flujo ígneo que cubrió la zona el 24 de agosto del año 79.
Los volcanes dormidos de nuestros días pueden erupcionar abruptamente y arrojar humo y cenizas a miles de pies (o metros) en el aire, en tanto que la corriente de lava arrasará todo lo que encuentre en su recorrido. Otro efecto adverso de las erupciones es las peligrosas nubes de gases y cenizas que el viento llevaría a otras áreas, a la pasmosa velocidad de 90 millas por hora (144 kilómetros por hora), incendiando todo a su paso y sumiendo a las ciudades en la sombra.
Uno de los peores desastres de la historia ocurrió en 1883 cuando el Krakatoa erupcionó violentamente en las Indias Orientales (Indonesia), generó una onda sonora que se escuchó a 3 mil millas (4.800 kilómetros) y creó tsunamis de hasta 125 pies (38 metros) de alto. Las olas arrasaron 165 aldeas costeras y mataron a 36 mil personas.5
Los volcanes son memorables por la trágica cantidad de muertos que producen y porque no se puede prever su capacidad destructora. El del Nevado del Ruiz es un ejemplo de ello. Con una intensidad de sólo el 3% del Santa Elena y después de estar dormido 150 años, al estallar fundió la nieve y el hielo en su cumbre. La corriente de lodo generada que descendió la cuesta hasta el valle del Río Lagunilla en 1985, enterró vivos mientras dormían 20 mil habitantes de la ciudad de Armero (Colombia). Se trató del peor desastre volcánico desde que el volcán de la Montaña Pelada de la isla Martinica aniquiló en 1902 la ciudad capital Sant Pierre y unos 30 mil habitantes, al despedir una nube incandescente de gas, ceniza y fragmentos de lava, como parte de un flujo piroclástico.6
Dios demuestra cuán repentinamente podemos encontrar la muerte debido a esos desastres y en consecuencia nos llama a ponderar cuál es el propósito de nuestra existencia en este mundo. Se trata de acontecimientos que comunican una “advertencia”. Lo que se espera del ser humano es que no dé rienda suelta a sus caprichos en el corto período de vida que tiene y que no niegue la vida eterna en el Más Allá. Deberíamos tener presente que la muerte nos llega a todos y que luego seremos juzgados en presencia de Dios:
7
El día que la tierra sea sustituida por otra tierra y los cielos por otros cielos, que comparezcan (los hombres) ante Dios, el Uno, el Invicto. (Corán, 14:48).
Los Tsunamis
Las olas sísmicas son causadas por una repentina elevación o descenso del lecho marino o por erupciones volcánicas. Algunos tsunamis pueden ser tan destructivos como la bomba atómica.
Las Inundaciones
Ces désastres sont de réels "signaux avertisseurs" à l'adresse de l'humanité. Dieu détient un pouvoir sans limites, et toute chose est sous Son contrôle, comme en témoigne ce verset: "C'est Lui qui est capable d'envoyer sur vous des tourments d'au-dessus de vous ou d'en-dessous de vos pieds…" (Surat al-An'am: 65)
Seguramente Dios crea todos esos desastres enunciados como “advertencias” para la humanidad. El tiene un poder ilimitado sobre todas las cosas: …”El es el Capaz de enviaros un castigo de arriba o de abajo…. (Corán, 6:65). Las serias amenazas físicas por todas partes del mundo subrayan, sin duda, una realidad importante. A través de los desastres Dios puede sacarnos en cuestión de segundos todo lo que nos concedió. Las catástrofes pueden sorprender a cualquiera en cualquier momento. Se trata de una demostración de que no existe ningún lugar en la tierra que pueda garantizar nuestra seguridad. Dice Dios:
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¿Es que los habitantes de las ciudades están a salvo de que Nuestro rigor les alcance de noche, mientras duermen? ¿O están a salvo los habitantes de las ciudades de que Nuestro rigor les alcance de día, mientras juegan? ¿Es que están a salvo de lo que Dios intrigue? Nadie cree estar a salvo de lo que Dios intriga, sino los que pierden. (Corán, 7:97-99).9
El agua, concedida a nosotros como un favor, a veces puede volverse un desastre si Dios lo desea. Es incomprensible que testimoniemos una o dos inundaciones por año y no obstante despreciemos la posibilidad de experimentar semejante calamidad.10
Una Lección de la Historia: el Titanic
La historia registra abundantes casos de gente que se apoya en los avances científicos sensacionales y desdeña totalmente la potestad de Dios. Es por eso que muchos desastres sirvieron de penosas lecciones para todos. Cada uno de ellos es importante en el sentido de que nos recuerda que la riqueza, el poder, la ciencia y la tecnología carecen de atributos para resistir la voluntad de Dios.
Se puede dar numerosos ejemplos de los mismos pero el más conocido es el del Titanic, un gran barco marítimo de línea de 55 metros de altura y 275 metros de longitud, que zozobró hace unos 90 años. Pensado como “un asalto a la naturaleza”, fue un gran proyecto que empleó un equipo de profesionales y unos 5 mil operarios. Casi todos estaban seguros de que jamás naufragaría. Resultó una obra maestra de la tecnología que superó los límites conocidos en la ingeniería naval, aunque quienes confiaban en esa proeza técnica no tuvieron en cuenta algo importante que se dice en el versículo coránico 33:48: …la orden de Dios es un decreto decidido, y que todo, más temprano o más tarde, encuentra su muerte. Eventualmente, un accidente condujo al hundimiento del barco y toda la tecnología, entonces de punta, no pudo salvarlo de su amargo fin.
Según lo relatado por los sobrevivientes, la mayoría de los pasajeros se reunieron en la cubierta para rezar cuando se dieron cuenta de que la nave se iría a pique. En muchas partes del Corán se habla sobre esta tendencia del comportamiento humano. En momentos de serios disturbios y peligros, el individuo reza con sinceridad y busca la ayuda de su Creador. Sin embargo, al verse libre del peligro, inmediatamente se muestra desagradecido:
Vuestro Señor es Quien, para vosotros, hace que surquen las naves el mar, para que busquéis Su favor. Es misericordioso con vosotros. Si sufrís una desgracia en el mar, los (falsos dioses) que invocáis se esfuman, El no. Pero, en cuanto os salva llevándoos a tierra firme, os apartáis (de Dios). El hombre es muy desagradecido… ¿Estáis, pues, a salvo de que Dios haga que la tierra os trague o de que envíe contra vosotros una tempestad de arena? No podríais encontrar protector. ¿O estáis a salvo de que lo repita una segunda vez, enviando contra vosotros un viento huracanado y anegándoos por haber sido desagradecidos? No encontraríais a nadie que, en vuestro favor, Nos demandara por ello. (Corán, 17:66-69).
Puede ser que hasta el momento muchos no hayan experimentado desastres de ese tipo. Pero hay que recordar que en cualquier momento cualquiera sufre una alteración trágica en su vida. En consecuencia, habría que ocuparse siempre del recuerdo de Dios, puesto que …la fuerza es toda de Dios… (Corán, 2:165). Por otra parte, una vez que la catástrofe golpea, podría no tenerse ya la oportunidad de modificar la actitud de ingratitud hacia Dios y arrepentirse ante El. La muerte puede ser muy repentina:
¿No han considerado el reino de los cielos y de la tierra y todo lo que Dios ha creado? ¿Y que tal vez se acerque su fin (es decir, el fin de los extraviados)? ¿En qué anuncio después de éste (es decir, después del Corán), van a creer? (Corán, 7:165).
Por la Misericordia de Dios
Sorprendimos a cada uno por su pecado. Contra unos enviamos una tempestad de arena. A otros les sorprendió el Grito. A otros hicimos que la tierra se los tragara. A otros les anegamos. No fue Dios quien fue injusto con ellos, sino que ellos lo fueron consigo mismos. (Corán, 29:40).
Lo que hemos visto hasta ahora tiene por objeto recordar un hecho importante a quienes olvidan para qué fueron creados: todo lo que hay en el planeta debe su existencia a Dios, el Creador, originador de toda la materia del universo. En otras palabras, todo existe por la voluntad de El. Por lo tanto, nada existe fuera de Dios. El Corán nos dice que nada escapa a su control: …Dios prevalece en lo que ordena, pero la mayoría de los hombres no saben. (Corán, 12:21).
De todos modos, como subraya Dios en la segunda parte del versículo, la mayoría de la gente es inconsciente de esto. Suponen que mientras vivan nos les afectará ninguna desgracia y nunca piensan en lo vulnerables que son a cualquier desastre devastador. Sentimos que “otros” pueden padecerlos y que “nosotros” siempre estaremos a buen resguardo de ellos. Las noticias acerca de desastres, accidentes o epidemias seguramente despiertan nuestra solidaridad con los que padecen esas desgracias. Nos entristecemos frente a esos hechos pero con el paso del tiempo nos vamos olvidando de lo acontecido hasta que deja de interesarnos. Otras veces, inmersos en la rutina diaria o en problemas personales, nos invade la apatía e indiferencia por las víctimas.
De cualquier manera, nos equivocamos si creemos que nuestra vida será la misma todos los días. Es sobre ésto que nos advierte Dios. Por cierto, quienes padecieron catástrofes naturales no sabían lo que iba a suceder y debían padecer. Seguramente comenzaron su actividad diaria normalmente y esperaban cumplir tranquilamente la rutina correspondiente. Nunca se les habría ocurrido que de golpe experimentarían cambios drásticos y que se verían inmersos en situaciones peligrosas. En ese momento la existencia se reduce a sus verdades más simples. Es así como Dios nos recuerda que en este mundo la seguridad total es una ficción.
Pero la mayoría de la gente no presta atención a eso. Olvida que la vida es corta, temporaria, y no tienen en cuenta que serán juzgados en presencia de Dios. En ese estado de descuido pasan la vida persiguiendo deseos vanos en vez buscar la complacencia del Señor.
Visto desde este punto de vista, las dificultades son una misericordia de Dios, Quien demuestra la verdadera naturaleza de este mundo y nos anima a prepararnos para la próxima vida. A eso se debe que lo que se considera una desgracia en realidad es una oportunidad ofrecida por el Todopoderoso. Esos contratiempos brindan la oportunidad para que nos arrepintamos y enmendemos nuestras conductas. En un versículo se relatan las lecciones que debiéramos extraer de los cataclismos:
¿Es que no ven que se les prueba una o dos veces al año? Pero ni se arrepienten ni se dejan amonestar. (Corán, 9:126).
Civilizaciones desaparecidas
¡A cuántas generaciones antes de ellos hemos hecho perecer! ¿Percibes a alguno de ellos (es decir, a alguna de los individuos de esas generaciones) u oyes de ellos un leve susurro? (Corán, 19:98).
El ser humano está en la Tierra para ser probado. Las revelaciones de Dios y los mensajes puros comunicados a la gente por Sus mensajeros, proveyeron a la humanidad de la guía. Ellos y las Escrituras convocaron siempre a los individuos al sendero recto. Hoy día, el último Libro de Dios y única revelación inalterada, está disponible para todos: estamos hablando del Corán.
Allí Dios nos informa que El señaló el sendero recto a todos los seres humanos a lo largo de la historia y que les advirtió a través de Sus mensajeros sobre el Día del Juicio y el Infierno. Sin embargo, la mayoría de quienes escuchaban a los profetas enviados, despreciaban sus anuncios y se mostraban hostiles con ellos. Eso provocó la cólera de Dios y dicha gente fue rápidamente barrida de la faz de la Tierra:
A los aditas, a los tamudeos, a los habitantes de ar-Rass y a muchas generaciones intermedias… A todos les dimos ejemplos y a todos les exterminamos. Han pasado por las ruinas de la ciudad (es decir, Sodoma) sobre la que cayó una lluvia maléfica. Se diría que no la han visto, porque no esperaban una resurrección. (Corán, 25:38-40)
Las noticias sobre los pueblos mencionados, que abarca gran parte del Corán, es algo que debemos considerar. Allí se comunican las lecciones que habría que extraer de esas experiencias:
¿Es que no ven a cuántas generaciones precedentes hemos hecho perecer? Les habíamos dado poderío en la tierra como no os hemos dado a vosotros. Les enviamos del cielo una lluvia abundante. Hicimos que fluyeran arroyos a sus pies. Con todo, les destruimos por sus pecados y suscitamos otras generaciones después de ellos. (Corán, 6:6).
Otros versículos están dirigidos a las personas de entendimiento que pueden tener en cuenta las advertencias:
¡A cuántas generaciones hemos hecho antes perecer, más temibles que ellos (es decir, que los infieles de la Meca) y que recorrieron el país en busca de escape (del castigo divino)! (Corán, 50:36).
Dios nos dice en el Corán que esa forma de sucumbir de tanta gente debería ser una advertencia para las generaciones venideras. Casi todas las destrucciones de pueblos antiguos a los que se hace referencia en el Corán, son identificables gracias a los estudios actuales y a los descubrimientos arqueológicos, de modo que pueden ser analizados. No obstante, sería un gran error tomar en cuenta sólo los puntos de vista científicos e históricos al examinar los indicios aportados por el Corán. Como se dice en el versículo que sigue, cada uno de esos acontecimientos son advertencias de las que se pueden extraer lecciones:
E hicimos de ello un castigo ejemplar para los contemporáneos y sus descendientes, una exhortación para los temerosos de Dios. (Corán, 2:66).
Pero debemos considerar un hecho significativo: las comunidades que resistieron obedecer las órdenes de Dios no sufrieron Su cólera de modo inmediato. El les envió mensajeros para advertirles sobre su comportamiento de modo que renunciaran al mismo y se les sometieran. Todos los problemas que atravesamos son recordatorios del serio castigo en el Más Allá:
Hemos de darles a gustar del castigo de aquí abajo (en esta vida) antes del castigo mayor (en la otra vida). Quizás, así, se conviertan. (Corán, 32:21).
La catástrofe, por lo general, se producía luego de que esas advertencias caían en saco roto y la perversidad de las comunidades en cuestión aumentaba. Debido a que se aprovecharon de los favores de Dios y gozaron de la prosperidad pero dieron rienda suelta al goce de todo tipo de placeres y nunca se ocuparon de recordar a Dios, fueron castigadas por medio de Su cólera, desaparecieron y fueron reemplazadas por otras generaciones. Nunca reflexionaron sobre la realidad de que todo en este mundo está condenado a la extinción. Se deleitaron con el momento que vivían y nunca pensaron en la muerte y la otra vida. Creían que su disfrute sería eterno, sin tener en cuenta que la vida eterna se presenta después de fallecer.
Se trataba de personas con una visión de la vida que no les reportó ningún beneficio y la historia nos provee suficientes evidencias de su terrible destrucción. Aunque han pasado miles de años, la evocación de las mismas permanece como una advertencia, un recordatorio para las generaciones actuales respecto al fin de quienes se extravían o apartan del sendero de su Creador.
Tamud
Una de las comunidades que pereció debido a lo insolente que se mostró con la revelación divina y con las advertencias de Dios, fue la de Tamud. Como dice el Corán, era gente conocida por su desarrollo, poder y supremacía artística:
Recordad cómo os hizo sucesores, después de los aditas, y os estableció en la tierra. Edificasteis palacios en las llanuras y excavasteis casas en las montañas. Recordad los beneficios de Dios y no obréis mal en la tierra corrompiendo”. (Corán, 7:74).
Otro versículo ilustra sobre su medio social:
¿Se os va a dejar en seguridad con lo que aquí abajo tenéis, entre jardines y fuentes, entre campos cultivados y esbeltas palmeras, y continuaréis excavando, hábilmente (alegremente) casas en las montañas? (Corán, 26:146-149).
Regocijados por la opulencia de la que gozaban, llevaban una vida extravagante. Dios dice en el Corán que eligió al profeta Salih (P) ―bien conocido por ellos― para que les advirtiese sobre las consecuencias de su proceder, pero no quisieron oír su llamado a abandonar el tipo de vida perversa que tenían ni la proclama de la religión de verdad. Sólo un pequeño grupo le hizo caso. El resto, especialmente los dirigentes, lo rechazaron e intentaron dañar y oprimir a los que creyeron en Salih (P). Los líderes políticos estaban enfurecidos porque el profeta los convocaba a creer en Dios. Pero esa cólera no era específica de ellos sino la repetición de la exhibida por los pueblos de Noé (P) y de ‘Ad (P), quienes le antecedieron. Por eso Dios se refiere a estas tres comunidades como sigue:
¿No os habéis enterado de lo que pasó a quienes os precedieron: el pueblo de Noé, los aditas, los tamudeos y los que les sucedieron, que sólo Dios conoce? Vinieron a ellos sus enviados con las pruebas claras, pero llevaron las manos a sus bocas y dijeron: “No creemos en vuestro mensaje y dudamos seriamente de aquello a que nos invitáis”. (Corán, 14:9).
La comunidad de Tamud estaba determinada a seguir con su arrogancia e incluso planearon asesinar a Salih (P). Este les advirtió: ¿Se os va a dejar en seguridad con lo que aquí abajo tenéis, (Corán, 26:146). Pero inconscientes del castigo de Dios se volvieron más perversos y dijeron al profeta orgullosos y alborozados:
… “¡Salih! ¡Tráenos aquello con que nos amenazas, si de verdad eres de los enviados (de Dios)!”. (Corán, 7:77).
El profeta les respondió, por medio de la revelación de Dios, que perecerían en tres días. La advertencia se concretó y la comunidad de Tamud desapareció:
El Grito sorprendió a los que habían sido impíos y amanecieron muertos en sus casas, como si no hubieran habitado en ellas. ¡No! ¡Los tamudeos no creyeron en su Señor! ¡Sí! ¡Atrás los tamudeos! (Corán, 11:67-68).
Ese pueblo pagó muy caro por no obedecer el mensaje del profeta Salih (P): fue destruido. Las construcciones y obras de arte que elaboraron no les protegieron del castigo y encontraron el mismo fin que otras naciones que negaron la fe antes y después de ellos. En resumen, recibieron lo que merecían. Quienes se opusieron al mensaje de Salih (P) fueron totalmente devastados, pero quienes le obedecieron recibieron la salvación eterna.
El Pueblo de Saba
El Corán relata la historia del pueblo de Saba (Sheba en la Biblia):
Los saba tenían un signo en su territorio: dos jardines, uno a la derecha y otro a la izquierda. “¡Comed del sustento de vuestro Señor y dadle gracias! ¡Tenéis un buen país y un Señor indulgente!”. Pero se desviaron (los saba) y enviamos contra ellos la inundación de los diques (es decir, el dique de Mareb). Y les cambiamos aquellos dos jardines por otros dos que producían frutos amargos, tamariscos y unos pocos azufaifos. Así les retribuimos por su ingratitud. No castigamos sino al desagradecido…”. (Corán, 34:15-17).
Como se informa en los versículos citados, los viñedos y jardines fructíferos de la región del pueblo de Saba resultaban notables y llamativos. En un país así, donde el nivel de vida era muy elevado, la gente debería haber sido agradecida a Dios. No obstante, “se apartaron de El”. Debido a que pretendían que lo que tenían se debía nada más que a sus capacidades, perdieron absolutamente todo. El Corán relata que la inundación del Arim convirtió en estéril todo el país.
Los Célebres Sumerios
Sumeria fue un conjunto de ciudades-estados alrededor de la baja Mesopotamia, actualmente parte de Irak. Esa área que en su momento fue de gran tráfico, hoy día es prácticamente un vasto desierto. Con excepción de las ciudades y las regiones reforestadas, el resto está cubierto de arena. Esos páramos, alguna vez la patria de los sumerios, han permanecido así durante miles de años.
Actualmente sólo encontramos referencia a ese pueblo célebre en los libros de texto, aunque en su momento fue una civilización como muchas otras. Crearon joyas arquitectónicas y en cierto sentido, sus magníficas ciudades son parte de la herencia cultural.
Entre lo encontrado figura lo que quedó del funeral de una de sus reinas llamada Puabi, que suministra bastante información. En distintas fuentes se encuentran relatos vívidos de esa estupenda ceremonia mortuoria. El cadáver fue vestido con ropas diseñadas para esa ocasión, la cual contaba con abalorios de plata, oro y piedras preciosas con borlas de perlas. La cabeza se decoró con una peluca y lucía una corona con hojas de oro insertadas. En la tumba también se colocó una gran cantidad de oro. 11
En resumen, la reina Puabi, personaje importante en la historia sumeria, fue enterrada con un tesoro excelente. Según los relatos, esa riqueza sin igual fue llevada a la tumba por una procesión de guardias y sirvientes. Pero aunque se llevó a la fosa semejante fortuna, ésta no impidió que la muerte la redujese a un esqueleto.
Del mismo modo que les sucedió a sus conciudadanos, a quienes pudo haber despreciado por su pobreza, su cuerpo se descompuso bajo tierra y se convirtió en una masa putrefacta debido a las bacterias. Seguramente este es un ejemplo impresionante de que la riqueza y los bienes de este mundo no aseguran para nada la salvación de un fin del que nadie puede escapar.
El Pueblo de Minos
La tierra y el mar pueden estar relativamente tranquilos durante siglos, hasta que en determinado momento se desata un cataclismo. Posiblemente nada ilustra tan claramente un suceso estremecedor de tamaña envergadura como la calamidad de la antigua Thera (isla del archipiélago griego Cíclades en el mar Egeo). Lo que ocurrió allí pudo haber sido la erupción volcánica más brutal de la historia. Hace unos 3.500 años un volcán de unos 1.600 metros de altura formó una amplia isla de unas 10 millas (16 kilómetros) de ancho. En ese lugar descolló una civilización magnífica con centro a unas 70 millas (112 kilómetros) al sur de la isla de Creta. En Akrotiri ―la principal ciudad de Thera―, desde donde zarpaban barcos cargados de mercancías para comerciar, se erigieron palacios con pinturas al fresco. En su apogeo la habrían habitado unas 30 mil personas. Aunque los estudiosos no pueden precisar la fecha exacta de la hecatombe ―entre 1628 y 1470 antes de Cristo― conocen la secuencia de los sucesos. Suaves temblores de la tierra fueron seguidos por un violento estremecimiento, movimientos sísmicos secundarios y una explosión cuyo eco llegó a escucharse en la península escandinava, el Golfo Pérsico y el Peñón de Gibraltar. 12
Grandes olas se arquearon y aplastaron Amnisos, el puerto de Knossos. Hoy día sólo quedan los restos de esos magníficos palacios.
La civilización minoica, una de las más importantes de ese período, posiblemente nunca esperó un fin tan drástico. Sus habitantes, quienes se jactaban de sus bienes, perdieron todo. Dios subraya en el Corán que el fin violento de esas civilizaciones antiguas debería ser tenido en cuenta por las sociedades contemporáneas:
¿Es que no les dice nada que hayamos hecho perecer a tantas generaciones precedentes, cuyas viviendas huellan ellos ahora? Ciertamente, hay en ello signos. ¿No oirán, pues? (Corán, 32:26).
El Desastre de Pompeya
Para los historiadores las ruinas de Pompeya son testimonios impresionantes del libertinaje que alguna vez prevaleció allí. Incluso sus calles, símbolo de la degeneración del Imperio Romano, evocan el goce y el placer al que se entregaron sus habitantes. La vía pública, llena en su momento de tabernas y burdeles, aún permite contemplar datos de la vida diaria, gracias al desastre ocurrido.
En ese suelo, rico ahora en cenizas volcánicas, alguna vez existieron huertos prósperos, viñedos exuberantes y lujosas casas. Pompeya estaba situada entre la cuesta del Vesubio y el mar. Era el centro de veraneo favorito de los romanos adinerados que escapaban de la sofocante capital. Pompeya testimonió una de las más espantosas erupciones volcánicas de la historia, que borró a la ciudad del mapa. Hoy día, los restos de sus habitantes ―afixiados por los vapores venenosos del Vesubio mientras transcurrían su rutina diaria― retratan vívidamente detalles del estilo de vida romano. El desastre golpeó a Pompeya y a los vecinos de la ciudad de Herculano un día de verano, cuando la región estaba abarrotada de opulentos romanos que transcurrían esa estación del año en sus magníficas villas.
La fecha fue el 24 de agosto de 79. Las investigaciones revelaron que la erupción progresó de manera intermitente. Antes de la erupción trepidó varias veces. Un rugido, proveniente del volcán, agudo, distante, intenso y terrible, acompañó esos temblores. El Vesubio eyectó primero una columna de vapor y ceniza. “Luego esa nube irritante se elevó en la atmósfera arrastrando pedazos de viejas rocas arrancadas del conducto del volcán y millones de toneladas de piedra pómez nueva y cristalina. Los vientos llevaron la nube de cenizas hacia Pompeya, donde empezaron a precipitarse ‘piedras pequeñas’. Mientras se extendía sobre la ciudad ese manto que impedía el paso de la luz solar, caían como lluvia piedra pómez y ceniza, que se acumulaban a un promedio de 6 pulgadas (15 centímetros) por hora”.13
Herculano estaba más cerca del Vesubio. La mayoría de sus residentes huyeron de la ciudad atemorizados por la rápida ola piroclástica que rugía hacia ellos. Quienes no la dejaron de inmediato no vivieron para lamentar su demora. El embate incandescente mató a los que se quedaron más retrasados mientras que un flujo del mismo tipo y más lento envolvía la ciudad y la quemaba. Las excavaciones en Pompeya revelaron que una gran parte de sus habitantes se resistieron a irse. Seguramente pensaron que no corrían peligro porque estaban alejados del cráter. Así fue como la mayoría de las personas acaudaladas no abandonaron sus casas y se refugiaron en ellas y en sus tiendas, a la espera de que la tempestad pasara rápidamente. Todos perecieron antes de tener tiempo de comprobar que ya era demasiado tarde para cambiar de opinión. Ese día Pompeya, Herculano y seis aldeas cercanas fueron borradas del mapa. El Corán declara que ese tipo de sucesos son recordatorios para todos:
Te contamos estas cosas de las ciudades: algunas de ellas están aún en pie, otras son rastrojo. (Corán, 11:100).
Hasta siglos después no fue posible aclarar lo sucedido en Pompeya. Las excavaciones no pusieron al descubierto simples ruinas sino representaciones vívidas de la existencia diaria de esas personas. Se preservaron intactas las formas de muchas de las víctimas agonizantes. Dice el Corán:
Así castiga tu Señor cuando castiga las ciudades que son impías. Su castigo es doloroso, severo. (Corán, 11:102).
Hoy día, las distintas ruinas son humildes evidencias de civilizaciones complejas que florecieron hace cientos e incluso miles de años. Se desconocen los nombres de muchos de los constructores de las grandes metrópolis de distintas épocas de la historia. Sus recursos, tecnología o trabajos de arte no les salvaron de un final amargo. No fueron ellos sino las generaciones venideras las que se beneficiarían de esa rica herencia. Incluso permanecen en la penumbra hasta ahora los orígenes y destinos de diversas civilizaciones desparecidas. No obstante, hay dos cosas evidentes: esa gente consideraba que nunca moriría y se precipitaron a los placeres mundanales. Seguramente pensaron que los grandes monumentos que erigieron les permitirían alcanzar la inmortalidad. Muchos contemporáneos también tienen posturas parecidas. Con la expectativa perpetuar sus nombres, se dedican a acumular más riquezas o a crear obras que les sobrevivan. Además, es probable que esta gente se dedique más que la de otras épocas a los goces mundanos y permanezcan desatentos a las revelaciones de Dios. Se pueden extraer muchas lecciones de los comportamientos y experiencias de las comunidades antiguas. Ninguna de ellas sobrevivió. Los trabajos de arte que dejaron ayudaron a que las generaciones siguientes les recuerden, pero eso no les salvará del castigo divino ni evitó que sus cuerpos se descompusiesen (o quedasen momificados). Sus restos son recordatorios y advertencias de la cólera de Dios con quienes son rebeldes e ingratos a pesar de las riquezas que El les concedió.
Indudablemente, las lecciones a extraerse de esos sucesos históricos deberían conducir, eventualmente, al buen criterio. Sólo entonces se puede comprender que lo acontecido a sociedades como las que vimos no fue algo sin propósito. Además, se puede comprender que sólo Dios Todopoderoso tiene el poder de originar cualquier desastre en cualquier momento. El mundo es un lugar donde se prueba al ser humano. Quienes se someten a Dios logran la salvación. Los satisfechos (únicamente) con este mundo, se verán privados de la bendición eterna. Sin duda, sus destinos van aparejados a sus obras, por las que serán juzgados. Seguramente Dios es el mejor Juez.
La verdadera morada del ser humano : el otro mundo
Mucha gente cree que es posible llevar una vida perfecta en este mundo y que la misma se puede alcanzar por medio de la prosperidad material, la buena vida hogareña y la excelente posición social. Es decir, consideran que las condiciones mencionadas son los fundamentos de una vida perfecta.
Pero, según el Corán, la “vida perfecta”, es decir, sin problemas, nunca es posible aquí, porque nuestro transcurrir en este mundo está marcado deliberadamente por la imperfección.
El origen de la palabra árabe dunia (mundo) tiene un sentido significativo. Etimológicamente se deriva de la raíz daniy, que quiere decir “simple”, “inferior”, “bajo” y “sin valor”. Esas son sus características inherentes.
En este libro ya se ha enfatizado muchas veces lo insignificante del mundo. En realidad, todos los factores que nos hacen creer que es maravilloso ―riqueza, éxito empresarial y personal, matrimonio, hijos, etc.― no son sino, en cierto sentido, cuestiones engañosas. Dicen algunos versículos al respecto:
¡Sabed que la vida de acá es juego, distracción y ornato, rivalidad en jactancia, afán de más hacienda, de más hijos! Es como un chaparrón: la vegetación resultante alegra a los sembradores, pero luego se marchita y ves que amarillea; luego se convierte en paja seca. En la otra vida habrá castigo severo o perdón y satisfacción de Dios, mientras que la vida de acá no es más que falaz disfrute. (Corán, 57:20).
En otro versículo Dios da cuenta de cómo el ser humano se siente más atrapado por este mundo que por el otro:
Pero preferís (dirigido a los infieles) la vida de acá, siendo así que la otra es mejor y más duradera. (Corán, 87:16-17).
Los problemas se presentan porque la gente valora mucho más esta vida que la del Más Allá. Está contenta con lo que consigue en este mundo, lo cual indica que desconoce la promesa de Dios y en consecuencia Su potestad. El advierte sobre el terrible final que espera a quienes piensan así:
Quienes no cuentan con encontrarnos y prefieren la vida de acá, hallando en ella quietud, así como quienes se despreocupan de Nuestros signos, tendrán el Fuego como morada por lo que han cometido. (Corán, 10:7-8).
Por supuesto, la imperfección de esta vida no contradice el hecho de que en ella hay cosas buenas y bellas. Pero lo que aquí es considerado, bueno, bello, agradable, encantador, placentero y atractivo, está en estrecha relación con lo imperfecto, aberrante y feo. En este mundo lo bueno y lo malo van apareados y sirven de recordatorio del Paraíso y del Infierno. Para Dios, la vida que realmente es considerada buena y beneficiosa es la del Más Allá.
Dios ordena a Sus siervos fieles que se esfuercen seriamente para obtener el Paraíso:
¡Y apresuraos a obtener el perdón de vuestro Señor y un Jardín tan vasto como los cielos y la tierra, que ha sido preparado para los temerosos de Dios, (Corán, 3:133).
Los Que se Apresuran por Alcanzar el Paraíso
En el Corán, a los creyentes se les da la buena nueva de una felicidad y premio eternos. Pero en general no se tiene en cuenta que dicha felicidad y contento eternos comienzan cuando aún estamos en esta vida, porque también entonces los seguidores de Dios cuentan con Sus favores y benevolencia.
Dios dice en el Corán que los verdaderos creyentes que realizan el bien en esta vida, encontrarán una excelente morada en el Más Allá:
Al creyente, varón o hembra, que obre bien, le haremos, ciertamente, que viva una vida buena y le retribuiremos, sí, con arreglo a sus mejores obras. (Corán, 16:97).
Dios derrama muchos favores y oportunidades sin precedentes en este mundo, como premio y fuente de bendiciones para sus verdaderos siervos creyentes. Esta es la inmutable ley de Dios. Y como reflejo de las riquezas, el esplendor y la belleza, características fundamentales del Paraíso, El otorga algo de eso a Sus creyentes sinceros, en la Tierra. Por cierto, se trata del comienzo de una vida confortable y honorable que nunca finalizará.
Los lugares y ornamentos hermosos de este mundo no son sino reverberaciones imperfectas de esas cosas reales en el otro mundo. Los creyentes siempre las tienen presentes al anhelar el Paraíso. Y aunque en esta vida sufran problemas y aflicciones, ponen su confianza en Dios y soportan pacientemente cualquier pesar que les aflija. Por otra parte, siendo conscientes de que es una manera de obtener el deleite de Dios, dicha actitud proporciona una satisfacción especial a sus corazones.
Creyente es quien en todo momento tiene presente a su Creador, cumple Sus órdenes, es cuidadoso para llevar el tipo de vida descrito en el Corán y posee esperanzas y expectativas realistas sobre la otra vida. A él, Dios le aligera su corazón de todo tipo de aflicciones y sufrimientos.
Más importante aún es que el creyente siente en todo momento la guía y el sostén de su Creador, con lo que obtiene un estado de paz mental y espiritual pues sabe que el Todopoderoso está con él cada vez que reza y realiza buenas obras ―grandes o pequeñas― con el sólo objetivo de lograr Su complacencia.
Se trata por cierto de un sentimiento de seguridad que inspira el corazón de quien comprende que tiene por delante y por detrás, (ángeles) pegados a él, que le custodian por orden de Dios… (Corán, 13:11), que triunfará en su lucha en el nombre de Dios y que recibirá la buena nueva de un premio eterno, es decir, el Paraíso. Es por eso que el creyente auténtico nunca teme o se aflige, en consonancia con la inspiración de Dios a los ángeles: “Yo estoy con vosotros. ¡Confirmad, pues, a los que creen!... (Corán, 8:12).
Los creyentes son quienes dicen “¡Nuestro Señor es Dios!” y se hayan portado correctamente… (Corán, 41:30), aquellos sobre los que descienden los ángeles para decirles “¡No temáis ni estéis tristes!”. ¡Regocijaos, más bien, por el Jardín que se os había prometido! (Corán, 41:30), quienes son concientes de que su Creador no pide a nadie sino según sus posibilidades… (Corán, 7:42), quienes saben que Dios a creado todo con medida. (Corán, 54:49), los que dicen “Sólo podrá ocurrirnos lo que Dios nos haya predestinado. El es nuestro Dueño… (Corán, 9:51) y ponen su confianza en Dios, seguros de que no sufren ningún mal (Corán, 3:174) puesto que expresan Dios es el Dueño del favor inmenso (Corán, 3:174).
De todos modos, al ser el mundo un lugar de prueba para todas las personas, necesariamente los creyentes enfrentarán dificultades. También les puede afectar el hambre, la sed, la pérdida de bienes y muchos otros tipos de problemas o aflicciones. El Corán describe el tipo de prueba por el que puede pasar el creyente:
¿O creéis que vais a entrar en el Jardín antes de pasar por lo mismo que pasaron quienes os precedieron? Sufrieron el infortunio y la tribulación y una conmoción tal que el Enviado y los que con él creían dijeron: “¿Cuándo vendrá el auxilio de Dios?”. Sí, el auxilio de Dios está cerca. (Corán, 2:214).
Por supuesto, frente a las adversidades el Profeta (BPD) y sus Compañeros no disminuyeron el temor reverencial por Dios y nunca cambiaron de parecer al enfrentar los problemas. Dios anuncia a los creyentes que tendrán Su apoyo pues Su ayuda siempre está cerca. En consecuencia, Dios salvará a quienes Le hayan temido, librándoles del castigo: no sufrirán mal ni estarán tristes. (Corán, 39:61).
Los creyentes son concientes de que las épocas difíciles son creadas especialmente por Dios y que deben ser pacientes y constantes. Se trata de grandes oportunidades para exhibir el compromiso con Dios, ser perseverantes en el mismo y obtener la madurez personal. En estas circunstancias se sienten más felices, animados y confiados en Dios.
Por otra parte, la actitud del incrédulo es totalmente distinta. Le desesperan las dificultades y sufre tanto física como mentalmente.
El temor, la desesperanza, el pesimismo, la aflicción, la ansiedad, el descontento y la conmoción que padece en este mundo, no son sino pálidas versiones del dolor real que sufrirá en el Más Allá. Dios estrecha y oprime el pecho de aquél a quien El quiere extraviar, como si se elevara en el aire. Así muestra Dios la indignación contra quienes no creen. (Corán, 6:125).
En cambio, los creyentes auténticos, que buscan el perdón de Dios y se arrepienten, son receptores de la benevolencia y favor de El en este mundo:
Y ¡que pidáis perdón a vuestro Señor y, luego, os volváis a El! Os permitirá, entonces, disfrutar bien por un tiempo determinado y concederá Su favor a todo favorecido. Pero, si volvéis la espalda, temo por vosotros el castigo de un día terrible. (Corán, 11:3).
La vida del creyente se describe también en otro versículo:
A los que temieron a Dios se les dirá: “¿Qué ha revelado vuestro Señor?”. Dirán: “Un bien”. Quienes obren bien tendrán en la vida de aquí una bella recompensa, pero la Morada de la otra vida será mejor aún. ¡Qué agradable será la Morada de los que hayan temido a Dios! (Corán, 16:30).
Con toda seguridad, el otro mundo es superior a éste. Si se los compara, el que ahora hollamos es inferior, prácticamente despreciable. Por ende, es el Paraíso en el Más Allá lo que cualquiera se debería fijar como meta. También hay que recordar que quienes buscan el Paraíso logran la benevolencia de su Creador en la vida de acá. Pero quienes por amor a este mundo se rebelan contra Dios, por lo general, no consiguen nada apreciable y su morada en la próxima vida será el Infierno.
El Paraíso
La gente de fe firme sabe que Dios mantiene y cumple siempre Su promesa y El promete el Paraíso a los creyentes sinceros:
En los Jardines del Edén prometidos por el Compasivo a Sus siervos en lo oculto. Su promesa se cumplirá (Corán, 19:61).
El momento de entrar en el Paraíso será el más importante para quien cree y realiza buenas acciones. Puesto que este lugar está preparado especialmente para el creyente y allí se hallará en presencia de Dios, vale la pena esforzarse, rezar y proceder con la corrección necesaria para conseguirlo. Dios describe este momento único:
Los jardines del edén, en que entrarán, junto con aquéllos de sus padres, esposa y descendientes que fueron buenos. Los ángeles entrarán en donde ellos estén, por todas partes: “¡Paz sobre vosotros, por haber tenido paciencia!”. ¡Qué agradable será la Morada Postrera! (Corán, 13:23-24).
La Belleza del Paraíso
Imagen del Jardín prometido a quienes temen a Dios: fluyen arroyos por sus bajos, tiene frutos y sombra perpetuos. Ese será el fin de los que temieron a Dios. El fin de los infieles, empero, será el Fuego. (Corán, 13:35).
La persona común se imagina el Paraíso como una excelente vista de lagos, ríos y follaje exuberante. Pero, en realidad, no refleja correctamente el punto de vista coránico. Su belleza espectacular ―a parte de la cual se refiere el Corán cuando menciona sus mansiones espléndidas, jardines umbrosos y ríos torrentosos― sólo manifiesta el aspecto estético y atrayente. Sin embargo, limitarlo a esa magnificencia, resulta definidamente inadecuado. La belleza y la gloria del Paraíso están más allá de lo que nos podemos imaginar. Seguramente las palabras coránicas esos jardines, conteniendo todo tipo de adornos (Corán, 55:48), ilustran vívidamente la real naturaleza del mismo. Por “adornos” se entiende cosas especialmente creadas por Dios, el Omnisciente. Se puede tratar de premios sorprendentes o cosas de un agrado increíble, nunca imaginado por nosotros. La promesa de Dios, ...y tendrán junto a su Señor lo que deseen. ¡Ese es el gran favor! (Corán, 42:22), explicita que, como un favor de Dios, la imaginación del creyente moldeará el Paraíso según sus propios gustos y deseos.
La Residencia Eterna de los Creyentes
Dios ha prometido a los creyentes y a las creyentes jardines por cuyos bajos fluyen arroyos, en los que estarán eternamente, y viviendas agradables en los jardines del edén. Pero la satisfacción de Dios será mejor aún. ¡Ese es el éxito grandioso! (Corán, 9:72).
En este mundo los creyentes viven en casas que Dios ha permitido erigir (para) que se mencione en ellas Su nombre. En ellas Le glorifican, mañana y tarde, (Corán, 24:36). Por orden de Dios dichas residencias están siempre limpias y son especialmente cuidadas.
Las moradas del Paraíso serán similares. Se trata de lugares donde Dios será glorificado y Su nombre constantemente recordado.
Al igual que las grandes mansiones en bellos lugares, las residencias de los creyentes pueden ser obras de arquitectura y diseño ultramodernos construidas en ciudades hermosas.
Las moradas en el Paraíso, descritas en el Corán, también se ubicarán en sitios admirables:
Pero los que temieron a su Señor estarán (en el Paraíso) en cámaras altas sobre las que hay construidas otras cámaras altas, a cuyos pies fluyen arroyos. ¡Promesa de Dios! Dios no falta a Su promesa. (Corán, 39:20).
Las mansiones mencionadas en el versículo, a cuyos pies fluyen arroyos, podrán tener ventanas amplias o salas con paredes de cristal que posibilitarán vistas magníficas. Se tratará de casas decoradas espléndidamente con tronos especialmente diseñados para el confort de los creyentes, donde descansarán y gozarán de la abundancia de frutos sabrosos y de distintos tipos de bebidas. Los materiales que se usarán en la decoración serán de la mejor calidad. En muchos versículos se enfatiza la existencia de lechos alineados, cómodos y con brocados de seda:
(La gente del Paraíso estará) En lechos entretejidos de oro y piedras preciosas, reclinados en ellos, unos enfrente de otros. (Corán, 56:15-16).
Reclinados en lechos alineados. Y les daremos por esposas a huríes de grandes ojos. (Corán, 52:20).
Como también sugiere el versículo, los tronos son los símbolos de la dignidad, de lo valioso y de lo brillante. Dios quiere que Sus siervos residan en el Paraíso en esos lugares gloriosos. En un entorno tan magnífico, los creyentes recordarán constantemente a Dios y repetirán Su palabra:
Y dirán: “¡Alabado sea Dios, Que ha retirado de nosotros la tristeza! En verdad, nuestro Señor es indulgente, muy agradecido. Nos ha instalado, por favor Suyo, en la Morada de la Estabilidad. No sufriremos en ella pena, no sufriremos cansancio. (Corán, 35:34-35).
El “material” básico del paraíso será “las obras de gran delicadeza” y “las bellezas notables”. Se trata de los reflejos esenciales del arte y conocimiento de Dios. Por ejemplo, los tronos tendrán incrustados oro y piedras preciosas. No se tratará de tronos comunes sino especiales, exaltados. Las ropas serán de sedas y telas primorosas. Por otra parte, las joyas de oro y plata complementarán esa vestimenta exquisita. Dios da muchos detalles del Paraíso en el Corán, pero de todos ellos queda en claro que los creyentes gozarán de un jardín diseñado según su propia imaginación. Sin duda, Dios derramará muchos otros dones sorprendentes sobre Su siervos amados.
Un Jardín Más Allá de la Imaginación
Se harán circular entre ellos platos de oro y copas, que contendrán todo lo que cada uno desee, deleite de los ojos. “Estaréis allí eternamente. (Corán, 43:71).
De las descripciones e ilustraciones coránicas podemos tener una comprensión general de lo agradable que será el Paraíso. En el versículo ...Siempre que se les dé como sustento algún fruto de ellos (es decir, de los jardines), dirán: “Esto es igual que lo que se nos ha dado antes”... (Corán, 2:25), Dios dice que los favores en el Paraíso serán, en lo esencial, similares a los de este mundo. Según la descripción del versículo y les introducirá en el Jardín, que El les habrá dado ya a conocer. (Corán, 47:6), podemos concluir que Dios permitirá que los creyentes residan en un Paraíso con el que ya estaban relativamente familiarizados.
De todos modos, la información que podamos obtener del Paraíso, necesariamente será insuficiente, parcial. Lo más que podemos lograr es indicios para una visión muy general. Imagen del Jardín prometido a quienes temen a Dios: habrá en él arroyos de agua incorruptible, arroyos de leche de gusto inalterable, arroyos de vino (espiritual), delicia de los bebedores, arroyos de depurada miel… (Corán, 47:15). Este versículo deja en claro que el Paraíso es un lugar que escapa a lo que podamos imaginar. Además, evoca en el alma humana el sentimiento de que es un lugar de perspectivas o escenas inesperadas.
Por otra parte, Dios describe al Paraíso como un “agasajo” o una “fiesta”:
En cambio, quienes temen a su Señor tendrán jardines por cuyos bajos fluyen arroyos, en los que estarán eternamente, como alojamiento que Dios les brinda. Y lo que hay junto a Dios es mejor (que los bienes terrenales) para los justos. (Corán, 3:198)
.
En este versículo Dios presenta el Paraíso como un lugar de hospitalidad y regocijo. Seguramente el “fin” de esta vida, el júbilo de pasar la “prueba” y obtener el mejor lugar donde residir eternamente, hace que los creyentes se regocijen. Será algo espléndido: no tendrá ningún parecido con cualquier tipo de disfrute o placer en este mundo. Es cierto que será una celebración superadora de las tradiciones y rituales de todos los festivales, carnavales, fiestas y exhibiciones habituales pasadas y actuales del mundo.
El hecho de que los creyentes se regodeen con diversos tipos de satisfacciones de manera permanente, nos lleva a considerar otra característica significativa de cómo vivirán en el Paraíso: nunca sentirán hastío. Esta condición la manifiesta el Corán en palabras de los creyentes: Nos ha instalado, por favor Suyo, en la Morada de la Estabilidad. No sufriremos en ella pena, no sufriremos cansancio”. (Corán, 35:35).
Sin duda, los creyentes tampoco sufrirán allí de ningún tipo de agotamiento. En contraste con el Paraíso, donde la fatiga no se acercará a ellos… (Corán, 15:48), en este mundo el ser humano siente el agobio porque su cuerpo no fue creado con una gran fortaleza. Al sentirnos cansados, nos resulta difícil concentrarnos y tomar decisiones firmes. Se nos altera la percepción de las cosas debido al cansancio. Pero ese estado de ánimo nunca existirá en el Paraíso. Todos los sentidos permanecerán atentos percibiendo de la mejor manera la creación de Dios. Los creyentes estarán completamente libres de toda sensación de extenuación y, en consecuencia, disfrutarán los dones de Dios sin interrupción. El deleite y goce que sentirán serán ilimitados y eternos.
En un entorno en donde la fatiga y el fastidio no existirán, Dios premiará a los creyentes por medio de crear “lo que deseen”. En verdad, Dios da la buena nueva de que creará más que lo que puedan desear o imaginar los creyentes: Tendrán allí cuanto deseen y aún dispondremos de más. (Corán, 50:35).
Debería tenerse presente que uno de los favores más importantes del Paraíso será que …El les preservará del castigo del fuego del Infierno, (Corán, 44:56) y no oirán el más leve ruido de él (es decir, del Infierno)… (Corán, 21:102).
Por otra parte, los creyentes tendrán la oportunidad de ver a la gente del Infierno y conversar con ella todas las veces que quieran. También se sentirán agradecidos por esta distinción:
Dirán: “Antes vivíamos angustiados (por nuestra suerte futura) en medio de nuestras familias. Dios nos agració y preservó del castigo del viento abrasador (del Infierno). Ya le invocábamos antes. Es el Bueno, el Misericordioso”. (Corán, 52:26-28).
En el Corán se describe el Paraíso: Cuando se mira allá, no se ve sino delicia y suntuosidad (Corán, 76:20). Allí los ojos saborearán y disfrutarán una perspectiva distinta y una fastuosidad diferente. Cada rincón y cada parte estarán decorados preciosamente. Dicho boato será sólo para los creyentes sobre quienes Dios derramará Su misericordia, a quienes El les concederá Su Jardín. Extirparemos el rencor que quede en sus pechos. Serán como hermanos, en lechos, unos enfrente de otros. (Corán, 15:47). (Se alojarán en los jardines del Paraíso) eternamente, y no desearán mudarse. (Corán, 18:108).
El Favor Más Importante de Dios: Su Contento
Dios ha prometido a los creyentes y a las creyentes jardines por cuyos bajos fluyen arroyos, en los que estarán eternamente, y viviendas agradables en los jardines del edén. Pero la satisfacción de Dios será mejor aún. ¡Ese es el éxito grandioso! (Corán, 9:72).
En las páginas anteriores mencionamos los magníficos favores que Dios derramará sobre los seres humanos en el Paraíso. Es evidente que se trata de un lugar que contendrá todo el solaz que podemos experimentar a través de los cinco sentidos. Sin embargo, la cualidad superior del Paraíso es la complacencia de Dios. Obtenerla se convertirá en la mayor fuente de paz y satisfacción en el Más Allá. Además, a la gente del Paraíso le hará feliz recibir Sus bendiciones y ser agradecida con El por Su benevolencia. El Corán describe a los creyentes en el Paraíso:
...Dios está satisfecho de ellos y ellos lo están de El. ¡Ese es el éxito grandioso! (Corán, 5:119).
Los favores que se recibirán en el Paraíso serán muy preciosos debido a la complacencia de Dios. En este mundo los creyentes también pueden ser receptores de esos beneficios, pero si no obtienen el contento de Dios no gozan de los mismos. Esta es una cuestión muy importante que hay que sopesarla debidamente. Lo que en verdad hace preciosa una gracia divina no es el placer que produce sino que Dios la concede.
El creyente que recibe el beneficio de esa merced y es agradecido con su Creador, deriva su principal placer de la benevolencia de Dios. Los creyentes sólo pueden encontrar la satisfacción en la protección, el amor y la misericordia de El. Por lo tanto, sus corazones sólo hallarán el deleite en el Paraíso. Creados para ser siervos de Dios, sólo encuentran agrado en Su benevolencia. Es por esto que nunca puede existir “el cielo en la tierra”, utopía de los incrédulos. Es decir, carecerá de sentido poner en este mundo todo lo que existe en el Paraíso si no se logra la complacencia de Dios.
En resumen, el Paraíso es un don que Dios concederá a Sus siervos sinceros y de ahí su importancia para éstos. Puesto que Son, nada más, siervos honrados. (Corán, 21:26), obtendrán la felicidad y el goce eternos. Las palabras de los creyentes en el Paraíso serán ¡Bendito sea el nombre de tu Señor, el Majestuoso y Honorable! (Corán, 55:78).
El Infierno
El lugar en donde permanecerán los incrédulos para siempre fue creado especialmente, para que se sufra en cuerpo y alma. Dios, en Su probidad, les impone el castigo correspondiente.
Ser ingrato y rebelde con el Creador ―Quien da al ser humano el alma― es el agravio más grande que se puede cometer en el universo y ello conduce a atroces castigos en el Más Allá. Para eso está el Infierno. El ser humano, creado para ser siervo de Dios, seguramente recibirá lo que merece si niega el principal propósito de la Creación. Dice Dios: …Los que, llevados de su altivez, no Me sirvan entrarán, humillados, en el Infierno”. (Corán, 40:60).
Puesto que la mayoría de las personas serán enviadas al Infierno, donde sufrirán un castigo eterno, el principal objetivo, la meta básica de la humanidad, debería ser que eso no suceda. La más grande amenaza es que el alma vaya a parar allí y eso es lo que se debe evitar.
No obstante, casi todos viven en estado de inconciencia en la Tierra, ocupados en otros problemas cotidianos. Durante meses, años o decenios se dedican a cuestiones insignificantes, pero no piensan en el peligro más grave. Tienen el Infierno muy cerca pero son demasiado ciegos para verlo:
Se acerca el momento en que los hombres deban rendir cuentas, pero ellos, despreocupados, se desvían. Cuando reciben una nueva amonestación de su Señor, la escuchan sin tomarla en serio, se ríen de ella... (Corán, 21:1-3).
Ese tipo de persona invierte el tiempo en esfuerzos vanos. Pasa la vida persiguiendo quimeras, la defensa de una ideología estéril, la promoción en el trabajo, el matrimonio, la “vida familiar feliz” y la acumulación de dinero. Es inconsciente de la gran amenaza que tiene por delante y considera que el Infierno es una fábula.
En realidad, el Infierno es más real que el mundo en el que estamos, pues éste dejará de existir enseguida y aquél es eterno. Dios, el Creador del universo y de los delicados equilibrios de la naturaleza, también creó el Infierno y el Paraíso. A los incrédulos e hipócritas se les promete un castigo doloroso:
...Les bastará con el Infierno, en el que arderán. ¡Qué mal fin...! (Corán, 58:8).
El Infierno, el peor lugar que podemos imaginar, es una fuente de la más consumada tortura. La mortificación y dolor que se padecen allí no son similares a ninguna aflicción en este mundo y superan por lejos todo lo conocido. Por cierto, ello es obra de Dios, el Exaltado en Sabiduría.
Otra realidad es que la tortura allí es permanente, sin fin. La mayoría de la gente en la sociedad de la ignorancia en que vivimos, tiene una concepción equivocada del Infierno, pues cree que allí “cumplirán sentencia” por cierto tiempo y luego serán perdonadas. Esa forma de pensar, que no es más que un deseo, está bastante extendida entre quienes se suponen creyentes aunque se nieguen a cumplir sus deberes para con Dios. Asumen que se pueden permitir todos los placeres mundanales posibles y que luego de recibir un castigo en el Infierno, por cierto tiempo, obtendrán el Paraíso. Sin embargo, el fin que les espera es más doloroso que el que se imaginan. El Infierno es un lugar de tormento eterno, como lo enfatiza el Corán: permanecerán en él durante generaciones, (Corán, 78:23).
Ser ingrato y rebelde con el Creador, Quien os ha dado el oído, la vista y el intelecto (Corán, 16:78), merece, por cierto, un sufrimiento incesante. Ninguna excusa salvará a esa gente del Infierno. El veredicto para quienes exhiben indiferencia ―o aún peor, animosidad― hacia la religión de su Creador, es firme e invariable. Se trata de personas arrogantes que niegan someterse a Dios Todopoderoso y resultan las enemigas más encarnizadas de los creyentes. El Día del Juicio oirán lo siguiente:
¡Entrad por las puertas del Infierno, por toda la eternidad! ¡Qué mala es la morada de los soberbios! (Corán, 16:29).
La característica más terrible del Infierno es su naturaleza eterna. De allí no habrá retorno. Quienes vayan a parar ahí caerán en una desesperación sin remedio debido a todos los tipos de torturas que encontrarán. Perderán toda expectativa de salvación. Dice el Corán:
Pero los que obren con perversidad tendrán el Fuego como morada. Siempre que quieran salir de él, serán devueltos a él y se les dirá: “¡Gustad el castigo del Fuego que desmentíais!”. (Corán, 32:20).
Los Tormentos del Infierno
En cambio, los que no creen en Nuestros signos, ésos son los de la izquierda (es decir, los réprobos). Se cerrará un fuego sobre ellos. (Corán, 90:19-20).
La presencia de miles de millones de personas el Día del Juicio, no será motivo para que los incrédulos puedan escapar del dictamen obligatorio. Después de la sentencia, en presencia de Dios, serán etiquetados “la gente de la izquierda”. Ese es el momento en que serán enviados al Infierno. Entonces comprenderán, con gran amargura, que será su residencia eterna. Los destinados a ese lugar terrible llegarán con un testigo y un conductor:
Se tocará la trompeta. Ese es el día de la Amenaza (es decir, el día con el que se les había amenazado). Cada uno vendrá acompañado de un conductor (es decir, el ángel que conducirá al alma ante Dios el día de la Resurrección) y de un testigo (es decir, el ángel acusador). “Estas cosas te traían sin cuidado. Te hemos quitado el velo y, hoy, tu vista es penetrante”. Su compañero (es decir, el ángel testigo de cargo) dirá: “Esto es lo que te tengo preparado”. (Dios dirá
“¡Arrojad al Infierno a todo infiel pertinaz, desviado (de la Verdad), adversario del bien, violador de la ley, escéptico, que ponía, junto con Dios, a otro Dios! ¡Arrojadlo al castigo severo!”. (Corán, 50:20-26).
Los incrédulos serán metidos allí “en divisiones”. Y en el trayecto al mismo se inspirará el temor en sus corazones. Los espantosos ruidos y crujidos del fuego, se escucharán desde lejos:
Cuando sean arrojados a él, oirán su fragor, en plena ebullición, a punto de estallar de furor. Siempre que se le arroje (es decir, siempre que se arroje al fuego) una oleada (de réprobos), sus guardianes les preguntarán: “¿Es que no vino a vosotros un monitor?”. (Corán, 67:7-8).
Del versículo se induce fácilmente que los incrédulos al ser recreados comprenderán lo que les sucederá. Estarán solos, sin amigos, parientes o defensores que les ayuden. Perderán la arrogancia y la confianza en sí mismos. Tendrán la mirada extraviada. Dice el Corán:
Les verás expuestos a él (es decir, al Fuego), abatidos de humillación, mirando con disimulo, mientras que quienes hayan creído dirán: “Quienes de verdad pierden son los que el día de la Resurrección se han perdido a sí mismos y han perdido a sus familias”. ¿No tendrán los impíos un castigo permanente? (Corán, 42:45).
En el Infierno se aborrecerá todo. Los incrédulos nunca dejarán de sentir hambre y a pesar de la cantidad de almas que habitarán allí, el Fuego siempre estará pidiendo más:
El día que digamos al Infierno: “¿Estás ya lleno?”, él dirá: “¿Aún hay más?”. (Corán, 50:30).
Otra descripción del Infierno en el Corán:
¡Lo entregaré al ardor del Saqar (es decir, el ardor del Infierno)! Y ¿cómo sabrás qué es el Saqar? No deja residuos, no deja nada. Abrasa al mortal. (Corán, 745:26-29).
Una Vida Eterna al Otro Lado de las Puertas Cerradas
Las puertas se cerrarán por detrás de los incrédulos apenas lleguen al Infierno y éstos verán las cosas más horripilantes. De inmediato comprenderán que serán “presentados” como nuevos moradores y que permanecerán allí eternamente. Las puertas cerradas indicarán que no hay ninguna posibilidad de salvación. Dios describe esta situación:
En cambio, los que no creen en Nuestros signos, ésos son los de la izquierda (es decir, los réprobos). Se cerrará un fuego sobre ellos. (Corán, 90:19-20).
El tormento se caracteriza en el Corán como un castigo terrible (Corán, 3:176), un castigo severo (Corán, 3:4) y un castigo doloroso (Corán, 3:21). De todos modos, son representaciones que no dan una comprensión plena del castigo en el Infierno. Si una persona es incapaz de resistir una simple quemadura en este mundo, es imposible que comprenda lo que significa permanecer expuesta al fuego eterno. El dolor que se siente aquí a causa de una quemadura, es incomparable a la severa tortura del Infierno. Ningún sufrimiento será similar a ése:
Ese día nadie castigará como El. Nadie atará como El. (Corán, 89:26-27).
En el Infierno se vivirá, pero bajo la tortura, la zozobra, los tormentos físicos, mentales y psicológicos y distintos tipos de mortificaciones y desgracias. Es imposible comparar cualquiera de esos padecimientos con los que se experimentan en la Tierra. En el Infierno se percibirá el quebranto a través de los cinco sentidos. Se verán imágenes repugnantes y terribles; se oirán aullidos, gritos y rugidos espeluznantes; el olfato percibirá olores acres y pavorosos; se degustarán las sabores más detestables e insoportables. Los condenados sentirán el Infierno con el mayor de los rigores, hasta en el interior de las células. Será un dolor enloquecedor, difícil de imaginar en este mundo. La piel, los órganos internos, todo el cuerpo en suma, se corroerá y retorcerá de dolor.
La gente del Infierno nunca morirá y en consecuencia nunca dejará de padecer la tortura. Ese dolor se describe así en el Corán: Esos son los que han trocado la Dirección por el extravío, el perdón por el castigo. ¿Cómo pueden permanecer imperturbables ante el Fuego? (Corán, 2:175). La piel se renovará mientras se queme y eso continuará así indefinidamente, sin decrecer nunca la intensidad de la congoja. Dice Dios: ¡Arded en él! Debe daros lo mismo que lo aguantéis o no... (Corán, 52:16).
La aflicción mental no será menor que la física en el Infierno, dónde la gente se lamentará intensamente, se desesperará, se sentirá desahuciada y pasará años tras años consternada. Cada rincón, cada lugar del Infierno, estará diseñado para producir un sufrimiento mental eterno. Si aunque más no sea finalizase después de miles de millones de años, se podría tener la esperanza de alcanzar en algún momento la felicidad y el goce de una existencia distinta. (Pero no será así).
Según la descripción coránica, el Infierno es un lugar donde se experimentarán las peores situaciones: olores repugnantes, estrechez, ruidos insoportables, oscuridad tétrica, sentimientos de inseguridad permanente, fuego quemante en el corazón, comida y bebida asquerosas, vestimenta incandescente y alquitrán líquido.
Esas serán las características básicas del Infierno y en ese entorno se transcurrirá una vida terrible. Quienes lo habiten tendrán los sentidos agudos. Oirán, hablarán, argumentarán e intentarán escapar de ese sufrimiento. Se quemarán una y otra vez, sentirán sed, hambre y remordimiento. Serán atormentados por sentimientos de culpa. Pero lo más importante es que querrán alivio para su dolor.
Los habitantes del Infierno tendrán una vida infinitamente inferior a la de los animales más sucios y nauseabundos de este mundo. El único nutriente que tendrán es dari (planta espinosa y amarga) y el árbol de zaqqum. Por otra parte, para beber tendrán sangre y pus. El fuego les envolverá por todas partes. Dios describe la angustia que se sentirá en el Infierno:
A quienes no crean en Nuestros signos les arrojaremos a un Fuego. Siempre que se les consuma la piel, se la repondremos, para que gusten el castigo. Dios es poderoso, sabio. (Corán, 4:56).
Sufrirán cadena y azotes aunque ya tengan la piel desgarrada, la carne quemada y la sangre les chorree por todas partes. Serán arrojados al centro del Infierno con las manos atadas al cuello. Mientras tanto, los ángeles del castigo colocarán a los reos en camas de fuego con mantas de fuego y después en féretros cubiertos de fuego.
Los incrédulos gritarán sin descanso para que se les salve de esos tormentos. Por lo general recibirán como respuesta más humillación y suplicio. Quedarán solos con su angustia. Quienes en este mundo fueron arrogantes, rogarán humildemente por misericordia. Hay que tener en cuenta que los días en el Infierno no serán iguales a los de este mundo. ¿Cómo se puede determinar la magnitud de un minuto, un día, una semana, un mes o un año de un sufrimiento eterno?
Todas esas escenas se comprobarán más ciertas y reales que nuestra vida actual.
Hay entre los hombres quien vacila en servir a Dios (Corán, 22:11); quienes han dicho: “El fuego no nos tocará más que por días contados” (Corán, 3:24); quienes hacen de la ambición de dinero, de la posición social y de la profesión exitosa los principales objetivos de sus vidas, por lo que, en consecuencia, desestiman la complacencia de Dios; quienes alteran los mandamientos de Dios para ajustarlos a sus propios deseos; quienes interpretan el Corán según su conveniencia; quienes se extravían del sendero recto. Esos son, en resumen, los incrédulos e hipócritas que morarán en el Infierno, con la excepción de aquellos a los que Dios, en Su misericordia, perdonará y rescatará. La palabra de Dios es concluyente y, ciertamente, lo anunciado sucederá:
Si hubiéramos querido, habríamos dirigido a cada uno. Pero se ha realizado Mi sentencia: “¡He de llenar el Infierno de genios y hombres, de todos ellos!”. (Corán, 32:13).
Otra realidad es que dichas personas y entidades son creadas especialmente para el Infierno, como lo sugiere el versículo que sigue:
Hemos creado para el Infierno a muchos de los genios y de los hombres. Tienen corazones con los que no comprenden, ojos con los que no ven, oídos con los que no oyen. Son como rebaños. No, aún más extraviados. Esos tales son los que no se preocupan. (Corán, 7:179).
A pesar de todos los sufrimientos que atravesarán, nadie les podrá ayudar o salvarlas de ese destino determinado por Dios. Abandonadas a sí mismas, sufrirán mucho la soledad: Hoy no tiene aquí amigo ferviente, (Corán, 69:35). En su entorno sólo estarán los “Angeles del Infierno”, quienes reciben órdenes de Dios. Se trata de entidades extremadamente severas, inmisericordes, aterradoras, cuya única responsabilidad es torturar duramente a los habitantes del Infierno. Dios ha erradicado por completo la compasión de estos ángeles, que poseen voces, gestos y apariencias horripilantes. Creados para vengarse de quienes se rebelaron contra Dios, ejercerán su responsabilidad con el debido cuidado y atención. Seguramente no aplicarán un “trato preferencial” a nadie.
Este es el peligro real que espera a cada alma que no cumpla en la Tierra con Dios. Por supuesto, quien es rebelde e ingrato con su Creador, y en consecuencia comete las mayores acciones censurables, merece esa retribución. Dios nos advierte de esto:
¡Creyentes! Guardaos, vosotros y vuestras familias, de un Fuego cuyo combustible lo forman hombres y piedras, y sobre el que habrá ángeles gigantescos, poderosos, que no desobedecen a Dios en lo que les ordena, sino que hacen lo que se les ordena. (Corán, 66:6).
¡No! Si no cesa, hemos de arrastrarle (al Infierno) por el copete, copete que miente, que peca. Y ¡que llame a sus secuaces, que Nosotros llamaremos a los que precipitan (los réprobos al Infierno)! (Corán, 96:15-18).
Súplicas Frente a la Desesperación y la Desesperanza
Los habitantes del Infierno estarán desahuciados. Las torturas que sufrirán serán extremadamente crueles, además de permanentes. Gritarán y rogarán por la salvación. Verán a los moradores del Paraíso y les suplicarán agua y alimento. Querrán arrepentirse y que Dios les perdone. Pero todo eso será en vano.
Rogarán a los guardianes del Infierno para que sean intermediarios frente a Dios y le pidan que sea misericordioso con ellos. Debido al dolor tan insoportable que sufrirán, se querrán salvar del mismo, aunque más no sea por un día:
Los que estén en el Fuego dirán a los guardianes del Infierno: “¡Rogad a vuestro Señor que nos abrevie un día del castigo!”. Dirán (los guardianes): “¡Cómo! ¿No vinieron a vosotros vuestros enviados con las pruebas claras?”. Dirán: “¡Claro que sí!”. “Entonces, ¡invocad vosotros!”. Pero la invocación de los infieles será inútil. (Corán, 40:49-50).
Los incrédulos buscarán misericordia pero serán puestos boca abajo de manera estricta:
“¡Señor!”, dirán, “nuestra miseria nos pudo y fuimos gente extraviada. ¡Señor! ¡Sácanos de él (es decir, del Infierno)! Si reincidimos, seremos unos impíos”. Dirá (Dios): “¡Quedaos en él y no Me habléis!”. Algunos de Mis siervos decían (cuando estaban en la Tierra): “¡Señor! ¡Creemos! ¡Perdónanos, pues, y ten misericordia de nosotros! ¡Tú eres el Mejor de quienes tienen misericordia!”. Pero os burlasteis tanto de ellos que hicieron que os olvidarais de Mí. Os reíais de ellos. Hoy les retribuyo por la paciencia que tuvieron. Ellos son los que triunfan. (Corán, 23:106-111).
Esta será realmente la última alocución de Dios a la gente del Infierno. Sus palabras “¡Quedaos en él y no Me habléis!”, serán concluyentes. Nunca más tendrá en cuenta a esas personas. Seguramente que a nadie le gustará pensar en esa situación.
Mientras la gente del Infierno se queme allí, los que obtengan “la felicidad y la salvación”, es decir, los creyentes, permanecerán en el Paraíso gozando los beneficios de favores ilimitados. Los que se incineren sufrirán más al observar la vida de los agraciados con el Jardín. Es decir, podrán “observar” los magníficos privilegios del Paraíso, en tanto sufren torturas intolerables.
Los creyentes, de quienes los incrédulos se reían, tendrán una vida plena y feliz, estarán ubicados en lugares gloriosos, en casas majestuosas con bellas compañías y degustarán comidas y bebidas deliciosas. La humillación que sentirán los incrédulos se acrecentará al ver a los creyentes en paz y en un entorno exuberante. Estas escenas agregarán más penas y sufrimientos a sus congojas.
Los moradores del Paraíso agradecerán más a Dios por su bella vida y apariencia. En cambio, el remordimiento de los que no siguieron las órdenes de Dios en este mundo, se profundizará cada vez más. Rogarán a los creyentes ―que los estarán viendo desde el Jardín― ayuda y solidaridad, pero será inútil. La comunicación entre unos y otros será como sigue:
(Los bienaventurados que estarán) en jardines, se preguntarán unos a otros acerca de los pecadores. (Dirán a los réprobos
“¿Qué es lo que os ha conducido al Saqar (al ardor del Infierno)?”. Dirán (los réprobos): “No éramos de los que oraban, no dábamos de comer al pobre, parloteábamos con los parlones y desmentíamos el Día del Juicio, hasta que vino a nosotros la cierta (la muerte)”. Los intercesores no podrán hacer nada por ellos. (Corán, 74:40-48).
Un Recordatorio Importante Para Evitar el Tormento
En este capítulo estamos hablando de dos grupos de gente: los que creen en Dios y los que rechazan Su existencia. Hemos proporcionado una representación general del Paraíso y del Infierno, basándonos exclusivamente en lo que dice el Corán. Nuestro propósito no es dar cierta información sobre la religión sino recordar y advertir a los incrédulos sobre el Infierno, un lugar horrible para ellos pues allí padecerán una condena tremenda.
Después de lo dicho, es necesario enfatizar que el ser humano, sin lugar a dudas, tiene la plena libertad de elegir. Puede conducir su vida como le guste. Nadie tiene el derecho de forzarlo a creer una u otra cosa. Sin embargo, nosotros, como creyentes en Dios y en Su justicia final, tenemos la responsabilidad de advertir a otros sobre lo estremecedor que resultará el Infierno. Seguramente, hay gente inconsciente de la situación en la que está y el tipo de fin que le espera. De ahí nuestra obligación de hacerlo conocer. Dios nos habla de la situación de esa gente:
¿Quién es mejor: quien ha cimentado su edificio en el temor de Dios y en Su satisfacción o quien lo ha cimentado al borde de una escarpa desgastada por la acción del agua y desmoronadiza, que se derrumba arrastrándole al fuego del Infierno? Dios no dirige al pueblo impío. (Corán, 9:109).
Es imposible que se salven en el Más Allá quienes rechazan las órdenes de Dios en este mundo y de un modo u otro niegan la existencia de su Creador. En consecuencia, cada uno debe verificar lo antes posible cuál es su posición frente a Dios y someterse a El. De lo contrario, lo lamentará y enfrentará un ocaso pavoroso:
Puede que los infieles deseen haber sido musulmanes... ¡Déjales que coman y que gocen por breve tiempo! ¡Que se distraigan con la esperanza (es decir, con esperanzas falaces)! ¡Van a ver...! (Corán, 15:2-3).
Resulta manifiesta la manera de evitar el castigo eterno, ganar las bendiciones eternas y alcanzar la complacencia de Dios:
Creer auténticamente en Dios antes de que sea demasiado tarde; Invertir el tiempo en buenas acciones para obtener el contento de Dios…
LA REAL ESENCIA DE LA MATERIA
¡A D V E R T E N CIA!
El capítulo que está por leer ahora revela un secreto crucial de la vida. Debería hacerlo con cuidado y totalmente, porque se ocupa de un tema propenso a producir un cambio fundamental en su perspectiva del mundo exterior. Este capítulo no pretende dar un punto de vista distinto, un enfoque diferente o un criterio filosófico tradicional: en realidad, trata sobre un tema que cualquiera, creyente o no creyente, debería admitir,
y que además está comprobado por la ciencia hoy día.
La gente que contempla el entorno con sentido común y de modo consciente, comprueba que todo en el universo ―vivo o inerte― debe haber sido creado. Entonces el interrogante es: ¿Quién es el creador de todo?
Es evidente que "el hecho de la creación", que se revela por sí mismo en todo lo que el universo encierra, no puede ser autoproducido. Por ejemplo, un insecto no pudo haberse creado él mismo; el sistema solar no pudo haberse creado y organizado por su propia cuenta; ni los vegetales, ni los humanos, ni las bacterias, ni los hematíes (corpúsculos de la sangre), ni las mariposas, pudieron haberse autogenerado. La posibilidad, por otra parte, de que todo eso se haya originado "por casualidad", ni siquiera es imaginable.
Por lo tanto arribamos a una conclusión: todo lo que vemos ha sido creado y ninguna de esas cosas pudo haberse "autocreado". El Creador es distinto y superior a cuanto observamos, es decir, posee un poder superior no visible, pero cuya existencia y atributos se revelan en todo lo que existe.
Este es el punto que objetan los que niegan la existencia de Dios, pues están condicionados a no sustentar esa posición, a menos que lo vean con sus ojos. Quienes no aceptan el hecho de la "creación", están forzados a ignorar su realidad, que se manifiesta en todo el universo, e intentan "probar" que éste y todo lo viviente no han sido creados. La teoría de la evolución es un ejemplo clave del vano esfuerzo hecho en ese sentido.
El error básico de quienes niegan a Dios es compartido por alguna otra gente que no rechaza Su existencia, sino que tiene una percepción equivocada de El. Estos últimos no niegan la creación sino que tienen una idea supersticiosa acerca de "dónde" está Dios. Algunos de los que así piensan, creen que Dios está en el "cielo". Imaginan tácitamente que Dios se ubica detrás de un planeta muy distante y que interfiere en los "asuntos mundanales" de vez en cuando. O también pueden pensar que no interviene para nada sino que creó el universo y lo abandonó a su suerte, del mismo modo que dejó que las personas determinen ellas mismas su destino.
Aunque algunos seres humanos se han enterado que el Corán dice que Dios está en "todas partes", no pueden entender lo que eso significa exactamente. Piensan que Dios todo lo envuelve, como las ondas radiales, o como un gas invisible, intangible.
Sin embargo, esas ideas y otras creencias que no pueden aclarar "dónde" está Dios (y puede ser que por eso lo nieguen) se basan todas en un error común. Sostienen un prejuicio sin fundamentos que lleva a opiniones erróneas respecto de Dios. ¿Cuál es ese prejuicio?
Ese prejuicio es acerca de la naturaleza y las características de la materia, pues estamos condicionados a suposiciones acerca de ella, las cuales nunca nos permiten pensar si existe realmente o es solamente creada como una imagen. La ciencia moderna demuele ese prejuicio y revela una realidad muy importante e imponente. En las páginas que siguen intentaremos explicar esa gran realidad señalada por el Corán.
El Mundo de las Señales Eléctricas
Toda la información que tenemos acerca del mundo en que vivimos es comunicada a nosotros por los cinco sentidos. El mundo que conocemos consiste en lo que nuestros ojos ven, nuestras manos tocan, nuestras narices huelen, nuestras lenguas prueban y nuestros oídos oyen. Nunca pensamos que el mundo "exterior" puede ser otro distinto del que nos presentan los sentidos, puesto que hemos dependido de ellos desde que nacimos.
La investigación moderna en muchos campos de la ciencia apunta, sin embargo, a una comprensión muy diferente y crea serias dudas acerca de nuestros sentidos y el mundo que percibimos con ellos.
El punto de partida de este enfoque es que la idea de un "mundo exterior" en nuestro cerebro es solamente una respuesta que se forma allí por medio de señales eléctricas. El tono rojo de la manzana, la dureza de la madera, su papá, su mamá, su familia, todo lo que tiene en la casa, el trabajo, las líneas de este libro, son abarcados solamente como señales eléctricas.
Frederick Vester explica hasta dónde ha llegado la ciencia en este tema:
Lo que algunos científicos afirman en el sentido de que 'el ser humano es una representación, que todo lo que experimenta es temporario y engañoso y que este universo es una imagen refleja', parece que es demostrado por la ciencia actual."14
El conocido filósofo George Berkeley comenta al respecto:
Creemos en la existencia de objetos porque los vemos y los tocamos y se nos manifiestan por medio de nuestras percepciones. Sin embargo, éstas son solamente ideas en nuestras mentes. De esta forma, los objetos que captamos por medio de las percepciones no son más que conceptos, los cuales no están en ninguna otra parte más que en nuestras mentes… Puesto que existen solamente en nuestra mente, significa que somos engañados por esos objetos cuando imaginamos que el universo y las cosas tienen existencia en el exterior de la mente. Por lo tanto, nada de lo que nos rodea existe en el exterior de la misma.15
Con el objeto de aclarar esto, consideremos los sentidos, en especial el de la visión, que nos provee la información más amplia sobre el mundo exterior.
¿Cómo Vemos, Oímos y Degustamos?
El acto de ver se verifica de una manera muy avanzada, técnicamente hablando. Racimos de luz (fotones) que viajan del objeto a la vista, pasan a través de las lentes que están en la parte de adelante del ojo. Allí se quiebran y se proyectan de manera invertida sobre la retina, ubicada en el fondo del ojo. La luz que choca allí se convierte en señales eléctricas que se transmiten a través de las neuronas a un pequeño punto, llamado "centro de la visión", colocado en la zona posterior del cerebro. Allí las señales eléctricas se perciben como una imagen después de una serie de procesos. El acto de ver tiene lugar realmente en ese pequeño punto, el cual es oscuro, totalmente aislado de la luz.
Reconsideremos este proceso aparentemente común y ordinario. Cuando decimos que "vemos", en realidad lo que estamos viendo son los efectos de los impulsos que llegan a nuestros ojos y que son conducidos a nuestros cerebros después de transformarse en señales eléctricas. Es decir, lo que percibimos realmente en el hecho de "ver" se trata de señales eléctricas en el cerebro.
Todas las imágenes que observamos se forman en el centro de la visión, el cual ocupa solamente unos pocos centímetros cúbicos del cerebro. El libro que ahora lee y el paisaje que observa cuando otea el horizonte, se acomodan en ese pequeño espacio. Otra cosa que hay que tener en cuenta es que, como dijimos antes, el cerebro está aislado de la luz. Su interior es absolutamente oscuro, no tiene ningún contacto directo con la luz.
Podemos explicar esta situación con un ejemplo. Supongamos que frente a nosotros arde una vela. Podemos sentarnos frente a ella y observarla por bastante tiempo. Sin embargo, durante ese período el cerebro nunca tiene contacto directo con la luz de la vela. Incluso mientras la vemos, en el cerebro hay una oscuridad completa. O lo que es lo mismo, observamos un mundo brillante y colorido dentro de un cerebro en la tiniebla total.
R. L. Gregory expresa así el milagroso hecho de la visión, algo que consideramos de lo más "normal":
La misma situación se aplica a todos nuestros sentidos. Lo que se oye, palpa, degusta y huele, es transmitido al cerebro como señales eléctricas que se perciben en los centros apropiados del cerebro.16
Veamos cómo opera la audición. El oído externo recoge los sonidos por medio del pabellón auricular (u oreja) y los dirige al oído medio, el cual transmite las vibraciones sonoras intensificadas al oído interno. Éste envía esas vibraciones al cerebro traducidas en señales eléctricas. Igual que lo que sucede con la vista, el acto de oír finaliza en el centro de la audición en el cerebro, que está aislado del sonido igual que de la luz. Por lo tanto, independientemente del ruido que haya en el exterior, el interior del cerebro está en un completo silencio.
Incluso los sonidos más sutiles son percibidos en el cerebro. Es tal la calidad del oído sano, que aprecia todo sin ruidos atmosféricos o interferencias. En el cerebro, que está aislado de las ondas auditivas, se oyen las sinfonías de una orquesta, el bullicio de una plaza llena de gente y el conjunto de los sonidos dentro de una amplia frecuencia que va desde el susurro de una hoja al estruendo de los aviones a chorro. Sin embargo, si se midiese en el cerebro el nivel de sonido, por medio de un dispositivo apropiado, se vería que allí prevalece un silencio completo.
La percepción de los olores se conduce de una manera similar. Moléculas volátiles emitidas por una vainilla o una rosa son captadas por la persona en los delicados pelillos del epitelio de la nariz, y allí interactúan. Esa interacción es transmitida al cerebro mediante señales eléctricas y percibidas como olor. Todo lo que olemos, bueno o malo, no es más que la percepción del cerebro de las interacciones de moléculas volátiles con el tejido epitelial, después de haberse transformado en señales eléctricas. Es en el cerebro donde se percibe el aroma de un perfume, de una flor o de un alimento que nos gusta, o el olor del mar o de cualquier otra cosa que nos resulte agradable o desagradable. Las moléculas en sí nunca llegan al cerebro. Al igual que en los casos del sonido y de la visión, lo que llega al cerebro son, simplemente, señales eléctricas. En otras palabras, todos los olores que se presuponen pertenecen a objetos del mundo exterior desde el día en que uno nace, son señales eléctricas que se perciben a través de los órganos del sentido olfativo.
De la misma manera, en la parte anterior de la lengua hay cuatro tipos distintos de receptores químicos. Pertenecen al gusto de lo salado, lo dulce, lo amargo y lo agrio o ácido. Los receptores gustativos transforman esas percepciones en señales eléctricas después de una cadena de procesos químicos, las cuales, transmitidas al cerebro, son percibidas por éste como "gustos". Cuando se come un chocolate o una fruta que gusta, ese gusto es la interpretación por parte del cerebro de señales eléctricas. Nunca se puede llegar al objeto en el exterior, es decir, nunca se puede ver, oler o degustar el chocolate en sí. Por ejemplo, si se cortasen los nervios gustativos que van al cerebro, nada de lo que se come en ese momento llegaría como información eléctrica allí, con lo cual se perdería el sentido del gusto.
Aquí nos encontramos con otra realidad. Nunca podemos estar seguros de que dos personas sientan el mismo gusto a un alimento, o que una perciba la misma voz que oye otra. Al respecto dice Lincoln Barnett que nadie puede saber si otra persona percibe el color rojo u oye una nota determinada igual que uno.17
Nuestro sentido del tacto opera también de manera similar. Cuando se toca un objeto, toda la información que nos ayuda a reconocer el mundo externo y los objetos, es transmitida al cerebro por los nervios de dicho sentido ubicados en la piel. La sensación de tocar se forma en el cerebro. Contrariamente a la creencia general, el lugar donde percibimos lo que tocamos no es la punta de los dedos o la piel sino el centro del tacto en el cerebro. Como resultado de la evaluación de los estímulos eléctricos que provienen de los objetos por parte del cerebro, percibimos distintas sensaciones de los mismos, como ser, blandura, dureza, calor o frío. Todos los detalles que nos ayudan a reconocer un objeto derivan de esos estímulos. Respecto a este hecho importante, opinan los conocidos filósofos B. Russell y L. Wittgeinstein:
Por ejemplo, si un limón existe realmente o no, y cómo pasó a existir, no puede ser cuestionado ni investigado. El limón consiste, simplemente, en un gusto sentido por la lengua, un olor sentido por la nariz, un color y una forma percibidos por los ojos; y solamente esos rasgos del elemento en cuestión pueden someterse a evaluación y examen. La ciencia nunca puede conocer el mundo físico.18
Nos es imposible alcanzar el mundo físico. Todos los objetos que nos rodean son un conjunto de percepciones que provienen, por ejemplo, de la audición, la visión y el tacto. Esos datos, al procesarlos en los centros correspondientes del cerebro, a lo largo de la vida, no confrontan el "original" del asunto o cosa que existe en el exterior, sino más bien la copia que se forma en el cerebro. Es en este punto donde nos extraviamos, al asumir que esa copia es la cosa existente en el exterior.
"El Mundo Exterior" Dentro de Nuestro Cerebro
Como resultado de las realidades físicas descritas hasta ahora, podemos concluir que cada cosa que vemos, tocamos, oímos y percibimos como una "entidad", el "mundo" o el "universo", no se trata sino de señales eléctricas que se presentan en nuestro cerebro.
Quien come una fruta, en realidad no confronta la fruta en sí, sino la percepción de ella en el cerebro. El objeto que se considera "una fruta" consiste en una impresión eléctrica en el cerebro respecto de la forma, el gusto, el olor y la textura. Si el nervio de la visión que va al cerebro se cortase repentinamente, así de improviso desaparecería la fruta. O si hubiese una desconexión en el nervio que va desde los sensores de la nariz al cerebro, se interrumpiría completamente el sentido del olfato. Dicho de modo simple, la fruta no es más que la interpretación de las señales eléctricas por el cerebro.
Otro elemento a ser considerado es el de la distancia. La distancia entre usted y el libro es solamente una sensación de espacio que se forma en el cerebro. Los objetos que parecen distantes de la persona que los observa, también están presentes en el cerebro. Por ejemplo, alguien que observa las estrellas en el cielo, asume que están a una distancia de millones de años-luz. No obstante, lo que la persona "ve" realmente son las estrellas que están en su interior, en el centro de la visión. Mientras usted lee estas líneas, en verdad, no está en el lugar que cree. Por el contrario, es el lugar o sitio el que está dentro de usted. Cuando ve su cuerpo, cree que usted está dentro del mismo. Sin embargo, debe recordar que el cuerpo también es una imagen formada dentro de su cerebro.
Lo mismo se aplica a todas las otras percepciones. Por ejemplo, cuando se piensa que se escucha el sonido de la TV que está en la habitación de al lado, en realidad el sonido se experimenta dentro del cerebro. No se puede probar que exista una habitación próxima a uno, ni que el sonido provenga de la TV que está allí. El sonido que se piensa viene de unos metros más allá y la conversación de una persona que está al lado, se perciben en el centro de la audición del cerebro, lugar que tiene pocos centímetros cuadrados. Aparte de ese centro de percepción, no existe ningún otro concepto, como ser, derecha, izquierda, adelante y atrás. Es decir, el sonido no proviene de la derecha, de la izquierda o del aire. No hay ninguna dirección desde donde proviene el sonido.
Con los olores sucede lo mismo. Ninguno de ellos llega de una distancia determinada. Supongamos que las impresiones finales del olor correspondan a las de los objetos en el exterior. Sin embargo, así como la imagen de una rosa está en el centro de la visión, el olor de la rosa está en el centro del olfato. Nunca se puede saber si esa rosa u olor peculiar existen realmente en el exterior.
El "mundo exterior" que se nos presenta por medio de las percepciones es simplemente un conjunto de señales eléctricas que llegan al cerebro. Esas señales son procesadas a lo largo de la vida en el cerebro y vivimos sin poder reconocer que estamos equivocados al suponer que son las "versiones originales" de los elementos materiales que existen en el "mundo exterior". Nos equivocamos porque nunca podemos alcanzar el caso en sí mismo por medio de nuestros sentidos.
Por otra parte, repetimos, es el cerebro el que interpreta y atribuye sentido a las señales que asumimos son del "mundo externo". Por ejemplo, consideremos el sentido de la audición. En realidad, es el cerebro el que transforma las ondas sonoras del "mundo exterior" en una sinfonía. Es decir, la música también es una percepción creada por el cerebro. De la misma manera, cuando vemos colores, lo que llega a los ojos son, simplemente, señales eléctricas de distintas longitudes de onda. Nuevamente es el cerebro el que transforma dichas señales en colores. No hay colores en el "mundo exterior". La manzana no es roja, ni el cielo es azul, ni los árboles tienen follaje verde: son como son porque los percibimos así. El "mundo exterior" depende totalmente de aquél que lo percibe.
Incluso, el más leve defecto en la retina del ojo provoca ceguera para el color. Algunas personas perciben el azul como verde, otras el rojo como azul y también están esas que ven todos los colores en diferentes tonos de grises. Aquí podemos decir que no importa si el objeto es coloreado o no.
El prominente pensador Berkeley también habla de este hecho:
Al principio se creía que los colores, olores, etc., “existían realmente”, pero después se rechazó ese punto de vista y se dijo que solamente existían subordinados a nuestras sensaciones."19
En conclusión, la razón por la que vemos los objetos con colores no se debe a que los tengan, o que los mismos posean una existencia material exterior a nosotros. La verdad de la cuestión es que todas las cualidades que adscribimos a los objetos están dentro de nosotros y no en el "mundo exterior".
Entonces, ¿qué es lo que queda del "mundo exterior"?
¿Es Forzosa la Existencia del "Mundo Exterior"?
Hasta ahora venimos hablando repetidamente de "mundo exterior" y de un mundo de percepciones que se forma en el cerebro, que es lo que vemos. Sin embargo, dado que nunca podemos alcanzar realmente el "mundo exterior", ¿cómo podemos estar seguros de que existe realmente?
En realidad, no podemos. Puesto que cada objeto es solamente un conjunto de percepciones y las mismas existen solamente en la mente, es más preciso decir que el único que mundo realmente existe es el de las percepciones. Es decir, sólo conocemos el que existe en nuestra mente, el que está diseñado, registrado y hecho vívido allí. En resumen, el que es creado en la mente. Este es el único mundo del que podemos estar seguros.
Nunca podemos probar que las percepciones que observamos en el cerebro tengan correlatos materiales. Pueden provenir tranquilamente de una fuente "artificial". Eso es posible observarlo. Las informaciones falsas llegan a producir en el cerebro un "mundo material" totalmente imaginario. Por ejemplo, pensemos en un instrumento de registro muy desarrollado donde puedan ser grabados todos los tipos de señales eléctricas. En primer lugar, transmitamos todos los datos referidos a un ambiente (incluida la imagen del cuerpo) a ese instrumento por medio de transformarlos en señales eléctricas. En segundo lugar, supongamos que se pueda tener el cerebro con vida fuera del cuerpo. Finalmente, conectemos el instrumento de registro al cerebro por medio de electrodos, los que funcionarán como nervios y enviarán los datos prerregistrados. En ese estado uno se sentirá viviendo dicha escena creada artificialmente. Por ejemplo, se puede creer fácilmente que se está manejando por una ruta a toda velocidad. Se presenta como imposible que uno comprenda que no se compone más que del cerebro. A esto se debe que lo que se necesita para formar un mundo dentro del cerebro no es la existencia real de aquél sino, más bien, la eficacia de los estímulos. Sería perfectamente posible que esos estímulos pudiesen venir de una fuente artificial, como sería un registrador o un grabador.
En relación con esto escribió B. Russell, el distinguido filósofo:
En cuanto al sentido del tacto, cuando presionamos la mesa con los dedos, se produce una perturbación eléctrica sobre los protones y electrones de las puntas de los dedos, de acuerdo a la física moderna, por la proximidad con los electrones y protones en la mesa. Si la misma perturbación que aparece en las puntas de los dedos se presentara de cualquier otra manera, tendríamos la misma sensación aunque no se encontrara presente ninguna mesa.20
En realidad, es muy fácil que nos engañemos al estimar como correctas, percepciones sin ningún correlato material. A menudo experimentamos eso en los sueños, donde participamos de sucesos, vemos personas, objetos y el medio circundante como si fuesen totalmente reales. Sin embargo, no son más que percepciones. No hay ninguna diferencia básica entre el sueño y el "mundo real": ambos se experimentan en el cerebro.
¿Quién Es el Que Percibe?
Como venimos relatando, no hay ninguna duda de que el mundo que habitamos y que llamamos "mundo exterior", es creado en el cerebro. Sin embargo, se presenta una pregunta de primera importancia: si todos los sucesos físicos que conocemos son intrínsecamente percepciones, ¿qué podemos decir de nuestro cerebro? Dado que el mismo es parte del mundo físico, al igual que un brazo, una pierna o cualquier otro objeto, debería ser una percepción igual que todas esas cosas.
Un ejemplo con los sueños iluminará mejor el tema. Pensemos que cuando soñamos vemos en el cerebro de la manera que explicamos hasta ahora. En el sueño tendremos un brazo imaginario, un cuerpo imaginario, un ojo imaginario y un cerebro imaginario. Si durante el sueño se nos preguntara, "¿dónde registra la visión?", responderíamos: "en el cerebro". Pero en realidad no hay algún cerebro del que hablar, sino una cabeza imaginaria y un cerebro imaginario. El observador de las imágenes no es el cerebro imaginario del sueño sino una "existencia" que es muy "superior".
Sabemos que no hay ninguna distinción física entre el ambiente circundante de un sueño y el de la vida real. Así, cuando en el ambiente que llamamos de la vida real, se nos hace la misma pregunta planteada antes en el momento del sueño, es decir, "¿dónde registra la visión?", sería un sin sentido responder, como también lo hacíamos en el sueño, "en el cerebro". En ambas situaciones, la entidad que ve y percibe no es el cerebro, el cual, después de todo, no es más que un buen pedazo de carne.
Cuando se analiza el cerebro se ve que allí hay solamente moléculas de proteínas y lípidos, que también existen en otros seres vivientes. Ello significa que dentro del pedazo de carne llamado "cerebro", no hay nada para observar las imágenes y nada que constituya la conciencia o que sirva para crear lo que llamamos "yo mismo", "mi persona".
R. L. Gregory se refiere al error que comete la gente en relación con la percepción de imágenes en el cerebro:
Existe la tentación, que debe ser evitada, de decir que los ojos producen en el cerebro estampas o imágenes. Una imagen allí sugiere la necesidad de algún tipo de ojo interno para verla. Pero haría falta un ojo adicional para ver su imagen… y así de seguido en una secuencia sin fin de ojos e imágenes. Esto es absurdo.21
Esto es lo que pone en aprietos a los materialistas, quienes aceptan como real solamente la materia. ¿A quién pertenecen los "ojos interiores" que ven, que perciben y reaccionan en consecuencia?
Karl Pribram también enfocó esta importante cuestión en el mundo de la ciencia y la filosofía, acerca de quién es el que percibe:
Desde los griegos, los filósofos han venido pensando sobre el "ánima de la máquina", el "enano dentro del enano", etc. ¿Dónde estoy "yo", la persona que usa su cerebro? ¿Quién es el que verifica el acto de conocer? Como dijo San Francisco de Asís, "Al que buscamos es a aquél que ve".22
Ahora piense esto: el libro que tiene en las manos, la habitación en donde está, en resumen, todas las imágenes que observa, están en su cerebro. ¿Son lo átomos los que ven todo eso, a pesar de ser inconscientes, ciegos y sordos? ¿Por qué algunos átomos adquirieron esa cualidad y otros no? Nuestros pensamientos, comprensiones, recuerdos, estados de alegría o de tristeza, y todo lo demás, ¿consisten en reacciones electroquímicas entre esos átomos?
Cuando meditamos sobre estas cuestiones, vemos que no tiene ningún sentido buscar "voluntad" en los átomos. Está claro que la existencia que ve, oye y siente es supramaterial. Esta "existencia" está "viva" y no es ni materia ni una imagen de la materia. Se asocia con lo que percibe usando la imagen de nuestro cuerpo.
Esta existencia es el “alma”.
La suma de percepciones que llamamos "mundo material" es un sueño observado por esta alma. Así como el cuerpo que poseemos y el mundo material que vemos en sueños no tienen ninguna realidad, el universo en el que estamos instalados también carece de todo tipo de realidad material. La existencia real es el alma. La materia consiste simplemente en percepciones contempladas por el alma. Las existencias inteligentes que escriben y leen estas líneas no son un montón de átomos, moléculas y la reacción química entre ellos, sino "almas".
La Verdadera Existencia Absoluta
Todo lo enunciado nos enfrenta con una cuestión muy significativa. Si lo que reconocemos como el mundo material consta, simplemente, de percepciones visualizadas por el alma, ¿cuál es la fuente de las percepciones?
Para responder a ello tenemos que tomar en consideración que la materia no tiene una existencia que se autogobierne o controle por sí misma. Puesto que la materia es percepción, es algo "artificial". Es decir, esa percepción debe haber sido causada por otra fuerza o autoridad, lo cual significa, seguramente, que debe haber sido creada. Además, esa creación debería ser continua, ininterrumpida. Si no hubiese una creación coherente y continua, lo que llamamos "materia" desaparecería y se perdería. Se puede hacer una semejanza con la TV en la que se ve una imagen en tanto la señal continúa siendo emitida. Entonces, ¿qué es lo que hace que nuestra alma observe las estrellas, la tierra, los árboles, las personas, nuestro cuerpo y todo lo que vemos?
Es muy evidente que existe un Creador supremo, Quien ha creado todo el universo material, es decir, la suma de las percepciones; es el mismo que continúa Su creación incesantemente. Y puesto que este Creador exhibe una creación tan magnífica, seguramente tiene un poder y una potestad sin límites.
Este Creador se describe a Sí mismo y describe el universo y la razón de nuestra existencia por medio del Libro que nos envió.
Ese Creador es Dios y el nombre de Su Libro es El Corán.
Que los cielos y la tierra, es decir, el universo, no son estables; que la existencia de éste es posible solamente por medio de la creación de Dios y que desaparecerá cuando El finalice esta creación, se explica en el Corán como sigue:
Dios sostiene los cielos y la tierra para que no se desplomen. Si se desplomaran no habría nadie, fuera de El, que pudiera sostenerlos. Es benigno, indulgente. (Corán, 35:41).
Como mencionamos al comienzo, algunas personas no comprenden verdaderamente a Dios y se imaginan que se trata de una existencia presente en alguna parte de los cielos, sin intervenir realmente en los asuntos del mundo. El fundamento de esa lógica yace en pensar que el universo es una conjunción de materia y que Dios se ubica "por fuera" del mundo material, en un lugar apartado. La creencia en Dios se limita a ese tipo de comprensión en algunas religiones falsas.
Sin embargo, como hemos considerado hasta ahora, la materia se compone solamente de sensaciones. Y la única existencia real, absoluta, es Dios, es decir, lo único que existe es Dios: todo, excepto El, son imágenes. En consecuencia, es erróneo concebir a Dios como una existencia exterior separada o fuera del conjunto de la materia. Ciertamente Dios está "en todos lados" y lo abarca todo. El Corán lo explica así:
¡Dios! No hay más dios que El, el Viviente, el Subsistente. Ni la somnolencia ni el sueño se apoderan de El. Suyo es lo que está en los cielos y en la tierra. ¿Quién podrá interceder ante El si no es con Su permiso? Conoce su pasado y su futuro (el pasado y futuro de los seres humanos), mientras que ellos no abarcan nada de Su ciencia, excepto lo que El quiere. Su Trono se extiende sobre los cielos y sobre la tierra y su conservación (la de los cielos y la tierra) no le resulta onerosa. El es el Altísimo, el Grandioso. (Corán, 2:255).
El hecho de que Dios no está limitado o confinado por el espacio y de que todo lo abarca, se expone en otro versículo:
De Dios son el Oriente y el Occidente. Adondequiera que os volváis, allí está la faz (la presencia) de Dios. Dios es inmenso, omnisciente. (C. 2:115).
Puesto que las existencias materiales son percepciones, no pueden ver a Dios. Pero Dios ve la materia que creó en todas sus formas. El Corán expresa esto así: La vista no le alcanza, pero El sí que alcanza todas las vistas… (Corán, 6:103).
Es decir, no podemos percibir la existencia de Dios con los ojos sino que es Dios quien abarca totalmente el interior, el exterior, las miradas y los pensamientos del género humano. No podemos pronunciar ninguna palabra, ni siquiera respirar una vez, sin Su conocimiento.
En tanto observamos estas percepciones sensoriales en el curso de la vida, lo más cercano a nosotros no es ninguna de estas sensaciones sino Dios Mismo. En el Corán está el secreto de esta realidad: Sí, hemos creado al hombre. Sabemos lo que su mente le sugiere. Estamos más cerca de él que su misma vena yugular. (Corán, 50:16). Pero si la persona piensa que su cuerpo está constituido solamente de "materia", no puede entender la importancia de lo dicho en el versículo. Si acepta que su cerebro es "su persona", entonces interpreta que el exterior está a unos 20 - 30 cm. alejado de "él mismo". Sin embargo, al entender que la materia no existe y que todo es imaginación, pierden sentido ideas como las de "exterior", "interior" o "cercano". Dios abarca a la persona y está "infinitamente cerca" de ella.
Dios nos informa de esa "cercanía": Cuando Mis siervos te pregunten por Mí, estoy cerca (de ellos)… (Corán, 2:186). Otro versículo que se refiere al mismo hecho expresa: Y cuando te dijimos: 'Tu Señor cerca (con Su poder) a los hombres'… (Corán, 17:60).
El ser humano se equivoca al pensar que el más cercano a él es él mismo. En verdad, Dios está más cerca de nosotros que lo que estamos nosotros de nosotros mismos. El Todopoderoso llama nuestra atención sobre eso cuando dice: ¿Por qué, pues, cuando se sube a la garganta, viéndolo vosotros, ―y Nosotros estamos más cerca que vosotros de él (del moribundo), aunque no lo percibís―,… (Corán, 56:83-85). Como se informa en el versículo, la gente vive inconsciente de dicho fenómeno porque no lo puede ver con los ojos.
Por otra parte, es imposible para el ser humano, que no es más que una imagen, poseer un poder y una voluntad independientes de Dios. El versículo, …mientras que Dios os ha creado a vosotros y lo que hacéis (Corán, 37:96), muestra que todas las cosas que experimentamos tienen lugar bajo el control de Dios. Esta realidad se comunica en el Corán cuando dice, ...Cuando tirabas, no eras tú quien tiraba, era Dios Quien tiraba... (Corán, 8:17), por medio de lo cual se enfatiza que ningún acto es independiente de Dios. Dado que el ser humano es una imagen, no puede ser él mismo quien cumpla el acto de reflejarla. Sin embargo, a esa imagen Dios le produce la sensación de "sí mismo". Pero es Dios quien realiza todos los actos. Por lo tanto, si alguien piensa que lo que hace, lo hace él mismo, es evidente que se autoengaña.
Esa es la realidad. Una persona puede no querer reconocer esto y creer que actúa de manera independiente de Dios. Pero eso no modifica la situación. Por supuesto, la negación necia o tonta, también está dentro de la voluntad y deseo de Dios.
Todo lo Que Se Posee Es Intrínsecamente Ilusorio
Como se puede ver claramente, es un hecho científico y lógico que el "mundo exterior" no posee ninguna realidad material y que es un conjunto de imágenes que Dios presenta a nuestra alma perpetuamente. De todos modos, las personas no incluyen, o más bien, no quieren incluir, todas las cosas, en el concepto de "mundo exterior".
Si se piensa sobre esto de manera sincera y sin preconceptos, se puede comprobar que la vivienda; los muebles en su interior; el automóvil, posiblemente recién comprado; la oficina; la ropa; la esposa; los hijos; los colegas; la cuenta bancaria; las joyas y todo lo que se tiene, en realidad está incluido en ese mundo imaginario que se nos proyecta. En resumidas cuentas, todo lo que se percibe con los cinco sentidos es parte del "mundo imaginario": la voz del cantante favorito, la dureza de la silla que se ocupa, el perfume preferido, el sol que nos calienta, la flor de bellos colores, el pájaro que vuela frente a nosotros, la lancha que navega veloz sobre el agua, la huerta fértil, la computadora del trabajo, el aparato musical con la más avanzada tecnología….
Esta es la verdad, porque el mundo se trata solamente de un conjunto de imágenes creadas para poner a prueba a los seres humanos, a través de sus vidas limitadas, con percepciones que no entrañan ninguna realidad y que son presentadas excitantes y atractivas de manera intencional. Este hecho se menciona en el Corán:
El amor a lo apetecible aparece a los hombres engalanado: las mujeres, los hijos varones, el oro y la plata por quintales colmados, los caballos de raza, los rebaños, los campos de cultivo… eso es breve disfrute de la vida de acá. Pero Dios tiene junto a Sí un bello lugar de retorno. (Corán, 3:14).
La mayoría de las personas arrojan la religión a un lado debido a que codician la propiedad, la riqueza, la acumulación de monedas de oro y plata, los dólares, las joyas, las cuentas bancarias, las tarjetas de crédito, los armarios llenos de ropas, los autos últimos modelos. En resumen, se trata de la codicia de toda forma de propiedad que posean o se esfuercen por poseerla. Se concentran solamente en este mundo, olvidándose del otro. Les engaña el rostro "seductor y hermoso" de la vida mundanal, y entonces dejan de rezar, de dar ayuda a los pobres y de cumplir los actos de adoración a Dios, lo cual les haría prósperas en la otra vida. Para no cumplir con esas cosas correctas se valen de distintos argumentos: "estoy ocupada", "tengo que cumplir con otras responsabilidades", "no tengo tiempo suficiente", "ahora no puedo", "esas cosas las haré en el futuro". Consumen sus vidas buscando prosperar solamente en este mundo. En el versículo, Conocen lo externo de la vida de acá, pero no se preocupan por la otra vida (Corán, 30:7), se describe dicho concepto erróneo.
La realidad que caracterizamos en este capítulo, es decir, que todas las cosas son imágenes, es muy importante por las implicancias sobre toda la lujuria y metas sin sentido que se persiguen. La constatación de este hecho deja en claro que todo lo que se posee, y el esfuerzo por poseerlo, la riqueza lograda a través de la codicia, los hijos de los que uno se vanagloria, el considerar a la esposa como lo más cercano a uno, los amigos, el tener en la más alta estima al cuerpo de uno mismo, el nivel de superioridad que se detenta respecto a otros, las escuelas a las que se concurrió, las festividades en que se participó, no son otra cosa más que mera ilusión. Por lo tanto, todo el esfuerzo invertido, el tiempo gastado y la codicia experimentada, se evidencian algo vano, infructuoso.
A esto se debe que, sin saberlo, algunas personas se comportan tontamente cuando se ufanan de las riquezas y propiedades que poseen, o de los "yates, helicópteros, fábricas, inquilinatos, fincas y tierras", como si existieran realmente. Esas personas acomodadas económicamente, que se pavonean ostentosamente de aquí para allá en su yates, luciendo sus autos o hablando de sus riquezas, suponen también que por el cargo que ocupan son superiores a las demás, y piensan que por todo ello son exitosas. Pero en realidad deberían pensar en qué estado se encontrarán cuando comprueben que el supuesto éxito alcanzado no es otra cosa más que una ilusión.
Estas escenas también las ven algunas personas al soñar, es decir, se ven en sueños poseyendo autos veloces, propiedades, joyas muy valiosas, gran cantidad de dólares, cargos elevados, fábricas con miles de trabajadores, gobernando sobre mucha gente, vestidas con ropas que producen la admiración de todos… Así como el jactarse de las posesiones con que se aparece en los sueños llevaría a que uno fuera ridiculizado, también le sucederá lo mismo si procede de ese modo respecto de las imágenes (la "realidad") que ve en este mundo. Después de todo, lo que percibe en los sueños y lo que se refiere a este mundo, son simplemente imágenes en su mente.
Pero la vergüenza se apoderará de quienes comprueben que el luchar violentamente con otros, el delirar de furia, el estafar, el recibir coimas, el falsificar cosas, el mentir, el atesorar dinero de modo sórdido, el hacer mal a otros, el someter al prójimo y maldecirlo, el agredir lleno de odio, el encolerizarse por lograr la función y ubicación superior en el trabajo o en la escala social, el envidiar, el hacer ostentación de lo que sea, el autoelogiarse, al igual que otras cosas por el estilo, no son más que actitudes o acciones realizadas en un sueño.
Dado que es Dios Quien crea todas esas imágenes, el propietario último de todas las cosas es solamente El, como lo subraya el Corán:
De Dios es lo que está en los cielos y en la tierra. Dios todo lo abarca. (Corán, 4:126)
Es una gran tontería dejar la religión de lado debido a las pasiones mezquinas por cosas imaginarias y perder un bien permanente, la vida eterna, lo cual entraña una privación perdurable.
Aquí hay algo que debe comprenderse: no se está diciendo que todas las posesiones, riquezas, hijos, esposas, amigos y rangos a los que nos aferramos desaparecerán más tarde o más temprano y que por lo tanto no tienen ningún sentido. Lo que se dice es que todas las cosas que aparentemente se poseen en realidad no se las tiene para nada, sino que son un simple sueño compuesto de imágenes exhibidas por Dios para probarnos. Como se ve, hay una gran diferencia entre ambas conceptuaciones.
Aunque no se quiera reconocer en este momento eso, y nos engañemos asumiendo que las cosas existen realmente, al morir y en la otra vida, cuando seamos recreados, todo se nos aclarará. Dice el Corán: …hoy, tu vista es penetrante… (Corán, 50:22). Es decir, estaremos aptos para ver todo más claramente. Sin embargo, si hemos pasado la vida persiguiendo objetivos imaginarios, vamos a desear no haber vivido nunca y diremos: ¡Ojalá (la muerte) hubiera sido definitiva! De nada me ha servido mi hacienda (mi riqueza). Mi poder me ha abandonado. (Corán, 69:27-29)
Por otra parte, lo que debería hacer una persona sabia es intentar comprender en esta vida la gran realidad del universo, mientras aún tenga tiempo. De lo contrario, consumirá la vida corriendo tras los sueños, para enfrentar al final un castigo doloroso. En el Corán se expresa el estado final de esas personas que corren tras las ilusiones o espejismos de este mundo, olvidándose de Su Creador:
Las obras de los infieles son como espejismo en una llanura: el muy sediento cree que es agua, hasta que, llegado allá, no encuentra nada. Sí, encontrará, en cambio, a Dios junto a sí y El le saldará su cuenta. Dios es rápido en ajustar cuentas. (Corán, 24:39)
Defectos Lógicos de los Materialistas
Desde el comienzo de este capítulo se dice claramente que la materia no es una existencia categórica como suponen los materialistas, sino más bien un conjunto de sensaciones que Dios crea. Los materialistas resisten esta realidad evidente de manera extremadamente dogmática, pues destruye su filosofía.
Por ejemplo, en el siglo XX, George Politzer, uno de los más grandes defensores de la filosofía materialista y ardiente marxista, dio el "ejemplo del bus" como la "gran evidencia" para la existencia de la materia. Según Politzer, los filósofos que piensan que la materia es una percepción, también salen corriendo cuando ven que un bus se les viene encima, con lo cual queda probada la existencia física de la materia.23
Cuando a otro conocido materialista llamado Johnson se le dijo que la materia era un conjunto de percepciones, buscó "probar" la existencia física de las piedras pateándolas.24
Un ejemplo similar es dado por Federico Engels ―mentor de Politzer y fundador, junto con Carlos Marx, del materialismo dialéctico―, quien escribió: "Si los pasteles que comemos fuesen meras percepciones, no deberían saciarnos el hambre".25
Manifestaciones arrebatadas y ejemplos similares, como "comprendes la existencia de la materia cuando te dan una trompada en el rostro", se encuentran en los libros de Marx, Engels, Lenin y otros conocidos materialistas.
La confusión en la comprensión que exhiben estos ejemplos de los materialistas se aprecia en que interpretan la explicación de que "la materia es percepción" como que "la materia es un engaño producido por la luz". Piensan que el concepto de percepción se limita a la visión, y que otras percepciones, como la del tacto, tienen un correlato físico. El hecho de que un bus golpee a una persona y la tire al suelo, les hace decir: "Miren, la chocó, por lo tanto no es una percepción". Lo que no comprenden es que todas las percepciones experimentadas durante el choque, como las de dureza, colisión y dolor, se forman también en el cerebro.
El Ejemplo de los Sueños
El mejor ejemplo para explicar esta realidad son los sueños. Una persona puede experimentar sucesos muy reales al soñar. Puede caerse de la escalera, romperse la pierna, tener un accidente grave con el automóvil, quedar atrapada debajo de un bus o comer un pastel y satisfacer el hambre. Hechos similares a los que se experimentan en la vida diaria también se experimentan en los sueños, con la misma impresión y produciendo los mismos sentimientos.
Una persona que sueña que es chocada por un bus, también en el sueño puede abrir los ojos en el hospital y verse lisiado. De la misma manera, puede soñar que se mata en un choque de autos, que los ángeles de la muerte toman su alma y que empieza su vida en el otro mundo. (Esto último se experimenta de la misma manera en esta vida, es decir, es una percepción como la del sueño).
La persona percibe muy vivamente las imágenes, los sonidos, la sensación de dureza, la luz, los colores y todo lo demás que participa del sueño. Las percepciones que capta en el sueño son todas naturales como las de la vida "real". El pastel que come le sacia el hambre aunque se trate solamente de una percepción, porque el estar satisfecho es también una percepción. Sin embargo, esa persona en realidad está durmiendo en ese momento en la cama, donde no existen ni escaleras, ni tráfico, ni vehículos. Quien sueña tiene percepciones y sensaciones que no existen en el "mundo exterior". El hecho de que en nuestros sueños experimentemos y veamos sucesos sin ningún tipo de correlato físico en el "mundo exterior", revela muy claramente que este "mundo exterior" consiste, total y simplemente, en percepciones.
Quienes creen en la filosofía materialista, particularmente los marxistas, se enfurecen cuando se les habla de esta realidad, es decir, de la esencia de la materia. Citan ejemplos de los razonamientos superficiales de Marx, Engels o Lenin y emiten declaraciones emocionales.
Sin embargo, estas personas deben pensar que también pueden hacer esas declaraciones cuando sueñan. Asimismo, pueden leer "El Capital", participar de reuniones, pelear con la policía, recibir un golpe en la cabeza y, además, sentir el dolor de las heridas. Cuando en los sueños se les hace preguntas, pensarán que lo que experimentan es "totalmente material", así como creen que todo lo que ven en vigilia también es material. Sin embargo, sea en sueño o en vigilia, todo lo que vean, experimenten o sientan, consiste solamente en percepciones.
La Experiencia de Conectar los Nervios en Paralelo
Consideremos el ejemplo del accidente que propone Politzer. Si en la persona que sufre el choque, los nervios que van desde los sensores de los cinco sentidos hasta el cerebro, estuviesen conectados en paralelo a otra persona, por ejemplo, al cerebro de Politzer, también éste sentiría el golpe aunque estuviera sentado en su casa. Es decir, todo lo experimentado por la persona accidentada sería experimentado por Politzer, del mismo modo que dos personas oyen la misma canción si están conectadas al mismo aparato reproductor. Politzer verá, sentirá y experimentará el sonido del freno del vehículo, el contacto del vehículo con su cuerpo, las imágenes del brazo roto y de la pérdida de sangre, los dolores de la fractura, las imágenes del ingreso a la sala de operaciones, la dureza del yeso que se le coloca y la fragilidad del brazo.
Cualquier otra persona conectada a los nervios de la accidentada experimentará todas las alternativas indicadas, desde el principio hasta el final, igual que Politzer. Si quien sufrió el accidente entra en coma, la conectada a ella también entrará en coma. Además, si todas las percepciones del accidente automovilístico se registrasen en un mecanismo apropiado y fuesen transmitidas repetidamente a algunas otras personas, éstas tendrán las mismas sensaciones.
Siendo así, ¿cuál de los buses que choca a las distintas personas es el real? La filosofía materialista no tiene ninguna respuesta a esta pregunta. La respuesta correcta es que todas las personas del caso experimentaron en sus mentes el accidente con todos los pormenores.
El mismo principio se aplica a los ejemplos del pastel y de las piedras. Si los nervios de los órganos sensoriales de Engels que sintieron la saciedad en el estómago después de ingerir el pastel, hubieran estado conectados en paralelo al cerebro de una segunda persona, ésta también se habría sentido satisfecha y llena. Si los nervios de Johnson, quien sintió el dolor en el pie cuando pateó una piedra, hubieran estado conectados en paralelo a otra persona, está habría sentido el mismo dolor.
Luego, ¿cuál piedra y cuál pastel son reales? La filosofía materialista, nuevamente, no puede dar una respuesta coherente. La respuesta correcta y coherente es que tanto Engels como la segunda persona que en sus mentes registraron la ingestión del pastel quedaron satisfechas; y del mismo modo, tanto Johnson como la otra persona han experimentado en sus mentes plenamente la patada a la piedra.
Introduzcamos un cambio en la primera experiencia. Conectemos los nervios del que sufre el choque al cerebro de Politzer, y los nervios de éste, que está sentado en su casa, al cerebro del accidentado. Entonces Politzer sentirá que el bus lo chocó, aunque esté sentado en la casa, y el accidentado no sentirá nunca el impacto y pensará que está sentado en la casa de Politzer. La misma lógica es aplicable a los ejemplos del pastel y de la piedra.
Como se puede ver, no es posible que el ser humano trascienda sus sentidos y se separe o libere de ellos. Es decir, el alma de una persona puede estar sometida a todos los tipos de representaciones aunque no tenga cuerpo físico ni existencia material y carezca también de peso material. La persona no se puede dar cuenta de esto porque supone que las imágenes tridimensionales son reales y está absolutamente convencida de que existen porque, como todos, ella depende de las percepciones que provocan e imprimen sus órganos sensoriales.
El conocido filósofo británico David Hume expresa lo que piensa al respecto:
Hablando con franqueza, cuando me incluyo en lo que llamo "mi mismo", siempre me encuentro con una percepción específica de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, dulce o agrio, etc. Sin la existencia de una percepción, nunca puedo aprehenderme, capturarme, en un momento particular. Lo único que puedo advertir es la percepción.26
La Formación de las Percepciones en el Cerebro no Es Algo Filosófico Sino Un Hecho Científico
Los materialistas pretenden que lo que hemos estado diciendo es un punto de vista filosófico. Sin embargo, sostener que el "mundo exterior", como lo llamamos, es un conjunto de percepciones, no se trata de filosofía sino de un claro hecho científico. En todas las escuelas de medicina se enseña pormenorizadamente cómo se forman las imágenes y las sensaciones en el cerebro. Estos hechos, probados por la ciencia del siglo XX, particularmente por la física, muestran claramente que la materia no tiene realidad en absoluto y que cada uno, en cierto sentido, está observando el "monitor en su cerebro".
Todos los que creen en la ciencia, sean ateos, budistas o cualquier otra cosa, tienen que aceptar esta realidad. Algún materialista podrá negar la existencia de un Creador, pero no puede negar esta verdad científica.
La incapacidad de Carlos Marx, Federico Engels, George Politzer y otros para comprender una realidad tan evidente y simple resulta pasmosa, si bien es cierto que el nivel de conocimiento científico y las posibilidades de entender esto en aquella época eran insuficientes. En nuestro tiempo, la ciencia y la tecnología están muy avanzadas y descubrimientos recientes permitieron discernir más fácilmente este hecho. Los materialistas actuales, por otra parte, quedan inmersos en lágrimas al advertir, aunque sea parcialmente, la realidad de la que hablamos, y al constatar cómo su filosofía resulta definidamente demolida.
El Gran Temor de los Materialistas
Por algún tiempo, no hubo ninguna reacción substancial de parte de los círculos materialistas turcos en contra de lo que se plantea en este libro, es decir, que la materia es una simple percepción. Esto nos había dado la impresión de que no habíamos aclarado suficientemente el tema y que requería más explicación. Sin embargo, poco después se supo que los materialistas estaban muy inquietos por la difusión que había alcanzado la cuestión, además del temor que abrigaban frente a ello.
Esa aprensión y pánico también la expresaron a viva voz en sus publicaciones, conferencias y paneles. Los discursos mostraban desesperanza y perturbación, lo cual indicaba una grave crisis intelectual. El colapso del fundamento científico de su filosofía, es decir, de la teoría de la evolución, fue un gran golpe para ellos. Y ahora están comprobando que experimentan un golpe más duro que el que recibieron por medio de la impugnación científica del darwinismo, pues su concepto de la materia, que es más importante para ellos, pierde vigencia y sentido. Declaran que esta cuestión es "la amenaza más grande" al materialismo, y que "demuele totalmente su edificio cultural".
Uno de los que manifestaron más abiertamente la ansiedad y pavor sentidos en los círculos materialistas, fue Rennan Pekunlu, académico y colaborador de Bilim ve Utopya (Ciencia y Utopía), periódico que asumió la tarea de defender el materialismo. Tanto en los artículos publicados en "Ciencia y Utopía" como en los paneles en que participó, presentó el libro "El Engaño del Evolucionismo" de Harun Yahya como la "amenaza" número uno para el materialismo. Más que los capítulos que invalidan el darwinismo, lo que preocupó a Pekunlu fue la parte que ahora están leyendo ustedes. Le dijo a su audiencia (sólo un puñado de gente): No se extravíen ustedes mismos aceptando el adoctrinamiento del idealismo y mantengan la fe materialista, y a continuación exhibió, como referencia a ese objeto, al líder de la sangrienta revolución comunista en Rusia. Al aconsejar al público que lea el libro de Lenin escrito hace cien años, titulado "Materialismo y Empiriocriticismo", lo único que hizo fue repetir los consejos de su autor en cuanto a "no pensar sobre la cuestión o se saldrán del carril del materialismo y serán seducidos por la religión". En un artículo que escribió Pekunlu en el periódico mencionado, cita lo siguiente de Lenin:
Una vez que niega la realidad objetiva, aceptando las sensaciones, ya ha perdido el arma contra el fideísmo, porque se ha deslizado al agnosticismo o subjetivismo, que es lo que requiere el fideísmo. Una sola pata entrampada, y el pájaro está perdido. Y nuestros Machistas (seguidores de la filosofía del físico Ernst Mach, quien vivió entre 1838 y 1916) se han entrampado en el idealismo, es decir, en el fideísmo diluido, sutil. Han quedado entrampados desde el momento en que no tomaron la "sensación" como una imagen del mundo exterior sino como un "elemento" especial. Sensación de nadie, lo psíquico de nadie, espíritu de nadie, voluntad de nadie.27
Lo dicho demuestra explícitamente que las cuestiones que Lenin comprobaba de modo claro, quería eliminarlas de las ideas propias y de las de sus "camaradas". De todos modos, Pekunlu y otros materialistas sufren una angustia aún más grande, pues son conscientes de que ahora se enfrentan a una situación mucho más explícita, firme y convincente que hace cien años. Por primera vez en la historia del mundo este tema está siendo explicado de modo incontrastable.
No obstante, la situación general nos muestra un gran número de científicos materialistas que todavía se oponen, de modo superficial, al hecho de que "la materia no es más que una ilusión". El tema que se explica en este capítulo es uno de los más importantes y excitantes de todos con los que uno se puede cruzar en la vida. Nunca antes los materialistas se habían enfrentado con un asunto tan decisivo. Sin embargo, al ver cómo se expresan en sus artículos y discursos, se puede notar lo somero y superficial del entendimiento que poseen.
Al extremo de que las reacciones de algunos de ellos nos hacen ver que la adhesión ciega al materialismo les ha provocado algún tipo de daño en su pensamiento lógico, motivo por el cual están muy lejos de comprender el tema. Por ejemplo, Alaattin Senel, también académico y colaborador de "Ciencia y Utopía", dice cosas parecidas a las de Pekunlu: Olvídense del colapso del darwinismo, (porque) la amenaza real es ésta. Viendo que su propia filosofía carece de todo sentido, exige a otros cosas como "¡prueben lo que dice!". Lo más interesante es que este académico ha escrito que no pudo, por ningún medio, entender esa realidad que considera un reto.
Por ejemplo, en un artículo donde discutió exclusivamente este tema, Senel acepta que el mundo exterior es percibido en el cerebro como una imagen. Sin embargo, pasa a suponer que las imágenes se dividen en dos categorías: las que tienen un correlato físico y las que no. Y las que tienen correlato físico son las pertenecientes al mundo externo. Con el objeto de apoyar lo que afirma, da "el ejemplo del teléfono". En resumen, escribió: No sé si la imagen en mi cerebro tiene correlato o no en el mundo exterior, pero lo mismo se aplica cuando hablo por teléfono. Al hacerlo, no puedo ver a la persona con la que estoy comunicado pero puedo tener esta conversación, que la confirmo más tarde cuando me reúno con quien hablé.28
Lo que dice realmente el escritor es: "Si dudamos de nuestras percepciones, podemos controlar su realidad". Sin embargo, evidentemente, este es un concepto equivocado porque es imposible que alcancemos la materia en sí. Nunca podemos salir de nuestra mente y saber qué hay en "el exterior". Si la voz en el teléfono tiene correlato o no en el "mundo exterior", puede ser confirmado por la persona al otro lado de la línea. Sin embargo, esta confirmación también es una apariencia experimentada por la mente.
En realidad, esa gente percibe los mismos sucesos en los sueños. Por ejemplo, cuando Senel sueña también puede ver que habla por teléfono y que el interlocutor le confirma la conversación. O Pekunlu puede sentirse en sueños enfrentando "una seria amenaza" y aconsejar a la gente que lea libros escritos por Lenin hace un siglo. De todos modos, independientemente de lo que dicen, los materialistas nunca pueden negar que los sucesos que han experimentado y la gente con la que hablaron en sus sueños no son más que percepciones.
¿Quién confirmará entonces si las imágenes en el cerebro tienen correlatos o no? ¿Las imágenes en el cerebro? Sin duda, es imposible para los materialistas encontrar una fuente de información que pueda suministrar datos concernientes al exterior del cerebro, y confirmarlos.
Aceptar que todas las percepciones se forman en el cerebro y a la vez asumir que uno puede "salirse" de allí y confirmar las percepciones por medio del mundo externo real, revela que la capacidad perceptiva de la persona es limitada y que cuenta con un razonamiento distorsionado.
Sin embargo, la realidad de la que hablamos aquí puede ser fácilmente aprehendida por una persona con un nivel de comprensión y razonamiento normales. Toda persona imparcial debería saber, en relación con todo lo que hemos dicho, que no es posible probar la existencia del mundo exterior con los sentidos. No obstante, parece que la adhesión ciega al materialismo distorsiona la capacidad de razonamiento. Por ese motivo los materialistas contemporáneos exhiben severos defectos de método, al igual que todos sus mentores, quienes intentaron "probar" la existencia de la materia pateando piedras y comiendo pasteles.
También hay que decir que no es algo sorprendente, porque la incapacidad de comprensión es un rasgo común a todos los incrédulos. Dice el Corán, de modo específico, que los incrédulos "son gente que no razona" (Corán, 5:58).
Los Materialistas Han Caído en la Trampa Más Grande de la Historia
La situación de pánico que se extiende por los círculos materialistas en Turquía, cosa de la que dimos unos pocos ejemplos, muestra que enfrentan una derrota total, como nunca sufrieron en la historia. La realidad de que la materia es simplemente una percepción, ha sido probada por la ciencia moderna y se presenta de manera muy clara, íntegra y válida. Lo único que les falta a los materialistas es ver el colapso de todo el mundo material en el que creen y confían.
A lo largo de la historia de la humanidad siempre existió el pensamiento materialista. Al sentirse muy seguros de ellos mismos y de la filosofía en que creen, se revelan contra Dios, Quien los ha creado. El escenario que plantean sostiene que la materia no tiene principio ni fin y que no hay ninguna posibilidad de que tenga un Creador. En tanto que niegan a Dios debido a la arrogancia, se refugian en la materia sosteniendo que tiene una existencia real. Estaban tan confiados en su filosofía que pensaron que nunca se podría presentar una explicación que pruebe lo contrario.
A ello se debe la gran sorpresa que produjeron las realidades contadas en este libro respecto a la verdadera naturaleza de la materia, pues destruye la esencia de la filosofía materialista y ya no hay ningún motivo para proseguir la discusión. La materia, en la que basaron toda sus formas de pensar, vidas, arrogancia y rechazos, desaparecía de golpe. ¿Cómo puede existir el materialismo si la materia no existe?
Uno de los atributos de Dios es Su intriga contra los incrédulos: "…Intrigaban ellos e intrigaba Dios, pero Dios es el mejor de los que intrigan." (Corán, 8:30).
Dios entrampó a los materialistas haciéndoles suponer que la materia existe. De ese modo los humilló de manera inadvertida. Los materialistas juzgan que realmente existe lo que tienen, el estatus, el rango, la sociedad a la que se pertenece, el mundo en su conjunto y todo lo demás, con lo cual aumentaron su arrogancia frente a Dios. Se revelaron contra Dios por medio de la jactancia, con lo que creció su incredulidad. Y para proceder así confiaron plenamente en la existencia de la materia. Tienen una comprensión tan deficiente, que no llegan a entender que Dios los abarca. Dios anuncia a los incrédulos el estado en que se encontrarán debido a su torpeza:
¿O quieren urdir una estratagema? Pero los que no creen, serán las víctimas de esa estratagema (Corán, 52:42).
Probablemente esta es su más grande catástrofe en la historia. Mientras crecían en su arrogancia fueron entrampados y sufrieron una seria derrota por medio de discutir algunas cosas monstruosas en oposición a El, en la guerra que promovieron en Su contra. El versículo, Así, hemos puesto en cada ciudad a los más pecadores de ella para que intriguen. Pero, al intrigar, no lo hacen sino contra sí mismos, sin darse cuenta (Corán, 6:123), da a conocer la inconsciencia de la gente que se revela contra Su Creador, y cómo finalizarán. Otro versículo sobre el mismo tema dice:
Tratan de engañar a Dios y a los que creen; pero, sin darse cuenta, sólo se engañan a sí mismos (Corán, 2:9).
Mientras los incrédulos recurren a artimañas, no se dan cuenta de un hecho muy importante, como lo enfatizan las palabras pero, sin darse cuenta, sólo se engañan a sí mismos, en el versículo arriba citado. Todo lo que experimentan es algo imaginario, diseñado para que lo perciban, y todas las maquinaciones que idean son nada más que imágenes formadas en sus cerebros, del mismo modo que se forman por cualquier otro acto. La insensatez les ha hecho olvidar que están a solas con Dios, y por ende, quedan entrampados por sus propios planes descarriados.
Los incrédulos de hoy día deben enfrentar en un grado no menor que los de otras épocas, una realidad que destrozará desde la misma base esos designios tortuosos. Con el versículo, ...¡Las artimañas del Demonio son débiles! (Corán, 4:76), Dios ha dicho que los que intrigan están condenados a fracasar y da las buenas nuevas a los creyentes: ...sus artimañas no os harán ningún daño... (Corán, 3:120).
En otro versículo dice Dios: Las obras de los infieles son como espejismo en una llanura: el muy sediento cree que es agua, hasta que, llegado allá, no encuentra nada… (Corán, 24:39). También el materialismo se convierte en un espejismo para los rebeldes, pues cuando recurren al mismo no encuentran más que una ilusión. Dios los ha engañado con ese espejismo al hacerles percibir como reales las imágenes que observan. Esas personas "eminentes" ―profesores, astrónomos, biólogos, físicos, etc.― independientemente de sus rangos y cargos, simplemente, son engañadas como niños y son humilladas porque toman a la materia como su dios. Supusieron a las imágenes como categóricas y basaron en ello su filosofía e ideología, se enzarzaron en serias discusiones y adoptaron el llamado discurso "intelectual". Parecían lo suficientemente "sabias" como para ofrecer un argumento acerca de la realidad del universo, y lo que es más importante, para discutir acerca de Dios con su inteligencia limitada. Dios explica esto así:
E intrigaron y Dios intrigó también. Pero Dios es el Mejor de los que intrigan. (Corán, 3:54).
Es posible que se pueda escapar de algunos tejemanejes (es decir, Dios puede perdonar algunas cosas). Sin embargo, el plan de Dios contra los incrédulos es constante, permanente y de ninguna manera se puede escapar del mismo. No importa lo que hagan o a lo que apelen los materialistas. Nunca pueden encontrar ayuda más que en Dios, como está dicho en el Corán: ...No encontrarán, fuera de Dios, amigo ni auxiliar. (Corán, 4:173).
Los materialistas nunca esperaron caer en una trampa así. Pensaron que teniendo a su disposición los medios del siglo XX, podían ser más obstinados en su rechazo y llevar a la gente a la incredulidad. Esa mentalidad permanente de los ateos, y el fin que encontrarán, se describen en el Corán:
Urdieron una intriga sin sospechar que Nosotros urdíamos otra. Y ¡mira cómo terminó su intriga! Les aniquilamos a ellos y a su pueblo, a todos. (Corán, 27:50-51).
En otro sentido, la realidad que comunica el versículo es la siguiente: se les hace comprobar a los materialistas que todo lo que poseen no es más que una ilusión; por lo tanto, no tiene ninguna existencia real. Mientras dan testimonio del patrimonio que poseen, de las fábricas, el oro, los dólares, los hijos, las esposas, los amigos, el nivel social, los cargos importantes e incluso el propio cuerpo ―lo cual consideran que existe―, se les escabulle de las manos todo eso y son "aniquilados" en los términos indicados en 27:51. En ese momento ya no son más "materia" sino almas.
No cabe ninguna duda de que no hay nada peor para los materialistas que comprobar esta verdad. El hecho de que lo que posean no sea más que ilusión, es equivalente, en sus propias palabras, a "la muerte antes de morir" en este mundo.
Dicha realidad los deja a solas con Dios. Mediante el versículo que dice: Déjame solo con quien Yo he creado (C. 74:11), Dios nos hace ver que, en realidad, cada ser humano está a solas en Su presencia. Este hecho notable es repetido en muchos otros versículos.
Habéis venido uno a uno a Nosotros, como os creamos por vez primera, y habéis dejado a vuestras espaldas lo que os habíamos otorgado… (Corán, 6:94).
Todos vendrán a El, uno a uno, el día de la Resurrección. (Corán, 19:95).
El significado de lo dicho, en otro sentido, es el siguiente: quienes toman a la materia como si fuese dios, provienen de Dios y retornan a El. Les guste o no, todos se someterán a la voluntad de Dios y tienen que esperar el Día del Juicio, momento en el que deberán rendir cuentas. Independientemente de lo renuentes que sean en comprender esto.
Conclusión
El tema que hemos explicado hasta ahora es una de las más grandes verdades que podrán escuchar mientas vivan. El demostrar o comprobar que el mundo material es en realidad una "imagen", es la clave para entender la existencia de Dios y de Su creación, y comprender que El es la única existencia categórica.
Quien advierte o intuye esto, entiende que el mundo no es el tipo de lugar que la mayoría de la gente supone. El mundo no es para nada un lugar de existencia real, como presumen quienes van por las calles de aquí para allá, se pelean en los bares, se exhiben en lugares lujosos, se jactan de las propiedades que poseen o dedican la vida a cosas sin sentido. El mundo es solamente un conjunto de percepciones, una ilusión. La gente a la que nos referimos antes, son solamente imágenes que observan las percepciones en su mente. No obstante, no tienen conciencia de ello.
El concepto mencionado es muy importante para desnudar la filosofía materialista ―que niega la existencia de Dios― pues la hace colapsar. A ello se debió que materialistas como Marx, Engels y Lenin sintieran pánico y se enfurecieran al escuchar en su época los conceptos que sostenemos, y advirtieran a sus seguidores que "no piensen" en ello. En realidad, gente así, se encuentra en tal estado de deficiencia mental que ni siquiera puede comprender que las percepciones se forman dentro del cerebro. Suponen que el mundo que observan en el cerebro se trata del "mundo exterior" y no pueden captar la obviedad de lo opuesto.
Esa inconsciencia es el resultado de la falta de sabiduría que Dios produce en los incrédulos. En el Corán se dice que los incrédulos ...Tienen corazones con los que no comprenden, ojos con los que no ven, oídos con los que no oyen... (Corán, 7:179).
Se puede profundizar en este punto por medio de la capacidad de reflexión. Para ello hay que considerar atentamente de qué manera se ven los objetos a nuestro alrededor y de qué manera se los interpreta al palparlos. Si uno procede con cuidado, entenderá que el ser inteligente que ve, oye, toca, piensa y lee ahora este libro, es solamente un alma, la cual observa sobre una pantalla (como la del cine) lo que se llama "materia", en sus distintos aspectos, bajo la forma de distintas percepciones. Se considera que la persona que discierne esto ha salido del campo del mundo material ―que engaña a la mayoría del género humano― y ha entrado al campo de la verdadera existencia.
Esta realidad ha sido advertida por una serie de creyentes en Dios o filósofos a lo largo de la historia. Intelectuales islámicos como el Imam Rabbani (nació en H. 972 ―C. 1564― y falleció en H. 1034 ―C. 1624―), Muhyyidin Ibn al-'Arabi (nació en H. 560 ―C. 1165― y falleció en H. 638 ―C. 1240―) y Mawlana Jami (nació en H. 817 ―C. 1414― y falleció en H. 898 ―C. 1493―), se dieron cuenta de esta realidad a partir de los signos suministrados por el Corán y gracias al uso de la razón. Algunos filósofos occidentales como George Berkeley han entendido la misma realidad por medio de la razón. Imam Rabbani ha escrito en Maktubat (Cartas) que todo el universo material es "una ilusión y suposición (percepción)" y que la única existencia absoluta es Dios:
Dios... La sustancia de esas existencias que El ha creado no es otra cosa que la nada... El creó todas en la esfera de los sentidos y de las ilusiones... La existencia del universo está en la esfera de los sentidos y de las ilusiones, y no es material... En verdad, en el exterior, excepto la Existencia Gloriosa (es decir, Dios), no hay nada.29
Imam Rabbani dijo explícitamente que todas las imágenes presentadas al ser humano no son más que ilusiones, y no tienen su contraparte "original" en el "exterior".
Este ciclo imaginario está representado en la imaginación. Se ve en el grado de lo que está retratado. Pero con los ojos de la mente. En el exterior parece como si se viera con los ojos de la cabeza. Sin embargo, no es así. En el exterior no tiene ninguna huella, ninguna señal. No hay ninguna circunstancia para ser visualizada. Eso es lo que sucede con el rostro de una persona que se refleja en el espejo. Sin duda ambos, su constancia y su reflejo, están en la IMAGINACION. Y Dios es Quien conoce Mejor.30
Mawlana Jami comunicó la misma realidad que descubrió siguiendo los signos o referencias del Corán y usando la razón: "Todo lo que hay en el universo son sentidos e ilusiones. Son como reflejos en espejos o como sombras".
Sin embargo, la cantidad de los que han comprendido este hecho a lo largo de la historia siempre ha sido limitada. Grandes eruditos como Imam Rabbani, han escrito que podría no ser conveniente contar esto a todos y que la mayoría de la gente no estaría en condiciones de entenderlo.
Pero en la época en que vivimos el tema que tratamos se ha vuelto empírico debido a la cantidad de evidencias presentadas por la ciencia. El hecho de que el universo es una imagen, se describe por primera vez en la historia de un modo muy concreto, claro y explícito.
Por esa razón, el siglo XXI será un punto de inflexión histórico, pues la mayoría de la gente podrá comprender las realidades divinas y dirigirse en multitudes a Dios, la única Existencia Categórica. El credo materialista del siglo XIX será relegado en el siglo XXI al gran basurero de la historia. Se entenderá la existencia de Dios y Su Gran Creación, se comprenderá la inexistencia del espacio y del tiempo; la humanidad se liberará de los velos milenarios, de los engaños y de las supersticiones que la envuelven.
No es posible que este curso ineludible sea impedido por ninguna imagen.
LA RELATIVIDAD DEL TIEMPO Y
LA REALIDAD DEL DESTINO
Todo lo relatado hasta ahora demuestra que el "espacio tridimensional" no existe en realidad, que se trata de un prejuicio sustentado completamente con las percepciones y que transcurrimos la vida "fuera de todo espacio". Para afirmar lo contrario debería tenerse una creencia supersticiosa muy alejada de la razón y de la verdad científica, porque no hay ninguna prueba válida de la existencia de un mundo material tridimensional.
Esto refuta el primer supuesto de la filosofía materialista, en la cual se basa la teoría de la evolución, es decir, que la materia es absoluta y eterna. El segundo supuesto sobre el que descansa la filosofía materialista es que el tiempo es absoluto y eterno, lo cual es una superstición igual que el primero.
La Percepción del Tiempo
Lo que percibimos como “el tiempo” se realiza por medio de un método que consiste en comparar un momento con otro. Expliquemos esto con un ejemplo. Cuando una persona perfora un objeto, oye un ruido particular. Cuando vuelve a perforar el mismo objeto cinco minutos después, oye otro sonido. La persona percibe que hay un intervalo entre el primero y el segundo sonido, a ese intervalo lo llama "tiempo". Pero al oír el segundo sonido, el primero no es más que un recuerdo en la mente. Es, simplemente, un elemento de información en la memoria. La persona formula el concepto de "tiempo" comparando el momento que está viviendo con el que tiene en el recuerdo. Si no se hace esta comparación, no puede existir ningún concepto de tiempo.
En otras palabras, la percepción del tiempo se produce cuando se comparan en el cerebro distintos momentos e informaciones: alguien pasa por la puerta, entra a una sala y se sienta en un sillón.
En resumen, el tiempo pasa a existir como resultado de la confrontación hecha entre algunas ilusiones o espejismos almacenados en el cerebro. Si el observador del caso careciese de memoria, el cerebro no haría esas interpretaciones y por lo tanto nunca podría formarse el concepto de tiempo. La única razón por la que alguien se determina a tener treinta años de edad, es porque en la mente acumuló información de todo ese lapso de tiempo. Si no existiese la memoria no se acordaría del período anterior y experimentaría solamente el "momento" que vive.
La Explicación Científica de la Inexistencia del Tiempo
Intentemos aclarar este asunto citando las explicaciones sobre la materia dadas por distintos eruditos y científicos. Respecto del tema del tiempo que retrocede, el conocido intelectual y profesor de genética laureado con el premio Nobel, François Jacob, dice lo siguiente, en su libro Le Jeu des Possibles (Lo Potencial y lo Real):
Las películas que se rebobinan nos permiten imaginar un mundo en el que el tiempo retrocede. Un mundo en el que la leche se separa del café y se sale de la taza para llegar a la lechera; un mundo en el que los rayos de luz son emitidos desde las paredes para juntarse en un lazo (centro de gravedad) en vez de fluir desde un centro de luz; un mundo en el que una piedra se desliza a la palma de la mano por medio de la colaboración asombrosa de innumerables gotas que posibilitan que salte fuera del agua. Además, en un mundo en el que el tiempo tuviese esos rasgos opuestos, los procesos del cerebro y la forma en que la memoria compilaría la información estarían funcionando también hacia atrás. Lo mismo es cierto para el pasado y para el futuro, y el mundo se nos presentará exactamente como aparece de manera corriente.31
Dado que nuestro cerebro está acostumbrado a una cierta secuencia de los sucesos, el mundo no opera para nosotros como se relata arriba y asumimos que el tiempo fluye siempre hacia adelante. Pero esta es una decisión a la que se llega en el cerebro y es relativa. En realidad, nunca sabemos cómo fluye el tiempo, o si fluye o no. Este es un indicio de que el tiempo no es una realidad absoluta sino un tipo de percepción.
La relatividad del tiempo es un hecho también comprobado por Alberto Einstein, uno de los más importantes físicos del siglo XX. Escribe Lincoln Barnett en El Universo y el Dr. Einstein:
Junto con (la existencia) del espacio absoluto, Einstein descartó el concepto de tiempo absoluto, es decir, de un fluir del tiempo universal, de manera invariable, inexorable, estable, yendo del pasado infinito al futuro infinito. Mucho de la oscuridad que ha rodeado a la Teoría de la Relatividad surge de la renuencia del ser humano a reconocer que el sentido del tiempo, al igual que el sentido del color, es una forma de percepción. Así como el espacio es simplemente un posible orden de objetos materiales, así el tiempo es simplemente un posible orden de los sucesos. La subjetividad del tiempo se explica mejor en las propias palabras de Einstein. "Las experiencias de un individuo", dice el sabio, "se nos presentan ordenadas en una serie de sucesos; en esta serie, los acontecimientos singulares que recordamos aparecen ordenados según el criterio de 'anterior y posterior'. Por lo tanto para el individuo existe un yo-tiempo o tiempo subjetivo. Este no es mensurable en sí. En realidad, lo que puedo hacer es asociar los números con los sucesos de manera que el número mayor se asocie con el último suceso antes que con uno anterior".32
Einstein mismo señaló, como se cita en el libro de Barnett: el espacio y el tiempo son formas de la intuición, lo cual no puede estar más divorciado de la conciencia que lo que pueden estar nuestros conceptos del color, de la forma o de la medida. Según la Teoría General de la Relatividad, el tiempo no tiene ninguna existencia independiente si dejamos a un lado el orden de los sucesos, por medio del cual lo medimos.33
Puesto que el tiempo consiste en percepciones, depende totalmente de quien lo percibe y por lo tanto es relativo.
La velocidad con que fluye el tiempo difiere de acuerdo a la referencia que usemos para medirlo, porque en el cuerpo humano no hay ningún reloj natural que indique con precisión la rapidez de su paso. Como escribió Lincoln Barnett: Así como no hay nada que pueda denominarse color sin un ojo que lo discierna, de la misma manera, un instante, una hora o un día no son nada, sin un suceso que los marque.34
La relatividad del tiempo es claramente experimentada en los sueños. Aunque lo que vemos en nuestros sueños parece que dura muchas horas, en realidad ocupa solamente unos minutos e incluso unos pocos segundos.
Vayamos a un ejemplo para aclarar el tema. Supongamos que estamos en una sala con una ventana diseñada específicamente y que nos quedamos allí cierto tiempo. Concedamos que en la sala hay un reloj por medio del cual controlamos la cantidad de tiempo que transcurre. Admitamos que desde la ventana de la sala vemos la salida y puesta del sol en ciertos momentos. Si después de un período determinado se nos pregunta cuánto tiempo pasamos en la sala, la respuesta que daremos se basará en las informaciones que reunimos por medio de la observación del reloj y por el cómputo de las veces que salió y se puso el sol. Por ejemplo, podemos estimar que pasamos tres días en la sala. Sin embargo, si la persona que nos llevó allí dice que estuvimos solamente dos días, que el sol que vimos desde la ventana fue una imagen producida artificialmente con una máquina simuladora y que el reloj de la sala fue regulado especialmente para que marche más de prisa, entonces el cálculo que hicimos nosotros pierde sentido.
Este ejemplo confirma que la información que tenemos acerca de la velocidad del paso del tiempo, se basa en referencias relativas. La relatividad del tiempo es un hecho científico probado también por la metodología científica. La Teoría de la Relatividad General de Einstein sostiene que el cambio de la velocidad del tiempo depende de la velocidad del objeto y de su posición en el campo gravitatorio. Mientras la velocidad aumenta, el tiempo se acorta y se comprime: va disminuyendo como si se dirigiese al punto de "detención".
Expliquemos esto con un ejemplo dado por Einstein. Imaginemos dos mellizos, uno de los cuales permanece en la Tierra, en tanto que el otro viaja por el espacio a una velocidad cercana a la de la luz. Cuando éste vuelva a la Tierra verá que el hermano envejeció mucho más que él. La razón es que el tiempo pasa mucho más lentamente para la persona que viaja a velocidades cercanas a la de la luz. Consideremos un padre viajero del espacio y su hijo terráqueo. Si el padre tuviese veintisiete años cuando dejó al hijo de tres años en la Tierra, al regresar a ésta treinta años más tarde (tiempo de la Tierra), el hijo tendrá treinta y tres años mientras que él solamente treinta años.35
Esta relatividad del tiempo no es causada por la aceleración o desaceleración de un dimanar mecánico. Más bien es el resultado de los períodos modificados de las operaciones de todo el sistema de la existencia material, que alcanzan hasta las partículas subatómicas. En otras palabras, para la persona que lo experimenta, la reducción del tiempo no se advierte como si actuara en una película en cámara lenta. En una situación donde el tiempo se acortara, la replicación de las células, los latidos del corazón, las funciones del cerebro, etc., operarían todos más lentamente que los movimientos más lentos en la Tierra. Con todo, la persona del caso continuaría su vida regular sin advertir para nada el acortamiento del tiempo. En realidad, esa reducción ni siquiera se haría aparente hasta que se realizaran las comparaciones.
La Relatividad en el Corán
La conclusión a la que nos vemos conducidos por los descubrimientos de la ciencia moderna, es que el tiempo no es una realidad absoluta como suponen los materialistas, sino solamente una percepción relativa. Lo más interesante es que esta realidad, no descubierta por la ciencia hasta el siglo XX, fue revelada al género humano en el Corán hace catorce siglos. En el Corán hay varias referencias a la relatividad del tiempo.
En muchos versículos coránicos es posible ver el hecho, probado científicamente, de que el tiempo es una percepción psicológica que depende de los sucesos, del medio circundante y de las situaciones. Por ejemplo, toda la vida de una persona es muy breve en el tiempo, como se nos informa en el Corán:
El día que os llame, responderéis alabándole y creeréis no haber permanecido sino poco tiempo. (Corán, 17:52).
Y el día que les congregue, será como si no hubieran permanecido más de una hora del día. Se reconocerán… (Corán, 10:45).
Algunos versículos indican que hay gente que percibe el tiempo de manera distinta, y que a veces las personas pueden percibir un tiempo muy corto como si fuese muy largo. Lo que conversa la gente durante el juicio en el otro mundo es un buen ejemplo de esto:
Dirá: "¿Cuántos años habéis permanecido en la tierra?". Dirán: "Hemos permanecido un día o parte de un día. ¡Interroga a los encargados de contar!". Dirá: "No habéis permanecido sino poco tiempo. Si hubierais sabido... (Corán, 23:112-114).
En otros versículos Dios dice que el tiempo puede fluir a un paso distinto en medios circundantes diferentes:
Te piden que adelantes la hora del castigo, pero Dios no faltará a su promesa. Un día junto a tu Señor vale por mil años de los vuestros. (Corán, 22:47).
Los ángeles y el Espíritu ascienden a El en un día que equivale a cincuenta mil años. (Corán, 70:4).
El dispone todos los asuntos desde el cielo a la tierra. Luego, todo ascenderá a El en un día equivalente en duración a mil años de los vuestros. (Corán, 32:5).
Estos versículos, que expresan claramente la relatividad del tiempo ―conclusión a la que llegaron los científicos solamente en el siglo XX―, fue comunicada a los seres humanos hace mil cuatrocientos años por el Corán, como una señal de su revelación, por parte de Dios, Quien abarca todo el tiempo y el espacio.
Muchos otros versículos coránicos revelan que el tiempo es una percepción, particularmente en los relatos. Por ejemplo, Dios ha mantenido a los Compañeros de la Cueva ―un grupo de creyentes mencionados en el Corán― en un sueño profundo durante más de tres siglos. Esas personas, cuando despertaron, pensaron que habían estado dormidas durante un tiempo breve y no podían darse cuenta de la duración del sueño en el que permanecieron:
Y les hicimos dormir en la caverna durante muchos años. Luego, les despertamos para saber cuál de los dos grupos calculaba mejor cuánto tiempo habían permanecido. (Corán, 18:11-12).
Así estaban cuando les despertamos para que se preguntaran unos a otros. Uno de ellos dijo: "¿Cuánto tiempo habéis permanecido?". Dijeron: "Permanecimos un día o menos". Dijeron: "Vuestro Señor sabe bien cuánto tiempo habéis permanecido... (Corán, 18:19).
La situación que se relata en el versículo que sigue sirve también de evidencia de que el tiempo es en verdad una percepción psicológica:
O como quien pasó por una ciudad en ruinas. Dijo: "¿Cómo va Dios a devolver la vida a ésta después de muerta?". Dios le hizo morir y quedar así durante cien años. Luego, le resucitó y dijo: "¿Cuánto tiempo has permanecido así?". Dijo: "He permanecido un día o parte de un día". Dijo: "No, que has permanecido así cien años. ¡Mira tu alimento y tu bebida! No se han echado a perder. ¡Mira a tu asno! Para hacer de ti un signo para los hombres. ¡Mira los huesos, cómo los componemos y los cubrimos de carne!". Cuando lo vio claro, dijo: "Ahora sé que Dios es omnipotente". (Corán, 2:259).
Este versículo enfatiza claramente que Dios, Quien creó el tiempo, no está sujeto al mismo. El ser humano, sin embargo, resulta ligado al tiempo, lo cual está dispuesto por Dios. Como en el versículo, el ser humano incluso es incapaz de saber cuánto ha dormido. Por lo tanto, asegurar que el tiempo es absoluto (como lo hacen los materialistas con su pensamiento distorsionado) es muy irrazonable.
El Destino
La relatividad del tiempo aclara un tema muy importante: es tan variable, que un período que para nosotros abarca billones de años, dura solamente un segundo en otra perspectiva. Por otra parte, un enorme lapso de tiempo, que va desde el inicio del mundo a su término, puede no durar siquiera un segundo, sino apenas un instante en otra dimensión.
Esta es la esencia del concepto de destino, concepto que no es bien comprendido por la gente y en especial por los materialistas, quienes lo niegan completamente. El destino es el conocimiento perfecto que tiene Dios de todos los sucesos pasados y futuros. Muchas personas cuestionan cómo puede ser que Dios ya conozca sucesos que aún no se experimentaron, y eso no les permite comprender la legitimidad del destino. Pero los "sucesos aún no experimentados" son solamente así para nosotros (se ubican dentro del ámbito del ser humano). Dios no está constreñido por el tiempo y el espacio porque El los creó. Por esta razón, pasado, presente y futuro son lo mismo para Dios; para El todas las cosas ya han ocurrido y finalizado.
En El Universo y el Dr. Einstein, Lincoln Barnett explica cómo la Teoría de la Relatividad General conduce a esa conclusión. Según Barnett, el universo puede ser abarcado en toda su majestad solamente por un intelecto cósmico.36 La voluntad que Barnett llama "intelecto cósmico", es la sabiduría y conocimiento de Dios, Quien reina sobre todo el universo. Como podemos ver fácilmente, así como nos es dable observar el inicio, transcurso y final de un gobernante, incluido todo lo que acontece en ese período, Dios conoce el tiempo al que estamos sujetos, desde el inicio hasta el final, como si se tratase de un solo momento o período. De todos modos, las personas experimentan los incidentes solamente cuando llega el momento en que ocurren, y entonces somos testigos del destino que Dios creó para ellas.
También es importante llamar la atención sobre la superficialidad que prevalece en nuestra sociedad sobre la comprensión del destino, la cual es distorsionada. Se cree erróneamente que Dios ha determinado un "destino" para cada persona y que el mismo puede ser modificado por el individuo. Por ejemplo, la gente comenta acerca de un enfermo que escapó de la muerte, diciendo "derrotó a su destino". Nadie es capaz de cambiar su destino. Quien escapó de la muerte, no murió, precisamente, porque todavía no era su momento. Irónicamente, el destino de esos que se autoengañan diciendo "escapé de mi destino", es que tienen que decir eso y mantener esa disposición o inclinación.
El destino es el conocimiento eterno de Dios y para El, Quien conoce el tiempo como un solo momento y Quien prevalece sobre el conjunto del tiempo y del espacio. En el destino todo está determinado y concluido. También comprendemos, de lo que El relata, que el tiempo es uno para Dios: algunos incidentes que nos parecen sucederán en el futuro, en el Corán son tratados de tal manera como si ya hubieran tenido lugar mucho antes. Por ejemplo, los versículos que describen las explicaciones que la gente debe dar a Dios en el más allá, se relatan como sucesos que ocurrieron hace tiempo (o como si ocurrieran cuando se reveló el Corán) (Nota del traductor: Se usaron los tiempos verbales que aparecen en el Corán árabe, aunque en la traducción de Cortés están en futuro):
Se toca la trompeta y los que están en los cielos y en la tierra caen fulminados, excepto los que Dios quiera. Se toca la trompeta otra vez y he aquí que se ponen en pie, mirando. La tierra brilla con la luz de su Señor. Se saca la Escritura. Se hace venir a los profetas y a los testigos. Se decide entre ellos según justicia y no son tratados injustamente... Se dice (a los infieles): “¡Entrad por las puertas del Infierno...! Pero los que hayan temido a su Señor son conducidos en grupos al Paraíso... (Corán, 39:68-73).
Otros versículos sobre el tema son:
Cada uno vino acompañado de un conductor y de un testigo. (Corán, 50:21).
El cielo se hendió, pues ese día está quebradizo. (Corán, 69:16).
Les retribuyó, por haber tenido paciencia, con un Jardín y con vestiduras de seda. Reclinados allí en sofás, están resguardados allí del calor y del frío excesivo. (Corán, 76:12-13).
Y se hace aparecer el fuego del Infierno a quien pueda ver. (Corán, 79:36).
Ese día los creyentes se ríen de los infieles, (Corán, 83:34).
Los pecadores vieron el Fuego y creyeron que se precipitaban en él, sin encontrar modo de escapar. (Corán, 18:53).
Como se puede ver, lo que va a ocurrir después de nuestra muerte (desde nuestro punto de vista) se relata en el Corán como sucesos pasados ya experimentados. Dios no está atado a la relatividad del tiempo en el que estamos confinados nosotros. Dios ha dispuesto estas cosas en la intemporalidad: (Para El) las personas ya las han cumplido y todos los sucesos han sido vividos y han terminado. Dios comunica en el versículo que sigue que todo suceso, grande o pequeño, está dentro de Su conocimiento y registrado en un Libro:
En cualquier situación en que te encuentres, cualquiera sea el pasaje que recites del Corán, cualquier cosa que hagáis, Nosotros somos testigos de vosotros desde su principio. A tu Señor no se Le pasa desapercibido el peso de un átomo en la tierra ni en el cielo. No hay nada, menor o mayor que eso, que no esté en una Escritura clara. (Corán, 10:61).
La Angustia de los Materialistas
Las cuestiones discutidas en este capítulo, es decir, la verdad subyacente a la materia, la inexistencia del tiempo y del espacio, resultan extraordinariamente claras. Como expresamos antes, no se trata, definidamente, de ningún tipo de filosofía o forma de pensar, sino de resultados científicos imposibles de negar. Además de ser una realidad técnica, la evidencia tampoco admite ninguna otra alternativa lógica o racional en este tema: el universo es una entidad ilusoria con toda la materia que lo compone y con todas las criaturas que viven en él. Se trata de un conjunto de percepciones.
A los materialistas les es difícil comprender esto. Verbigracia, retomemos el ejemplo del bus de Politzer: aunque éste sabía que técnicamente no podía salirse de sus percepciones, las admitía solamente en ciertos casos. Es decir, para él los sucesos tienen lugar en el cerebro hasta que el bus choca, momento en que las cosas salen del cerebro y ganan realidad física. El defecto lógico de este razonamiento resulta clarísimo. Politzer ha cometido el mismo error que el materialista Johnson, quien dijo: Golpeo la piedra, el pie se lastima, por lo tanto existe. Politzer no podía comprender que la conmoción que sintió después del impacto del bus era también, simplemente, una percepción.
La razón subliminal por la que los materialistas no pueden comprender este asunto, es el temor que enfrentarán cuando lo entiendan. Lincoln Barnett nos dice que algunos científicos "percibieron" esto:
Junto con la reducción, por parte de los filósofos, de todas las realidades científicas a un mundo de percepciones de imágenes reflejas, los científicos se han vuelto conscientes de las alarmantes limitaciones de los sentidos del ser humano"."37
Cualquier referencia hecha a la verdad que la materia y el tiempo son percepciones, provoca gran temor en el materialista, porque son las únicas ideas en las que se apoya y considera existencias absolutas. En un sentido, las toma como ídolos a adorar porque piensa que la materia y el tiempo (a través de la evolución) lo crearon como persona.
Cuando siente que el universo en el que piensa que vive, que el mundo, que su propio cuerpo, que otras personas, que otros filósofos materialistas que lo influencian, en resumen, que todo lo que experimenta es percepción, se ve afectado por un horror agobiante en todos los campos. Todo en lo que cree, de todo lo que depende y a todo lo que apela, desaparece repentinamente. Prueba el sabor de la desesperación que experimentará realmente el Día del Juicio, como se describe en un versículo: Y, entonces, ofrecerán a Dios someterse. Pero sus invenciones se esfumarán. (Corán, 16:87).
Desde ahí en adelante este materialista intenta autoconvencerse de la realidad de la materia e inventa "evidencias" al efecto. Golpea la pared con el puño, patea piedras, vocifera, pero no puede escaparse de la realidad.
Así como quiere sacarse esta verdad de la mente, también quiere que otras personas hagan lo mismo. Es consciente de que si otros conocen en términos generales la auténtica naturaleza de la materia, la índole primitiva de su propia filosofía y la ignorancia que encierra su visión del mundo, sus especulaciones quedarán al desnudo para todos y ya no tendrá argumentos para sostenerlas. Son los hechos relatados aquí los que motivan los temores causantes del desasosiego que le invade.
Dios dice que los temores de los incrédulos se intensificarán en el Más Allá. El Día del Juicio serán arengados así:
El Día que les congreguemos a todos, diremos a los que hayan asociado: "¿Dónde están vuestros pretendidos asociados?". (Corán, 6:22).
Después de eso, los incrédulos serán testigos de que sus posesiones, hijos y seres más cercanos, a quienes habían asumido como reales e imputado como socios, los abandonan y desaparecen. Dios nos informa de esto: ¡Mira cómo mienten contra sí mismos y cómo se han esfumado sus invenciones! (Corán, 6:24).
El Logro de los Creyentes
Mientras que la realidad del tiempo y de la materia son percepciones que alarman a los materialistas, para los creyentes es cierto lo opuesto. La gente de fe se pone muy contenta cuando percibe el secreto de la materia, porque esa realidad es la clave para todas las cosas. Con esta clave se develan todos los secretos. Se pasa a comprender con facilidad muchas cuestiones que antes se presentaban difíciles de discernir.
Como se dijo antes, cuestiones como las del Paraíso, la muerte, el Infierno, el Más Allá, las dimensiones cambiantes, y preguntas como, "¿Dónde está Dios?", "¿Qué había antes de Dios?", "¿Quién creó a Dios?", "¿Cuánto durará la vida en la tumba?", "¿Dónde están el Cielo y el Infierno?", se pueden responder entonces fácilmente. Se comprenderá con qué tipo de orden Dios creó todo el universo de la nada, al punto que las preguntas de "¿cuándo?" y "¿dónde?" se vuelven sin sentido, porque el tiempo y el espacio desaparecen. Cuando se entienda el concepto de inexistencia del espacio, se comprenderá que el Infierno, el Cielo y la Tierra ocupan todos el mismo lugar. Si se entiende la intemporalidad, se comprenderá que todo ocurre en un solo momento: el tiempo no pasa, no transcurre, porque todo ya ha sucedido y finalizado.
Después de penetrar en este secreto, el mundo se vuelve como el Cielo para el creyente. Desaparecen todas las ansiedades materiales. La persona capta que el universo tiene un soberano singular que modifica el mundo físico como Le place y que todas las cosas tienen que retornar a El. Entonces el creyente se somete voluntaria y totalmente a Dios: …a Tu exclusivo servicio… (Corán, 3:35).
Comprender este secreto es el mayor logro en el mundo en que vivimos, pues se descubre otra realidad muy importante mencionada en el Corán: …Estamos más cerca de él que su propia vena yugular. (Corán, 50:16). Como todos saben, la yugular está dentro del cuerpo. ¿Qué podría estar más cerca de la persona que su interior? Esta situación se puede explicar fácilmente por medio de la realidad de la inexistencia del espacio. La comprensión del secreto mencionado permite entender mucho mejor el versículo antedicho.
Esta es la plena verdad. Debería quedar bien establecido que no hay ningún otro auxiliar o proveedor del ser humano que no sea Dios. No hay nada excepto Dios. El es la única existencia absoluta en Quien uno puede buscar refugio, a Quien uno puede llamar por ayuda y en Quien confiar por la gratificación.
A donde quiera que nos volvamos, ahí está la presencia de Dios.
La vida de acá no es sino juego y distracción. Sí,
la Morada Postrera es mejor para quienes temen a Dios.
¿Es que no razonáis…?
(Corán, 6:32)
Introduccion
La mujer que vemos arriba tiene unos setenta años. ¿Se ha preguntado alguna vez cómo evaluaría su vida alguien de esa edad? Si recuerda algo, seguramente dirá: “pasó volando”.
Advertirá que la vida no ha sido “tan larga”, como soñaba en la adolescencia. Posiblemente en su juventud no se le habrá cruzado por la mente que envejecería. No obstante, llegado el momento se verá agobiada por los setenta años o más transcurridos. Quizás en su tierna edad nunca imaginó que la juventud y los deseos se marchitarían tan rápidamente.
Si se le pidiese que contara su historia, posiblemente la relataría en cinco o seis horas: es todo lo que le quedaría de lo que denomina “una larga vida de setenta años”.
La mente de una persona, desgastada con la edad, por lo general está ocupada con muchos cuestionamientos, realmente importantes. Considerarlos y responderlos sinceramente es esencial para comprender todos los aspectos de la vida: ¿Cuál es el propósito de esta vida que transcurre tan rápidamente? ¿Por qué se debería tener una actitud positiva frente a todos los problemas relacionados con la edad? ¿Qué deparará el futuro?
Las posibles respuestas a estas preguntas se ubican en dos categorías principales: las que dan las personas que confían en Dios y las que dan los incrédulos que no confían en El.
Por ejemplo, una mujer que no cree en Dios dirá: “Me pasé la vida persiguiendo aspiraciones vanas. Ya se me fueron setenta años pero en verdad aún no he sido capaz de entender para qué he vivido. Cuando era niña mis padres eran el centro de mi vida. Mi felicidad y goce estaban ligados a su amor. Luego, como joven adulta, me dediqué a mi marido y a mis hijos y me propuse una serie de objetivos. Pero cada vez que lograba concretar uno de los mismos, se me antojaba que era un capricho o un antojo pasajero. Conseguida una meta me dirigía a otra y ocupada en ello no me paraba a meditar sobre el real sentido de la vida. Ahora, con setenta años encima, en la tranquilidad de la madurez, intento descubrir a qué apuntaban mis días transcurridos. ¿Viví para gente de la que actualmente sólo tengo un recuerdo borroso? ¿Para mis padres? ¿Para mi cónyuge, a quien perdí hace años? ¿Para mis hijos, a los que últimamente veo poco porque ya tienen sus propias familias? Me encuentro confundida. Lo único cierto es que me aproximo a la muerte. Desapareceré de este mundo dentro de no mucho tiempo y la gente me recordará poco o nada. ¿Qué sucederá después? En verdad, lo desconozco totalmente. ¡El sólo pensar en ello me espanta!”.
Seguramente hay alguna razón para caer en semejante desazón: la incomprensión de que el universo y todo lo que en él hay tienen determinados fines que se van cumpliendo. Esos fines existen debido a que todo ha sido creado. La persona inteligente advierte que en cada detalle de este mundo infinitamente variado existe un diseño y una sabiduría que lo hace posible. Esto lleva al reconocimiento del Creador y a concluir que por no ser ningún ser viviente la consecuencia de un proceso azaroso, todos sirven a un fin importante. En el Corán, la última guía auténtica revelada a la humanidad para seguir el sendero recto, Dios nos recuerda una y otra vez el propósito de nuestras vidas, aunque es algo que tenemos la tendencia a olvidarlo:
El es Quien ha creado los cielos y la tierra en seis días, teniendo Su Trono en el agua, para probaros, para ver quién de vosotros es el que mejor se comporta… (Corán, 11:7).
Este versículo provee a los creyentes de una comprensión completa del proyecto de la vida, pues saben que este mundo es un lugar en donde van a ser evaluados por su Creador. En consecuencia, esperan ser bien calificados, obtener el contento de Dios y, por ende, el Paraíso.
De todos modos, en consideración de la claridad, debemos tener en cuenta un punto importante: quienes creen en la “existencia” de Dios no necesariamente tienen una fe cierta. Hoy día son muchos los que aceptan que el universo es la creación de Dios pero no son tantos los que entienden lo que ello conlleva. Por lo general la gente piensa que el Señor creó el universo y luego lo dejó librado a su propio andar.
Dios se refiere en el Corán a esa interpretación errónea:
Si les preguntas: “¿Quién ha creado los cielos y la tierra?”, seguro que dicen: “¡Dios!”. Di: “¡Alabado sea Dios!”. No, la mayoría no saben. (Corán, 31:25).
Si les preguntas (a los infieles): “¿Quién os ha creado?”, seguro que dicen: “¡Dios!”. ¿Cómo pueden, pues, ser tan desviados (de la verdad)?
(Corán, 43:87)
Debido a esa comprensión equivocada, la gente no vincula las cosas como corresponde. Esta es la razón básica por la que cada individuo desarrolla sus valores y principios personales dentro de una estructura ―cultura, comunidad y familia― en particular. Dichos valores y principios le sirven de “guía para la vida” hasta que le llega la muerte y piensan algunos que cualquier acción errónea será castigada sólo temporalmente en el Infierno, para pasar luego a una vida eterna en el Paraíso. Esa forma de pensar les evita tener en cuenta los castigos dolorosos que podrían presentarse al final de sus vidas. A otros ni siquiera se les ocurre pensar en todo esto y, simplemente, no le dan ninguna importancia al otro mundo y buscan “vivir como más les place”.
Sin embargo, la verdad está en el polo opuesto de lo que piensan. Quienes rechazan la existencia de Dios caerán en una profunda desesperación. El Corán caracteriza a gente así:
Conocen lo externo de la vida de acá, pero no se preocupan por la otra vida. (Corán, 30:7).
Seguramente son pocos los que comprenden el sentido y propósito de este mundo. La mayoría nunca piensa o tiene suficientemente en cuenta que la vida de acá no es perpetua.
Algunas expresiones evidencian la idea que distintas personas tienen sobre la duración de esta vida: “Aproveche todo lo que pueda de esta vida mientras dure”; “la vida es corta”; “no se vive eternamente”. Esta forma de pensar casi desconoce la otra vida y refleja la posición general ante la vida y la muerte. Si se cree que sólo se vive aquí, las conversaciones sobre la muerte siempre son interrumpidas con bromas o planteando otros temas que desvíen la atención de lo serio del asunto. El objetivo siempre es reducir los temas importantes a algo de poca trascendencia.
Seguramente la muerte es una cuestión que merece un examen serio. Puede ser que distintas personas se hayan mantenido inconscientes hasta ahora del significado de la misma. Pero si esa situación se invierte, deben reconsiderar sus vidas y sus expectativas. Nunca es demasiado tarde para arrepentirse frente a Dios y reorientar todas las formas de proceder para ser sumiso a Su voluntad. La vida es corta pero el alma humana es eterna. Durante el breve período de existencia en este mundo no debemos permitir que las pasiones pasajeras nos manejen. Deberíamos resistirnos a ello y mantenernos alejados de todo lo que fortalece la ligazón con lo mundanal. No cabe ninguna duda de que es insensato negar el otro mundo por consideración a los goces temporarios en este.
A pesar de eso, los incrédulos no captan dicha realidad y pasan su vida ignorando a Dios. Pero también saben que es imposible obtener determinadas cosas que desean. Gente así, siempre está disconforme con lo que tiene y siempre quiere más. Sus aspiraciones materiales no tienen límites y lo que logren nunca les satisfará.
Nada es perpetuo en este mundo. El paso del tiempo afecta lo que uno considera “bueno” y “nuevo” materialmente. Apenas se presenta un automóvil nuevo ya está siendo diseñado, fabricado y vendido otro más moderno. Quienes anhelan casas y mansiones opulentas y majestuosas con una enorme cantidad de habitaciones y accesorios de oro y plata, no valoran la morada que tienen y no pueden evitar verse invadidos por la envidia.
Gente así entra en una desesperada carrera por lo materialmente nuevo y mejor, no da ningún valor a lo logrado hasta ese momento y sólo ansía lo más moderno: este es el círculo vicioso que la gente ha experimentado a lo largo de la historia. Pero una persona inteligente debería detenerse y pensar porqué persigue ambiciones temporarias si con ello nunca obtiene beneficios duraderos. En consecuencia, debería sacar la conclusión de que “hay un problema radical con esa forma de pensar”. Desgraciadamente, muchísima gente no razona y continúa persiguiendo sueños prácticamente imposibles de concretar.
Además, nadie sabe, aunque más no sea, lo que le va a pasar en las próximas horas. Se puede sufrir un accidente, una herida seria o una discapacidad permanente. Por otra parte, el tiempo pasa presuroso hacia el fin de la vida. Cada día que transcurre nos acercamos más a ese momento predestinado. Seguramente la muerte erradica todas las ambiciones, codicias y deseos de lo mundanal. Bajo tierra ya no prevalece ninguna posición social o posesión material. Todo lo que tenemos y deseamos de este mundo, desaparece cuando vamos a la sepultura. Independientemente de que se sea pobre o rico, lindo o feo, un día sólo nos cubrirá un ropaje funerario.
Entendemos que este libro ofrece una explicación de la real naturaleza de la vida humana, la cual es corta y engañosa y en la cual las cosas mundanales se presentan fascinantes y prometedoras, aunque lo verdaderamente prometedor está en otro lado. Este escrito, si usted lo acepta, le capacitará para percibir la vida en su auténtica dimensión y le ayudará a reconsiderar los objetivos que se plantea.
Dios convoca a los creyentes a advertir a otros sobre estas realidades y les llama a vivir sólo para cumplir con Su voluntad:
…¡Lo que Dios promete es verdad! ¡Que la vida de acá no os engañe… (Corán, 31:33).
La vida en este mundo
Nuestro universo está perfectamente ordenado. Incontable cantidad de estrellas y galaxias se mueven en órbitas separadas y total armonía. Galaxias, que cuentan con unas 300 mil millones de estrellas cada una, fluyen y se cruzan asombrosamente sin que ocurra colisión alguna en medio de esos gigantescos traslados. Ese orden existente no puede ser atribuido a la casualidad. Más aún, las velocidades de los objetos en el universo están más allá de los límites de nuestra imaginación. Las dimensiones físicas del espacio exterior son enormes comparadas con las que observamos en la Tierra. Estrellas y planetas, con masas de miles de millones y billones de toneladas, así como galaxias que sólo pueden ser dimensionadas con la ayuda de fórmulas matemáticas, se desplazan por sus respectivos senderos a velocidades increíbles.
Por ejemplo, la Tierra rota sobre su eje de modo que los puntos sobre su superficie se mueven a una velocidad media de 1.670 kilómetros por hora. La velocidad media de desplazamiento de la Tierra en su órbita alrededor del Sol es de 108.000 kilómetros por hora. Resulta casi inconcebible este movimiento continuo. La Tierra, junto con el sistema solar, se traslada año a año 500 millones de kilómetros.
La asombrosa conformidad que existe dentro de todos estos movimientos, revela que la vida en la Tierra se basa en un equilibrio muy delicado. Las variaciones más leves, incluso milimétricas, en las órbitas de los cuerpos celestes, tendría como resultado graves consecuencias. Algunas serían tan nocivas, que la existencia en nuestro planeta se volvería imposible. En estos sistemas con estabilidades tan extremas y velocidades tremendas, los accidentes podrían suceder en cualquier momento. Sin embargo, el hecho de que nuestras vidas transcurran regularmente, nos hace olvidar los peligros que hay en el universo. Su actual orden, con un número insignificante de colisiones conocidas, nos hace pensar, sencillamente, que el medio en el que estamos insertos es seguro, estable y perfecto.
La gente no reflexiona mucho sobre estas cosas porque nunca percibe la extraordinaria red de condiciones interconectadas que hacen posible la existencia sobre la Tierra, ni comprende lo importante que es entender el real objetivo de sus vidas. Mientras están sobre el planeta ni siquiera se preguntan cómo se constituyó en algún momento este dilatado y no obstante delicado equilibrio.
De todos modos, el ser humano está dotado con la capacidad de pensar. Sin contemplar conciente y juiciosamente lo que nos rodea, nunca se podrá captar la realidad o tener la más leve idea de porqué el mundo es creado y quién es el que hace que este orden inmenso posea ritmos tan perfectos.
Quien sopesa estas cuestiones y capta su importancia, se encuentra frente a un hecho ineludible: el universo en el que vivimos fue originado por un Creador, cuya entidad y atributos se revelan en todo lo existente. La Tierra, un diminuto punto en el universo, es creada para servir a un propósito significativo. Nada ocurre porque sí en el fluir de nuestras vidas. El Creador, Quien pone de manifiesto Sus atributos, poder y sabiduría en todo el universo, no deja al ser humano librado a su suerte sino que le confiere un propósito emblemático. Dios nos informa en el Corán la razón de la existencia del ser humano:
Es Quien ha creado la muerte y la vida para probaros, para ver quién de vosotros es el que mejor se porta. Es el Poderoso, el Indulgente. (Corán, 67:2).
Hemos creado al hombre de una gota (de esperma), de ingredientes (que componen a la anterior), para ponerle a prueba. Le hemos dado el oído, la vista. (Corán, 76:2).
Y además El nos aclara que nada carece de intención:
No creamos el cielo, la tierra y lo que entre ellos hay para pasar el rato. Si hubiéramos querido distraernos, lo habríamos conseguido por Nosotros mismos, de habérnoslo propuesto. (Corán, 21:16-17).
El Secreto del Mundo
Dios indica para qué está el ser humano aquí:
Hemos adornado la tierra con lo que en ella hay para probarles y ver quién de ellos es el que mejor se porta. (Corán, 18:7).
En consecuencia, Dios espera que seamos Sus siervos devotos a lo largo de nuestras vidas. En otras palabras, el mundo es el lugar en donde se diferencia a los que reverencian a Dios de los que son ingratos con El. Lo bueno y lo malo, lo perfecto y lo defectuoso, es puesto lado a lado en este “ámbito”: el ser humano es probado de muchas maneras. Finalmente, los creyentes serán separados de los incrédulos y obtendrán el Paraíso. Dice el Corán:
¿Piensan los hombres que se les dejará decir: “¡Creemos!”, sin ser probados? Ya probamos a sus predecesores. Dios, sí, conoce perfectamente a los sinceros y conoce perfectamente a los que mienten. (Corán, 29:2-3).
Con el objeto de percatarnos de la esencia de esta prueba, debemos tener una comprensión profunda del Creador, cuya existencia y atributos son revelados en cada cosa del universo. El es el Creador, el poseedor del poder, conocimiento y sabiduría infinitos.
Es Dios, el Creador, el Hacedor, el Formador. Posee los nombres más bellos. Lo que está en los cielos y en la tierra Le glorifica. Es el Poderoso, el Sabio. (Corán, 59:24).
Dios creó al ser humano de la arcilla o barro, le dotó con muchas características y le concedió numerosos favores. Nadie adquiere por sí mismo la visión, la audición, la locomoción o la respiración. Además, esos sistemas complejos ya están presentes en el vientre de la madre, antes de nacer, cuando aún es incapaz de percibir nada del mundo exterior.
Cabe esperar entonces que el ser humano, en función de ello, sea un servidor de Dios. Sin embargo, como El lo aclara perfectamente en el Corán, la mayoría de las personas son “malhechoras” y “desagradecidas” con su Creador al rechazar aceptarlo como tal y cumplir con Sus órdenes. Además, el engreído piensa que la vida es larga y que posee la capacidad para sobrevivir por sí solo.
Es por eso que muchos se entregan a “aprovecharla materialmente de manera desaforada” y desconocen o ignoran lo que viene después de la muerte. Se esfuerzan sólo por alcanzar los mejores niveles de vida terrenales. De eso nos habla Dios:
Estos aman la vida fugaz y descuidan un día grave (es decir, el día del Juicio). (Corán, 76:27).
Los incrédulos persiguen por todos los medios los placeres materiales. Pero como dice el versículo, la vida pasa muy rápido. Este es el punto crucial que la gente olvida.
Veamos un ejemplo para mayor claridad.
¿Unos Pocos Segundos o Unas Pocas Horas?
Pensemos en un descanso típico. Después de meses de duro trabajo llegan las vacaciones de dos semanas de duración y nos dirigimos al lugar favorito para el reposo tras un viaje de ocho horas. La sala de recepción del sitio de veraneo está llena de gente que ha llegado con el mismo objetivo. Incluso reconocemos y saludamos a algunas personas. El clima es cálido y no queremos perdernos ni un momento para aprovechar al máximo el sol y el mar calmo. Nos dirigimos presurosos a nuestras respectivas habitaciones, nos cambiamos de ropa y corremos a la playa. Ya disfrutando las aguas cristalinas, somos sobresaltados por una voz que nos dice: “¡Levántate pues llegarás tarde al trabajo!”.
Nos parece un absurdo y por un momento no entendemos qué está sucediendo, pues existe una incomprensible discrepancia entre lo que se oye y lo que se ve. Al despertarnos y vernos en la cama, advertimos muy sorprendidos que todo eso fue un sueño y pensamos: “supuestamente viajé ocho horas para llegar a la playa. A pesar del frío helado de hoy día, en el sueño sentí el calor del sol y que el agua me salpicaba el rostro”.
El viaje de ocho horas hasta el complejo turístico, el tiempo pasado en el lugar de recepción, en resumen, todo lo referido a esas “vacaciones”, en realidad fue un sueño de unos pocos segundos. Aunque no se distinguía de la vida real, lo que se experimentó como algo efectivo no era más que un sueño.
Esto sugiere que, tranquilamente, en algún momento, podemos despertarnos de nuestra vida terrenal, del mismo modo que nos despertamos de nuestro sueño en la cama. En ese momento, seguramente, los incrédulos expresarán exactamente el mismo tipo de asombro que quien suponía estar de vacaciones pero sólo estaba soñando. Puede ser que siempre crean que sus vidas son sumamente prolongadas en el tiempo. No obstante, cuando sean recreados (luego de muertos), percibirán que el período de tiempo que les pareció de 60 – 70 años se presenta como de unos pocos segundos. Dice Dios:
Dirá (Dios): “¿Cuántos años habéis permanecido en la tierra?”. Dirán (los incrédulos y los de poca fe): “Hemos permanecido un día o parte de un día. ¡Interroga a los encargados de contar (es decir, a los ángeles)!”. Dirá (Dios): “No habéis permanecido sino poco tiempo. Si hubierais sabido… (Corán, 23:112-114)
Ya sea que el ser humano tenga 10 ó 100 años, eventualmente, es decir, luego de la muerte y resurrección, comprobará lo corto que es el período de vida, como se relata en los versículos citados. Es el caso de la persona que se despierta y se amarga porque comprueba la desaparición de todas las imágenes agradables de unas largas vacaciones, soñadas en unos pocos segundos. De la misma manera, la brevedad de la vida golpeará al ser humano cuando se dé cuenta de que estuvo “durmiendo” un corto tiempo (aunque cuando “dormía” le parecía lo opuesto). Dios nos lleva a considerar cuidadosamente esta realidad:
El día que llegue la Hora (del Juicio), jurarán los pecadores que no han permanecido (en la sepultura) sino una hora (es decir, en el sentido de un lapso muy breve de tiempo). Así estaban de desviados (ya en la tierra)… (Corán, 30:55).
Tanto los que vivan unas pocas horas como los que lo hagan por setenta años o más, tienen una existencia limitada en este mundo… y lo limitado está condenado a finalizar en algún momento. Se perdure 80 ó 100 años, cada día que pasa nos acerca al momento predestinado. Y esto lo experimenta el ser humano a lo largo de su estadía sobre el planeta. Independientemente de los planes mundanales a largo plazo que proyecte, todo lo que vaya consiguiendo le resultará algo “pasajero”.
Consideremos, por ejemplo, un joven que recién entra a la escuela secundaria. Aunque le parece lejano el momento de graduarse y lo anhela mucho, casi sin darse cuenta ya se está anotando en el colegio superior o universidad. Para entonces, prácticamente casi no se acuerda de un montón de situaciones en la escuela secundaria, preocupado por las cosas de la nueva etapa. Se propone sacar todo el provecho posible de esos preciosos años juveniles para liberarse de los temores por el futuro en lo mundanal y se plantea objetivos en tal sentido. Poco después ya está preparado para casarse, cosa que deseaba con fuerza. El tiempo le transcurre más rápido de lo que esperaba, se transforma en padre de familia, luego en abuelo y más tarde ve como declina su salud. Se va olvidando de los momentos que le produjeron alegría en su juventud y le invade de a poco el decaimiento y la debilidad para recordar. Pierde el interés por las cosas que le obsesionaban en su juventud. Ante sus ojos se despliegan unas pocas imágenes. Se aproxima el momento señalado. Sólo pasarán unos cuantos años, meses o días. Así llega a su fin con un servicio funerario y rodeado por los miembros de su familia y amigos cercanos. Esta es la clásica historia del ser humano, sin excepción. La verdad es que nadie dejará de pasar por dicho proceso.
Desde el comienzo de la historia Dios ha instruido al ser humano acerca de la naturaleza temporal de este mundo y describió la otra vida como la residencia eterna y verdadera de todos. En Su revelación Dios describe muchos detalles del Paraíso y del Infierno. No obstante, el hombre tiende a olvidar esas verdades esenciales y hace todo tipo de esfuerzos sólo por esta vida, aunque sea corta. Unicamente quienes asumen un enfoque racional respecto a lo dicho pueden percibir claramente y ser conscientes del escaso valor de esta existencia, comparada con la eterna. Es decir, el único objetivo nuestro en esta vida es obtener el Paraíso ―un lugar eterno junto a la generosidad de Dios― al que El dota abundantemente de todo lo bueno. El camino exclusivo a seguir es el de la búsqueda de Su contento mediante una fe auténtica. Por otra parte, quienes no meditan sobre el inevitable fin de este mundo y en consecuencia viven equivocadamente, son merecedores de la perdición eterna.
En el Corán se habla del horrendo fin que encuentran estos últimos:
Y el día que les congregue (Dios), será como si no hubieran permanecido más de una hora del día. Se reconocerán. Perderán quienes hayan desmentido el encuentro de Dios. No fueron bien dirigidos. (Corán, 10:45).
La Ambición Desenfrenada
Decíamos al principio que el ser humano permanece en este mundo lo que dura un parpadeo. Independientemente de lo que se posea aquí, no se alcanza el deleite verdadero a menos que se tenga fe en Dios y se lo recuerde permanentemente.
Desde el momento en que la persona se hace adulta, anhela riqueza, poder y una posición sobresaliente, aunque, sorprendentemente, sus recursos para ello son limitados. Quienes quieren todo lo que se les ocurre nunca lo conseguirán y siempre les parecerá poco cuanta riqueza, éxito o prosperidad logren. Además, independientemente de lo que se viva, la muerte convierte en sin sentido todos los goces y placeres mundanales.
Los propensos a deseos desenfrenados siempre se sentirán “insatisfechos” y con distintos gustos en cada etapa de sus vidas. Gente así se permite cualquier cosa para cumplimentar sus caprichos, como ser, perder el cariño de sus seres queridos o convertirse en canallas. No obstante, cuando alcanzan algunos de sus objetivos sienten que desaparece la “magia” pues se les pasa de inmediato el interés en lo logrado o empiezan a buscar otro deleite y se esfuerzan al máximo por conseguirlo. Pero apenas lo obtiene la secuencia se repite.
La ambición desenfrenada es la característica típica del incrédulo, rasgo con el que permanece hasta que fallece. La insatisfacción permanente hace que se imponga la codicia y no el contento de Dios. Todo lo que se posee y lo que se invierte para lograr cada vez más, es una razón para la vanagloria y para no prestar atención a los límites señalados por Dios, Quien, a su vez, no permite que gente así logre tranquilidad de conciencia. Dice Dios:
Quienes crean, aquéllos cuyos corazones se tranquilicen con el recuerdo de Dios ―¿cómo no van a tranquilizarse los corazones con el recuerdo de Dios?―, (Corán, 13:28)
Un Mundo Engañoso
El ser humano está rodeado de incontables ejemplos de la perfección de la creación: magníficos paisajes, millones de vegetales distintos, el cielo azul, las nubes cargadas de agua o el cuerpo humano, un organismo extraordinario lleno de sistemas complejos. Los mencionados son ejemplos espectaculares de la creación. El reflexionar sobre ello nos brinda un discernimiento profundo.
Contemplar a una mariposa desplegando sus alas ―dechados de arte y maravillosas expresiones de su identidad― es una experiencia para no olvidar nunca. Asimismo, percibir las plumas tan firmes y lustrosas en la cabeza del pájaro, las que se ven como un terciopelo suntuoso, o los colores atractivos y el perfume de una flor, son cosas admirables para el alma humana.
Casi todas las personas aprecian un rostro bello y anhelan con gran ahínco las mansiones opulentas, los automóviles lujosos y los enseres de oro y plata. Pero sea lo que sea que se ambicione y la belleza que se ostente, están destinados a desparecer en su momento.
Un fruto se oscurece gradualmente y finalmente se deteriora. Las flores poseen su aroma sólo por un tiempo determinado, luego palidecen y más tarde dejan de existir. El rostro más bonito se arruga luego de unas pocas décadas: el efecto del paso de los años sobre la piel y el cabello hace que en la vejez todos nos igualemos por la pérdida de lozanía. Con el transcurrir del tiempo no queda ningún rastro del estado saludable o de las mejillas encarnadas de la adolescencia. Asimismo, los edificios necesitan ser renovados y los automóviles envejecen e incluso se herrumbran. En resumen, todo lo que nos rodea está sujeto a los estragos que produce el paso del tiempo y algunos entienden que se trata de un “proceso natural”. De todos modos, comunica un claro mensaje: “Nada es inmune a los efectos del correr de las horas”.
Cada cuerpo celeste, cada animal, cada vegetal o cada ser humano son mortales. Su número no disminuye con el transcurrir de los siglos debido a los nacimientos, pero ello no debería hacernos ignorar el hecho de la muerte.
Al igual que la pasión desbocada, el embelezo por las posesiones y la riqueza tiene una gran influencia sobre nuestra conducta. Pero es necesario comprender algo: Dios es el único propietario de todo. Lo viviente también es propiedad de El y mantendrá la condición de existente mientras ése sea Su deseo, pero perecerá cuando decrete su muerte. Dios nos llama a reflexionar sobre esto:
La vida de acá es como agua que hacemos bajar del cielo. Las plantas de la tierra se empapan de ella y alimentan a los hombres y a los rebaños, hasta que, cuando la tierra se ha adornado y engalanado, y creen los hombres que ya la dominan, llega a ella Nuestra orden, de noche o de día, y la dejamos cual rastrojo, como si, la víspera, no hubiera estado floreciente. Así explicamos los signos a gente que reflexiona. (Corán, 10:24)
En este versículo se muestra que todo lo que en la tierra parece bonito y bello, perderá su encanto un día y desparecerá como tal. Esto es algo muy importante de sopesar, pues Dios nos informa que El brinda los ejemplos para “gente que reflexiona”. Lo que se espera de la gente capacitada con el razonamiento, es que medite, que saque lecciones de los sucesos y que eso le sirva para fijarse objetivos lógicos en su vida. La “comprensión” y la “reflexión” son rasgos propios del ser humano. Sin los mismos carece de lo que le distingue de los animales y se ubica por debajo de ellos. Estos cumplen muchas funciones que también realizamos nosotros: respiran, procrean y un día mueren. Nunca piensan porqué y cómo nacieron o en que un día morirán. Resulta muy natural que no se ocupen en comprender el real sentido de la vida y que no piensen acerca del propósito de su creación o acerca del Creador.
Sin embargo, el ser humano es responsable de desarrollar su conciencia respecto a su Creador a través de tener en cuenta y sopesar Sus órdenes.
Por otra parte, se espera que comprenda que este mundo existe sólo por un período limitado. Quienes lo logren, buscarán la luz y la guía de Dios para dedicarse al bien obrar.
De lo contrario, el ser humano sufrirá en este mundo y en el Más Allá. Logrará riqueza pero nunca felicidad. La belleza y la fama, por lo general, acarrean desgracias más que una vida gozosa. Por ejemplo, una persona célebre y que es adulada por sus seguidores, pierde a éstos rápidamente o en breve espacio de tiempo y en muchos casos termina su vida en una habitación sin nadie que la cuide.
Ejemplos en el Corán del Engaño del Mundo
Dios enfatiza repetidamente en el Corán que éste es “un mundo con placeres que están condenados a desparecer”. Nos relata historias de sociedades y personas del pasado que gozaron de riqueza, fama o elevada posición social y no obstante tuvieron un final desastroso. Eso es exactamente lo que les sucedió a los dos hombres mencionados en el capítulo al-Khaf:
Propónles la parábola de dos hombres, a uno de los cuales dimos dos viñedos, que cercamos de palmeras y separamos con sembrados. Ambos viñedos dieron su cosecha, no fallaron en nada, e hicimos brotar entre ellos un arroyo. Uno (de los hombres) tuvo frutos y dijo a su compañero, con quien dialogaba: “Soy más que tú en hacienda y más fuerte en gente”. Y entró en su viñedo, injusto consigo mismo. Dijo: “No creo que éste (es decir, su viñedo) perezca nunca. Ni creo que ocurra la Hora (del Juicio). Pero, aún si soy llevado ante mi Señor, he de encontrar, a cambio, algo mejor que él (es decir, algo mejor que su viñedo)”. El compañero con quien dialogaba le dijo: “¿No crees en Quien te creó de tierra, luego, de una gota (de esperma) y, luego, te dio forma de hombre? En cuanto a mí, El es Dios, mi Señor, y no asocio nadie a mi Señor. Si, al entrar en tu viñedo, hubieras dicho: ‘¡Que sea lo que Dios quiera! ¡La fuerza reside sólo en Dios!’. Si ves que yo tengo menos que tú en hacienda e hijos, quizá me dé Dios algo mejor que tu viñedo, lance contra él (el viñedo del compañero) rayos del cielo y se convierta en campo pelado, o se filtre su agua por la tierra y no puedas volver a encontrarla”. Su cosecha fue destruida y, a la mañana siguiente, se retorcía las manos pensando en lo mucho que había gastado en él: sus cepas estaban arruinadas. Y decía: “¡Ojalá no hubiera asociado nadie a mi Señor!”. No hubo grupo que, fuera de Dios, pudiera auxiliarle, ni pudo defenderse a sí mismo. En casos así sólo el Dios verdadero ofrece amistad. El es el mejor en recompensar y el Mejor como fin. Propónles la parábola de la vida de acá. Es como agua que hacemos bajar del cielo y se empapa de ella la vegetación de la tierra, pero se convierte (la vegetación) en hierba seca, que los vientos dispersan. Dios es potísimo en todo. La hacienda y los hijos varones son el ornato de la vida de acá. Pero las obras perdurables, las buenas obras, recibirán una mejor recompensa ante tu Señor, constituyen una esperanza mejor fundada. (Corán, 18:32-46).
La vanagloria de lo que se posee lleva al ridículo. Esta es una ley fija de Dios. La riqueza y el poder El los da como un don y en cualquier momento puede arrebatarlos. La historia de “la gente del Paraíso” que se relata en el Corán, es ejemplo de ello:
Les hemos probado como probamos a los dueños del jardín (a los hombres del relato anterior). Cuando juraron que tomarían sus frutos por la mañana, sin hacer salvedad (es decir, sin añadir piadosamente “si Dios quiere”). Mientras dormían cayó sobre él (es decir, el jardín) un azote enviado por tu Señor y amaneció (el jardín) como si hubiera sido arrasado. Por la mañana (cuando aún no sospechaban nada), se llamaron unos a otros: “¡Vamos temprano a nuestro campo, si queremos recoger los frutos!”. Y se pusieron en camino, cuchicheando: “¡Ciertamente, hoy no admitiremos a ningún pobre!”. Marcharon, pues, temprano, convencidos de que serían capaces de llevar a cabo su propósito. Cuando lo vieron (al jardín), dijeron: “¡Seguro que nos hemos extraviado! ¡No, se nos ha despojado!”. El más moderado de ellos dijo: “¿No os lo había dicho? ¿Por qué no glorificáis?”. Dijeron: “¡Gloria a nuestro Señor! ¡Hemos obrado impíamente!”. Y pusieron a recriminarse. Dijeron: “¡Hay de nosotros, que hemos sido rebeldes (a Dios)! Quizá nos dé nuestro Señor, a cambio, algo mejor que éste (es decir, algo mejor que su jardín). Deseamos ardientemente a nuestro Señor”. Tal fue el castigo. Pero el castigo de la otra vida es mayor aún. Si supieran… (Corán, 68:17-33).
El ojo atento reconoce de inmediato que Dios, en estos versículos, no nos da ejemplos de ateos. Aquí trata el caso de quienes creen en El pero cuyos corazones se han vuelto insensibles, por lo que no Le son agradecidos ni Le recuerdan. Se enorgullecen de tener lo que Dios les da como favores y olvidan totalmente que esas posesiones son sólo recursos para ser usados en Su camino. De un modo característico, afirman la existencia y poder de Dios, pero sus corazones desbordan de soberbia, ambición y egoísmo.
¡Sabed que la vida de acá es juego, distracción y ornato, rivalidad en jactancia, afán de más hacienda, de más hijos! Es (esta vida) como un chaparrón: la vegetación resultante alegra a los sembradores, pero luego se marchita y ves que amarillea; luego, se convierte en paja seca. En la otra vida habrá castigo severo o perdón y satisfacción de Dios, mientras que la vida de acá no es más que falaz disfrute.
(Corán, 57:20)
La historia de Coré se narra en el Corán como un arquetipo de la persona materialmente rica. Tanto Coré como los que anhelan su riqueza y posición social, son llamados creyentes que dejaron de lado su religión en función de obtener cosas de este mundo. Eso les llevó a perder las bendiciones del otro mundo, lo cual es una privación eterna:
Coré formaba parte del pueblo de Moisés y se insolentó con ellos. Le habíamos dado tantos tesoros que un grupo de hombres forzudos apenas podía cargar con las llaves. Cuando su pueblo le dijo: “¡No te regocijes, que Dios no ama a los que se regocijan (por los bienes materiales)! ¡Busca en lo que Dios te ha dado la Morada Postrera, pero no olvides la parte que de la vida de acá te toca! ¡Sé bueno (con los otros), como Dios lo es contigo! ¡No busques corromper en la tierra, que Dios no ama a los corruptores!”. Dijo (Coré): “Lo que se me ha dado lo debo sólo a una ciencia que tengo”. Pero ¿es que no sabía que Dios había hecho perecer antes de él a otras generaciones más poderosas y opulentas que él? Pero a los pecadores no se les interrogará acerca de sus pecados (porque Dios los conoce bien). Apareció (Coré) ante su pueblo, rodeado de pompa. Los que deseaban la vida de acá dijeron: “¡Ojalá se nos hubiera dado otro tanto de lo que se ha dado a Coré! Tiene una suerte extraordinaria”. Pero los que habían recibido la Ciencia, dijeron: “¡Ay de vosotros! La recompensa de Dios es mejor para el que crea y obre bien. Y no lo conseguirán sino los que tengan paciencia”. Hicimos que la tierra se tragara a él (a Coré) y su vivienda. No hubo ningún grupo que, fuera de Dios, le auxiliara, ni pudo defenderse a sí mismo. A la mañana siguiente, los que la víspera habían envidiado su posición dijeron: “¡Ah! Dios dispensa el sustento a quien El quiere de sus Siervos: a unos con largueza a otros con mesura. Si Dios no nos hubiera agraciado, habría hecho que nos tragara (la tierra). ¡Ah! ¡Los infieles no prosperarán!”. Asignamos esa Morada Postrera a quienes no quieren conducirse con altivez en la tierra ni corromper. El fin (es decir, el buen fin) es para los que temen a Dios. (Corán, 28:76-83).
La principal mala acción de Coré fue considerarse alguien independiente de Dios. Como sugiere el versículo, él no negaba Su existencia sino que, simplemente, asumía que, debido a sus características superiores, merecía el poder y la riqueza que el Señor le había concedido.
Pero todos en el mundo son siervos de Dios y lo que poseen no lo tienen por algún mérito especial sino que cada cosa concedida es parte de Su favor y misericordia con la humanidad en general. Si fuésemos conscientes de esto, nadie actuaría de manera ingrata y perversa frente a su Creador, desconociendo que la riqueza poseída fue concedida por El. Lo único que debemos hacer es sentirnos agradecidos y demostrarlo por medio de un proceder correcto frente a nuestro Señor. Por cierto, esta es la forma más honrosa de exhibir el agradecimiento a Dios. Por otra parte, Coré y los que aspiraban a ser como él, se dieron cuenta de las malas acciones en las que estaban comprometidos cuando el desastre cayó sobre ellos. Si después de recibir una advertencia así, la gente persiste en su rebelión contra Dios, está totalmente perdida. ¡Inevitablemente terminarán en el Infierno, donde permanecerán para siempre!
Las debilidades del ser humano
Dios creó al ser humano en la mejor condición y lo equipó con características eminentes. Su superioridad sobre las demás criaturas ―manifestada en su capacidad intelectual y de comprensión y en su disposición para aprender y desarrollar culturas― es incuestionable.
¿Ha pensado alguna vez por qué a pesar de esa superioridad posee un cuerpo frágil, siempre vulnerable a amenazas internas y externas? ¿Por qué está expuesto a los ataques de microbios y bacterias, los cuales son tan diminutos que no se los puede ver a simple vista? ¿Por qué tiene que invertir parte del día en su aseo? ¿Por qué necesita cuidar su organismo? ¿Por qué envejece con el transcurso del tiempo?
La gente asume que todo eso se trata de fenómenos naturales. No obstante, la necesidad de cuidarse sirve a un propósito especial. Cada cosa que el ser humano requiere es especialmente creada. El versículo en el que se dice el hombre es débil por naturaleza (Corán, 4:28) es la expresión manifiesta de ello.
Las infinitas necesidades del ser humano son creadas con un propósito: hacerle comprender que es siervo de Dios y que este mundo es una residencia temporaria.
Nadie decide en lo más mínimo el momento y lugar donde nacerá y donde morirá. Además, son vanos todos los esfuerzos que haga para evitar los efectos negativos que le aquejan.
El ser humano tiene, en realidad, una naturaleza frágil que requiere de mucha atención. Prácticamente está desprotegido frente a incidentes abruptos imprevistos. Del mismo modo, está expuesto a enfermedades impredecibles, ya sea que viva en medio de una sociedad muy desarrollada o en una remota aldea de la montaña. En cualquier momento puede desarrollar una enfermedad incurable y fatal o sufrir un daño que le afecte la fortaleza corporal y el encanto personal de modo irreparable. Esto vale para todos, sin que influya en ello el nivel social, la jerarquía, la raza, etc. Tanto la persona famosa aclamada por millones de individuos como el simple ovejero, pueden ver su vida completamente alterada debido a un incidente inesperado.
El cuerpo humano es un organismo débil, de huesos y carne, que pesa unos 70 – 80 kilos. Lo protege una delicada piel que, sin duda, puede dañarse fácilmente. Si se la expone demasiado al sol o al viento se seca, cuartea o enferma. Para evitar perjuicios siempre debemos protegernos de ciertos efectos ambientales del lugar en que vivimos.
Aunque estamos equipados con maravillosos sistemas orgánicos, sus constituyentes ―carne, músculos, huesos, nervios, grasa― son proclives al deterioro. Si dichos elementos fuesen distintos, de modo tal que no les afectaran los cuerpos extraños como los microbios o las bacterias, no nos enfermaríamos. Pero la carne es la “sustancia” más frágil: se descompone e incluso se llena de gusanos cuando queda a la temperatura ambiente durante cierto tiempo.
Como una constante señal de Dios, a menudo percibimos las necesidades fundamentales del cuerpo. Expuestos al tiempo frío, por ejemplo, ponemos en riesgo la salud y el sistema inmune “colapsa” gradualmente. Si el organismo no mantiene una temperatura constante de 37°C, la salud decae.1 Son rythme cardiaque ralentit, les vaisseaux sanguins se contractent, et la pression artérielle augmente. Le corps commence à frissonner afin de tenter de se réchauffer. Lorsque la température descend à 35°C, le pouls s'effondre et les vaisseaux sanguins se contractent dans les bras, les jambes et les doigts, ce qui est un signe très préoccupant; 2 La persona con 35°C sufre de una seria desorientación y adormecimiento constante, a la vez que disminuye la función mental. Una leve disminución de la temperatura corporal puede acarrear esas consecuencias. Pero la temperatura por debajo de los 33°C provoca la pérdida de la conciencia. Si desciende a 24°C ya falla la función respiratoria. El cerebro queda dañado por debajo de los 20°C y finalmente el corazón se detiene a los 19°C, lo que provoca la muerte.
Este es sólo uno de los ejemplos que trataremos en las páginas que vienen. El propósito de los mismos es subrayar que el ser humano siempre fracasa en su búsqueda de una vida satisfactoria debido a los factores que ponen en peligro su existencia. Se quiere recordar al lector que debería evitarse una ligazón absoluta con la vida y correr todo el tiempo detrás de fantasías inalcanzables. Por el contrario, habría que recordar siempre a Dios, la vida real y el otro mundo.
El ser humano tiene la promesa de un Paraíso eterno. Como los lectores tendrán la oportunidad de ver en este escrito, el Paraíso es un lugar de perfección. Allí el ser humano se verá totalmente libre de las debilidades e imperfecciones que existen en la Tierra. Todas las bendiciones de Dios las tendrá absolutamente a su alcance. Por otra parte, en ese lugar tan bello no existe la fatiga, la sed, el hambre, la debilidad y el perjuicio.
El propósito de este libro es ayudar a los lectores a reflexionar sobre su verdadera naturaleza y en consecuencia a percibir mejor la superioridad infinita del Creador. También quiere cooperar en la comprensión de que el ser humano necesita la guía de Dios, algo muy importante para todos nosotros. Dios nos habla de eso:
¡Hombres! Sois vosotros, los necesitados de Dios, mientras que Dios es Quien Se basta a Sí mismo, el Digno de Alabanza. (Corán, 35:15).
Necesidades Corporales
El ser humano está expuesto a muchos riesgos físicos. Mantener limpio el medio en el que nos movemos y cuidarnos a conciencia, son cosas de las que debemos ocuparnos toda la vida con el objeto de minimizar los problemas de salud. Y es notable la cantidad de tiempo que se invierte en eso. Existen bastantes mediciones sobre las horas que empleamos en afeitarnos, bañarnos, arreglarnos el cabello, la piel, las manos, etc. Los resultados son sorprendentes porque revelan que es una cantidad grande de horas que se dedica a esas tareas.
En el curso de nuestras vidas nos encontramos con muchas personas. En el hogar, en la oficina, en la calle, en los paseos de compras, las vemos vestidas elegantemente y de la mejor manera: arregladas, limpias, con buena apariencia. Pero ese acicalamiento requiere tiempo y esfuerzo.
Desde el momento en que nos despertamos a la mañana hasta que nos vamos a dormir a la noche, estamos envueltos en una rutina permanente para mantenernos aseados y sanos. Al primer lugar que nos dirigimos al levantarnos es al toilette, porque la proliferación de bacterias en la boca nos produce un aliento desagradable y entonces debemos cepillarnos los dientes. Sin embargo, empezar el nuevo día no se limita esencialmente a eso ni a lavarse la cara y las manos. En el transcurso del día el cabello se engrasa y el cuerpo se ensucia. A la noche, en medio de un sueño, podríamos sudar sin parar. Entonces la única manera de asearnos es bañándonos. Sería desagradable ir a trabajar con el cuerpo transpirado excesivamente.
La sorprendente variedad de productos que existen para la limpieza personal indican el cuidado permanente al que hay que atender. Además del agua y el jabón, necesitamos shampoo, crema de enjuague, crema dental, cepillo de dientes, hilo dental, hisopos, talco, cremas faciales, lociones, etc. Son cientos más los productos preparados por los laboratorios a ese efecto.
De la misma manera, también se invierte una considerable cantidad de tiempo para limpiar la ropa, la casa y el entorno hogareño. Por supuesto, es imposible estar limpio en un sitio sucio.
En resumen, cierta parte de la vida se va solamente en la necesaria atención al cuerpo. Además, para ello requerimos una amplia gama de productos químicos. Entonces, por lo que vemos, Dios creó al ser humano con muchas debilidades pero le proveyó de los medios para vivir en condiciones adecuadas. Por otra parte, estamos dotados con la suficiente inteligencia como para encontrar la mejor manera de cubrir nuestras “debilidades”. Si rechazamos los recursos que disponemos para mantenernos limpios y agradables, en poco tiempo empezaremos a ser repulsivos.
Pero no podemos permanecer higienizados mucho tiempo. A las pocas horas de habernos aseados ya vamos perdiendo esa condición. Necesitamos bañarnos por lo menos una vez por día y cepillarnos los dientes regularmente. Una mujer que se pasa horas arreglándose frente al espejo, se levanta al otro día sin ningún rastro del embellecimiento al que se dedicó. Además, si no se limpia el rostro de los distintos productos usados, puede verlo incluso peor debido a los cosméticos empleados. El hombre que se afeita debe hacerlo cada mañana.
Es importante comprender que todas estas necesidades son creadas con un propósito específico. Un ejemplo lo explicitará. Cuando se eleva la temperatura corporal, la transpiración que se produce hace aparecer un olor molesto. Se trata de un proceso inevitable para cualquiera que viva en este mundo. ¡Sin embargo esto no es siempre así con lo viviente! Las plantas nunca sudan. Una rosa nunca huele mal. Aunque crezca en un suelo sucio y se la abone con estiércol, posee una fragancia delicada. ¡Ni hace falta decir que para ello no necesita aseo alguno! Pero el ser humano, independientemente de los cosméticos que use, es difícil que logre esa fragancia de tanta duración.
Al igual que la higiene, la nutrición también es esencial para nuestra salud. Nuestro organismo funciona con un delicado equilibrio entre proteínas, carbohidratos, azúcares, vitaminas y minerales esenciales. De romperse el mismo, se presentarían serios inconvenientes en el funcionamiento de los sistemas corporales: el sistema inmune pierde su capacidad protectora en tanto que el organismo se debilita y queda expuesto a las enfermedades. En consecuencia, a la nutrición hay que prestarle la misma atención que a la higiene.
Otro requisito esencialísimo es, por supuesto, el agua. Se puede sobrevivir por un cierto tiempo, pero la falta de agua por pocos días tendrá consecuencias fatales. Todas las funciones químicas del organismo se cumplen con la ayuda del agua: sin ésta no hay vida.
Hemos mencionado algunas de las cosas que afectan a nuestros cuerpos. Pero queda un interrogante: ¿somos concientes de que las afecciones que sufrimos se deben a deficiencias o falencias de nuestros cuerpos? Además, ¿pensamos que son “naturales” porque las poseemos todos los seres humanos? Debemos tener en cuenta que Dios pudo habernos creado sin esas deficiencias, como a una rosa. Es decir, podríamos mantenernos limpios y con una buena fragancia igual que esa flor. Todo esto nos conduce, eventualmente, al discernimiento para aclarar las ideas y tener plena conciencia de lo que somos. Si reconocemos ante Dios nuestra debilidad, deberíamos comprender porqué somos creados y llevar una vida honorable como siervos de El.
Quince Años Sin “Conciencia”
Todos pasamos alguna parte del día durmiendo. Independientemente del esfuerzo que hagamos, siempre dormimos varias horas. El ser humano sólo se mantiene despierto unas 18 horas por día. El resto de cada jornada lo transcurre en un estado de inconciencia completa. Teniendo en cuenta esto, nos encontramos con una situación sorprendente: de 70 años de vida, una cuarta parte (es decir, 15 años) transcurrimos en total inconciencia.
¿Podríamos dejar de dormir? ¿Qué sucedería si nos propusiésemos “no dormir”?
Antes que nada, los ojos se pondrían rojos y la piel pálida. Si el período en vigilia se prolongara, perderíamos la conciencia.
La fase inicial del no dormir es la incapacidad para concentrar la atención y el cerrar los ojos aunque no querramos. Es un proceso inevitable que lo sufre cualquiera, lindo o feo, rico o pobre.
De la misma manera que cuando se muere, el cuerpo va dejando de ser sensible al mundo exterior y no responde a ningún estímulo antes de caer dormido. Los sentidos que hasta hacía poco estaban excepcionalmente atentos, empiezan a perder esa cualidad. Las percepciones se alteran. El cuerpo reduce todas las funciones al mínimo, lo que conduce a la desorientación respecto al tiempo y lugar y se lentifican los movimientos corporales. De alguna manera se trata de una forma distinta de muerte, a la que se la define como el estado en que el alma abandona el cuerpo. En verdad, mientras dormimos y yacemos en la cama “vivimos” experiencias espirituales en lugares totalmente distintos al del cuerpo. En el sueño nos podemos observar en una playa en un día caluroso, totalmente inconscientes de que estamos durmiendo en una cama. Cuando morimos ocurre algo semejante: el alma se separa del cuerpo, al que usa sólo en este mundo, y se marcha a otro mundo con un “cuerpo” nuevo. Por esta razón Dios nos recuerda en el Corán ―la única revelación auténtica que guía al ser humano al sendero recto― una y otra vez la similitud entre el sueño y la muerte:
El es quien os llama de noche (es decir, Dios llama al alma durante el sueño) y sabe lo que habéis hecho durante el día. Luego, os despierta en él. Esto es así para que se cumpla un plazo fijo (es decir, el plazo de vida). Luego (al morir), volveréis a El y os informará de lo que hacíais (en la tierra). (Corán, 6:60).
Dios llama a las almas cuando mueren y cuando, sin haber muerto duermen. Retiene aquéllas cuya muerte ha decretado y remite las otras a un plazo fijo. Ciertamente, hay en ello signos para gente que reflexiona. (Corán, 39:42)
Nos pasamos un tercio de la vida durmiendo, totalmente privados de los sentidos, es decir, “en una muerte pasajera”. No obstante, nunca nos damos cuenta que dejamos atrás todo lo que parecía importante: grandes sumas de dinero perdidas por diversos motivos o serios problemas personales. Es decir, todo lo que parece ser de importancia crucial durante el día, desaparece al dormirnos. Esto significa, simplemente, que se corta toda relación con el mundo.
Los ejemplos presentados hasta ahora brindan una clara idea de lo reducido del tiempo de vida consciente y la gran cantidad que se invierte en las tareas rutinarias “obligatorias”. Cuando el que se emplea en éstas se resta del total, percibimos lo escasos que son los momentos que quedan para los denominados “goces de la vida”. En retrospectiva, nos sentimos asombrados de la gran cantidad de horas dedicadas a la nutrición, al cuidado del cuerpo, al dormir o al trabajo para lograr mejores condiciones de subsistencia.
Indudablemente, vale la pena tener en cuenta cuánto tiempo gastamos en las tareas rutinarias necesarias para la supervivencia. Como dijimos al principio, para dormir se invierte por lo menos de 15 a 20 años de unos 70 vividos. Si a ello agregamos que el período de la infancia es un estado de casi inconciencia que abarca los primeros 5 ó 10 años, la persona de unos 70 años habrá pasado casi la mitad de la vida inconsciente. Respecto a la otra parte, disponemos de muchas estadísticas para saber cómo la empleamos. Allí se anotan las horas que invertimos en preparar las comidas, en comer, en asearnos, en demoras debido a problemas en el tránsito, etc. En conclusión, lo que queda de vida “real” es sólo de 3 a 5 años. ¿Qué importancia tiene una vida tan corta frente a la vida eterna?
Corresponde señalar aquí el inmenso abismo que separa a las personas de fe de las incrédulas. Estas creen que la única vida es la de esta Tierra y luchan al máximo por los beneficios mundanales. Pero se trata de un esfuerzo inútil: este mundo es de corta duración y están acosadas por distintas “debilidades”. Por otra parte, puesto que el incrédulo no cree en Dios, lleva una vida incómoda, cargada de preocupaciones y temores.
En cambio, quienes tienen fe, emplean cada instante en cualquier circunstancia (es decir, frente a problemas de todo tipo, al comer, al beber, al pararse, al sentarse, al buscar los medios de subsistencia) en el recuerdo de Dios. Se dedican sólo a obtener el agrado de Dios y transcurren las horas en paz, alejados completamente de las tristezas y temores mundanales. En definitiva obtienen el Paraíso, un lugar de felicidad eterna. En un versículo se habla sobre el propósito último de la vida:
A los que temieron a Dios se les dirá: “¿Qué ha revelado vuestro Señor?”. Dirán: “Un bien”. Quienes obren bien tendrán en la vida de acá una bella recompensa, pero la Morada de la otra vida será mejor aún. ¡Qué agradable será la Morada de los que hayan venerado a Dios! Entrarán en los jardines del edén, por cuyos bajos fluyen arroyos. Tendrán en ellos lo que deseen. Así retribuye Dios a quienes Le veneran, (Corán, 16:30-31).
Les maladies et les accidents
Las enfermedades también recuerdan al ser humano lo propenso que es a las deficiencias. El cuerpo, muy protegido contra todo tipo de amenazas externas, se ve seriamente afectado por simples agentes invisibles a simple vista llamados virus, los cuales producen enfermedades. Esto parece absurdo porque Dios nos equipó con mecanismos de defensa muy completos, especialmente el sistema inmune, que podría ser descrito como “el ejército victorioso” sobre sus enemigos. Sin embargo, a pesar de ello, nos enfermamos bastante de seguido. Casi no meditamos en el hecho de que si estamos equipados con sistemas de defensa excelentes, Dios no debería permitir nunca que los agentes patológicos provoquen enfermedades. Los virus, microbios o bacterias nunca tendrían que afectarnos el cuerpo o, simplemente, no tendrían que haber existido. Pero vemos que esto no es así. Por ejemplo, un virus cualquiera entra al organismo por una leve herida en la piel y en poco tiempo se desparrama por todas partes, afectando órganos vitales. A pesar de los avances tecnológicos, el común virus de la gripe se convierte en una amenaza mortal para gran cantidad de personas. La historia nos relata casos en que el mismo incluso ha llegado a modificar la estructura demográfica de distintos países. Por ejemplo, en 1918 murieron 25 millones de individuos debido a la gripe. En Alemania, una epidemia se llevó 30 mil vidas en 1995, y se transformó en el peor desastre de ese tipo.
Hoy en día persiste el peligro: un virus puede introducirse en cualquiera y transformarse en una amenaza de muerte, o una rara enfermedad puede reaparecer después de haber estado dormida durante unos 20 años. Aceptar todos estos incidentes como acontecimientos naturales y no reflexionar sobre ellos, sería un error muy serio. Es Dios quien, con un propósito especial, hace que la gente se enferme. Los arrogantes pueden tener la oportunidad de darse cuenta de cuán limitada es su soberbia. Además, es una manera de comprender la verdadera naturaleza de esta vida.
Los accidentes también representan serias amenazas para el ser humano. Todos los días los titulares de la prensa y grandes espacios en los noticieros radiales y televisivos nos hacen conocer accidentes de tráfico. No obstante y aunque ocurren casi permanentemente, casi nunca pensamos que nos puede tocar a nosotros ser víctimas de los mismos. Son miles los factores que pueden llevar nuestras vidas por un sendero distinto al que nosotros esperamos. Podemos perder el equilibrio y caer en medio de la calle. Una hemorragia en el cerebro o una pierna rota pueden ser la causa de esa caída. También se puede estar comiendo, ahogarse con una espina de pescado y morir. Aunque las causas pueden considerarse simples, todos los días miles de personas alrededor del mundo sufren accidentes como estos.
Esos hechos deberían hacernos comprender lo inútil que es la devoción a este mundo y llevarnos a sacar como conclusión que todo lo que se nos ha dado no es más que un favor pasajero para probarnos en esta vida. Resulta un enigma que el ser humano, incapaz de combatir un virus invisible, se atreva a mostrarse soberbio con su Creador Todopoderoso.
No cabe la menor duda de que es Dios Quien creó al ser humano y que es El Quien le protege frente a todos los peligros. En este sentido, los accidentes y las enfermedades nos muestran lo que somos. Independientemente de toda la fortaleza que supongamos tener, no podemos evitar que se produzcan desastres si Dios no dispone otra cosa. Es El Quien crea las enfermedades y otras situaciones de peligro para que recordemos que somos débiles.
Este mundo es un lugar de examen para el ser humano. Cada uno es responsable de intentar obtener Su agrado. Al final de la evaluación, quienes comprendan claramente que Dios es Uno, no Le adscriban socios y obedezcan Sus órdenes, residirán en el Paraíso para siempre. Pero quienes se mantengan arrogantes y prefieran este mundo y sus deseos, perderán la vida eterna de bendiciones y tranquilidad, pasarán a sufrir eternamente y nunca se verán libres de problemas, debilidades y congojas, tanto en este mundo como en el otro.
Las Consecuencias de las Enfermedades y de los Accidentes
Como dijimos antes, las enfermedades y los accidentes son los acontecimientos por medio de los cuales Dios prueba al ser humano. El creyente, cuando sufre alguno de ellos, enseguida se vuelve a su Señor, le ruega y busca refugio en El. Es conciente de que nadie, excepto el Todopoderoso, puede salvarle de los padecimientos. También sabe que se está poniendo a prueba su paciencia, devoción y confianza en Dios. En el Corán se alaba al profeta Abraham (P) por su actitud ejemplar. Su ruego sincero sirve de modelo y es repetido por todos los creyentes:
“… me da de comer y de beber, me cura cuando enfermo, me hará morir y, luego, me volverá a la vida,…” (Corán, 26:79-81).
El profeta Job (P), por otra parte, establece un buen ejemplo para todos los creyentes por medio de buscar la paciencia sólo en Dios cuando enfrentó una aguda enfermedad:
¡Y recuerda a nuestro siervo Job! Cuando invocó a su Señor: “El Demonio me ha infligido una pena y un castigo”. (Corán, 38:41).
Las distintas angustias hacen madurar a los creyentes y fortalecen la lealtad a su Creador. A eso se debe que cada sufrimiento sea una “suerte”. Por otra parte, los incrédulos entienden que todo tipo de accidentes y problemas de salud son una “desgracia”. Al no entender que todo ha sido creado con un propósito específico y que la paciencia exhibida durante los inconvenientes será premiada en el otro mundo, se sumen en la congoja. Las enfermedades y otras aflicciones perturban o desesperan a quienes rechazan la existencia de Dios y adoptan un punto de vista materialista, a la vez que hacen perder las “amistades” porque éstas entienden que ocuparse de ellos lleva a “meterse en problemas”. Se desvanece el “afecto” por quien ha brindado mucho amor y atención y ahora sufre contratiempos. Otra razón que lleva a la gente a cambiar su actitud con el amigo afectado en su salud, es que éste ha perdido su buen semblante o ciertas habilidades. Lo dicho es moneda corriente en las sociedades materialistas pues a cada uno se valora según sus capacidades físicas o lo que tiene para dar. En consecuencia, cuando el individuo es golpeado por algún defecto orgánico, se esfuma o disminuye el aprecio al mismo. Por ejemplo, el cónyuge o pariente cercano de una persona discapacitada, empieza a quejarse de inmediato de las dificultades que acarrean los cuidados de ésta, y lamenta a menudo la desgracia. Por lo general se argumenta que se es muy joven para hacerse cargo de una situación como ésa. Por supuesto, esto no es más que una excusa para evitar el debido cuidado al pariente con sus capacidades disminuidas. Otros le atienden por temor al “qué dirán” si no lo hacen: la sola posibilidad de rumores que criticarían sus conductas les impide desentenderse del familiar. Cuando se presentan situaciones como éstas, los días de felicidad y promesa de mutua lealtad son rápidamente reemplazados por sentimientos egoístas.
Cosas como las mencionadas no deberían sorprendernos en una sociedad donde los comportamientos elevados ―como la lealtad― sólo se exhiben cuando de ello se obtiene algún beneficio. No cabe ninguna duda de que es imposible esperar que en las sociedades con criterios materialistas bien establecidos, una persona sea fiel a otra sin recibir algún premio por ello. Más aún si son irreverentes con Dios. Nadie será sincero y honesto con otros a menos que sea recompensado por ello o que tema recibir un castigo si no lo hace. Ser honesto sin esperar nada a cambio, se considera algo propio del “idiota” en la sociedad materialista, puesto que no tendría sentido ser leal a alguien que, cuando se muera, dejará de existir para siempre. Para las mentalidades que creen que se vive poco tiempo y luego se desaparece resulta razonable ese criterio. Por eso les parece natural y lógico dedicarse a obtener el mejor confort y la mejor vida mundanal, dejando de lado otras cosas.
Pero la verdad es otra. Quienes confían en Dios, reconocen ante El sus debilidades y Le tienen un temor reverencial, consideran a otras personas de la manera que su Señor quiere. El rasgo más precioso de una persona es el comportamiento noble que surge de la cumplimentación de esas cualidades. Quienes consideran a Dios como se merece y exhiben la correspondiente perfección moral en este mundo, obtendrán la perfección en el otro, donde los defectos físicos pierden todo significado. Esta es la promesa de Dios a los creyentes y la razón básica que los lleva a ser afectuosos, respetuosos y considerados con los discapacitados, brindando un cariño permanente.
Es muy importante la gran diferencia entre creyentes e incrédulos en sus respectivas formas de pensar y conductas. Mientras los primeros eliminan de sus corazones la envidia y la cólera reemplazándolas por la tranquilidad de espíritu, los segundos se sienten desengañados, insatisfechos e infelices, y en consecuencia les embarga la angustia. Lo que a los incrédulos les parece un “castigo” ―según la sociedad materialista―, en realidad es una desgracia que Dios les hace gustar. Quienes opinan que no se tendrá en cuenta sus malas acciones ―crueldad, incredulidad y deslealtad―, el Día del Juicio se verán desconcertados al ver el dictamen que se libra respecto de ellos:
Que no piensen los infieles que el que les concedamos una prórroga supone un bien para ellos. El concedérsela es para que aumente su pecado. Tendrán un castigo humillante. (Corán, 3:178).
Los Ultimos Años de Vida
En nuestros cuerpos ―considerado lo más preciado para muchos― se observan los efectos destructivos del paso del tiempo, pues con el transcurso de los años sufren un proceso de desgaste irreversible. En el Corán se habla de esto:
Dios es Quien os creó débiles; luego, después de ser débiles, os fortaleció; luego, después de fortaleceros, os debilitó y os encaneció. Crea lo que El quiere. Es el Omnisciente, el Omnipotente. (Corán, 30:54)
Lo que más desdeñamos en nuestros planes para el futuro es nuestros últimos años de vida, excepto cuando se trata de obtener una buena pensión o jubilación. De todos modos, cuando sentimos muy cerca la muerte, vacilamos. Si alguien quiere hablar de la vejez, otros prefieren no tocar este tema “desagradable” y pasar la atención a otra cosa lo antes posible. La rutina de la vida diaria también es una buena manera de escapar a la reflexión sobre esa edad potencialmente lastimosa. Es así como se va posponiendo su tratamiento hasta que un día nos encontramos inevitablemente con la muerte. La principal razón para esa dilación permanente es creer siempre que “ya llegará el momento de tratar dicho tema”. En el Corán se describe este concepto erróneo que es muy común:
Les hemos permitido gozar de efímeros placeres, a ellos y a sus padres, hasta alcanzar una edad avanzada… (Corán, 21:44).
Dicha actitud de “esperar” conduce a menudo a una gran congoja porque, simplemente, independientemente de la edad que se tenga, lo único que realmente retenemos es recuerdos borrosos. Apenas nos acordamos de la juventud e incluso cuesta mucho rememorar con exactitud lo sucedido el decenio pasado. Una vez que experimentamos o logramos las cosas ―como las ambiciones juveniles, las decisiones consideradas trascendentes y los objetivos muy serios para nosotros― rápidamente les restamos importancia u olvidamos el impacto de lo logrado. Por eso es difícil relatar una “larga” historia de vida.
Seamos adolescentes o adultos, tendemos a tomar decisiones que consideramos de gran valor. Por ejemplo, si tenemos cuarenta años y esperamos vivir hasta los sesenta y cinco, lo cual nadie puede garantizar, los veinticinco años que restan van a transcurrir tan rápidamente como los ya vividos. Lo mismo vale para cualquier otra ecuación: siempre lo que quede de existencia pasará tan rápido o más que el período transcurrido. Seguramente este es un recordatorio perpetuo de la verdadera naturaleza de este mundo. Llegado el momento, todas las almas partirán de aquí y nunca volverán.
En consecuencia, el ser humano debería dejar de lado sus prejuicios y ser más realista respecto de la vida. El tiempo pasa muy rápidamente y cada día que transcurre nos acerca a la debilidad física o la aumenta y nos empeora otras situaciones en vez de proveernos de una juventud remozada o de más dinamismo. En resumen, nuestro envejecimiento es una manifestación de que somos incapaces de controlar el cuerpo, la vida y el destino. En la vejez se vuelven visibles en nuestros organismos los efectos adversos del paso del tiempo. Dios nos informa de ello:
Dios os ha creado y luego os llamará (a la hora de la muerte). A algunos de vosotros se les deja que alcancen una edad decrépita, para que, después de haber sabido, terminen no sabiendo nada. Dios es omnisciente, poderoso. (Corán, 16:70).
A la edad avanzada también se la llama, en medicina, la segunda infancia. De aquí que la gente mayor necesite el mismo tipo de atención que los niños, debido a que sus funciones mentales y corporales sufren ciertas alteraciones. Al envejecer reaparecen las características físicas y espirituales propias de los niños. Ya no se pueden realizar muchas tareas que requieren fortaleza muscular. Dificultades motoras, razonamiento disminuido, impedimentos de todo tipo, debilidad de la memoria y cambio en los comportamientos, son algunos de los síntomas de las enfermedades que se ven comúnmente en la vejez.
En resumen, después de cierto período se regresa al estado de dependencia infantil, tanto física como mentalmente.
La vida comienza y termina en un estado parecido y evidentemente no se trata de un proceso azaroso. Podríamos permanecer en un estado juvenil hasta morirnos. Pero Dios nos recuerda la naturaleza temporaria de este mundo por medio de hacer que se deteriore nuestra calidad de vida a través de diversas etapas. Ello nos indica claramente que la vida se nos escabulle. Dios lo explica en un versículo:
¡Hombres! Si dudáis de la resurrección, Nosotros os hemos creado de tierra; luego, de una gota (de esperma); luego, de un coágulo de sangre; luego, de un embrión formado o informe. Para aclararos. Depositamos en las matrices lo que queremos por un tiempo determinado; luego, os hacemos salir como criaturas para alcanzar, más tarde, la madurez. Algunos de vosotros mueren prematuramente; otros viven hasta alcanzar una edad decrépita, para que, después de haber sabido, terminen no sabiendo nada. Ves (dirigido a Muhammad) la tierra reseca, pero, cuando hacemos que el agua baje sobre ella, se agita, se hincha y hace brotar toda especie primorosa. (Corán, 22:5).
Problemas Físicos Relacionados con la Edad
Independientemente del dinero que poseamos o la salud de la que gocemos, en cualquier momento podemos enfrentarnos con incapacidades y otras complicaciones relacionadas con la edad. Describiremos algunas de ellas.
La piel, por cierto, es un factor importante que nos da una señal del estado de salud. También es un componente esencial de la belleza. Cuando nos sacan algo de piel, inevitablemente nos imaginamos con aprensión un cuadro perturbador. Ello se debe a que la epidermis, además de ser una capa protectora del cuerpo frente a los ataques desde el exterior, también provee suavidad y una buena estética. No cabe duda de que la piel, un tejido que envuelve el cuerpo y pesa 4,5 libras (alrededor de 2 kilos), cumple esas funciones importantes y es la que en gran medida brinda la belleza. Pero también es el órgano que más se ve alterado con el avance de la vejez.
Con el progreso de la edad, la piel pierde elasticidad y la estructura proteica que constituye sus capas más profundas se debilita y sensibiliza. Entonces aparecen en el rostro arrugas y líneas que angustian a muchas personas. El funcionamiento de las glándulas sebáceas decae y provoca una sequedad pronunciada de la piel. Al aumentar la permeabilidad de ésta el cuerpo queda más expuesto a las influencias externas. Como resultado de ese proceso la gente anciana sufre serios desórdenes en el sueño, heridas superficiales y una picazón llamada “comezón de la vejez”. También ocurren daños en las capas más profundas de la piel. La renovación del tejido epitelial ya no se realiza normalmente y el mecanismo que permite el intercambio de sustancias funciona en gran medida irregularmente, con lo que se condiciona la situación para la aparición de tumores.
Brigitte Bardot
Alain Deleon
Marlon Brando
Elizabeth Taylor
Katherine Hepburn
Charlie Chapline
También es de gran importancia para el cuerpo humano el vigor de los huesos. Por lo general a los ancianos les cuesta mucho mantener la postura erecta, contrariamente a lo que sucede con los jóvenes. Al caminar con una postura inclinada o encorvada se pierde altura y majestuosidad y se está comunicando que ya no se tiene la capacidad para controlar, aunque más no sea, el propio cuerpo. Asimismo se pierde “el talante y la buena presencia”, por así decirlo.
Los síntomas del envejecimiento no se limitan a los enunciados. Los gerontes son más proclives a perder la sensibilidad, al dejar de renovarse las células nerviosas después de cierto tiempo. Sufren de desorientación espacial al debilitarse los ojos en respuesta a la intensidad de la luz. Esto es muy importante puesto que significa una limitación de la visión: se pierde la nitidez de los colores, de la posición de los objetos y de sus dimensiones. Son todas situaciones de bastante dificultad.
El ser humano podría no haber experimentado nunca el desmoronamiento físico debido a la edad y, simplemente, ser más fuerte a medida que transcurren los años. Aunque ese no es un modelo de existencia vigente, el vivir más tiempo (en otras condiciones) nos habría ofrecido oportunidades no calculadas para una mejor adecuación personal y social. El paso del tiempo habría mejorado nuestra calidad de vida y la habría hecho cada vez más agradable. Pero el sistema establecido como bueno para la humanidad se basa en la declinación de la calidad de vida por envejecimiento. Esta es otra evidencia de la naturaleza temporaria de este mundo. Dios nos lo recuerda en el Corán una y otra vez y ordena a los creyentes meditar sobre ello:
La vida de acá es como agua que hacemos bajar del cielo. Las plantas de la tierra se empapan de ella y alimentan a los hombres y a los rebaños, hasta que, cuando la tierra se ha adornado y engalanado, y creen los hombres que ya la dominan, llega a ella Nuestra orden, de noche o de día, y la dejamos cual rastrojo, como si, la víspera, no hubiera estado floreciente. Así explicamos los signos a gente que reflexiona. (Corán, 10:24).
Después de un cierto período de vida durante el cual el individuo se considera fuerte física y mentalmente y cree que el mundo sólo es como a él se le ocurre, pasa de repente por un período en el que pierde muchas cosas de las que gozaba hasta ese momento. Este proceso es inevitable e irreversible. Sucede porque Dios creó nuestro mundo como un lugar en donde vivir sólo por determinado período y lo hizo imperfecto para que sirva como recordatorio del Más Allá. La vie présente est comparable à une eau que Nous faisons descendre du ciel et qui se mélange à la végétation de la terre dont se nourrissent les hommes et les bêtes. Puis lorsque la terre prend sa parure et s'embellit, et que ses habitants pensent qu'elle est à leur entière disposition, Notre ordre lui vient, de nuit ou de jour: c'est alors que Nous la rendrons toute moissonnée, comme si elle n'avait pas été florissante la veille. Ainsi exposons-Nous les Signes pour des gens qui réfléchissent. (Surat Yunus: 24)
Lecciones a Ser Extraídas de las Celebridades de Edad Avanzada
Es inevitable convertirse en viejo. Nadie, sin excepción, puede escapar a ello, a menos que se muera antes. Pero el ver envejecer a estrellas del ambiente artístico impresiona más, pues se trata de gente a las que se las observa bastante de seguido. Ser testigo del envejecimiento de gente conocida por su fama, riqueza y belleza, seguramente sirve de recordatorio de lo breve y superficial de esta vida.
Todos los días podemos ver cientos de ejemplos de ello. Una persona saludable, inteligente y famosa, símbolo en algún momento del éxito y de la belleza, aparece un día en los periódicos, revistas y TV con una discapacidad mental o física. Este es el fin casi inevitable de todos. Pero las celebridades que ocupan un lugar especial en el recuerdo y que al avanzar en su edad pierden su encanto, excitan las emociones más profundamente. En las páginas que siguen vemos fotografías de algunos artistas muy conocidos. Cada uno de ellos es la más clara evidencia de que más allá de lo bello y exitoso que se pueda ser, el fin inevitable del hombre es la vejez.
La Muerte del Ser Humano
La vida se va segundo a segundo. ¿Somos concientes de que cada día que transcurre nos acercamos más a la muerte o que ésta se acerca más a nosotros? Todo lo que se presenta en la tierra está destinado a morir: Cada uno gustará la muerte. Luego, seréis devueltos a Nosotros. (Corán, 29:57). Sin excepción, una a una mueren todas las cosas que nacen. Hoy día nos resulta difícil recordar los rasgos de quienes murieron. Quienes ahora estamos en el mundo y quienes vendrán, moriremos sin excepción, pero la gente tiende a ver la muerte como un incidente improbable (por lo menos en lo inmediato).
Pensemos en un bebé que recién ha abierto los ojos al mundo y en una persona que está a punto de fallecer. Ni uno ni otro tiene influencia sobre su nacimiento o muerte. Sólo Dios posee el poder para dar el soplo de vida o arrebatar la existencia.
Todos viviremos cierta cantidad de días y luego moriremos. Dios nos relata en el Corán la actitud comúnmente exhibida hacia la muerte:
Di: “La muerte, de la que huís, os saldrá al encuentro. Luego, se os devolverá al Conocedor de lo oculto y de lo patente y ya os informará El de lo que hacíais (en la tierra)”. (Corán, 62:8).
Por lo general la gente evita pensar en la muerte. En el transcurrir de todos los días nos ocupamos más que nada de en qué colegio o facultad nos anotaremos, en dónde vamos a trabajar, qué color de ropa nos ponemos a la mañana, qué cocinar para el almuerzo, etc. Consideramos a la vida un proceso rutinario de esas cuestiones, en cierta medida menores. Los intentos de hablar de la muerte siempre son interrumpidos por quienes se molestan con dicho tema. Asumir que la muerte llegará más temprano o más tarde es algo que resulta desagradable de tratar para la gran mayoría. No obstante se debería tener presente que nunca está garantizado vivir incluso una hora más. Todos los días somos testigos del fallecimiento de gente en nuestro entorno, pero pensamos poco o nada en el día en que otros serán testigos de nuestra muerte. ¡Suponemos que eso a nosotros no nos va a pasar!
No obstante, cuando nos llega la muerte, todas las “realidades” de la vida se esfuman. Nadie que recuerde “los bellos días pasados” permanece en este mundo para siempre. Pensemos en todo lo que somos capaces de hacer: cerrar los ojos, movernos, hablar, reír, etc., son todas funciones corporales. Ahora pensemos en el estado y la forma que asumirá nuestro cuerpo después de morir.
Desde el momento de su última exhalación no será más que un “montón de carne”. El cuerpo, silencioso e inmóvil, irá a la morgue, donde se lo acondicionará por última vez, de allí se lo llevará en un ataúd a la tumba y luego será cubierto por la tierra. Ahí termina la historia y sólo queda nuestro nombre tallado en una lápida.
Durante los primeros meses nuestras tumbas serán visitadas con frecuencia y con el paso del tiempo disminuirán las visitas. Decenios después, no nos recordará prácticamente nadie.
Por otra parte, nuestros familiares cercanos experimentarán otra faceta de la muerte. La habitación y cama que usamos estarán vacías. Luego del funeral, se darán a quienes necesiten, más o menos enseguida, las ropas y otras cosas que nos pertenecían. Nuestros nombres serán dados de baja o borrados en los registros públicos. Durante los primeros meses algunos nos llorarán, pero el paso del tiempo “normalizará” todo. Cuatro o cinco decenios después puede ser que sean muy pocas las personas que nos recuerden. Llegarán las nuevas generaciones, ya no existirá nadie de la nuestra y el recuerdo que pueda quedar de nosotros no nos valdrá de nada.
Mientras sucede todo lo indicado, quienes fueron enterrados sufren un rápido proceso de descomposición. Enseguida proliferan microbios e insectos. Los gases que liberan esos pequeños organismos hincharán el cadáver a partir del abdomen, alterando su forma y apariencia. En la boca y en la nariz aparece espuma sanguinolenta debido a la presión de los gases sobre el diafragma. Al avanzar la descomposición se desprenden los cabellos, las uñas, las plantas de los pies y las palmas de las manos. Esa alteración de la parte externa del cadáver va acompañada del mismo proceso en los órganos internos como pulmones, corazón e hígado. Mientras tanto, la escena más horrible sucede en el abdomen: la piel ya no puede soportar la presión de los gases, estalla repentinamente y se produce una emanación con un olor repugnante e insoportable. El proceso de desprendimiento de los músculos comienza en el cráneo. La piel y los tejidos blandos se desgarran completamente. El cerebro se descompone y se lo empieza a ver como arcilla. Dicho proceso avanza hasta que el cadáver queda reducido a un esqueleto.
No existe ninguna posibilidad de volver a la vida que se tuvo. Nunca más será posible reunirse alrededor de la mesa con los miembros de la familia, concurrir a reuniones o disponer de un buen trabajo.
En resumen, el “montón de carne y huesos” al que identificamos con un nombre, enfrenta un final absolutamente desagradable. Por otra parte, la persona ―o mejor dicho, su alma― dejará el cuerpo apenas fallezca y lo que sirve de recordatorio de la parte física ―el cadáver― se volverá parte del suelo.
Pero, ¿cuál es la razón para que suceda todo esto?
Si Dios hubiese querido, el cuerpo nunca se hubiese descompuesto así. Ello lleva, en realidad, un mensaje muy importante.
El tremendo fin que le espera a nuestra parte física debería hacernos reconocer que la misma no es nuestra persona en sí, sino que ésta es el alma “metida” allí. En otras palabras, el ser humano tiene que reconocer que posee una existencia exterior a su cuerpo. Además, debería comprender que lo que muere es su físico, aunque se adhiera a ello como si fuese a permanecer siempre en este mundo, que de todos modos es temporal. Esa parte a la que se le da tanta importancia se descompondrá y será comida por los gusanos hasta quedar reducida a un esqueleto. Y el día en que se inicie ese proceso puede estar muy cerca.
A pesar de todas estas realidades, nuestro juicio nos lleva a no considerar o a desechar lo que no nos gusta o agrada. Incluso podemos llegar a negar la existencia de cosas a las que no queremos enfrentarnos. Y parece que esto se agudiza cuando de la muerte se trata. Sólo el funeral o el fallecimiento repentino de un familiar cercano nos hace ver la realidad. ¡Casi todos consideramos que la muerte aún está lejos y asumimos que otros, que mueren en un accidente o mientras duermen, son personas distintas a nosotros por lo que nunca atravesaremos dicha situación!
La gran mayoría de la gente piensa que es demasiado pronto para morir y que le quedan muchos años de vida.
Lo más probable es que quien muere camino al colegio o corriendo para ir a atender un negocio, comparta el mismo pensamiento. Probablemente nunca llegó a pensar que los periódicos del día siguiente publicarían la noticia de su fallecimiento. Incluso es posible que la mayoría de los que leen estas líneas no esperen fallecer apenas lo terminen de hacer o que nunca tengan en cuenta la posibilidad de que eso suceda. Quizás piensan que son muy jóvenes para irse de este mundo o que eso no sucederá porque aún tienen muchas cosas por hacer. Pero esos son subterfugios usados para no pensar en la muerte, aunque se traten de recursos vanos para escapar de la misma:
Di (tú, Muhammad): “No sacaréis nada con huir si es que pretendéis con ello no morir o que no os maten. De todas maneras, se os va a dejar gozar sólo por poco tiempo”. (Corán, 33:16)
El ser humano es creado solo, es decir, uno a uno, y debería ser consciente de que al morir también estará solo.
No obstante, mientras vive resulta casi un adicto a las posesiones, intentando tener cada vez más. Pero nadie se puede llevar a la tumba los bienes materiales y sacarles provecho. Quien sea, vino a este mundo como algo singular y parte de la misma manera, generalmente enterrado en un simple ropaje. Lo único que nos podemos llevar de aquí al morir es la creencia en Dios o la incredulidad.
La tentacion de los bienes mundanales
A lo largo de la vida nos proponemos una serie de objetivos: riqueza, posesiones, elevada consideración social, esposa e hijos. Lo mencionado es parte de las metas que la mayoría persigue y los planes y los esfuerzos se dirigen a cumplimentarlos. A pesar del hecho incontrastable de que todo tiende a avejentarse y a la extinción, casi nadie puede dejar de ligarse intensamente a distintas cosas. Pero el automóvil que un día es moderno, luego se convierte en antiguo. Debido a causas naturales, la rica tierra de una granja se vuelve árida. La persona bella pierde esa condición. Cada ser humano, cuando muere, deja todos los bienes que había acumulado. No obstante, aunque lo dicho se trata de verdades irrefutables, el hombre tiene una devoción incomprensible por las cosas de valor material.
Los que proceden así obcecadamente, comprobarán que consumieron sus vidas persiguiendo ilusiones y, después de la muerte, la situación ridícula en la que se hallarán. Recién en ese momento les quedará en claro que el propósito último de la vida es ser un sincero siervo de Dios.
En el Corán se habla de esta “profunda ligazón” a lo mundanal:
El amor de lo apetecible aparece a los hombres engalanado: las mujeres, los hijos varones, el oro y la plata por quintales colmados, los caballos de raza, los rebaños, los campos de cultivo… Eso es breve disfrute de la vida de acá. Pero Dios tiene junto a Sí un bello lugar de retorno. (Corán, 3:14).
Por lo general ocupamos nuestro tiempo en cosas de este mundo. Pero quienes reconocen la grandeza y el poder de Dios, son conscientes de que todo lo que se les concede es, simplemente, herramientas para obtener Su contento. En ese caso también comprenden que ser siervos de El es el objetivo principal. Pero las ambiciones nublan la visión, lo que lleva a perder la fe auténtica, la confianza en Dios y a esperar sólo grandes cosas en este mundo engañoso.
Resulta sorprendente que el ser humano olvide todo acerca del otro mundo, infinitamente superior como residencia, y que quede satisfecho con el que vive ahora. Aunque no se tenga una fe acabada, la más leve “probabilidad” del Más Allá debería hacer que, al menos, se asumiera una actitud más cuidadosa.
Los creyentes, por otra parte, son totalmente conscientes de que la otra vida de ninguna manera es una “probabilidad” sino una realidad, motivo por el cual todos sus esfuerzos apuntan a lograr el Paraíso. Comprenden perfectamente lo amargo que será el desengaño en el otro mundo después de haber consumido el tiempo acá en deseos vanos. Son concientes de que la riqueza acumulada bajo la forma de grandes cuentas bancarias, automóviles, mansiones lujosas, etc., no serán aceptadas para el rescate del castigo eterno. Por otra parte, ni los familiares ni los amigos más entrañables estarán presentes para salvarles de la congoja eterna. Sino que, cada alma intentará salvarse por sí misma. No obstante, la mayoría de la gente asume que esta vida no continúa en el Más Allá y abraza con gran codicia este mundo. Dice Dios:
El afán de lucro (o de superioridad) os distrae hasta la hora de la muerte. (Corán, 102:1-2)
La atracción por las posesiones mundanales es, sin duda, la clave de la prueba. Todo lo maravilloso de que disponemos es creado por Dios y dura relativamente muy poco. Lo hace así, para que pensemos y comparemos lo que se nos otorga en este mundo con lo prometido para el otro. Esta es “la clave” de la que hablamos. La vida terrenal es realmente magnífica. Totalmente colorida y atractiva, revela la gloria de la creación de Dios. Sin duda, llevar una buena vida y disfrutarla es algo deseable y se ruega al Todopoderoso por ello. No obstante, lo dicho no puede ser nunca el propósito último pues resulta mucho más importante obtener el contento de Dios y el Paraíso. Por lo tanto no deberíamos olvidarlo en tanto gozamos de los favores que recibimos aquí. Dios nos advierte acerca de esta cuestión:
Lo que habéis recibido no es más que breve disfrute de la vida de acá y ornato suyo. En cambio, lo que Dios tiene es mejor y más duradero. ¿Es que no razonáis? (Corán, 28:60).
El gran afecto por las cosas mundanales es una de las razones que nos lleva a olvidar la otra vida. Además, es importante recordar que nunca encontramos la felicidad auténtica, la paz interior y la satisfacción plena en las cosas materiales que abrazamos ávidamente o por las que trabajamos intensamente. A eso se debe que siempre haya deseos imposibles de satisfacer, pues las apetencias del ego nunca cesan y la búsqueda de “más y mejor” es permanente.
¿Existe en Este Mundo la Riqueza Auténtica?
La mayoría de la gente asume que puede convertir su existencia en perfecta si se lo propone. Y también cree que la sola posesión de bastante dinero permite una calidad de vida elevada, una familia feliz y una posición social admirable. Al pensar así están admitiendo claramente un error: olvidan o no les importa todo lo que tiene que ver con el Más Allá, pues sólo luchan por obtener las cosas de este mundo. Aunque teóricamente su principal propósito sea servir a Dios y agradecerle lo que les da, de lo único que se ocupan es de sus deseos vanos. Dios nos informa lo frívolo y engañoso que resulta ello:
¡Sabed que la vida de acá es juego, distracción y ornato, rivalidad en jactancia, afán de más hacienda, de más hijos! Es como un chaparrón: la vegetación resultante alegra a los sembradores, pero luego se marchita y ves que amarillea; luego, se convierte en paja seca. En la otra vida habrá castigo severo o perdón y satisfacción de Dios, mientras que la vida de acá no es más que falaz disfrute. (Corán, 57:20).
El principal error de la gente que entiende que nunca perderá su riqueza es no creer en el Más Allá o considerarlo una posibilidad remota. El orgullo hace evadir la sumisión a Dios y desconocer Sus promesas. Se nos relata cuál es el fin de personas así:
Quienes no cuentan con encontrarnos y prefieren la vida de acá, hallando en ella quietud, así como quienes se despreocupan de Nuestros signos, tendrán el Fuego como morada por lo que han cometido. (Corán, 10:7-8).
La historia da testimonio de bastante gente con esa mentalidad. Reyes, emperadores y faraones creyeron que podían asegurarse la inmortalidad por medio de la inmensa riqueza de la que disponían. Parece que nunca se les ocurrió que hay algo más valioso que el poder y la opulencia material. Esa forma de pensar equivocada hizo caer en el error a sus súbditos, impresionados por esos factores de supuesta superioridad. De cualquier manera, los incrédulos enfrentaron y enfrentan un fin terrible:
¿Creen que, al proveerles de hacienda y de hijos varones, estamos anticipándoles las cosas buenas (los bienes de la otra vida)? No, no se dan cuenta. (Corán, 23:55-56).
¡No te maravilles de su hacienda ni de sus hijos! Dios sólo quiere con ello castigarles en la vida de acá y que exhalen su último suspiro siendo infieles. (Corán, 9:55).
Sucede que esa gente no tiene en cuenta un punto crucial: toda la riqueza y eso a lo que se considera muy importante, pertenece a Dios, el real Propietario. Y El decide a quién y por cuánto tiempo otorga algunas de sus posesiones infinitas. En consecuencia resulta lógico que agradezcamos a Dios lo que nos brinda y que seamos Sus servidores leales. Debe recordarse, asimismo, que nadie puede poner límites a lo que Dios concede. Del mismo modo, una vez que alguien es privado de bienes, nadie más que Dios puede proveerlo. Es así como El pone a prueba a Su pueblo. Y quienes olvidan a Su creador y el Día del Juicio, no prestan ninguna atención a esto:
Dios dispensa el sustento a quien El quiere: a unos con largueza a otros con mesura. Se han regocijado en la vida de acá y la vida de acá no es, comparada con la otra, sino breve disfrute… (Corán, 13:26).
¿Son Importantes en el Mundo la Riqueza y la Posición Social?
La mayoría de la gente piensa que en este mundo se puede alcanzar perfectamente una vida esplendorosa, lo que sugiere que, por medio de alguna herramienta, se podría encontrar la felicidad auténtica, que duraría para siempre. Pero la verdad es otra: no podemos lograr la vida que soñamos si olvidamos a nuestro Creador y el Día del Juicio. Lo que generalmente hacemos es buscar algo y una vez conseguido repetir el proceso hasta que nos invade la incapacidad. Por ejemplo, alguien no contento con la inmensa ganancia generada en un negocio, se embarca en otro emprendimiento y así sucesivamente para aumentar la fortuna. Esa persona no disfruta la vivienda nueva que tiene porque la del vecino está decorada más artísticamente o porque la suya tiene un diseño que ya no está de moda. De la misma manera, debido a que los gustos y las modas cambian muy de seguido, no se disfruta del guardarropa que se tiene y se sueña con otro más sofisticado. Dios explica claramente la psicología del incrédulo:
¡Déjame solo con Mi criatura, a quien he dado una gran hacienda, e hijos varones que están presentes! Todo se lo he facilitado pero aún anhela que le dé más. (Corán, 74:11-15).
Una persona en sus cabales y que comprende las cosas con claridad, debería reconocer que quienes adquieren mansiones con más habitaciones que las personas que las ocupan, automóviles lujosos o vestidores fabulosos, son sólo capaces de usar una parte limitada de esas posesiones. Aunque se tuviese la mansión más grande del mundo, ¿sería posible disfrutar todas sus partes a la vez? Si se dispone de un vestidor con ropa de alta costura, ¿cuánta de ella podría usarse plenamente? El propietario de esas cosas es una entidad limitada en términos de tiempo y espacio y sólo puede gozar una de ellas a la vez. Si a alguien se le ofrece todos los platos deliciosos de un restaurant famoso, su estómago no podrá recibir más que algunos. Y si intenta comer más, sufrirá debido a la ingesta abusiva y no gozará de lo comido.
Se puede agregar más ejemplos como los dados pero lo que hay que destacar es que tenemos un período absolutamente limitado de vida como para poder gozar todas las delicias que nos puede proveer la riqueza. Aunque marchamos rápidamente hacia la muerte, difícilmente lo reconocemos durante la vida y creemos que los bienes que poseemos nos proporcionarán una existencia eterna:
(¡Ay de todo aquél… que amase hacienda y la cuente una y otra vez,) creyendo que su hacienda le hará inmortal! (Corán, 104:3).
Dicha gente queda tan fascinada por todo lo que le permite la riqueza material, que cuando deba enfrentar el tremendo momento del Día del juicio, intentará escapar del castigo renunciando a todo lo acumulado:
Les será dado verles. El pecador querrá librarse del castigo de ese día ofreciendo como rescate a sus hijos varones, a su compañera, a su hermano, al clan que le cobijó, a todos los de la tierra. Eso le salvaría. ¡No! Será una hoguera, (Corán, 70:11-15).
Pero también es cierto que algunas personas son conscientes de que la riqueza, la prosperidad y la gran fortuna están bajo el control de Dios. Por eso comprenden que la buena posición social o jerarquía mundanal son ridículas, pues no son ninguna garantía de la salvación en el otro mundo. Por lo tanto prefieren apartarse de las actitudes ególatras, arrogantes y ostentosas, mostrándose humildes. Quienes confían en su Señor tienen como principal objetivo servirle y son concientes de que sólo pueden beneficiarse de los bienes mundanales por un limitado período de tiempo, ya que pierden todo valor frente a la abundancia eterna prometida. Y puesto que nunca olvidan la presencia de Dios Todopoderoso y Le agradecen lo que les da, El les reserva una vida confortable y honorable. A gente que procede con este entendimiento, la riqueza nunca las esclaviza, las ciega o las ata a este mundo. Por el contrario, aumenta su agradecimiento y cercanía a El. Tratan todo y a todos como corresponde, buscando siempre el deleite de Dios. Debido a que son concientes de lo que significa la buena posición frente a Dios, buscan hacer suyos los valores coránicos antes que el placer mundanal. Las características del profeta Salomón (P) sirven de ejemplo de lo que debe perseguir un creyente auténtico. Aunque Salomón (P) era dueño de una gran fortuna y una persona con mucho peso social, expresó claramente a qué llevaba el uso inadecuado de su considerable patrimonio:
Y dijo (Salomón): “Por amor a los bienes he descuidado el recuerdo de mi Señor hasta que se ha escondido (el sol) tras el velo (de la noche). (Corán, 38:32).
El no poder reconocer para qué son creados los bienes de este mundo, lleva a muchos a olvidar que los podrán usar menos de cien años, para luego tener que dejarlos, igual que a sus familiares. No piensan o no se acuerdan que serán enterrados solos y en consecuencia codician lo que no podrán gozar para siempre.
Quienes consideran que la hacienda es la salvadora y rechazan la existencia de su Creador, padecen problemas en este mundo y sufren una gran amargura en el otro:
A quienes no crean, ni su hacienda ni sus hijos les servirán de nada frente a Dios. Esos (es decir, los incrédulos) servirán de combustible para el Fuego. (Corán, 3:10).
El Corán anuncia cuál es el fin de quienes demuestran una avidez insaciable por la posesión de bienes materiales:
(¡Ay de todo aquél) que amase hacienda y la cuente una y otra vez, creyendo que su hacienda le hará inmortal! ¡No! ¡Será precipitado, ciertamente, en la hutama! Y ¿cómo sabrás qué es la hutama? Es el fuego de Dios, encendido, que llega hasta las entrañas. Se cerrará sobre ellos en extensas columnas. (Corán, 104:2-9).
La verdadera opulencia la obtienen los creyentes que nunca demuestran un interés enloquecido por las cosas mundanales, convencidos de que es Dios quien otorga todo al ser humano y que la existencia dura setenta años o un poco más. Esos son los que buscan con sinceridad el Paraíso para la vida eterna. Prefieren lo valioso permanente en vez de los tesoros temporarios. Dios nos informa de esto:
Dios ha comprado a los creyentes sus personas y su hacienda, ofreciéndoles, a cambio, el Jardín. Combaten por Dios: matan o les matan. Es una promesa que Le obliga, verdad, contenida en la Torá, en el Evangelio, y en el Corán. Y ¿quién respeta mejor su alianza que Dios? ¡Regocijaos por el trato que habéis cerrado con El! ¡Ese es el éxito grandioso! (Corán, 9:111).
Los que hacen caso omiso de estas realidades y se “prenden” al mundo, comprenderán rápidamente quiénes son los que en la práctica están en el sendero recto.
El Matrimonio
El matrimonio se considera un punto de inflexión importante en la vida. Cada joven busca reunirse con la persona que le gusta. Un buen consorte es un gran objetivo y la juventud inteligente está bastante “adoctrinada” sobre la importancia de encontrarlo. Pero en las sociedades ignorantes las premisas son otras y las relaciones entre hombres y mujeres se basan en fundamentos defectuosos. Es decir, no se acepta la forma de vida ordenada por Dios: las “amistades” son relaciones románticas en la que ambos sexos buscan la satisfacción emocional. Los matrimonios se basan, por lo común, en el mutuo beneficio material. Muchas mujeres buscan al hombre “próspero” para lograr un excelente pasar. En función de ello, una joven puede aceptar ser durante bastante tiempo la esposa de alguien por quien no siente ningún afecto. El hombre, por su parte, busca muy a menudo a la “buena moza”, a la “bella”.
El razonamiento en la sociedad de la ignorancia rechaza un hecho crucial: todos los valores o bienes materiales están condenados a desaparecer en su momento y Dios puede retirar la fortuna de quien quiera cuando quiera. De la misma manera, en unos pocos segundos puede hacer perder el buen aspecto de quien sea, puede desbaratar mediante un accidente la rutina diaria de cualquiera y dejarle deformada alguna parte del cuerpo. Por otra parte, el tiempo se ocupa de hacer decaer la salud, la fortaleza y la belleza. Frente a tales situaciones, ¿de qué vale un sistema basado en réditos puramente materialistas? Por ejemplo, pensemos en un hombre que se casa con una mujer llevado únicamente por su buen aspecto. ¿Cuál será su actitud si en un accidente ella queda muy afeada? ¿La abandonará cuando las arrugas empiecen a invadirle el rostro? Las respuestas revelan el fundamento irracional del pensamiento materialista.
Un matrimonio es valioso cuando se lo realiza para obtener el contento de Dios. De otro modo se convierte en un peso en éste y en el otro mundo. Quien no comprende en esta vida lo que es correcto para el alma humana, lo comprenderá en la próxima, pero entonces ya será demasiado tarde para arrepentirse, tomar conciencia. El Día del Juicio la persona equivocada querrá dar a su cónyuge ―con quien se sentía tan ligado― como rescate para su propia salvación. El terror de ese día transformará todas las relaciones de este mundo en algo sin sentido. Dios da detalle del trato entre los miembros cercanos de la familia el Día del Juicio:
(A los infieles) les será dado verles. El pecador querrá librarse del castigo de ese día ofreciendo como rescate a sus hijos varones, a su compañera (es decir, a su esposa), a su hermano, al clan que le cobijó, (Corán, 70:11-13).
Teniendo en cuenta el versículo, resulta evidente que el individuo ya no dará ninguna importancia al cónyuge, a los hermanos, amigos u otras personas el Día del Juicio.
Desesperado por salvarse, deseará entregar como rescate a sus familiares o parientes cercanos. Gente así se maldecirá mutuamente porque ninguna advirtió a las demás de ese día terrible. En el Corán se relata el caso de Abu Lahab ―quien mereció el castigo eterno en el fuego― y su esposa:
¡Perezcan las manos de Abu Lahab! ¡Perezca él (todo)! Ni su hacienda ni sus adquisiciones le servirán de nada. Arderá en un fuego llameante, así como su mujer, la acarreadora de leña, a su cuello una cuerda de fibras (de palma). (Corán, 111:1-5).
En el tipo de matrimonio aceptable para Dios existen criterios muy distintos a los que sustentan los ávidos de grandes fortunas. Para obtener el agrado de su Señor no recurren al dinero, a la fama o a la belleza. Su único criterio válido es la taqwa, es decir, “el respeto reverencial a Dios, eludir todo lo que El prohibió y cumplir todo lo que El ordenó”. En consecuencia, un creyente sólo puede casarse con quien exhiba una lealtad cabal a su Señor. Un matrimonio así vive en paz y feliz. Dice un versículo al respecto:
Y entre Sus signos está el haberos creado esposas nacidas entre vosotros, para que os sirvan de quietud, y el haber suscitado entre vosotros (es decir, las parejas) el afecto y la bondad. Ciertamente hay en ello signos para gente que reflexiona. (Corán, 30:21).
A quienes consideran la taqwa su único criterio de vida, seguramente les resultará muy agradable el otro mundo. Los creyentes que se recomiendan y guían mutuamente para actuar con rectitud y alcanzar el Paraíso, también serán amigos eternamente. El Corán describe esta relación:
Pero los creyentes y las creyentes son amigos unos de otros. Ordenan lo que está bien y prohíben lo que está mal. Hacen la oración, dan la limosna y obedecen a Dios y a Su Enviado. De ésos se apiadará Dios. Dios es poderoso, sabio. (Corán, 9:71).
Los Hijos
Una de las mayores ambiciones de la humanidad es dejar hijos que porten el apellido de la familia. Sin embargo, si no se lo hace buscando el deleite de Dios, ese afán bien puede ser un factor que saque al individuo de Su sendero. En definitiva, todos somos probados con nuestros hijos y lo correcto es tratarlos de tal manera que Dios acepte nuestra conducta:
Vuestra hacienda y vuestros hijos no son más que tentación, mientras que Dios tiene junto a Sí una magnífica recompensa. (Corán, 64:15).
En el versículo es muy importante el término traducido como “tentación”. Para muchos una de las cosas principales es tener descendencia. Pero en el sentido coránico el creyente sólo la quiere con el objeto de obtener la complacencia de Dios. De no ser así, es decir, si la buscamos sólo para satisfacer nuestros deseos, significa adscribir socios a Dios. El Corán nos habla de ello:
El es Quien os ha creado de una sola persona (Adán), de la que ha sacado a su cónyuge (Eva) para que encuentre quietud en ella. Cuando yació con ella, ésta llevó una carga ligera (el comienzo del embarazo), con la que iba de acá para allá; pero cuando se sintió pesada, invocaron ambos a Dios, su Señor: “Si nos das un hijo bueno, seremos, ciertamente, de los agradecidos”. Pero, cuando les dio uno bueno, pusieron a Dios asociados en lo que El les había dado. ¡Y Dios está por encima de lo que le asocian! ¿Le asocian dioses que no crean nada ―antes bien, ellos mismos han sido creados―…? (Corán, 7:189-191).
Los profetas citados en el Corán sólo buscaban complacer a Dios cuando le pedían hijos. Un ejemplo de ello lo da la mujer de Imran:
Cuando la mujer de Imran (la abuela materna de Jesús) dijo: “¡Señor! Te ofrezco en voto, a Tu exclusivo servicio, lo que hay en mi seno. ¡Acéptamelo! Tú eres Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe”. (Corán, 3:35).
El ruego del profeta Abraham (P) también establece un ejemplo para todos los creyentes:
¡Y haz, Señor, que nos sometamos a Ti, haz de nuestra descendencia una comunidad sumisa a Ti, muéstranos nuestros ritos y vuélvete a nosotros! ¡Tú eres, ciertamente, el Indulgente el Misericordioso! (Corán, 2:128).
En el versículo, el pedido sobre las características de la descendencia es una forma de pedir el favor de Dios, una forma de adorar a Dios. Pero si la intención es otra, se puede sufrir graves consecuencias en este y en el otro mundo. Los creyentes reconocen a los hijos como individuos que Dios les ha confiado. En consecuencia, no cabe el engreimiento por el éxito o la inteligencia de los mismos pues es Dios quien les concedió esas aptitudes. La jactancia por los dones que exhiben, es simplemente un acto de extravío.
La arrogancia tiene consecuencias muy serias en el Más Allá. El infatuado querrá pagar su salvación el Día del Juicio entregando a los hijos, a la esposa o a los familiares cercanos. El deseo de evitar el castigo horroroso lleva a abandonar enseguida a los seres queridos. No obstante, ante el tribunal de Dios el reo no podrá escapar del terrible final que le espera.
En la sociedad de la ignorancia los hijos se convierten en fuente de muchos problemas no sólo en el Más Allá sino también aquí. Desde que nacen entrañan pesadas responsabilidades y es una experiencia especialmente difícil para las madres. Al saberse embarazadas deben cambiar su estilo de vida y reordenar sus prioridades para poner la atención principal en lo que llevan en el vientre. Deben modificar los hábitos de comer, el modo de dormir, es decir, todo lo que tiene que ver con el comportamiento diario. Ante la cercanía del parto les resultan difíciles hasta los movimientos más comunes. Pero las mayores dificultades comienzan luego del nacimiento de la criatura. Esta insume casi todo su tiempo y esperan que el bebé crezca para que les deje más horas libres con el objeto de invertirlas en otras cosas. Pero en verdad, los años pasan más rápido de lo que parece.
Si lo hecho en ese tiempo por la madre es para alegría de Dios, se lo puede considerar como una forma de adoración a El. De lo contrario, como sucede con frecuencia en las sociedades alejadas de las normas religiosas, se sufre distintos tipos de desengaños pues la descendencia desarrolla una personalidad egoísta, propia del medio en el que vive. Los chicos sólo muestran interés por sus padres si ello les aporta algún beneficio, en tanto que éstos se dan cuenta de eso demasiado tarde, es decir, cuando aparecen los problemas que acarrea el envejecimiento. De manera opuesta a lo que esperaban, es decir, que cuando sus hijos sean grandes les ayuden en todos sus requerimientos propios de la edad avanzada, se encuentran con que se desentienden de ellos o los meten en un geriátrico.
Dios presenta en el Corán a los creyentes como personas responsables y misericordiosas con sus padres, especialmente si son ancianos:
Tu Señor ha decretado que no debéis servir sino a El y que debéis ser buenos con vuestros padres. Si uno de ellos o ambos envejecen en tu casa, no les digas: “¡Uf!” y trates con antipatía, sino que sé cariñoso con ellos. Por piedad, muéstrate deferente con ellos y di: “¡Señor, ten misericordia de ellos como ellos la tuvieron cuando me educaron siendo niño!”. (Corán, 17:23-24).
Como podemos comprender de estos versículos, es honorable criar a los hijos a la luz de los valores coránicos. Pero si los padres incrédulos crían a los suyos con los preceptos de la sociedad de la ignorancia, el esfuerzo que hagan no tendrá sentido ni en este mundo ni en el otro. Y si los hijos rechazan las enseñanzas coránicas, los padres se ganan, de todos modos, el contento de Dios. Y no hay ningún protector o auxiliador fuera de El.
Por otra parte, los que buscan que los hijos les faciliten los beneficios mundanales, no serán auxiliados ni aquí ni en el Más Allá:
Ese día (es decir, el día del Juicio), cada cual tendrá bastante consigo mismo. (Corán, 80:37).
Como dijimos antes, el ser humano es creado solamente para servir a su Creador. Todo lo que le rodea y su vida, existen con el único objetivo de ponerlo a prueba. Nada más que sus obras serán juzgadas después de morir y de acuerdo al resultado será premiado con el Paraíso o condenado al Infierno. En resumen, a la persona no se la valora por su riqueza, belleza o cantidad de hijos, sino por su taqwa, es decir, su respeto reverencial a Dios:
Ni vuestra hacienda ni vuestros hijos podrán acercaros bien a Nosotros. Sólo quienes crean y obren bien recibirán una retribución doble por sus obras y morarán seguros en las cámaras altas (del Paraíso). (Corán, 34:37).
A quienes no crean, ni su hacienda ni sus hijos les servirán de nada frente a Dios. Esos tales morarán en el Fuego eternamente. (Corán, 3:116).
Ni su hacienda ni sus hijos les servirían de nada frente a Dios. Esos tales morarán en el Fuego eternamente. (Corán, 58:17).
Los peligros y los desastres naturales
Al mundo se lo puede calificar distintamente pero no como apacible. Y nosotros somos vulnerables a sus cataclismos naturales y a las perturbaciones del espacio exterior, como la lluvia de meteoritos y asteroides. Si bien la atmósfera que rodea a la Tierra es una protección frente a estos últimos elementos, ninguna parte del planeta es inmune a los efectos de otros meteoros, como los rayos, las tormentas o los huracanes. Del mismo modo, el centro de la Tierra, invisible a nuestros ojos, está constituido de elementos fundidos que podrían dañarnos o destruirnos y no sería exagerado llamarlo “un núcleo llameante”.
Los peligros naturales pueden golpear en cualquier momento y provocar considerables pérdidas de vidas y bienes. Las tormentas, las descargas eléctricas, los incendios forestales, la lluvia ácida y los maremotos, cuyos efectos por lo general denominamos “desastres naturales”, tienen distintas intensidades y alcance. El denominador común de los mismos es que en un momento determinado pueden dejar en ruinas una ciudad con todos sus habitantes. Pero más importante aún, es que el ser humano resulta incapaz de evitar o combatir esa consecuencia.
Todas las catástrofes provocan grandes destrucciones en el planeta. Pero sólo afectan una región en particular gracias al equilibrio que existe en la naturaleza, creación de Dios. La Tierra dispone de sistemas protectores significativos para todo lo viviente. De todos modos, siempre acecha la posibilidad de un desastre natural devastador. Dios crea esos cataclismos para mostrarnos que nuestro habitat no es siempre un lugar seguro. Esos arrebatos de la naturaleza son recordatorios para toda la humanidad de nuestra incapacidad para controlar todo lo que le acaece al planeta, así como de nuestra debilidad inherente. Seguramente son advertencias para quienes meditan sobre ello y sacan conclusiones de lo que experimentan otros.
¿Qué otras lecciones deberíamos aprender de los desastres naturales?
El mundo fue creado especialmente para el ser humano y la razón de la creación de éste se evidencia en un versículo:
El es Quien ha creado los cielos y la tierra en seis días, teniendo Su Trono en el agua, para probaros, para ver quien de vosotros es el que mejor se comporta… (Corán, 11:7).
La “escena” para dicha “prueba” es algo completamente elaborado y cada suceso es un componente del sofisticado medio circundante. Por otra parte, ningún fenómeno natural ocurre azarosamente sino que todos tienen una explicación científica. Por ejemplo, la fuerza de gravedad dilucida porqué no somos arrastrados al espacio; la lluvia se produce cuando el vapor de agua aumenta su densidad hasta cierto punto. El mismo tipo de causalidad es válido para la muerte, los accidentes o los desastres. Se pueden enumerar muchas causas que hacen a la muerte, a las enfermedades o a los accidentes que sufre una persona. Pero lo que realmente importa es la “precisión” del sistema que motiva cada uno de esos sucesos, la entidad que posee y un aspecto particular del mismo. Dicha particularidad es que cada incidente tiene lugar de una manera que la mente humana lo puede comprender plenamente, más tarde o más temprano.
Por medio de los desastres naturales Dios advierte a los seres humanos. Por ejemplo, un terremoto mata a miles de individuos y deja muchos más heridos. Quienes no prestan atención a las advertencias de Dios son proclives a explicar los acontecimientos de ese tipo como fenómenos “naturales” y comprenden poco o nada que Dios los creó con propósitos específicos. ¿Qué sucedería si al producirse un terremoto sólo murieran los que Dios considera grandes pecadores? En ese caso no se establecería el fundamento apropiado para “probar” a la humanidad. Es por eso que Dios crea cada fenómeno en un escenario “natural”. Sólo los conscientes de la existencia de Dios y con una profunda comprensión de Su creación entienden la racionalidad divina detrás de eso que se presenta como “natural”.
En el versículo que dice, Cada uno gustará la muerte. Os probamos tentándoos con el mal y con el bien. Y a Nosotros seréis devueltos. (Corán, 21:35), Dios comunica que nos examina a través de los sucesos benignos y malignos. El enigma de esta prueba es saber cuántos serán afectados por un desastre. No deberíamos olvidar nunca que Dios es el Juez Omnisciente y que …Se decidirá entre ellos según justicia… (Corán, 39:75).
Todo lo que le sucede a una persona en este mundo es parte de la prueba. Los verdaderos creyentes comprenden la esencia de dicho enigma. Frente a cualquier desgracia que les acontece, se vuelven a Dios y se arrepienten. Son Sus siervos, conscientes de Su promesa:
Vamos a probaros con algo de miedo, de hambre, de pérdida de vuestra hacienda, de vuestra vida, de vuestros frutos. ¡Pero anuncia buenas nuevas a los que tienen paciencia, que cuando les acaece una desgracia, dicen: “Somos de Dios y a El volvemos”! Ellos reciben las bendiciones y la misericordia de su Señor. Ellos son los que están en la buena dirección. (Corán, 2:155-157).
Como se dice en el versículo, todos ―creyentes e incrédulos― son probados de muchas maneras: por medio de desastres naturales, por acontecimientos en la rutina diaria, con una enfermedad o un accidente. Desgracias de este tipo golpean individual y socialmente y provocan pérdidas materiales y sufrimientos espirituales. La persona rica puede perder todo lo que tiene, una chica buena moza puede quedar deformada en un accidente, una ciudad quedar reducida a ruinas por un terremoto. Se trata de claras demostraciones de cómo, en cualquier momento, distintas circunstancias pueden alterar nuestras existencias.
La gente debería sacar lecciones de esto que decimos. No cabe la menor duda de que Dios no crea nada sin algún objetivo y cada catástrofe persigue el propósito de salvarnos de la petulancia. Además, Dios dice en el Corán que sin Su permiso nada puede ocurrir:
No sucede ninguna desgracia si Dios no lo permite. El dirige el corazón de quien cree en Dios. Dios es omnisciente. (Corán, 64:11).
Nadie puede morir sino con permiso de Dios y según el plazo fijado. A quien quiera la recompensa de la vida de acá, le daremos de ella. Y a quien quiera la recompensa de la otra vida, le daremos de ella. Y retribuiremos a los agradecidos. (Corán, 3:145).
Otra lección que debemos extraer es que aunque nos creamos poderosos, somos débiles y realmente no tenemos la fuerza para enfrentarnos con las catástrofes, que suceden cuando Dios desea. Sin el permiso de El somos incapaces de ayudar a otros y protegernos nosotros, pues es Dios, Omnipotente, Quien permite todo:
Si Dios te aflige con una desgracia, nadie más que El podrá retirarla. Si te favorece con un bien… El es omnipotente. (Corán, 6:17).
En este capítulo haremos un relato abarcador de desastres que afectan nuestro planeta. El propósito es recordar a la gente que no se debe atar ciegamente a este mundo. Las innumerables situaciones de desasosiego e impotencia que vivimos nos indican la necesidad de la ayuda y guía de Dios. Como se dice en un versículo, …No tenéis, fuera de Dios, amigo ni auxiliar. (Corán, 29:22).
Los Terremotos
Se trata de una de las fuerzas naturales más devastadoras del planeta y que causa mayor cantidad de pérdidas humanas. Las investigaciones revelan que alguna parte de la tierra se resquebraja o cruje cada dos minutos. Según las estadísticas, tiembla millares de veces por año. Término medio se producen unas 300 mil trepidaciones de baja intensidad, casi imperceptibles, que no provocan ningún daño. Otras 20 son convulsiones de gran magnitud y debido a que golpean en zonas poco pobladas, producen pocos decesos y pérdidas económicas. Sólo 5 de esos estremecimientos reducen los edificios a montones de escombros.
Esta información deja en claro que los sismos que afectan a las personas son infrecuentes. Sin duda, se trata de una protección especial de Dios.
Actualmente los terremotos afectan sólo alguna ciudad o provincia. Pero en cualquier momento se puede producir uno que dañe todo el mundo y termine con la vida en el planeta, pues éste es totalmente vulnerable a los movimientos repentinos o ruptura de grandes masas de roca dentro de la corteza de la tierra o sobre el manto. Ello causaría catástrofes ineludibles.
El terremoto no tiene ninguna relación con el tipo de suelo, pero éste incide en la amplificación de las ondas sísmicas que viajan por él. Un terremoto puede ocurrir incluso cuando no existan condiciones naturales para ello. Si Dios desea, ese estremecimiento puede suceder en cualquier momento y El crea la inestabilidad y la inseguridad en algunas partes de la Tierra. Esto es así, para que recordemos que cuando menos lo esperamos un episodio de esos puede poner en peligro nuestras vidas. Dios advierte en el Corán sobre una posible calamidad:
Quienes han tramado males ¿están, pues, a salvo de que Dios haga que la tierra los trague, o de que el castigo les alcance por donde no lo presientan, o de que les sorprenda en plena actividad sin que puedan escapar, o de que les sorprenda atemorizados?... (Corán, 16:45-47).
Los terremotos que sacuden la Tierra durante unos segundos, pueden durar horas e incluso días. Mientras nos recuperamos de un golpe de esos podemos sufrir otro. Seguramente ello es fácil para Dios. Sin embargo, por Su misericordia, nos protege a la vez que nos recuerda, cada tanto, que prácticamente no tenemos ningún control sobre nuestras vidas.
Sería beneficioso acordarnos de un gran terremoto que tuvo lugar en el siglo XX.
Kobe: La Tecnología Derrotada
El avanzado nivel de la ciencia y de la tecnología en la actualidad, hace sentir a muchos que el ser humano controla la naturaleza. Pero los que piensan así pueden sufrir un gran desengaño. La tecnología es una herramienta que Dios pone a nuestro servicio y que está totalmente bajo Su control. Distintos sucesos muestran que hasta la más avanzada es impotente para gobernar la naturaleza.
Por ejemplo, aunque los científicos japoneses desarrollaron una “tecnología a prueba de terremotos”, Kobe fue víctima del desplome de una inmensa parte de la ciudad debido a una sacudida intensa durante veinte segundos en 1995. Las estructuras edilicias más resistentes del mundo a los temblores colapsaron frente a uno de magnitud 6,9. Los japoneses habían invertido durante tres décadas 40 mil billones de dólares en investigaciones académicas para desarrollar un sistema de advertencia temprana, de modo que se pueda reducir el efecto destructor de los sismos. Kobe es un ejemplo reciente, entre muchos otros, de lo inesperados y arrasadores que resultan en una sociedad moderna industrializada.
A la gente se le aseguró que la tecnología moderna para predecir grandes terremotos le salvaría de la destrucción completa. Pero después del desastre que hizo de Kobe un cúmulo de desechos, quedó en claro que no se disponía de los mecanismos que alertasen convenientemente del peligro. También quedó en claro que las llamadas “estructuras resistentes a los terremotos” no cumplieron su papel, para nada, frente al cataclismo, cuyo epicentro se ubicó a 15 millas (24 kilómetros) al sudoeste del centro de la ciudad.
La región afectada incluyó a las populosas ciudades de Kobe y Osaka. A eso se debe el aterrador daño ocurrido, es decir, 5.200 muertos y 300 mil heridos. El perjuicio económico total se valuó en 200 mil millones de dólares.3
Es factible extraer lecciones de un desastre como el relatado. Los habitantes de las ciudades mencionadas, acostumbrados a una forma de vida confortable, fueron confrontados repentinamente con bastas penalidades después de la hecatombe. En un estado de conmoción, no atinaban a trazarse planes para el futuro.
Tifones, Huracanes, Tornados…
Les typhons, les ouragans et les tornades sont des désastres naturels éprouvant fréquemment les êtres humains. Ils raflent plusieurs milliers de vies chaque année. Il s'agit de vents très violents, pouvant causer de gros dommages aux habitations, tuant ou blessant leurs habitants, précipitant au sol des milliers d'arbres, de cabanes, de poteaux téléphoniques, retournant des voitures et même charriant des immeubles sur des kilomètres.
Les grands typhons engendrent des vagues gigantesques prenant naissance profondément dans la mer, et certaines d'entre elles peuvent déferler vers les côtes à des vitesses de plusieurs centaines de kilomètres-heure. Des régions côtières vont être ainsi frappées, et cette eau ajoutée à celle provenant de pluies abondantes va provoquer des inondations, notamment dans les deltas.
Los tifones, los huracanes y los tornados son desastres naturales que la gente experimenta con frecuencia. A consecuencia de los mismos se pierden miles de vidas cada año. Los fuertes vientos también arrancan miles de árboles, cabañas y postes telefónicos, o arrasan con automóviles y edificios, a lo largo de varios kilómetros.
Los grandes tifones, en particular, pueden provocar olas gigantes que se elevan repentinamente desde el lecho marino. La poderosa tormenta las envía contra la costa a cientos de millas (o kilómetros) por hora a lo largo de la masa de agua. En ese caso se anega tierra firme y las intensas lluvias que acompañan ese proceso provocan serias inundaciones en las desembocaduras de los ríos y en las zonas bajas.
La transformación de las brisas suaves en tormentas poderosas capaces de hacer volar construcciones completas o parte de las mismas, nos obliga, sin duda, a interrogarnos acerca de la fuerza descomunal que hace posible eso. La misma exposición razonada hecha para lo que tiene que ver con los terremotos, es válida para los huracanes, tifones y tornados. Si Dios lo desease, los desastres naturales mencionados caerían sobre nosotros uno tras otro, muy de seguido, sin darnos tiempo a recuperarnos. Dios nos revela en el Corán que los vientos están bajo Su control:
¿Estáis a salvo de que Quien está en el cielo haga que la tierra os trague? He aquí que tiembla (la tierra). ¿O estáis a salvo de que Quien está en el cielo envíe contra vosotros una tempestad de arena? Entonces veréis cómo era Mi advertencia… (Corán, 67:16-17).
Pero Dios nos protege de esas acechanzas. Sólo ocasionalmente deja que alguna de ellas nos golpee. Seguramente ello nos debe servir de advertencia. La intención es recordarnos que el propósito último de nuestra existencia es ser siervos de Dios, que somos impotentes frente a Su poder y que se nos evaluará el Día del Juicio.
Los Volcanes
Las erupciones volcánicas son otra forma espectacular de desastre natural. En el mundo hay mil quinientos volcanes activos. 550 de ellos4 se encuentran en la superficie de la tierra y el resto en los lechos marítimos. Pueden estallar en cualquier momento de modo extremadamente destructor, imposible de anticipar, y barrer con habitantes y cosechas para luego cubrir con cenizas grandes áreas.
Algunas de estas catástrofes que tuvieron lugar en el siglo XX, dejaron marcas imborrables al hacer desaparecer del mapa ciudades enteras, produciendo un sinnúmero de víctimas mortales.
De las erupciones volcánicas ocurridas se deben extraer ciertas lecciones. Por ejemplo, el Monte Vesubio de Italia enterró a la ciudad de Pompeya bajo un vendaval de lava ardiente. Sus residentes llevaban una vida totalmente pervertida. Es llamativo que 20 mil personas de esa próspera localidad fuesen asfixiadas por el flujo ígneo que cubrió la zona el 24 de agosto del año 79.
Los volcanes dormidos de nuestros días pueden erupcionar abruptamente y arrojar humo y cenizas a miles de pies (o metros) en el aire, en tanto que la corriente de lava arrasará todo lo que encuentre en su recorrido. Otro efecto adverso de las erupciones es las peligrosas nubes de gases y cenizas que el viento llevaría a otras áreas, a la pasmosa velocidad de 90 millas por hora (144 kilómetros por hora), incendiando todo a su paso y sumiendo a las ciudades en la sombra.
Uno de los peores desastres de la historia ocurrió en 1883 cuando el Krakatoa erupcionó violentamente en las Indias Orientales (Indonesia), generó una onda sonora que se escuchó a 3 mil millas (4.800 kilómetros) y creó tsunamis de hasta 125 pies (38 metros) de alto. Las olas arrasaron 165 aldeas costeras y mataron a 36 mil personas.5
Los volcanes son memorables por la trágica cantidad de muertos que producen y porque no se puede prever su capacidad destructora. El del Nevado del Ruiz es un ejemplo de ello. Con una intensidad de sólo el 3% del Santa Elena y después de estar dormido 150 años, al estallar fundió la nieve y el hielo en su cumbre. La corriente de lodo generada que descendió la cuesta hasta el valle del Río Lagunilla en 1985, enterró vivos mientras dormían 20 mil habitantes de la ciudad de Armero (Colombia). Se trató del peor desastre volcánico desde que el volcán de la Montaña Pelada de la isla Martinica aniquiló en 1902 la ciudad capital Sant Pierre y unos 30 mil habitantes, al despedir una nube incandescente de gas, ceniza y fragmentos de lava, como parte de un flujo piroclástico.6
Dios demuestra cuán repentinamente podemos encontrar la muerte debido a esos desastres y en consecuencia nos llama a ponderar cuál es el propósito de nuestra existencia en este mundo. Se trata de acontecimientos que comunican una “advertencia”. Lo que se espera del ser humano es que no dé rienda suelta a sus caprichos en el corto período de vida que tiene y que no niegue la vida eterna en el Más Allá. Deberíamos tener presente que la muerte nos llega a todos y que luego seremos juzgados en presencia de Dios:
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El día que la tierra sea sustituida por otra tierra y los cielos por otros cielos, que comparezcan (los hombres) ante Dios, el Uno, el Invicto. (Corán, 14:48).
Los Tsunamis
Las olas sísmicas son causadas por una repentina elevación o descenso del lecho marino o por erupciones volcánicas. Algunos tsunamis pueden ser tan destructivos como la bomba atómica.
Las Inundaciones
Ces désastres sont de réels "signaux avertisseurs" à l'adresse de l'humanité. Dieu détient un pouvoir sans limites, et toute chose est sous Son contrôle, comme en témoigne ce verset: "C'est Lui qui est capable d'envoyer sur vous des tourments d'au-dessus de vous ou d'en-dessous de vos pieds…" (Surat al-An'am: 65)
Seguramente Dios crea todos esos desastres enunciados como “advertencias” para la humanidad. El tiene un poder ilimitado sobre todas las cosas: …”El es el Capaz de enviaros un castigo de arriba o de abajo…. (Corán, 6:65). Las serias amenazas físicas por todas partes del mundo subrayan, sin duda, una realidad importante. A través de los desastres Dios puede sacarnos en cuestión de segundos todo lo que nos concedió. Las catástrofes pueden sorprender a cualquiera en cualquier momento. Se trata de una demostración de que no existe ningún lugar en la tierra que pueda garantizar nuestra seguridad. Dice Dios:
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¿Es que los habitantes de las ciudades están a salvo de que Nuestro rigor les alcance de noche, mientras duermen? ¿O están a salvo los habitantes de las ciudades de que Nuestro rigor les alcance de día, mientras juegan? ¿Es que están a salvo de lo que Dios intrigue? Nadie cree estar a salvo de lo que Dios intriga, sino los que pierden. (Corán, 7:97-99).9
El agua, concedida a nosotros como un favor, a veces puede volverse un desastre si Dios lo desea. Es incomprensible que testimoniemos una o dos inundaciones por año y no obstante despreciemos la posibilidad de experimentar semejante calamidad.10
Una Lección de la Historia: el Titanic
La historia registra abundantes casos de gente que se apoya en los avances científicos sensacionales y desdeña totalmente la potestad de Dios. Es por eso que muchos desastres sirvieron de penosas lecciones para todos. Cada uno de ellos es importante en el sentido de que nos recuerda que la riqueza, el poder, la ciencia y la tecnología carecen de atributos para resistir la voluntad de Dios.
Se puede dar numerosos ejemplos de los mismos pero el más conocido es el del Titanic, un gran barco marítimo de línea de 55 metros de altura y 275 metros de longitud, que zozobró hace unos 90 años. Pensado como “un asalto a la naturaleza”, fue un gran proyecto que empleó un equipo de profesionales y unos 5 mil operarios. Casi todos estaban seguros de que jamás naufragaría. Resultó una obra maestra de la tecnología que superó los límites conocidos en la ingeniería naval, aunque quienes confiaban en esa proeza técnica no tuvieron en cuenta algo importante que se dice en el versículo coránico 33:48: …la orden de Dios es un decreto decidido, y que todo, más temprano o más tarde, encuentra su muerte. Eventualmente, un accidente condujo al hundimiento del barco y toda la tecnología, entonces de punta, no pudo salvarlo de su amargo fin.
Según lo relatado por los sobrevivientes, la mayoría de los pasajeros se reunieron en la cubierta para rezar cuando se dieron cuenta de que la nave se iría a pique. En muchas partes del Corán se habla sobre esta tendencia del comportamiento humano. En momentos de serios disturbios y peligros, el individuo reza con sinceridad y busca la ayuda de su Creador. Sin embargo, al verse libre del peligro, inmediatamente se muestra desagradecido:
Vuestro Señor es Quien, para vosotros, hace que surquen las naves el mar, para que busquéis Su favor. Es misericordioso con vosotros. Si sufrís una desgracia en el mar, los (falsos dioses) que invocáis se esfuman, El no. Pero, en cuanto os salva llevándoos a tierra firme, os apartáis (de Dios). El hombre es muy desagradecido… ¿Estáis, pues, a salvo de que Dios haga que la tierra os trague o de que envíe contra vosotros una tempestad de arena? No podríais encontrar protector. ¿O estáis a salvo de que lo repita una segunda vez, enviando contra vosotros un viento huracanado y anegándoos por haber sido desagradecidos? No encontraríais a nadie que, en vuestro favor, Nos demandara por ello. (Corán, 17:66-69).
Puede ser que hasta el momento muchos no hayan experimentado desastres de ese tipo. Pero hay que recordar que en cualquier momento cualquiera sufre una alteración trágica en su vida. En consecuencia, habría que ocuparse siempre del recuerdo de Dios, puesto que …la fuerza es toda de Dios… (Corán, 2:165). Por otra parte, una vez que la catástrofe golpea, podría no tenerse ya la oportunidad de modificar la actitud de ingratitud hacia Dios y arrepentirse ante El. La muerte puede ser muy repentina:
¿No han considerado el reino de los cielos y de la tierra y todo lo que Dios ha creado? ¿Y que tal vez se acerque su fin (es decir, el fin de los extraviados)? ¿En qué anuncio después de éste (es decir, después del Corán), van a creer? (Corán, 7:165).
Por la Misericordia de Dios
Sorprendimos a cada uno por su pecado. Contra unos enviamos una tempestad de arena. A otros les sorprendió el Grito. A otros hicimos que la tierra se los tragara. A otros les anegamos. No fue Dios quien fue injusto con ellos, sino que ellos lo fueron consigo mismos. (Corán, 29:40).
Lo que hemos visto hasta ahora tiene por objeto recordar un hecho importante a quienes olvidan para qué fueron creados: todo lo que hay en el planeta debe su existencia a Dios, el Creador, originador de toda la materia del universo. En otras palabras, todo existe por la voluntad de El. Por lo tanto, nada existe fuera de Dios. El Corán nos dice que nada escapa a su control: …Dios prevalece en lo que ordena, pero la mayoría de los hombres no saben. (Corán, 12:21).
De todos modos, como subraya Dios en la segunda parte del versículo, la mayoría de la gente es inconsciente de esto. Suponen que mientras vivan nos les afectará ninguna desgracia y nunca piensan en lo vulnerables que son a cualquier desastre devastador. Sentimos que “otros” pueden padecerlos y que “nosotros” siempre estaremos a buen resguardo de ellos. Las noticias acerca de desastres, accidentes o epidemias seguramente despiertan nuestra solidaridad con los que padecen esas desgracias. Nos entristecemos frente a esos hechos pero con el paso del tiempo nos vamos olvidando de lo acontecido hasta que deja de interesarnos. Otras veces, inmersos en la rutina diaria o en problemas personales, nos invade la apatía e indiferencia por las víctimas.
De cualquier manera, nos equivocamos si creemos que nuestra vida será la misma todos los días. Es sobre ésto que nos advierte Dios. Por cierto, quienes padecieron catástrofes naturales no sabían lo que iba a suceder y debían padecer. Seguramente comenzaron su actividad diaria normalmente y esperaban cumplir tranquilamente la rutina correspondiente. Nunca se les habría ocurrido que de golpe experimentarían cambios drásticos y que se verían inmersos en situaciones peligrosas. En ese momento la existencia se reduce a sus verdades más simples. Es así como Dios nos recuerda que en este mundo la seguridad total es una ficción.
Pero la mayoría de la gente no presta atención a eso. Olvida que la vida es corta, temporaria, y no tienen en cuenta que serán juzgados en presencia de Dios. En ese estado de descuido pasan la vida persiguiendo deseos vanos en vez buscar la complacencia del Señor.
Visto desde este punto de vista, las dificultades son una misericordia de Dios, Quien demuestra la verdadera naturaleza de este mundo y nos anima a prepararnos para la próxima vida. A eso se debe que lo que se considera una desgracia en realidad es una oportunidad ofrecida por el Todopoderoso. Esos contratiempos brindan la oportunidad para que nos arrepintamos y enmendemos nuestras conductas. En un versículo se relatan las lecciones que debiéramos extraer de los cataclismos:
¿Es que no ven que se les prueba una o dos veces al año? Pero ni se arrepienten ni se dejan amonestar. (Corán, 9:126).
Civilizaciones desaparecidas
¡A cuántas generaciones antes de ellos hemos hecho perecer! ¿Percibes a alguno de ellos (es decir, a alguna de los individuos de esas generaciones) u oyes de ellos un leve susurro? (Corán, 19:98).
El ser humano está en la Tierra para ser probado. Las revelaciones de Dios y los mensajes puros comunicados a la gente por Sus mensajeros, proveyeron a la humanidad de la guía. Ellos y las Escrituras convocaron siempre a los individuos al sendero recto. Hoy día, el último Libro de Dios y única revelación inalterada, está disponible para todos: estamos hablando del Corán.
Allí Dios nos informa que El señaló el sendero recto a todos los seres humanos a lo largo de la historia y que les advirtió a través de Sus mensajeros sobre el Día del Juicio y el Infierno. Sin embargo, la mayoría de quienes escuchaban a los profetas enviados, despreciaban sus anuncios y se mostraban hostiles con ellos. Eso provocó la cólera de Dios y dicha gente fue rápidamente barrida de la faz de la Tierra:
A los aditas, a los tamudeos, a los habitantes de ar-Rass y a muchas generaciones intermedias… A todos les dimos ejemplos y a todos les exterminamos. Han pasado por las ruinas de la ciudad (es decir, Sodoma) sobre la que cayó una lluvia maléfica. Se diría que no la han visto, porque no esperaban una resurrección. (Corán, 25:38-40)
Las noticias sobre los pueblos mencionados, que abarca gran parte del Corán, es algo que debemos considerar. Allí se comunican las lecciones que habría que extraer de esas experiencias:
¿Es que no ven a cuántas generaciones precedentes hemos hecho perecer? Les habíamos dado poderío en la tierra como no os hemos dado a vosotros. Les enviamos del cielo una lluvia abundante. Hicimos que fluyeran arroyos a sus pies. Con todo, les destruimos por sus pecados y suscitamos otras generaciones después de ellos. (Corán, 6:6).
Otros versículos están dirigidos a las personas de entendimiento que pueden tener en cuenta las advertencias:
¡A cuántas generaciones hemos hecho antes perecer, más temibles que ellos (es decir, que los infieles de la Meca) y que recorrieron el país en busca de escape (del castigo divino)! (Corán, 50:36).
Dios nos dice en el Corán que esa forma de sucumbir de tanta gente debería ser una advertencia para las generaciones venideras. Casi todas las destrucciones de pueblos antiguos a los que se hace referencia en el Corán, son identificables gracias a los estudios actuales y a los descubrimientos arqueológicos, de modo que pueden ser analizados. No obstante, sería un gran error tomar en cuenta sólo los puntos de vista científicos e históricos al examinar los indicios aportados por el Corán. Como se dice en el versículo que sigue, cada uno de esos acontecimientos son advertencias de las que se pueden extraer lecciones:
E hicimos de ello un castigo ejemplar para los contemporáneos y sus descendientes, una exhortación para los temerosos de Dios. (Corán, 2:66).
Pero debemos considerar un hecho significativo: las comunidades que resistieron obedecer las órdenes de Dios no sufrieron Su cólera de modo inmediato. El les envió mensajeros para advertirles sobre su comportamiento de modo que renunciaran al mismo y se les sometieran. Todos los problemas que atravesamos son recordatorios del serio castigo en el Más Allá:
Hemos de darles a gustar del castigo de aquí abajo (en esta vida) antes del castigo mayor (en la otra vida). Quizás, así, se conviertan. (Corán, 32:21).
La catástrofe, por lo general, se producía luego de que esas advertencias caían en saco roto y la perversidad de las comunidades en cuestión aumentaba. Debido a que se aprovecharon de los favores de Dios y gozaron de la prosperidad pero dieron rienda suelta al goce de todo tipo de placeres y nunca se ocuparon de recordar a Dios, fueron castigadas por medio de Su cólera, desaparecieron y fueron reemplazadas por otras generaciones. Nunca reflexionaron sobre la realidad de que todo en este mundo está condenado a la extinción. Se deleitaron con el momento que vivían y nunca pensaron en la muerte y la otra vida. Creían que su disfrute sería eterno, sin tener en cuenta que la vida eterna se presenta después de fallecer.
Se trataba de personas con una visión de la vida que no les reportó ningún beneficio y la historia nos provee suficientes evidencias de su terrible destrucción. Aunque han pasado miles de años, la evocación de las mismas permanece como una advertencia, un recordatorio para las generaciones actuales respecto al fin de quienes se extravían o apartan del sendero de su Creador.
Tamud
Una de las comunidades que pereció debido a lo insolente que se mostró con la revelación divina y con las advertencias de Dios, fue la de Tamud. Como dice el Corán, era gente conocida por su desarrollo, poder y supremacía artística:
Recordad cómo os hizo sucesores, después de los aditas, y os estableció en la tierra. Edificasteis palacios en las llanuras y excavasteis casas en las montañas. Recordad los beneficios de Dios y no obréis mal en la tierra corrompiendo”. (Corán, 7:74).
Otro versículo ilustra sobre su medio social:
¿Se os va a dejar en seguridad con lo que aquí abajo tenéis, entre jardines y fuentes, entre campos cultivados y esbeltas palmeras, y continuaréis excavando, hábilmente (alegremente) casas en las montañas? (Corán, 26:146-149).
Regocijados por la opulencia de la que gozaban, llevaban una vida extravagante. Dios dice en el Corán que eligió al profeta Salih (P) ―bien conocido por ellos― para que les advirtiese sobre las consecuencias de su proceder, pero no quisieron oír su llamado a abandonar el tipo de vida perversa que tenían ni la proclama de la religión de verdad. Sólo un pequeño grupo le hizo caso. El resto, especialmente los dirigentes, lo rechazaron e intentaron dañar y oprimir a los que creyeron en Salih (P). Los líderes políticos estaban enfurecidos porque el profeta los convocaba a creer en Dios. Pero esa cólera no era específica de ellos sino la repetición de la exhibida por los pueblos de Noé (P) y de ‘Ad (P), quienes le antecedieron. Por eso Dios se refiere a estas tres comunidades como sigue:
¿No os habéis enterado de lo que pasó a quienes os precedieron: el pueblo de Noé, los aditas, los tamudeos y los que les sucedieron, que sólo Dios conoce? Vinieron a ellos sus enviados con las pruebas claras, pero llevaron las manos a sus bocas y dijeron: “No creemos en vuestro mensaje y dudamos seriamente de aquello a que nos invitáis”. (Corán, 14:9).
La comunidad de Tamud estaba determinada a seguir con su arrogancia e incluso planearon asesinar a Salih (P). Este les advirtió: ¿Se os va a dejar en seguridad con lo que aquí abajo tenéis, (Corán, 26:146). Pero inconscientes del castigo de Dios se volvieron más perversos y dijeron al profeta orgullosos y alborozados:
… “¡Salih! ¡Tráenos aquello con que nos amenazas, si de verdad eres de los enviados (de Dios)!”. (Corán, 7:77).
El profeta les respondió, por medio de la revelación de Dios, que perecerían en tres días. La advertencia se concretó y la comunidad de Tamud desapareció:
El Grito sorprendió a los que habían sido impíos y amanecieron muertos en sus casas, como si no hubieran habitado en ellas. ¡No! ¡Los tamudeos no creyeron en su Señor! ¡Sí! ¡Atrás los tamudeos! (Corán, 11:67-68).
Ese pueblo pagó muy caro por no obedecer el mensaje del profeta Salih (P): fue destruido. Las construcciones y obras de arte que elaboraron no les protegieron del castigo y encontraron el mismo fin que otras naciones que negaron la fe antes y después de ellos. En resumen, recibieron lo que merecían. Quienes se opusieron al mensaje de Salih (P) fueron totalmente devastados, pero quienes le obedecieron recibieron la salvación eterna.
El Pueblo de Saba
El Corán relata la historia del pueblo de Saba (Sheba en la Biblia):
Los saba tenían un signo en su territorio: dos jardines, uno a la derecha y otro a la izquierda. “¡Comed del sustento de vuestro Señor y dadle gracias! ¡Tenéis un buen país y un Señor indulgente!”. Pero se desviaron (los saba) y enviamos contra ellos la inundación de los diques (es decir, el dique de Mareb). Y les cambiamos aquellos dos jardines por otros dos que producían frutos amargos, tamariscos y unos pocos azufaifos. Así les retribuimos por su ingratitud. No castigamos sino al desagradecido…”. (Corán, 34:15-17).
Como se informa en los versículos citados, los viñedos y jardines fructíferos de la región del pueblo de Saba resultaban notables y llamativos. En un país así, donde el nivel de vida era muy elevado, la gente debería haber sido agradecida a Dios. No obstante, “se apartaron de El”. Debido a que pretendían que lo que tenían se debía nada más que a sus capacidades, perdieron absolutamente todo. El Corán relata que la inundación del Arim convirtió en estéril todo el país.
Los Célebres Sumerios
Sumeria fue un conjunto de ciudades-estados alrededor de la baja Mesopotamia, actualmente parte de Irak. Esa área que en su momento fue de gran tráfico, hoy día es prácticamente un vasto desierto. Con excepción de las ciudades y las regiones reforestadas, el resto está cubierto de arena. Esos páramos, alguna vez la patria de los sumerios, han permanecido así durante miles de años.
Actualmente sólo encontramos referencia a ese pueblo célebre en los libros de texto, aunque en su momento fue una civilización como muchas otras. Crearon joyas arquitectónicas y en cierto sentido, sus magníficas ciudades son parte de la herencia cultural.
Entre lo encontrado figura lo que quedó del funeral de una de sus reinas llamada Puabi, que suministra bastante información. En distintas fuentes se encuentran relatos vívidos de esa estupenda ceremonia mortuoria. El cadáver fue vestido con ropas diseñadas para esa ocasión, la cual contaba con abalorios de plata, oro y piedras preciosas con borlas de perlas. La cabeza se decoró con una peluca y lucía una corona con hojas de oro insertadas. En la tumba también se colocó una gran cantidad de oro. 11
En resumen, la reina Puabi, personaje importante en la historia sumeria, fue enterrada con un tesoro excelente. Según los relatos, esa riqueza sin igual fue llevada a la tumba por una procesión de guardias y sirvientes. Pero aunque se llevó a la fosa semejante fortuna, ésta no impidió que la muerte la redujese a un esqueleto.
Del mismo modo que les sucedió a sus conciudadanos, a quienes pudo haber despreciado por su pobreza, su cuerpo se descompuso bajo tierra y se convirtió en una masa putrefacta debido a las bacterias. Seguramente este es un ejemplo impresionante de que la riqueza y los bienes de este mundo no aseguran para nada la salvación de un fin del que nadie puede escapar.
El Pueblo de Minos
La tierra y el mar pueden estar relativamente tranquilos durante siglos, hasta que en determinado momento se desata un cataclismo. Posiblemente nada ilustra tan claramente un suceso estremecedor de tamaña envergadura como la calamidad de la antigua Thera (isla del archipiélago griego Cíclades en el mar Egeo). Lo que ocurrió allí pudo haber sido la erupción volcánica más brutal de la historia. Hace unos 3.500 años un volcán de unos 1.600 metros de altura formó una amplia isla de unas 10 millas (16 kilómetros) de ancho. En ese lugar descolló una civilización magnífica con centro a unas 70 millas (112 kilómetros) al sur de la isla de Creta. En Akrotiri ―la principal ciudad de Thera―, desde donde zarpaban barcos cargados de mercancías para comerciar, se erigieron palacios con pinturas al fresco. En su apogeo la habrían habitado unas 30 mil personas. Aunque los estudiosos no pueden precisar la fecha exacta de la hecatombe ―entre 1628 y 1470 antes de Cristo― conocen la secuencia de los sucesos. Suaves temblores de la tierra fueron seguidos por un violento estremecimiento, movimientos sísmicos secundarios y una explosión cuyo eco llegó a escucharse en la península escandinava, el Golfo Pérsico y el Peñón de Gibraltar. 12
Grandes olas se arquearon y aplastaron Amnisos, el puerto de Knossos. Hoy día sólo quedan los restos de esos magníficos palacios.
La civilización minoica, una de las más importantes de ese período, posiblemente nunca esperó un fin tan drástico. Sus habitantes, quienes se jactaban de sus bienes, perdieron todo. Dios subraya en el Corán que el fin violento de esas civilizaciones antiguas debería ser tenido en cuenta por las sociedades contemporáneas:
¿Es que no les dice nada que hayamos hecho perecer a tantas generaciones precedentes, cuyas viviendas huellan ellos ahora? Ciertamente, hay en ello signos. ¿No oirán, pues? (Corán, 32:26).
El Desastre de Pompeya
Para los historiadores las ruinas de Pompeya son testimonios impresionantes del libertinaje que alguna vez prevaleció allí. Incluso sus calles, símbolo de la degeneración del Imperio Romano, evocan el goce y el placer al que se entregaron sus habitantes. La vía pública, llena en su momento de tabernas y burdeles, aún permite contemplar datos de la vida diaria, gracias al desastre ocurrido.
En ese suelo, rico ahora en cenizas volcánicas, alguna vez existieron huertos prósperos, viñedos exuberantes y lujosas casas. Pompeya estaba situada entre la cuesta del Vesubio y el mar. Era el centro de veraneo favorito de los romanos adinerados que escapaban de la sofocante capital. Pompeya testimonió una de las más espantosas erupciones volcánicas de la historia, que borró a la ciudad del mapa. Hoy día, los restos de sus habitantes ―afixiados por los vapores venenosos del Vesubio mientras transcurrían su rutina diaria― retratan vívidamente detalles del estilo de vida romano. El desastre golpeó a Pompeya y a los vecinos de la ciudad de Herculano un día de verano, cuando la región estaba abarrotada de opulentos romanos que transcurrían esa estación del año en sus magníficas villas.
La fecha fue el 24 de agosto de 79. Las investigaciones revelaron que la erupción progresó de manera intermitente. Antes de la erupción trepidó varias veces. Un rugido, proveniente del volcán, agudo, distante, intenso y terrible, acompañó esos temblores. El Vesubio eyectó primero una columna de vapor y ceniza. “Luego esa nube irritante se elevó en la atmósfera arrastrando pedazos de viejas rocas arrancadas del conducto del volcán y millones de toneladas de piedra pómez nueva y cristalina. Los vientos llevaron la nube de cenizas hacia Pompeya, donde empezaron a precipitarse ‘piedras pequeñas’. Mientras se extendía sobre la ciudad ese manto que impedía el paso de la luz solar, caían como lluvia piedra pómez y ceniza, que se acumulaban a un promedio de 6 pulgadas (15 centímetros) por hora”.13
Herculano estaba más cerca del Vesubio. La mayoría de sus residentes huyeron de la ciudad atemorizados por la rápida ola piroclástica que rugía hacia ellos. Quienes no la dejaron de inmediato no vivieron para lamentar su demora. El embate incandescente mató a los que se quedaron más retrasados mientras que un flujo del mismo tipo y más lento envolvía la ciudad y la quemaba. Las excavaciones en Pompeya revelaron que una gran parte de sus habitantes se resistieron a irse. Seguramente pensaron que no corrían peligro porque estaban alejados del cráter. Así fue como la mayoría de las personas acaudaladas no abandonaron sus casas y se refugiaron en ellas y en sus tiendas, a la espera de que la tempestad pasara rápidamente. Todos perecieron antes de tener tiempo de comprobar que ya era demasiado tarde para cambiar de opinión. Ese día Pompeya, Herculano y seis aldeas cercanas fueron borradas del mapa. El Corán declara que ese tipo de sucesos son recordatorios para todos:
Te contamos estas cosas de las ciudades: algunas de ellas están aún en pie, otras son rastrojo. (Corán, 11:100).
Hasta siglos después no fue posible aclarar lo sucedido en Pompeya. Las excavaciones no pusieron al descubierto simples ruinas sino representaciones vívidas de la existencia diaria de esas personas. Se preservaron intactas las formas de muchas de las víctimas agonizantes. Dice el Corán:
Así castiga tu Señor cuando castiga las ciudades que son impías. Su castigo es doloroso, severo. (Corán, 11:102).
Hoy día, las distintas ruinas son humildes evidencias de civilizaciones complejas que florecieron hace cientos e incluso miles de años. Se desconocen los nombres de muchos de los constructores de las grandes metrópolis de distintas épocas de la historia. Sus recursos, tecnología o trabajos de arte no les salvaron de un final amargo. No fueron ellos sino las generaciones venideras las que se beneficiarían de esa rica herencia. Incluso permanecen en la penumbra hasta ahora los orígenes y destinos de diversas civilizaciones desparecidas. No obstante, hay dos cosas evidentes: esa gente consideraba que nunca moriría y se precipitaron a los placeres mundanales. Seguramente pensaron que los grandes monumentos que erigieron les permitirían alcanzar la inmortalidad. Muchos contemporáneos también tienen posturas parecidas. Con la expectativa perpetuar sus nombres, se dedican a acumular más riquezas o a crear obras que les sobrevivan. Además, es probable que esta gente se dedique más que la de otras épocas a los goces mundanos y permanezcan desatentos a las revelaciones de Dios. Se pueden extraer muchas lecciones de los comportamientos y experiencias de las comunidades antiguas. Ninguna de ellas sobrevivió. Los trabajos de arte que dejaron ayudaron a que las generaciones siguientes les recuerden, pero eso no les salvará del castigo divino ni evitó que sus cuerpos se descompusiesen (o quedasen momificados). Sus restos son recordatorios y advertencias de la cólera de Dios con quienes son rebeldes e ingratos a pesar de las riquezas que El les concedió.
Indudablemente, las lecciones a extraerse de esos sucesos históricos deberían conducir, eventualmente, al buen criterio. Sólo entonces se puede comprender que lo acontecido a sociedades como las que vimos no fue algo sin propósito. Además, se puede comprender que sólo Dios Todopoderoso tiene el poder de originar cualquier desastre en cualquier momento. El mundo es un lugar donde se prueba al ser humano. Quienes se someten a Dios logran la salvación. Los satisfechos (únicamente) con este mundo, se verán privados de la bendición eterna. Sin duda, sus destinos van aparejados a sus obras, por las que serán juzgados. Seguramente Dios es el mejor Juez.
La verdadera morada del ser humano : el otro mundo
Mucha gente cree que es posible llevar una vida perfecta en este mundo y que la misma se puede alcanzar por medio de la prosperidad material, la buena vida hogareña y la excelente posición social. Es decir, consideran que las condiciones mencionadas son los fundamentos de una vida perfecta.
Pero, según el Corán, la “vida perfecta”, es decir, sin problemas, nunca es posible aquí, porque nuestro transcurrir en este mundo está marcado deliberadamente por la imperfección.
El origen de la palabra árabe dunia (mundo) tiene un sentido significativo. Etimológicamente se deriva de la raíz daniy, que quiere decir “simple”, “inferior”, “bajo” y “sin valor”. Esas son sus características inherentes.
En este libro ya se ha enfatizado muchas veces lo insignificante del mundo. En realidad, todos los factores que nos hacen creer que es maravilloso ―riqueza, éxito empresarial y personal, matrimonio, hijos, etc.― no son sino, en cierto sentido, cuestiones engañosas. Dicen algunos versículos al respecto:
¡Sabed que la vida de acá es juego, distracción y ornato, rivalidad en jactancia, afán de más hacienda, de más hijos! Es como un chaparrón: la vegetación resultante alegra a los sembradores, pero luego se marchita y ves que amarillea; luego se convierte en paja seca. En la otra vida habrá castigo severo o perdón y satisfacción de Dios, mientras que la vida de acá no es más que falaz disfrute. (Corán, 57:20).
En otro versículo Dios da cuenta de cómo el ser humano se siente más atrapado por este mundo que por el otro:
Pero preferís (dirigido a los infieles) la vida de acá, siendo así que la otra es mejor y más duradera. (Corán, 87:16-17).
Los problemas se presentan porque la gente valora mucho más esta vida que la del Más Allá. Está contenta con lo que consigue en este mundo, lo cual indica que desconoce la promesa de Dios y en consecuencia Su potestad. El advierte sobre el terrible final que espera a quienes piensan así:
Quienes no cuentan con encontrarnos y prefieren la vida de acá, hallando en ella quietud, así como quienes se despreocupan de Nuestros signos, tendrán el Fuego como morada por lo que han cometido. (Corán, 10:7-8).
Por supuesto, la imperfección de esta vida no contradice el hecho de que en ella hay cosas buenas y bellas. Pero lo que aquí es considerado, bueno, bello, agradable, encantador, placentero y atractivo, está en estrecha relación con lo imperfecto, aberrante y feo. En este mundo lo bueno y lo malo van apareados y sirven de recordatorio del Paraíso y del Infierno. Para Dios, la vida que realmente es considerada buena y beneficiosa es la del Más Allá.
Dios ordena a Sus siervos fieles que se esfuercen seriamente para obtener el Paraíso:
¡Y apresuraos a obtener el perdón de vuestro Señor y un Jardín tan vasto como los cielos y la tierra, que ha sido preparado para los temerosos de Dios, (Corán, 3:133).
Los Que se Apresuran por Alcanzar el Paraíso
En el Corán, a los creyentes se les da la buena nueva de una felicidad y premio eternos. Pero en general no se tiene en cuenta que dicha felicidad y contento eternos comienzan cuando aún estamos en esta vida, porque también entonces los seguidores de Dios cuentan con Sus favores y benevolencia.
Dios dice en el Corán que los verdaderos creyentes que realizan el bien en esta vida, encontrarán una excelente morada en el Más Allá:
Al creyente, varón o hembra, que obre bien, le haremos, ciertamente, que viva una vida buena y le retribuiremos, sí, con arreglo a sus mejores obras. (Corán, 16:97).
Dios derrama muchos favores y oportunidades sin precedentes en este mundo, como premio y fuente de bendiciones para sus verdaderos siervos creyentes. Esta es la inmutable ley de Dios. Y como reflejo de las riquezas, el esplendor y la belleza, características fundamentales del Paraíso, El otorga algo de eso a Sus creyentes sinceros, en la Tierra. Por cierto, se trata del comienzo de una vida confortable y honorable que nunca finalizará.
Los lugares y ornamentos hermosos de este mundo no son sino reverberaciones imperfectas de esas cosas reales en el otro mundo. Los creyentes siempre las tienen presentes al anhelar el Paraíso. Y aunque en esta vida sufran problemas y aflicciones, ponen su confianza en Dios y soportan pacientemente cualquier pesar que les aflija. Por otra parte, siendo conscientes de que es una manera de obtener el deleite de Dios, dicha actitud proporciona una satisfacción especial a sus corazones.
Creyente es quien en todo momento tiene presente a su Creador, cumple Sus órdenes, es cuidadoso para llevar el tipo de vida descrito en el Corán y posee esperanzas y expectativas realistas sobre la otra vida. A él, Dios le aligera su corazón de todo tipo de aflicciones y sufrimientos.
Más importante aún es que el creyente siente en todo momento la guía y el sostén de su Creador, con lo que obtiene un estado de paz mental y espiritual pues sabe que el Todopoderoso está con él cada vez que reza y realiza buenas obras ―grandes o pequeñas― con el sólo objetivo de lograr Su complacencia.
Se trata por cierto de un sentimiento de seguridad que inspira el corazón de quien comprende que tiene por delante y por detrás, (ángeles) pegados a él, que le custodian por orden de Dios… (Corán, 13:11), que triunfará en su lucha en el nombre de Dios y que recibirá la buena nueva de un premio eterno, es decir, el Paraíso. Es por eso que el creyente auténtico nunca teme o se aflige, en consonancia con la inspiración de Dios a los ángeles: “Yo estoy con vosotros. ¡Confirmad, pues, a los que creen!... (Corán, 8:12).
Los creyentes son quienes dicen “¡Nuestro Señor es Dios!” y se hayan portado correctamente… (Corán, 41:30), aquellos sobre los que descienden los ángeles para decirles “¡No temáis ni estéis tristes!”. ¡Regocijaos, más bien, por el Jardín que se os había prometido! (Corán, 41:30), quienes son concientes de que su Creador no pide a nadie sino según sus posibilidades… (Corán, 7:42), quienes saben que Dios a creado todo con medida. (Corán, 54:49), los que dicen “Sólo podrá ocurrirnos lo que Dios nos haya predestinado. El es nuestro Dueño… (Corán, 9:51) y ponen su confianza en Dios, seguros de que no sufren ningún mal (Corán, 3:174) puesto que expresan Dios es el Dueño del favor inmenso (Corán, 3:174).
De todos modos, al ser el mundo un lugar de prueba para todas las personas, necesariamente los creyentes enfrentarán dificultades. También les puede afectar el hambre, la sed, la pérdida de bienes y muchos otros tipos de problemas o aflicciones. El Corán describe el tipo de prueba por el que puede pasar el creyente:
¿O creéis que vais a entrar en el Jardín antes de pasar por lo mismo que pasaron quienes os precedieron? Sufrieron el infortunio y la tribulación y una conmoción tal que el Enviado y los que con él creían dijeron: “¿Cuándo vendrá el auxilio de Dios?”. Sí, el auxilio de Dios está cerca. (Corán, 2:214).
Por supuesto, frente a las adversidades el Profeta (BPD) y sus Compañeros no disminuyeron el temor reverencial por Dios y nunca cambiaron de parecer al enfrentar los problemas. Dios anuncia a los creyentes que tendrán Su apoyo pues Su ayuda siempre está cerca. En consecuencia, Dios salvará a quienes Le hayan temido, librándoles del castigo: no sufrirán mal ni estarán tristes. (Corán, 39:61).
Los creyentes son concientes de que las épocas difíciles son creadas especialmente por Dios y que deben ser pacientes y constantes. Se trata de grandes oportunidades para exhibir el compromiso con Dios, ser perseverantes en el mismo y obtener la madurez personal. En estas circunstancias se sienten más felices, animados y confiados en Dios.
Por otra parte, la actitud del incrédulo es totalmente distinta. Le desesperan las dificultades y sufre tanto física como mentalmente.
El temor, la desesperanza, el pesimismo, la aflicción, la ansiedad, el descontento y la conmoción que padece en este mundo, no son sino pálidas versiones del dolor real que sufrirá en el Más Allá. Dios estrecha y oprime el pecho de aquél a quien El quiere extraviar, como si se elevara en el aire. Así muestra Dios la indignación contra quienes no creen. (Corán, 6:125).
En cambio, los creyentes auténticos, que buscan el perdón de Dios y se arrepienten, son receptores de la benevolencia y favor de El en este mundo:
Y ¡que pidáis perdón a vuestro Señor y, luego, os volváis a El! Os permitirá, entonces, disfrutar bien por un tiempo determinado y concederá Su favor a todo favorecido. Pero, si volvéis la espalda, temo por vosotros el castigo de un día terrible. (Corán, 11:3).
La vida del creyente se describe también en otro versículo:
A los que temieron a Dios se les dirá: “¿Qué ha revelado vuestro Señor?”. Dirán: “Un bien”. Quienes obren bien tendrán en la vida de aquí una bella recompensa, pero la Morada de la otra vida será mejor aún. ¡Qué agradable será la Morada de los que hayan temido a Dios! (Corán, 16:30).
Con toda seguridad, el otro mundo es superior a éste. Si se los compara, el que ahora hollamos es inferior, prácticamente despreciable. Por ende, es el Paraíso en el Más Allá lo que cualquiera se debería fijar como meta. También hay que recordar que quienes buscan el Paraíso logran la benevolencia de su Creador en la vida de acá. Pero quienes por amor a este mundo se rebelan contra Dios, por lo general, no consiguen nada apreciable y su morada en la próxima vida será el Infierno.
El Paraíso
La gente de fe firme sabe que Dios mantiene y cumple siempre Su promesa y El promete el Paraíso a los creyentes sinceros:
En los Jardines del Edén prometidos por el Compasivo a Sus siervos en lo oculto. Su promesa se cumplirá (Corán, 19:61).
El momento de entrar en el Paraíso será el más importante para quien cree y realiza buenas acciones. Puesto que este lugar está preparado especialmente para el creyente y allí se hallará en presencia de Dios, vale la pena esforzarse, rezar y proceder con la corrección necesaria para conseguirlo. Dios describe este momento único:
Los jardines del edén, en que entrarán, junto con aquéllos de sus padres, esposa y descendientes que fueron buenos. Los ángeles entrarán en donde ellos estén, por todas partes: “¡Paz sobre vosotros, por haber tenido paciencia!”. ¡Qué agradable será la Morada Postrera! (Corán, 13:23-24).
La Belleza del Paraíso
Imagen del Jardín prometido a quienes temen a Dios: fluyen arroyos por sus bajos, tiene frutos y sombra perpetuos. Ese será el fin de los que temieron a Dios. El fin de los infieles, empero, será el Fuego. (Corán, 13:35).
La persona común se imagina el Paraíso como una excelente vista de lagos, ríos y follaje exuberante. Pero, en realidad, no refleja correctamente el punto de vista coránico. Su belleza espectacular ―a parte de la cual se refiere el Corán cuando menciona sus mansiones espléndidas, jardines umbrosos y ríos torrentosos― sólo manifiesta el aspecto estético y atrayente. Sin embargo, limitarlo a esa magnificencia, resulta definidamente inadecuado. La belleza y la gloria del Paraíso están más allá de lo que nos podemos imaginar. Seguramente las palabras coránicas esos jardines, conteniendo todo tipo de adornos (Corán, 55:48), ilustran vívidamente la real naturaleza del mismo. Por “adornos” se entiende cosas especialmente creadas por Dios, el Omnisciente. Se puede tratar de premios sorprendentes o cosas de un agrado increíble, nunca imaginado por nosotros. La promesa de Dios, ...y tendrán junto a su Señor lo que deseen. ¡Ese es el gran favor! (Corán, 42:22), explicita que, como un favor de Dios, la imaginación del creyente moldeará el Paraíso según sus propios gustos y deseos.
La Residencia Eterna de los Creyentes
Dios ha prometido a los creyentes y a las creyentes jardines por cuyos bajos fluyen arroyos, en los que estarán eternamente, y viviendas agradables en los jardines del edén. Pero la satisfacción de Dios será mejor aún. ¡Ese es el éxito grandioso! (Corán, 9:72).
En este mundo los creyentes viven en casas que Dios ha permitido erigir (para) que se mencione en ellas Su nombre. En ellas Le glorifican, mañana y tarde, (Corán, 24:36). Por orden de Dios dichas residencias están siempre limpias y son especialmente cuidadas.
Las moradas del Paraíso serán similares. Se trata de lugares donde Dios será glorificado y Su nombre constantemente recordado.
Al igual que las grandes mansiones en bellos lugares, las residencias de los creyentes pueden ser obras de arquitectura y diseño ultramodernos construidas en ciudades hermosas.
Las moradas en el Paraíso, descritas en el Corán, también se ubicarán en sitios admirables:
Pero los que temieron a su Señor estarán (en el Paraíso) en cámaras altas sobre las que hay construidas otras cámaras altas, a cuyos pies fluyen arroyos. ¡Promesa de Dios! Dios no falta a Su promesa. (Corán, 39:20).
Las mansiones mencionadas en el versículo, a cuyos pies fluyen arroyos, podrán tener ventanas amplias o salas con paredes de cristal que posibilitarán vistas magníficas. Se tratará de casas decoradas espléndidamente con tronos especialmente diseñados para el confort de los creyentes, donde descansarán y gozarán de la abundancia de frutos sabrosos y de distintos tipos de bebidas. Los materiales que se usarán en la decoración serán de la mejor calidad. En muchos versículos se enfatiza la existencia de lechos alineados, cómodos y con brocados de seda:
(La gente del Paraíso estará) En lechos entretejidos de oro y piedras preciosas, reclinados en ellos, unos enfrente de otros. (Corán, 56:15-16).
Reclinados en lechos alineados. Y les daremos por esposas a huríes de grandes ojos. (Corán, 52:20).
Como también sugiere el versículo, los tronos son los símbolos de la dignidad, de lo valioso y de lo brillante. Dios quiere que Sus siervos residan en el Paraíso en esos lugares gloriosos. En un entorno tan magnífico, los creyentes recordarán constantemente a Dios y repetirán Su palabra:
Y dirán: “¡Alabado sea Dios, Que ha retirado de nosotros la tristeza! En verdad, nuestro Señor es indulgente, muy agradecido. Nos ha instalado, por favor Suyo, en la Morada de la Estabilidad. No sufriremos en ella pena, no sufriremos cansancio. (Corán, 35:34-35).
El “material” básico del paraíso será “las obras de gran delicadeza” y “las bellezas notables”. Se trata de los reflejos esenciales del arte y conocimiento de Dios. Por ejemplo, los tronos tendrán incrustados oro y piedras preciosas. No se tratará de tronos comunes sino especiales, exaltados. Las ropas serán de sedas y telas primorosas. Por otra parte, las joyas de oro y plata complementarán esa vestimenta exquisita. Dios da muchos detalles del Paraíso en el Corán, pero de todos ellos queda en claro que los creyentes gozarán de un jardín diseñado según su propia imaginación. Sin duda, Dios derramará muchos otros dones sorprendentes sobre Su siervos amados.
Un Jardín Más Allá de la Imaginación
Se harán circular entre ellos platos de oro y copas, que contendrán todo lo que cada uno desee, deleite de los ojos. “Estaréis allí eternamente. (Corán, 43:71).
De las descripciones e ilustraciones coránicas podemos tener una comprensión general de lo agradable que será el Paraíso. En el versículo ...Siempre que se les dé como sustento algún fruto de ellos (es decir, de los jardines), dirán: “Esto es igual que lo que se nos ha dado antes”... (Corán, 2:25), Dios dice que los favores en el Paraíso serán, en lo esencial, similares a los de este mundo. Según la descripción del versículo y les introducirá en el Jardín, que El les habrá dado ya a conocer. (Corán, 47:6), podemos concluir que Dios permitirá que los creyentes residan en un Paraíso con el que ya estaban relativamente familiarizados.
De todos modos, la información que podamos obtener del Paraíso, necesariamente será insuficiente, parcial. Lo más que podemos lograr es indicios para una visión muy general. Imagen del Jardín prometido a quienes temen a Dios: habrá en él arroyos de agua incorruptible, arroyos de leche de gusto inalterable, arroyos de vino (espiritual), delicia de los bebedores, arroyos de depurada miel… (Corán, 47:15). Este versículo deja en claro que el Paraíso es un lugar que escapa a lo que podamos imaginar. Además, evoca en el alma humana el sentimiento de que es un lugar de perspectivas o escenas inesperadas.
Por otra parte, Dios describe al Paraíso como un “agasajo” o una “fiesta”:
En cambio, quienes temen a su Señor tendrán jardines por cuyos bajos fluyen arroyos, en los que estarán eternamente, como alojamiento que Dios les brinda. Y lo que hay junto a Dios es mejor (que los bienes terrenales) para los justos. (Corán, 3:198)
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En este versículo Dios presenta el Paraíso como un lugar de hospitalidad y regocijo. Seguramente el “fin” de esta vida, el júbilo de pasar la “prueba” y obtener el mejor lugar donde residir eternamente, hace que los creyentes se regocijen. Será algo espléndido: no tendrá ningún parecido con cualquier tipo de disfrute o placer en este mundo. Es cierto que será una celebración superadora de las tradiciones y rituales de todos los festivales, carnavales, fiestas y exhibiciones habituales pasadas y actuales del mundo.
El hecho de que los creyentes se regodeen con diversos tipos de satisfacciones de manera permanente, nos lleva a considerar otra característica significativa de cómo vivirán en el Paraíso: nunca sentirán hastío. Esta condición la manifiesta el Corán en palabras de los creyentes: Nos ha instalado, por favor Suyo, en la Morada de la Estabilidad. No sufriremos en ella pena, no sufriremos cansancio”. (Corán, 35:35).
Sin duda, los creyentes tampoco sufrirán allí de ningún tipo de agotamiento. En contraste con el Paraíso, donde la fatiga no se acercará a ellos… (Corán, 15:48), en este mundo el ser humano siente el agobio porque su cuerpo no fue creado con una gran fortaleza. Al sentirnos cansados, nos resulta difícil concentrarnos y tomar decisiones firmes. Se nos altera la percepción de las cosas debido al cansancio. Pero ese estado de ánimo nunca existirá en el Paraíso. Todos los sentidos permanecerán atentos percibiendo de la mejor manera la creación de Dios. Los creyentes estarán completamente libres de toda sensación de extenuación y, en consecuencia, disfrutarán los dones de Dios sin interrupción. El deleite y goce que sentirán serán ilimitados y eternos.
En un entorno en donde la fatiga y el fastidio no existirán, Dios premiará a los creyentes por medio de crear “lo que deseen”. En verdad, Dios da la buena nueva de que creará más que lo que puedan desear o imaginar los creyentes: Tendrán allí cuanto deseen y aún dispondremos de más. (Corán, 50:35).
Debería tenerse presente que uno de los favores más importantes del Paraíso será que …El les preservará del castigo del fuego del Infierno, (Corán, 44:56) y no oirán el más leve ruido de él (es decir, del Infierno)… (Corán, 21:102).
Por otra parte, los creyentes tendrán la oportunidad de ver a la gente del Infierno y conversar con ella todas las veces que quieran. También se sentirán agradecidos por esta distinción:
Dirán: “Antes vivíamos angustiados (por nuestra suerte futura) en medio de nuestras familias. Dios nos agració y preservó del castigo del viento abrasador (del Infierno). Ya le invocábamos antes. Es el Bueno, el Misericordioso”. (Corán, 52:26-28).
En el Corán se describe el Paraíso: Cuando se mira allá, no se ve sino delicia y suntuosidad (Corán, 76:20). Allí los ojos saborearán y disfrutarán una perspectiva distinta y una fastuosidad diferente. Cada rincón y cada parte estarán decorados preciosamente. Dicho boato será sólo para los creyentes sobre quienes Dios derramará Su misericordia, a quienes El les concederá Su Jardín. Extirparemos el rencor que quede en sus pechos. Serán como hermanos, en lechos, unos enfrente de otros. (Corán, 15:47). (Se alojarán en los jardines del Paraíso) eternamente, y no desearán mudarse. (Corán, 18:108).
El Favor Más Importante de Dios: Su Contento
Dios ha prometido a los creyentes y a las creyentes jardines por cuyos bajos fluyen arroyos, en los que estarán eternamente, y viviendas agradables en los jardines del edén. Pero la satisfacción de Dios será mejor aún. ¡Ese es el éxito grandioso! (Corán, 9:72).
En las páginas anteriores mencionamos los magníficos favores que Dios derramará sobre los seres humanos en el Paraíso. Es evidente que se trata de un lugar que contendrá todo el solaz que podemos experimentar a través de los cinco sentidos. Sin embargo, la cualidad superior del Paraíso es la complacencia de Dios. Obtenerla se convertirá en la mayor fuente de paz y satisfacción en el Más Allá. Además, a la gente del Paraíso le hará feliz recibir Sus bendiciones y ser agradecida con El por Su benevolencia. El Corán describe a los creyentes en el Paraíso:
...Dios está satisfecho de ellos y ellos lo están de El. ¡Ese es el éxito grandioso! (Corán, 5:119).
Los favores que se recibirán en el Paraíso serán muy preciosos debido a la complacencia de Dios. En este mundo los creyentes también pueden ser receptores de esos beneficios, pero si no obtienen el contento de Dios no gozan de los mismos. Esta es una cuestión muy importante que hay que sopesarla debidamente. Lo que en verdad hace preciosa una gracia divina no es el placer que produce sino que Dios la concede.
El creyente que recibe el beneficio de esa merced y es agradecido con su Creador, deriva su principal placer de la benevolencia de Dios. Los creyentes sólo pueden encontrar la satisfacción en la protección, el amor y la misericordia de El. Por lo tanto, sus corazones sólo hallarán el deleite en el Paraíso. Creados para ser siervos de Dios, sólo encuentran agrado en Su benevolencia. Es por esto que nunca puede existir “el cielo en la tierra”, utopía de los incrédulos. Es decir, carecerá de sentido poner en este mundo todo lo que existe en el Paraíso si no se logra la complacencia de Dios.
En resumen, el Paraíso es un don que Dios concederá a Sus siervos sinceros y de ahí su importancia para éstos. Puesto que Son, nada más, siervos honrados. (Corán, 21:26), obtendrán la felicidad y el goce eternos. Las palabras de los creyentes en el Paraíso serán ¡Bendito sea el nombre de tu Señor, el Majestuoso y Honorable! (Corán, 55:78).
El Infierno
El lugar en donde permanecerán los incrédulos para siempre fue creado especialmente, para que se sufra en cuerpo y alma. Dios, en Su probidad, les impone el castigo correspondiente.
Ser ingrato y rebelde con el Creador ―Quien da al ser humano el alma― es el agravio más grande que se puede cometer en el universo y ello conduce a atroces castigos en el Más Allá. Para eso está el Infierno. El ser humano, creado para ser siervo de Dios, seguramente recibirá lo que merece si niega el principal propósito de la Creación. Dice Dios: …Los que, llevados de su altivez, no Me sirvan entrarán, humillados, en el Infierno”. (Corán, 40:60).
Puesto que la mayoría de las personas serán enviadas al Infierno, donde sufrirán un castigo eterno, el principal objetivo, la meta básica de la humanidad, debería ser que eso no suceda. La más grande amenaza es que el alma vaya a parar allí y eso es lo que se debe evitar.
No obstante, casi todos viven en estado de inconciencia en la Tierra, ocupados en otros problemas cotidianos. Durante meses, años o decenios se dedican a cuestiones insignificantes, pero no piensan en el peligro más grave. Tienen el Infierno muy cerca pero son demasiado ciegos para verlo:
Se acerca el momento en que los hombres deban rendir cuentas, pero ellos, despreocupados, se desvían. Cuando reciben una nueva amonestación de su Señor, la escuchan sin tomarla en serio, se ríen de ella... (Corán, 21:1-3).
Ese tipo de persona invierte el tiempo en esfuerzos vanos. Pasa la vida persiguiendo quimeras, la defensa de una ideología estéril, la promoción en el trabajo, el matrimonio, la “vida familiar feliz” y la acumulación de dinero. Es inconsciente de la gran amenaza que tiene por delante y considera que el Infierno es una fábula.
En realidad, el Infierno es más real que el mundo en el que estamos, pues éste dejará de existir enseguida y aquél es eterno. Dios, el Creador del universo y de los delicados equilibrios de la naturaleza, también creó el Infierno y el Paraíso. A los incrédulos e hipócritas se les promete un castigo doloroso:
...Les bastará con el Infierno, en el que arderán. ¡Qué mal fin...! (Corán, 58:8).
El Infierno, el peor lugar que podemos imaginar, es una fuente de la más consumada tortura. La mortificación y dolor que se padecen allí no son similares a ninguna aflicción en este mundo y superan por lejos todo lo conocido. Por cierto, ello es obra de Dios, el Exaltado en Sabiduría.
Otra realidad es que la tortura allí es permanente, sin fin. La mayoría de la gente en la sociedad de la ignorancia en que vivimos, tiene una concepción equivocada del Infierno, pues cree que allí “cumplirán sentencia” por cierto tiempo y luego serán perdonadas. Esa forma de pensar, que no es más que un deseo, está bastante extendida entre quienes se suponen creyentes aunque se nieguen a cumplir sus deberes para con Dios. Asumen que se pueden permitir todos los placeres mundanales posibles y que luego de recibir un castigo en el Infierno, por cierto tiempo, obtendrán el Paraíso. Sin embargo, el fin que les espera es más doloroso que el que se imaginan. El Infierno es un lugar de tormento eterno, como lo enfatiza el Corán: permanecerán en él durante generaciones, (Corán, 78:23).
Ser ingrato y rebelde con el Creador, Quien os ha dado el oído, la vista y el intelecto (Corán, 16:78), merece, por cierto, un sufrimiento incesante. Ninguna excusa salvará a esa gente del Infierno. El veredicto para quienes exhiben indiferencia ―o aún peor, animosidad― hacia la religión de su Creador, es firme e invariable. Se trata de personas arrogantes que niegan someterse a Dios Todopoderoso y resultan las enemigas más encarnizadas de los creyentes. El Día del Juicio oirán lo siguiente:
¡Entrad por las puertas del Infierno, por toda la eternidad! ¡Qué mala es la morada de los soberbios! (Corán, 16:29).
La característica más terrible del Infierno es su naturaleza eterna. De allí no habrá retorno. Quienes vayan a parar ahí caerán en una desesperación sin remedio debido a todos los tipos de torturas que encontrarán. Perderán toda expectativa de salvación. Dice el Corán:
Pero los que obren con perversidad tendrán el Fuego como morada. Siempre que quieran salir de él, serán devueltos a él y se les dirá: “¡Gustad el castigo del Fuego que desmentíais!”. (Corán, 32:20).
Los Tormentos del Infierno
En cambio, los que no creen en Nuestros signos, ésos son los de la izquierda (es decir, los réprobos). Se cerrará un fuego sobre ellos. (Corán, 90:19-20).
La presencia de miles de millones de personas el Día del Juicio, no será motivo para que los incrédulos puedan escapar del dictamen obligatorio. Después de la sentencia, en presencia de Dios, serán etiquetados “la gente de la izquierda”. Ese es el momento en que serán enviados al Infierno. Entonces comprenderán, con gran amargura, que será su residencia eterna. Los destinados a ese lugar terrible llegarán con un testigo y un conductor:
Se tocará la trompeta. Ese es el día de la Amenaza (es decir, el día con el que se les había amenazado). Cada uno vendrá acompañado de un conductor (es decir, el ángel que conducirá al alma ante Dios el día de la Resurrección) y de un testigo (es decir, el ángel acusador). “Estas cosas te traían sin cuidado. Te hemos quitado el velo y, hoy, tu vista es penetrante”. Su compañero (es decir, el ángel testigo de cargo) dirá: “Esto es lo que te tengo preparado”. (Dios dirá
Los incrédulos serán metidos allí “en divisiones”. Y en el trayecto al mismo se inspirará el temor en sus corazones. Los espantosos ruidos y crujidos del fuego, se escucharán desde lejos:
Cuando sean arrojados a él, oirán su fragor, en plena ebullición, a punto de estallar de furor. Siempre que se le arroje (es decir, siempre que se arroje al fuego) una oleada (de réprobos), sus guardianes les preguntarán: “¿Es que no vino a vosotros un monitor?”. (Corán, 67:7-8).
Del versículo se induce fácilmente que los incrédulos al ser recreados comprenderán lo que les sucederá. Estarán solos, sin amigos, parientes o defensores que les ayuden. Perderán la arrogancia y la confianza en sí mismos. Tendrán la mirada extraviada. Dice el Corán:
Les verás expuestos a él (es decir, al Fuego), abatidos de humillación, mirando con disimulo, mientras que quienes hayan creído dirán: “Quienes de verdad pierden son los que el día de la Resurrección se han perdido a sí mismos y han perdido a sus familias”. ¿No tendrán los impíos un castigo permanente? (Corán, 42:45).
En el Infierno se aborrecerá todo. Los incrédulos nunca dejarán de sentir hambre y a pesar de la cantidad de almas que habitarán allí, el Fuego siempre estará pidiendo más:
El día que digamos al Infierno: “¿Estás ya lleno?”, él dirá: “¿Aún hay más?”. (Corán, 50:30).
Otra descripción del Infierno en el Corán:
¡Lo entregaré al ardor del Saqar (es decir, el ardor del Infierno)! Y ¿cómo sabrás qué es el Saqar? No deja residuos, no deja nada. Abrasa al mortal. (Corán, 745:26-29).
Una Vida Eterna al Otro Lado de las Puertas Cerradas
Las puertas se cerrarán por detrás de los incrédulos apenas lleguen al Infierno y éstos verán las cosas más horripilantes. De inmediato comprenderán que serán “presentados” como nuevos moradores y que permanecerán allí eternamente. Las puertas cerradas indicarán que no hay ninguna posibilidad de salvación. Dios describe esta situación:
En cambio, los que no creen en Nuestros signos, ésos son los de la izquierda (es decir, los réprobos). Se cerrará un fuego sobre ellos. (Corán, 90:19-20).
El tormento se caracteriza en el Corán como un castigo terrible (Corán, 3:176), un castigo severo (Corán, 3:4) y un castigo doloroso (Corán, 3:21). De todos modos, son representaciones que no dan una comprensión plena del castigo en el Infierno. Si una persona es incapaz de resistir una simple quemadura en este mundo, es imposible que comprenda lo que significa permanecer expuesta al fuego eterno. El dolor que se siente aquí a causa de una quemadura, es incomparable a la severa tortura del Infierno. Ningún sufrimiento será similar a ése:
Ese día nadie castigará como El. Nadie atará como El. (Corán, 89:26-27).
En el Infierno se vivirá, pero bajo la tortura, la zozobra, los tormentos físicos, mentales y psicológicos y distintos tipos de mortificaciones y desgracias. Es imposible comparar cualquiera de esos padecimientos con los que se experimentan en la Tierra. En el Infierno se percibirá el quebranto a través de los cinco sentidos. Se verán imágenes repugnantes y terribles; se oirán aullidos, gritos y rugidos espeluznantes; el olfato percibirá olores acres y pavorosos; se degustarán las sabores más detestables e insoportables. Los condenados sentirán el Infierno con el mayor de los rigores, hasta en el interior de las células. Será un dolor enloquecedor, difícil de imaginar en este mundo. La piel, los órganos internos, todo el cuerpo en suma, se corroerá y retorcerá de dolor.
La gente del Infierno nunca morirá y en consecuencia nunca dejará de padecer la tortura. Ese dolor se describe así en el Corán: Esos son los que han trocado la Dirección por el extravío, el perdón por el castigo. ¿Cómo pueden permanecer imperturbables ante el Fuego? (Corán, 2:175). La piel se renovará mientras se queme y eso continuará así indefinidamente, sin decrecer nunca la intensidad de la congoja. Dice Dios: ¡Arded en él! Debe daros lo mismo que lo aguantéis o no... (Corán, 52:16).
La aflicción mental no será menor que la física en el Infierno, dónde la gente se lamentará intensamente, se desesperará, se sentirá desahuciada y pasará años tras años consternada. Cada rincón, cada lugar del Infierno, estará diseñado para producir un sufrimiento mental eterno. Si aunque más no sea finalizase después de miles de millones de años, se podría tener la esperanza de alcanzar en algún momento la felicidad y el goce de una existencia distinta. (Pero no será así).
Según la descripción coránica, el Infierno es un lugar donde se experimentarán las peores situaciones: olores repugnantes, estrechez, ruidos insoportables, oscuridad tétrica, sentimientos de inseguridad permanente, fuego quemante en el corazón, comida y bebida asquerosas, vestimenta incandescente y alquitrán líquido.
Esas serán las características básicas del Infierno y en ese entorno se transcurrirá una vida terrible. Quienes lo habiten tendrán los sentidos agudos. Oirán, hablarán, argumentarán e intentarán escapar de ese sufrimiento. Se quemarán una y otra vez, sentirán sed, hambre y remordimiento. Serán atormentados por sentimientos de culpa. Pero lo más importante es que querrán alivio para su dolor.
Los habitantes del Infierno tendrán una vida infinitamente inferior a la de los animales más sucios y nauseabundos de este mundo. El único nutriente que tendrán es dari (planta espinosa y amarga) y el árbol de zaqqum. Por otra parte, para beber tendrán sangre y pus. El fuego les envolverá por todas partes. Dios describe la angustia que se sentirá en el Infierno:
A quienes no crean en Nuestros signos les arrojaremos a un Fuego. Siempre que se les consuma la piel, se la repondremos, para que gusten el castigo. Dios es poderoso, sabio. (Corán, 4:56).
Sufrirán cadena y azotes aunque ya tengan la piel desgarrada, la carne quemada y la sangre les chorree por todas partes. Serán arrojados al centro del Infierno con las manos atadas al cuello. Mientras tanto, los ángeles del castigo colocarán a los reos en camas de fuego con mantas de fuego y después en féretros cubiertos de fuego.
Los incrédulos gritarán sin descanso para que se les salve de esos tormentos. Por lo general recibirán como respuesta más humillación y suplicio. Quedarán solos con su angustia. Quienes en este mundo fueron arrogantes, rogarán humildemente por misericordia. Hay que tener en cuenta que los días en el Infierno no serán iguales a los de este mundo. ¿Cómo se puede determinar la magnitud de un minuto, un día, una semana, un mes o un año de un sufrimiento eterno?
Todas esas escenas se comprobarán más ciertas y reales que nuestra vida actual.
Hay entre los hombres quien vacila en servir a Dios (Corán, 22:11); quienes han dicho: “El fuego no nos tocará más que por días contados” (Corán, 3:24); quienes hacen de la ambición de dinero, de la posición social y de la profesión exitosa los principales objetivos de sus vidas, por lo que, en consecuencia, desestiman la complacencia de Dios; quienes alteran los mandamientos de Dios para ajustarlos a sus propios deseos; quienes interpretan el Corán según su conveniencia; quienes se extravían del sendero recto. Esos son, en resumen, los incrédulos e hipócritas que morarán en el Infierno, con la excepción de aquellos a los que Dios, en Su misericordia, perdonará y rescatará. La palabra de Dios es concluyente y, ciertamente, lo anunciado sucederá:
Si hubiéramos querido, habríamos dirigido a cada uno. Pero se ha realizado Mi sentencia: “¡He de llenar el Infierno de genios y hombres, de todos ellos!”. (Corán, 32:13).
Otra realidad es que dichas personas y entidades son creadas especialmente para el Infierno, como lo sugiere el versículo que sigue:
Hemos creado para el Infierno a muchos de los genios y de los hombres. Tienen corazones con los que no comprenden, ojos con los que no ven, oídos con los que no oyen. Son como rebaños. No, aún más extraviados. Esos tales son los que no se preocupan. (Corán, 7:179).
A pesar de todos los sufrimientos que atravesarán, nadie les podrá ayudar o salvarlas de ese destino determinado por Dios. Abandonadas a sí mismas, sufrirán mucho la soledad: Hoy no tiene aquí amigo ferviente, (Corán, 69:35). En su entorno sólo estarán los “Angeles del Infierno”, quienes reciben órdenes de Dios. Se trata de entidades extremadamente severas, inmisericordes, aterradoras, cuya única responsabilidad es torturar duramente a los habitantes del Infierno. Dios ha erradicado por completo la compasión de estos ángeles, que poseen voces, gestos y apariencias horripilantes. Creados para vengarse de quienes se rebelaron contra Dios, ejercerán su responsabilidad con el debido cuidado y atención. Seguramente no aplicarán un “trato preferencial” a nadie.
Este es el peligro real que espera a cada alma que no cumpla en la Tierra con Dios. Por supuesto, quien es rebelde e ingrato con su Creador, y en consecuencia comete las mayores acciones censurables, merece esa retribución. Dios nos advierte de esto:
¡Creyentes! Guardaos, vosotros y vuestras familias, de un Fuego cuyo combustible lo forman hombres y piedras, y sobre el que habrá ángeles gigantescos, poderosos, que no desobedecen a Dios en lo que les ordena, sino que hacen lo que se les ordena. (Corán, 66:6).
¡No! Si no cesa, hemos de arrastrarle (al Infierno) por el copete, copete que miente, que peca. Y ¡que llame a sus secuaces, que Nosotros llamaremos a los que precipitan (los réprobos al Infierno)! (Corán, 96:15-18).
Súplicas Frente a la Desesperación y la Desesperanza
Los habitantes del Infierno estarán desahuciados. Las torturas que sufrirán serán extremadamente crueles, además de permanentes. Gritarán y rogarán por la salvación. Verán a los moradores del Paraíso y les suplicarán agua y alimento. Querrán arrepentirse y que Dios les perdone. Pero todo eso será en vano.
Rogarán a los guardianes del Infierno para que sean intermediarios frente a Dios y le pidan que sea misericordioso con ellos. Debido al dolor tan insoportable que sufrirán, se querrán salvar del mismo, aunque más no sea por un día:
Los que estén en el Fuego dirán a los guardianes del Infierno: “¡Rogad a vuestro Señor que nos abrevie un día del castigo!”. Dirán (los guardianes): “¡Cómo! ¿No vinieron a vosotros vuestros enviados con las pruebas claras?”. Dirán: “¡Claro que sí!”. “Entonces, ¡invocad vosotros!”. Pero la invocación de los infieles será inútil. (Corán, 40:49-50).
Los incrédulos buscarán misericordia pero serán puestos boca abajo de manera estricta:
“¡Señor!”, dirán, “nuestra miseria nos pudo y fuimos gente extraviada. ¡Señor! ¡Sácanos de él (es decir, del Infierno)! Si reincidimos, seremos unos impíos”. Dirá (Dios): “¡Quedaos en él y no Me habléis!”. Algunos de Mis siervos decían (cuando estaban en la Tierra): “¡Señor! ¡Creemos! ¡Perdónanos, pues, y ten misericordia de nosotros! ¡Tú eres el Mejor de quienes tienen misericordia!”. Pero os burlasteis tanto de ellos que hicieron que os olvidarais de Mí. Os reíais de ellos. Hoy les retribuyo por la paciencia que tuvieron. Ellos son los que triunfan. (Corán, 23:106-111).
Esta será realmente la última alocución de Dios a la gente del Infierno. Sus palabras “¡Quedaos en él y no Me habléis!”, serán concluyentes. Nunca más tendrá en cuenta a esas personas. Seguramente que a nadie le gustará pensar en esa situación.
Mientras la gente del Infierno se queme allí, los que obtengan “la felicidad y la salvación”, es decir, los creyentes, permanecerán en el Paraíso gozando los beneficios de favores ilimitados. Los que se incineren sufrirán más al observar la vida de los agraciados con el Jardín. Es decir, podrán “observar” los magníficos privilegios del Paraíso, en tanto sufren torturas intolerables.
Los creyentes, de quienes los incrédulos se reían, tendrán una vida plena y feliz, estarán ubicados en lugares gloriosos, en casas majestuosas con bellas compañías y degustarán comidas y bebidas deliciosas. La humillación que sentirán los incrédulos se acrecentará al ver a los creyentes en paz y en un entorno exuberante. Estas escenas agregarán más penas y sufrimientos a sus congojas.
Los moradores del Paraíso agradecerán más a Dios por su bella vida y apariencia. En cambio, el remordimiento de los que no siguieron las órdenes de Dios en este mundo, se profundizará cada vez más. Rogarán a los creyentes ―que los estarán viendo desde el Jardín― ayuda y solidaridad, pero será inútil. La comunicación entre unos y otros será como sigue:
(Los bienaventurados que estarán) en jardines, se preguntarán unos a otros acerca de los pecadores. (Dirán a los réprobos
Un Recordatorio Importante Para Evitar el Tormento
En este capítulo estamos hablando de dos grupos de gente: los que creen en Dios y los que rechazan Su existencia. Hemos proporcionado una representación general del Paraíso y del Infierno, basándonos exclusivamente en lo que dice el Corán. Nuestro propósito no es dar cierta información sobre la religión sino recordar y advertir a los incrédulos sobre el Infierno, un lugar horrible para ellos pues allí padecerán una condena tremenda.
Después de lo dicho, es necesario enfatizar que el ser humano, sin lugar a dudas, tiene la plena libertad de elegir. Puede conducir su vida como le guste. Nadie tiene el derecho de forzarlo a creer una u otra cosa. Sin embargo, nosotros, como creyentes en Dios y en Su justicia final, tenemos la responsabilidad de advertir a otros sobre lo estremecedor que resultará el Infierno. Seguramente, hay gente inconsciente de la situación en la que está y el tipo de fin que le espera. De ahí nuestra obligación de hacerlo conocer. Dios nos habla de la situación de esa gente:
¿Quién es mejor: quien ha cimentado su edificio en el temor de Dios y en Su satisfacción o quien lo ha cimentado al borde de una escarpa desgastada por la acción del agua y desmoronadiza, que se derrumba arrastrándole al fuego del Infierno? Dios no dirige al pueblo impío. (Corán, 9:109).
Es imposible que se salven en el Más Allá quienes rechazan las órdenes de Dios en este mundo y de un modo u otro niegan la existencia de su Creador. En consecuencia, cada uno debe verificar lo antes posible cuál es su posición frente a Dios y someterse a El. De lo contrario, lo lamentará y enfrentará un ocaso pavoroso:
Puede que los infieles deseen haber sido musulmanes... ¡Déjales que coman y que gocen por breve tiempo! ¡Que se distraigan con la esperanza (es decir, con esperanzas falaces)! ¡Van a ver...! (Corán, 15:2-3).
Resulta manifiesta la manera de evitar el castigo eterno, ganar las bendiciones eternas y alcanzar la complacencia de Dios:
Creer auténticamente en Dios antes de que sea demasiado tarde; Invertir el tiempo en buenas acciones para obtener el contento de Dios…
LA REAL ESENCIA DE LA MATERIA
¡A D V E R T E N CIA!
El capítulo que está por leer ahora revela un secreto crucial de la vida. Debería hacerlo con cuidado y totalmente, porque se ocupa de un tema propenso a producir un cambio fundamental en su perspectiva del mundo exterior. Este capítulo no pretende dar un punto de vista distinto, un enfoque diferente o un criterio filosófico tradicional: en realidad, trata sobre un tema que cualquiera, creyente o no creyente, debería admitir,
y que además está comprobado por la ciencia hoy día.
La gente que contempla el entorno con sentido común y de modo consciente, comprueba que todo en el universo ―vivo o inerte― debe haber sido creado. Entonces el interrogante es: ¿Quién es el creador de todo?
Es evidente que "el hecho de la creación", que se revela por sí mismo en todo lo que el universo encierra, no puede ser autoproducido. Por ejemplo, un insecto no pudo haberse creado él mismo; el sistema solar no pudo haberse creado y organizado por su propia cuenta; ni los vegetales, ni los humanos, ni las bacterias, ni los hematíes (corpúsculos de la sangre), ni las mariposas, pudieron haberse autogenerado. La posibilidad, por otra parte, de que todo eso se haya originado "por casualidad", ni siquiera es imaginable.
Por lo tanto arribamos a una conclusión: todo lo que vemos ha sido creado y ninguna de esas cosas pudo haberse "autocreado". El Creador es distinto y superior a cuanto observamos, es decir, posee un poder superior no visible, pero cuya existencia y atributos se revelan en todo lo que existe.
Este es el punto que objetan los que niegan la existencia de Dios, pues están condicionados a no sustentar esa posición, a menos que lo vean con sus ojos. Quienes no aceptan el hecho de la "creación", están forzados a ignorar su realidad, que se manifiesta en todo el universo, e intentan "probar" que éste y todo lo viviente no han sido creados. La teoría de la evolución es un ejemplo clave del vano esfuerzo hecho en ese sentido.
El error básico de quienes niegan a Dios es compartido por alguna otra gente que no rechaza Su existencia, sino que tiene una percepción equivocada de El. Estos últimos no niegan la creación sino que tienen una idea supersticiosa acerca de "dónde" está Dios. Algunos de los que así piensan, creen que Dios está en el "cielo". Imaginan tácitamente que Dios se ubica detrás de un planeta muy distante y que interfiere en los "asuntos mundanales" de vez en cuando. O también pueden pensar que no interviene para nada sino que creó el universo y lo abandonó a su suerte, del mismo modo que dejó que las personas determinen ellas mismas su destino.
Aunque algunos seres humanos se han enterado que el Corán dice que Dios está en "todas partes", no pueden entender lo que eso significa exactamente. Piensan que Dios todo lo envuelve, como las ondas radiales, o como un gas invisible, intangible.
Sin embargo, esas ideas y otras creencias que no pueden aclarar "dónde" está Dios (y puede ser que por eso lo nieguen) se basan todas en un error común. Sostienen un prejuicio sin fundamentos que lleva a opiniones erróneas respecto de Dios. ¿Cuál es ese prejuicio?
Ese prejuicio es acerca de la naturaleza y las características de la materia, pues estamos condicionados a suposiciones acerca de ella, las cuales nunca nos permiten pensar si existe realmente o es solamente creada como una imagen. La ciencia moderna demuele ese prejuicio y revela una realidad muy importante e imponente. En las páginas que siguen intentaremos explicar esa gran realidad señalada por el Corán.
El Mundo de las Señales Eléctricas
Toda la información que tenemos acerca del mundo en que vivimos es comunicada a nosotros por los cinco sentidos. El mundo que conocemos consiste en lo que nuestros ojos ven, nuestras manos tocan, nuestras narices huelen, nuestras lenguas prueban y nuestros oídos oyen. Nunca pensamos que el mundo "exterior" puede ser otro distinto del que nos presentan los sentidos, puesto que hemos dependido de ellos desde que nacimos.
La investigación moderna en muchos campos de la ciencia apunta, sin embargo, a una comprensión muy diferente y crea serias dudas acerca de nuestros sentidos y el mundo que percibimos con ellos.
El punto de partida de este enfoque es que la idea de un "mundo exterior" en nuestro cerebro es solamente una respuesta que se forma allí por medio de señales eléctricas. El tono rojo de la manzana, la dureza de la madera, su papá, su mamá, su familia, todo lo que tiene en la casa, el trabajo, las líneas de este libro, son abarcados solamente como señales eléctricas.
Frederick Vester explica hasta dónde ha llegado la ciencia en este tema:
Lo que algunos científicos afirman en el sentido de que 'el ser humano es una representación, que todo lo que experimenta es temporario y engañoso y que este universo es una imagen refleja', parece que es demostrado por la ciencia actual."14
El conocido filósofo George Berkeley comenta al respecto:
Creemos en la existencia de objetos porque los vemos y los tocamos y se nos manifiestan por medio de nuestras percepciones. Sin embargo, éstas son solamente ideas en nuestras mentes. De esta forma, los objetos que captamos por medio de las percepciones no son más que conceptos, los cuales no están en ninguna otra parte más que en nuestras mentes… Puesto que existen solamente en nuestra mente, significa que somos engañados por esos objetos cuando imaginamos que el universo y las cosas tienen existencia en el exterior de la mente. Por lo tanto, nada de lo que nos rodea existe en el exterior de la misma.15
Con el objeto de aclarar esto, consideremos los sentidos, en especial el de la visión, que nos provee la información más amplia sobre el mundo exterior.
¿Cómo Vemos, Oímos y Degustamos?
El acto de ver se verifica de una manera muy avanzada, técnicamente hablando. Racimos de luz (fotones) que viajan del objeto a la vista, pasan a través de las lentes que están en la parte de adelante del ojo. Allí se quiebran y se proyectan de manera invertida sobre la retina, ubicada en el fondo del ojo. La luz que choca allí se convierte en señales eléctricas que se transmiten a través de las neuronas a un pequeño punto, llamado "centro de la visión", colocado en la zona posterior del cerebro. Allí las señales eléctricas se perciben como una imagen después de una serie de procesos. El acto de ver tiene lugar realmente en ese pequeño punto, el cual es oscuro, totalmente aislado de la luz.
Reconsideremos este proceso aparentemente común y ordinario. Cuando decimos que "vemos", en realidad lo que estamos viendo son los efectos de los impulsos que llegan a nuestros ojos y que son conducidos a nuestros cerebros después de transformarse en señales eléctricas. Es decir, lo que percibimos realmente en el hecho de "ver" se trata de señales eléctricas en el cerebro.
Todas las imágenes que observamos se forman en el centro de la visión, el cual ocupa solamente unos pocos centímetros cúbicos del cerebro. El libro que ahora lee y el paisaje que observa cuando otea el horizonte, se acomodan en ese pequeño espacio. Otra cosa que hay que tener en cuenta es que, como dijimos antes, el cerebro está aislado de la luz. Su interior es absolutamente oscuro, no tiene ningún contacto directo con la luz.
Podemos explicar esta situación con un ejemplo. Supongamos que frente a nosotros arde una vela. Podemos sentarnos frente a ella y observarla por bastante tiempo. Sin embargo, durante ese período el cerebro nunca tiene contacto directo con la luz de la vela. Incluso mientras la vemos, en el cerebro hay una oscuridad completa. O lo que es lo mismo, observamos un mundo brillante y colorido dentro de un cerebro en la tiniebla total.
R. L. Gregory expresa así el milagroso hecho de la visión, algo que consideramos de lo más "normal":
La misma situación se aplica a todos nuestros sentidos. Lo que se oye, palpa, degusta y huele, es transmitido al cerebro como señales eléctricas que se perciben en los centros apropiados del cerebro.16
Veamos cómo opera la audición. El oído externo recoge los sonidos por medio del pabellón auricular (u oreja) y los dirige al oído medio, el cual transmite las vibraciones sonoras intensificadas al oído interno. Éste envía esas vibraciones al cerebro traducidas en señales eléctricas. Igual que lo que sucede con la vista, el acto de oír finaliza en el centro de la audición en el cerebro, que está aislado del sonido igual que de la luz. Por lo tanto, independientemente del ruido que haya en el exterior, el interior del cerebro está en un completo silencio.
Incluso los sonidos más sutiles son percibidos en el cerebro. Es tal la calidad del oído sano, que aprecia todo sin ruidos atmosféricos o interferencias. En el cerebro, que está aislado de las ondas auditivas, se oyen las sinfonías de una orquesta, el bullicio de una plaza llena de gente y el conjunto de los sonidos dentro de una amplia frecuencia que va desde el susurro de una hoja al estruendo de los aviones a chorro. Sin embargo, si se midiese en el cerebro el nivel de sonido, por medio de un dispositivo apropiado, se vería que allí prevalece un silencio completo.
La percepción de los olores se conduce de una manera similar. Moléculas volátiles emitidas por una vainilla o una rosa son captadas por la persona en los delicados pelillos del epitelio de la nariz, y allí interactúan. Esa interacción es transmitida al cerebro mediante señales eléctricas y percibidas como olor. Todo lo que olemos, bueno o malo, no es más que la percepción del cerebro de las interacciones de moléculas volátiles con el tejido epitelial, después de haberse transformado en señales eléctricas. Es en el cerebro donde se percibe el aroma de un perfume, de una flor o de un alimento que nos gusta, o el olor del mar o de cualquier otra cosa que nos resulte agradable o desagradable. Las moléculas en sí nunca llegan al cerebro. Al igual que en los casos del sonido y de la visión, lo que llega al cerebro son, simplemente, señales eléctricas. En otras palabras, todos los olores que se presuponen pertenecen a objetos del mundo exterior desde el día en que uno nace, son señales eléctricas que se perciben a través de los órganos del sentido olfativo.
De la misma manera, en la parte anterior de la lengua hay cuatro tipos distintos de receptores químicos. Pertenecen al gusto de lo salado, lo dulce, lo amargo y lo agrio o ácido. Los receptores gustativos transforman esas percepciones en señales eléctricas después de una cadena de procesos químicos, las cuales, transmitidas al cerebro, son percibidas por éste como "gustos". Cuando se come un chocolate o una fruta que gusta, ese gusto es la interpretación por parte del cerebro de señales eléctricas. Nunca se puede llegar al objeto en el exterior, es decir, nunca se puede ver, oler o degustar el chocolate en sí. Por ejemplo, si se cortasen los nervios gustativos que van al cerebro, nada de lo que se come en ese momento llegaría como información eléctrica allí, con lo cual se perdería el sentido del gusto.
Aquí nos encontramos con otra realidad. Nunca podemos estar seguros de que dos personas sientan el mismo gusto a un alimento, o que una perciba la misma voz que oye otra. Al respecto dice Lincoln Barnett que nadie puede saber si otra persona percibe el color rojo u oye una nota determinada igual que uno.17
Nuestro sentido del tacto opera también de manera similar. Cuando se toca un objeto, toda la información que nos ayuda a reconocer el mundo externo y los objetos, es transmitida al cerebro por los nervios de dicho sentido ubicados en la piel. La sensación de tocar se forma en el cerebro. Contrariamente a la creencia general, el lugar donde percibimos lo que tocamos no es la punta de los dedos o la piel sino el centro del tacto en el cerebro. Como resultado de la evaluación de los estímulos eléctricos que provienen de los objetos por parte del cerebro, percibimos distintas sensaciones de los mismos, como ser, blandura, dureza, calor o frío. Todos los detalles que nos ayudan a reconocer un objeto derivan de esos estímulos. Respecto a este hecho importante, opinan los conocidos filósofos B. Russell y L. Wittgeinstein:
Por ejemplo, si un limón existe realmente o no, y cómo pasó a existir, no puede ser cuestionado ni investigado. El limón consiste, simplemente, en un gusto sentido por la lengua, un olor sentido por la nariz, un color y una forma percibidos por los ojos; y solamente esos rasgos del elemento en cuestión pueden someterse a evaluación y examen. La ciencia nunca puede conocer el mundo físico.18
Nos es imposible alcanzar el mundo físico. Todos los objetos que nos rodean son un conjunto de percepciones que provienen, por ejemplo, de la audición, la visión y el tacto. Esos datos, al procesarlos en los centros correspondientes del cerebro, a lo largo de la vida, no confrontan el "original" del asunto o cosa que existe en el exterior, sino más bien la copia que se forma en el cerebro. Es en este punto donde nos extraviamos, al asumir que esa copia es la cosa existente en el exterior.
"El Mundo Exterior" Dentro de Nuestro Cerebro
Como resultado de las realidades físicas descritas hasta ahora, podemos concluir que cada cosa que vemos, tocamos, oímos y percibimos como una "entidad", el "mundo" o el "universo", no se trata sino de señales eléctricas que se presentan en nuestro cerebro.
Quien come una fruta, en realidad no confronta la fruta en sí, sino la percepción de ella en el cerebro. El objeto que se considera "una fruta" consiste en una impresión eléctrica en el cerebro respecto de la forma, el gusto, el olor y la textura. Si el nervio de la visión que va al cerebro se cortase repentinamente, así de improviso desaparecería la fruta. O si hubiese una desconexión en el nervio que va desde los sensores de la nariz al cerebro, se interrumpiría completamente el sentido del olfato. Dicho de modo simple, la fruta no es más que la interpretación de las señales eléctricas por el cerebro.
Otro elemento a ser considerado es el de la distancia. La distancia entre usted y el libro es solamente una sensación de espacio que se forma en el cerebro. Los objetos que parecen distantes de la persona que los observa, también están presentes en el cerebro. Por ejemplo, alguien que observa las estrellas en el cielo, asume que están a una distancia de millones de años-luz. No obstante, lo que la persona "ve" realmente son las estrellas que están en su interior, en el centro de la visión. Mientras usted lee estas líneas, en verdad, no está en el lugar que cree. Por el contrario, es el lugar o sitio el que está dentro de usted. Cuando ve su cuerpo, cree que usted está dentro del mismo. Sin embargo, debe recordar que el cuerpo también es una imagen formada dentro de su cerebro.
Lo mismo se aplica a todas las otras percepciones. Por ejemplo, cuando se piensa que se escucha el sonido de la TV que está en la habitación de al lado, en realidad el sonido se experimenta dentro del cerebro. No se puede probar que exista una habitación próxima a uno, ni que el sonido provenga de la TV que está allí. El sonido que se piensa viene de unos metros más allá y la conversación de una persona que está al lado, se perciben en el centro de la audición del cerebro, lugar que tiene pocos centímetros cuadrados. Aparte de ese centro de percepción, no existe ningún otro concepto, como ser, derecha, izquierda, adelante y atrás. Es decir, el sonido no proviene de la derecha, de la izquierda o del aire. No hay ninguna dirección desde donde proviene el sonido.
Con los olores sucede lo mismo. Ninguno de ellos llega de una distancia determinada. Supongamos que las impresiones finales del olor correspondan a las de los objetos en el exterior. Sin embargo, así como la imagen de una rosa está en el centro de la visión, el olor de la rosa está en el centro del olfato. Nunca se puede saber si esa rosa u olor peculiar existen realmente en el exterior.
El "mundo exterior" que se nos presenta por medio de las percepciones es simplemente un conjunto de señales eléctricas que llegan al cerebro. Esas señales son procesadas a lo largo de la vida en el cerebro y vivimos sin poder reconocer que estamos equivocados al suponer que son las "versiones originales" de los elementos materiales que existen en el "mundo exterior". Nos equivocamos porque nunca podemos alcanzar el caso en sí mismo por medio de nuestros sentidos.
Por otra parte, repetimos, es el cerebro el que interpreta y atribuye sentido a las señales que asumimos son del "mundo externo". Por ejemplo, consideremos el sentido de la audición. En realidad, es el cerebro el que transforma las ondas sonoras del "mundo exterior" en una sinfonía. Es decir, la música también es una percepción creada por el cerebro. De la misma manera, cuando vemos colores, lo que llega a los ojos son, simplemente, señales eléctricas de distintas longitudes de onda. Nuevamente es el cerebro el que transforma dichas señales en colores. No hay colores en el "mundo exterior". La manzana no es roja, ni el cielo es azul, ni los árboles tienen follaje verde: son como son porque los percibimos así. El "mundo exterior" depende totalmente de aquél que lo percibe.
Incluso, el más leve defecto en la retina del ojo provoca ceguera para el color. Algunas personas perciben el azul como verde, otras el rojo como azul y también están esas que ven todos los colores en diferentes tonos de grises. Aquí podemos decir que no importa si el objeto es coloreado o no.
El prominente pensador Berkeley también habla de este hecho:
Al principio se creía que los colores, olores, etc., “existían realmente”, pero después se rechazó ese punto de vista y se dijo que solamente existían subordinados a nuestras sensaciones."19
En conclusión, la razón por la que vemos los objetos con colores no se debe a que los tengan, o que los mismos posean una existencia material exterior a nosotros. La verdad de la cuestión es que todas las cualidades que adscribimos a los objetos están dentro de nosotros y no en el "mundo exterior".
Entonces, ¿qué es lo que queda del "mundo exterior"?
¿Es Forzosa la Existencia del "Mundo Exterior"?
Hasta ahora venimos hablando repetidamente de "mundo exterior" y de un mundo de percepciones que se forma en el cerebro, que es lo que vemos. Sin embargo, dado que nunca podemos alcanzar realmente el "mundo exterior", ¿cómo podemos estar seguros de que existe realmente?
En realidad, no podemos. Puesto que cada objeto es solamente un conjunto de percepciones y las mismas existen solamente en la mente, es más preciso decir que el único que mundo realmente existe es el de las percepciones. Es decir, sólo conocemos el que existe en nuestra mente, el que está diseñado, registrado y hecho vívido allí. En resumen, el que es creado en la mente. Este es el único mundo del que podemos estar seguros.
Nunca podemos probar que las percepciones que observamos en el cerebro tengan correlatos materiales. Pueden provenir tranquilamente de una fuente "artificial". Eso es posible observarlo. Las informaciones falsas llegan a producir en el cerebro un "mundo material" totalmente imaginario. Por ejemplo, pensemos en un instrumento de registro muy desarrollado donde puedan ser grabados todos los tipos de señales eléctricas. En primer lugar, transmitamos todos los datos referidos a un ambiente (incluida la imagen del cuerpo) a ese instrumento por medio de transformarlos en señales eléctricas. En segundo lugar, supongamos que se pueda tener el cerebro con vida fuera del cuerpo. Finalmente, conectemos el instrumento de registro al cerebro por medio de electrodos, los que funcionarán como nervios y enviarán los datos prerregistrados. En ese estado uno se sentirá viviendo dicha escena creada artificialmente. Por ejemplo, se puede creer fácilmente que se está manejando por una ruta a toda velocidad. Se presenta como imposible que uno comprenda que no se compone más que del cerebro. A esto se debe que lo que se necesita para formar un mundo dentro del cerebro no es la existencia real de aquél sino, más bien, la eficacia de los estímulos. Sería perfectamente posible que esos estímulos pudiesen venir de una fuente artificial, como sería un registrador o un grabador.
En relación con esto escribió B. Russell, el distinguido filósofo:
En cuanto al sentido del tacto, cuando presionamos la mesa con los dedos, se produce una perturbación eléctrica sobre los protones y electrones de las puntas de los dedos, de acuerdo a la física moderna, por la proximidad con los electrones y protones en la mesa. Si la misma perturbación que aparece en las puntas de los dedos se presentara de cualquier otra manera, tendríamos la misma sensación aunque no se encontrara presente ninguna mesa.20
En realidad, es muy fácil que nos engañemos al estimar como correctas, percepciones sin ningún correlato material. A menudo experimentamos eso en los sueños, donde participamos de sucesos, vemos personas, objetos y el medio circundante como si fuesen totalmente reales. Sin embargo, no son más que percepciones. No hay ninguna diferencia básica entre el sueño y el "mundo real": ambos se experimentan en el cerebro.
¿Quién Es el Que Percibe?
Como venimos relatando, no hay ninguna duda de que el mundo que habitamos y que llamamos "mundo exterior", es creado en el cerebro. Sin embargo, se presenta una pregunta de primera importancia: si todos los sucesos físicos que conocemos son intrínsecamente percepciones, ¿qué podemos decir de nuestro cerebro? Dado que el mismo es parte del mundo físico, al igual que un brazo, una pierna o cualquier otro objeto, debería ser una percepción igual que todas esas cosas.
Un ejemplo con los sueños iluminará mejor el tema. Pensemos que cuando soñamos vemos en el cerebro de la manera que explicamos hasta ahora. En el sueño tendremos un brazo imaginario, un cuerpo imaginario, un ojo imaginario y un cerebro imaginario. Si durante el sueño se nos preguntara, "¿dónde registra la visión?", responderíamos: "en el cerebro". Pero en realidad no hay algún cerebro del que hablar, sino una cabeza imaginaria y un cerebro imaginario. El observador de las imágenes no es el cerebro imaginario del sueño sino una "existencia" que es muy "superior".
Sabemos que no hay ninguna distinción física entre el ambiente circundante de un sueño y el de la vida real. Así, cuando en el ambiente que llamamos de la vida real, se nos hace la misma pregunta planteada antes en el momento del sueño, es decir, "¿dónde registra la visión?", sería un sin sentido responder, como también lo hacíamos en el sueño, "en el cerebro". En ambas situaciones, la entidad que ve y percibe no es el cerebro, el cual, después de todo, no es más que un buen pedazo de carne.
Cuando se analiza el cerebro se ve que allí hay solamente moléculas de proteínas y lípidos, que también existen en otros seres vivientes. Ello significa que dentro del pedazo de carne llamado "cerebro", no hay nada para observar las imágenes y nada que constituya la conciencia o que sirva para crear lo que llamamos "yo mismo", "mi persona".
R. L. Gregory se refiere al error que comete la gente en relación con la percepción de imágenes en el cerebro:
Existe la tentación, que debe ser evitada, de decir que los ojos producen en el cerebro estampas o imágenes. Una imagen allí sugiere la necesidad de algún tipo de ojo interno para verla. Pero haría falta un ojo adicional para ver su imagen… y así de seguido en una secuencia sin fin de ojos e imágenes. Esto es absurdo.21
Esto es lo que pone en aprietos a los materialistas, quienes aceptan como real solamente la materia. ¿A quién pertenecen los "ojos interiores" que ven, que perciben y reaccionan en consecuencia?
Karl Pribram también enfocó esta importante cuestión en el mundo de la ciencia y la filosofía, acerca de quién es el que percibe:
Desde los griegos, los filósofos han venido pensando sobre el "ánima de la máquina", el "enano dentro del enano", etc. ¿Dónde estoy "yo", la persona que usa su cerebro? ¿Quién es el que verifica el acto de conocer? Como dijo San Francisco de Asís, "Al que buscamos es a aquél que ve".22
Ahora piense esto: el libro que tiene en las manos, la habitación en donde está, en resumen, todas las imágenes que observa, están en su cerebro. ¿Son lo átomos los que ven todo eso, a pesar de ser inconscientes, ciegos y sordos? ¿Por qué algunos átomos adquirieron esa cualidad y otros no? Nuestros pensamientos, comprensiones, recuerdos, estados de alegría o de tristeza, y todo lo demás, ¿consisten en reacciones electroquímicas entre esos átomos?
Cuando meditamos sobre estas cuestiones, vemos que no tiene ningún sentido buscar "voluntad" en los átomos. Está claro que la existencia que ve, oye y siente es supramaterial. Esta "existencia" está "viva" y no es ni materia ni una imagen de la materia. Se asocia con lo que percibe usando la imagen de nuestro cuerpo.
Esta existencia es el “alma”.
La suma de percepciones que llamamos "mundo material" es un sueño observado por esta alma. Así como el cuerpo que poseemos y el mundo material que vemos en sueños no tienen ninguna realidad, el universo en el que estamos instalados también carece de todo tipo de realidad material. La existencia real es el alma. La materia consiste simplemente en percepciones contempladas por el alma. Las existencias inteligentes que escriben y leen estas líneas no son un montón de átomos, moléculas y la reacción química entre ellos, sino "almas".
La Verdadera Existencia Absoluta
Todo lo enunciado nos enfrenta con una cuestión muy significativa. Si lo que reconocemos como el mundo material consta, simplemente, de percepciones visualizadas por el alma, ¿cuál es la fuente de las percepciones?
Para responder a ello tenemos que tomar en consideración que la materia no tiene una existencia que se autogobierne o controle por sí misma. Puesto que la materia es percepción, es algo "artificial". Es decir, esa percepción debe haber sido causada por otra fuerza o autoridad, lo cual significa, seguramente, que debe haber sido creada. Además, esa creación debería ser continua, ininterrumpida. Si no hubiese una creación coherente y continua, lo que llamamos "materia" desaparecería y se perdería. Se puede hacer una semejanza con la TV en la que se ve una imagen en tanto la señal continúa siendo emitida. Entonces, ¿qué es lo que hace que nuestra alma observe las estrellas, la tierra, los árboles, las personas, nuestro cuerpo y todo lo que vemos?
Es muy evidente que existe un Creador supremo, Quien ha creado todo el universo material, es decir, la suma de las percepciones; es el mismo que continúa Su creación incesantemente. Y puesto que este Creador exhibe una creación tan magnífica, seguramente tiene un poder y una potestad sin límites.
Este Creador se describe a Sí mismo y describe el universo y la razón de nuestra existencia por medio del Libro que nos envió.
Ese Creador es Dios y el nombre de Su Libro es El Corán.
Que los cielos y la tierra, es decir, el universo, no son estables; que la existencia de éste es posible solamente por medio de la creación de Dios y que desaparecerá cuando El finalice esta creación, se explica en el Corán como sigue:
Dios sostiene los cielos y la tierra para que no se desplomen. Si se desplomaran no habría nadie, fuera de El, que pudiera sostenerlos. Es benigno, indulgente. (Corán, 35:41).
Como mencionamos al comienzo, algunas personas no comprenden verdaderamente a Dios y se imaginan que se trata de una existencia presente en alguna parte de los cielos, sin intervenir realmente en los asuntos del mundo. El fundamento de esa lógica yace en pensar que el universo es una conjunción de materia y que Dios se ubica "por fuera" del mundo material, en un lugar apartado. La creencia en Dios se limita a ese tipo de comprensión en algunas religiones falsas.
Sin embargo, como hemos considerado hasta ahora, la materia se compone solamente de sensaciones. Y la única existencia real, absoluta, es Dios, es decir, lo único que existe es Dios: todo, excepto El, son imágenes. En consecuencia, es erróneo concebir a Dios como una existencia exterior separada o fuera del conjunto de la materia. Ciertamente Dios está "en todos lados" y lo abarca todo. El Corán lo explica así:
¡Dios! No hay más dios que El, el Viviente, el Subsistente. Ni la somnolencia ni el sueño se apoderan de El. Suyo es lo que está en los cielos y en la tierra. ¿Quién podrá interceder ante El si no es con Su permiso? Conoce su pasado y su futuro (el pasado y futuro de los seres humanos), mientras que ellos no abarcan nada de Su ciencia, excepto lo que El quiere. Su Trono se extiende sobre los cielos y sobre la tierra y su conservación (la de los cielos y la tierra) no le resulta onerosa. El es el Altísimo, el Grandioso. (Corán, 2:255).
El hecho de que Dios no está limitado o confinado por el espacio y de que todo lo abarca, se expone en otro versículo:
De Dios son el Oriente y el Occidente. Adondequiera que os volváis, allí está la faz (la presencia) de Dios. Dios es inmenso, omnisciente. (C. 2:115).
Puesto que las existencias materiales son percepciones, no pueden ver a Dios. Pero Dios ve la materia que creó en todas sus formas. El Corán expresa esto así: La vista no le alcanza, pero El sí que alcanza todas las vistas… (Corán, 6:103).
Es decir, no podemos percibir la existencia de Dios con los ojos sino que es Dios quien abarca totalmente el interior, el exterior, las miradas y los pensamientos del género humano. No podemos pronunciar ninguna palabra, ni siquiera respirar una vez, sin Su conocimiento.
En tanto observamos estas percepciones sensoriales en el curso de la vida, lo más cercano a nosotros no es ninguna de estas sensaciones sino Dios Mismo. En el Corán está el secreto de esta realidad: Sí, hemos creado al hombre. Sabemos lo que su mente le sugiere. Estamos más cerca de él que su misma vena yugular. (Corán, 50:16). Pero si la persona piensa que su cuerpo está constituido solamente de "materia", no puede entender la importancia de lo dicho en el versículo. Si acepta que su cerebro es "su persona", entonces interpreta que el exterior está a unos 20 - 30 cm. alejado de "él mismo". Sin embargo, al entender que la materia no existe y que todo es imaginación, pierden sentido ideas como las de "exterior", "interior" o "cercano". Dios abarca a la persona y está "infinitamente cerca" de ella.
Dios nos informa de esa "cercanía": Cuando Mis siervos te pregunten por Mí, estoy cerca (de ellos)… (Corán, 2:186). Otro versículo que se refiere al mismo hecho expresa: Y cuando te dijimos: 'Tu Señor cerca (con Su poder) a los hombres'… (Corán, 17:60).
El ser humano se equivoca al pensar que el más cercano a él es él mismo. En verdad, Dios está más cerca de nosotros que lo que estamos nosotros de nosotros mismos. El Todopoderoso llama nuestra atención sobre eso cuando dice: ¿Por qué, pues, cuando se sube a la garganta, viéndolo vosotros, ―y Nosotros estamos más cerca que vosotros de él (del moribundo), aunque no lo percibís―,… (Corán, 56:83-85). Como se informa en el versículo, la gente vive inconsciente de dicho fenómeno porque no lo puede ver con los ojos.
Por otra parte, es imposible para el ser humano, que no es más que una imagen, poseer un poder y una voluntad independientes de Dios. El versículo, …mientras que Dios os ha creado a vosotros y lo que hacéis (Corán, 37:96), muestra que todas las cosas que experimentamos tienen lugar bajo el control de Dios. Esta realidad se comunica en el Corán cuando dice, ...Cuando tirabas, no eras tú quien tiraba, era Dios Quien tiraba... (Corán, 8:17), por medio de lo cual se enfatiza que ningún acto es independiente de Dios. Dado que el ser humano es una imagen, no puede ser él mismo quien cumpla el acto de reflejarla. Sin embargo, a esa imagen Dios le produce la sensación de "sí mismo". Pero es Dios quien realiza todos los actos. Por lo tanto, si alguien piensa que lo que hace, lo hace él mismo, es evidente que se autoengaña.
Esa es la realidad. Una persona puede no querer reconocer esto y creer que actúa de manera independiente de Dios. Pero eso no modifica la situación. Por supuesto, la negación necia o tonta, también está dentro de la voluntad y deseo de Dios.
Todo lo Que Se Posee Es Intrínsecamente Ilusorio
Como se puede ver claramente, es un hecho científico y lógico que el "mundo exterior" no posee ninguna realidad material y que es un conjunto de imágenes que Dios presenta a nuestra alma perpetuamente. De todos modos, las personas no incluyen, o más bien, no quieren incluir, todas las cosas, en el concepto de "mundo exterior".
Si se piensa sobre esto de manera sincera y sin preconceptos, se puede comprobar que la vivienda; los muebles en su interior; el automóvil, posiblemente recién comprado; la oficina; la ropa; la esposa; los hijos; los colegas; la cuenta bancaria; las joyas y todo lo que se tiene, en realidad está incluido en ese mundo imaginario que se nos proyecta. En resumidas cuentas, todo lo que se percibe con los cinco sentidos es parte del "mundo imaginario": la voz del cantante favorito, la dureza de la silla que se ocupa, el perfume preferido, el sol que nos calienta, la flor de bellos colores, el pájaro que vuela frente a nosotros, la lancha que navega veloz sobre el agua, la huerta fértil, la computadora del trabajo, el aparato musical con la más avanzada tecnología….
Esta es la verdad, porque el mundo se trata solamente de un conjunto de imágenes creadas para poner a prueba a los seres humanos, a través de sus vidas limitadas, con percepciones que no entrañan ninguna realidad y que son presentadas excitantes y atractivas de manera intencional. Este hecho se menciona en el Corán:
El amor a lo apetecible aparece a los hombres engalanado: las mujeres, los hijos varones, el oro y la plata por quintales colmados, los caballos de raza, los rebaños, los campos de cultivo… eso es breve disfrute de la vida de acá. Pero Dios tiene junto a Sí un bello lugar de retorno. (Corán, 3:14).
La mayoría de las personas arrojan la religión a un lado debido a que codician la propiedad, la riqueza, la acumulación de monedas de oro y plata, los dólares, las joyas, las cuentas bancarias, las tarjetas de crédito, los armarios llenos de ropas, los autos últimos modelos. En resumen, se trata de la codicia de toda forma de propiedad que posean o se esfuercen por poseerla. Se concentran solamente en este mundo, olvidándose del otro. Les engaña el rostro "seductor y hermoso" de la vida mundanal, y entonces dejan de rezar, de dar ayuda a los pobres y de cumplir los actos de adoración a Dios, lo cual les haría prósperas en la otra vida. Para no cumplir con esas cosas correctas se valen de distintos argumentos: "estoy ocupada", "tengo que cumplir con otras responsabilidades", "no tengo tiempo suficiente", "ahora no puedo", "esas cosas las haré en el futuro". Consumen sus vidas buscando prosperar solamente en este mundo. En el versículo, Conocen lo externo de la vida de acá, pero no se preocupan por la otra vida (Corán, 30:7), se describe dicho concepto erróneo.
La realidad que caracterizamos en este capítulo, es decir, que todas las cosas son imágenes, es muy importante por las implicancias sobre toda la lujuria y metas sin sentido que se persiguen. La constatación de este hecho deja en claro que todo lo que se posee, y el esfuerzo por poseerlo, la riqueza lograda a través de la codicia, los hijos de los que uno se vanagloria, el considerar a la esposa como lo más cercano a uno, los amigos, el tener en la más alta estima al cuerpo de uno mismo, el nivel de superioridad que se detenta respecto a otros, las escuelas a las que se concurrió, las festividades en que se participó, no son otra cosa más que mera ilusión. Por lo tanto, todo el esfuerzo invertido, el tiempo gastado y la codicia experimentada, se evidencian algo vano, infructuoso.
A esto se debe que, sin saberlo, algunas personas se comportan tontamente cuando se ufanan de las riquezas y propiedades que poseen, o de los "yates, helicópteros, fábricas, inquilinatos, fincas y tierras", como si existieran realmente. Esas personas acomodadas económicamente, que se pavonean ostentosamente de aquí para allá en su yates, luciendo sus autos o hablando de sus riquezas, suponen también que por el cargo que ocupan son superiores a las demás, y piensan que por todo ello son exitosas. Pero en realidad deberían pensar en qué estado se encontrarán cuando comprueben que el supuesto éxito alcanzado no es otra cosa más que una ilusión.
Estas escenas también las ven algunas personas al soñar, es decir, se ven en sueños poseyendo autos veloces, propiedades, joyas muy valiosas, gran cantidad de dólares, cargos elevados, fábricas con miles de trabajadores, gobernando sobre mucha gente, vestidas con ropas que producen la admiración de todos… Así como el jactarse de las posesiones con que se aparece en los sueños llevaría a que uno fuera ridiculizado, también le sucederá lo mismo si procede de ese modo respecto de las imágenes (la "realidad") que ve en este mundo. Después de todo, lo que percibe en los sueños y lo que se refiere a este mundo, son simplemente imágenes en su mente.
Pero la vergüenza se apoderará de quienes comprueben que el luchar violentamente con otros, el delirar de furia, el estafar, el recibir coimas, el falsificar cosas, el mentir, el atesorar dinero de modo sórdido, el hacer mal a otros, el someter al prójimo y maldecirlo, el agredir lleno de odio, el encolerizarse por lograr la función y ubicación superior en el trabajo o en la escala social, el envidiar, el hacer ostentación de lo que sea, el autoelogiarse, al igual que otras cosas por el estilo, no son más que actitudes o acciones realizadas en un sueño.
Dado que es Dios Quien crea todas esas imágenes, el propietario último de todas las cosas es solamente El, como lo subraya el Corán:
De Dios es lo que está en los cielos y en la tierra. Dios todo lo abarca. (Corán, 4:126)
Es una gran tontería dejar la religión de lado debido a las pasiones mezquinas por cosas imaginarias y perder un bien permanente, la vida eterna, lo cual entraña una privación perdurable.
Aquí hay algo que debe comprenderse: no se está diciendo que todas las posesiones, riquezas, hijos, esposas, amigos y rangos a los que nos aferramos desaparecerán más tarde o más temprano y que por lo tanto no tienen ningún sentido. Lo que se dice es que todas las cosas que aparentemente se poseen en realidad no se las tiene para nada, sino que son un simple sueño compuesto de imágenes exhibidas por Dios para probarnos. Como se ve, hay una gran diferencia entre ambas conceptuaciones.
Aunque no se quiera reconocer en este momento eso, y nos engañemos asumiendo que las cosas existen realmente, al morir y en la otra vida, cuando seamos recreados, todo se nos aclarará. Dice el Corán: …hoy, tu vista es penetrante… (Corán, 50:22). Es decir, estaremos aptos para ver todo más claramente. Sin embargo, si hemos pasado la vida persiguiendo objetivos imaginarios, vamos a desear no haber vivido nunca y diremos: ¡Ojalá (la muerte) hubiera sido definitiva! De nada me ha servido mi hacienda (mi riqueza). Mi poder me ha abandonado. (Corán, 69:27-29)
Por otra parte, lo que debería hacer una persona sabia es intentar comprender en esta vida la gran realidad del universo, mientras aún tenga tiempo. De lo contrario, consumirá la vida corriendo tras los sueños, para enfrentar al final un castigo doloroso. En el Corán se expresa el estado final de esas personas que corren tras las ilusiones o espejismos de este mundo, olvidándose de Su Creador:
Las obras de los infieles son como espejismo en una llanura: el muy sediento cree que es agua, hasta que, llegado allá, no encuentra nada. Sí, encontrará, en cambio, a Dios junto a sí y El le saldará su cuenta. Dios es rápido en ajustar cuentas. (Corán, 24:39)
Defectos Lógicos de los Materialistas
Desde el comienzo de este capítulo se dice claramente que la materia no es una existencia categórica como suponen los materialistas, sino más bien un conjunto de sensaciones que Dios crea. Los materialistas resisten esta realidad evidente de manera extremadamente dogmática, pues destruye su filosofía.
Por ejemplo, en el siglo XX, George Politzer, uno de los más grandes defensores de la filosofía materialista y ardiente marxista, dio el "ejemplo del bus" como la "gran evidencia" para la existencia de la materia. Según Politzer, los filósofos que piensan que la materia es una percepción, también salen corriendo cuando ven que un bus se les viene encima, con lo cual queda probada la existencia física de la materia.23
Cuando a otro conocido materialista llamado Johnson se le dijo que la materia era un conjunto de percepciones, buscó "probar" la existencia física de las piedras pateándolas.24
Un ejemplo similar es dado por Federico Engels ―mentor de Politzer y fundador, junto con Carlos Marx, del materialismo dialéctico―, quien escribió: "Si los pasteles que comemos fuesen meras percepciones, no deberían saciarnos el hambre".25
Manifestaciones arrebatadas y ejemplos similares, como "comprendes la existencia de la materia cuando te dan una trompada en el rostro", se encuentran en los libros de Marx, Engels, Lenin y otros conocidos materialistas.
La confusión en la comprensión que exhiben estos ejemplos de los materialistas se aprecia en que interpretan la explicación de que "la materia es percepción" como que "la materia es un engaño producido por la luz". Piensan que el concepto de percepción se limita a la visión, y que otras percepciones, como la del tacto, tienen un correlato físico. El hecho de que un bus golpee a una persona y la tire al suelo, les hace decir: "Miren, la chocó, por lo tanto no es una percepción". Lo que no comprenden es que todas las percepciones experimentadas durante el choque, como las de dureza, colisión y dolor, se forman también en el cerebro.
El Ejemplo de los Sueños
El mejor ejemplo para explicar esta realidad son los sueños. Una persona puede experimentar sucesos muy reales al soñar. Puede caerse de la escalera, romperse la pierna, tener un accidente grave con el automóvil, quedar atrapada debajo de un bus o comer un pastel y satisfacer el hambre. Hechos similares a los que se experimentan en la vida diaria también se experimentan en los sueños, con la misma impresión y produciendo los mismos sentimientos.
Una persona que sueña que es chocada por un bus, también en el sueño puede abrir los ojos en el hospital y verse lisiado. De la misma manera, puede soñar que se mata en un choque de autos, que los ángeles de la muerte toman su alma y que empieza su vida en el otro mundo. (Esto último se experimenta de la misma manera en esta vida, es decir, es una percepción como la del sueño).
La persona percibe muy vivamente las imágenes, los sonidos, la sensación de dureza, la luz, los colores y todo lo demás que participa del sueño. Las percepciones que capta en el sueño son todas naturales como las de la vida "real". El pastel que come le sacia el hambre aunque se trate solamente de una percepción, porque el estar satisfecho es también una percepción. Sin embargo, esa persona en realidad está durmiendo en ese momento en la cama, donde no existen ni escaleras, ni tráfico, ni vehículos. Quien sueña tiene percepciones y sensaciones que no existen en el "mundo exterior". El hecho de que en nuestros sueños experimentemos y veamos sucesos sin ningún tipo de correlato físico en el "mundo exterior", revela muy claramente que este "mundo exterior" consiste, total y simplemente, en percepciones.
Quienes creen en la filosofía materialista, particularmente los marxistas, se enfurecen cuando se les habla de esta realidad, es decir, de la esencia de la materia. Citan ejemplos de los razonamientos superficiales de Marx, Engels o Lenin y emiten declaraciones emocionales.
Sin embargo, estas personas deben pensar que también pueden hacer esas declaraciones cuando sueñan. Asimismo, pueden leer "El Capital", participar de reuniones, pelear con la policía, recibir un golpe en la cabeza y, además, sentir el dolor de las heridas. Cuando en los sueños se les hace preguntas, pensarán que lo que experimentan es "totalmente material", así como creen que todo lo que ven en vigilia también es material. Sin embargo, sea en sueño o en vigilia, todo lo que vean, experimenten o sientan, consiste solamente en percepciones.
La Experiencia de Conectar los Nervios en Paralelo
Consideremos el ejemplo del accidente que propone Politzer. Si en la persona que sufre el choque, los nervios que van desde los sensores de los cinco sentidos hasta el cerebro, estuviesen conectados en paralelo a otra persona, por ejemplo, al cerebro de Politzer, también éste sentiría el golpe aunque estuviera sentado en su casa. Es decir, todo lo experimentado por la persona accidentada sería experimentado por Politzer, del mismo modo que dos personas oyen la misma canción si están conectadas al mismo aparato reproductor. Politzer verá, sentirá y experimentará el sonido del freno del vehículo, el contacto del vehículo con su cuerpo, las imágenes del brazo roto y de la pérdida de sangre, los dolores de la fractura, las imágenes del ingreso a la sala de operaciones, la dureza del yeso que se le coloca y la fragilidad del brazo.
Cualquier otra persona conectada a los nervios de la accidentada experimentará todas las alternativas indicadas, desde el principio hasta el final, igual que Politzer. Si quien sufrió el accidente entra en coma, la conectada a ella también entrará en coma. Además, si todas las percepciones del accidente automovilístico se registrasen en un mecanismo apropiado y fuesen transmitidas repetidamente a algunas otras personas, éstas tendrán las mismas sensaciones.
Siendo así, ¿cuál de los buses que choca a las distintas personas es el real? La filosofía materialista no tiene ninguna respuesta a esta pregunta. La respuesta correcta es que todas las personas del caso experimentaron en sus mentes el accidente con todos los pormenores.
El mismo principio se aplica a los ejemplos del pastel y de las piedras. Si los nervios de los órganos sensoriales de Engels que sintieron la saciedad en el estómago después de ingerir el pastel, hubieran estado conectados en paralelo al cerebro de una segunda persona, ésta también se habría sentido satisfecha y llena. Si los nervios de Johnson, quien sintió el dolor en el pie cuando pateó una piedra, hubieran estado conectados en paralelo a otra persona, está habría sentido el mismo dolor.
Luego, ¿cuál piedra y cuál pastel son reales? La filosofía materialista, nuevamente, no puede dar una respuesta coherente. La respuesta correcta y coherente es que tanto Engels como la segunda persona que en sus mentes registraron la ingestión del pastel quedaron satisfechas; y del mismo modo, tanto Johnson como la otra persona han experimentado en sus mentes plenamente la patada a la piedra.
Introduzcamos un cambio en la primera experiencia. Conectemos los nervios del que sufre el choque al cerebro de Politzer, y los nervios de éste, que está sentado en su casa, al cerebro del accidentado. Entonces Politzer sentirá que el bus lo chocó, aunque esté sentado en la casa, y el accidentado no sentirá nunca el impacto y pensará que está sentado en la casa de Politzer. La misma lógica es aplicable a los ejemplos del pastel y de la piedra.
Como se puede ver, no es posible que el ser humano trascienda sus sentidos y se separe o libere de ellos. Es decir, el alma de una persona puede estar sometida a todos los tipos de representaciones aunque no tenga cuerpo físico ni existencia material y carezca también de peso material. La persona no se puede dar cuenta de esto porque supone que las imágenes tridimensionales son reales y está absolutamente convencida de que existen porque, como todos, ella depende de las percepciones que provocan e imprimen sus órganos sensoriales.
El conocido filósofo británico David Hume expresa lo que piensa al respecto:
Hablando con franqueza, cuando me incluyo en lo que llamo "mi mismo", siempre me encuentro con una percepción específica de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, dulce o agrio, etc. Sin la existencia de una percepción, nunca puedo aprehenderme, capturarme, en un momento particular. Lo único que puedo advertir es la percepción.26
La Formación de las Percepciones en el Cerebro no Es Algo Filosófico Sino Un Hecho Científico
Los materialistas pretenden que lo que hemos estado diciendo es un punto de vista filosófico. Sin embargo, sostener que el "mundo exterior", como lo llamamos, es un conjunto de percepciones, no se trata de filosofía sino de un claro hecho científico. En todas las escuelas de medicina se enseña pormenorizadamente cómo se forman las imágenes y las sensaciones en el cerebro. Estos hechos, probados por la ciencia del siglo XX, particularmente por la física, muestran claramente que la materia no tiene realidad en absoluto y que cada uno, en cierto sentido, está observando el "monitor en su cerebro".
Todos los que creen en la ciencia, sean ateos, budistas o cualquier otra cosa, tienen que aceptar esta realidad. Algún materialista podrá negar la existencia de un Creador, pero no puede negar esta verdad científica.
La incapacidad de Carlos Marx, Federico Engels, George Politzer y otros para comprender una realidad tan evidente y simple resulta pasmosa, si bien es cierto que el nivel de conocimiento científico y las posibilidades de entender esto en aquella época eran insuficientes. En nuestro tiempo, la ciencia y la tecnología están muy avanzadas y descubrimientos recientes permitieron discernir más fácilmente este hecho. Los materialistas actuales, por otra parte, quedan inmersos en lágrimas al advertir, aunque sea parcialmente, la realidad de la que hablamos, y al constatar cómo su filosofía resulta definidamente demolida.
El Gran Temor de los Materialistas
Por algún tiempo, no hubo ninguna reacción substancial de parte de los círculos materialistas turcos en contra de lo que se plantea en este libro, es decir, que la materia es una simple percepción. Esto nos había dado la impresión de que no habíamos aclarado suficientemente el tema y que requería más explicación. Sin embargo, poco después se supo que los materialistas estaban muy inquietos por la difusión que había alcanzado la cuestión, además del temor que abrigaban frente a ello.
Esa aprensión y pánico también la expresaron a viva voz en sus publicaciones, conferencias y paneles. Los discursos mostraban desesperanza y perturbación, lo cual indicaba una grave crisis intelectual. El colapso del fundamento científico de su filosofía, es decir, de la teoría de la evolución, fue un gran golpe para ellos. Y ahora están comprobando que experimentan un golpe más duro que el que recibieron por medio de la impugnación científica del darwinismo, pues su concepto de la materia, que es más importante para ellos, pierde vigencia y sentido. Declaran que esta cuestión es "la amenaza más grande" al materialismo, y que "demuele totalmente su edificio cultural".
Uno de los que manifestaron más abiertamente la ansiedad y pavor sentidos en los círculos materialistas, fue Rennan Pekunlu, académico y colaborador de Bilim ve Utopya (Ciencia y Utopía), periódico que asumió la tarea de defender el materialismo. Tanto en los artículos publicados en "Ciencia y Utopía" como en los paneles en que participó, presentó el libro "El Engaño del Evolucionismo" de Harun Yahya como la "amenaza" número uno para el materialismo. Más que los capítulos que invalidan el darwinismo, lo que preocupó a Pekunlu fue la parte que ahora están leyendo ustedes. Le dijo a su audiencia (sólo un puñado de gente): No se extravíen ustedes mismos aceptando el adoctrinamiento del idealismo y mantengan la fe materialista, y a continuación exhibió, como referencia a ese objeto, al líder de la sangrienta revolución comunista en Rusia. Al aconsejar al público que lea el libro de Lenin escrito hace cien años, titulado "Materialismo y Empiriocriticismo", lo único que hizo fue repetir los consejos de su autor en cuanto a "no pensar sobre la cuestión o se saldrán del carril del materialismo y serán seducidos por la religión". En un artículo que escribió Pekunlu en el periódico mencionado, cita lo siguiente de Lenin:
Una vez que niega la realidad objetiva, aceptando las sensaciones, ya ha perdido el arma contra el fideísmo, porque se ha deslizado al agnosticismo o subjetivismo, que es lo que requiere el fideísmo. Una sola pata entrampada, y el pájaro está perdido. Y nuestros Machistas (seguidores de la filosofía del físico Ernst Mach, quien vivió entre 1838 y 1916) se han entrampado en el idealismo, es decir, en el fideísmo diluido, sutil. Han quedado entrampados desde el momento en que no tomaron la "sensación" como una imagen del mundo exterior sino como un "elemento" especial. Sensación de nadie, lo psíquico de nadie, espíritu de nadie, voluntad de nadie.27
Lo dicho demuestra explícitamente que las cuestiones que Lenin comprobaba de modo claro, quería eliminarlas de las ideas propias y de las de sus "camaradas". De todos modos, Pekunlu y otros materialistas sufren una angustia aún más grande, pues son conscientes de que ahora se enfrentan a una situación mucho más explícita, firme y convincente que hace cien años. Por primera vez en la historia del mundo este tema está siendo explicado de modo incontrastable.
No obstante, la situación general nos muestra un gran número de científicos materialistas que todavía se oponen, de modo superficial, al hecho de que "la materia no es más que una ilusión". El tema que se explica en este capítulo es uno de los más importantes y excitantes de todos con los que uno se puede cruzar en la vida. Nunca antes los materialistas se habían enfrentado con un asunto tan decisivo. Sin embargo, al ver cómo se expresan en sus artículos y discursos, se puede notar lo somero y superficial del entendimiento que poseen.
Al extremo de que las reacciones de algunos de ellos nos hacen ver que la adhesión ciega al materialismo les ha provocado algún tipo de daño en su pensamiento lógico, motivo por el cual están muy lejos de comprender el tema. Por ejemplo, Alaattin Senel, también académico y colaborador de "Ciencia y Utopía", dice cosas parecidas a las de Pekunlu: Olvídense del colapso del darwinismo, (porque) la amenaza real es ésta. Viendo que su propia filosofía carece de todo sentido, exige a otros cosas como "¡prueben lo que dice!". Lo más interesante es que este académico ha escrito que no pudo, por ningún medio, entender esa realidad que considera un reto.
Por ejemplo, en un artículo donde discutió exclusivamente este tema, Senel acepta que el mundo exterior es percibido en el cerebro como una imagen. Sin embargo, pasa a suponer que las imágenes se dividen en dos categorías: las que tienen un correlato físico y las que no. Y las que tienen correlato físico son las pertenecientes al mundo externo. Con el objeto de apoyar lo que afirma, da "el ejemplo del teléfono". En resumen, escribió: No sé si la imagen en mi cerebro tiene correlato o no en el mundo exterior, pero lo mismo se aplica cuando hablo por teléfono. Al hacerlo, no puedo ver a la persona con la que estoy comunicado pero puedo tener esta conversación, que la confirmo más tarde cuando me reúno con quien hablé.28
Lo que dice realmente el escritor es: "Si dudamos de nuestras percepciones, podemos controlar su realidad". Sin embargo, evidentemente, este es un concepto equivocado porque es imposible que alcancemos la materia en sí. Nunca podemos salir de nuestra mente y saber qué hay en "el exterior". Si la voz en el teléfono tiene correlato o no en el "mundo exterior", puede ser confirmado por la persona al otro lado de la línea. Sin embargo, esta confirmación también es una apariencia experimentada por la mente.
En realidad, esa gente percibe los mismos sucesos en los sueños. Por ejemplo, cuando Senel sueña también puede ver que habla por teléfono y que el interlocutor le confirma la conversación. O Pekunlu puede sentirse en sueños enfrentando "una seria amenaza" y aconsejar a la gente que lea libros escritos por Lenin hace un siglo. De todos modos, independientemente de lo que dicen, los materialistas nunca pueden negar que los sucesos que han experimentado y la gente con la que hablaron en sus sueños no son más que percepciones.
¿Quién confirmará entonces si las imágenes en el cerebro tienen correlatos o no? ¿Las imágenes en el cerebro? Sin duda, es imposible para los materialistas encontrar una fuente de información que pueda suministrar datos concernientes al exterior del cerebro, y confirmarlos.
Aceptar que todas las percepciones se forman en el cerebro y a la vez asumir que uno puede "salirse" de allí y confirmar las percepciones por medio del mundo externo real, revela que la capacidad perceptiva de la persona es limitada y que cuenta con un razonamiento distorsionado.
Sin embargo, la realidad de la que hablamos aquí puede ser fácilmente aprehendida por una persona con un nivel de comprensión y razonamiento normales. Toda persona imparcial debería saber, en relación con todo lo que hemos dicho, que no es posible probar la existencia del mundo exterior con los sentidos. No obstante, parece que la adhesión ciega al materialismo distorsiona la capacidad de razonamiento. Por ese motivo los materialistas contemporáneos exhiben severos defectos de método, al igual que todos sus mentores, quienes intentaron "probar" la existencia de la materia pateando piedras y comiendo pasteles.
También hay que decir que no es algo sorprendente, porque la incapacidad de comprensión es un rasgo común a todos los incrédulos. Dice el Corán, de modo específico, que los incrédulos "son gente que no razona" (Corán, 5:58).
Los Materialistas Han Caído en la Trampa Más Grande de la Historia
La situación de pánico que se extiende por los círculos materialistas en Turquía, cosa de la que dimos unos pocos ejemplos, muestra que enfrentan una derrota total, como nunca sufrieron en la historia. La realidad de que la materia es simplemente una percepción, ha sido probada por la ciencia moderna y se presenta de manera muy clara, íntegra y válida. Lo único que les falta a los materialistas es ver el colapso de todo el mundo material en el que creen y confían.
A lo largo de la historia de la humanidad siempre existió el pensamiento materialista. Al sentirse muy seguros de ellos mismos y de la filosofía en que creen, se revelan contra Dios, Quien los ha creado. El escenario que plantean sostiene que la materia no tiene principio ni fin y que no hay ninguna posibilidad de que tenga un Creador. En tanto que niegan a Dios debido a la arrogancia, se refugian en la materia sosteniendo que tiene una existencia real. Estaban tan confiados en su filosofía que pensaron que nunca se podría presentar una explicación que pruebe lo contrario.
A ello se debe la gran sorpresa que produjeron las realidades contadas en este libro respecto a la verdadera naturaleza de la materia, pues destruye la esencia de la filosofía materialista y ya no hay ningún motivo para proseguir la discusión. La materia, en la que basaron toda sus formas de pensar, vidas, arrogancia y rechazos, desaparecía de golpe. ¿Cómo puede existir el materialismo si la materia no existe?
Uno de los atributos de Dios es Su intriga contra los incrédulos: "…Intrigaban ellos e intrigaba Dios, pero Dios es el mejor de los que intrigan." (Corán, 8:30).
Dios entrampó a los materialistas haciéndoles suponer que la materia existe. De ese modo los humilló de manera inadvertida. Los materialistas juzgan que realmente existe lo que tienen, el estatus, el rango, la sociedad a la que se pertenece, el mundo en su conjunto y todo lo demás, con lo cual aumentaron su arrogancia frente a Dios. Se revelaron contra Dios por medio de la jactancia, con lo que creció su incredulidad. Y para proceder así confiaron plenamente en la existencia de la materia. Tienen una comprensión tan deficiente, que no llegan a entender que Dios los abarca. Dios anuncia a los incrédulos el estado en que se encontrarán debido a su torpeza:
¿O quieren urdir una estratagema? Pero los que no creen, serán las víctimas de esa estratagema (Corán, 52:42).
Probablemente esta es su más grande catástrofe en la historia. Mientras crecían en su arrogancia fueron entrampados y sufrieron una seria derrota por medio de discutir algunas cosas monstruosas en oposición a El, en la guerra que promovieron en Su contra. El versículo, Así, hemos puesto en cada ciudad a los más pecadores de ella para que intriguen. Pero, al intrigar, no lo hacen sino contra sí mismos, sin darse cuenta (Corán, 6:123), da a conocer la inconsciencia de la gente que se revela contra Su Creador, y cómo finalizarán. Otro versículo sobre el mismo tema dice:
Tratan de engañar a Dios y a los que creen; pero, sin darse cuenta, sólo se engañan a sí mismos (Corán, 2:9).
Mientras los incrédulos recurren a artimañas, no se dan cuenta de un hecho muy importante, como lo enfatizan las palabras pero, sin darse cuenta, sólo se engañan a sí mismos, en el versículo arriba citado. Todo lo que experimentan es algo imaginario, diseñado para que lo perciban, y todas las maquinaciones que idean son nada más que imágenes formadas en sus cerebros, del mismo modo que se forman por cualquier otro acto. La insensatez les ha hecho olvidar que están a solas con Dios, y por ende, quedan entrampados por sus propios planes descarriados.
Los incrédulos de hoy día deben enfrentar en un grado no menor que los de otras épocas, una realidad que destrozará desde la misma base esos designios tortuosos. Con el versículo, ...¡Las artimañas del Demonio son débiles! (Corán, 4:76), Dios ha dicho que los que intrigan están condenados a fracasar y da las buenas nuevas a los creyentes: ...sus artimañas no os harán ningún daño... (Corán, 3:120).
En otro versículo dice Dios: Las obras de los infieles son como espejismo en una llanura: el muy sediento cree que es agua, hasta que, llegado allá, no encuentra nada… (Corán, 24:39). También el materialismo se convierte en un espejismo para los rebeldes, pues cuando recurren al mismo no encuentran más que una ilusión. Dios los ha engañado con ese espejismo al hacerles percibir como reales las imágenes que observan. Esas personas "eminentes" ―profesores, astrónomos, biólogos, físicos, etc.― independientemente de sus rangos y cargos, simplemente, son engañadas como niños y son humilladas porque toman a la materia como su dios. Supusieron a las imágenes como categóricas y basaron en ello su filosofía e ideología, se enzarzaron en serias discusiones y adoptaron el llamado discurso "intelectual". Parecían lo suficientemente "sabias" como para ofrecer un argumento acerca de la realidad del universo, y lo que es más importante, para discutir acerca de Dios con su inteligencia limitada. Dios explica esto así:
E intrigaron y Dios intrigó también. Pero Dios es el Mejor de los que intrigan. (Corán, 3:54).
Es posible que se pueda escapar de algunos tejemanejes (es decir, Dios puede perdonar algunas cosas). Sin embargo, el plan de Dios contra los incrédulos es constante, permanente y de ninguna manera se puede escapar del mismo. No importa lo que hagan o a lo que apelen los materialistas. Nunca pueden encontrar ayuda más que en Dios, como está dicho en el Corán: ...No encontrarán, fuera de Dios, amigo ni auxiliar. (Corán, 4:173).
Los materialistas nunca esperaron caer en una trampa así. Pensaron que teniendo a su disposición los medios del siglo XX, podían ser más obstinados en su rechazo y llevar a la gente a la incredulidad. Esa mentalidad permanente de los ateos, y el fin que encontrarán, se describen en el Corán:
Urdieron una intriga sin sospechar que Nosotros urdíamos otra. Y ¡mira cómo terminó su intriga! Les aniquilamos a ellos y a su pueblo, a todos. (Corán, 27:50-51).
En otro sentido, la realidad que comunica el versículo es la siguiente: se les hace comprobar a los materialistas que todo lo que poseen no es más que una ilusión; por lo tanto, no tiene ninguna existencia real. Mientras dan testimonio del patrimonio que poseen, de las fábricas, el oro, los dólares, los hijos, las esposas, los amigos, el nivel social, los cargos importantes e incluso el propio cuerpo ―lo cual consideran que existe―, se les escabulle de las manos todo eso y son "aniquilados" en los términos indicados en 27:51. En ese momento ya no son más "materia" sino almas.
No cabe ninguna duda de que no hay nada peor para los materialistas que comprobar esta verdad. El hecho de que lo que posean no sea más que ilusión, es equivalente, en sus propias palabras, a "la muerte antes de morir" en este mundo.
Dicha realidad los deja a solas con Dios. Mediante el versículo que dice: Déjame solo con quien Yo he creado (C. 74:11), Dios nos hace ver que, en realidad, cada ser humano está a solas en Su presencia. Este hecho notable es repetido en muchos otros versículos.
Habéis venido uno a uno a Nosotros, como os creamos por vez primera, y habéis dejado a vuestras espaldas lo que os habíamos otorgado… (Corán, 6:94).
Todos vendrán a El, uno a uno, el día de la Resurrección. (Corán, 19:95).
El significado de lo dicho, en otro sentido, es el siguiente: quienes toman a la materia como si fuese dios, provienen de Dios y retornan a El. Les guste o no, todos se someterán a la voluntad de Dios y tienen que esperar el Día del Juicio, momento en el que deberán rendir cuentas. Independientemente de lo renuentes que sean en comprender esto.
Conclusión
El tema que hemos explicado hasta ahora es una de las más grandes verdades que podrán escuchar mientas vivan. El demostrar o comprobar que el mundo material es en realidad una "imagen", es la clave para entender la existencia de Dios y de Su creación, y comprender que El es la única existencia categórica.
Quien advierte o intuye esto, entiende que el mundo no es el tipo de lugar que la mayoría de la gente supone. El mundo no es para nada un lugar de existencia real, como presumen quienes van por las calles de aquí para allá, se pelean en los bares, se exhiben en lugares lujosos, se jactan de las propiedades que poseen o dedican la vida a cosas sin sentido. El mundo es solamente un conjunto de percepciones, una ilusión. La gente a la que nos referimos antes, son solamente imágenes que observan las percepciones en su mente. No obstante, no tienen conciencia de ello.
El concepto mencionado es muy importante para desnudar la filosofía materialista ―que niega la existencia de Dios― pues la hace colapsar. A ello se debió que materialistas como Marx, Engels y Lenin sintieran pánico y se enfurecieran al escuchar en su época los conceptos que sostenemos, y advirtieran a sus seguidores que "no piensen" en ello. En realidad, gente así, se encuentra en tal estado de deficiencia mental que ni siquiera puede comprender que las percepciones se forman dentro del cerebro. Suponen que el mundo que observan en el cerebro se trata del "mundo exterior" y no pueden captar la obviedad de lo opuesto.
Esa inconsciencia es el resultado de la falta de sabiduría que Dios produce en los incrédulos. En el Corán se dice que los incrédulos ...Tienen corazones con los que no comprenden, ojos con los que no ven, oídos con los que no oyen... (Corán, 7:179).
Se puede profundizar en este punto por medio de la capacidad de reflexión. Para ello hay que considerar atentamente de qué manera se ven los objetos a nuestro alrededor y de qué manera se los interpreta al palparlos. Si uno procede con cuidado, entenderá que el ser inteligente que ve, oye, toca, piensa y lee ahora este libro, es solamente un alma, la cual observa sobre una pantalla (como la del cine) lo que se llama "materia", en sus distintos aspectos, bajo la forma de distintas percepciones. Se considera que la persona que discierne esto ha salido del campo del mundo material ―que engaña a la mayoría del género humano― y ha entrado al campo de la verdadera existencia.
Esta realidad ha sido advertida por una serie de creyentes en Dios o filósofos a lo largo de la historia. Intelectuales islámicos como el Imam Rabbani (nació en H. 972 ―C. 1564― y falleció en H. 1034 ―C. 1624―), Muhyyidin Ibn al-'Arabi (nació en H. 560 ―C. 1165― y falleció en H. 638 ―C. 1240―) y Mawlana Jami (nació en H. 817 ―C. 1414― y falleció en H. 898 ―C. 1493―), se dieron cuenta de esta realidad a partir de los signos suministrados por el Corán y gracias al uso de la razón. Algunos filósofos occidentales como George Berkeley han entendido la misma realidad por medio de la razón. Imam Rabbani ha escrito en Maktubat (Cartas) que todo el universo material es "una ilusión y suposición (percepción)" y que la única existencia absoluta es Dios:
Dios... La sustancia de esas existencias que El ha creado no es otra cosa que la nada... El creó todas en la esfera de los sentidos y de las ilusiones... La existencia del universo está en la esfera de los sentidos y de las ilusiones, y no es material... En verdad, en el exterior, excepto la Existencia Gloriosa (es decir, Dios), no hay nada.29
Imam Rabbani dijo explícitamente que todas las imágenes presentadas al ser humano no son más que ilusiones, y no tienen su contraparte "original" en el "exterior".
Este ciclo imaginario está representado en la imaginación. Se ve en el grado de lo que está retratado. Pero con los ojos de la mente. En el exterior parece como si se viera con los ojos de la cabeza. Sin embargo, no es así. En el exterior no tiene ninguna huella, ninguna señal. No hay ninguna circunstancia para ser visualizada. Eso es lo que sucede con el rostro de una persona que se refleja en el espejo. Sin duda ambos, su constancia y su reflejo, están en la IMAGINACION. Y Dios es Quien conoce Mejor.30
Mawlana Jami comunicó la misma realidad que descubrió siguiendo los signos o referencias del Corán y usando la razón: "Todo lo que hay en el universo son sentidos e ilusiones. Son como reflejos en espejos o como sombras".
Sin embargo, la cantidad de los que han comprendido este hecho a lo largo de la historia siempre ha sido limitada. Grandes eruditos como Imam Rabbani, han escrito que podría no ser conveniente contar esto a todos y que la mayoría de la gente no estaría en condiciones de entenderlo.
Pero en la época en que vivimos el tema que tratamos se ha vuelto empírico debido a la cantidad de evidencias presentadas por la ciencia. El hecho de que el universo es una imagen, se describe por primera vez en la historia de un modo muy concreto, claro y explícito.
Por esa razón, el siglo XXI será un punto de inflexión histórico, pues la mayoría de la gente podrá comprender las realidades divinas y dirigirse en multitudes a Dios, la única Existencia Categórica. El credo materialista del siglo XIX será relegado en el siglo XXI al gran basurero de la historia. Se entenderá la existencia de Dios y Su Gran Creación, se comprenderá la inexistencia del espacio y del tiempo; la humanidad se liberará de los velos milenarios, de los engaños y de las supersticiones que la envuelven.
No es posible que este curso ineludible sea impedido por ninguna imagen.
LA RELATIVIDAD DEL TIEMPO Y
LA REALIDAD DEL DESTINO
Todo lo relatado hasta ahora demuestra que el "espacio tridimensional" no existe en realidad, que se trata de un prejuicio sustentado completamente con las percepciones y que transcurrimos la vida "fuera de todo espacio". Para afirmar lo contrario debería tenerse una creencia supersticiosa muy alejada de la razón y de la verdad científica, porque no hay ninguna prueba válida de la existencia de un mundo material tridimensional.
Esto refuta el primer supuesto de la filosofía materialista, en la cual se basa la teoría de la evolución, es decir, que la materia es absoluta y eterna. El segundo supuesto sobre el que descansa la filosofía materialista es que el tiempo es absoluto y eterno, lo cual es una superstición igual que el primero.
La Percepción del Tiempo
Lo que percibimos como “el tiempo” se realiza por medio de un método que consiste en comparar un momento con otro. Expliquemos esto con un ejemplo. Cuando una persona perfora un objeto, oye un ruido particular. Cuando vuelve a perforar el mismo objeto cinco minutos después, oye otro sonido. La persona percibe que hay un intervalo entre el primero y el segundo sonido, a ese intervalo lo llama "tiempo". Pero al oír el segundo sonido, el primero no es más que un recuerdo en la mente. Es, simplemente, un elemento de información en la memoria. La persona formula el concepto de "tiempo" comparando el momento que está viviendo con el que tiene en el recuerdo. Si no se hace esta comparación, no puede existir ningún concepto de tiempo.
En otras palabras, la percepción del tiempo se produce cuando se comparan en el cerebro distintos momentos e informaciones: alguien pasa por la puerta, entra a una sala y se sienta en un sillón.
En resumen, el tiempo pasa a existir como resultado de la confrontación hecha entre algunas ilusiones o espejismos almacenados en el cerebro. Si el observador del caso careciese de memoria, el cerebro no haría esas interpretaciones y por lo tanto nunca podría formarse el concepto de tiempo. La única razón por la que alguien se determina a tener treinta años de edad, es porque en la mente acumuló información de todo ese lapso de tiempo. Si no existiese la memoria no se acordaría del período anterior y experimentaría solamente el "momento" que vive.
La Explicación Científica de la Inexistencia del Tiempo
Intentemos aclarar este asunto citando las explicaciones sobre la materia dadas por distintos eruditos y científicos. Respecto del tema del tiempo que retrocede, el conocido intelectual y profesor de genética laureado con el premio Nobel, François Jacob, dice lo siguiente, en su libro Le Jeu des Possibles (Lo Potencial y lo Real):
Las películas que se rebobinan nos permiten imaginar un mundo en el que el tiempo retrocede. Un mundo en el que la leche se separa del café y se sale de la taza para llegar a la lechera; un mundo en el que los rayos de luz son emitidos desde las paredes para juntarse en un lazo (centro de gravedad) en vez de fluir desde un centro de luz; un mundo en el que una piedra se desliza a la palma de la mano por medio de la colaboración asombrosa de innumerables gotas que posibilitan que salte fuera del agua. Además, en un mundo en el que el tiempo tuviese esos rasgos opuestos, los procesos del cerebro y la forma en que la memoria compilaría la información estarían funcionando también hacia atrás. Lo mismo es cierto para el pasado y para el futuro, y el mundo se nos presentará exactamente como aparece de manera corriente.31
Dado que nuestro cerebro está acostumbrado a una cierta secuencia de los sucesos, el mundo no opera para nosotros como se relata arriba y asumimos que el tiempo fluye siempre hacia adelante. Pero esta es una decisión a la que se llega en el cerebro y es relativa. En realidad, nunca sabemos cómo fluye el tiempo, o si fluye o no. Este es un indicio de que el tiempo no es una realidad absoluta sino un tipo de percepción.
La relatividad del tiempo es un hecho también comprobado por Alberto Einstein, uno de los más importantes físicos del siglo XX. Escribe Lincoln Barnett en El Universo y el Dr. Einstein:
Junto con (la existencia) del espacio absoluto, Einstein descartó el concepto de tiempo absoluto, es decir, de un fluir del tiempo universal, de manera invariable, inexorable, estable, yendo del pasado infinito al futuro infinito. Mucho de la oscuridad que ha rodeado a la Teoría de la Relatividad surge de la renuencia del ser humano a reconocer que el sentido del tiempo, al igual que el sentido del color, es una forma de percepción. Así como el espacio es simplemente un posible orden de objetos materiales, así el tiempo es simplemente un posible orden de los sucesos. La subjetividad del tiempo se explica mejor en las propias palabras de Einstein. "Las experiencias de un individuo", dice el sabio, "se nos presentan ordenadas en una serie de sucesos; en esta serie, los acontecimientos singulares que recordamos aparecen ordenados según el criterio de 'anterior y posterior'. Por lo tanto para el individuo existe un yo-tiempo o tiempo subjetivo. Este no es mensurable en sí. En realidad, lo que puedo hacer es asociar los números con los sucesos de manera que el número mayor se asocie con el último suceso antes que con uno anterior".32
Einstein mismo señaló, como se cita en el libro de Barnett: el espacio y el tiempo son formas de la intuición, lo cual no puede estar más divorciado de la conciencia que lo que pueden estar nuestros conceptos del color, de la forma o de la medida. Según la Teoría General de la Relatividad, el tiempo no tiene ninguna existencia independiente si dejamos a un lado el orden de los sucesos, por medio del cual lo medimos.33
Puesto que el tiempo consiste en percepciones, depende totalmente de quien lo percibe y por lo tanto es relativo.
La velocidad con que fluye el tiempo difiere de acuerdo a la referencia que usemos para medirlo, porque en el cuerpo humano no hay ningún reloj natural que indique con precisión la rapidez de su paso. Como escribió Lincoln Barnett: Así como no hay nada que pueda denominarse color sin un ojo que lo discierna, de la misma manera, un instante, una hora o un día no son nada, sin un suceso que los marque.34
La relatividad del tiempo es claramente experimentada en los sueños. Aunque lo que vemos en nuestros sueños parece que dura muchas horas, en realidad ocupa solamente unos minutos e incluso unos pocos segundos.
Vayamos a un ejemplo para aclarar el tema. Supongamos que estamos en una sala con una ventana diseñada específicamente y que nos quedamos allí cierto tiempo. Concedamos que en la sala hay un reloj por medio del cual controlamos la cantidad de tiempo que transcurre. Admitamos que desde la ventana de la sala vemos la salida y puesta del sol en ciertos momentos. Si después de un período determinado se nos pregunta cuánto tiempo pasamos en la sala, la respuesta que daremos se basará en las informaciones que reunimos por medio de la observación del reloj y por el cómputo de las veces que salió y se puso el sol. Por ejemplo, podemos estimar que pasamos tres días en la sala. Sin embargo, si la persona que nos llevó allí dice que estuvimos solamente dos días, que el sol que vimos desde la ventana fue una imagen producida artificialmente con una máquina simuladora y que el reloj de la sala fue regulado especialmente para que marche más de prisa, entonces el cálculo que hicimos nosotros pierde sentido.
Este ejemplo confirma que la información que tenemos acerca de la velocidad del paso del tiempo, se basa en referencias relativas. La relatividad del tiempo es un hecho científico probado también por la metodología científica. La Teoría de la Relatividad General de Einstein sostiene que el cambio de la velocidad del tiempo depende de la velocidad del objeto y de su posición en el campo gravitatorio. Mientras la velocidad aumenta, el tiempo se acorta y se comprime: va disminuyendo como si se dirigiese al punto de "detención".
Expliquemos esto con un ejemplo dado por Einstein. Imaginemos dos mellizos, uno de los cuales permanece en la Tierra, en tanto que el otro viaja por el espacio a una velocidad cercana a la de la luz. Cuando éste vuelva a la Tierra verá que el hermano envejeció mucho más que él. La razón es que el tiempo pasa mucho más lentamente para la persona que viaja a velocidades cercanas a la de la luz. Consideremos un padre viajero del espacio y su hijo terráqueo. Si el padre tuviese veintisiete años cuando dejó al hijo de tres años en la Tierra, al regresar a ésta treinta años más tarde (tiempo de la Tierra), el hijo tendrá treinta y tres años mientras que él solamente treinta años.35
Esta relatividad del tiempo no es causada por la aceleración o desaceleración de un dimanar mecánico. Más bien es el resultado de los períodos modificados de las operaciones de todo el sistema de la existencia material, que alcanzan hasta las partículas subatómicas. En otras palabras, para la persona que lo experimenta, la reducción del tiempo no se advierte como si actuara en una película en cámara lenta. En una situación donde el tiempo se acortara, la replicación de las células, los latidos del corazón, las funciones del cerebro, etc., operarían todos más lentamente que los movimientos más lentos en la Tierra. Con todo, la persona del caso continuaría su vida regular sin advertir para nada el acortamiento del tiempo. En realidad, esa reducción ni siquiera se haría aparente hasta que se realizaran las comparaciones.
La Relatividad en el Corán
La conclusión a la que nos vemos conducidos por los descubrimientos de la ciencia moderna, es que el tiempo no es una realidad absoluta como suponen los materialistas, sino solamente una percepción relativa. Lo más interesante es que esta realidad, no descubierta por la ciencia hasta el siglo XX, fue revelada al género humano en el Corán hace catorce siglos. En el Corán hay varias referencias a la relatividad del tiempo.
En muchos versículos coránicos es posible ver el hecho, probado científicamente, de que el tiempo es una percepción psicológica que depende de los sucesos, del medio circundante y de las situaciones. Por ejemplo, toda la vida de una persona es muy breve en el tiempo, como se nos informa en el Corán:
El día que os llame, responderéis alabándole y creeréis no haber permanecido sino poco tiempo. (Corán, 17:52).
Y el día que les congregue, será como si no hubieran permanecido más de una hora del día. Se reconocerán… (Corán, 10:45).
Algunos versículos indican que hay gente que percibe el tiempo de manera distinta, y que a veces las personas pueden percibir un tiempo muy corto como si fuese muy largo. Lo que conversa la gente durante el juicio en el otro mundo es un buen ejemplo de esto:
Dirá: "¿Cuántos años habéis permanecido en la tierra?". Dirán: "Hemos permanecido un día o parte de un día. ¡Interroga a los encargados de contar!". Dirá: "No habéis permanecido sino poco tiempo. Si hubierais sabido... (Corán, 23:112-114).
En otros versículos Dios dice que el tiempo puede fluir a un paso distinto en medios circundantes diferentes:
Te piden que adelantes la hora del castigo, pero Dios no faltará a su promesa. Un día junto a tu Señor vale por mil años de los vuestros. (Corán, 22:47).
Los ángeles y el Espíritu ascienden a El en un día que equivale a cincuenta mil años. (Corán, 70:4).
El dispone todos los asuntos desde el cielo a la tierra. Luego, todo ascenderá a El en un día equivalente en duración a mil años de los vuestros. (Corán, 32:5).
Estos versículos, que expresan claramente la relatividad del tiempo ―conclusión a la que llegaron los científicos solamente en el siglo XX―, fue comunicada a los seres humanos hace mil cuatrocientos años por el Corán, como una señal de su revelación, por parte de Dios, Quien abarca todo el tiempo y el espacio.
Muchos otros versículos coránicos revelan que el tiempo es una percepción, particularmente en los relatos. Por ejemplo, Dios ha mantenido a los Compañeros de la Cueva ―un grupo de creyentes mencionados en el Corán― en un sueño profundo durante más de tres siglos. Esas personas, cuando despertaron, pensaron que habían estado dormidas durante un tiempo breve y no podían darse cuenta de la duración del sueño en el que permanecieron:
Y les hicimos dormir en la caverna durante muchos años. Luego, les despertamos para saber cuál de los dos grupos calculaba mejor cuánto tiempo habían permanecido. (Corán, 18:11-12).
Así estaban cuando les despertamos para que se preguntaran unos a otros. Uno de ellos dijo: "¿Cuánto tiempo habéis permanecido?". Dijeron: "Permanecimos un día o menos". Dijeron: "Vuestro Señor sabe bien cuánto tiempo habéis permanecido... (Corán, 18:19).
La situación que se relata en el versículo que sigue sirve también de evidencia de que el tiempo es en verdad una percepción psicológica:
O como quien pasó por una ciudad en ruinas. Dijo: "¿Cómo va Dios a devolver la vida a ésta después de muerta?". Dios le hizo morir y quedar así durante cien años. Luego, le resucitó y dijo: "¿Cuánto tiempo has permanecido así?". Dijo: "He permanecido un día o parte de un día". Dijo: "No, que has permanecido así cien años. ¡Mira tu alimento y tu bebida! No se han echado a perder. ¡Mira a tu asno! Para hacer de ti un signo para los hombres. ¡Mira los huesos, cómo los componemos y los cubrimos de carne!". Cuando lo vio claro, dijo: "Ahora sé que Dios es omnipotente". (Corán, 2:259).
Este versículo enfatiza claramente que Dios, Quien creó el tiempo, no está sujeto al mismo. El ser humano, sin embargo, resulta ligado al tiempo, lo cual está dispuesto por Dios. Como en el versículo, el ser humano incluso es incapaz de saber cuánto ha dormido. Por lo tanto, asegurar que el tiempo es absoluto (como lo hacen los materialistas con su pensamiento distorsionado) es muy irrazonable.
El Destino
La relatividad del tiempo aclara un tema muy importante: es tan variable, que un período que para nosotros abarca billones de años, dura solamente un segundo en otra perspectiva. Por otra parte, un enorme lapso de tiempo, que va desde el inicio del mundo a su término, puede no durar siquiera un segundo, sino apenas un instante en otra dimensión.
Esta es la esencia del concepto de destino, concepto que no es bien comprendido por la gente y en especial por los materialistas, quienes lo niegan completamente. El destino es el conocimiento perfecto que tiene Dios de todos los sucesos pasados y futuros. Muchas personas cuestionan cómo puede ser que Dios ya conozca sucesos que aún no se experimentaron, y eso no les permite comprender la legitimidad del destino. Pero los "sucesos aún no experimentados" son solamente así para nosotros (se ubican dentro del ámbito del ser humano). Dios no está constreñido por el tiempo y el espacio porque El los creó. Por esta razón, pasado, presente y futuro son lo mismo para Dios; para El todas las cosas ya han ocurrido y finalizado.
En El Universo y el Dr. Einstein, Lincoln Barnett explica cómo la Teoría de la Relatividad General conduce a esa conclusión. Según Barnett, el universo puede ser abarcado en toda su majestad solamente por un intelecto cósmico.36 La voluntad que Barnett llama "intelecto cósmico", es la sabiduría y conocimiento de Dios, Quien reina sobre todo el universo. Como podemos ver fácilmente, así como nos es dable observar el inicio, transcurso y final de un gobernante, incluido todo lo que acontece en ese período, Dios conoce el tiempo al que estamos sujetos, desde el inicio hasta el final, como si se tratase de un solo momento o período. De todos modos, las personas experimentan los incidentes solamente cuando llega el momento en que ocurren, y entonces somos testigos del destino que Dios creó para ellas.
También es importante llamar la atención sobre la superficialidad que prevalece en nuestra sociedad sobre la comprensión del destino, la cual es distorsionada. Se cree erróneamente que Dios ha determinado un "destino" para cada persona y que el mismo puede ser modificado por el individuo. Por ejemplo, la gente comenta acerca de un enfermo que escapó de la muerte, diciendo "derrotó a su destino". Nadie es capaz de cambiar su destino. Quien escapó de la muerte, no murió, precisamente, porque todavía no era su momento. Irónicamente, el destino de esos que se autoengañan diciendo "escapé de mi destino", es que tienen que decir eso y mantener esa disposición o inclinación.
El destino es el conocimiento eterno de Dios y para El, Quien conoce el tiempo como un solo momento y Quien prevalece sobre el conjunto del tiempo y del espacio. En el destino todo está determinado y concluido. También comprendemos, de lo que El relata, que el tiempo es uno para Dios: algunos incidentes que nos parecen sucederán en el futuro, en el Corán son tratados de tal manera como si ya hubieran tenido lugar mucho antes. Por ejemplo, los versículos que describen las explicaciones que la gente debe dar a Dios en el más allá, se relatan como sucesos que ocurrieron hace tiempo (o como si ocurrieran cuando se reveló el Corán) (Nota del traductor: Se usaron los tiempos verbales que aparecen en el Corán árabe, aunque en la traducción de Cortés están en futuro):
Se toca la trompeta y los que están en los cielos y en la tierra caen fulminados, excepto los que Dios quiera. Se toca la trompeta otra vez y he aquí que se ponen en pie, mirando. La tierra brilla con la luz de su Señor. Se saca la Escritura. Se hace venir a los profetas y a los testigos. Se decide entre ellos según justicia y no son tratados injustamente... Se dice (a los infieles): “¡Entrad por las puertas del Infierno...! Pero los que hayan temido a su Señor son conducidos en grupos al Paraíso... (Corán, 39:68-73).
Otros versículos sobre el tema son:
Cada uno vino acompañado de un conductor y de un testigo. (Corán, 50:21).
El cielo se hendió, pues ese día está quebradizo. (Corán, 69:16).
Les retribuyó, por haber tenido paciencia, con un Jardín y con vestiduras de seda. Reclinados allí en sofás, están resguardados allí del calor y del frío excesivo. (Corán, 76:12-13).
Y se hace aparecer el fuego del Infierno a quien pueda ver. (Corán, 79:36).
Ese día los creyentes se ríen de los infieles, (Corán, 83:34).
Los pecadores vieron el Fuego y creyeron que se precipitaban en él, sin encontrar modo de escapar. (Corán, 18:53).
Como se puede ver, lo que va a ocurrir después de nuestra muerte (desde nuestro punto de vista) se relata en el Corán como sucesos pasados ya experimentados. Dios no está atado a la relatividad del tiempo en el que estamos confinados nosotros. Dios ha dispuesto estas cosas en la intemporalidad: (Para El) las personas ya las han cumplido y todos los sucesos han sido vividos y han terminado. Dios comunica en el versículo que sigue que todo suceso, grande o pequeño, está dentro de Su conocimiento y registrado en un Libro:
En cualquier situación en que te encuentres, cualquiera sea el pasaje que recites del Corán, cualquier cosa que hagáis, Nosotros somos testigos de vosotros desde su principio. A tu Señor no se Le pasa desapercibido el peso de un átomo en la tierra ni en el cielo. No hay nada, menor o mayor que eso, que no esté en una Escritura clara. (Corán, 10:61).
La Angustia de los Materialistas
Las cuestiones discutidas en este capítulo, es decir, la verdad subyacente a la materia, la inexistencia del tiempo y del espacio, resultan extraordinariamente claras. Como expresamos antes, no se trata, definidamente, de ningún tipo de filosofía o forma de pensar, sino de resultados científicos imposibles de negar. Además de ser una realidad técnica, la evidencia tampoco admite ninguna otra alternativa lógica o racional en este tema: el universo es una entidad ilusoria con toda la materia que lo compone y con todas las criaturas que viven en él. Se trata de un conjunto de percepciones.
A los materialistas les es difícil comprender esto. Verbigracia, retomemos el ejemplo del bus de Politzer: aunque éste sabía que técnicamente no podía salirse de sus percepciones, las admitía solamente en ciertos casos. Es decir, para él los sucesos tienen lugar en el cerebro hasta que el bus choca, momento en que las cosas salen del cerebro y ganan realidad física. El defecto lógico de este razonamiento resulta clarísimo. Politzer ha cometido el mismo error que el materialista Johnson, quien dijo: Golpeo la piedra, el pie se lastima, por lo tanto existe. Politzer no podía comprender que la conmoción que sintió después del impacto del bus era también, simplemente, una percepción.
La razón subliminal por la que los materialistas no pueden comprender este asunto, es el temor que enfrentarán cuando lo entiendan. Lincoln Barnett nos dice que algunos científicos "percibieron" esto:
Junto con la reducción, por parte de los filósofos, de todas las realidades científicas a un mundo de percepciones de imágenes reflejas, los científicos se han vuelto conscientes de las alarmantes limitaciones de los sentidos del ser humano"."37
Cualquier referencia hecha a la verdad que la materia y el tiempo son percepciones, provoca gran temor en el materialista, porque son las únicas ideas en las que se apoya y considera existencias absolutas. En un sentido, las toma como ídolos a adorar porque piensa que la materia y el tiempo (a través de la evolución) lo crearon como persona.
Cuando siente que el universo en el que piensa que vive, que el mundo, que su propio cuerpo, que otras personas, que otros filósofos materialistas que lo influencian, en resumen, que todo lo que experimenta es percepción, se ve afectado por un horror agobiante en todos los campos. Todo en lo que cree, de todo lo que depende y a todo lo que apela, desaparece repentinamente. Prueba el sabor de la desesperación que experimentará realmente el Día del Juicio, como se describe en un versículo: Y, entonces, ofrecerán a Dios someterse. Pero sus invenciones se esfumarán. (Corán, 16:87).
Desde ahí en adelante este materialista intenta autoconvencerse de la realidad de la materia e inventa "evidencias" al efecto. Golpea la pared con el puño, patea piedras, vocifera, pero no puede escaparse de la realidad.
Así como quiere sacarse esta verdad de la mente, también quiere que otras personas hagan lo mismo. Es consciente de que si otros conocen en términos generales la auténtica naturaleza de la materia, la índole primitiva de su propia filosofía y la ignorancia que encierra su visión del mundo, sus especulaciones quedarán al desnudo para todos y ya no tendrá argumentos para sostenerlas. Son los hechos relatados aquí los que motivan los temores causantes del desasosiego que le invade.
Dios dice que los temores de los incrédulos se intensificarán en el Más Allá. El Día del Juicio serán arengados así:
El Día que les congreguemos a todos, diremos a los que hayan asociado: "¿Dónde están vuestros pretendidos asociados?". (Corán, 6:22).
Después de eso, los incrédulos serán testigos de que sus posesiones, hijos y seres más cercanos, a quienes habían asumido como reales e imputado como socios, los abandonan y desaparecen. Dios nos informa de esto: ¡Mira cómo mienten contra sí mismos y cómo se han esfumado sus invenciones! (Corán, 6:24).
El Logro de los Creyentes
Mientras que la realidad del tiempo y de la materia son percepciones que alarman a los materialistas, para los creyentes es cierto lo opuesto. La gente de fe se pone muy contenta cuando percibe el secreto de la materia, porque esa realidad es la clave para todas las cosas. Con esta clave se develan todos los secretos. Se pasa a comprender con facilidad muchas cuestiones que antes se presentaban difíciles de discernir.
Como se dijo antes, cuestiones como las del Paraíso, la muerte, el Infierno, el Más Allá, las dimensiones cambiantes, y preguntas como, "¿Dónde está Dios?", "¿Qué había antes de Dios?", "¿Quién creó a Dios?", "¿Cuánto durará la vida en la tumba?", "¿Dónde están el Cielo y el Infierno?", se pueden responder entonces fácilmente. Se comprenderá con qué tipo de orden Dios creó todo el universo de la nada, al punto que las preguntas de "¿cuándo?" y "¿dónde?" se vuelven sin sentido, porque el tiempo y el espacio desaparecen. Cuando se entienda el concepto de inexistencia del espacio, se comprenderá que el Infierno, el Cielo y la Tierra ocupan todos el mismo lugar. Si se entiende la intemporalidad, se comprenderá que todo ocurre en un solo momento: el tiempo no pasa, no transcurre, porque todo ya ha sucedido y finalizado.
Después de penetrar en este secreto, el mundo se vuelve como el Cielo para el creyente. Desaparecen todas las ansiedades materiales. La persona capta que el universo tiene un soberano singular que modifica el mundo físico como Le place y que todas las cosas tienen que retornar a El. Entonces el creyente se somete voluntaria y totalmente a Dios: …a Tu exclusivo servicio… (Corán, 3:35).
Comprender este secreto es el mayor logro en el mundo en que vivimos, pues se descubre otra realidad muy importante mencionada en el Corán: …Estamos más cerca de él que su propia vena yugular. (Corán, 50:16). Como todos saben, la yugular está dentro del cuerpo. ¿Qué podría estar más cerca de la persona que su interior? Esta situación se puede explicar fácilmente por medio de la realidad de la inexistencia del espacio. La comprensión del secreto mencionado permite entender mucho mejor el versículo antedicho.
Esta es la plena verdad. Debería quedar bien establecido que no hay ningún otro auxiliar o proveedor del ser humano que no sea Dios. No hay nada excepto Dios. El es la única existencia absoluta en Quien uno puede buscar refugio, a Quien uno puede llamar por ayuda y en Quien confiar por la gratificación.
A donde quiera que nos volvamos, ahí está la presencia de Dios.